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LAS PLAZAS DE TOROS Y OTROS USOS A TRAVÉS DEL TIEMPO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 

La Jornada, edición del 10 de julio de 1995.

   Comparto con ustedes un texto que escribí en 1995, el cual no ha perdido actualidad.

   Las plazas de toros no son escenarios exclusivos. Los domingos o días de corrida nos acercamos a disfrutar del espectáculo, mientras que esos otros días sin fiesta parecen abandonadas. Pero no, no es así. Resulta que las muchas lecturas que existen en torno a los toros nos revelan que en distintas épocas el escenario taurino se ha empleado como instalación para realizar funciones de ópera, peleas de box, conciertos de grupos musicales, cierres de campañas políticas. También, y en casos muy particulares como patíbulo, albergue o granero. Sin embargo, lo que vino a romper con todo posible aspecto de control fue algo que sucedió en la plaza de toros de Miramar, en Costa Rica.

   Habitantes de este país afectos a lo sobrenatural, convocaron al “Encuentro Mundial de Contactados Extraterrestres” ocurrido en los primeros días del mes de julio de 1995, donde uno de sus “guías” notificó que se presentaría un ovni para lo cual, supongo, la plaza de Miramar sería el sitio perfecto de aterrizaje. La foto que acompaña estos apuntes nos muestra el momento en que los “contactados” realizan uno de los ejercicios ceremoniales en un auténtico remolino humano.

   Cuando no hay un toro en la arena, las cosas que pueden suceder son de lo más diverso y extraordinario. Ahora recuerdo que hacia el siglo pasado (antepasado, corrijo), varios famosos aeronautas se elevaron a los cielos partiendo desde plazas como San Pablo o Paseo Nuevo. Eugenio Robertson, Benito León Acosta o Joaquín de la Cantolla y Rico son célebres por sus ascensiones. En 1869 la del Paseo Nuevo funcionó como instalación para dar cabida al circo de los señores Albisu y Buislay. Evocadoras deben haber sido las imágenes de sinfín de espectáculos de varia invención celebrados en plazas que sirvieron además, como escenario de torneos monumentales, entre fuegos de artificio y combates ficticios. Pero lo ocurrido en Costa Rica no tiene precedentes. Todo un caso.

   Ya que se hizo un recuento de lo fabuloso que puede ocurrir en las plazas de toros pero sin toros (o no necesariamente sin ellos), voy a permitirme recrear el pasado a partir de los testimonios que tengo al alcance.

   Son extraordinarias estas historias. Es como si de repente se sumara a este largo pasaje el curioso recuento de invenciones al puro y dramático estilo radiofónico de Orson Wells, o como lo dejó dicho en su novela 1984 George Orwell quien logró en esta obra una visión con interesante dosis de prospectiva. También es para nosotros un nuevo capítulo donde los viajeros extranjeros o las crónicas de hechos curiosos dan cabida a otro que es totalmente distinto y novedoso.

   Adolfo Theodore, que se llamó asimismo “físico” pudo haber sido el primer hombre que subiera en globo y viajara por los aires mexicanos, pero sus intentos se convirtieron en una auténtica “tomada de pelo”, a pesar de la fuerte carga de publicidad que hubo para promover sus arriesgadas maniobras. Este personaje anunciaba en 1833 que llegaba de Cuba para disponerse a ascender por los aires de la capital, pero pretextos de diversa índole no se lo permitieron. La plaza de san Pablo fue escenario al que acudieron miles de curiosos con el fin de presenciar la hazaña anunciada para el 1° de mayo. De la admiración se pasó a la decepción. Varias peticiones para armar el globo, aparatos y compra de ácidos le costaron al Sr. general D. Manuel Barrera a la sazón, empresario de la plaza-, pero inteligentemente manejado por el aeronauta rubio como habilitador, la suma de 8,376, 6 reales 6 granos que sirvieron para desinflar los deseos de multitudes pues, como nos dice Guillermo Prieto

La inflazón del globo no llegó a verificarse por más que se hicieron prodigios. Los empresarios dieron orden de que nadie saliese, lo que puso en familia a la concurrencia; pero después asomó su cara el fastidio, se hizo sentir el hambre, y el sitio fue atroz. El contrabando aprovechó la ocasión: valía a una naranja un peso, y un peso un cucurucho de almendras.

   Los pollos insolventes como yo, pasaron increíbles agonías.

   Por fin el globo no subió, la gente se retiró mohina y Adolfo Theodore, después de bien silbado y de arrojar sobre su globo cáscaras y basuras, tuvo que esconderse para no ser víctima de la ira del pueblo contra el volador.

   Con todo y el ridículo, un nuevo intento. La fecha, el 22 de mayo. Y como tal, nuevo fracaso y a la cárcel. Con el tiempo se descubrió que el tal Theodore era un bandido bastante fino que se encargó de timar con elegancia a quienes, por desgracia, se le ponían por delante. El típico farsante y embaucador que prometiendo lo “nunca antes visto o realizado”, huye sin dejar huella.

   En 1835 apareció otro francés, Eugenio Robertson quien salvó del desprestigio al empresario del coso, Sr. Manuel de la Barrera y logró ascender el 12 de febrero de aquel año. Me parece que Barrera además del aeronauta en cuestión necesitaba en aquellos momentos presentar novedades de todo tipo. Fue por ello que el 19 de abril siguiente presentó en la capital al hasta entonces poco conocido diestro español Bernardo Gaviño y Rueda quien, con el tiempo va a convertirse en una de las figuras más importantes del toreo en nuestro país, dada la jerarquía en la que se asentó por 50 años, al monopolizar de alguna forma el toreo como expresión que supo proyectar en diversas partes de la nación.

   Otros personajes, héroes momentáneos fueron Benito León Acosta, Mr. Wilson, Cantolla y Rico. Acosta ascendió desde San Pablo el 3 de abril de 1842, dedicando su hazaña al señor general Presidente Benemérito de la Patria, don Antonio López de Santa Anna. Después lo hizo otras tantas veces en Querétaro, Guanajuato y Pátzcuaro.

   Samuel Wilson, norteamericano hizo lo mismo en 1857, justo el 14 de junio desde la plaza Paseo Nuevo en su globo “Moctezuma”. Ese mismo año ascendió desde San Pablo D. Manuel M. de la Barrera y Valenzuela, ascensión que fue seguida de “una corrida de toros bajo la dirección del hábil tauromáquico Pablo Mendoza“.

   Y Joaquín de la Cantolla logró su gesta el 26 de julio de 1863 partiendo desde la plaza Paseo Nuevo. Alternó, por lo menos en cartel con Pablo Mendoza. Otra hazaña, ahora descenso de este personaje interesantísimo, ocurrió el 15 de enero de 1888 cuando se inaugura la plaza de toros de “Bucareli”, lidiando toros de Estancia Grande y Maravillas el gran torero mexicano Ponciano Díaz Salinas.

   Otro aspecto es el del circo. La plaza Paseo Nuevo sirvió el domingo 13 de junio de 1869 cuando ya no era plaza de toros, sino un simple escenario bajo el rigor de la prohibición impuesta desde 1867 con la Ley de Dotación de Fondos Municipales y hasta fines de 1886, como local para una gran función de circo. Se anunciaba como sigue:

Circo ecuestre, gimnástico, acrobático y aeronauta de los señores Albisu y Buislay con un programa variado e interesante: Gran sinfonía por la Banda; lucha de los gimnastas hermanos Buislay; parche, bola por Julio y Etienne; los hijos del aire por Montaño y niño Joaquín; los dos cómicos, Julio y Augusto y los juegos varios de Etienne y niño.

   El caso de la plaza de toros de Celaya, parece ser único. En distintos momentos sirve como granero a fines del siglo (ante)pasado. O como albergue durante la gran inundación de 1904. También como patíbulo, precisamente cuando el 16 de abril de 1915 el coronel Maximiliano Kloss mandó ejecutar a doscientos oficiales villistas en la propia plaza de toros, a causa de las batallas de Celaya y Trinidad. La modernidad se encargó de partir en dos al coso celayense para permitir el paso vehicular en nueva calle que atraviesa a la hoy conocida “ruina romana” de esta próspera ciudad del bajío mexicano. Aprovecharía la ocasión para mencionar que otra plaza como la de Atlixco, en Puebla, también fue escenario similar al que se prestó el de la plaza de Celaya. También, durante la Revolución fue arsenal, campamento, y paredón de fusilamiento. Justo en 1919 el General Fortino Ayaquica rindió sus tropas zapatistas quienes recibieron amnistía.

   Durante la prohibición que impuso el entonces presidente de la república, Venustiano Carranza (de 1916 a 1920) la plaza “El Toreo” sirvió como escenario a los más diversos espectáculos, tales como: peleas de box, funciones de ópera, conciertos. Por ejemplo en 1919 el entonces pugilista negro Jack Johnson se presentó en dos funciones de exhibición. En las representaciones operísticas fueron anunciados tenores de la talla de Hipólito Lázaro, Titta Ruffo, y desde luego el gran Enrico Caruso. Entre las voces femeninas aparecen las de Rosa Raisa o Gabriela Besanzoni. Asimismo se presentó el gran violonchelista Pablo Casals y la sin par Anna Pavlowa, figura de la danza que cautivó a un público totalmente ajeno al taurino. Desde luego, las funciones de la ópera CARMEN de G. Bizet el domingo 5 de octubre de 1919 fue célebre. En 1994 la plaza de toros “México” sirvió de escenario a una mala representación que se hizo de la misma obra del compositor francés.

   Desde luego las plazas han servido como lugar ideal para cierres de campañas políticas o congregación multitudinaria de eventos organizados por esos mismos partidos. Conciertos musicales de diversa índole también se han efectuado en muchas plazas, así como peleas de box en las que se disputan cetros de diversas categorías.

   Así también, el día 26 de octubre -pero de 1996- ocurrió un caso a mi parecer sin precedentes. La jerarquía católica convocó a un acto religioso con que celebraron los 50 años de sacerdocio de Karol Wotyla, quien desde hace años ocupa el rango más elevado: el de Su Santidad, el Papa Juan Pablo II.

   Todo ello sucedió en la plaza de toros “México” con la asistencia de unos 30 mil feligreses. Actos de esta magnitud no los registra la historia, de ahí su importancia.

   Sin embargo, he de recordar que el 3 de febrero de 1946, su Ilustrísima, el doctor don Luis María Martínez, Arzobispo de México ofició una misa en el ruedo de la plaza que se inauguró dos días después. Y al respecto dijo de esto el periodista Carlos León:

…vino con su hisopo y su agua bendita a espantar a los malos espíritus, para que este negocio no se lo llevara el diablo. Y después del recorrido por todo el ruedo, salpicando de agua santificada la barrera y pronunciando los exorcismos de ritual que ahuyentaran a los malos mengues, se volvió hacia los presentes y dijo: “Conste que yo di la primera vuelta al ruedo”.

   Luego, han venido otro tipo de ceremonias que en ciertos domingos -horas previas al inicio de la corrida- se celebran dichos rituales en el ruedo y otros tantos en la capilla del propio coso.

   El lunes 19 de agosto de 1996 se oficia una misa de cuerpo presente para elevar plegarias por la muerte del gran diestro Manolo Martínez que había fallecido días antes. Allí se reunió una multitud que se volcó para demostrar su dolor, pero también su idolatría por el torero recién desaparecido.

   Por tanto, el ruedo de una plaza de toros, sirve y ha servido para llevar a cabo otro tipo de actividades, independientemente del carácter que asume para la ceremonia tauromáquica en cuanto tal. La corrida encierra un contexto de rituales, siendo el más remoto el culto heliolátrico al sol, pero también aquellos otros relacionados con el holocausto, unido por esas raíces de idolatría que se encontraron desde la conquista misma donde el indígena proyecta su intensidad hecha sacrificio, en ese otro sacrificio también con abundantes testimonios materializados en el enfrentamiento belicoso y guerrero, con tendencia a lo estético que protagonizan en la arena el caballero en plaza y el toro, que resulta atravesado y herido de muerte, con la consiguiente presencia de la sangre aspecto este que da pie a la alianza de dos culturas hondamente arraigadas en su tradición secular de distinto origen, unidas en un hecho común.

   Quiero terminar con dos citas que por si solas dan el sello de cuanto encierra un pasaje de la corrida de toros para con el carácter religioso. Una es de Juan A. Ortega y Medina refiriéndose a Brantz Mayer, viajero norteamericano en nuestro país a mediados del siglo (ante)pasado:

(quien) estuvo a punto de apresar algo del significado trágico del espectáculo cuando lo vió como un contraste entre la vida y la muerte; un “sermón” y una “lección” que para él cobró cierta inteligibilidad cuando oyó al par que los aplausos del público las campanas de una iglesia próxima que llamaba a los fieles al cercano retiro de la religión, de paz y de catarsis espiritual.

   Y si hermosa resulta la cita, fascinante lo es aquella apreciación con la que Edmundo O’ Gorman se encarga de envolver este panorama:

Junto a las catedrales y sus misas, las plazas de toros y sus corridas. ¡Y luego nos sorprendemos que a España de este lado nos cueste tanto trabajo entrar por la senda del progreso y del liberalismo, del confort y de la seguridad! Muestra así España al entregarse de toda popularidad y sin reservas al culto de dos religiones de signo inverso, la de Dios y la de los matadores, el secreto más íntimo de su existencia, como quijotesco intento de realizar la síntesis de los dos abismos de la posibilidad humana: “el ser para la vida” y el “ser para la muerte”, y todo en el mismo domingo.

   Nuestro vistazo por distintas épocas y con algunos ejemplos de actividades taurinas y extrataurinas en el gran escenario de la ciudad de México da como resultado la visión que aquí termina, esperando hayan sido ofrecer los distintos conceptos que han enriquecido su vida, desde que el espectáculo taurino se incorporó como un latido más al ritmo de esta impresionante metrópoli.

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EL ENCANTO DE LA “VERÓNICA” EN MANOS DE JOSÉ ANTONIO GAONA.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   La imagen que hoy se recupera, parece tener más años de lo normal. En realidad corresponde a una nota con fecha la del 19 de agosto de 1970, y que corresponde a la amplia, amplísima colección de registros periodísticos que con paciencia armó D. Roberto Mendoza Torres.

   El entonces novillero José Antonio Gaona, nieto del “Indio Grande”, parece haber recogido en ese trazo impecable, la “summa del toreo”, cuyo imperio seguía detentando Rodolfo Gaona.

   Desde luego que “su” verónica, la del “Califa de León” no se parece absolutamente nada a la que observamos en la fotografía hoy “revelada”.

José Antonio Gaona. Colección: Roberto Mendoza Torres.

   Sin embargo, la que ejecuta José Antonio posee todo el sentido y valor a partir de la interpretación que en ella impuso Francisco Vega de los Reyes, “Gitanillo de Triana”, quien simple y sencillamente no hizo más que bajar o desmayar los brazos hasta el punto que ese nuevo “paradigma” encauzó los destinos de la tauromaquia moderna a partir del segundo tercio del siglo XX.

   Poco antes de este vuelco en la ejecución e interpretación, lo que gustaba entonces eran aquellos lances con las manos arriba, mismas que con los movimientos rápidos que surgían de las manos de aquellos diestros “chapados a la antigua” causaron sensación. La verónica de Rodolfo Gaona, o la de Juan Belmonte tuvieron marcada notoriedad desde hace poco más de cien años pues recogen el toque que habían marcado “Lagartijo” y “Frascuelo”, ahora en manos del leonés y el trianero. Y ya luego, con “Gitanillo de Triana” en escena, las cosas cambiaron radicalmente. Baste recordar la serie de lances que “Gitanillo” le recetó a “Como tú”, de San Mateo, uno de los cuales se hizo célebre gracias a la genial labor de Luis Reynoso, fotógrafo para más inri.

   En la misma dimensión de calidad se encuentra la que hoy nos acompaña, en un trazo que parece recoger lo que Jesús Solórzano o Luis Castro “El Soldado” hicieron en otras célebres jornadas. Pero nos reprocharía el propio José Antonio Gaona que el hacedor de tan bello lance es él.

“Temple”. Óleo de Rosana Fautsch F.

   Y lo logró en una campaña novilleril que subió de intensidad gracias a sus constantes triunfos que luego, con el tiempo se apagaron y hasta se olvidaron, de no ser porque gracias al apellido Gaona ello le permitió gozar del buen aprecio de aquellos aficionados, los de hace casi medio siglo que vieron en José Antonio la posibilidad de recuperar en él las glorias del célebre abuelo.

   Y vuelvo a ver la foto, y a pesar de que se retoma de un periódico cuyo papel revolución, de muy mala calidad, le da toques de antigüedad; y de que la imagen misma, al acercarnos a ella vemos como se “rompe el grano” (hoy, al decir que se pixela, entendemos esa semejanza óptica). Pues efectivamente, lo que apreciamos en ella es la gracia efímera de la verónica, forjada con el desmayo de los brazos que acompañan y templan las primeras y más bruscas embestidas de un novillo que entró al capote humillando. De la postura que la cabeza del torero adopta para afirmar el centro, el eje y el equilibrio de un lance que aspiramos ver y gozar, y que para alcanzar tamaña veneración, tienen que pasar muchas tardes… hasta que se produce el milagro. Y no olvidemos ni los pies, ni el semicírculo que todo ese conjunto deben darle para que surta efecto esa gracia de la que hablamos, que no es otra cosa, a decir de José Bergamín, que pura “música callada del toreo”. O para entenderlo en otros términos, como lo advertía también Lope de Vega, “es algo que se aposenta en el aire / y luego desaparece”.

La “Verónica”, por el “Greco”.

   Para terminar, honro desde aquí la buena labor que logró el fotógrafo desconocido, quien detuvo el tiempo en el justo momento en el que la tristeza de la “Verónica” alcanza niveles que solo la iconografía religiosa o la tauromaquia podrían explicarnos cuando en el lienzo queda plasmado (por lo menos en forma figurada) el doloroso rostro de un Jesús camino del calvario. Y es justo esa sensación cuyo peso se decanta en lo simbólico cuando nos orilla a lanzar el ¡ole!, como confirmación –una vez más-, de que hemos presenciado el milagro… de “la verónica”.

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DE TOREROS MEXICANOS EN RUEDOS ESPAÑOLES.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Jaime Bravo y Francisco Sánchez. ESTO. Edición del 20 de agosto de 1955, p. 8 y 9.

    Por estos días, han venido actuando con buena frecuencia, y en ruedos españoles, los hermanos José y Luis David Adame. De igual forma, acaban de triunfar también, dos novilleros, también mexicanos en plazas hispanas. Me refiero a Miguel Aguilar y Héctor Gutiérrez.

   No es frecuente este hecho, si para ello se puede entender lo difícil que es entrar en la batalla, precisamente cuando la campaña española está en su pico máximo. Hace ya muchos años, nuestros toreros han dado la cara del otro lado del mar, y entre las características particulares con que ha sucedido tal circunstancia, se encuentra la de aquellos carteles donde más de un espada nacional se interna en la confección de los mismos, dando a ello un particular sabor de competencia.

   Ya desde finales del siglo XVIII, Ramón de Rozas Hernández El Indiano torero mulato, oriundo de Veracruz, y con prestigio suficiente a cuestas, actúa en varias ocasiones en plazas españolas. Del mismo modo, el michoacano Jesús Villegas El Catrín, y hasta donde se tienen noticias, también se remonta a la “madre patria” a finales de la sexta década del siglo XIX. Villegas poseía una capacidad económica desahogada, similar a la que en su tiempo gozaba por España el diestro Rafael Pérez de Guzmán, otro torero de la aristocracia. Caso notorio es el de Ponciano Díaz, quien confirma su alternativa en Madrid, el 17 de octubre de 1889. Su presentación en ruedos españoles asciende a 9 tardes durante su estancia, que fue de julio a octubre de aquel año, que si me apuran y con él, podría darse el antecedente más remoto de actuación conjunta, pues en su cuadrilla llevaba tanto a Celso González como a Agustín Oropeza, con quienes alterna en más de un festejo cuya integración consistió en la representación de las suertes del toreo a la mexicana, y que entonces eran desconocidas en España.

   Es importante destacar que entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, muchos de los festejos que se celebraron no sólo en las plazas de la capital, sino también de provincia, estuvieron integrados por toreros españoles en su totalidad, lo que deja ver que en esos años ningún espada mexicano gozaba del prestigio suficiente para ser tomado en cuenta por las empresas, salvo casos aislados como los de Arcadio Ramírez Reverte mexicano (que nunca cruzó el “charco”) y un poco más adelante Vicente Segura.

   De 1908 en adelante, aparece en la escena a Rodolfo Gaona, quien años más tarde se vería acompañado de diestros como el propio Segura, Luis Freg y Juan Silveti.

   Pues bien, todo parece indicar, y aquí lo interesante en los siguientes datos, es que un primer cartel semejante como los que acaban de suceder en algunos ruedos españoles, ocurrió hace poco más de un siglo, y fue la tarde del 12 de julio de 1914, en la plaza de toros de Pamplona, donde alternaron Martín Vázquez, Rodolfo Gaona y Luis Freg, en la lidia de toros de Palha. En la misma jornada, sólo que en Madrid, toreaba Miguel Freg, hermano menor de Luis, quien repitió luego de una brillante actuación que consiguió el 5 de julio anterior en la misma plaza. Ese fatídico domingo 12, alternó con Pepe Valencia e Hipólito, con reses de Contreras. Su segundo lo alcanzó en la suerte suprema, infiriéndole una herida en la región infraofoidea, con rotura del extremo mastoideo, llegando hasta la apófisis delas vértebras cervicales, dejando al descubierto el paquete vásculo-nervioso del cuello, lo que significa que materialmente lo degolló. La cornada era mortal de necesidad y Miguel dejó de existir a los treinta y cinco minutos de haber entrado en la enfermería.

   El 19 de julio de 1914 y en Barcelona, Rodolfo Gaona y Luis Freg volvieron a encontrarse, y lo hicieron alternando con Vicente Pastor. Para el 23 de agosto siguiente, y en San Sebastián, hicieron el paseíllo Rafael Gómez El Gallo, Rodolfo Gaona y Luis Freg para vérselas con 6 de Miura.

   El 2 de mayo de 1915, el de León volvió a alternar con “Don Valor”, esto en Bilbao junto a Castor Jaureguibeitia Cocherito de Bilbao con toros de Urcola. Para el 10 de agosto, y en la plaza de Manzanares, con toros de García Lama, el cartel lo conformaron Rodolfo Gaona, Juan Belmonte y Luis Freg.

   Un dato sobresaliente, durante la amplia campaña que tuvo Luis Freg por España, es el hecho de que la tarde del 18 de junio de 1916, el valeroso diestro capitalino cede el toro Naranjero de Joaquín Pérez de la Concha a su compatriota Juan Silveti en la plaza de Barcelona, con lo que además, se materializa la ceremonia de alternativa, lo cual viene a convertirse en un dato extraordinario e histórico al mismo tiempo. Ambos toreros, volvieron a encontrarse el 11 de septiembre siguiente. Esto ocurrió en la plaza de toros de Oviedo, y al parecer en un mano a mano, donde estoquearon toros de Sánchez Rico.

   Al paso de los años la presencia mexicana se intensificaba en España. Para tener una idea clara sobre este asunto, me permito citar algunos párrafos del interesante trabajo que Humberto Ruiz Quiroz presentó en una conferencia allá por 1987. Para 1990, la misma se convirtió en publicación.[1]

   Ruiz Quiroz apunta que luego de la retirada de Gaona en 1925, emergió una interesante generación de toreros, entre los que se encontraban Fermín Espinosa Armillita, Paco Gorráez, Heriberto García, Carmelo Pérez, Alberto Balderas, Jesús Solórzano, David Liceaga, José González Carnicerito, Ricardo Torres, Luis Castro El Soldado, Lorenzo Garza…

   Mientras tanto, en España, los toreros mexicanos se van haciendo presentes, tanto en Madrid, como en las principales ferias provincianas. Especialmente Armillita va sumando fechas: 22 en el año de 1932; mientras (…) en 1933 ocupa el tercer lugar en el escalafón con 53 corridas, sólo superado por Domingo Ortega y Vicente Barrera; sube a 63 en el año de 1934, abajo sólo del de Borox y en el de 35 es el que más corridas torea, con 64 actuaciones, igual que Manolo Bienvenida.

   Lorenzo Garza toma su segunda alternativa en 1934, viene a México en el invierno, donde se consagra en febrero del 35 y ese año suma en España 43 corridas.

   Luis Castro El Soldado actúa 43 en novilladas en 1934 y en 29 corridas en 1935. Ricardo Torres suma 21 novilladas y 4 corridas en 1934, aunque sólo 7 corridas en 1935 y Carnicerito, 21 en 1934 y 23 el año siguiente.

   Entre los novilleros actúan Edmundo Zepeda, Eduardo Solórzano, El Indio, Julián Rodarte, El Vizcaíno, Silverio y otros muchos, que aumentarán en 1936.

   Este último año, nuestros toreros preparan intensa actividad en plazas españolas. Armillita que tiene muchos contratos firmados, espera sustituir en bastantes corridas a Vicente Barrera, que ha anunciado su retiro. Garza y El Soldado tienen las mejores perspectivas y también aprovecharán puestos que dejará vacante el valenciano recién retirado. Carnicerito, Ricardo Torres, Fermín Rivera y una multitud de novilleros deberán actuar también en las plazas hispanas.

   La reacción de los españoles, encabezados por Marcial Lalanda, presidente de la Sociedad de Matadores, y Valencia II, que ocupa otro puesto de importancia, fue impedir a toda costa la actuación de los mexicanos.[2]

   Allí comenzó en realidad la reacción que devino conflicto, mejor conocido como “Boicot del miedo” y que Juan Belmonte lo calificó así luego de varios y desagradables acontecimientos, uno de ellos quizá el más escandaloso, ocurrió el 15 de mayo, día de San Isidro, en la mismísima plaza de toros de la capital española, cuando Marcial Lalanda se negó a torear con Fermín Espinosa Armillita, y a la cárcel no sólo fue a dar Lalanda mismo. También Juan Espinosa Armilla que defendió a su hermano Fermín de semejante afrenta. Así que para el 28 de junio un numeroso contingente de toreros mexicanos se embarcaba con rumbo a nuestro país, mismo grupo que arribó al puerto de Veracruz el 18 de julio siguiente, misma fecha en la que comienza “la sangrienta guerra civil que duraría casi tres años”, como sigue apuntando Humberto Ruiz Quiroz.

   Y luego describe un interesante pasaje, que no pretendo omitir en estas notas:

   Los toreros españoles se salieron con la suya de echar de su país a nuestros toreros; pero nunca pensaron que éstos saldrían ganando, pues de no haber existido el boicot, los hispanos que hubieran logrado salir de la Península, hubieran invadido nuestras plazas, donde seguramente hubieran actuado sin restricciones.[3]

   El contexto histórico con el que Ruiz Quiroz permite acercarnos a un momento sumamente importante, sirve ahora para incluir los datos de otra célebre jornada, protagonizada por Lorenzo Garza y Luis Castro El Soldado, en Madrid.

   En la temporada 1934, Lorenzo renunció a la alternativa, pues sólo había toreado tres festejos “en lo que sobró de temporada”

y comienza su nueva etapa de novillero en Valencia. Torea en varias plazas, entre ellas Madrid; pero no logra la atención intensa de los aficionados hasta el 29 de julio, día en que alterna Cecilio Barral, pero además con su compatriota Luis Castro “el Soldado”, en la plaza de Madrid, entendiéndoselas con toros de Gamero Cívico. Tal fue la labor de uno y otro, que se organizan para los días 9 y 23 de agosto dos corridas, mano a mano los dos novilleros mexicanos, que llenas la plaza de público. No pudo éste sentirse defraudado, pues cada uno en su manera, y los dos en la del valor, hicieron alardes temerarios y llegaron a apasionar a la afición. El 5 de septiembre vuelve Garza a tomar o renovar su alternativa. Lo hace en Aranjuez, de manos de Juan Belmonte y con toros de don Ángel Sánchez, de Salamanca.[4]

   Es el propio José María de Cossío quien detalla, en el caso del perfil biográfico de Luis Castro, lo ocurrido la célebre jornada del 19 de julio de 1934:

Al matar, así como los restantes de Gamero Cívico, el primero Cecilio Barral, fue cogido, quedando fuera de combate por aquella tarde. Quedaron solos los dos mexicanos y se entabló entre ellos tal emulación que el público, primero absorto y después entusiasmado, no cesaba de ovacionarles con entusiasmo. El Soldado lanceó con enorme variedad con el capoteo, banderilleó estupendamente, hizo unas magistrales faenas de muleta, y al matar, prescindiendo de la muleta, que tiraba a un lado, utilizaba el pañuelo para vaciar al toro en la suprema suerte. Sobre todo en su primero, en que la estocada quedó perfecta en lo alto del morrillo, muriendo el toro rápidamente, las vueltas al ruedo, y tuvo que saludar muchas veces desde los medios, varias de estas con Garza, que también toreó con gran fortuna. De aquí surgió una competencia entre ambos muchachos, y la organización de varias novilladas, ya acompañados de otro matador, ya solos, en que los billetes se acababan en la taquilla tan pronto como ésta se abría, con la suerte para los aficionados madrileños que en en ninguna de ellas defraudaron su interés.[5]

   Pasados los años, y reanudadas las relaciones taurinas entre México y España, el intercambio y la presencia de toreros de una y otra nacionalidad en plazas de aquí y de allá fue una constante, acompañada como siempre, de ciertas y constantes desavenencias.

   Para concluir, otro dato interesante. Corre el año 1955. Actuaban por aquel entonces en España Joselito Huerta, Miguel Ángel El Güero García, Antonio del Olivar, Jaime Bravo, Francisco Sánchez y Carlos Cruz Portugal. El 14 de agosto, comparecieron en “Las Ventas”, Jaime Bravo y Francisco Sánchez, quienes alternaron con Miguel Campos, lidiando una auténtica bueyada de Ignacio Sánchez y Sánchez y uno de Flores Albarrán. A pesar de ese aspecto en contra, Bravo y Sánchez se hicieron ovacionar con fuerza. Los detalles de uno y otro están rubricados por las imágenes fotográficas que hoy abren estas notas, mismas que dejan apreciar las razones por las cuales tuvieron el privilegio de torear en el primer ruedo hispano, mostrando así su “tarjeta de presentación”.


[1] Humberto Ruiz Quiroz: “Cincuentenario de la Independencia Taurina Mexicana”. México, Biblíófilos Taurinos de México, A.C., 1990. 15 p. Ils., fots. (Lecturas Taurinas, 2).

[2] Op. Cit., p. 4-5.

[3] Ibidem., p. 6.

[4] José María de Cossío: Los toros. Tratado técnico e histórico. Madrid, Espasa-Calpe, S.A. 1974-1997. 12 v., Vol. 3, p. 351.

[5] Op. Cit., p. 184.

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D. CAYETANO DE CABRERA y QUINTERO y D. BERNARDINO SALVATIERRA GARNICA EN 1732.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 DOS AUTORES: CAYETANO DE CABRERA y QUINTERO, BERNARDINO SALVATIERRA y GARNICA, UNA CUENTA DE GASTOS Y LA “RELACIÓN” DE FIESTAS EN 1732.

 I

   Cayetano Javier de Cabrera y Quintero (1698-1775) es el autor a considerar en el presente estudio. A decir de Eguiara y Eguren en su Biblioteca Mexicana, dice de Cabrera y Quintero:

Mexicano de origen y de nacionalidad, habiendo sembrado hondamente los fundamentos a favor de las letras más amenas [Humanidades y Retórica]. Adscrito entre los cultivadores de la Teología y, tenido entre los primeros, adquirió también el grado de la misma facultad.

   Muere en el convento de los padres hospitalarios betlehemitas de la ciudad de México.[1]

   Su obra es muy extensa, puesto que se registran hasta 162 diferentes trabajos.[2] En esta ocasión, nos aproximamos al HIMENEO CELEBRADO,[3] cuyo contenido arroja importante cantidad de elementos poéticos.

1723

 HIMENEO CELEBRADO

 

APLAUSO QUARTO

 

Levantase en los brazos de sí mismo,

a desahogarse en la Región del viento,

(recelando quizá, su corpulencia

plan deleznable, y sólido cimiento

hundan en el Abismo)

el Mexicano; Augusto, Real Palacio;

bien que su incontinencia,

a innoble Plan, tenaz cimiento unido,

con lapidosos Grillos cauto prende,

e igual, por tanto espacio,

cuanto, tres veces, de Arco recogido,

con ímpetu no tardo

recorrer puede desprendido Dardo,

su Fábrica prolonga, y la desprende;

tal es su Arquitectura,

en el follaje tal, y en la estructura,

con que el Pórtico, y Frontis numeroso

Crespa Pilastras, Frisos, y Acroteras,

que si no (tanto pide su alta cumbre)

al cielo aspira, y llega, a ser Coloso;

luego que el Sol, con soñolienta lumbre,

su cumbre enciende, dora sus vidrieras,

tal claridad, tal esplendor recibe,

que es Palacio del Sol; pues en él vive.

Toda esta dilación, y más que encubre

la pluma, que camina, a suelta rienda,

al que viador la espía

distinta se descubre,

por la que el Frontis mira recta senda

mas cercano se ofrece, y los que antes

enmarañaba en copos la distancia

boreales caballeros, si vagantes,

descansada la vista recopila,

y su confusión hila,

cuando ve, que cada uno en el contorno

de la que huella estancia,

devana el viento con cuádruple torno.

Cuando ve, pues, en brutos generosos

que haciendo de los brazos box viviente,

sus crines peinan, y su crencha igualan,

largo tropel de aquellos, que oficiosos

de las vainas de Marte proveedores,

guarnición bruñen, hojas acicalan,

y arman en un instante,

rígida espada de tenaz diamante.

Los cuales, de la paz anunciadores,

blancas vistieron galas, que si copian

la pura tez de blancos alelíes,

su inocencia escarnecen,

cuando en grana se riegan, y se apropian

purpúreas fajas, listas carmesíes;

y campeando de leales,

orlado bandas; y vestido cintas

al cielo elevan, y a la luz ofrecen

el Real Escudo de las Armas Reales

buen anuncio (exclamó locuaz Amyntas,

que en lugar no patente, acaso estaba,

y, haciéndolos, misterios exploraba)

buen anuncio; que ya los que sañudos

ministros eran de campal pelea,

y, a quienes (menesteroso de su arte)

sanguinolentas galas daba Marte;

pacífica librea;

porque del todo no se vean desnudos

les viste en sus aplausos Himeneo.[4]

Mas se explicára, si seguir no viera

de estos las huellas, con igual arreo,

los dos Gremios de aquellos confundidos,

que, abejas racionales, conocidos,

cuando en ferviente obrador trabajan,

unos tratable labran blanca cera;

del panal, otros, que imitar persuaden

en blancas gotas el almíbar cuajan,

y a dulces frutas mas dulzura añaden;

diversos en su oficio; mas, dejadas

sus diarias vestiduras goteadas,

todos galanes, todos semejantes,

o en sus crespos penachos, si peinados,

o en los que visten cabos bien bordados,

que ajustan cuantos, les tejió vestidos,

la piel tratable de curados antes:

lucidos todos; pero más lucidos

cuando (como del sol las claras luces

con vaporosos truenos,

que arrojan disparados arcabuces,

cuando el sol luce, apagan)

procediendo en la noche más serenos

su opacidad estragan.

Con cuantas ardiendo hachas sin sosiego,

declaran en las manos,

del corazón el excesivo fuego.

Jóvenes dos nacer de su ceniza?

Pues así mucho joven, que en lo erguido,

por su Corona tanto fuego envuelve,

si en ceniza se llora confundido,

de su misma ceniza, a nacer vuelve

del Mexicano amor signo lucido,

en alados faroles, se resuelve,

y, yerto el sacrificio, que pregona,

queda de tanto incendio, por corona.

Tanto, por fin, que solo los que erguidos

gigantes, daban, al tonante espanto,

de la noche en tres cursos, repetidos,

joyas sin-cuenta dieron a su manto,

sin numerar aquellos, que lucidos;

aunque pigmeos daban entretanto,

si sonoras sonajas nunca quedas,

al carro de la luz doradas ruedas,

ni menos dar, a luz toros festivos,

que Armados burlan de alquitrán cubiertos;

pues como ya los esperaba vivos,

la atención no ocuparon toros muertos:

Tanto, digo, que Estenopos altivos,

que el fuego rigen, y en su vuelo inciertos

el aire infectan, cual tropel de avispas,

así clararon en rumor de chispas:

Qué es esto? (Genios) donde esta horizonte

raudales guarda de tan viva llama?

Represa, por ventura, al Acheronte,

y con bombas continuas le derrama?

Como no teme de infeliz Phaetonte,[5]

carro sea el artificio, que la inflama,

y ciudad que a la noche solemniza,

campo amanezca estéril de ceniza?

A que numen levanta diligente

el de las bodas Dios copiosa tea?

Tremebunda Tynacria acaso frente,

que Erebo amante, robador campea?

El tálamo se aplaude, que luciente

aun entre nubes, hecate platea,

y abrazada en sus llamas, mariposa

a la Eftygia deidad con bella esposa?

No os engañáis: ni la razón infama,

que sea la que admiráis pompa divina?

Pues sino Plutón, y Hecate,[6] se aclama

numen mayor, mas bella Proferpina:

Así les respondiera; mas me llama

el que a darles respuesta se encamina;

pues qué númenes son? De este contexto

cómico lo dirás, Aplauso sexto.

    El APLAUSO QUINTO no se registra en virtud de no presentar ninguna evidencia del tema en revisión.

 APLAUSO SEXTO

 Yace en el Real Palacio, culta sala,

brillante gabinete, si nocturno,

donde abrogaba la arte el impío cetro

de benéfica cirse

(si, como suele, galas al vestirse,

tablas altera cómico coturno)

al compás numeroso

del, que calzado pie, Mercurial ala,

(que pies tiene también canoro metro)

en músico rumor, Ícaro, bucla,

siéndole aguda, si vocal espuela.

Ya Júpiter ligero (como su-ave

alas vestido de volante pluma)

el Alcázar dejando de los cielos;

ya vistiendo en mares

la dorada hija de la blanca espuma:

Ya Venus exornando regia Delos

al gusto de Latona[7] peregrina,

ya a su antojo sirviendo los manjares:

Y ya la misma escena, que cansada

de haber corrido grave la jornada

a la jocosa meta le reclina;

donde entre otros histriones,

sincero Montañés; mas mesurado

añadiéndose dones

sin más caudal, que el de su voz alterna,

hizo diestro el papel del amo criado.

Ya por fin de tal fiesta el delicado

sainete alegre, baile placentero,

que, al, que cómica musa metro alterna,

de las más bellas formas adornado,

que ministro el Vertumno celebrado

del aplauso tercero,

coronó de la escena la ardua frente.

Bien, que poco antes superior corona

de sí misma logró, cuando luciente

(aunque a la sombra de frondosa palma)

dividió en dos planetas toda su alma,

la que estériles rayos de Luzina,

con luces fecundo fértil Latona.

Empresa, que al deseo,

del Augusto Himeneo

como nacida vino; no ya tanto;

porque a elogio de Nupcias no vulgares

las thedas deben ser los luminares

en la corona de Himeneo; cuanto;

porque en el cielo Hesperio,

cual Latona en el cóncavo hemisferio,

exploró, a Phebo, y admiró, a Diana,

con las que les vistió purpúrea grana,

monarcas en la espera más lucidos:

La nunca extinta púrpura vestidos

sus Príncipes lucir España admira,

y arder, mejor, que en fanal Phebeo,

salamandras en rayos de Himeneo.

Y, en fin; porque si al sol, que rayos gira

príncipe aplauden signos de su esfera;

al que España venera,

séptimo aplauso preparó benigno

con el undécimo, el segundo signo.

 

José Francisco Coello Ugalde: “Relaciones taurinas en la Nueva España, provincias y extramuros. Las más curiosas e inéditas, 1519-1835”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1988. 293 p. Facs. (Separata del Boletín, 2ª época, 2).

 APLAUSO SÉPTIMO

 Peyne de rayos circular, Apolo,

del etéreo León araba el pelo,

cuando a aplauso de LUIS del alto Polo,

el Toro celestial bajaba al suelo:

En capaz Plaza se presume solo

festivo signo; pero Acuario anhelo

deshebrándose en lágrimas hilo, á hilo,

descubrió, a nuevo Aplauso, nuevo estilo.

Viértese proceloso, y tanto llueve,

que parece, que a la ánfora en que cave,

del Toro, que del Polo se conmueve

alguna punta fue torcida llave:

Entre espumosas olas Tauro leva

animada de Europa fuera nave,

a no saber en temporal violento

recogerle la Vela el escarmiento.

Zozobró, en fin, hasta que el Sol dorando

de la Virgen Celeste el rostro ciego,

y el estéril Septiembre la hoz vibrando

cortó de Acuario el deshebrado riego:

El sol poroso, con estilo blando

ondas chupó en arena; y luego, luego

con un rayo, que en reja se disfraza

abrió al sañudo toro seca plaza.

Donde de audaz Phaeton hermana verde

trenzada teje pública Alameda,

en cuadro regular, que el suelo muerde,

sube erguida la plaza, y presa queda:

Su cumbre el lince fatigado pierde,

su trabazón al más Teseo enreda,

pues era ya su seno mal distinto,

de recortados cedros Laberinto.

Ciudad portátil en Espera escasa

multiplicado, artífice vadea,

que a una Ciudad entera, que esta abraza

es bien, otra ciudad concavo sea:

Los suelos funda, los Palacios traza,

sobre Edificios quatro, cien quartea,

en cuyos seños, cuando se contrata,

cuanto entra en Gente, se liquida en Plata.

Jardinero el Pincel, a su fachada

húmedo fecundó tales Abriles,

que del Fovonio la aura delicada

mejor no matizára sus perfiles,

que mucho? Si a su fábrica trasada

de los ligeros pesos tantos miles,

cuantos en veinte y cuatro, a los afanes

del hierro labrador fueron imanes.

Industrioso gusano (vivo torno,

que en ramas enredado, en hebras queda)

verse permite el primoroso adorno,

cuando en lignea mansión telas enreda:

Escarseado taladra su contorno,

y en cuanto afan espuma, vierte e seda,

que en Embrión agradable de matices,

gallardetes tiñó, pintó tapices.

No de Pomona frescos miradores

labró mejor urbana agricultura,

jaspeando los tintes de sus flores

bóvedas de silvestre arquitectura:

No Iris del Prado, faja de colores,

arcos corvó a las naves, que figura,

ni por doceles suspendió, a sus salas,

de mariposas las pintadas alas:

Como, a la plaza fértil primavera

vistió en doceles vegetales aseo,

y en cavados remansos de madera,

sin riego fecundó florido Hybleo:

Vestida flores, mil cada Barrera,

nuevo pensil se cultivó, al recreo,

mariposas, su seno, Abril, sus naves,

iris sus arcos, sus banderas aves,

en este, pues, de gente, y de colores

mar proceloso, náufragos los ojos,

un Pharo admiran, cuyos resplandores,

llamas, nutrieron Gallardetes rojos:

Un castillo murado, a los rigores

de cuantos combatientes, sin enojos,

buitres quieren hacer de sus entrañas,

las que juegan al aire leves cañas.

Ya Sierpe de metal; pero ladina

convoca al juego, a la carrera llama;

bufa el Caballo, y por entrar, se empina,

el toro cruje, y por salirle, brama:

A objetos dos la vista peregrina,

para admirar cualquiera se derrama;

mas batída la puerta, en ella encuentra,

que antes que el toro salga, la escuadra entra,

doce africanas garzas (bien sus plumas

en el papel lo escriben de sus galas)

sobre Favonios doce, y sus espumas,

las marlotas esparcen de sus alas;

si no copetes de nevadas brumas,

penachos sus turbantes son de Palas,

eclíptica, a que dieron circulares

partidos astros, íntegros Lunares.

Fazeto[8] Atlante, Norte de sus huellas,

en lugar de compás sus plantas mueve,

y numerando el hado las estrellas,

feminea risa compra, con su nieve:

De un príncipe, a las tímidas querellas,

adulador mendaz; consuelos llueve;

y de su voz el Turco satisfecho

espera el triunfo recostado el lecho.

A apresar cuantas Garzas se congregan,

doce águilas le ofrecen españolas,

que sobre hijos del Zéfiro navegan,

de la fuente del sol purpúreas olas.

Alas a su carrera se desplegan

las crespas crines, las peinadas colas,

garras las lanzas, picos los aceros,

copetes, plumas, plumas los sombreros.

Corvas cuchillas, que el Favonio afila

cortan los cavos la áspera campaña:

tras ellos cada escuadra se deshila,

y voluble en la meta se enmaraña:

Circula el fuerte, y fimbria le perfila,

a su rotunda falda, tan extraña,

que le ciñe, si no viviente anillo,

animada muralla, a su castillo.

Tal del fuerte, que en orbes los quebranta,

se libra cada cual, que a su carrera,

ni fuera freno, pomo de Atalanta,[9]

ni de Euridice[10] el Aspid, grillo fuera:

Vuelven a entrar; mas en revuelta tanta

los obligó a salir el toro fuera;

pues tal está, a la puerta, que furioso,

con una llave quiere abril el coso.

Arco el patente coso, de sus cuerdas,

una flecha dispara con dos puntas,

a cuya extremidad, alas no lerdas,

sus cerdas dieron solas, o conjuntas:

Peina a la espada las plumosas cerdas

y en ella bien crespadas todas juntas

parece le estimulan, corva espuela,

según saeta el toro al blanco vuela.

Blanco amarillo, a la saeta ciega,

muchos Alcides son, a cuya tropa,

de aquel color, que al oro más se llega,

la opulencia vistió dorada ropa:

Al pungente rejón, el furor niega,

cual a las manos cándidas de Europa;

mas qué mucho? Si siente, que conjuntas,

contra él se vuelven sus agudas puntas.

Cuatro veces, de Atlante el rubio hermano,

o matutina, o vespertina estrella,

vé, que de toros el festín hispano

la Africana, menguante luna sella:

Sentido Tauro de su fin temprano

a otra semana dirigió la huella,

en que reconociéndole más bravo,

coronó sus Aplausos el octavo.

 

APLAUSO OCTAVO

 

Grana fina, la Aurora, que teñía

de su Memmon[11] la púrpura luciente,

ya siete veces penetrado había

la rota Claraboya del Oriente,

cuando de sus aplausos la armonía,

octavo la lealtad tan diligente,

que, subiendo a lo sumo su opulencia,

el Non plus ultra puso, a la cadencia.

Bate otra vez el coso, que propicio,

un Calidonio Toro, y tal, socorre,

que, apenas pisa el arenoso quicio,

cuando arrastrado por la arena, corre:

Corta de los incautos el bullicio,

las capas moja, al burlador recorre,

y en el mar espumoso de su boca,

al que más se le opuso, ya sufoca.

Hércules[12] valeroso, a su avenida,

un peñasco tenaz, inmoble copia;

implicase, a su testa humedecida,

y la taladra, con su punta propia:

El cuerno vierte, que truncó la herida,

y vertiera también la Corcupopia,

si en la roja inquietud de sus hervores,

fuere su sangre, púrpura de flores.

A enmendar el fracaso del primero,

otro, tal sale, que la puerta astilla;

su curso enfrena Alcides más ligero,

y ya enfrenando, su furor ensilla:

En él procede ufano Caballero,

y con manual espuela le acuchilla,

en el inquieto Toro tan seguro,

que es viva yedra de vagante muro.

Flota de nervios en un mar de gente,

(que tanta es la que a herillo se comide)

otro se embarca; pero en tropa ingente

remora racional su curso impide:

Cuélganse muchos de su armada frente;

aunque él, instable Barco, los despide,

y en su espada embarcada la más tropa,

para Europa camina, como Europa,

osado joven valida pujanza,

a la puerta del coso firme altera;

y bien librado tras robusta lanza,

unicornio de acero, el toro espera:

Sale veloz, y al bulto se abalanza;

pero interna la punta le tempera,

dándole, trascendente, a vivo toro

la que suele lanza, a muerto Moro.

Tened (oh viles) el errante acero,

el ímpetu voraz, el diestro lance;

que, en tan patentes riesgos, el primero

puede ser de la vida el postrer trance:

Mejor es, can membrudo, y can ligero,

al toro oprima, y la Liebre alcance;

pero los brutos, como el hombre, ciegos.

Los que faltaban, excitaron juegos.

cargados perros, de marfil aljabas

(sus bocas lo declaren colmilludas)

el toro siguen, marfileñas clavas,

que Hércules cazador descarga agudas:

La fiera alcanzan, y con íras bravas,

a las orejas cuélganse lanudas;

y como su pesón mordaces hienden,

animados zarcillos de ellas penden.

Esgrime el toro su bicorne luna,

y con la oreja el perro cae al suelo:

Ensartale; y tan alto lo importuna,

que a ser etéreo can, lo eleva al cielo:

Vuelve a caer: no halla oreja; mas se aduna

a la boca del toro tan anhelo,

que le hace, sin que el diente el cutis rompa,

negro elefante de postiza trompa.

Intervalo a este juego, diestra mano

varias liebres impele, cuerpos graves,

que haciendo, en la carrera, cielo el llano,

fatigan su región, terrestres aves:

Corre esta: vuela aquella: la otra, Alano

no alcanzarás, o Lelidas, si sabes,

que, para huir de las vivientes balas,

sus ariscas orejas le dan alas.

Colmilluda saeta de Diana,

vuela el enjunto Galgo tras la liebre:

Escarcea ella el campo, y hace ufana,

mucho ladrante arpón su vuelo quiebre:

Uno la apresa, y con ella afana;

porque el concurso la prisión celebre;

pero él, que explora el sitio de la nube,

ya llega (dice) ya a la cumbre sube.

Y es, que parto del bosque, erguido pino,

no con alas de cera, si de cebo,

fatigaba la espera al sol vecino

Icaro, sin temer rayos de Phebo:

ICARO, sí; pero también camino,

por donde remontando audaz mancebo,

si las esferas, ICARO, fatiga,

con su mismo calor, sol, le castiga.

Cebo más atractivo, que el que viste,

batida plata, en su corona cuaja:

No lo lamerá, Tántalo,[13] el que triste,

pesado sube; mas ligero baja:

No te encumbres, o ven que resiste,

el mismo afán, que por subir trabaja,

y amenaza también riesgo a la vida

(. . . . . . . . . .)[14]

CONTINUARÁ.

 


[1] Claudia Parodi. Cayetano Javier de Cabrera y Quintero. Obra dramática, teatro novohispano del siglo XVIII. Edición crítica, introducción y notas de (…). México, UNAM, Instituto de Investigaciones Filológicas, 1976. XCV-256 p. (Nueva Biblioteca Mexicana, 42)., p. XIII-XIV.

[2] Op. Cit., p. LIV-XCIII.

[3] Biblioteca Nacional: 1379 / LAF (1723). Cabrera y Quintero, Cayetano de. HIMENEO CELEBRADO / FESTIVOS APLAUSOS, / CON QUE LA MUY NOBLE, E IMPE- / rial Ciudad de México, celebró el feliz contrato de / las Nupcias del Serenísimo Señor DON LUIS / FERNANDO, Príncipe de las Asturias, con la / Serenísima Señora Princesa de Orleans, &c. / DESCRIBÍALOS / El Br. Cayetano de Cabrera, y Quintero, / Y LOS DIRIGÍA / Al Cap. D. Joseph de Rivas Angulo, / Ensayador Mayor de todo el Reyno, Balanzario de la / Rl. Caja &c. Quien los consagra reverente / Al Exmo. Sr. D. BALTASAR / DE ZÚÑIGA GUZMÁN SOTO- / MAYOR, Y MENDOZA, / Marqués de Valero, de Ayamonte, y Alenquér, / Gentil-Hombre de la Cámara de su Majestad, de su / Consejo, y Junta de Guerra, Vi-Rey, Gobernador, / y Capitán General (que fue) de la Nueva España, / y Presidente de su Real Audiencia, Mayordomo / Mayor de la Serenísima Señora Princesa / de las Asturias, &c. / . . . / CON LICENCIA, EN MÉXICO: / En la Imprenta de Joseph Bernardo de Hogal: En el / Puente del Espíritu Santo. Año de 1723. 128 p.

[4] Garibay K.: Mitología griega…, op. cit., p. 141-2.

Curioso caso. Muy mencionado en la poesía griega y muy borroso. Hijo de Ares en alguna leyenda y de infortunado matrimonio, no feliz en alguna ocasión. Hermoso como nadie, pero mal visto en las bodas, que él preside. Es probablemente una pura personificación de la alegría de la noche inicial en las bodas.

[5] Garibay K.: Mitología griega…., ibidem., p. 105-106.

Faetone: hijo de Helio y Climene. Cuando supo quién era su padre, fue a pedirle que lo dejara guiar sus caballos desde el Oriente. Lo concedió Helio y el muchacho en su fogosa juventud, los lleva arrebatadamente y se encabritan produciendo en el mundo mil desastres. Claman todos a Zeus en demanda de remedio y Zeus lo mata con un rayo. Fue a caer en el Eridano y sus hermanas, que lo habían seguido contemplando desde la tierra, se convirtieron en árboles de ámbar que gotean lágrimas constantemente.

   Mito también primitivo y bien dramatizado por Ovidio.

[6] Ibid., p. 114.

Hecate: diosa telúrica, probablemente de origen prehelénico. Poco precisa en sus lineamientos e historia mítica. No aparece en los poemas homéricos y sí en Hesiodo. Hay quien discuta la autenticidad de este pasaje.

[7] Ib., p. 152.

Leto, latona, en forma romana: una de los Titanes, hija de Coeo y Febe. Famosa por sus hijos, Apolo y Artemis.

[8] Faceto: que quiere ser chistoso, pero no tiene gracia. Muchas comedias o mascaradas que se desarrollaron en el virreinato tenían la doble etiqueta de “a lo grave” o “a lo faceto”. Es decir, mascarada o comedia seria o cómica.

[9] Garibay K.: Mitología griega…., op. cit., p. 56.

Atalanta: hija de Iso y Climene. Era cazadora adversa al matrimonio. Hubo muchos que se enamoraron de ella. Meleagro, que le dio al fin un hijo, que es Partenopeo. Y en seguida, Melanio, su primo, llamado tambien Hipomenes. Para condescender con ellos ponía la condición de que le ganaran una carrera a pie, o bien en otra versión, que corriendo ella por delante pudieran atraparla. Si ella lo alcanzaba a su vez, lo mataba.

[10] Euridice: esposa de Orfeo.

[11] Garibay K.: Mitología griega…, ibidem., p. 159.

Memnon: rey mítico de Etiopía que entra en la leyenda griega.

   Vino a Troya a ayudar a Príamo que era tío suyo. Mató a Antíoco y fue herido por Aquiles, pero Zeus lo sanó y lo hizo inmortal.

[12] Hércules: semidios de la fuerza, hijo de Júpiter y de Alcmena.

[13] Garibay K.: Mitología…, ibid., p. 221.

Tántalo: leyendas confusas sobre este personaje mítico. Se le hace hijo de Pluto y Rea, o de Océano y Tetis. Otras versiones lo hacen hijo de Zeus.

   Amigo de Zeus, fue su comensal constante. Pero reveló los secretos del dios, y robó la ambrosía y el néctar para darlo a los mortales.

   Por estos y por otros delitos, fue penado con durísima pena.

[14] Coello Ugalde, José Francisco: Relaciones taurinas en la Nueva España, provincias y extramuros. Las más curiosas e inéditas, 1519-1835. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1988. 293 p. Facs. (Separata del Boletín, 2ª época, 2)., p. 85-101.

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 MODAS Y MODOS DEL TOREO: UNA DOBLE VISIÓN DE LA ESTÉTICA.

PONENCIAS, CONFERENCIAS y DISERTACIONES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Ajustándome a los requerimientos que toda esta actividad supone, y para comprender mejor el recorrido de una manifestación milenaria como es la de la corrida de toros, es preciso entender cuáles han sido sus respectivas composiciones a lo largo del tiempo en que como espectáculo público se ha planteado de manera explícita. Por tanto, vayamos a ver, a partir de una rigurosa selección iconográfica –apenas suficiente para ir del ayer más remoto al presente más inmediato-, el tránsito de significados entre dos discursos que, aquí y ahora nos atañen: Modas y modos del toreo.

   Se dice, y más claramente, decimos los taurinos que el toreo es una manifestación del espíritu, ese extraño síntoma que se declara en el ángel, pellizco, el aquel, el duende; o como dijera José Bergamín: Es música callada del toreo, y todo con objeto de descifrar esos misterios con que juega el destino en esta profesión que quiere hacer el arte al filo del peligro, tal y como lo manifestara en su momento el entrañable Alfonso Ramírez “Calesero”.

   Pero no es solo la estética. Es, o se ha convertido en una condición de la creatividad o viceversa, según los patrones establecidos por sociedades que tienden a un pleno confort como resultado de esa mutante alteración de vida que se detiene un momento y logra seguir, al desatarse por solo unos momentos del capricho colectivo pero ya con nuevos ropajes, nuevas influencias como también suele ocurrir en la tauromaquia que justo hoy está reportando en su siguiente paso, algo como lo que le viene ocurriendo a la música, con la presencia de las vanguardias sonoras sin complicaciones. En la música es el minimalismo. Pero ese minimalismo ya metido en la entraña del toreo, va asociado con la reducción al mínimo indispensable en cuanto al limitado uso de un amplio repertorio en los tres tercios de la lidia. Es, por ejemplo, el cero que no comprendieron como tal nuestros antepasados, pues en ese sentido los mayas fueron extraordinarios. El descubrimiento de un concepto de carencia de valor es fundamental en las matemáticas. Sabemos que ese concepto entró en Europa, a España, en el siglo XII o XIII, a través de los árabes, y de éstos había derivado de la India. Y vamos más allá: en Estados Unidos Ferry Riley y Steve Reich escriben obras minimalistas, cuyo principio estructural se basa en la repetición y transformación constante de unos cuantos elementos, como apunta Mario Lavista, eminente compositor mexicano de nuestro tiempo.

   Pero aún más: el progreso del arte y la técnica han llegado a su más acabada expresión, que parece ya no habrá más que hacer sino depurar, pulir, refinar para que, en 20 o 50 años se conciba como otro capítulo que por ahora ignoramos la forma en que habrá de desempeñarse. Sin embargo, opera el principio minimalista al que ha sido reducida una rica, riquísima expresión del arte y la técnica tauromáquicas, acordes con los tiempos que van corriendo. El minimalismo más claro es esa síntesis de dos o tres lances con el capote, y otro más o menos variado pero limitado repertorio muleteril, como si con eso se consagrara la versión más moderna del toreo, aproximación legítima, resultado concreto y hasta lógico que los toreros han pretendido dar –por ahora- a su oficio.

   En música, la tonalidad reinó durante 300 años, pero se hizo necesaria la llegada de aires renovadores con lenguajes como la atonalidad, el dodecafonismo y el serialismo, la bitonalidad y la bimodalidad. El ya conocido minimalismo y hasta la electroacústica, medios todos ellos que están al servicio del sonido.

   En los toros, puede decirse que las tauromaquias de José Delgado y Francisco Montes (1796 y 1836 respectivamente) han quedado superadas. Ya lo dijo José Carlos Arévalo en recientes apreciaciones editoriales. El actual director de la revista 6TOROS6, quien ha abrevado y ha hecho suya la obra de José Alameda, reconociéndola ya como fuente indispensable, se sustenta en ella para afirmar:

Las corridas de toros siempre respetaron celosamente el rito. Pero el toreo es una de las artes más evolutivas. La lidia ya codificada en tres tercios absolutamente definidos, la de los tiempos de Paquiro, nada tiene que ver con la lidia actual. Es posible que ni los aficionados más conocedores supieran seguirla, comprenderla, sentirla, si pudieran verla hoy tal como era ayer. Pero no la cambió el rito, que permanece inalterable, ni los reglamentos posteriores, que la sometieron a ley, sino el arte del toreo. Es decir, las historias que el hombre es capaz de contar con un toro: su actitud ante el peligro, su capacidad para trocar la violencia del animal en una cadencia estética impuesta por su sabiduría y por su sentimiento.

Pero viene aún algo muy importante:

Ni Joselito, ni Belmonte, ni Manolete tuvieron que cambiar una coma de los reglamentos a los que sucesivamente se sometieron para que las corridas, siempre iguales, fueran distintas. ¿Quién le impuso a José la regeneración, por él ordenada, de la suerte de varas para que abriera el camino hacia un mayor repertorio del toreo de capa? ¿Le protestaron las cuadrillas cuando les ordenó abandonar el ruedo durante la faena de muleta? ¿Qué reglas rituales contradijo Belmonte para hacer del toreo un acto dramático más estético? ¿Qué ley hubiera tenido potestad para impedir el toreo versificado en series de Manolete, ese hallazgo que transformó y amplió hasta en su misma esencia la faena de muleta?[1]

   ¿Qué destino, qué futuro, qué fin se pronostican para el toreo? ¿Meras paradojas o realidades nuevamente tangibles a la luz de los tiempos que, de aquí en adelante correrán augurando lo hoy imprevisible?

   Recordemos que el protagonismo en la tauromaquia se encuentra detentado por los españoles y un puñado de mexicanos, latinoamericanos y franceses. Pero México, en ese sentido, no se ha adherido con justicia al concierto de las naciones. La marginación no es gratuita, pero se ha dado por otras razones. Servilismo, malinchismo y ninguna capacidad para compartir con esa avasalladora maquinaria que mantiene o sostiene una auténtica industria, y no el simple negocio o “changarro”, esa triste y peyorativa realidad que predomina en nuestro país, en uno de los sexenios más mediocres que hemos padecido. A ese fenómeno –por desgracia- nos hemos acostumbrado como parte de las pocas expectativas ofrecidas por apenas dos o tres figuras nacionales pero no internacionales.

   En la ópera, Ramón Vargas triunfa fuera de nuestras fronteras, a la sombra incluso de la trilogía Carreras-Pavarotti-Domingo. Cada presentación suya en el extranjero es aureolada y exaltada por melómanos y prensa. Su nombre se suma al de otras grandes luminarias del bel canto. Y Ramón es mexicano, e insisto triunfa allende el mar. ¿Por qué? En esto, claro que funciona muy bien el aparato publicitario, pero también las ganas de promoverse y promoverlo. Entonces porqué el México taurino depende desde hace algunos años de un solo torero: Eulalio López que no ha alcanzado los máximos rangos de figura internacional o la escala de “mandón”. El “Zotoluco” se ha quedado solo “como los muertos”, tal cual lo escribiera Gustavo Adolfo Bécquer en su rima Nº LXXIII:


Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho;
y entre aquella sombra
veíase a intervalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.

Despertaba el día,
y, a su albor primero,
con sus mil rüidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:

—¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

 Y en esa soledad, sin aliados poco puede hacer. La maquinaria industrial de la tauromaquia en España no se va a andar molestando por un extranjero más. Lo que interesa es garantizar la celebración de espectáculo en sus tres modalidades (corrida de toros, novillada o corrida de rejones), siempre alentada por el estado, que es otro factor capaz de garantizar la buena marcha de tan próspero negocio.

   Quien manda en México, al parecer no es “El Zotoluco”. Son los empresarios ambiciosos, los que piensan no solo en Eulalio (que eso no tenemos porqué reprocharlo). Pero piensan en función de cómo organizar carteles con la presencia de diestros hispanos como si Eulalio fuera uno más en el cartel. Pero con “El Zotoluco” y su administración no conseguiremos que el mesianismo se cumpla tal y como ocurrió con su último exponente: Manolo Martínez. He ahí las contradicciones que son más frente a la poca iniciativa por atenuarlas, por erradicarlas pues, a lo que parece, el toreo seguirá siendo suma de complejas realidades y así habrá que entenderlo, como lo que es: un eterno misterio, una misteriosa paradoja.

   Recapitulando, antes de comparecer ante ustedes, procuré seleccionar las imágenes más representativas con objeto de que puedan percibir algunos cambios no sólo en el vestir. También en el actuar. Modificaciones en los usos y costumbres e incluso, los estilos, líneas o escuelas como la “rondeña”, “sevillana”, “castellana”, o “mexicana” de expresar el toreo.

   Toreo, como manifestación de espíritu: “es algo que se aposenta en el aire / y luego desaparece…” ya lo dijo Lope de Vega, se ha visto enriquecido por todo ese bagaje que explica a la luz de modas y modos, estilos y tendencias que lo han configurado a lo largo de los siglos pasando por épocas de en que lo mismo se registra la aceptación que el rechazo.

   Orígenes del toreo, tenemos que verlos desde esa antigüedad donde quedan registrados diversos testimonios de ritual, de acto sacrificial, donde la figura del toro guarda un papel de profundos simbolismos. Ya lo vemos en cuevas, ora protagonizando escenas mitológicas como la del laberinto donde la astucia del Minotauro quedó finalmente derrotada por Teseo y el hilo que Ariadna proporcionó para engañar a aquella extraña representación, mitad hombre y mitad toro. Pero sobre todo en el ejercicio que poco a poco se vino integrando desde el siglo XII.

   Desde aquellos pasajes que se pierden en la noche de los tiempos, el toreo como un ejercicio de la técnica y el espíritu se fue integrando para adquirir preponderancia en territorio y enclave comercial tan importante como fue la Hispania, ese cruce de caminos entre un medio oriente intenso, y un centro ambicioso de la actual Europa, en que quedaron trazadas infinidad de rutas comerciales e incluso militares que detonaron en pleno siglo octavo con uno de los acontecimientos históricos de mayor relevancia universal: la guerra de los ocho siglos, misma que se desata en el 726 y concluye, con la expulsión de los moros, en 1492, mismo año en que el genovés Cristóbal Colón logra una de las conquistas más destacadas de la humanidad.

   El imperio español estaba por aquel entonces dispuesto a extender sus dominios en territorios hasta entonces desconocidos, y lo logró en octubre de aquel año emblemático.

   Para que caballeros de otras épocas terminaran protagonizando en la forma que lo hicieron, es porque forjaron un código de valores y de honores capaces de imponer un discurso con significados que adquirieron preponderancia sobre todo durante el Medievo, que abarca el fin del Imperio Romano, o la constitución del imperio carolingio y alcanza hasta el año 1453, con la toma de Constantinopla por los turcos y el Renacimiento, período cuyo esplendor alcanza los siglos XIV y XVI. Esos códigos a que me refiero, estaban fundados en la formación del caballero cristiano medieval, que recogía los principios fundamentales y la misión de la Caballería, es decir, la defensa de la fe cristiana, la conservación de la tierra del señor y el amparo de personas desvalidas. Por tanto, estos principios, fueron comunes en todas las obras medievales sobre esta materia. La rica forma en el vestir y las complejas evoluciones en la plaza pública consolidaron estamentos que se convirtieron en elemento de privilegio, en favoritos de casas reinantes y de nobles. Mientras tanto, los libros de caballería fueron estandarte y modelo a seguir de todos aquellos que aspiraban colocarse en lugar envidiable, incluso cuando eran merecedores de unos atentos y enamorados ojos de mujer. Pero entre que se desgastaba esa leyenda, hubo necesidad de nutrir con reglas precisas, ya a la brida, ya a la jineta cuando los torneos, juegos de cañas, pero sobre todo el alanceo de toros se convirtieron en el nuevo lenguaje que se potenció fundamentalmente entre los siglos XV y XVIII.

   De Europa se extendió a América tan luego ocurrieron toda una serie de comportamientos tales como: asimilación, sincretismo o mestizaje, hijos de aquel difícil encuentro, desencuentro, descubrimiento, encontronazo o invención que devino, más tarde, conquista.

   América hizo suya aquella experiencia en lo general, y la Nueva España en particular, superando necesariamente el trauma para convivir en un nuevo y forzoso maridaje con España. Entre múltiples aspectos, la vida cotidiana jugó un papel muy importante, ya que tuvo que llegar el momento de poner en la balanza todos los significados de una amalgama que se depositó, entre otros factores o medios de convivencias en las diversiones públicas para lo cual: torneos, escaramuzas y otros alardes a caballo primero; toreo de a pie en sus diversas etapas de constitución e integración después fueron consolidando la tauromaquia en México.

   Y toros, en tanto registro histórico los hay desde 1526, no como los conocemos hoy día. El propio Hernán Cortés, que se convierte en fuente de información, nos dice que el 24 de junio

que fue de San Juan…, estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…”[2]

   No me detendré en detallar ese sólo acontecimiento. Mi tarea frente a ustedes es mostrarles una más o menos articulada idea de la evolución que, eso sí, ha definido al espectáculo en sus ya 480 años de permanencia.

   Durante casi todo el virreinato privó un toreo a caballo, detentando por nobles que se esforzaban en las múltiples ocasiones de fiesta a representar una tauromaquia ecuestre, como fiel espejo de la española, aunque con sus peculiares sabores mestizos, por lo que podemos entender que en estas tierras surgió un híbrido del toreo, que no se separó de sus raíces más profundas, pero que logró ser otro concepto con vida propia.

   Torneos y justas son las primeras demostraciones deportivas de los españoles en tierras nuevas. Para ello fue necesario el doble elemento material, convertidos en suprema condición: toro y caballo. La moda caballeresca de los siglos XV y XVI estaba aquí. El español buscó defender la tradición medieval. Toros y cañas iban juntos, como espectáculos suntuosos y brillantes en la conmemoración de toda solemnidad.

   El torneo y la fiesta caballeresca primero se los apropiaron conquistadores y después señores de rancio abolengo. Personajes de otra escala social, españoles nacidos en América, mestizos, criollos o indios, estaban limitados a participar en la fiesta taurina novohispana; pero ellos también deseaban intervenir. Esas primeras manifestaciones estuvieron abanderadas por la rebeldía. Dicha experiencia tomará forma durante buena parte del siglo XVI, pero alcanzará su dimensión profesional durante el XVIII.

   Lo anterior no fue impedimento para que naturales y criollos saciaran su curiosidad. Así enfrentaron la hostilidad básicamente en las ciudades, pero en el campo aprendieron a esquivar embestidas de todo tipo, obteniendo con tal experiencia, la posibilidad de una preparación que se depuró al cabo de los años. Esto debe haber ocurrido gracias a que comenzó a darse un inusual crecimiento del ganado vacuno en gran parte de nuestro territorio, el cual necesitaba del control no sólo del propietario, sino de sus empleados, entre los cuales había gente de a pie y de a caballo.

   Durante los siglos XVII y XVIII se dieron las condiciones para que el toreo de a pie apareciera con todo su vigor y fuerza. Un rey como Felipe V (1700-1746) de origen y formación francesa, comenzó a gobernar apenas despierto el también llamado “siglo de las luces”. El borbón fue contrario al espectáculo que detentaba la nobleza española y se extendía en la novohispana. En la transición, el pueblo se benefició directamente del desprecio aristocrático, incorporándose al espectáculo desde un punto de vista primitivo, sin las reglas con que hoy cuenta la fiesta. Un ejemplo de lo anterior se encuentra ilustrado en el biombo que relata la recepción del duque de Alburquerque (don Francisco Fernández de la Cueva Enríquez) en 1702, cuya escena central es precisamente una fiesta taurina.

   Para ese año el toreo todavía sigue siendo a caballo pero con la presencia de pajes o plebeyos atentos a cualquier señal de peligro, quienes se aprestaban a cuidar la vida de sus señores, ostentosa y ricamente vestidos.

   En la Nueva España todas las condiciones estaban dadas para obtener la preciada libertad. Aquí las cosas estaban agitadas, por lo que en medio de aquel caos, comienzan a darse cambios significativos los cuales nos hablan de lo relajado del toreo independiente, que buscando identidad la fue encontrando conforme se dieron los espacios para el desarrollo de la fiesta “a la mexicana”.

   “La variedad alegra la fiesta, parafraseando un conocido lema, y en aquel entonces, mientras el Deseado (que no es otro que Fernando VII) actuaba a su antojo y capricho, con tiranía cierta, el público mandaba en la fiesta y se permitía dirigir, si no la nación, si los destinos de su diversión preferida”. Este vistazo de Rafael Cabrera Bonet sobre acontecimientos ocurridos en España, parece réplica de lo que acontece a las puertas de la independencia en México.

   La reciente lectura a un libro que refiere aspectos de la moda imperante en el siglo XVIII,[3] da razones suficientes para comprobar que en dicha centuria se manifestó un cambio total no sólo en la manera de pensar, sino de comportarse y aun de vestirse los españoles, en cuyo espejo se miraron los novohispanos. De la casa de los Austria con golillas, herrruelos y crenchas, se pasa a la de los borbones, con chupas, casacas y pelucas empolvadas. Se tiene la creencia que para que esto sucediera es porque hubo algunos aristócratas y algunos intelectuales que admitieron la derrota del pensamiento español, no solo desde el reinado de Carlos II, “el de las hondas miserias y las constantes derrotas”; como justa consecuencia de la superioridad de lo extranjero sobre lo castizo.

   En cuanto al atavío y el atuendo, los trajes populares son algo muerto, que puede y debe conservarse, pero que carece de la vitalidad necesaria para evolucionar. Sin embargo, como dice el Marqués de Lozoya:

Es en el siglo XVIII cuando se forma, sin casi precedentes, la estampa de lo popular español que había de prevalecer por espacio de dos siglos en la mentalidad europea: las costumbres, los tipos y las modas en torno de las fiestas de toros. En los siglos anteriores, el toreo era hazaña de caballeros y el torero de a pie, el chulo, no tenía sino un papel subalterno y desvanecido, pero ahora se convierte en el protagonista del drama; en el héroe que puede adquirir una inmensa popularidad. Un romanticismo madrugador se apodera del tipo y lo difunde, en estampas, por toda Europa, como la más genuina representación de España. Es, en la Historia de la Tauromaquia una revolución trascendental, preludio de la revolución social y política, y cuyas consecuencias repercuten en toda la sociedad española.[4]

   Pero un conflicto de gran resonancia en España, el motín de Esquilache devino revuelta social debido al hecho de imponerle a los hispanos vestir el atavío “internacional”: sombrero de tres picos y capa corta. Los madrileños querían conservar su castizo atuendo: gran sombrero cuyas alas se dejaban caer sobre los ojos y amplia capa, que envolvía el cuerpo con sus pliegues como el manto de un patricio romano. Todo esto se desbordó el 23 de marzo de 1766, bajo la sombra del “despotismo ilustrado”. Ya con Carlos IV se verifica un fenómeno singular:

La irrupción de la majeza y de la chulería en las clases más elevadas; la pasión de los grandes señores por los trajes y los bailes del pueblo y por todo lo que refiere a la Fiesta de toros. (…) De ahí que este prestigio de la manolería puede causar una depresión en la sociedad española, pero tuvo la ventaja de proporcionar a los artistas un repertorio de riqueza y variedad inigualables, al cual hubieron de acudir por espacio de más de un siglo. Fue el veneciano Tiépolo reflejó en sus cuadros la desenfadada alegría del pueblo de Madrid. Y en ese reflejo queda retratada la actitud popular con sus fiestas, sus juegos y sus atavíos, aunque era un pueblo disfrazado con brillantes galas, que no desentonaban con las casacas cortesanas.[5]

   Esta reacción popular, produjo el cambio radical de un protagonismo detentado por los de a caballo, hasta por lo menos 1730, en que, como dijo Nicolás Fernández de Moratín, se dio con ellos la última gran fiesta articulada por nobles, pasando el papel principal a los de a pie quienes, con una vestimenta ad hoc, provista de galones, cintas, y metales permitieron diferenciar la escala social que ya impera en la configuración de las cuadrillas. De ese modo, la resultante es esa marcada estratificación tal y como la vemos hoy día, desde el paseíllo, en la cual, sólo avanzan como figuras decorativas los alguaciles, y siguen los primeros espadas, llevando trajes de principesca manufactura. Detrás de ellas, las cuadrillas, también de a pie, vestido de forma más austera, y sin llevar en sus bordados ningún metal, sólo pasamanería, quedando en un tercer término los que una vez fueron los primeros: los de a caballo; sólo que ahora con un nuevo papel que busca inútilmente reivindicarse, asumiendo un papel que la puya cumple, restando fuerza al toro, pero sin consumar el viejo principio de la lanzada. Claro, de la estampa arcaica de toreros pedestres y primitivos entre los siglos XVIII y XIX, se ha logrado una marcada evolución que llega, incluso bastante afectada en su sentido estético hasta nuestros días.

   Al avanzar el siglo XIX, y en México, destacan evidentemente los hermanos Luis, Mariano y Sóstenes Ávila quienes, de 1808 a 1858 se mantuvieron vigentes en la tauromaquia nacional. Hay otros personajes como Manuel Bravo, Andrés Chávez o José María Vázquez los cuales son consecuencia generacional inmediata de aquella etapa.

   Ahora bien, al tiempo en que se activó la independencia de nuestro país, el toreo se comportó de igual forma y se hizo nacional, perdiendo cierto rumbo que sólo recuperaba al llamado de las raíces que lo forjaron. Caben aquí un par de reflexiones antes de ingresar a la magia proyectada desde la plaza de toros.

   Un análisis clásico ya, para entender el profundo dilema por el que navegó México como nación en el siglo XIX, es México. El trauma de su historia del recién desaparecido Edmundo O’ Gorman. Es genial su planteamiento sobre la confrontación ideológica entre la tesis conservadora y la liberal. Resumiendo: los conservadores quieren mantener la tradición, pero sin rechazar la modernidad. Los liberales quieren adoptar la modernidad, pero sin rechazar la tradición.

   Es decir, en ambos la tradición es común denominador, y para los dos, el sentido de la modernidad juega un papel muy interesante que no nos toca desarrollar. Sólo que en el toreo la modernidad llegó tarde, fue quedándose atrás.

   La tauromaquia en nuestro país no perdió su esencia hispana. El planteamiento de Carlos Cuesta Baquero, importante periodista en aquella época dice al respecto, “nunca ha existido una tauromaquia positivamente mexicana, sino que siempre ha sido la española practicada por mexicanos” la escena taurina no perdió su esencia nacional, más bien se mezcló logrando una suma que representaba los dos orígenes. Las innovaciones e invenciones permiten verla como fuente interminable de creación; cada corrida tiene una estructura hasta cierto punto rígida, sigue un orden que se traduce en la secuencia de tercios, pero el espectáculo es una vivencia que refleja en algún grado el comportamiento humano y como tal, es cambiante y si a esto le agregamos no sólo la personalidad del torero, sino también la creatividad que enriqueció a la fiesta con aderezos como las mojigangas, los fuegos de artificio, la cucaña, el toro embolado, tenemos entonces una diversión completa. Y dos son las figuras más representativas en la segunda mitad de ese siglo: Bernardo Gaviño y Rueda, español, que en México hizo del toreo una expresión del ser mestizo y Ponciano Díaz, ídolo, genio y figura que fue elevado a estaturas inconcebibles, pero también rebajado al olvido más doloroso.

   Y vino el siglo XX.

   Durante su desarrollo surgieron figuras emblemáticas de altos vuelos artísticos y técnicos que pudieron equipararse con lo mejor de España. Allí están Rodolfo Gaona, formado bajo los viejos principios que establecieron Rafael Molina “Lagartijo” y Salvador Sánchez “Frascuelo”. Gaona fue un diestro empeñado en poner en práctica una tauromaquia estética y esteticista, de cuidados y afectados toques y retoques que hoy, a poco más de 80 años de su despedida, misma que ocurrió el 12 de abril de 1925, sigue siendo parangón, modelo a seguir, sobre todo de las generaciones que lo sucedieron, pero que hoy, repartido en varias líneas de otros tantos maestros, se ha perpetuado en beneficio directo del toreo mexicano.

   Rodolfo Gaona tuvo entre otros muchos privilegios ser considerado como el “indio grande” sin que hubiera de por medio alguna calificación peyorativa. Incluso, España misma con su afición de principios del siglo XX se caracterizó por cerrarle las puertas a todos aquellos toreros que no siendo del terruño, los obligaban a pasar las de Caín para poder ser aceptados sin obstáculos. Sin embargo, los hispanos se entregaron a aquel “milagro” americano.

   El mexicano Rodolfo Gaona, al formarse bajo la égida de Saturnino Frutos “Ojitos”, banderillero de Salvador Sánchez “Frascuelo”, adquiere un estilo que lo hace español; por ende universal. Su caso es excepcional en medio de las condiciones en que se constituye. Por eso Rodolfo Gaona Jiménez (1888-1975) de un ciudadano común y corriente, pasa a la categoría de personaje público de altos vuelos pues fue el primer gran torero que llenó los parámetros que solo se destinan a los elegidos.

   Gaona le da a la fiesta un carácter MAYOR (así, con mayúsculas) debido a su jerarquía como matador de toros que llena los requisitos que satisfacen la mayor exigencia impuesta por la afición. La fiesta le da a Rodolfo un sitio que luego de 81 años de su despedida -que ocurre el 12 de abril de 1925- lo sigue haciendo vigente junto con otros grandes diestros que comparten un lugar en la Rotonda de los Toreros Ilustres.

   Su quehacer se convirtió en modelo a seguir. Todos querían ser como él. Las grandes faenas que acumuló en México y el extranjero son clara evidencia del poderío gaonista que ganó seguidores, pero también enemigos.

   Más tarde, aparecieron José Pepe Ortiz, dueño de otra puesta en escena que causó furor entre sus “istas” más incondicionales. También se sumaron Jesús Solórzano, el rey del temple, Luis Castro “El Soldado”, pero sobre todo Silverio Pérez.

   La sola mención de Silverio Pérez nos lleva a surcar un gran espacio donde encontramos junto con él, a un conjunto de exponentes que han puesto en lugar especial la interpretación del sentimiento mexicano del toreo, confundida con la de “una escuela mexicana del toreo”. La etiqueta escolar identifica a regiones o a toreros que, al paso de los años o de las generaciones consolidan una expresión que termina particularizando un estilo o una forma que entendemos como originarias de cierta corriente muy bien localizada en el amplio espectro del arte taurino.

   Escuela “rondeña” o “sevillana” en España; “mexicana” entre nosotros, no son más que símbolos que interpretan a la tauromaquia, expresiones de sentimiento que conciben al toreo, fuente única que evoluciona al paso del tiempo, rodeada de una multitud de ejecutantes. Que en nuestro país se haya inventado ese sello que la identifica y la distingue de la española, acaba sólo por regionalizarla como expresión y sentimiento, sin darse cuenta de su dimensión universal que las rebasa, por lo que el toreo es uno aquí, como lo es en España, Francia, Colombia, Perú o Portugal. Cambian las interpretaciones que cada torero quiera darle y eso acaba por hacerlos diferentes, pero hasta ahí. En la tauromaquia en todo caso, interviene un sentido de entraña, de patria, de región y de raíces que  muestran su discrepancia con la contraparte. Esto es, que para nuestra historia no es fácil entender todo aquello que se presentó en el proceso de conquista y de colonia, donde: dominador y dominado terminan asimilándose logrando un producto que podría alejarse de la forma pero no del fondo, cuyo contenido entendemos perfectamente.

   Silverio Pérez representó una fuerza que fue a unirse a aquella majestuosa expresión del nacionalismo cultural como medida de rescate, al recibir su generación todo lo que queda del movimiento armado que deviene movimiento cultural, en inquieta respuesta vulnerada entre el conflicto de quienes pretenden extenderla como signo violento o como signo demagógico. Pero en medio de aquel estado de cosas, Silverio Pérez al incorporarse al esquema de la otra revolución, la que enfrenta junto a un contingente de extraordinarios toreros y una tropa de subalternos eficaces, genera una de las marchas artísticas y generacionales de mayor trascendencia para el toreo de nuestro país. Presenciamos el desarrollo de la “edad de oro del toreo”.

   Es el México “postrevolucionario”, un México donde el sentimiento por el toreo está encontrando en Silverio a un exponente distinto, dado que su quehacer se aleja de los demás, dándonos a entender que había llegado la hora de conocer a un torero de manufactura netamente nacionalista, en idéntica proporción a la etapa de “reconquista” que enfrentó Ponciano Díaz.

   Y sin olvidar a figuras como Fermín Espinosa, Carlos Arruza, Luis Procuna y otros, pasemos al capítulo llamado Manolo Martínez.

   El diestro neoleonés es hoy en día una fuente de inspiración. Lo es para muchos de los toreros que forman parte de la generación inmediata a la que perteneció el torero mexicano. Y no se trata sólo de los nacionales. También del extranjero. Esto es un fenómeno similar al que se dio inmediatamente después de la despedida de Rodolfo Gaona en 1925; muchos toreros mexicanos vieron en “el petronio de los ruedos” un modelo a seguir. Querían torear, querían ser como él. No estaban equivocados, era el prototipo ideal para continuar con la tendencia estética y técnica impuesta durante casi veinte años de imperio gaonista. Sin embargo estaban llamados a ser representantes de su propia generación, por lo que también tuvieron que forjarse a sí mismos, sin perder de vista el arquetipo clásico heredado por Gaona.

   Pero el asunto no queda ahí. La tauromaquia tiende a renovarse, y aunque pudiera darse el fenómeno de la generación espontánea, en virtud de que algunos toreros importantes se formen bajo estilos propios, estos se definen a partir de cimientos sólidamente establecidos por diestros que han dejado una estela destacada que se mete en la entraña de aquellos quienes llegan posesionándose del control, para convertirse en nuevas figuras.

   Manolo Martínez legó al toreo cosas buenas y malas también. Ese espejismo maniqueo posee un peso rotundo cuyos significados se revelan a cada tarde, como si durante cada corrida de toros se leyera una página del testamento DE LA DOBLE M donde quedaron escritas muchas sentencias por cumplir o excluir. Ese legado, entendido como una tauromaquia subliminal para muchos diestros, herederos universales de aquel testimonio sigue provocando controversias, polémicas como todo lo causado ahora con la influencia o no por parte de este último “mandón” del toreo mexicano, del que a continuación presento un perfil por demás, necesario.

   Parco al hablar, dueño de un carácter enigmático, adusto, con capote y muleta solía hacer sus declaraciones más generosas, conmoviendo a las multitudes y provocando un ambiente de pasiones desarrolladas antes, durante y después de la corrida.

   En poco tiempo Manolo asciende a lugares de privilegio y tras la alternativa que le concede Lorenzo Garza en Monterrey inicia el enfrentamiento con Huerta y con Capetillo en plan grande, hasta que Manolo termina por desplazarlos.

   Su encumbramiento se da muy pronto hasta verse sólo, muy sólo allá arriba, sosteniendo su imperio a partir de la acumulación de corridas y de triunfos. Pronto llegan también a la escena Eloy Cavazos, “Curro” Rivera, Mariano Ramos y Antonio Lomelín con quienes cubrirá la etapa más importante del quehacer taurino contemporáneo.

   En la plaza, el público, impaciente, comenzaba a molestarlo y a reclamarle. De repente, al sólo movimiento de su capote con el cual bordaba una chicuelina, aquel ambiente de irritación cambiaba a uno de reposo efímero, trastocado y transtornado en una plaza donde el estruendoso ¡olé! hacía retumbar los tendidos. Para muchos, el costo de su boleto estaba totalmente pagado. Con su carácter, era capaz de dominar a las masas, de guiarlas por donde el regiomontano quería, hasta terminar convenciéndolos de su grandeza. No se puede ser “mandón” sin ser figura. No es mandón el que manda a veces, el que lo hace en una o dos ocasiones, de vez en cuando, sino aquel que siempre puede imponer las condiciones, no importa con quién o dónde se presente. (Guillermo H. Cantú).

   El diestro neoleonés acumuló muchas tardes de triunfo, así como fracasos, muchos de ellos escandalosos. Con un carácter así, se llega muy lejos. Nada más era verle salir del patio de cuadrillas para encabezar el paseo de cuadrillas, los aficionados e “istas” irredentos se transformaban y ansiosos esperaban el momento de inspiración, incluso el de indecisión para celebrar o reprobar su papel en la escena del ruedo.

   Como figura fue capaz de crear también una serie de confrontaciones entre sus seguidores, que eran legión y los que no lo eran, también un grupo muy numeroso. Su quehacer evidentemente estaba basado en sensaciones y emociones, estados de ánimo que decidían el destino de una tarde. Así como podía sonreír en los primeros lances, afirmando que la tarde garantizaba un triunfo seguro, también un gesto de sequedad en su rostro podía insinuar una tarde tormentosa, tardes que, con un simple detalle se tornaban en apacibles, luego de la inquietud que se hacía sentir en los tendidos.

  Ese tipo de fuerzas conmovedoras fue el género de facultades con que Manolo Martínez podía ejercer su influencia, convirtiéndose en eje fundamental donde giraban a placer y a capricho suyos las decisiones de una tarde de triunfo o de fracaso. Además, era un perfecto actor en escena, aunque no se le adivinara. De actitudes altivas e insolentes podía girar a las de un verdadero artista a pesar de no estar previstas en el guión de la tarde torera. Pesaba mucho en sus alternantes y estos tenían que sobreponerse a su imagen; apenas unos movimientos de manos y pies, conjugados con el sentimiento, y Manolo transformaba todo el ambiente de la plaza.

   La tauromaquia de Manolo Martínez es una obra soberbiamente condensada de otras tantas tauromaquias que pretendieron perfeccionar este ejercicio. Sus virtudes se basan en apenas unos cuantos aspectos que son: el lance a la verónica, los mandiles a pies juntos y las chicuelinas del carácter más perfecto y arrollador, imitadas por otros tantos diestros que han sabido darle un sentido especial y personal, pero partiendo de la ejecución impuesta por Martínez. En el planteamiento de su faena con la muleta, todo estaba cimentado en algunos pases de tanteo para luego darse y entregarse a los naturales y derechazos que remataba con martinetes, pases de pecho o los del “desdén”, todos ellos, únicos en su género. La plaza era un volcán de pasiones, cuyas explosiones se desbordaban en los tendidos, hasta que el estruendo irrepetible de cien o más pases dejaba a los aficionados sin ya más fuerzas para agitar las manos después de tanto gritar. Capote y muleta en mano eran los elementos con que Manolo Martínez se declaraba ante la afición. Lo corto de sus palabras quedaba borrado con lo amplio y extenso de su ejecución torera.

   Finalmente, hoy no nos resultan ajenos los nombres de Eulalio López, Enrique Ponce, “Morante de la Puebla”, Julián López, José Luis Angelino o César Rincón, por mencionar a las cumbres de ese horizonte majestuoso. Ellos han logrado las más caras aspiraciones de otras tantas generaciones que lucharon por un propósito tan claro como el de los toreros que acabamos de mencionar: interpretar la tauromaquia como un sentido de la técnica y la estética al servicio de los gustos y modas imperantes en las épocas consideradas como claves en el curso, devenir y porvenir de un espectáculo que ya alcanzó, por lo menos hasta hoy, los límites de todas las aspiraciones. Para ello conviene hacer la siguiente consideración, preguntándonos, ¿qué es lo clásico en el toreo?

   Uno de los dogmas que más inciden entre los aficionados a los toros es sobre todo aquello que entendemos como lo “clásico”; o en otros términos: “clasicismo”. ¿En realidad sabemos cuál es su significado para explicarlo a la luz de dos de sus principios fundamentales: la técnica y la estética?

   Sin valernos de diccionarios, enciclopedias o libros que han hecho tratado de este término, me atrevería a apuntar que lo “clásico”, o el “clasicismo”, independientemente del período histórico que lo define, es un entorno que por su consistencia –estética, en este caso-, deja huella perenne, hasta entenderlo no solo en su momento sino en otros posteriores y más alejados.

   Por ejemplo, no se sabe muy bien si la música “clásica” es simplemente música de concierto. Entonces, ¿por qué Beethoven sí y Penderecki no?

   ¿Por qué Miguel Ángel, ya no tanto renacentista, “clásico”, incluso universal, y no Sebastián, escultor mexicano?

   ¿Por qué Belmonte más que Ordóñez o viceversa?

   Se les suele llamar “clásicas” a la Tauromaquia de Pepe-Hillo y a la de Paquiro.

   Entonces, ¿dónde queda el “clasicismo; qué es entonces lo “clásico”?

   “Clásico” es lo que queda y permanece, “clásico” es lo que perdura por encima de pasajeras circunstancias que por inconsistentes se desvanecen, enfrentando la solidez de un acontecimiento que garantiza al individuo el uso de formas y métodos confiables, como instrumentos no solo de interpretación sino de proyección, lográndose de ese modo lo perdurable, independientemente de las expresiones particulares y diferentes de creadores que se amparan en ese modo de creación e interpretación, incluso, en su maleabilidad; lo modifican, pero sin separarse de los límites establecidos.

   Esos “límites establecidos” no son un cerco. Al contrario, se enriquecen, manteniéndolo plenamente vivo, al grado de que hoy día, entre la modernidad, la postmodernidad y lo iconoclasta en donde se mueven diversas expresiones de la técnica o la estética, convive con ellos lo “clásico” sin posibilidad de conflicto alguno, porque esas expresiones se identifican, respetando su territorio. Incluso, agregaría un breve pasaje de Octavio Paz quien, al reflexionar sobre la modernidad, el Nobel de literatura 1990 nos ayuda a desentrañar qué hay al respecto de este otro “dogma”.

   La modernidad ha sido una pasión universal. Desde 1850 ha sido nuestra diosa y nuestro demonio. En los últimos años se ha pretendido exorcisarla y se habla mucho de la “postmodernidad”. ¿Pero qué es la postmodernidad sino una modernidad aún más moderna?

   Y en los términos estrictamente taurinos, lo “clásico” y el “clasicismo” permean con una fuerza indescriptible pues de ambos depende –en buena medida- su pervivencia. “Clásicos” son Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa o “Manolo” Martínez, las tres columnas fundamentales del toreo en el siglo XX mexicano. Esto quiere decir que otros no lo fueran, pero ha habido barrocos, postmodernos, nacionalistas, iconoclastas o heterodoxos. Es decir, que al no estar reñidos, fortalecen la expresión conjunta del espectro universal. He aquí que lo omnipresente de lo “clásico” no lo abarca todo, pero sí una gran mayoría. No abarcará todo, pero sí lo comprende todo, como una obra sinfónica. ¿Confusión, juego de palabras o de intereses para ajustarse a la conveniencia más apropiada? Quizá.

   El hecho es contundente. Hay una condición de lo “clásico” y el “clasicismo” que campea orgullosa incluso en estos tiempos que ya rebasaron la barrera del siglo XXI, cuando el espectáculo sigue y seguirá cuestionándose no sólo por el fuerte contenido de anacronismos que carga desde hace varios siglos. También por su explícito discurso sacrificial, que es consecuencia de un largo recorrido acumulado en varios milenios. Esto parece ser un obstáculo para que se considere que entonces lo “clásico” se enfrenta a esa enorme carga secular o milenaria, y no hay más remedio que presenciar un despliegue minimizado del “clasicismo”, como intento y no como sólida presencia.

   Además, lo “clásico” en su concepto expresivo por parte de los toreros, se empantana en la ociosa declaración venida del reino de los lugares comunes de que son unos “clásicos”, si para ser “clásico” es lo que queda y además permanece. Y si el ejercicio de ciertos matadores corre el riesgo de su efímera declaración, entonces esta debe ser capaz de hacer permanente lo que tiende a desaparecer. En una rebuscada metáfora, intentan salvar lo irremediable, hacerla pervivir durante su recorrido activo y además trascenderla por la vía de los recuerdos que sostienen ese andamiaje viajando en la memoria colectiva, a través de la transmisión oral que, de generación en generación hacen posible y tan vivos a Gaona, “Armillita” y a “Manolo”, a pesar de que ellos ya dejaron este mundo, pero no sus hazañas que son finalmente las que asumen no la eternidad, sí la perpetuidad.

   Allí están –por ejemplo- las ruinas de diversos imperios: el romano, el egipcio, el teotihuacano o maya que, con su sola majestad demuestran cuán grandes se manifestaron como aglutinamiento en tanto sociedad, cultura, economía, religión, conflictos bélicos y otras circunstancias que los integró como un todo en su tiempo. Y hoy, reconocemos esas capacidades, y nos admira, nos sorprende.

   Clásico puede ser el argumento de “cargar la suerte”, que, entre los aficionados a los toros, cuando no se tiene muy clara su definición, es una auténtica declaración de guerra. Por ejemplo, para José Alameda esta es su consideración:

Podríamos decir que cargar la suerte es llevarla al punto de conjunción de toro y torero, en que la suerte se precisa, se define y toma estructura. El punto de apoyo de la suerte, el gozne desde el cual se desarrolla. Porque cargar la suerte no es poner un pie adelante, es afirmarla y ahondarla allí donde naturalmente se produce…[6]

O para entenderlo a partir del verso magistral de Jaime Sabines:

Los amorosos

 Los amorosos callan.

El amor es el silencio más fino,

El más tembloroso, el más insoportable.

Los amorosos buscan,

Los amorosos son los que abandonan,

Son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,

No encuentran, buscan.

(……….)

Es decir, que lo que nos está diciendo Alameda en su interpretación sobre “cargar la suerte”, no es otra cosa que una utopía, es Los amorosos de Sabines; es la siempre sabia expresión de Lope de Vega, a propósito de dos de sus versos geniales cuando nos dice:

“…es algo que se aposenta en el aire / y luego desaparece…”; o como concluyera magistralmente Pepe Luis Vázquez, el torero rubio del barrio de San Bernardo, en Sevilla: “El toreo es algo que se aposenta en el aire / y luego desaparece…”

   Es el delirio de Francisco de Quevedo en

Amor constante más allá de la muerte.

 Alma a quien todo un dios prisión has sido,

Venas que humor a tanto fuego han dado,

Médulas que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;

Serán ceniza, mas tendrá sentido;

Polvo serán, más polvo enamorado.

    Allí están, y vuelvo a reiterar los ejemplos “clásicos” de Gaona, Espinosa y Martínez como ese concepto mayor donde se concentra la summa de aquellas experiencias vivas, tangibles, que se han transmitido generacional, profesional y temporalmente y cada quien se ha convertido en modelo (la asimilación dependerá de nuevos actores, quienes establecerán su estilo propio, al cual sumarán –si así lo deciden-, matices de lo que ya es “clasicismo”).

   En este complejo de la realidad puede seguirse navegando sin llegar a ninguna conclusión concreta, porque la etiqueta de “clásico” no está permitida para todos, a pesar de que todos por obligación profesional tienen que matizar su ejercicio de esta condición para no distanciarse de ese ámbito y no entrar en la condición espacial de la utopía. He allí lo notable que puede ser el complicado pero a la vez sencillo concepto que es en sí mismo lo “clásico”, como condición y realidad que queda y permanece.

   Hemos visto ya que hay una condición de lo “clásico” y el “clasicismo”. ¿En qué medida, ambas circunstancias son capaces de convertir al individuo en “universal”?

   Por ahora dejemos estas consideraciones para mejor ocasión, y miremos al pasado con ojos del presente, para entender el curso del arte y la técnica del toreo como principios que han servido para comprender el propósito de esta conversación a la que pongo justificado fin, en espera de haberles proporcionado algunas herramientas útiles.[7]

MUCHAS GRACIAS


[1] 6TOROS6 Nº 574, del 28 de junio al 4 de julio de 2005, p. 3. José Carlos Arévalo: “Libertad y tabú”.

[2] Hernán Cortés: Cartas de Relación. Nota preliminar de Manuel Alcalá. Décimo tercera edición. México, Porrúa, 1983. 331 p. Ils., planos (“Sepan cuántos…”, 7), p. 275.

[3] El traje español en la época de Goya. 28 láminas de Rodríguez, de la “Colección de los trajes que en la actualidad se usan en España, principiada en 1801”. Prefacio del Marqués de Lozoya. Barcelona, Editorial Gustavo Pili, S.A., 1962. IX + 28 láms.

[4] Op. Cit., p. IV-V.

[5] Ibidem., p. VIII.

[6] Luis, Carlos, José, Felipe, Juan de la Cruz Fernández y López-Valdemoro (seud. José Alameda): EL HILO DEL TOREO. Madrid, Espasa-Calpe, 1989. 308 p. Ils., fots. (La Tauromaquia, 23)., p. 287.

[7] Modas y modos del toreo: Una doble visión de la estética, conferencia magistral dictada el 2 de mayo de 2006, en el marco de UNIMODAA 2006 o “Matador, Sol y Sombra”, evento y tributo al arte del maestro Miguel Espinosa Armillita Chico, organizado por la licenciatura en Diseño de Modas en Indumentarias y Textiles de la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Auditorio “Dr. Pedro de Alba” de la Universidad Autónoma de Aguascalientes.

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¿QUÉ TANTO DE REALIDAD Y QUÉ TANTO DE FICCIÓN TIENE EL TOREO EN NUESTROS DÍAS?

A TORO PASADO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Con cierta frecuencia, los taurinos somos abordados con una pregunta que parece venir del país de los lugares comunes: ¿Qué tanto de realidad y qué tanto de ficción tiene el toreo en nuestros días? A lo cual, nuestras respuestas pueden tener diversos argumentos, fundados sobre todo por el momento que se vive. De ese modo, parece ser que la fiesta transita en permanente crisis (y si es preciso recordar, la crisis es apenas un momento, un instante de situación dificultosa o complicada), por lo que entonces se trata de una sumatoria de ciclos que se repiten con igual síntoma patológico.

   Los toros tienen de sobra el condimento dogmático y enciclopédico que lo particulariza, haciéndolo único. Pero también lo enferma y seriamente, porque se observa en el tendido y en poca cantidad, al aficionado en cuanto tal, ese individuo formado y fundado en un ansia por la búsqueda del conocimiento. Y lo vemos raramente porque abundan los extremistas y fundamentalistas o su contraparte: el espectador transitorio.

   El toreo, al igual que una institución educativa es receptor de diversas líneas o tendencias que desde luego dan un brillo peculiar. En modo opuesto las líneas son tendenciosas ocasionando que la o las “escuelas” proyecten malas enseñanzas. Es decir, estamos frente a una condición absolutamente maniquea, resultado de la confrontación entre la pasión y la razón, por lo que es preciso recordar aquella frase que dice que la “inteligencia y la profundidad no siempre van juntas”.

   Por cierto, hace unas semanas aparecía un importante argumento del escritor colombiano Edmundo Paz Soldán quien apuntó: “Pertenezco a una generación a la que se le ha enseñado a tener nostalgia de lo que no ha vivido, que creció en la época del neoliberalismo caracterizada por ser poco heroica y que ha aprendido a ser conformista…”

El Heraldo de México, 11 de octubre de 1967. Plaza de Arlés, Francia. Torero: Miguel Mateo “Miguelín”. Fotografía de Lucien Clergue. Imagen incluida en la colección “Photography Annual From UPI”, seleccionada como una entre las mejores de aquel año.

   Por otro lado, Eric Hobsbawn, en su Historia del siglo XX anota:

   “La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven”.

   Estas dos afirmaciones sumamente profundas nos revelan que el pasado que por alguna razón se analiza en el presente, no es lo que dicen que era. Pero el presente no tiene ya la capacidad heroica que dicen que tuvo también el pasado. Es decir, aparte de enfrentarnos a un dilema, ambos tiempos no poseen el valor, o los elementos de confrontación son forzadamente inventados y el término de este balance podría apuntar a la invención. Contra ciertas invenciones tenemos que estar perfectamente vacunados. Un gran historiador como fue Edmundo O´Gorman se puso en pie de guerra en cuanto se intensificó la postura del “descubrimiento de América”, lanzando un hermoso argumento que tituló La invención de América, atenuando así un discurso más oficial que sensato. Quizá más rebuscado que lógico.

   Todo lo anterior, ¿ante qué escenario nos enfrenta? O ¿es que entonces el toreo se nos desmorona en las manos como una mera ficción o cuento?

   No estoy manejando hasta el momento ningún motivo por los que permanentemente nos rasgamos las vestiduras. Simplemente analizo desde la superficie los diversos estímulos que nos orillan a tales desenfrenos en los cuales nuestra participación individual o colectiva hacen que se alteren parcial o totalmente las estructuras donde descansa un espectáculo varias veces centenario.

   Entonces, ¿de dónde proviene el caos y el desacuerdo?

   Por lo visto la obra de Jorge Portilla: La fenomenología del relajo podría ayudarnos a dilucidar tanta confusión, solo que se queda impregnada una tremenda incongruencia sobre los valores que para unos y otros son buenos o son malos. Veamos al toro de hoy -primer y gran argumento-, el que pasa por un racero de comparaciones y perspectivas siempre en desacuerdo. El toro que se lidia en nuestro presente puede ser más pequeño o más grande al que se lidiaba hace 50 o 100 años; o viceversa. ¿Cuál es entonces el mejor promedio? ¿Qué época goza o ha gozado de ese privilegio?

   Las presentes notas están demasiado cargadas de cuestionamientos, debido básicamente a la falta de unidad, empujada -de eso estamos seguros- por múltiples intereses de actores y espectadores conforme cada época o momento que se vive. Por lo tanto va a ser difícil lograr que se tenga el común acuerdo y por consecuencia una imprevisible solución a ese eterno problema.

   La construcción del toreo ha llegado a su mejor punto en nuestra época, dirán algunos. La deconstrucción del toreo ya está aquí, dirán otros. Todo es según el cristal (con que se mire) del momento que se vive y hay que aceptarlo, no es resignada y última consecuencia, pues hay que verlo como un organismo que responde en multitud de reacomodos que provienen de la suma multitudinaria de acciones y reacciones humanas, climáticas si cabe; económicas, políticas. Sociales en consecuencia. Bueno o malo es lo que transcurre aquí y ahora, aunque tampoco es posible quedarnos en la cómoda posición de aceptar la postura maniquea que en nada resuelve el enorme conflicto generado dentro de un espectáculo fácilmente manipulable por ambas condicionantes, dueñas de un peso específico que son capaces de señalar el camino a seguir. O es que también, -a la manera de Edmundo O´Gorman-, ¿tendremos que ponernos en pie de guerra para enfrentar, ya no tanto el pasado, sino el presente, y por precaución, también el futuro taurinos?

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ROQUE ARMANDO SOSA FERREYRO: UN RECUERDO A 28 AÑOS DE SU AUSENCIA.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Roque Armando Sosa Ferreyro en 1987, fue reconocido

como uno de los decanos del periodismo taurino.

    Si tuviésemos que hablar de todo un “señor del periodismo”, fijemos nuestra atención en el caso ejemplar de Roque Armando Sosa Ferreyro (Mérida, Yucatán, 30 de julio de 1902-Ciudad de México, 6 de septiembre de 1989).

   “Don Tancredo”, que así era como firmaba sus colaboraciones taurinas, siguió los principios que Francisco Zarco estableció desde mediados del siglo XIX y que luego, personajes como los Flores Magón materializaron en “Regeneración” hace poco más cien años. Su honorabilidad en un medio de comunicación tan cuestionado como la prensa escrita, dejó huella y su impronta es modelo a seguir. Sin embargo, parece que su nombre y esa enorme estela de producción hoy día parecen estar olvidados, sobre todo en un medio que, como el de los toros, también requiere de iconos que representen ese lado honesto, mismo que significa empuñar la pluma y convertirla en bandera de auténticas convicciones, con objeto de que sus textos –al cabo de los años-, se tornen auténtica referencia.

   No me queda la menor duda de que con él, y otro pequeño número de PERIODISTAS –así, con mayúsculas-, estamos frente a un personaje que desde sus años mozos abrazó con fervor ese que es hoy uno de los oficios más peligrosos en este país., Primero en su natal Yucatán define su ruta como escritor y luego, ya en la ciudad de México, colabora en diversas publicaciones, entre otras “Revista de Revistas” donde no solo fue uno más de los de planta, sino también su director entre 1931 y 1938. Años más tarde, funda dos publicaciones emblemáticas: “La Lidia” y “La Fiesta” (esto entre 1942 y 1950). Su oficio continuó como editorialista en “Excelsior”, “El Sol de México”, “Últimas Noticias” y “Jueves de Excelsior”.

   En lo taurino, legó una serie de auténticas joyas. Me refiero a esos dos números monográficos de “Revista de Revistas” (febrero y diciembre de 1937 respectivamente), donde reunió a las plumas más representativas de aquel entonces, logrando un equilibrio perfecto en información, y desde luego en apoyo iconográfico de primerísima calidad. Por otro lado, es posible recordarlo al frente de “La Lidia”, donde sorteó un conflicto que devino ruptura con algunos de sus colaboradores, y con ello el inmediato surgimiento de “La Fiesta”.

   Ambas publicaciones siguieron, en buena medida ciertos aspectos de formación tal cual se aplicaron en “Revista de Revistas”, de ahí que los interesados tenían resuelto el ejercicio práctico de su lectura. No faltaron también esos números extraordinarios, dedicados a la fotografía, o los que rememoraban a Rodolfo Gaona, Manuel Rodríguez “Manolete” o ese otro que dejaba evidencia justo con la inauguración de la plaza de toros “México”.

   Cuando parecía que su compromiso habría terminado, se le vuelve a leer en las páginas del “Excelsior”, en cuyas columnas lo mismo abordaba los temas taurinos del momento que pasajes de la vida nacional, o de carácter eminentemente histórico o literario. Considero, sin temor a equivocarme que don Roque Armando era un hombre de visión universal, cuya cultura alcanzaba para cubrir cualquier tema al que se enfrentara.

   Por estos días he leído sus contribuciones en “El Sol de México”, y una de ellas tiene que ver con una larga entrevista que le concedió el “indio grande” allá por enero de 1968. “Recuerdos y confidencias de Gaona” es el título de la interviú, donde habla de sus primeros pasos, la sólida ascensión o el capítulo de su despedida, sin evitar el comentario sobre los toreros de aquel momento: Manuel Benítez “El Cordobés” y “Manolo” Martínez, por quienes profesó absoluto convencimiento en sus quehaceres.

   Para 1987, cuando ya le habíamos recibido en varias reuniones que celebraba por entonces “Bibliófilos Taurinos de México”, se tuvo a bien llevar a cabo una serie de actividades de cultura que recordaban cien años de reanudación a las corridas de toros en el Distrito Federal. Entre otros actos, se reconoció la labor de varios decanos del periodismo taurino en México, a saber: Carlos Cuesta Baquero, Rafael Solana, “José Alameda” y, desde luego a quien hoy recordamos: Roque Armando Sosa Ferreyro.

   Quiero terminar esta semblanza, compartiendo con ustedes el hecho de que, con el prólogo que dedicó a un trabajo de mi autoría que aún hoy se mantiene inédito, escribió las que pueden ser sus últimas líneas, pues estas se encuentran fechadas en junio de 1989. El libro a que hago referencia lleva el título: “Ponciano Díaz Salinas, torero del XIX, a la luz del XX” (actualizado ya, por razones obvias a la luz del XXI).

   Entre otras notas, se refiere al torero de Atenco como sigue:

   En su tiempo fue Ponciano Díaz no sólo el mejor, el más famoso y representativo torero mexicano sino también el paladín del nacionalismo y las tradiciones nacionales, ídolo de multitudes y ejemplo de maestría insuperable en la ejecución de las suertes de la charrería. Dentro y fuera de los redondeles, su nombre estaba aureolado por la gloria…

   Aquí y en España fue Ponciano Díaz un triunfador. Por su valentía y su arte refrendó en Madrid, al lado de Frascuelo y de Guerrita, la fama conquistada por sus hazañas en los redondeles mexicanos. Equidistante en la perspectiva del tiempo, debe vérsele en sus debidas proporciones: entre la idolatría populachera y patriotera que tuvo, con sus reales méritos en el toreo a pie y el dominio de las suertes ecuestres, y el olvido y la indiferencia que posteriormente cubrieron su nombre. Por esto la labor del ingeniero Coello Ugalde es acreedora a la más amplia atención y el reconocimiento de los verdaderos aficionados a la lidia de reses bravas…

   Reiteramos nuestras alabanzas a Coello Ugalde por el empeño y la tenacidad que puso para vencer dificultades y atesorar los datos relevantes que configuran la imagen de Ponciano en la luz y en la sombra. Los aficionados taurinos hemos de apreciar y reconocer la devoción a la verdad histórica que animó al autor de estas páginas y quien, seguramente, habrá de darnos en el futuro otros logros de su apasionado entusiasmo por la fiesta de los toros…

   Loor a figura tan consumada en el ejercicio del periodismo en nuestro país durante el siglo XX.

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