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DEL ANECDOTARIO TAURINO MEXICANO

DEL ANECDOTARIO TAURINO MEXICANO, Nº 3

 Una ocurrencia de MADAME CALDERÓN DE LA BARCA el 8 de mayo de 1840.

LOS TOROS, SON COMO EL PULQUE…

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

NOTA BENE: Hecho un pequeño balance, de aquí en adelante, esta serie abarcará lo mismo ocurrencias en el virreinato, que de los siglos XIX, XX y XXI.

   El embajador Ángel Calderón de la Barca, vino a México cumpliendo la misión diplomática como representante de España en México de 1840 a 1842. Su esposa, mejor conocida como Madame Calderón de la Barca, tuvo a bien legarnos su visión como extranjera acerca de lo que para ella fue La vida en México, durante una residencia de dos años en ese país. 

   Entre sus experiencias de vida cotidiana, no faltó presenciar una corrida de toros. Tras la lectura a su novena carta, es posible percibir las sensaciones, los sentimientos encontrados que produjo en ella su asistencia a una corrida que ocurrió el 8 de mayo de 1840. Y es el Dr. Benjamín Flores Hernández quien mejor la interpreta en estos términos:

 En aquella ocasión, a pesar de quedar deslumbrada por el brillo de un espectáculo cuya “gran belleza” no pudo dejar de reconocer, todavía sintió ciertos remordimientos por haber gustado sin excesivas náuseas de esa repugnante forma de atormentar a un animal hacia el cual, sobre todo atendiendo a que su peligrosidad la rebajaba el hecho de que las puntas de sus pitones se hallaran embotadas sentía mayor simpatía “que por sus adversarios del género humano”.[1]

Hermosa recreación de MADAME CALDERON DE LA BARCA.

Fuente: José Joaquín Blanco. EL DIARIO DE UNA MARQUESA. México, Ed. Tecolote, 1994.

   Esta mujer, Frances Eskirne Inglis, escocesa de nacimiento, con unas ideas avanzadas y liberales en la cabeza acepta el espectáculo, se deslumbra de él y hasta construye una famosísima frase que nos da idea precisa de cómo, sin demasiados aspavientos como los demostrados por otros europeos y anglosajones, comulga con la fiesta. Desde Tulancingo, y al estremecimiento de otra corrida (en la que seguramente participó Bernardo Gaviño), madame Calderón lanzó su más famosa sentencia que luego se convirtió en complacencia que va así:

   ¡Otra corrida de toros ayer (8 de mayo, en Tulancingo) por la tarde! Es como con el pulque, al principio le tuerce uno el gesto, y después se comienza a tomarle el gusto (…).[2]

   Su posición en definitiva es moderada, no escancia hieles de descrédito hacia lo español, como lo hizo otros viajeros extranjeros que condenaron a la nación española por la introducción de la sangrienta y salvaje fiesta, cuyo solo objetivo era

 desmoralizar y embrutecer a los habitantes de la colonias, y con la esperanza de así poderles retener con más seguridad bajo el yugo.[3]

    En el fondo, y como deseo de afinidad entre estos viajeros hay en el ambiente algo que  Ortega y Medina trabajó perfectamente en un ensayo mayor titulado: “Mito y realidad o de la realidad antihispánica de ciertos mitos anglosajones”.[4] De siglos atrás permaneció entre las potencias inglesa y española una pugna de la cual se entiende el triunfo de aquélla sobre ésta dada su superioridad, frente a la realidad del hombre. Un nuevo caldo de cultivo lo encontró ese enfrentamiento luego de abierto el espacio hispánico y toda su proyección en América, al surgir la “Leyenda negra” sustentada por esos pivotes del ya entendido mito, de la Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias (Sevilla, 1542) por Bartolomé de las Casas, cuyo sentido de liquidación es cuanto se cuestiona y se pone en entredicho por quienes quisieron acusar la obra hispánica en la América en el pleno sentido de su colonización.[5]

 7 de febrero de 2011.


[1] Benjamín Flores Hernández: La ciudad y la fiesta. Los primeros tres siglos y medio de tauromaquia en México, 1526-1867. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1976. 146 p. (Colección Regiones de México)., p. 98.

[2] Madame Calderón de la Barca (Frances Eskirne Inglis): La vida en México, durante una residencia de dos años en ese país. 6a. edición. Traducción y prólogo de Felipe Teixidor. México, Editorial Porrúa, S.A., 1981. LXVII-426 p. (“Sepan Cuántos…”, 74)., p. 119.

[3] Juan Antonio Ortega y Medina: México en la conciencia anglosajona II, portada de Elvira Gascón. México, Antigua Librería Robredo, 1955. 160 p. (México y lo mexicano, 22)., p. 76.

[4] Juan Antonio Ortega y Medina: “Mito y realidad o de la realidad antihispánica de ciertos mitos anglosajones”. En Históricas. Boletín de información de Instituto de Investigaciones Históricas. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1985. 60 p. (p. 19-42). (HISTORICAS, 16)., p. 19-42.

[5] José Francisco Coello Ugalde: “Cuando el curso de la fiesta de toros en México, fue alterado en 1867 por una prohibición. (Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX)”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, División de Estudios de Posgrado, Colegio de Historia, 1996. (Tesis de maestría). 238 p. Ils., fots., p. 43-44.


 

 

 

 

Del Anecdotario taurino mexicano, Nº 2

Por: José Francisco Coello Ugalde

 Esta anécdota ocurrió el 4 de febrero de 1910 en la ciudad de México.

  El Tiempo, D.F., en su edición del 5 de febrero de 1910, p. 3 apuntaba que había sido encontrada el viernes 4 de febrero por operarios que trabajaban en la reconstrucción de la Cámara de Diputados, la primera piedra del antiguo teatro de Iturbide, localizada en las excavaciones de las entonces segunda calle del Factor y segunda de Donceles (antes Canoa). Que esta caja fue hallada en el centro de la fachada que formaba el edificio a un metro veinticinco centímetros del nivel de la banqueta, estando cubierta por una loza que fue necesario romper y que en la parte superior tenía la siguiente inscripción: “Marzo 6 de 1851”, fecha que probablemente haya sido la de inauguración de dicho teatro.

   La caja -que hoy se conoce como “Cápsula del tiempo”-. ya muy maltratada era de madera, forrada en su interior de lámina de zinc, y cuyo contenido aquí se relaciona:

 Doce monedas, cuyos cuños se describen a continuación: Una de oro, en el anverso el escudo Nacional; en el reverso: “La Libertad en la Ley.-8 E. México. 1851.

   Otra moneda de oro, con el mismo escudo e inscripción. E E. 1850.

   Otra de oro con igual escudo, 2 E. México, 1850.

   Otra de oro, 1 ½ E. México, 1851.

   Un peso de plata. México, 1851.

   Una peseta. México, 1851.

   Un real de plata. México. 1850.

   Un medio real de plata. México, 1851.

   Una cuartilla de plata, México, 1850.

   Un tlaco de cobre. México, 1842.

   Un tubo de cristal, conteniendo un papel enrollado que en su estado de humedad no es posible saber lo que contiene.

   Un documento impreso cuyo contenido no es posible saber por su estado.

   Seis paquetes de periódicos y dos de cuadernos al parecer calendarios, atados con listones de varios colores.

    Pero el asunto no quedó ahí.

    En la edición de El Tiempo del lunes 7 de febrero siguiente se pudo saber detalle de algunos de los documentos, sobre todo el de los paquetes de periódicos y lo contenido en el misterioso tubo de cristal.

   Los impresos son un periódico de “La Hoja Suelta”, el “Boletín de la Distribución de Cuarteles y Comisiones”, hecha por el Presidente del Ayuntamiento; cinco etiquetas de distintos licores de la tintorería de las Águilas, de Julio Freisinier; un ejemplar, el Nº 2400 del año VII del “Monitor Republicano”, fecha 16 de diciembre de 1851, atado con listón color de rosa; un ejemplar del número 7, T. 10 de “El Ómnibus”, fecha igual a la anterior, atado con listón crema; un ejemplar de “El Universal”, Nº 1126, T. VII de la misma fecha, atado con listón crema; un ejemplar de “La Reforma”, Nº 4, año 10, del 13 de la misma fecha, atado con listón crema; un ejemplar de “El Siglo XIX”, Nº 1082, T. V de igual fecha; un ejemplar de “El Español”, T. I., Nº 25, de la misma fecha; un ejemplar de “La Ilustración Mexicana”, T. II, entrega 5ª, correspondiente a la misma fecha; un ejemplar de “El Constitucional”, periódico oficial del Gobierno de los EE.UU. Mexicanos, T. I, Nº 79; un ejemplar de “El Correo” T. I., Nº 15, atado con listón celeste.

   Los calendarios que se encontraron, todos eran de pequeño tamaño, pero todos con grabados y bien impresos con orden las noticias y el texto. Pero entre toda esa documentación, se encontraba, no podía faltar, un curioso programa de toros que a la letra dice:

    “Gran corrida de toros en la Plaza Principal de San Pablo. Para la tarde del domingo 14 de diciembre de 1851, a las cuatro de la tarde en punto. Se lidiarán seis bravísimos toros de muerte de la ya muy conocida y muy acreditada ganadería del Infierno, cuyos nombres son: 1, Satanás; 2, Quiebrahuesos; 3, Macacao; 4, Inquisidor; 5, Geremías; 6, Periodista. Gran lucha del oso “Cochero” con el toro “Notefíes”, la que tendrá efecto después del segundo toro de lidia. Concluido de lidiar y matar el toro “Inquisidor”, que es el cuarto, habrá en la plaza un divertidísimo jaripeo o manganeo de caballos y mulas serreras. Desde el principio de la función se hallarán en el circo dos estrambóticos Dominguejos perfectamente construidos para estrenarlos en la función de este día. Para cubrir intermedios se echarán de fiesta de coleadero dos toros y por fin de fiesta un embolado para regocijo del pueblo. Por su parte, la sobresaliente compañía tauromáquica de esta plaza, queriendo asimismo demostrar al público su agradecimiento con que la colma cada vez que en la lid se presenta, ha pedido a la empresa que para el referido día se anuncien las siguientes difíciles suerte que entre otras muchas se han de ejecutar: Los picadores montarán en pelo caballos serreros para picar uno de los toros de muerte. El espada José Sánchez, conocido por El Niño, ejecutará el difícil salto del célebre Montes sobre uno de los toros de lid, cuya hazaña se la ha granjeado los más estrepitosos aplausos cuantas veces la ha ejecutado. Precios de entrada: Sombra, Lumbreras por entero con ocho boletos, 5 pesos; entrada general con boleto, 6 reales; Sol: entrada general con boleto, 2 reales.

    Para solaz y esparcimiento de la afición capitalina de aquel entonces, se celebraron dos festejos ese mismo domingo 14 de diciembre de 1851. El ya conocido en la Plaza Principal de San Pablo y el otro ocurrió en la plaza de toros del Paseo Nuevo. Si alguno de ustedes desea asistir a cualquiera de las plazas, a continuación podrán admirar los carteles anunciadores. Deseosas de contribuir a la satisfacción del honorable público, las empresas han dispuesto para el día de hoy, 14 de diciembre de 1851 con una sobresaliente corrida de toros que anuncian del siguiente modo:

 

 

 

 

Del Anecdotario taurino mexicano, Nº 1.

 Por: José Francisco Coello Ugalde

 Esta anécdota ocurrió el 18 de noviembre de 1860 en la ciudad de México.

    En aquella ocasión se celebró en la PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, un festejo taurino en el que participó la cuadrilla de Bernardo Gaviño, la cual se enfrentó a cinco toros de Atenco. Dicho festejo tuvo su parte generosa pues se dedicó al beneficio de las familias pobres de esta ciudad. Además, hubo toro embolado y fuegos artificiales como se estilaba entonces. Después de dicha corrida, Bernardo Gaviño, enfrascado en asuntos políticos se enfrentó a una difícil situación, cuyo desenlace se dio a finales de aquel año. Todo se desató luego del triunfo del ejército constitucionalista, al mando del General Jesús González Ortega, acérrimo enemigo del General Miguel Miramón, el cual se vio obligado a pedir asilo a la embajada española, por lo que fue acogido por uno de sus representantes, un señor de apellido Ballesteros. Esto ocurrió la noche del 24 de diciembre de 1860.

   Concepción Lombardo de Miramón, apunta en sus Memorias, que estando ya bajo la protección diplomática

 ...oímos otra llamada en la puerta de la embajada; el que venía a pedir asilo era un famoso torero, Bernardo Gaviño, que por tener simpatías por mi esposo y haberse dedicado algunas corridas de toros, temía ser maltratado por los constitucionalistas.[1]

    Así que, a lo que se ve, el caso de Juan Silveti proclamándose a favor del Gral. Plutarco Elías Calles en un muy avanzado siglo XX es, junto con este y otros casos que podrán conocerse más adelante, parte del interesante manojo de ocurrencias en donde los toreros hacen públicas sus preferencias… que en este caso fueron políticas cien por cien…

    Los presentes datos proceden de mi libro: “Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX”. Es una obra inédita con 341 páginas, profusamente ilustrada.


[1] Concepción Lombardo de Miramón: Memorias de (…). Preliminar y algunas notas de Felipe Teixidor. México, editorial Porrúa, S.A., 1980. XIV-1005 p. Ils., retrs., fots. (Biblioteca Porrúa, 74)., p. 300.

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