Archivo mensual: octubre 2011

TERMINAN LAS NOVILLADAS. BALANCE.

CRÓNICA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 BALANCE DE LA TEMPORADA “CHICA” 2011 EN LA PLAZA DE TOROS “MÉXICO”.

    Comienzan a circular los balances de la temporada que recién terminó ayer domingo en la plaza de toros “México”. Una de ellas, la publicada en toroestoro.com (http://www.toroestoro.com/xoop/modules/smartsection/item.php?itemid=3909) proporciona datos estrictamente relacionados con novillos de 12 procedencias diferentes, así como la participación de 22 novilleros. Doce orejas, de las cuales seis son propiedad de Angelino de Arriaga dan cuenta además de otras muchas limitantes, que iré detallando a lo largo de esta crónica, y más que crónica, un justo balance de la realidad presente.

   Parece ser que la desolación en los tendidos, fue un denominador común a lo largo de la temporada de novilladas que este domingo 8 de octubre de 2011 ha llegado a su punto culminante. Es de lamentar que un serial de semejante naturaleza no despertara mayores síntomas de esperanza y expectativa, donde el poder de convocatoria simplemente no funcionó y hubo de verse un clima de mediocridad que en nada ayuda a justificar el estado de cosas que hoy día presenta la fiesta de los toros en nuestro país; sobre todo en momentos en que mucho se necesita, como suele decirse “cacarear el huevo”.

   Una plaza como la “México” no merece este tipo de reacciones, pero si la empresa se empeña en apuestas de tal escala, ello puede indicar el grado de interés que tiene por mostrar un espectáculo capaz de reunir sólo a un promedio de tres mil asistentes. ¿Qué pasa aquí?

   La respuesta, a mi parecer, tiene, como las custodias, varios picos que deben analizarse uno a uno, con objeto de proponer mejores panoramas, evitando así el lamentable cuadro depresivo, tema general de este balance.

   Una ciudad como la de México, con alrededor de 11 o 12 millones de habitantes, mas la zona conurbada, hace que la población alcance los 22 millones. Pues bien, nuestra ciudad tiene hoy día un auténtico abanico de posibilidades en cuanto a diversiones públicas y entretenimiento. Espectáculos bien organizados, con mercadotecnia de por medio tienen garantizados los llenos. Allí están los casos del Auditorio Nacional, el Foro Sol y aquellos organizados en la plaza de la Constitución. Desconozco en qué medida los partidos de futbol tienen un público cautivo, siendo los partidos que se denominan como “clásicos” aquellos que muestran un reflejo bastante positivo en asistencia. La Cineteca Nacional y los diversos ciclos que se organizan a lo largo del año también cuentan con una importante audiencia. Sin embargo, llama la atención que la plaza de toros “México” registre entradas de miedo. ¿Qué le faltará a la empresa para atraer más público a ese escenario?, o la verdad es que no le interesa el negocio.

   Si los novilleros están empeñados en demostrar una apatía, y no se desprende de estos una competencia cabal (y no he dicho batalla campal), en realidad lo que se obtiene es que novilleros como Angelino de Arriaga con mucho mayor rodaje, y mejor sentido de lo que viene haciendo en cada puesta en escena, serán los afortunados. Pero con todo y Arriaga, faltó algo. Competencia, variedad en lances, idea en la construcción de las faenas. Ahora bien, estoy tratando con novilleros; están en un proceso de aprendizaje, pero si en ese aprendizaje no están presentes esos aspectos didácticos; formativos, de dura enseñanza, no creo que se avance mucho.

   Ya he dicho en algún otro comentario que, en la medida en que los novilleros no sean arrojados, no hagan un amplio planteamiento del bagaje de lances, quites, suertes de banderillas y sus propuestas específicamente técnicas en cuanto a lo que entienden por lidia, no vamos a ver sino patrones cortados con la misma tijera. Hace casi treinta años, fuimos testigos de la que, quizá haya sido hasta el momento la temporada de novilladas más intensa, protagonizada por Valente Arellano, Ernesto Belmont y Manolo Mejía. ¡Vaya que vimos tardes memorables en la que tres arrojados novilleros pusieron al rojo vivo el ambiente taurino mexicano de entonces! ¿Y hoy, que pasa en el aquí y ahora? Así como no hay líderes, verdaderos iconos populares, ya no digo en la escena taurina, sino en la política, social, cultural, ¿cómo vamos a tener credibilidad si no hay una figura de arrastre?

   Me parece justo llamar la atención en ese sentido, pues sin un elemento de esas dimensiones, a lo que se ve, se refleja perfectamente en la desolación que vengo narrando. Tendidos vacíos en las plazas más importantes del país, son espejo de esa realidad que en nada remedia situaciones que justifiquen la plenitud del espectáculo en México. Se requiere un empuje como pocas veces, capaz de causar impactos sociales o mediáticos fuera de lo común. Recordamos a Rodolfo Gaona, a Lorenzo Garza, a Silverio Pérez, a Carlos Arruza o a Manolo Martínez, por considerarlos figuras fuera de serie. Sin embargo, en nuestro tiempo, la construcción de un icono no va más allá de lo efímero y pronto se olvidan de la memoria. Para eso es necesario que las partes involucradas intensifiquen su trabajo y créanme, que en el momento que esto suceda, vamos a ver auténticos fenómenos.

   Luis Conrado por ejemplo, es un muchacho que ayer mismo se le veía con un talante de seguridad, pero también de ir a la deriva; se le notaba en ese rostro adusto a ratos y desencajado en otros. Pero no hay que olvidar que Conrado, como Arriaga son seres de carne, hueso y espíritu que pasan ahora por un proceso de formación que habrá de decidir sus destinos. Todo tiene remedio, menos la muerte.

   Los tiempos en esta denominada “segunda modernidad” obligan a hacer cambios y replanteamientos como nunca antes había sucedido en diversos aspectos de la vida personal o colectiva. El toreo es una forma que se debe, en buena medida a las costumbres, a las tradiciones y, en tanto espectáculo conservador, debe apostar por un cambio en sus estructuras. Conservar sí, toda esa esencia, pero buscando entrar por el sendero de los diversos cambios que ocurren, incluso a cada momento. Alguien habrá que ponga solución a ese dilema, y de ser necesario luego de hacer las propuestas necesarias, tendremos que sentarnos a la mesa para discutir y decidir. Este preciso momento, en el que los destinos de la fiesta se encuentran en manos ajenas (sobre todo bajo la amenaza de que sean prohibidas las corridas de toros o desaparezcan) nos obliga a redoblar esfuerzos.

   Por lo tanto, y como quedó sentenciado en un libro de David Alfaro Siqueiros: “No hay más ruta que la nuestra”.

   ¡¡¡Trabajemos!!!

 10 de octubre de 2011.

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ILUSTRADOR TAURINO. LA PRESENCIA INFANTIL EN LAS CORRIDAS DE TOROS. Cont…

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    D. Amadeo Riva Castañeda:

    Luego de haber visto algunos casos concretos relacionados con la figura infantil, como elemento protagónico en el curso del siglo XIX y parte del siglo XX, me es preciso abundar en algunos pasajes en los que esa presencia se destacó a lo largo de los años 20, 30 o 40 del siglo pasado, no sin dejar de recordar que muchos, muchos de los que fueron figuras del toreo, asomaron a este mundo específico desde edades muy tempranas. No puedo olvidar el caso de Pepe Ortiz, Alberto Balderas, Luis Castro “El Soldado”, Fermín Rivera, David Liceaga, Alfonso Ramírez “Calesero”, los hermanos Manuel y Carlos Arruza, hasta encontrarnos luego, con una cuadrilla bastante peculiar y característica: Los niños de Querétaro. Pero antes de abordar algunos de esos casos emblemáticos, quisiera recordar el pasaje de los niños Bienvenida, que estuvieron en México, sobre todo en ocasión de la despedida de su padre, Manuel Mejías “Bienvenida”, también conocido como el “Papa Negro del Toreo”, quienes alternaron juntos la tarde del 20 de marzo de 1927, en el “Toreo” de la colonia Condesa. El patriarca de esta dinastía, toreó dos ejemplares de San Diego de los Padres, en tanto que Manolo y Pepe enfrentaron cuatro becerros de Xajay.

Guillermo Ernesto Padilla: Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots., Vol. 1, pp. 437-8.

    Tiempo más adelante, justo el 1º de enero de 1929, volvieron a presentarse Manolo y Pepe, ahora en compañía de otro de sus hermanos Rafael, de once años de edad, quienes se las entendieron con novillos y becerros de la hacienda de Atenco. En esa tarde, Manolo estuvo en gran torero, Pepe no corrió con suerte y Rafael hacía su debut en medio de fuertes aclamaciones de la asistencia. Su padre, el “patriarca” Manuel Mejías Rapela, vistió de corto, seguramente para asistir a sus hijos en medio de las más apropiadas recomendaciones y consejos que permitiera un mejor desempeño de sus tres vástagos.

Sistema Nacional de Fototecas. INAH. SINAFO, 119316

    En cuanto a la cuadrilla mejor conocida como “Los Chicos de Querétaro”, aunque pocos son los datos, he podido reunir un pequeño manojo de ellos para ilustrar la presente sección.

   De ellos se sabe que su presentación en la capital del país, ocurrió la tarde del 10 de mayo de 1941, para lo cual enfrentaron becerros de la ganadería de Dos Peñas. En la foto que acompaña estas notas, puede apreciarse que el desfile de cuadrillas estuvo integrado en su totalidad por niños.

Guillermo Ernesto Padilla: Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots., Vol. 2.

    En esa cuadrilla, destacaron dos: Sergio y “Licho” Muñoz, quienes hicieron las delicias entre los aficionados que veían con asombro sus adelantos, misma afición que seguramente daba aliento en sus errores, para que pudieran seguir evolucionando como era su propósito.

   He aquí tres ilustraciones que nos dan idea del paso y presencia de los integrantes más destacados de la cuadrilla de “Los Chicos de Querétaro”. Con el tiempo, aunque se presentaron en diversas plazas de México, e incluso lo hicieron en el extranjero, donde don Amadeo Riva Castañeda, recuerda haberlos visto en la plaza de Acho, en Perú, con el tiempo ya nada se supo de ellos. Una cuadrilla en esas circunstancias necesitaba, seguramente de un buen consejero, y un mejor maestro. Sin embargo, la evidencia de este fenómeno peculiar en el toreo, nos permite entender hasta donde pueden llegar las aspiraciones de algunos tutores, pero también las limitaciones de sus alumnos, tal y como ocurre hoy día.

Integrantes de la cuadrilla “Los niños de Querétaro”. Col. del autor.

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EFEMÉRIDES TAURINAS DEL SIGLO XX.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 18 DE JUNIO DE 1964: LOS CHARROS MEJICANOS EN SEVILLA.

    Mariano Cevallos El Indio, junto a Ramón de Rosas Hernández El Indiano, fueron los primeros americanos que cautivaron al reino español, allá en los últimos años del siglo XVIII con sus formas peculiares de hacer y sentir el toreo que entonces se practicaba, ejercicio en transición, pero todavía con fuertes influencias de las prácticas a caballo, tal y como lo reproduce Francisco de Goya en su Tauromaquia. En todo esto se percibe que tanto el argentino como el mulato veracruzano, espejo de las castas más despreciadas, pero dos de las más notorias en cuanto a su número en la población se refiere, demuestran ser capaces de superar desaires sociales para encaramarse en posiciones de privilegio. Y a pesar de los Romero, de Pepe Hillo o de José Cándido, otro brote desde abajo que impulsó la presencia del pueblo llano, que los coloca en posiciones de privilegio, no fue obstáculo para que Cevallos y Rosas Hernández compartieran la gloria del triunfo que hoy es valiosa memoria.

   Al mediar el siglo XIX el moreliano Jesús Villegas, mejor conocido como El Catrín pasa a España y sin los alcances de aquellos dos, apenas si logra colocarse en algunos carteles, de los que no tenemos evidencia, quedando un velo de misterio. Si conoció a Bernardo Gaviño y si este lo aconsejó, e incluso recomendó para emprender tan extraña empresa, son circunstancias que desconocemos. O es que su apelativo –El Catrín– como símbolo de posición económica privilegiada, fue el cómodo respaldo para efectuar travesía y estancia. Desafortunadamente la especulación en estos casos, es la principal consejera.

El cartel anunciador. Col. del autor.

   En 1889 Ponciano Díaz realizó su primero y único gran viaje trasatlántico que lo instala en España y Portugal, países a los que se agrega la isla cubana, lugares donde realizó una importante campaña que consolida con la obtención de su alternativa el 17 de octubre en la madrileña plaza dela Carreterade Aragón. El de Atenco permanece fuera de México desde fines de julio y hasta noviembre de aquel año en que retorna triunfal.

   En ese tenor, y en la posibilidad de que los españoles no solo admiraran a Gaona, Segura, Silveti, Pepe Ortiz, Armillita, Solórzano o Balderas, estuvieron también por allá los hermanos Becerril y los Aparicio, quienes dieron continuidad a las entrañables tardes donde Ponciano, junto a Celso González y Agustín Oropeza demostraron sus habilidades como charros y lazadores lo mismo en Madrid, que en Sevilla o en Barcelona; Puerto de Santa María o Villafranca de Xira y Porto en Portugal. Los Becerril en 1928 y Paco Aparicio en 1936 también dejaron bien plantado el lábaro patrio en varias actuaciones por ruedos hispanos.

   Todo este preámbulo es para anunciar, como lo hizo en su momento el cartel anunciador a que me referiré a continuación. Sucede que la tarde-noche del jueves 18 de junio de 1964, y en el escenario majestuoso dela Real Maestranzade Sevilla se celebró el “maravilloso espectáculo: Gran charreada mejicana!”, (así, con “j”) cuyos miembros dela Federación Nacionalde Carros Mejicanos, se ofrecieron para apoyar a la vejez del toreo de Sevilla.

   Dice el cartel que el entonces célebre Agustín Lara “dirigirála BANDA MUNICIPALde esta ciudad, que interpretará las canciones por él compuesta, y dedicadas a Sevilla”. Lara compuso la famosa “Suite Española”, de la que seguramente escogió “Sevilla”, “Clavel Sevillano” y la “Carmen de Chamberí”.

   Y dentro de esa charreada, no faltaron el desfile a caballo, la escaramuza charra, el floreo de reata –a caballo y a pie-, gineteo de toros con 500 kilos. En el intermedio participaron Paco Michel y América Martín, acompañados de un grupo de mariachis, cantando las piezas del repertorio más representativas de esa música nuestra.

   Después se dio una muestra de bailes regionales, para pasar a los peales y manganas –acaballo y a pie-; gineteo de potros cerriles, cerrando el espectáculo con la arriesgada suerte del paso de la muerte sobre un caballo salvaje.

   La curiosa pieza de publicidad taurina no podían ser más elocuentes con este aviso:

   “Todo este sensacional repertorio de canciones y costumbres mejicanas será presentado en la PLAZA DE TOROS dela Real Maestranza, para recreo de los sevillanos, y en homenaje al país hermano, permitiendo al público conocer las distintas facetas del folklore azteca”.

   Si como se anunció así resultó, entonces la jornada debe haber resultado exitosa. Desde entonces no ha vuelto a presentarse un espectáculo de tal índole, pero estos han sido suficientes para que se grabe con letras de fuego la otra parte, complementaria del toreo mexicano el cual, durante el siglo XIX se manifestó en esos términos. Y aunque en el XX se hizo notoria una separación de ambos aspectos, fruto de la recuperación del orgullo nacional que significaba para la charrería en cuanto tal. Esta y la tauromaquia no se han rechazo, aunque se respetan mutuamente.

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IGNACIO GADEA Y PONCIANO DÍAZ, CARA A CARA.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Esta efeméride sucede el 12 de abril de 1885.

    Se tenía confusa idea de que las trayectorias de uno y otro como toreros de a caballo, estuvieron separadas, más por el tiempo que por otra causa. Y es que, Gadea hizo su presentación en la ciudad de México en 1853, en la plaza de toros del PASEO NUEVO, en tanto que Ponciano, comenzó a armar escandaleras, desde 1876. Sin embargo, la empresa de la plaza de toros del Huisachal, comandada por el señor José Cuevas y Rubio, propietario de la misma, por estar en la hacienda de su propiedad, no escatimó esfuerzos de ninguna índole y anunció, para la tarde del 12 de abril de1885 aestos dos grandes toreros.

   Ignacio Gadea, saldría por delante, anunciado como el CHARRO MEXICANO, IGNACIO GADEA, “inventor enla Repúblicade la suerte de poner banderillas a caballo”.

   Desde luego, Ponciano no se quedaría atrás deleitando a los aficionados que fueron hasta el Huisachal a verlo lidiar toros de San Diego de los Padres.

   Feliz encuentro del que no teníamos noticia y que ahora entresacamos de papeles amarillentos.

 Uno de los peldaños que Ponciano tuvo para llegar a la cima de la admiración de los aficionados, fue el lance de “banderillear a caballo”. Hay que expresar algo acerca de ese lance, que puede ser considerado netamente mexicano, quedando por ende legítimamente clasificado en “nuestro nacionalismo taurino”

   Esa suerte tauromáquica tiene su nacimiento hacia la mitad del siglo pasado -hacia el año de 1850- aunque haya aficionados y escritores hispanos que la remonten a más atrás, pero sin dar comprobación de su aserto. Algunos de tales escritores hispanos la atribuyen a fines del siglo antepasado y le dan por autor a un indígena peruano, pero vuelvo a decir que no tiene comprobación de su afirmación. Por lo tanto, derecho tenemos a decir que es lance taurino netamente mexicano, ya que nosotros si podemos fijar exactamente quien fue el invento y en cual fecha.

    El inventor fue el espada IGNACIO GADEA. La fecha, la antes mencionada, aproximadamente por el año 1850. Gadea era nativo de la ciudad de Puebla. Excelente caballista, ideó el banderillear desde el caballo, ofreciendo tal modo como una novedad. Primeramente comenzó a poner una banderilla o las dos, pero empuñándolas reunidas en la mano derecha o en la izquierda. Aconteció con el lance de “banderillear a caballo”, igual que había sucedido con el banderillear a pie.

   En el lance de “banderillear a caballo”, Gadea hizo lo mismo: Primeramente banderilleaba usando de una sola mano. Después, ya ideó hacerlo simultáneamente con las dos, aumentando así la vistosidad, dificultad y riesgo del lance. Dificultad y riesgos tan marcados, que aún actualmente no hay muchos caballistas que practiquen el lance, usando de ambas manos.

    Gadea, en el modo de hacer el lance empleaba tres procedimientos que podían ser titulados: “A la media vuelta”, “Cuarteando”, “Sesgando”, ya fuese por “adentro” o sea entre los “tableros” de la barrera y la cabeza del toro, o ya fuese por “afuera” o sea por delante de la cabeza del toro, teniendo el banderillero el terreno de afuera.

   Tan excelente caballista era Gadea y a tanta seguridad llevó la destreza en ese lance, que discurrió hacerlo sin tener el caballo la silla, sino cabalgando el jinete del modo que nombran “a pelo”. Haciéndolo así, hay que tener gran habilidad para no ser botado por el caballo, al terminar la suerte, cuando sale velozmente de junto a la cabeza del toro.

   Muchos años después de la fecha señalada por la de invención de “banderillear a caballo”, tuve oportunidad de mirar a Gadea practicando el lance. El espada ya estaba anciano -tenía setenta y ocho años- y no obstante era sorprendente, maravilloso, emocionante por lo peligroso y por lo estático, el modo con que hacía tal lance. Se comprendía sin dificultad para la concepción mental, porque tal lance fue la base de la celebridad de Gadea. Celebridad que se esparció no solamente enla República, sino igualmente enla Islade Cuba porque Gadea toreó enla Habana, Cienfuegos, Matanzas y otros sitios cubanos, donde al banderillear a caballo fue intensamente ovacionado.

El diestro poblano Ignacio Gadea banderilleando a caballo a dos manos, en el apogeo de su carrera. (Litografía que ilustra un programa de la época).

Fuente: Armando de María y Campos. Los toros en México en el siglo XIX, 1810-1863. Reportazgo retrospectivo de exploración y aventura. México, 1938.

    Gadea tuvo en su época y ha tenido en lo posterior muchos copiadores, pero ninguno ha logrado igualarlo. Ponciano fue quien más se le aproximó, quedando casi a su nivel. Digo casi, para significar una pequeña distancia, un algo indescriptible pero apreciable que había en el lance cuando lo practicaba DON IGNACIO, según respetuosamente le nombraban los toreros.

   Ponciano al “banderillear a caballo” formaba grupo escultural con el caballo y el toro. Había indiscutiblemente belleza. La natural elegante postura al cabalgar. La innegable destreza que como caballista poseía. El arrojo consciente, fundado en la seguridad para dominar a la cabalgadura y por consiguiente una considerable porción de la dificultad del lance. El conocimiento del grado de acometividad del toro y por ende del sitio y modo que habían de ser elegidos. Todo se aunaba para originar belleza, que motivaba los aplausos. Si Ponciano toreando a pie hubiera tenido las cualidades estéticas que poseéis haciéndolo a caballo, habría sido un RAFAEL MOLINA “LAGARTIJO”, considerado prototipo de belleza tauromáquica.

   Pero a pesar de no ser la perfección absoluta, pues ya dije que Gadea desarrolla algo indescriptible que no había en ningún otro, el lance de “banderillear a caballo” fue con justificación el peldaño que le sirvió a Ponciano para desde en el comienzo de su carrera colocarse arriba de los ASES sus coetáneos. Puede decirse que ese lance fue un monumento con estatua ecuestre.

   Ponciano para hacer el lance de “banderillear a caballo” poseía siempre algunos caballos amaestrados. Eran de mediana alzada, pero de “sangre”, por ende perfectamente domados, pero vivaces respondiendo con rápidos movimientos a las indicaciones del jinete, manejando las bridas, hincando la espuela. Eran siempre de color oscuro, muy frecuentemente colorados obscuros, lo que nombran retintos o colorados más claro, lo que titulan los “charros” sangre linda. Preciosos ejemplares del “caballo mexicano” eran los que poseía y los presentaba con orgullo.

 NOTA ACLARATORIA

    Desafortunadamente aquel encuentro no se consumó, debido a que el festejo, por alguna razón, tuvo que suspenderse. Sin embargo, Gadea sí se presentó en el 4º festejo de la temporada, justo el 3 de mayo siguiente, alternando fugazmente con Juan León “El Mestizo”, en la lidia de toros de San Diego de los Padres, pero ya no con Ponciano.

   Decía que fue una actuación fugaz, no muy grata ya que “en la suerte de banderillas a caballo no quedó como debía, por no ayudarle la yegua que sacó al redondel”, según lo apunta El Arte de la Lidia, año 1, Nº 19 del 24 de mayo de 1885. Sin embargo, Gadea tuvo oportunidad de participar de manera más afortunada la tarde del 4 de marzo de 1888 en la plaza de toros “El Paseo”, para lo cual, nos servimos del semanario El Monosabio, T. 1, Nº 16 del 10 de marzo de 1888, con objeto de enterarnos qué fue lo que sucedió.

Va de crónica.

 PLAZA DEL PASEO.

    A la hora anunciada se presentó el Sr. Del Pino, en turno para presidir, y salió.

   El primero, negro listón: Conde y Oropeza lo castigaron seis veces. José Gadea adornó al bicho con tres pares, uno al cuarteo y dos a la media vuelta; bueno el último. El célebre y aplaudido capitán Ignacio Gadea (padre) tomó los trastos y sin faena ninguna con un superior metisaca por todo lo alto y RECIBIENDO, rindió la fiera a sus pies. ¡Justa y merecida ovación!

   Tres animalitos por valientes volvieron al corral. El segundo, negro zaino: recibió cinco varas. Gadea (padre) ginete en un precioso caballo, negro ligero, dejó dos pares, uno muy bueno. Lobato de rojo y plata, previos siete pases, un pinchazo y una estocada envainada, porque al herir el diestro estuvo a punto de sufrir una caída. El juez, inoportuno, ordenó lazo.

   El tercero, volvió a su casa. Sustituto, igual al anterior, aguantó ocho piquetes. Ignacio Gadea (hijo) puso dos medios al cuarteo y uno aprovechando. Tomó los trastos Gadea Amado, y después de seis pases sin mucho movimiento, dio un pinchazo y una corta delantera.

   El cuarto tomó sin voluntad dos varas. Lobato, encargado de los palos, prendió tres pares a la media vuelta; uno muy bueno. El mismo Lobato obsequió al cornúpeto con un pinchazo y una estocada algo caída.

   Quinto, prieto bien armado: los de a caballo mojaron once veces. Amado y Lobato colocaron dos pares y medio, todos al cuarteo. Este último diestro, casi sin faena, con un buen metisaca que resultó gollete, despachó a su enemigo al otro mundo.

   Para concluir: Gadea (padre) no obstante su avanzada edad y el mal ganado, se lució pareando a caballo, y como torero probó que es un matador. Respecto de sus hijos nada podemos decir, porque en la primera vez que los vemos en nuestros redondeles, sin embargo, creemos que en lo porvenir reemplazarán dignamente al autor de sus días.

 En el mismo número, y en la sección DESCABELLOS, aparecieron estas notas:

 (…) De un periódico de esta capital tomamos lo siguiente:

    EL TORERO GADEA.-Nos permitimos escitar a la autoridad para que no vuelva a permitir que el diestro cuyo nombre hemos escrito, trabaje más en los redondeles. Es un anciano que cuenta70 a80 años, y solo su fuerza de voluntad o la sangre de mexicano que circula por sus gastadas venas, lo mantienen todavía en su dudosa serenidad.

   Fue contemporáneo de Bernardo Gaviño, y recuérdese que la muerte de éste no reconoció otro origen que su avanzada edad.

   Si la sana observación que hacemos en este suelto, por desgracia fuese desatendida, no tardaremos en presenciar otra nueva víctima en la arena de la barbarie”

   ¿Por qué tanto amor carísimo colega? El anciano Ignacio Gadea desea positivamente LLEGAR A LOS SESENTA Y CINCO exponiendo su vida porque una numerosa familia estaría en la miseria si el no la llevara el fruto bendito de su trabajo. El anciano torero QUISIERA CONTAR LOS SETENTA, porque no tiene más patrimonio que legar a sus hijos, que adiestrarlos en el difícil arte a que él se dedicó.

   Con lo expuesto, esperamos que el autor de la sana observación se convencerá de que es muy injusto lo que pretende respecto del diestro mexicano.

   Mucho nos extraña que un periódico serio y caracterizado, el primero tal vez el único que censuró la conducta de La Muleta, ahora ataque y pretenda denigrar a otros diestros mexicanos, dignos de respeto y consideración.

   Me refiero al Siglo XIX.

   El autor del párrafo que nos ocupa y que llamaremos F*A* debe ser un importado o cuando menos un villamelón. Este caballerito, entre otras cosas dice: “que Gadea y sus hijos, Pancho Lobato, Oropeza y otros que tomaron parte en la corrida del Paseo, son desconocidos”.

    Luego agrega:

    Francamente, en diversiones de este género, en que el público sale defraudado, la autoridad debería ser severísima y castigar como se lo merecen a los que así engañan a toda una sociedad.

   Y el Sr. F*A* ¿qué pide contra un insolente torero que la misma tarde (4 de marzo) desobedeció y burló a la autoridad que presidió en la plaza COLÓN?

    Como vemos, todavía el “viejo” Gadea, con sus 65 años que le cuelgan en El Monosabio (así que había nacido en 1823, aproximadamente) era motivo de discusión, entre quienes todavía celebraban sus hazañas y de los que denostaban el quehacer de un “viejo”, que corría el mismo riesgo que le costó la vida al recientemente desaparecido Bernardo Gaviño. Sin embargo, con toros muy malos, Gadea, que desde 1853 y hasta esta fecha, es decir, 35 años de actividad -¿ininterrumpida?-, todavía fue capaz de mostrar sus habilidades a pie y a caballo, como se ha visto en la reseña.

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JOSEFINA VICENS: DETRÁS DE LA EXCELENTE NOVELISTA, UNA GRAN AFICIONADA A LOS TOROS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    La vida de Josefina Vicens se aglutina en escasas, pero no por ello, notables producciones literarias. El libro vacío (1958) es su obra mayor. Los años falsos (1982) completa el trabajo novelístico. “Petrita” un cuento y los guiones cinematográficos “Los perros de Dios”, así como “Renuncia por motivo de salud”, razones de más que la colocan en un sitio exclusivo entre los grandes creadores del siglo XX en México.

Aquí tienen ustedes a Josefina Vicens. Col. del autor.

    En apretada biografía podemos anotar que nació en Villahermosa, Tabasco el 23 de noviembre de 1911. Mujer inquieta como pocas, logra abrazar las causas sociales siendo decidida su participación a favor de los derechos humanos; en el Departamento Agrario, en la Confederación NacionalCampesina y luego como cineasta, por lo que ocupó la presidencia de la Academiade Ciencias y Artes Cinematográficas. También fue miembro vitalicio del Sindicato dela Producción Cinematográfica. Muere el 22 de noviembre de 1988.

   Solo por explorar un pequeño pasaje de El libro vacío -antes de pasar a describir una actividad poco conocida en ella- vale la pena dejarnos llevar por el vértigo de su emoción al escribir; emoción que proyecta en José García, el protagonista de la obra:

 Mi mano no termina en los dedos: la vida, la circulación, la sangre se prolongan hasta el punto de mi pluma. En la frente siento un golpe caliente y acompasado. Por todo el cuerpo, desde que me preparo a escribir, se me esparce una alegría urgente. Me pertenezco todo, me uso todo; no hay un átomo de mí que no esté conmigo, sabiendo, sintiendo la inminencia de la primera palabra. En el trazo de esa primera palabra pongo una especie de sensualidad: dibujo la mayúscula, la remarco en sus bordes, la adorno. Esa sensualidad caligráfica, después me doy cuenta, no es más que la forma de retrasar el momento de decir algo, porque no sé qué es ese algo; pero el placer de ese instante total, lleno de júbilo, de posibilidades y de fe en mí mismo, no logra enturbiarlo ni la desesperanza que me invade después.

    Y bien, ¿de qué actividad poco conocida estoy hablando?

   Resulta que Josefina Vicens, allá por los años cuarenta firmaba colaboraciones en Sol y Sombra y Torerías como PEPE FAROLES. ¿Cronista taurina? Ni mas ni menos. Y no sólo eso. Ocupó la dirección general de Torerías, revista que se codeaba con La Lidia o El Redondel, por ejemplo.

   

Aquí, dos muestras de su quehacer cotidiano en Torerías. Col. del autor.

    Josefina mantuvo en su revista una línea crítica, con un formato que iba en semejanza con La Lidia, publicación de la que era director Roque Armando Sosa Ferreiro, teniendo entre su grupo de colaboradores al recordado Dr. Carlos Cuesta Baquero.

   Torerías sustentaba su contenido en noticias taurinas, complementadas por las de espectáculos y variedades. Sin embargo, Josefina Vicens no mostró ambición en cubrir secciones importantes. Reducía su actividad a notas cortas donde establecía su opinión sobre los hechos del momento y sus protagonistas. Además, de vez en vez publicada alguna interviú acompañada del reportaje gráfico donde el fotógrafo buscaba no excluirla, haciéndola aparecer junto a sus entrevistados.

Portada de un número de Torerías. Col. del autor.

    Aficionada a los toros, supo luchar en momentos de difícil apertura a favor de la mujer y tan lo logró, que se hizo cargo de la publicación ya mencionada. En aquel entonces sobresalían junto a ella Esperanza Arellano “Verónica” y Carmen Torreblanca Sánchez Cervantes. PEPE FAROLES es el seudónimo que ocultaba a Josefina Vicens, futura creadora que logró alcanzar alturas insospechadas. ¿Por qué emplear ese sobrenombre como lo hizo en su momento sor Juana, al tener que asumir a la sociedad masculina y así ingresar ala Universidad?

   Josefina Vicens mantuvo la idea de que los toros es una actividad metafísica en la que el hombre se atavía con todo lujo y se prepara a encarar su cita con la muerte. Muerte es aniquilamiento, muerte es la danza de una belleza efímera llena de precisión, donde además, se juega con ella para salvar la vida. Por eso, la síntesis de la tauromaquia que ella pudo ver está en la vida que se matiza de riesgos y de una temeridad que quizás iba en armonía con su forma de ser.

   No acabo todavía de imaginar que los toros, con todo el significado masculino que ostenta y alterado por valores machistas y hasta misóginos dejara lugar para una mujer inteligente, que supo enfrentar el riesgo, y además demostrar que no cedía un ápice en sus esfuerzos por demostrar su afición hasta los extremos ya vistos en esta pequeña retrospectiva inédita de su vida.

   He ahí, una nueva y desconocida faceta de la Vicens, mujer ejemplar.

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LA PASIÓN POR ENCIMA DE LA RAZÓN.

EL ARTE… ¡POR EL ARTE!

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 LA PASIÓN POR ENCIMA DE LA RAZÓN.[1]

    Entre las muchas definiciones que nos ofrece Eugenio Trías en su Tratado de la pasión, encuentro en la siguiente una explicación somera para tan complejo asunto.

 (…) algo que sucede, ocurre o pasa, de tal manera que eso-que-pasa constituye ni más ni menos la subjetividad, que sería efecto de aquello que padece o sufre. Y eso que padece o sufre es, ni más ni menos, la pasión. Respecto a ella, el sujeto sería efecto y resultado del poder de la pasión o consecuencia de un entrecruzamiento de distintas fuerzas pasionales.

    En tanto que razón, para Nicola Abbagnano en su importante Diccionario de filosofía, nos proporciona los argumentos fundamentales:

 1)Guía autónoma del hombre en todos los campos en los que es posible una indagación o una investigación. En este sentido, se dice que la razón es una “facultad” propia del hombre y que distingue al hombre de los otros animales.

2)Fundamento o razón de ser. A veces se considera como razón a la sustancia misma o a su definición, ya que la razón de ser de una cosa es su esencia necesaria o sustancia, expresada en la definición.

3)Argumento o prueba. En este sentido, se dice que alguien “ha presentado sus razones” o que “es necesario escuchar las razones del adversario”. A este significado se refiere también la expresión “tener razón”, que significa tener argumentos o pruebas suficientes y, por lo tanto, estar en lo verdadero.

    ¿Por qué nos obscurece, por qué nos ciega tanto la pasión fuera y dentro de la plaza de toros?

   Porque la pasión tiene un encantamiento, un embrujo, un elixir. Posee la droga que momentáneamente nos produce reacciones desmedidas, incontrolables.

   Ocurre durante la pasión un tránsito por lo efímero y misterioso que es lo que le procura escalar al nivel de lo desconocido. Y esto, fascina, atenaza nuestras emociones hasta ponerlas fuera de quicio para luego volver a la calma, al territorio de la razón.

   Este es un elemento de análisis muy profundo, tarea de primer orden en sociólogos que sean capaces de interpretar tal fenómeno patológico de masas. Y todo, porque el “alboroto” –causado por una faena-, e incluso por un detalle es capaz de conmoverlo todo, registrándose sensaciones telúricas que las dos escalas: Richter y Mercalli no son capaces de medir.

   Capa y muleta embaucadoras del aquelarre hacen que lo producido por la inspiración torera del ser humano vestido de luces, origine condiciones propicias de un caos incontrolable (¿qué caos puede mantenerse en reposo?), convoque la presencia dionisíaca, que la apolínea trata de equilibrar cuando los síntomas tienen un pulso que rebasa las condiciones normales.

   En tanto, la razón es capaz de aplicar un control, una tranquilidad que no por ello nos aleja de las emociones, pero las estabiliza y las contempla mejor. En ese sentido parece estar dando un paso adelante sobre la pasión, procurando por su cuenta no dejar de emocionarse, guardando la compostura, sin frialdad de ninguna especie. Por fortuna, su comportamiento es más sensato, no se deja provocar, ni invita a la provocación cuando los síntomas de la pasión son inestables per se, pero inestabilidad que condiciona como la ocurrida en la plaza de toros, que sube y baja intermitentemente, pueden estar causando este fenómeno propio de la pasión.

   Encontramos asimismo un aliado perfecto en la razón. Se trata del tiempo: “El tiempo nos dará la razón”, decimos muchas veces cuando procuramos esperar que lo intenso de una fuerza desconocida desaparezca para tener el mejor balance de las cosas. Lo mismo ocurre con el amor, con los conflictos mal entendidos. Reconocemos que fuimos dominados por la pasión-ira, la pasión furia, la pasión-ciega, a contrapelo del amor-pasión; en consecuencia de la pasión omnipresente en las esferas de este enorme contexto. También se encuentra la pasión-amorosa, la que reconocería como aquella que proviene de un sitio específico de nuestra entraña, identificado con toda seguridad bajo un concepto científico, gracias a los recientes descubrimientos en la interpretación del mapa del genoma humano. Va a ser difícil comprender que un aspecto eminentemente científico desplace lo que por siglos ha sido un debate, una larga procesión de explicaciones sin explicación, que hasta el verso de Bequer a propósito de “¿Qué es poesía? / Poesía eres tú”, como respuesta que cierta mujer obtuvo del bardo español, pudiera alterarse con la presencia de una de rango propio de la ciencia, muy válido, pero que le haría perder toda la esencia sentimental que de suyo posee no solo este intento de entendimiento, sino muchos otros relacionados con lo que tiene que ver directamente con los sentimientos. En ese sentido, José Gorostiza da una semblanza más profunda al justificar la aparición de su poema genial: “Muerte sin fin”. Sin embargo, y dada la extensión con que se ocupa de ello, evidentemente que las intenciones de este artículo quedarían rebasadas ante el intenso discurso de este notable autor mexicano.

   Pero volvamos a nuestras ideas. Debo decir, para terminar, que el asunto de la pasión vs. razón en el toreo no van a tener un resultado satisfactorio, pero va a depender del juicio de valores que cada uno de nosotros sepamos aplicar para entender y gozar más la o las faenas, fruto de estas alteraciones, siempre implícitas en el curso de la fiesta. Y apunto el término “fiesta” donde tampoco podemos dejarnos invadir por un escenario exclusivo de lo que la muerte significa, aún y cuando la muerte misma es una invitada incómoda en el espectáculo. Y la fiesta como tal, debemos disfrutarla, gozarla, dejarnos llevar por las emociones producidas, pero comprender que lo admirado es en sí mismo, una obra de arte efímera, disfrutable en el instante en que surge. Lo que venga después, es un análisis en perspectiva, consciente, que nos dejará ver si efectivamente ese desquiciamiento que nos produjo fue fruto del momento, o de dejarnos llevar por el oleaje masivo. O simplemente porque nos conmovió, y en esto las pasiones no se pueden ocultar.

   Creo que aquí es justificable ese criterio maniqueo de lo bueno y lo malo, y somos nosotros quienes elegimos con qué parte quedarnos, a sabiendas de que ni la razón, ni la pasión se pongan de acuerdo. Es más, en el toreo nunca se pondrán de acuerdo. Su conflicto es declarado y será eterno.


[1] Estas notas, fueron escritas entre agosto y septiembre de 2000. N. del A.

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“UNA FIESTA EN IXTACALCO” EN 1886.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 RESEÑA A LA MOJIGANGA: “UNA FIESTA EN IXTACALCO”, efeméride ocurrida el 14 de noviembre de 1886.

   La corrida ha transcurrido sin demasiadas alteraciones, hasta que aparece en el ruedo de la plaza de toros de Tlalnepantla la mojiganga anunciada al efecto, que por cierto

 causó gran hilaridad entre la numerosa concurrencia. En México son muy conocidos los tipos que figuran en todas las fiestas de los naturales y por lo tanto está demás hacer un detalle completo de “Una Fiesta en Ixtacalco”. Sí diremos que el tipo de la novia fue muy bien caracterizado por el conocido diestro Jesús Blanco, lo mismo que el del Cura que, como lo decía el programa, estuvo a cargo del arriesgado Guadalupe Sánchez, que salió victorioso en su empeño.

     A la debida señal de la Presidencia se dio suelta a un torete josco, bragado, de muchos pies. Fue picado con burros, propinando los consiguientes costalazos. Chuchita Blanco le adornó el morrillo con tres buenos pares de banderillas pequeñas a la media vuelta y en zancos, lo mandó a la eternidad mediante un modesto costalazo. Todo fue muy aplaudido y terminó la función entre las risotadas y gran entusiasmo de los espectadores.

    Hasta aquí con los datos que nos reporta El arte de la Lidia, año III, Nº 6 del 21 de noviembre de 1886.

   Como vemos, la interesante diversión de las mojigangas seguía siendo un complemento importante en las corridas de toros efectuadas en unos momentos en los que la fiesta de toros practicada en México, bajo un sello eminentemente nacionalista, vive ya la seria amenaza de ser desplazada por el nuevo empuje del toreo de a pie, a la usanza española, en versión moderna que se ha depositado desde el 25 de enero de 1885, cuando José Machío tuvo la oportunidad de presentarse en la plaza del Huisachal, estoqueando toros de San Diego de los Padres.

   La “fiesta en Ixtacalco” es una representación tan parecida a aquella otra denominada “Una boda de indios en Tlalnepantla”, donde destaca el sencillo sabor indígena que trasciende una forma de culto por lo mexicano, como los siguientes dos ejemplos:

 DOMINGO 11 DE OCTUBRE DE 1863 (PLAZA DEL PASEO NUEVO, D.F.)

    Cuadrilla Mendoza.

Dada muerte al tercer toro, saldrán DOS CABALLOS RELAJOS CON SUS GINETES ENCOHETADOS, imitando á un apache y a un Charro, y una vez dados fuego, se les echará un SOBERBIO TORO. Concluido que esto sea, al mismo toro se le echarán UNOS VALIENTES PERROS CON SUS GINETES, los que trabarán una SANGRIENTA LUCHA, y de la cual han de salir victoriosos. Otro intermedio lo cubrirán Dos Toros para el Coleadero y terminado que sea presentaré un hermoso LEON TEHUANTEPECANO, el cual en una de las próximas corridas luchará con un bravo y arrogante toro, concluyendo el todo de la función con los dos toros de muerte restantes, y el TORO EMBOLADO de costumbre para los aficionados, el que llevará un tapaojo adornado con MONEDAS DE PLATA, ATADAS CON LISTONES.

   Si en la presente corrida lograre como otras veces, que quedasen complacidos mis favorecedores, es á lo único que aspira Pablo Mendoza.

 DOMINGO 29 DE NOVIEMBRE DE 1863 (PLAZA DEL PASEO NUEVO, D.F.)

    Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

INTERMEDIO MUY DIVERTIDO Y NUNCA VISTO EN MÉXICO.

   Un intermedio divertido, nominado: UNA BODA EN TEHUANTEPEC, O SEA UN CASAMIENTO EN HOSCHIMALAPA. El cual, después de lo mucho que divierta, aumentará la risa tanto por sus estrañas figuras cuanto porque para ello he encargado un bravísimo torete de tres años, que nada dejará que desear al respetable público que concurrirá.

   Concluyendo la función con un TORO EMBOLADO para los aficionados.

¡Vaya un torito planchado”. Grabado de Manuel Manilla. Col. del autor.

   Y como era costumbre, generalmente salía a la arena un torete, o un becerro de la misma ganadería contratada por la empresa. Resulta interesante poder conocer uno más de los intensos capítulos en los que la diversión taurina se extendía por territorios lúdicos y maravillosos que así como llegaron, así también desaparecieron, lentamente.

   Dichas representaciones rememoran el pasado indígena, y no dejan escapar la posibilidad de afirmar la presencia de nuestra raíces más profundas en el panorama histórico, sobre todo, durante el régimen porfirista (recuérdese que el General Porfirio Díaz, como Presidente de la República, estuvo al frente de los destinos nacionales primero del 5 de mayo de 1877 al 30 de noviembre de 1880. En una segunda etapa, en la que “el sufragio efectivo, no reelección” ya no tuvo efecto, se encargó de los destinos del país desde el 1º de diciembre de 1884 y hasta el 25 de mayo de 1911, circunstancia que se tradujo en seis reelecciones). Se afirmaron, como decía, no por el hecho de resultar una condición favorable al gobierno, sino porque este cuidaba que ya no aparecieran los “indios” bajo una imagen deteriorada, resultado del atraso económico que iba a contrapelo del avance económico que alcanzaba el gobierno encabezado por el general oaxaqueño, mismo que buscó allegarse -para una mejor imagen- la presencia europeizante y de progreso que mostró en ciertos aspectos reflejados en formas de expresión social.

   El Gral. Porfirio Díaz era afecto a las corridas de toros. Incluso se dice que en sus años mozos “echaba capa”. Asistió en distintas ocasiones a corridas y eso de que “afianzaría su imagen de reformador que sacaba a México de la barbarie para colocarlo en la comunidad de las naciones occidentales” no es directamente un reflejo brotado de aquellos grupos asistentes a las fiestas toreras. Sí

 del panorama social (del que) fueron desapareciendo los agresivos y ásperos perfiles de mochos y chinacos al ser sustituidos por el comedimiento enchisterado de esos hombres y mujeres que ahora, al modo de una especie zoológica desaparecida, se clasifican como de “tiempos de don Porfirio”.

    Es ahí entonces, cuando se da el auténtico acercamiento a la comunidad de las naciones occidentales.

A propósito, dice William Beezley:

 Después de 1888, los bonos de Díaz y especialmente del país se habían elevado considerablemente a los ojos del mundo. Díaz no necesitaba ya preocuparse por la reputación de crueldad que tenía México, de modo que ignoró la petición de la Sociedadpara prevenir la crueldad con los Animales (cuyo presidente honorario era su mujer), y del Club contra las Corridas de Toros. En vez, el gobierno se dedicó a exigir sombreros de fieltro y pantalones a los indios que llegaban a la ciudad, para que en la apariencia por lo menos, tuvieran un aire europeo. Hacia 1890 el éxito de Díaz hizo crecer el sentimiento de orgullo en México, y el nacionalismo en ciernes revivió las que se consideraban tradiciones genuinas. Ese nacionalismo se alimentaba de un sentimiento romántico hacia los aztecas y hacia la cultura colonial. La sociedad capitalina celebró una “guerra florida”, farsa que recreaba el ritual azteca, con un desfile de carros alegóricos, desde los que los pasajeros se arrojaban flores. Díaz descubrió el monumento a Cuauhtémoc en una de las glorietas más importantes de la ciudad y permitió que se reanudaran las corridas en la capital.[1] El estilo porfiriano.

   Por su parte, Armando de María y Campos,[2] apunta lo siguiente:

 “Una boda en Ixtacalco” (diferente en título a la que reseñamos aquí, pero con sus notables semejanzas a la hora de su celebración) aquella en que al celebrarse una boda de indios, se bailaba “con los trajes propios el jarabe mexicano”. La escena es de una extraordinaria fuerza típica, y creo que sea una de las primeras que se refiere a nuestro baile tradicional, y el mejor documento para la suntuaria de los primeros pasos del jarabe mexicano como baile de teatro. El, de calzonera abierta y manta sobre los hombros, tocado con sombrero bajo de copa y ala dura; ella, de amplia falda de tela almidonada, rebozo, y peinado bajo a dos bandas; dos músicos, uno tocando el arpa mexicana, el otro un bandolón; tocados ambos con sombreros bajos, duros; observan el baile una india sentada en cuclillas; otra, de rebozo, y un hombre embozado en una frazada mexicana que recuerda la capa española. De fondo, la clásica enramada de todas las jamaicas mexicanas, legado de las fiestas campestres de los aztecas. Las tres escenas ligadas por una ligera orla que simula una guirnalda con tulipanes y abiertas flores de calabaza.[3]

Representación, la más cercana que he encontrado al respecto de cómo entender una “Fiesta en Ixtacalco”, a partir de la imagen aparecida en un cartel de 1857. Col. del autor.

   Es esta visión, otro fundamento con el que entendemos el desarrollo de carácter teatral que se le daba a dicha representación, arraigada a los valores mexicanos que durante el siglo XIX encontraron una reivindicación que justificaba en buena medida la presencia indígena. Así, el teatro colaboró en el rescate de la esencia nacional.


[1] William Beezley: “El estilo porfiriano: Deportes y diversiones de fin de siglo”, en Historia Mexicana, vol. XXXIII oct-dic. 1983 Nº 2 p. 265-284. (Historia Mexicana, 130)

[2] Armando de María y Campos: El programa en cien años de teatro en México. México, Ediciones Mexicanas, S.A., 1950. 62 p. + 57 ilustraciones. (Enciclopedia mexicana de arte, 3).

[3] Op. Cit., p. 25-6.

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