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¡A VER QUIÉN SUPERA ESO!

CRÓNICA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

“Jerónimo” Aguilar hecho un torero. Fotografía de Sergio Hidalgo.

   Quienes tuvimos el privilegio de presenciar el festejo del domingo 7 de enero de 2018, en la plaza de toros “México”, podemos afirmar que nos encontramos con el prototipo de una corrida de toros cuyas condiciones, dejaba satisfecho en buena medida el anhelo que construye permanentemente el aficionado a los toros.

   Debemos reconocer el hecho de que nos han acostumbrado en estos y otros tiempos recientes, a una puesta en escena que ha perdido componentes esenciales y fundamentales, como la sola presencia del ganado el cual, como eje rector del espectáculo se le ha llevado a una expresión condicionada de edad, trapío y desempeño, cornamenta apropiada y otras circunstancias para que garanticen el éxito entre ciertas “figuras”.

   Para fortuna, este ejemplo no fue el caso.

   Es una pena que poco más de 40 mil ausentes hayan perdido la oportunidad de conocer diversos significados, cuyo principal sustento fue el interesante encierro de Caparica, así como el desempeño –con sus aciertos y sus errores-, por parte de Jerónimo, Juan Pablo Llaguno, Antonio Lomelín hijo, y sus respectivas cuadrillas.

   Reitero que es una pena, porque la propia empresa no supo reivindicar su hegemonía (era un buen momento), la cual se tradujo en la penosa asistencia -¿dos mil, dos mil quinientos asistentes?- de un pequeñísimo sector de aficionados que, en forma permanente solemos acudir a la plaza, siempre con la idea de encontrar posibilidades de nutrir y alentar nuestra sólida visión, y que muchas tardes se traduce en decepción.

   A lo largo de toda la jornada se sumaron episodios en los que la emoción, en sus diversas manifestaciones fue latente. Estábamos viendo toros, que tampoco eran elefantes, pero no burros con cuernos, ni tampoco mesas incapaces de embestir, como si estos eufemismos entre lo zoológico o aquello destinado a definir un objeto, sirvieran de algo en la presente ocasión. Eso sí, creo que en buena parte de los festejos anteriores no ha estado presente la figura principal, de ahí que esto sea un síntoma crónico permitido a ciencia y paciencia en el curso de la temporada 2017-2018.

El toro, sin más.

   Un detalle que llamó la atención fue el hecho de que el juez de plaza, no se enteró de que varios de esos toros merecían arrastre lento. Por fortuna, la ovación sincera de los allí presentes fue la mejor muestra al reconocer el desempeño que esos toros pusieron en el ruedo. Fue posible percibir una bravura, una casta seca, como el campo hidalguense de donde procedían. En más de uno sobró eso. Con alguno más fue evidente cierta sosería, pero nada que cambiara el destino de las cosas. De igual forma, la nota que cada uno fue dando era destacada desde su salida misma y que por la buena presencia y arrogancia, también merecieron las palmas. Literalmente varios de ellos se “comían” los capotes y luego en el tercio de varas, el balance es que hubo puyazos y más de algún tumbo de tanto embestir y empujar a las cabalgaduras. Otros más apretaron en el tercio de banderillas, y hubo quien se lució. También quien quedó en el ridículo.

   Los tres espadas, muleta en mano, desplegaron lo mejor de sus conocimientos en la lidia, con objeto de pulir asperezas y prepararlos para el debido lucimiento. No hacerlo significó apuros y más de algún arropón, incluyendo el dramático momento en que Juan Pablo Llaguno fue lanzado de fea manera por los aires, saliendo ileso de milagro. De este joven matador debo apuntar sus buenas y clásicas maneras, al dar cara a sus enemigos con los que demostró capacidades envidiables como lidiador.

   Si por su sangre circulan esos genes de la virtud, diría sin equivocación, que le ha bebido los alientos en espíritu, a aquel antiguo torero de origen sevillano, y que se llamó Manuel González Cabello. “Manolo” González se entrelazó con la familia Llaguno, lo que ha significado para este joven la mejor forma de materializar tan valiosa herencia. Y Juan Pablo se sabe responsable de esa razón, por lo que su actuación parecía el resultado de un diestro que no para de torear. Lamentablemente llegó a la “México” con tres corridas en su haber. Aún así, dejó una impronta que tardará mucho tiempo en olvidarse.

Por su parte, Juan Pablo Llaguno estuvo acertado en sus procedimientos, aplicándose en los términos más rigurosos de la lidia…

…para luego correr la mano en esta forma.

   De Antonio Lomelín sólo diré en su favor que si pretende llegar a figura, tiene un largo camino que recorrer. Sabemos lo difícil que es vivir bajo la huella y recuerdo de su padre, cuyo mismo nombre ahora le debe resultar incómodo. Que no sea condena, sino demostración legítima de reivindicar un apellido que pertenece con sobrada razón a la memoria taurina de este país desde hace 50 años.

   Jerónimo Aguilar, cuyo nombre se parece al de aquellos primeros conquistadores, vino a la “México” en ese plan: conquistar a base de una torería que, a sus cuarenta de edad se convirtió en acto heroico. En gesta, sin más.

   Cuando Rodolfo Gaona se retiraba a los 37 años es porque había alcanzado la cumbre de sus aspiraciones, y lo hizo convencido de que jamás volvería a vestirse de luces. Lamentablemente los tiempos han cambiado y ahora, un torero que no quisiéramos considerar como marginado, tiene que remontar el vuelo una vez más, mientras el tiempo marcha sin piedad alguna.

   Jerónimo, también heredero directo de otra gran figura: Jorge “El Ranchero” Aguilar dejó constancia de su hacer y su saber. Del aroma que dispersó con el capote y la muleta con la frescura de una mañana tlaxcalteca y lo solemne de un atardecer, donde una borrachera de bien torear no nos cayó nada mal.

Un poquito más abajo las manos, y Jerónimo hubiera acabado con el cuadro.

   Por eso decía al principio de estas mal pergueñadas notas, que muchos perdieron la oportunidad de admirar una “tarde de toros” en que no nos divertimos. En todo caso nos emocionamos de una manera muy especial, y donde no solo Caparica vino a poner una pica en Flandes, sino también Jerónimo cuyos lances a la verónica primero, y luego por chicuelinas. Más tarde en faenas, sobre todo la del cuarto de la tarde, en que con un aplomo inaudito, dejó muestra indudable del arte que posee. Remató esa labor en forma tan cabal y tan torera, que mereció una oreja, quizá la oreja mejor concedida en lo que van de este serial… Y si me apuran un poco, diría que en conjunto, el presente festejo es por ahora el mejor que hemos visto en mucho tiempo. No sé si se le calificará como el de la temporada, pero sí uno en los que su balance nos habla de lo mucho que sirven tarde así.

   Ya lo decía la recordada “Marisol”, cantante española de los sesenta en el siglo pasado: “Yo no digo que mi barca sea la mejor del puerto… / pero sí digo que mi barca es la que tiene los mejores movimientos”.

   ¡A ver quién supera eso!

Las fotografías que ilustran el presente texto, son de la autoría de Sergio Hidalgo.

Disponible en internet enero 9, 2018 en: http://altoromexico.com/index.php?acc=galprod&id=5291

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IMPRESIONES DEL FESTEJO GUADALUPANO A BENEFICIO DE LOS DAMNIFICADOS DE LOS TERREMOTOS OCURRIDOS EL 7 y 19 DE SEPTIEMBRE DE 2017. (… y II).

CRÓNICA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Y es que justo cuando las cuadrillas llegaban hasta cierto punto para detenerse, se solicitó un minuto de silencio, en memoria de las víctimas. Acto seguido, sonaron las notas del himno nacional, mismo que fue entonado, al menos eso fue lo que se percibía, en forma triste por todos los asistentes.

   Vino después la gran ovación, cierre del desfile y continuación de este con otro cuadro, en el que volvían al ruedo las “adelitas”, realizaron una coreografía de movimientos que se enlazaban en el ruedo, en imaginario círculo al que entraban y salían, mientras en el centro del mismo una de ellas portaba un estandarte, el cual guardaba semejanza con un capote de paseo, en cuya parte principal aparecía bordada una figura más de la Guadalupana, tal cual se le califica en forma cariñosa a Guadalupe del Tepeyac. Dicha figura es motivo de veneración desde sus apariciones allá por 1531.

Y los toreros, siguen y seguirán enfundándose bajo el manto espiritual de Guadalupe…

   Antes del paseíllo apareció al pie del reloj monumental y de manera efímera, un extraño personaje a imagen y semejanza de las figuras surrealistas que Gabriel Figueroa retrató a la orilla del mar, en el célebre largometraje de “La Perla”, dirigido por Emilio Fernández.

Fotograma de “La Perla” (1945). Fotografía de Gabriel Figueroa.

   Y así como surgió, así desapareció.

    En la lidia…

   De Pablo Hermoso de Mendoza, lo único que habría de decir en su favor es agradecerle la brevedad en su comparecencia, que no pasará a la historia.

   Si José Tomás hubiese hecho temporada importante en ruedos españoles, con 50 o más festejos en su haber, y luego se valiera de lo que desplegó en el ruedo de la “México”, todo ello hubiese bastado para confirmar ese, su poderío inconfundible. Pero en realidad, y casi viniendo con la mínima cantidad de apariciones, nos demostró estar en el sitio que su leyenda ha producido para confirmar los muchos kilates que vale el de Galapagar.

   Del tercio a los medios por verónicas a pies juntos, que se enlazaron en seguida con gaoneras en las que impasible, aguantó las embestidas del de Jaral de Peñas. Aunque efímeros, esto fue suficiente prueba para cautivar a quienes admirábamos aquel pasaje, convertido en auténtico pasmo.

   Resolvió con fecunda calidad una faena que parecía no tener solución. En el asombro de su toreo, se fue deletreando cada pase, cada remate. Cada detalle que luego con el indeseable pinchazo y en seguida la correcta estocada, culminaban con aquel ejercicio espiritual. Paseó una oreja en olor de santidad.

   De hecho, y con un cartel cuyas antigüedades no se cumplieron a cabalidad,[1] pues cada diestro, junto con su administración escogieron previamente el toro que lidiarían, pero el hecho es que “Joselito” Adame fue el “primer” espada. El aguascalentense iba a por todas y con una labor que agradó, aunque al parecer no convenció, tuvo que buscar un recurso para culminar aquello en sentido heroico. Monta la espada, arroja la muleta en forma un tanto cuanto teatralizada y ataca al enemigo. El acero quedó en tal sitio que causó el derrumbe inmediato, en medio del delirio de algunos y la sospecha de otros. Dos orejas concedidas sin una valiosa decisión del juez, representaron la devaluación de aquel episodio, inicio de otros tantos desaciertos de usía en lo que restaba del festejo. Y desde luego, esa vuelta al ruedo ya no tuvo la misma dimensión que se dirimió entre división de opiniones.

   Sergio Flores, vestía un traje arrancado de los campos de girasoles: amarillo y negro. Se le vio desenvuelto, y hasta corrió con la suerte de encontrarse con un ejemplar que ayudó (decir ayuda es porque colaboró, aunque no hayamos visto en él las virtudes suficientes  que luego fueron pretexto para una petición inexplicable de indulto).

   Su empeño era el de las grandes batallas y logró, a costa de una especie de sacrificio lo que se propuso, que no fue poca cosa. Era de notar entre el reposo obligado y la evidente ansiedad, la flama de la lámpara votiva y las llamas de un incendio fuera de control.

  El culmen del capítulo protagonizado por el tlaxcalteca tuvo componentes heroicos que se premiaron con dos orejas y que bien a bien estos y los otro cuatro apéndices que se repartieron José Tomás, “Joselito” Adame y José María Manzanares, no representaron la justa premiación reflejada también en el obsequio de miles de pañuelos cuyo mensaje subliminal al parecer, surtió efecto, como sucedió con la engañosa percepción que se tuvo –como ya lo apuntaba sobre perdonarle la vida-, al ejemplar que tuvo en frente Sergio Flores, el cual como casi todos, recibió solo el señalamiento de la puya, indicativo de que la suerte de varias es o significa en estos tiempos la pérdida casi inminente de un factor esencial en el curso de la lidia pues entre que suceden diversas causas que así lo original durante el transcurso del tercio, por otro lado pesa el rechazo sensible de sectores importantes en el tendido, que cada vez se oponen al que consideran como un notorio maltrato animal, aunado al mal desempeño de muchos piqueros que no han resignificado el valor de esa suerte, y de que siguen cargando con la descalificación histórica y simbólica por la que pasaron estos protagonistas.

   Recordaré rápidamente que, al ocurrir el desdén de los borbones nada más tomar control de la corona a partir de 1700, y siendo los monarcas de origen francés, este factor influyó, entre otros más, a mostrar la indiferencia por lo español. Esto trajo consigo que en el segmento que detentaban los nobles en la representación caballeresca en la plaza y que por siglos mantuvieron intocada, incólume y hasta la fortalecieron con tratados, o el sello de una nobleza que se sabía segura de su permanencia, el hecho es que no ocurrió así.

   Poco a poco, esas grandiosas puestas en escena tuvieron un vuelco inesperado, y aquellos señores cargados de linaje comenzaron a perder protagonismo. En la nueva conformación del espectáculo, la cual pretendía distanciarse de la anarquía, encontramos a los de a pie representados desde el pueblo, que iban por delante, quedando los de a caballo en segundo y quizá hasta en un tercer lugar, mismo que hoy día es visible en el desfile de cuadrillas. A eso, hay que agregar la descalificación a que fueron sometidos quizá por el hecho de ostentar viejas virtudes que ya no poseían, así como por el hecho de que al continuar con sus antiguos quehaceres, si bien ya no alanceando toros, sino ahora picándolos para materializar una suerte que le es indispensable al desarrollo de la lidia, un buen contingente de estos actores, no ejecutaban la suerte de acuerdo a los usos y costumbres establecidos. Pero sobre todo, con el objetivo de satisfacer un propósito que la lidia misma exigía. Me refiero a mermar las fuerzas del toro bajo una correcta ejecución, y con ello dejarlo en condiciones para una posible y correcta lidia en el tercio final.

Esto sucedía en México antes del 12 de octubre de 1930, fecha en la que fue autorizado el uso del peto. Aquí observamos al “Güero” Guadalupe realizando la suerte de varas sin protección, pero también con la certeza y buen hacer en su desempeño. Col. del autor.

   Esa descalificación a que me refiero tuvo nutrientes desde el discurso que los ilustrados españoles pusieron de por medio en discursos, panfletos, pero sobre todo en acciones que pretendían suprimir no solo la suerte, sino el espectáculo taurino en su conjunto. La “Pragmática-Sanción” que emitió Carlos IV a comienzos del siglo XIX fue una consecuencia de todo ese alcance, aunque los asuntos independentistas que sucederían años más tarde, tanto en España como en América, y particularmente en México, diluyeron el alcance de aquella medida, hasta el punto de que los festejos volvieron a darse, e incluso muchas autoridades se sirvieron de ellos para recuperar, por vía de los diversos beneficios a que fueron destinadas diversas corridas, sobre todo para recuperar aspectos que involucraban directamente a los ejércitos, por ejemplo.

   Pero no todos estos señores cumplen a cabalidad con ese empeño, de ahí el sintomático reclamo hacia una buena mayoría que se une al hecho reciente de un reducido efecto en su ejecución frente a la notoria y riesgosa condición decadente mostrada en la casta, fortaleza, bravura y demás factores que en buena medida deberían estar presentes como un atributo peculiar entre las ganaderías dedicadas a la crianza del toro de lidia.

   ¿Qué decir de “El Payo” y “El Juli” que no dijeron casi nada?

   A “El Payo” tocó en mala suerte la salida de uno de Fernando de la Mora pequeño, el que además mostraba señales no de estar derrengado de los cuartos traseros, pero sí con fuertes molestias causadas por calambres. Le sustituyó uno de Jaral de Peñas que no fue lo excepcional que se esperaba, sin embargo dejó lo último de su vida en una lidia donde a falta de mando y disposición, tanto del torero en turno como de su cuadrilla, vimos lo increíble que fue ponerse él mismo dos puyazos, colocándose en la suerte. Y luego en el tercio final, entregado justo cuando el torero comprendió que no había nada que hacer sino escupirse de la suerte, abandonarlo, con lo que el fracaso estaba consumado.

   Algo parecido ocurrió con Julián López, y no hubo suerte ni hubo nada. Voluntad y punto. Aunque sí tuvimos que tolerar cerca de media hora en una casi penumbra debido a que la planta de luz presentó una falla, misma que se presentaba en la naciente noche. Así que sumando tiempos de más en el total del festejo, con este lapso y el que se acumuló durante el desfile de cuadrillas, se contabiliza una hora de las poco más de cuatro que duró el festejo.

   De José María Manzanares no diré en descargo suyo que no estuvo mal. Al contrario, creo que cumplió dignamente con su comparecencia, aunque noté en él cierta ausencia, y no precisamente con aquello de abandonarse, pues logró los mejores muletazos del festejo, saturados de frescura y naturalidad que sorprendían, aunque no provocaban el delirio. Con la espada, certero y esa oreja concedida como al desgaire por el juez, terminó por ser una concesión por no dejar.

   Finalmente, Luis David Adame, fue de empeño en empeño, iniciando con buenos lances por verónicas, y luego en las “zapopinas” se adivinaba lo preciso de su milimétrica ejecución. Tomó banderillas incluso, y colocó cuatro pares, el último para resarcirse de una mala colocación en el anterior. En fin, todo eso y algunos intentos plausibles, sobre todo al inicio de la última faena no fueron suficientes razones para que aquello no terminara como eran sus propósitos. Una pena ante demasiada entrega.

   Los allí presentes salíamos finalmente alrededor de las ocho y media de la noche con más ganas de irnos que otra cosa. Un festejo de ocho toros, lo que fue demasiado, no es recomendable pero la empresa se ha empeñado en darlo, con lo que fue necesario armarse de paciencia. Ojalá una práctica tortuosa como esa termine por convencer a la administración que no es lo mejor.

6 de enero de 2018.


[1] Véase el apunte que Juan Antonio de Labra hizo al respecto en su portal “AlToroMéxico.com”. Aquí la liga:

http://altoromexico.com/index.php?acc=noticiad&id=30633

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IMPRESIONES DEL FESTEJO GUADALUPANO A BENEFICIO DE LOS DAMNIFICADOS DE LOS TERREMOTOS OCURRIDOS EL 7 y 19 DE SEPTIEMBRE DE 2017. (I).

CRÓNICA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Quienes presenciamos el festejo del 12 de diciembre de 2017, sabíamos de antemano que se distinguía de otros, por la doble razón de ser, por un lado la célebre “Corrida Guadalupana”. Por otro, el sentido solidario que significaba tender la mano a los afectados por los sismos ocurridos el 7 y 19 de septiembre pasado, los cuales causaron destrozos, muerte y una tremenda herida… que tardará en sanar.

He aquí uno de los mejores ejemplos en cuanto a la presencia de la “virgen morena” en caso de alguna catástrofe. La imagen corresponde a su auxilio en el caso de la epidemia de matlazáhuatl[1] que se presentó en 1737. El grabado fue incluido en el libro Escudo de Armas de México, 1743.

   Muchas de las calamidades ocurridas en el pasado, encontraron cobijo en la figura de la virgen de Guadalupe, También en la de los Remedios. Hoy, entre las nuevas desgracias, se ha unido a ese buscado consuelo la presencia de San Judas Tadeo, “señor de las causas imposibles”. Junto a él, el Santo niño de Atocha, el Señor de Chalma, y no sé si hasta el “niño Pa”, que se venera en algún lugar de Xochimilco son, entre otras tantas presencias, signo y símbolo de auxilio o anhelo milagroso para acabar de una vez por todas con la desgracia… a la que se ha sumado una más: que pasadas ya varias semanas, no se tiene certeza sobre la forma en que se están administrando los dineros, pero sobre todo los donativos, lo que pone en un predicamento a todos los afectados, y a quienes las autoridades parecen entender ya no como damnificados sino como eternos deudores, pues esos recursos tendrían que servir para la reconstrucción y no para otra cosa, como ya se la imaginan las malas autoridades que nunca faltan, hasta en momentos de fatalidad.

   Forjado en el curso del siglo XX, el festejo guadalupano siempre se ha caracterizado por ser un cartel redondo, rematado. Y este, no fue la excepción…, con todo y lo largo que significó su desarrollo en esa tarde-noche.

   Siendo un día entre semana, laboral para muchos, todo estaba listo para dar inicio a las 16:30 horas (si la empresa escuchara la voz de muchos que han sugerido que comience media hora antes… aunque parece fingir demencia). Y en efecto, inició el festejo con un ambiente de día grande, en el que casi se llena la plaza, como del mismo modo ocurrió en el callejón.

Publicaciones como Cuartoscuro, en su edición de diciembre de 2017 (N° 147), han generado trabajos que analizan, incluso desde la fotografía misma el significativo acontecimiento.

   Bendita la hora en la que durante el curso de la kilométrica función, tan larga como el paso de una peregrinación hacia la Villa de Guadalupe, ninguno de los ejemplares que saltaron a la arena, no lo hicieron al callejón. Ese espacio, con facilidad rebasaba la presencia de cien o más personas, lo que indica varias cosas: falta de autoridad, amiguismo, recomendaciones y quizá hasta la presencia descarada de uno que otro colado, el hecho es o fue el sobrecupo lo que puso en dificultades a las cuadrillas durante el desarrollo de la lidia, donde fueron incómodas las posibilidades para el buen curso de la lidia.

   El desfile fue largo. Salieron escaramuzeras, bien montadas, con el traje de “adelitas”. Una de ellas portaba la bandera nacional.

Disponible en internet enero 5, 2018 en:

https://www.aplausos.es/album/204/corrida-guadalupana-del-12-de-diciembre-de-2017./5/detalles-de-la-corrida-del-12-de-diciembre-en-la-mexico.html

   Detrás de ellas, las numerosas cuadrillas que detuvieron su paso. Recordé en ese momento las célebres imágenes de Jean Laurent, las que obtuvo pasada la segunda mitad del siglo antepasado en varios ruedos españoles, obligando a las cuadrillas permanecer en alto, quietas, mientras transcurría el tiempo de exposición demandado por la técnica –seguramente la del colodión húmedo o albúmina, vigentes por entonces-.

Izq.: 15 de junio de 1862: Madrid, Ocho toros de Hernández por las cuadrillas de Cúchares, Sanz y Suárez. En: Pan y Toros N° 62, del 7 de junio de 1897, p. 11 (Imagen atribuida a J. Laurent, N. del A). Der.: imagen obtenida por J. Laurent en la misma plaza de toros, Puerta de Alcalá, la tarde del 24 de octubre de 1865. Se trata de un montaje en el que aparecieron desfilando “Curro” Cúchares, Cayetano Sanz, El Tato, Ángel López “Regatero”, Antonio Luque, “El Gordito”, Villaverde y Francisco López Calderón. Información obtenida en la siguiente liga: https://cfrivero.blog/fotografia-taurina/

   A propósito, dos detalles más: la que corresponde a 1862 es el resultado de un festejo de beneficencia, en tanto que la otra, resultó ser un afortunado montaje dado que la ocasión en que el fotógrafo galo pretendió lograr la imagen, las condiciones no fueron las más apropiadas.

   He aquí la interesante semejanza:

Disponible en internet, enero 5, 2018 en:

http://trajescapotesymuletas.blogspot.mx/2017/12/maria-de-guadalupepasion-de-fe-de-los.html

   Y claro, lo que queríamos muchos aficionados, era tener otro recuerdo más: el cartel. Pero vaya sorpresa y decepción que me llevé cuando solicité un ejemplar en la taquilla. Así me contestó el encargado de la dependencia:

   “Mire usted. Ya no tenemos carteles. Puede bajarlo de Facebook para que lo tenga disponible”.

   Si la empresa, como un punto más en su contra –que ya son muchos por cierto-, descuidó un detalle como este, bonita cosa será recuperar algún día la memoria de tan renombrado suceso, siempre y cuando siga existiendo “Facebook”, al lado de otros nuevos recursos de la tecnología, los que avanzan a una velocidad que sólo pueden controlar en buena medida los jóvenes… aunque tampoco les veo talante para eso de los recuerdos, cuando lo que más les interesa es su mirada en el aquí y ahora, así como todo lo que venga por delante.

   Y si la razón en todo esto es evocar algunos hechos del pasado, nada mejor que traer hasta aquí el cartel de aquel festejo celebrado la tarde del 17 de abril de 1955, donde se puso en disputa el célebre trofeo de la “Rosa Guadalupana”, mismo que obtuvo Fermín Rivera, luego de obtener dos orejas y salir en hombros.

ESTO, ejemplares del 14 y 18 de abril de 1955.

CONTINUARÁ.


[1] Evidentemente se trata de una epidemia (la muy desafortunada presencia de la peste), misma que consistía en una fiebre intensa, devoradora, que atacaba de tal suerte a los indios, que no toleraban ni el roce del vestido más ligero; y con un terrible dolor de cabeza, como si huyeras del fuego atroz, que los devoraba, enloquecidos, salían aterrorizados de sus habitaciones y desnudos vagaban por los patios de las vecindades (…). Todo esto, de acuerdo a los apuntes de Rubén M. Campos en Tradiciones y leyendas mexicanas.

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CRÓNICA. HACIA LA OBRA PERFECTA, ACABADA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 Corrida inaugural para la temporada 2017-2018 en la plaza de toros “México”. Julián López “El Juli” y “Joselito” Adame. Encierro de Teófilo Gómez.

“…signo triunfal sobre la arena

espacio iluminado por una estatua antigua”

De Cuerpo entre sombras.

Alí Chumacero.

   Leo con auténtica pasión tres libros al unísono: Pasa el desconocido de Alí Chumacero; Obra literaria, de Renato Leduc y Seguro azar del toreo de José Alameda. En los tres, la presencia de la poesía es su razón primordial. Lo característico en ese terceto es la obra perfecta, acabada y refinada a la que aspiraron estos poetas mayores. Y a pesar de sus muchas inconveniencias, pues al parecer este fue un síntoma que compartieron siempre, esa obra ya expuesta al lector, significaba haber alcanzado la perfección, sin más.

   Entre los diversos asuntos de que se ocupan, todo (o casi) se acomoda en el riguroso andamiaje de lo exacto del ritmo en el verso y la rima donde el arranque, desarrollo y desenlace de tercetos, cuartetos, décimas o sonetos, por ejemplo, nos conmueven dada su permanente búsqueda de lo perfecto, y bello por añadidura.

   Lectores pacientes: ustedes disculparán, pero la insistencia en “eso” que se considera como lo “acabado” puede significar un sacrificio espiritual por toda la vida.

   El terceto de grandes escritores y poetas es muestra suficiente que apremia en este caso para justificar que en los toros existe un principio para justificar hasta qué punto han llegado las aspiraciones de toreros que, como Julián López “El Juli” lo ponen en evidencia tras 20 años desde su presentación en Texcoco, en su inicial etapa novilleril. No puede negarse el grado de pureza alcanzado por el madrileño, pero también no pueden quedar ocultos algunos inconvenientes que son muestra de que lo suyo no ha tocado el borde de la cima, y más aún cuando tal circunstancia ocurre con ganado que, como los de Teófilo Gómez, significó, por un lado la notoria muestra de ausencia de casta y bravura, y por otro ese intento por una nueva confirmación de supremacía ante la afición mexicana que se quedó en buenas intenciones. No pueden negarse los buenos momentos en al menos dos de sus tres  intervenciones, pero que se derrumbaron ante aquella insistente terquedad que impone mandar y condicionar la presencia de ganado que supone, para el torero y su administración, así como para la empresa, “garantía de éxito”. Pero con lo visto ayer, pareciera que lo superado por los poetas impide a un torero de tales dimensiones ponerse también en ventajosa posición, pues si aquellos son estímulo para alentar el amor, por ejemplo, en el caso de Julián, las decepciones amorosas pueden ser, a modo de rima, bastante dolorosas.

   Y lo vimos con motivo de que el “mano a mano” sostenido entre Julián López “El Juli” y “Joselito” Adame se prestó a infinidad de suspicacias.

   El lleno no pudo ser, y no ocurrió, sobre todo en inauguración de temporada por la sencilla razón de que se trataba de un “mano a mano”, forzado, sacado de la manga, sin imaginación alguna y porque simple y sencillamente no existían razones de peso para montarlo, pues nadie como empresario, en su sano juicio se le ha ocurrido montar lo que normalmente sucede como fin de temporada: afirmar la competencia. Los toros anunciados volvieron a ser de nuevo el síntoma de la comodidad, de la ya traída y llevada “garantía de éxito” y miren el resultado.

   Hubo también un factor externo, un partido de futbol americano que pudo haber atraído la atención de sectores importantes. Otra influencia más son los precios, que han subido o al menos el valor de cada localidad ya no representa el valor de lo que pagamos, y que a cambio de ello recibamos falsas expectativas.

   Si las cosas deben hacerse bien, eso se nota desde el principio (la urgente reparación del reloj de la plaza es muestra de ello, o no “señora empresa”).

   Por lo tanto, quisiéramos una mejor representación de esa fiesta, aunque se ve que con esta empresa seguiremos en el “más de lo mismo” que sigue causando una muy mala, por no decir pésima imagen que habla del mayor de los desprecios para cumplir compromisos y responsabilidades.

   Y bien, para abreviar, debo decir que, en honor a la verdad, “Joselito” Adame pasó inédito, a pesar de sus esfuerzos, de su empeño en banderillar a ese inválido que fue el que cerró plaza y a todos esos intentos que no llegaron a ninguna parte. Lo peor es que la conexión con el público tampoco tuvo el efecto que deseaba y con ello el aguascalentense no logró escalar a donde quería.

   Si el “Juli” mostró parte de sus virtudes frente a COMPADRE, se superó con REBUJITO. En ambos, la economía de movimientos con el capote fue una muestra de que quiso, pero no pudo. Las dos versiones por chicuelinas, la antigua y la moderna, tuvieron efecto en los tendidos, aunque sin conmover. Y luego, el quehacer con la muleta dejó ver lo pulido en estilo, de su armonía en el temple y la contundencia en sus remates. Es una pena que el intento se diera, como ya sabemos, con dos ejemplares descastados. Varias series de muletazos, algunos de ellos sobrados de inventiva, dejaban ver la posibilidad de un triunfo seguro, mismo que pudo ser realidad en el primero, al que le cortó una oreja luego de una estocada en la que ya encontró el tranquillo apropiado para meter la espada. Si existe la suerte del “volapié”, Julián López la ha transformado en el “julipié”, lo que consiste en que al arrancarse para colocar el acero, arquea en particular forma el cuerpo, librando el riesgo, pero asegurando la ubicación de la espada, pues a ello ha dedicado su labor como “matador de toros”. Esa suerte adquiere una espectacularidad inusitada, de ahí que convenza a propios y extraños para garantizar el corte de apéndices que, como se sabe, son meras referencias estadísticas, pero que dan al torero el valor agregado de alcanzar la gloria. Con REBUJITO, no pudo ser, y con todo y la carga emotiva de esa faena, deja dos pinchazos y una habilidosa estocada que pusieron fin a ese episodio y en el que, curiosamente el toro, al sentirse herido pegó su última arrancada hacia las tablas donde prácticamente murió estrellándose en ellas. La ovación no se hizo esperar, e incluso no hubo inconveniente cuando Julián se arrancó a dar la vuelta al ruedo.

   Observé con atención que al público, ese público que cada vez es más nuevo simple y sencillamente no le gusta la suerte de varas. Como recordamos, el encierro, pasó con un puyazo o un piquete, suficiente dosis, mientras arreciaban las protestas por la presencia y la intervención de los piqueros. O se dan las enmiendas adecuadas, de conformidad con los tiempos que corren, o la tauromaquia, en tanto representación, pronto será incruenta. De igual forma es bueno poner atención en el momento en que culminaba la lidia del segundo ejemplar, al que después de lo que parecía una buena estocada por parte de “Joselito” Adame, se convirtió en el tormento de cinco descabellos. La sensibilidad brotó a flor de piel, y la gente, en unísona conmiseración, se negaba a que esta suerte se consumara. Estos factores, son de tomar en cuenta porque merecen ser atendidos directamente por los protagonistas, en aras de mejorar y poner al día las condiciones del espectáculo.

   Y como ya no se anuncia, ni aparecen fotografías del ganado que se lidia, aquí tienen ustedes las condiciones generales del encierro, mismo que tuvo de todo. Fue, como decimos en México, de “chile, dulce y manteca”, aunque la ausencia de casta y bravura se dejó notar en la totalidad del mismo.

El Programa coleccionable, año 31 N° 1049, 1ª corrida. 19 de noviembre de 2017 (páginas centrales).

   Pudo ser notoria la presencia de muchos asistentes que, teléfono celular en mano, no dejaban de hacer el uso de tal herramienta de la modernidad. Sin embargo, parece que como distractor no deja de ser eso, precisamente un elemento que rompe con la posibilidad de que el o los asistentes pudieran introducirse del todo en el efecto misterioso causado por la tauromaquia. Sería interesante saber alguna opinión que venga precisamente de quien hoy día vive unido, como una extremidad más, no solo al alcance de ese instrumento, sino entender en qué medida se genera o no la disuasión que, a mi parecer, perturba la esencia de esas especiales condiciones para ser blanco del asombro, sin más.

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FUE DEMASIADO…

CRÓNICA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Fueron demasiados los errores del Juez de Plaza, partiendo del primero y más relevante: haber aprobado un encierro que, como el de “Teófilo Gómez” tendría el mínimo de presentación para la categoría de la plaza de toros “México” que esta tarde, 5 de febrero de 2017, conmemoraba su 71 aniversario.

   Se trató de seis ejemplares (el séptimo, que fue de “regalo” perteneció a la vacada de Fernando de la Mora) cuya presencia no infundió ningún respeto y hasta se tuvo en el segundo de la tarde, a un astado con poco trapío, cariavacado el cual se derrumbó varias veces no tanto por debilidad, sino por padecer calambres en forma notoria en la pata derecha.

   Fue demasiado el otorgamiento de apéndices, aunque cada uno de los asistentes al final nos convertimos en jueces y no compartimos la misma y voluble decisión de quien estaba en el palco de la autoridad. Y es que allí se suman diversos factores, como el nivel de la faena, los pinchazos iniciales, tanto en la faena de “Morante” al cuarto, como la de “El Juli” al quinto. Del mismo modo, no solo fue demasiado sino un desacierto absoluto haber concedido una vuelta al ruedo a los restos del que hizo quinto, y del que un buen sector del público buscaba que se le indultara, cuando sólo recibió como castigo ya no el puyazo, sino apenas un piquete, suficiente razón para ocasionar el necesario derrame o escape de la sangre, buscando así drenar y equilibrar el flujo sanguíneo en un toro que, como la gran mayoría,  ha salido al ruedo congestionado.[1]

   La rechifla que acompañó la inmerecida vuelta al ruedo dejó claro que los asistentes no se convencieron de aquel ejemplar cuya lidia representó falta de casta, raza, bravura por ende, y sólo fue notoria una porción de nobleza que lindaba con la mansedumbre. Aun así, Julián López construyó una interesante faena, cuyos más intensos momentos ocurrieron en espacios suficientemente pequeños. Ya lo veremos más adelante.

   Pero también fue demasiado que el conjunto de estas reses mostrara el grado de docilidad que puede darse por vía de la intervención genética, labor que seguramente tienen claro todos los ganaderos, y que buscan en ello el resultado de un toro apto para la lidia de nuestro tiempo. Sólo que componentes como la raza y la bravura no estuvieron a la altura de ese producto final, en el que también debe sumarse el trapío, como búsqueda de la perfección en esa raza animal domesticada a plenitud, dirigida y encauzada por el hombre con propósitos específicos para ser aprovechados en un espectáculo cuya razón de ser tiene, entre sus objetivos la exaltación del toro bravo, de su trapío, de su nobleza, de ese ir a más, como auténtico guerrero, preparado para morir en medio de un ritual donde priva el sacrificio. Y bajo esa circunstancia, dejar demostrada su casta, sin más.

   Buena parte de los asistentes al festejo conmemorativo seguramente lo hicieron por primera vez… Ojalá hayan tenido ese toque de coqueteo, suficiente razón para dejarse seducir y regresar en otras ocasiones, hasta el punto de que con el tiempo se conviertan en aficionados, lo cual garantizará la continuidad del espectáculo. Que así sea.

   En ese tenor, la dimensión de las dos faenas centrales, ocurridas en el cuarto y quinto de la tarde, tuvieron una particular dimensión, la que seguramente tomó por sorpresa a tan notorios sectores de aficionados en potencia, que respondieron con emoción ante el quehacer de “Morante de la Puebla” como de “El Juli”, dos grandes exponentes que han consolidado sus trayectorias una vez más, con labores como las que nos compartieron en el curso de la tarde. Es de notar que tuvieron en suerte dos ejemplares “a modo” con los que dibujaron, bosquejaron y materializaron el toreo, cada quien a su modo y estilo. Y como ya sabemos, José Antonio Morante lo hizo prodigando arte a raudales, tocado de gracia, abandonándose en momentos de sí mismo para convertir aquello en obra divina y efímera a la vez. Lo que bordó en el redondo telar de la “México” fue una armonía, un gozo y si no consiguió acariciar la eternidad con el capote (a pesar de prodigarse en remates, o en esas chicuelinas que estallaron como luces de artificio), lo logró sin dificultad con la muleta, sabedor de que contaba con un ejemplar que iba a todas, y aun renunciando de pronto a este o aquel cite, el de la Puebla terminó obligándolo a pasar en rematados pases de pecho, o en el molinete, o el de trincherilla…

   Vino un pinchazo y luego la estocada, pero la faena ya había producido efectos suficientes para demandar, como era lógico, el premio y celebración de aquel héroe. Una oreja parecía ya el mejor balance, pero vino a continuación y sin más trámite la concesión de la segunda. Con un toque mágico, casi imperceptible, José Antonio poco a poco consiguió decirles a los asistentes que esa concesión ya no solo podría haber sido el resultado de una decisión incorrecta, sino a lo que equivalía honrarle y que lo correspondía con esa contundente vuelta al ruedo.

   Fue demasiado lo que vimos entre las capacidades de madurez de un Julián López, ese señor que conocemos desde que, hace ya casi veinte años y siendo un “niño prodigio” nos adelantaba en sus presentaciones novilleriles de gran calado. De entonces a estos tiempos, ha escalado hasta alcanzar sitio de privilegio. Ya se adelantaba en unas chicuelinas bajando. No. Desmayando los brazos todavía más allá, cerca de los infiernos, y tan lejos del fundamento que lograra José Mari Manzanares que también bajó los brazos y los vuelos del capote, en esa natural antítesis que puede percibirse con las excelsas chicuelinas que bordaran Antonio Bienvenida o “Manolo” González, cada quien en su estilo, pero respetando la nota clásica dictada por Manuel Jiménez “Chicuelo”.

   Desde luego que también a toda esa virtud, deben agregarse los “tranquillos” que ha venido afinando, como ese juego de muñecas que aplica para concretar y extender la dimensión del pase (sea con la izquierda o con la derecha) y hasta el que llaman “julipié”, palabra compuesta que imita el propósito del “volapié”, sólo que con su toque personal y que se concreta en el momento del encuentro, produciéndose un peculiar brinco y arqueo del cuerpo que sellan en forma contundente la suerte suprema.

   El hecho es que culminó una faena cuyo andamiaje se concentraba en esa ostensible muestra de mando, pues si no conseguía un pase por aquí, lo lograba por allá, y todo en un abrir y cerrar de ojos, con una muleta a modo de espada, cual consumado “maestro de esgrima”, en alusión perfecta a la obra  de Arturo Pérez-Reverte que lleva el mismo título. Y no sé si era un muestrario más de virtudes que de defectos, pero el hecho es que ante aquella representación de nobleza tirando a descastamiento como fue el desempeño del quinto de la tarde, Julián pudo obtener tan buen resultado que a unos gustará más que a otros. Sin embargo, fue evidente el grado de dominio, ese que ha logrado hasta obtener una economía de terrenos con los movimientos precisos para alcanzar el propósito de “su” faena. Tras el pinchazo sobrevino la estocada que, por golpe de suerte ocasionó luego del encuentro que el de Teófilo Gómez trastrabillara, derrumbándose finalmente. Y como ya se sabe, vinieron las orejas como el premio a su gesta heroica, celebrada ruidosamente luego del desatino en el arrastre de los restos mortales de un ejemplar que, en forma definitiva no mereció tamaño tributo.

   Y de Luis David Adame, ¿qué puede decirse al respecto de su comparecencia?

   Este joven aguascalentense ha venido sorteando el difícil camino de la recuperación tras reciente percance que sigue haciendo notar las secuelas del mismo. En su confirmación le vimos torear con firmeza, pero sin conectar a plenitud con los tendidos. Es una pena porque en su toreo hay muestras evidentes de ese dominio que alcanza niveles de calidad, sobre todo cuando se trata de demostrar planta, temple, colocación y la serenidad que son, entre otros, factores que le permitirán alcanzar deseadas fronteras. Tiene por delante un camino en el que ya ha demostrado la fuente de donde proviene.

6 de febrero de 2017.


[1] Recuérdese que hace algunos años, el profesor Juan Carlos Illera del Portal, adscrito al Depto. de Fisiología Animal, en la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid, refería el hecho de que el toro de lidia tiene características endocrinológicas especiales, y el toro ante el dolor libera una gran cantidad de betaendorfinas, hormonas que contrarrestan el sufrimiento y reducen el nivel de estrés y el dolor que el toro experimenta durante la lidia. En la suerte de varas, precisamente, estas betaendorfinas se hacen presentes eliminando dolor y estrés.

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SE ESCUCHA EL HIMNO NACIONAL EN LA PLAZA DE TOROS “MÉXICO”.

CRÓNICA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.  

   Hoy, 5 de febrero de 2017, fue un día marcado por diversas efemérides que por sí mismas, se han tornado en datos para la historia de nuestro país en lo general, y de la ciudad de México en lo particular. Y es que hace un siglo cabal, en Querétaro se promulgaba la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos que sigue en vigor, a pesar de las 552 veces que ha sido modificada, por lo que, en buena medida requiere ser puesta al día, y adaptarla a la realidad presente antes que todo ese conjunto de variantes –que ya no se corresponden con la realidad-, siga perjudicando la esencia de un país que en estos últimos tiempos viene sufriendo humillaciones así como un resquebrajamiento social, político y económico que, como un auto sin frenos, podría encontrar pronto el barranco donde terminar su loca carrera o el muro donde estrellarse sin remedio.

   Del mismo modo, hoy 5 de febrero de 2017 se promulgó la Constitución de la Ciudad de México, documento que, como lo califica el maestro Bernardo Bátiz, es de “avanzada” y será modelo a seguir por otros estados del país, como lo asevera también Porfirio Muñoz Ledo.

   También este 5 de febrero y ya en lo estrictamente taurino, se conmemoró el 71 aniversario de la inauguración de la plaza de toros “México”, acontecimiento que contó con un marco admirable, poco antes de que sucediera el paseíllo y durante el curso de este. Aunque a las afueras del coso se apreciaba un ambiente de día de fiesta, el hecho es que al interior, los tendidos no se llenaron en su totalidad…

   Habiendo ocupado mi lugar, observé que en el ruedo, además del arreglo floral que acostumbran colocar en ocasiones como estas, se encontraban cuatro tarimas. Faltando unos 15 minutos para comenzar el festejo, salió un grupo de cuatro parejas ataviadas con el traje de charros y “chinas poblanas” que bailaron, al son del “Jarabe Tapatío” tan hermosa pieza interpretada por la banda de la plaza. Con ellos también estuvieron varios jóvenes que se lucieron, dos a pie y dos a caballo con suertes del floreo, y las crinolinas y otras proezas que suelen ejecutar con la reata. Total, que el cuadro resultó muy atractivo, aunque faltara una voz que por medio del pésimo sonido anunciara aquella escena llena de nacionalismo. Pocos minutos después, la propia banda interpretaba como parte de un repertorio más nutrido, la introducción de la ópera “Carmen” de George Bizet, siendo precisamente la marcha del “Toreador”, pieza que hacía mucho tiempo no se escuchaba en esta plaza.

   Y desde el palco de la autoridad, solícitos parches y clarines dieron la señal de comenzar el espectáculo. Los toreros tardaron más de lo debido en salir de aquel patio de cuadrillas que se encontraba lleno a rebosar, sobre todo de aquellos encargados de la cobertura del festejo, y donde eran interminables los flashes con que fueron integrando sus respectivos reportajes. Para entonces, y por la puerta de picadores, salieron cinco charros suntuosamente vestidos, y montados en hermosos caballos tomaron puesto en medio del ruedo. Quien encabezaba el grupo, empuñaba en su mano diestra la bandera nacional. Y con toda marcialidad comenzó el paseo de cuadrillas, mismo que se detuvo con todo y ritmo del acostumbrado “Cielo Andaluz” para que la ya citada banda, transformara aquel compás de pasodoble por las notas marciales del Himno Nacional –aunque por lógicas razones estuviese ausente la “marcha de honor”-, lo que obligó a todos los asistentes a ponerse de pie y entonar poco a poco la letra que para ese canto patriótico escribiera Francisco González Bocanegra. Quizá faltó un toque marcial más pronunciado, e incluso con buen sonido de por medio, pero el hecho es que se escuchaba un himno vibrante sí; que de pronto emocionaba hasta el punto de causarnos un nudo en la garganta. Pero el hecho es que sentí en todo esto una interpretación triste, poco emotiva, quizá producto de ese tenso ambiente que se vive nada más comenzar el año en medio de las embestidas mal intencionadas del gobierno que, con el solo “gasolinazo” produjeron reacciones de elevado repudio. O las que vinieron del despreciable personaje que recientemente ascendió a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica y quien no se ha cansado de humillar a los mexicanos en su conjunto, sin que haya de por medio una reacción del estado, haciéndole notar lo que significan esas ofensas.

   Fueron gratos y solidarios instantes donde se percibió una extraña unidad, solidaridad que tiene el mexicano en cuanto tal. Pues bien, lo anterior me llevó a hacer una rápida contemplación para recordar en qué otras épocas se registraron hechos como este. Y es que podría rememorar los días, allá por el siglo XIX en que ya instaurada la ejecución del Himno Nacional, este fue interpretado en diversas ocasiones en plazas como el Paseo Nuevo (tiempos de Zuloaga, Comonfort o Juárez), y luego en la de Bucareli (allá por 1888). Se pueden recordar otros pasajes justo cuando acudieron a los toros diversos presidentes de la República, como el General Porfirio Díaz, el Lic. Francisco I. Madero, los generales Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Su presencia era suficiente razón para que se interpretara el himno nacional. Y esto mismo, ya en menor medida siguió ocurriendo en otras ocasiones. Probablemente la última de ellas (penúltima en este caso) haya sido aquella en la que acudió el Lic. Adolfo López Mateos acompañado por el Mariscal Josip Broz Tito presidente de Yugoslavia, justo la tarde del 6 de octubre de 1963 a esta misma plaza. No tengo hasta ahora una afirmación que sostenga el hecho de que en aquella jornada se realizara el protocolo militar que significaba, entre otras cosas, honores a la bandera y la correspondiente interpretación del himno nacional.

   A todo lo anterior, debe agregarse un pasaje anecdótico a cual más. En Orizaba hubo una gran tarde el 19 de enero de 1946, Alfonso Ramírez “Calesero” alternaba con “Manolete” y Fermín Rivera. Y nos cuenta don Alfonso:

   Fermín y yo no habíamos tenido suerte en nuestros primeros toros. “Manolete” tenía en su haber una oreja de cada toro. Al sexto toro de LA PUNTA, lo cuajé. Estando haciendo la faena, el jefe de la banda comenzó a dirigir el Himno Nacional. Yo estaba enredado con el toro, y al pegar el pase de pecho volteé a los tendidos y la gente estaba sin sombrero, los guardias presentando armas y yo seguía con el toro hasta que le pegué un estoconazo. Corté el rabo y me sacaron en hombros. Descansando en el Hotel de Francia, donde nos vestíamos los toreros me dijeron:

   Metieron al director de la banda a la cárcel. Yo era muy amigo del Presidente municipal y allí estaba precisamente conmigo, por lo cual le pedí que sacáramos al director de la cárcel. Al llegar al lugar, Alfonso Ramírez vestía de paisano, no de torero, lo cual no le permitió al músico reconocerlo. Le dice el presidente al director: ¿Por qué tocó usted el Himno Nacional?

   Hombre, mire usted. El torero mexicano le está dando la pelea al torero español, yo dije, porqué no tocarle el Himno Nacional…

   Y tocó el himno nacional.

   Pero no sabe que el himno se toca en actos a la bandera

   Sí señor. Pero yo cometí el desacato y, ni hablar. Ya lo hice.

   Pero sabe usted que tiene quince días de arresto.

   Si señor y cumpliré lo que ustedes digan.

   No más una cosa le digo: si vuelve a torear ese hombre como toreó, se lo vuelvo a tocar!

   Hubo otras ocasiones, particularmente los días en que se celebra a las fuerzas armadas, y donde era costumbre que acudiera el presidente de la república en turno. Uno de los últimos que así lo hizo fue el Lic. José López Portillo… de ahí en adelante no se volvieron a realizar esos festivales con toque taurino en la plaza “México”, sitio escogido para tan significativa ocasión…

   Y ha sido hasta hoy, en fecha particularmente especial en que esta plaza monumental sirvió como escenario para que se escucharan las notas marciales del Himno Nacional cuya música escribió Jaime Nunó. Así que de comprobarse el dato que alude aquella presencia, la de López Mateos y “Tito” se concluye que transcurrieron largos 54 años. Si tal no fuese así, creo que el dato anterior se pierde en la noche de los tiempos, aunque sería posible ubicar la fecha, siendo una de ellas la tarde del 10 de abril de 1938, ocasión en que se celebró la “Gran Corrida Patriótica pro-pago de la deuda petrolera” de la que incluyo parte de la tira de mano:

cartel_p-de-t-el-toreo_10-04-1938_beneficio-pago-deuda-petrolera

   Por lo demás, y en breve, les compartiré el complemento de esta crónica tan especial.

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DE SEGUIR A ESE PASO, LA FIESTA SERÁ UN REMEDO.

CRÓNICA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Hoy, los gustos de la afición han cambiado radicalmente. Con los hechos, por cierto bastante lamentables que se vivieron en el ruedo de la plaza “México”, no se puede pensar en otra cosa que en la pérdida de esencia en el sentido de lo estrictamente original que tiene el espectáculo de los toros. El desfile de reses provenientes de la ganadería de Montecristo, estuvo encabezado por aquellas banderas de la invalidez, la mansedumbre y la falta de casta, que alcanzaron a convertir la jornada en un tedioso capítulo de desencanto, colmado además por una sesión que fue larga, larguísima, casi tres horas, como si con este remedio los toreros hubiesen querido levantar el derrumbe. Aquella apariencia, la correcta presentación de los ejemplares de Germán Mercado Lamm no tuvo ninguna semejanza en cuanto al pésimo juego que mostraron en la plaza.

   Tras el largo receso que “enfrió” a la afición, este 22 de enero, fecha de notable efeméride con motivo de un aniversario más del nacimiento de Rodolfo Gaona Jiménez (22 de enero de 1888), volvieron a sonar parches y clarines a las 4:30 de la tarde, como primer intento que, por parte de la empresa, pretende corregir la suma de errores que ha venido cometiendo en torno a la organización de esta temporada 2016-2017, agregando a lo anterior un propósito de bajar precios, o ajustarlo al que se cobró justo hace un año, cuando los carteles “conmemorativos” al aniversario de la plaza ya habían sido confeccionados. La entrada –apenas un tercio-, dejó notar el enojo, la desconfianza habida para con los empresarios por una afición que no responde debidamente a los llamados de carteles de lujo, que tampoco tienen la mejor manufactura, y que vienen a ser  incluso “más de lo mismo”. Y durante la lidia, tuvimos que observar ciertas alteraciones que ya son aceptadas por esa neoafición que se ha instalado en nuestros días. He aquí algunos ejemplos.

   Quedó comprobado que ninguno de los tres espadas: Miguel Ángel Perera, Juan Pablo Sánchez y Diego Silveti no lograron nada de notable con la capa que no fueran meros esbozos, pero sin llegar siquiera al sobresalto.

   Durante el primer tercio, la presencia del varilarguero prácticamente es decorativa, pues aquel momento en el que se determinan infinidad de cosas relativas al toro y la bravura de este, todo queda reducido a un puyazo, monopuyazo o apenas el leve castigo de un “refilón”, después del cual el astado sigue bajo el peto y son los subalternos quienes tienen que quitar al ejemplar, arrancarlo de ahí, ante la mirada conforme de los matadores que se mantienen impasibles en esos momentos, por lo que el antiguo “quite” ese que era retirar al toro para reducir el peligro de un percance y donde las figuras se lucían en lances emotivos, hoy es un mero trámite que los diestros decoran con algunos capotazos que muchos suelen llamar “quites” cuando ya no lo son. Se trata en todo caso de lances con un toque de gracia o de exposición. En seguida, y ya durante el segundo tercio, los banderilleros unos, no todos, dejan ver sus deficiencias y por tanto tenemos que soportar ese desgaste de peones que tocan y vuelven a tocar, lancean y vuelven a lancear sin miramiento alguno a un ejemplar al que van minando innecesariamente.

   Ya para el tercer tercio, lo que queda por ver es el comienzo de una faena en la que dejar ahormado al animal para disponer de él en la faena, es recurso que ha desaparecido. Esos pases de castigo, en todo caso suelen verse al final del trasteo, mientras todo se conduce por el intento de faenas que pretenden lucidas, bonitas, que es en buena medida, propósito de la moderna tauromaquia. Sin embargo, con esto queda demostrada la pérdida de otro elemento de valor donde gana el arte, pero pierde la técnica.

   Y esta tarde, ¡cómo sufrimos con esa fallida labor con la espada! en la que los alternantes, como si hubiesen logrado un acuerdo común, se fueron de balde pinchando en hueso, y más de alguno demostrando que con la espada corta de descabellar no se llevan. En seguida vino la participación de los puntilleros, dos señores respetables, llenos de años, pero no de facultades cuya imagen ya no es tan agradable. Se necesitan personas más jóvenes para cumplir con dicho cometido y no a estas personas que un buen día pueden ser blanco de algún percance. Algo tendrá que hacer la Asociación de Banderilleros, Picadores y Puntilleros procurando evitar un caso desagradable producido por algún momento de riesgo o peligro.

   El fuerte signo de decadencia que esta tarde pudimos contemplar con tristeza, nos pone una vez más en alerta, pues de seguir a ese paso, la fiesta será un remedo. Los principales responsables, en esta ocasión fueron el ganadero y la empresa. Desde luego, que otro reflejo de esa indiferencia provocada por la ausencia de bravura, fue esa actitud relajada y relajienta que se hizo notar en los tendidos. La gente no estaba metida en los toros, sino en otra cosa. En la medida en que la emoción estuvo ausente, esto fue suficiente para dispersar, distraer y no conectar con el sólo ambiente que por sí solo es necesario para atraer… pero no hubo tal. Y eso no produjo sino algunos momentos en donde por ejemplo Juan Pablo Sánchez se acomodó con el quinto, y que de tanto liarse con él, debido a lo corto en sus embestidas, pasó un apuro que repuso volviendo a recuperar el ritmo de esa faena que, entre altibajos también recobraba aliento.

   Para terminar con estas notas que parecen ser el reporte de un desencanto, creo que hoy los pacientes aficionados tuvimos que sortear la notable e incómoda presencia de vendedores, que no dejan de moverse, de realizar su propósito, pero sin que se queden sentados esperando el momento en que tras la primera estocada y luego ya cuando el siguiente toro aparece en la arena, sea el tiempo preciso para sus empeños de venta y despacho de cuanto se ofrece en los tendidos. Aquello es un verdadero mercado, donde la novedad fue la del ofrecimiento de bebidas alcohólicas, servidas al pie del lugar de quien las solicitara, como si de un bar se tratase. La delegación “Benito Juárez” y sus inspectores deberían darse una vuelta a la plaza para regular esa venta desproporcionada y sin control que incomoda a quienes asistimos. El “pasadero” de vendedores con cervezas, canastos, bebidas, y otros productos es una auténtica monserga que debe controlarse, evitando con ello que se desaten por aquí y por allá distractores que entorpecen nuestra atención.

   Y la cereza en el pastel fue la aparición de aquel joven que, saltando del tendido al ruedo, como si de un “espontáneo” se tratara, este consiguió en parte su propósito al despojarse de una chamarrilla con lo que quedó pecho y espalda al descubierto. En ambos sitios se podían leer frases de rechazo ante lo que para él era la tortura. No más tortura, se alcanzaba a leer no solo en su cuerpo sino en un cartel que alcanzó a desdoblar. Aquello duró unos cuantos segundos y se le retiró en medio de un fuerte reclamo de los aficionados, quienes no pararon al descubrir en el tendido a los “cómplices”, otras cuatro personas que materialmente fueron lanzadas de la plaza.

   Mal la pasamos, y no quiero que estas notas queden como símbolo del pesimismo, pero se necesita poner atención en todo lo aquí apuntado más otros factores que, por mínimos pero no por ello vitales en la lidia, deben ser atendidos para evitar en lo posible que vuelvan a repetirse. La tauromaquia, ya lo advertía, está cambiando, pero ese cambio se debe a deficiencias que son en realidad, descuidos o abandono generados por la ausencia de factores tan indispensables como esa notoriedad en bravura, presencia, codicia, edad, presencia y demás circunstancias que parten del eje central del espectáculo: el toro. Sin todo esto, vuelvo a repetir, el espectáculo sólo será un triste remedo.

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