Archivo mensual: mayo 2016

SE PUBLICA UN 6 DE JUNIO DE 1850 LA PRIMERA CRÓNICA TAURINA, DEBIDA AL “TÍO NONILLA”.

EL ANECDOTARIO TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Con la aparición de esta nueva “entrega”, se alcanzan las 1500 en casi 7 años de grata labor en APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS.

Gracias a los “navegantes”.

    Efectivamente debe ser vista de ese modo, puesto que anteriormente ya se había revisado la publicada en El Orden. No 50, año I, del martes 28 de septiembre de 1852,[1] de ahí que sirvan estos apuntes para el contraste respectivo. Lo anterior, bajo el argumento de que antes de este caso, si bien existen apuntes que dan una idea sobre la opinión que merece para el o los redactores el conjunto de acontecimientos vistos en la plaza, el hecho es que no se aprecia una “crónica” articulada en cuanto tal. Lo que veremos a continuación reúne de alguna forma esos elementos, o al menos procura afirmarse siguiendo ciertos principios que va dando el oficio del periodismo, y donde se puede percibir el estilo. Sobre todo eso: el estilo del periodista. Pues va de historia.

    El primer detalle que salta tras leer la crónica es que fue firmado por El Tío Nonilla. Si nos atenemos al mensaje subliminal que aparece al final de la misma, se entiende que podría tratarse de Joaquín Jiménez, El Tío Nonilla, de quien Paola Chenillo Alazraki apunta en su tesis de licenciatura:

El primer caso de expulsión que hemos localizado en este periodo, relacionado con la difusión de las ideas a través de la imprenta, fue el de don Joaquín Jiménez, redactor de un “periódico subversivo” de nombre Tío Nonilla, acaecido en los últimos días de 1849. Originario de España, este personaje llegó a México en el verano de ese año, tras una estancia de varios meses en Cuba, en donde además de trabajar en el periódico El Avisador del Comercio, escribió un libro de viaje titulado La Habana por dentro, en el que aprovechaba cualquier situación para criticar –siempre con un tono satírico- al gobierno hispano y a los habitantes de la isla.

   Muy pronto se vinculó al mundo del periodismo. A principios de agosto, se comunicó la aparición de una nueva publicación: El Tío Nonilla. Periódico político, entretenedor, chismográfico y de trueno, por medio del cual –se puntualizaba en el prospecto- “unos cuantos holgazanes se [ocuparían] de escudriñar las proezas de los gobernantes, los acontecimientos más recónditos de nuestra sociedad, los chismes y diretes de las mujeres, las aventuras de los hombres más precavidos, los lances amorosos”. El anuncio causó revuelo. Sin demora, los redactores de El Monitor Republicano manifestaron alarma. Confiaban en que las autoridades no tardarían en suspender su publicación (…)[2]

   Después de este negro capítulo para Joaquín Jiménez, se habría de presentar su reincorporación, justo en el periódico cuya línea ideológica se vio amenazada nada más se hizo labor de avanzada en el “prospecto”, del que hemos leído, gracias a Chenillo Alazraki la parte sustantiva.[3]

   La publicación del primer número se materializó el 19 de agosto de 1849. Meses más tarde, sobrevino para Jiménez el peso de la expulsión ya que en noviembre publicó dos artículos “en los que atacaba la implementación del federalismo en México, pues consideraba que hasta ese momento había sido el “foco de todas las desgracias”.[4]

   Medio año más tarde, reaparece El Tío Nonilla sin dejar de notar sus quebrantos y tribulaciones, no solo al principio de la crónica. También al final cuando resalta “lo injusto de mi destino que me había condenado a saludaros después de tan larga ausencia, tratando del asunto más repugnante para mi, y opreciendoos, mal que os pese, ocuparme otra vez que llegue el caso con el detenimiento que merecen estos negocios de cuernos, con que os regala hoy por primera vez.-El Tío Nonilla.

   El Tío Nonilla, ni más ni menos retorna a la palestra escribiendo una reseña taurina a partir de los hechos que ocurrieron en la

CARTEL_02.06.1850_TACUBAYA_BGyR_ATENCO

El cartel…

A continuación, incluyo el texto completo de sus apreciaciones:

 LA CRÓNICA1

LA CRÓNICA2

El Monitor Republicano, del 6 de junio de 1850, p. 6 y 7.

    Por ser muy extensa, traigo hasta aquí las incidencias del tercer toro:

Tercero llamado Terrible, y cuyo imponente nombre había sido sin duda, la causa de que aun antes de aparecer en la palestra, hubiera sufrido tormentos bárbaros en el toril, por lo cual salió mirando de soslayo y con la mayor gracia, hacia el sitio de la presidencia como suplicando que le despojaran de los cordeles que traía arrastrando como reliquias aún de sus muchos padecimientos. El presidente hubo de compadecerse de tan justa demanda, y mandó que lo tumbaran para quitarle las reatas y cuya operación no sabemos si sería más dolorosa al pobre animal que el haber arrastrado hasta la tumba los cordeles.[5] En fin, tomó nueve varas buenas y recargando la mayor parte, aporreó a ambos picadores[6] repetidas veces, sucedió el eterno descanso a uno de los jamelgos, recibió cinco pares de banderillas entre ellas unas de fuego, lo capeó dos veces el amigo Bernardo con la mayor soltura y salero del mundo. Y por último, pasó a mejor vida y a manos de Mariano (González La Monja) de una sola buena a pasa toro y el cachetero le refrendó el pasaporte de una sola mojada. Este bicho que hubiera lucido como ninguno de su clase si hubiera sido menos maltratado en el toril.

   De tan interesante descripción surgen prácticas poco conocidas, formas de realizar las suertes y detalladas circunstancia sobre la que sería por aquel entonces la “suerte suprema”; es decir la estocada. Lo ocurrido en los toriles deja un mal sabor de boca y, hasta El Tío Nonilla desliza una sutil indiscreción [la] “que merecen estos negocios de cuernos…”


[1] Véase: https://ahtm.wordpress.com/2013/01/22/primera-cronica-taurina-en-mexico-1852/

[2] Paola Chenillo Alazraki: “Entre la igualdad y la seguridad. La expulsión de extranjeros en México a la luz del liberalismo decimonónico, 1821-1876”. México, Universidad Nacional Autónoma de México. Facultad de Filosofía y Letras, Colegio de Historia, 2009. 179 p., p. 57.

[3] Op. Cit. Nota 32: Originalmente Tío Nonilla era un personaje imaginario que acompañaba a Jiménez en sus viajes. A partir de la publicación de este periódico se convirtió en su seudónimo.

[4] Ibidem., p. 55.

[5] Desconozco a qué tipo de práctica se refiere Joaquín Jiménez en su crónica, pero seguramente era un procedimiento que inmovilizaba o enconsertaba a los toros, con lo que su movilidad se veía afectada, ya que tales cordeles causaban  “muchos padecimientos”. A lo largo de la crónica se puede comprobar que ese método lo aplicaron en los toriles a los cuatro ejemplares que salieron al ruedo. Hubo un quinto toro, “que será embolado” y con el que terminaba propiamente dicho el festejo.

[6] En esa ocasión salieron en la cuadrilla Juan Corona y Antonio Escamilla como varilargueros.

N. del A.: si hay lectores interesados en conocer a detalle el contenido de todas las entregas en APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS, así como en LUZ y FUERZA DE LA MEMORIA HISTÓRICA, dejo a continuación el siguiente archivo en extensión PDF. BALANCE DEL 01.06.2016_AHTM-LyFMH

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HOY, 1° DE JUNIO SE CUMPLEN 126 AÑOS DE LA ALTERNATIVA DE PEDRO NOLASCO ACOSTA.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

I

   Pedro Nolasco Acosta nace allá por 1851 en San Luis Potosí y muere en la misma ciudad un 3 de noviembre de 1914. Desde muy joven se decidió por la tauromaquia, y convencido de ello fue integrante en cuadrillas que dirigían Bernardo Gaviño, Toribio Peralta La Galuza o Jesús Villegas El Catrín. Para 1874 formó su propia “cuadrilla de gladiadores”, término que se daba por aquel entonces a estas compañías de toreros.

   Pronto se convierte en uno más de aquellos toreros que o controlaron el panorama en su propio feudo, o sea en la matria, condición que ostentó cosa de 10 años.

UNIVERSAL TAURINO Nº 77, ABRIL 1923b

Pedro Nolasco Acosta en 1882. El Universal Taurino N° 77, abril de 1923.

   El Güerito Acosta practicaba como muchos otros, una serie de suertes que eran del gusto de aquellas aficiones, pero no contaba con el hecho de que a partir de 1887 (año de la reanudación de las corridas de toros en la ciudad de México), y con la llegada de un bien articulado frente común de toreros españoles, su destino daría un vuelco radical, ya que el gusto de los taurinos cambió en su forma de percibir y aceptar una tauromaquia que no correspondía con los nuevos tiempos, así que Nolasco Acosta perdió notoriedad, de ahí que recuperara algún aliento en la figura de empresario. Aún así, no quiso perder la oportunidad de recibir la alternativa y esto ocurrió en condiciones que por entonces no favorecieron mucho aquel episodio. Saberse investido por Ponciano Díaz representaba un auténtico atentado en la persona de Pedro Nolasco, pues ello significaba que el de Atenco, como ya había ocurrido en otros sitios, iba a San Luis para conquistar un nuevo territorio, como hizo con otros tantos feudos.

   Cuentan testigos del suceso aquí narrado que al torear en la plaza del Montecillo por los años de 1883 y 1884, el público que ya tenía ídolo propio, Nolasco, no quiso rendir a Ponciano los honores que otros públicos de tributaban y el diestro se marchó de San Luis Potosí resentido y con el consiguiente disgusto. Pero ya hecho matador, se presentó de nuevo en la plaza del “Paseo”, por cierto en forma triunfal. Esto debió hacer efecto para que Ponciano borrara cualquier impresión que años atrás había producido aquel desencuentro, no solo con los aficionados potosinos, sino con el propio Güerito Acosta.

   Fue tal la armonía que Ponciano se constituyó en empresa con Nolasco, anunciando para mayo y junio de 1890 una serie de corridas. Fue el 1° de junio cuando ambos espadas culminaron sus “desencuentros” por lo que Pedro Nolasco Acosta se convertía a los 39 años de su edad en matador de toros, lidiando toros de Espíritu Santo. Lamentablemente esto ocurrió en unos momentos en que ya se percibía el ocaso de la carrera del torero potosino. Y así fue. Los últimos años de su vida los dedicó, como ya se dijo, a la labor como empresario taurino y hubo que pensar en la retirada, la cual se registró el 1° de noviembre de 1906. Lo demás, son recuerdos imborrables de sus jornadas como “señor feudal del toreo”.

II

PEDRO NOLASCO ACOSTA

Pedro Nolasco Acosta, potosino y feudal del toreo.

LA FIESTA Nº. 52, del 19 de septiembre de 1945.

   Como buen “Capitán de Gladiadores”, Pedro Nolasco Acosta creó en los rumbos de San Luis Potosí un auténtico coto de poder, mismo que se extendió entre los años de 1870 y 1880, aproximadamente.

   El Güerito Acosta como familiar y cariñosamente se le conoció se presenta ante nosotros con el sello de figura egregia que, por encima de muchos otros adefesios se dignaban y atrevían torear con aquellas figuras que, a los ojos del siglo XXI son antiestéticas, pero que en su momento deben haber sido aceptadas como parte de una tauromaquia mexicana relajada y distante de la española, más avanzada eso sí, pero también teniendo entre sus filas a figuras con este decorado.

   Sin embargo, Nolasco Acosta guardó con mejores resultados las apariencias, dado que como se ve, asumió su jerarquía con el orgullo de figura, no importando que fuese provinciana y que siempre se quedase provinciana, como delicioso verso de López Velarde o Manuel José Othón.

   Nuestro personaje guardó profunda amistad con Carlos Cuesta Baquero, reconocido periodista taurino entre 1883 y 1950. Y Pedro puso en manos del también conocido como Roque Solares Tacubac dos obras fundamentales como El Toreo. Gran diccionario tauromáquico de José Sánchez de Neira, o los Anales del Toreo de José Velázquez y Sánchez, obras fundamentales para su tiempo con las que se divulgó la técnica y estética del nuevo estado de cosas habido para la tauromaquia en el México de finales del siglo XIX. Aquel efecto trajo consigo una mejor comprensión de las cosas.

   Pedro Nolasco viste un traje al que solo le faltaba sonar con todas esas campanillas que parece llevar, a modo de morillas, en tintileo permanente. Todo lo anterior era de esperarse en el romántico continente del torero decimonónico hecho y forjado en el espectáculo de tamañas banderillas, como el par que aparece a sus pies, simulando fuentes de frutas. Su capa, a lo Robin Hood, la enorme faja y el corbatín “a lo poeta”, rematan un rostro adusto, con esa montera irregular, conjunto perfecto que se preparó para lograr esta imperecedera tarjeta de visita que hoy rememora una figura emblemática, que traspasó todavía con su abundante bigote el siglo XX para despedirse en su natal San Luis Potosí, allá por 1906. 

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¡A LA FERIA EN IRAPUATO! (RECUERDOS EN IMÁGENES DE 1904).

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

SOL y SOMBRA 392_12.01.1904

Sol y Sombra, N° 392, del 31 de marzo de 1904, p. 5.

    Este animoso grupo de amigos y aficionados recién ha bajado del tren que ha llegado hasta la estación de Irapuato, Guanajuato. Tal circunstancia ocurrió el 12 de enero de aquel año, así que apenas se han comenzado a reponer de las fiestas de fin y comienzo de año, así como de los santos reyes, pues se puede notar más en unos que en otros el buen talante que ostentan en sus felices rostros.

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El cartel…

   Y es que acudieron para presenciar un festejo en el que estaban acartelados ni más ni menos que Antonio Montes, Rafael González “Machaquito” y Manuel Jiménez “Chicuelo” según podemos comprobarlo en el cartel que fue impreso en la “Tipografía de José del Rivero”, esto en la ciudad de México. Los tres diestros se enfrentaron a 6 “Hermosos y escogidos TOROS de las acreditadas Ganaderías de ATENCO Y S. DIEGO DE LOS PADRES”. Así que la ocasión no podía dejarse pasar ante tamaño atractivo.

   Todo en ellos es felicidad, y se puede comprender en la actitud que asumen frente al fotógrafo. Al centro de la imagen, aparece el ganadero D. Antonio Barbabosa Saldaña, que representaría en esa ocasión a las dos célebres haciendas… es decir Atenco y San Diego de los Padres que por aquellos días no estaban precisamente en sus mejores momentos. En torno al Sr. Barbabosa, los que irían con él, seguramente desde la ciudad de México, tuvieron ocasión de ser recibidos por otros tantos entusiastas aficionados oriundos de Irapuato. Llama la atención el enorme continente de ese hombre que lleva una chaqueta tan grande como el mismísimo “globo de Cantolla”. Se le ve rozagante, orondo, feliz por consecuencia, y como él todos los demás, cuyo deseo era echar a andar hacia la plaza que no estaría tan distante de la estación del ferrocarril.

   Como ya vimos, el cartel era de polendas, por lo que se convirtió en tentadora circunstancia para acudir en grupo que para eso este ya iba más que preparado para pasar una buena tarde de toros.

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MÉDICOS MEXICANOS PARTICIPAN EN SENDOS CONGRESOS EN ÚBEDA y BAEZA.

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Por considerar de importancia el siguiente informe, cuyo propósito es eminentemente académico, espero sea de interés para los “navegantes” de este blog.

BOLETÍN DE PRENSA.

congresodecirugiataurinaubedabaeza

Del 1° al 4 de junio, las ciudades andaluzas de Úbeda y Baeza serán sede para celebrar el XXII Congreso Internacional y el XXXIV Congreso Nacional de Cirugía Taurina. En dichas actividades, participará la representación mexicana con los siguientes temas:

PROGRAMA CIENTÍFICO COMPLETO

 MIERCOLES 1

 18,30-20 h. Comunicaciones Libres:

 -“Tratamiento pre hospitalario y quirúrgico del banderillero MMK”, Rafael Vázquez Bayod, Peña Blessa, A. Luna Tovar, D. Zimbrón López, G. López Peña y M. Jiménez Siqueiros.

-“Historia de la Cirugía Taurina en México (1864-1946)”, Raúl Aragón López y José Francisco Coello Ugalde (co-autor).

JUEVES 2

 16,30-17,45 h. Comunicaciones Libres:

-“Día de los Santos Inocentes en México. Crónica de una emergencia”, Rafael Vázquez  Bayod, J. Arroo, M. Jiménez Sequeiros, D. Zimbrón López, A. Barrios Moyano y G. López Peña.

-“Lesión medular irreversible, fractura C1 y C2 en Rodolfo Rodríguez, El Pana”, Jorge Uribe Camacho.

-“Mecanismo de lesión y tratamiento quirúrgico del torero español Antonio Montes Vico en México (1907)”, Raúl Aragón López y José Francisco Coello Ugalde (co-autor).

18-19,45 h Mesa Redonda: Heridas por asta de toro en región cervical.

Valoración inicial y triage: Rafael Vázquez Bayod.

VIERNES 3

 9-10,45 h Mesa Redonda: Trastornos musculo esqueléticos y de partes blandas.

-“Trauma cara, cabeza y cuello. Un solo concepto, un solo manejo”: Jorge Uribe Camacho.

 SÁBADO 4

 11,00-12,30 h Comunicaciones Libres.

 -“Miletos de atención primaria del herido en el ruedo”, José Luis Martínez Rodríguez y Gustavo Adrián Meléndez Jacques.

 18,00-20,00 h Comunicaciones

 -“Manejo pre hospitalario avanzado del torero traumatizado. Sección 1: MUR”, Mónica Jiménez Sequeiros, Rafael Vázquez Bayod, Fernando Estrada Natali y Felipe Sánchez Palacios.

-“Manejo pre hospitalario avanzado del torero traumatizado. Sección 2: EMA-TC”, Rafael Vázquez Bayod, Fernando Estrada Natali y Felipe Sánchez Palacios

-“Mecanismo de lesión y tratamiento quirúrgico del torero español Bernardo Gaviño en Texcoco (1886)”, Raúl Aragón López y José Francisco Coello Ugalde (co-autor).

-“Manejo de los traumatismos del mecanismo extensor de la rodilla y fracturas tibiales en los toreros”, Jorge Uribe Camacho.

   La “liga” o “link” para conocer más detalles sobre las actividades de este congreso es la siguiente: http://congresocirugiataurinaubedabaeza.com/

LA LIDIA_N° 39_20.08.1943_3

La eminencia médica de Javier Rojo de la Vega y Javier Ibarra. México, 1945. Revista La Lidia.

   Deseamos buena suerte en estas actividades a todos los médicos participantes.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (XVIII). EL SIGLO XVII O SALIENDO DE SU “OSCURIDAD”.

EL CRIOLLISMO Y LA TIBETANIZACIÓN: ¿EFECTOS DE LO MEXICANO EN EL TOREO? SIGLO XVII. (SEGUNDA PARTE).

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Y es que su afirmación contenía un sentido profundo de realidades y de diferencias, marcadas seguramente, por un efecto que comenzó a aislar a España del resto del mundo, y desde luego, de sus colonias, a las que afectó un fenómeno conocido como “tibetanización”. Tal aspecto fue una hermetización del pueblo español hacia y frente el resto del mundo y que abarca la totalidad de la vida, lo que ocasionó la pérdida del imperio. Para mejor entenderlo, España no gozó el esplendor del Renacimiento. Su origen se remonta a la Contrarreforma que les impuso, a los españoles mismos, el Tribunal de la Inquisición.

   Respecto de la “tibetanización” apunto lo siguiente:

   Un tema que de siempre me ha causado especial inquietud es el de la forma en que los americanos aceptaron el toreo, tras el proceso conquistador, lo hicieron suyo y después le dieron interpretación tan particular a este ejercicio convirtiéndose en una especie de segunda sombra que ya de por sí, proyectaba el quehacer español. Segunda sombra pues sin alejarse del cuerpo principal se unía a la estela de la primera, dueña de una vigencia incontenible. Sólo que al llegar a América y desarrollarse en nuevos ambientes se gestó la necesidad no tanto de cambios; sí de distintas interpretaciones. Y esto pudo darse -seguramente- por dos motivos que ahora analizo: el criollismo americano y la “tibetanización” desarrollada en la península ibérica.

   Entendemos al criollismo como un proceso de liberación por un lado y de manifestación de orgullo por el otro, cuando el mexicano en cuanto tal, o el criollo, -incluso el indio- se crecen frente a la presencia dominante del español en nuestro continente. Maduran ante las reacciones de subestimación que se fomentan en la España del siglo XVIII que ve en el americano a un ser inferior en todos sentidos, incapaz de ser comparado con los hombres de espíritu europeo, que son los que ocupan los cargos importantes en la administración, cargos a los cuales ya puede enfrentarse el criollo también.

   David A. Brading nos dice que “las raíces más profundas del esfuerzo por negar el valor de la conquista se hallan en el pensamiento criollo que se remonta hasta el siglo XVI”. Desde entonces es visible la génesis del nacionalismo o patriotismo criollos que va a luchar por un espacio dominado por los españoles, tanto europeos como americanos, los cuales disfrutaban de un virtual monopolio de todas las posiciones de prestigio, poder y riqueza.

   Poco a poco fue despertándose un fuerte impulso de vindicación por lo que en esencia les pertenece pero que el sistema colonial les negaba. De esa manera el criollo y el mestizo también buscan la forma de manifestar un ser, una idea de identidad lo más natural y espontánea posible; logran separarse del carácter español, pero sin abandonarlo del todo, hasta que comenzó a forjarse la idea de un nacionalismo en potencia. De ahí que parte del planteamiento de la independencia y de la recuperación de la personalidad propia de una América sometida esté dada bajo los ideales del patriotismo criollo y el republicanismo clásico que luego buscaron en el liberalismo mexicano sumergido dentro del conflictivo pero apasionante siglo XIX.

   La asunción del criollo a escena en la vida novohispana es de suyo interesante. Quizás confundido al principio quiere dar rienda suelta a su ser reprimido, con el que se siente afín en las cosas que piensa. Y actúa en libertad, dejándose retratar por plumas como sor Juana o Sigüenza y Góngora, por ejemplo. No faltó ojo crítico a la cuestión y es así como Hipólito Villarroel en sus “Enfermedades que padece la Nueva España…” nos acerca a la realidad de una sociedad novohispana en franca descomposición a fines del siglo XVIII y cerca de la emancipación. Pero es con Rafael Landívar S.J. y su Rusticatio Mexicana donde mejor queda retratada esa forma de ser y de vivir del mexicano, del criollo que ya se identifica plenamente en el teatro de la vida cotidiana del siglo de las luces.

   Precisamente en su libro XV Los Juegos aparece una amplia descripción de fiestas taurinas. La obra fue escrita en bellos hexámetros, es decir: verso de la métrica clásica de seis pies, los cuatro primeros espondeo o dáctilo, el quinto dáctilo y el sexto espondeo. Es el verso épico por excelencia.

rusticatio-mexicana

Portadilla de la edición publicada en Bolonia el año de 1782.

   El poema nace en un clima espontáneo que armoniza los divergentes elementos de tres mundos: el latino, el español y el americano, amalgamados en la psicología del poeta bajo los fuegos vehementes del trópico guatemalteco, su cuna, y transidos por el espíritu de la altiplanicie mexicana, en la cual se desarrolló al arte y a la sabiduría.

   En el libro X: “Los ganados mayores” se apunta la vida del toro bravo en el campo. Pero, desde luego es el libro XV en el que se incluyen las peleas de gallos, las corridas de toros campiranas y las carreras de caballos.

   Nada, sin embargo, más ardientemente ama la juventud de las tierras occidentales como la lidia de toros feroces en el circo. Se extiende una plaza espaciosa rodeada de sólida valla, la cual ofrece numerosos asientos a la copiosa multitud, guarnecidos de vivos tapices multicolores. Sale al redondel solamente el adiestrado a esta diversión, ya sea que sepa burlar al toro saltando, o sea que sepa gobernar el hocico del fogoso caballo con el duro cabestro.

   Preparadas las cosas conforme a la vieja costumbre nacional, sale bruscamente un novillo indómito, corpulento, erguida y amenazadora la cabeza; con el furor en los ojos inflamados, y un torbellino de ira salvaje en el corazón, hace temblar los asientos corriendo feroz por todo el redondel, hasta que el lidiador le pone delante un blanco lienzo y cuerpo a cuerpo exaspera largamente su ira acumulada.

   El toro, como flecha disparada por el arco tenso, se lanza contra el enemigo seguro de atravesarlo con el cuerno y aventarlo por el aire. El lidiador, entonces, presenta la capa repetidas veces a las persistentes arremetidas hurta el cuerpo, desviándose prontamente, con rápido brinco esquiva las cornadas mortales. Otra vez el toro, más enardecido de envenenado coraje, apoyándose con todo el cuerpo acomete al lidiador, espumajea de rabia, y amenaza de muerte. Mas aquél provisto de una banderilla, mientras el torete con la cabeza revuelve el lienzo, rápido le clava en el morrillo el penetrante hierro. Herido éste con el agudo dardo, repara y llena toda la plaza de mugidos.

   Mas cuando intenta arrancarse las banderillas del morrillo y calmar corriendo el dolor rabioso, el lidiador, enristrando una corta lanza con los robustos brazos, le pone delante el caballo que echa fuego por todos sus poros, y con sus ímpetus para la lucha. El astado, habiendo, mientras, sufrido la férrea pica, avieso acosa por largo rato al cuadrúpedo, esparce la arena rascándola con la pezuña tanteando las posibles maneras de embestir. Está el brioso Etón, tendidas las orejas, preparado a burlar el golpe en tanto que el lidiador calcula las malignas astucias del enemigo. La fiera, entonces, más veloz que una ráfaga mueve las patas, acomete al caballo, a la pica y al jinete. Pero éste, desviando la rienda urge con los talones los anchos ijares de su cabalgadura, y parando con la punta metálica el morrillo de la fiera, se sustrae mientras cuidadosamente a la feroz embestida.

   El padre Rafael Landívar nació en la ciudad de Guatemala el 27 de octubre de 1731. En el curso de 1759 a 1960 Landívar pudo haber enseñado retórica en México, pero sus biógrafos se inclinan a que lo hizo en Puebla y en 1755 en México. El autor habla de su obra:

Intitulé este poema Rusticatio mexicana (Por los campos de México), tanto porque casi todo lo que contiene atañe a los campos mexicanos, como también porque oigo que en Europa se conoce vulgarmente toda la Nueva España con el nombre de México, sin tomar en cuenta la diversidad de territorios.

   Viene ahora la continuación al libro XV:

Pero si la autoridad ordena que el toro ya quebrantado por las varias heridas, sea muerto en la última suerte, el vigoroso lidiador armado de una espada fulminante, o lo mismo el jinete con su aguda lanza, desafían intrépidos el peligro, provocando a gritos al astado amenazador y encaminándose a él con el hierro. El toro, súbitamente exasperado su ira por los gritos, arremete contra el lidiador que incita con las armas y la voz. Este, entonces, le hunde la espada hasta la empuñadura, o el jinete lo hiere con el rejón de acero al acometer, dándole el golpe entre los cuernos, a medio testuz, y el toro temblándole las patas, rueda al suelo. Siguen los aplausos de la gente y el clamor del triunfo y todos se esfuerzan por celebrar la victoria del matador.

   Algunas veces el temerario lidiador, fiándose demasiado de su penetrante estoque, es levantado por los aires y, traspasadas sus entrañas por los cuernos, acaba víctima de suerte desgraciada. El toro revuelca en la arena el cuerpo ensangrentado; se atemoriza el público ante el espectáculo y los otros lidiadores por el peligro. Sucédense luego nuevas luchas, por orden, cuando se desea alternarlas con el fin de variar.

   Los mozos, en efecto, suelen aprestar para montarlo, un toro sacado de la ganadería, muy vigoroso, corpulento y encendido en amenazas de muerte. Uno de aquellos le sujeta en el lomo peludo los avíos, como si fuera caballo, y le echa al pescuezo un lazo; sirviéndose luego de él, impávido, a manera de larga brida, sube a los broncos lomos del rebelde novillo, armado de ríspidas espuelas y confiando en su fuerza. El animal, temblando de coraje, se avienta en todos sentidos, luchando violentamente por lanzar al jinete de su lomo. Ya enderezándose rasga el aire con los corvos cuernos, ya dando coces en el vacío arremete furibundo a todo correr, contra los que se le atraviesan; y cuando intenta saltar el redondel, alborota las graderías de los espectadores espantados.

   Como el líbico león herido por penetrante proyectil, amenaza con los colmillos, los ojos feroces y las mandíbulas sanguinarias, tiembla, se mueve contra sus astutos adversarios mostrando las garras, y ya se lanza por el aire con salto fulmíneo, ya corriendo velozmente fatiga a los cazadores; lo mismo el toro, encolerizado por el extraño peso, trastornando la plaza embiste ora a unos, ora a otros. Pero el muchacho sin cejar se mantiene inconmovible sobre el lomo, espoleándolo constantemente.

   Y aun también, el muchacho jinete blandiendo larga pica desde el lomo del cornúpeta, manda a los de a pie sacar otro astado de los corrales y a puyazos lo empuja gozoso por todo el llano. Atolondrado al principio por la novedad, huye precipitadamente de su compañero enjaezado vistosamente.

   Pero aguijoneando su dorso por la punzante pica, se enfurece encendido de cólera, embiste a su perseguidor, y ambos se trenzan de los cuernos en bárbara lucha. Mas el robusto jinete dirime la contienda con la pica, y continúa persiguiendo a los toros por la llanura, hasta que con la fatiga dejen de amenazar y doblegados se apacigüen.

   Toda ella es una hermosa, soberbia y fascinante descripción de la fiesta torera mexicana, con un típico y profundo sabor que, desde entonces comienza a imprimirle el criollo, deseoso por plasmar géneros distintos al tipo de fiesta que por entonces domina el panorama. Ese aspecto se determinaba desde luego por lazos de fuerte influencia española que aún se agita en la Nueva España en vías de extinción.

   A la pregunta de qué, o cómo es el criollo, se agrega otra: ¿quién permite el surgimiento de un ente nuevo en paisaje poco propicio a sus ideales?

   Una respuesta la encontramos en el recorrido que pretendo, desde la Contrarreforma hasta el siglo XVII en España concretamente.

   Este movimiento católico de reacción contra la Reforma protestante en el siglo XVI tiene como objeto un reforzamiento espiritual del papado y de la Iglesia de Roma, así como la reconquista de países centroeuropeos como Alemania, Países Bajos, Dinamarca, Suecia, Inglaterra instalados en la iglesia reformada. Pero la Contrarreforma fue a alterar órdenes establecidos. Italia fue afectada en lo poco que le quedaba de energía creadora en la ciencia y la técnica.

   José Ortega y Gasset escribió en la Idea del principio en Leibniz su visión sobre los efectos de aquel movimiento. Dice:

Donde sí causó daño definitivo la Contrarreforma fue precisamente en el pueblo que la emprendió y dirigió, es decir, en España.

   Pero en el fondo la Contrarreforma al aplicar una rigurosa regimentación de las mentes que no era más que la disciplina al extremo logró que el Concilio de Trento celebrado en Italia de 1545 a 1563 restableciera -entre otras cosas- el Tribunal de la Inquisición. Por coincidencia España sufría una extraña enfermedad.

Esta enfermedad -dice Ortega- fue la hermetización de nuestro pueblo hacia y frente al resto del mundo, fenómeno que no se refiere especialmente a la religión ni a la teología ni a las ideas, sino a la totalidad de la vida, que tiene, por lo mismo, un origen ajeno por completo a las cuestiones eclesiásticas y que fue la verdadera causa de que perdiésemos nuestro imperio. Yo le llamo “tibetanización” de España. El proceso agudo de esta acontece entre 1600 y 1650. El efecto fue desastroso, fatal. España era el único país que no solo necesitaba Contrarreforma, sino que ésta le sobraba. En España no había habido de verdad Renacimiento ni por tanto, subversión. Renacimiento no consiste en imitar a Petrarca, a Ariosto o a Tasso, sino más bien, en serlos.

   El fenómeno es fatal pues mientras las naciones europeas se desarrollan normalmente, la formación de España sufre una crisis temporal. Por tanto esto retardó un poco su etapa adulta, concentrándose hacia adentro en sus progresos y avances. En España lo que va a pasar entonces es una hermetización bastante radical hacia lo exterior, inclusive -y aquí nos fijamos con mayor atención- hacia la periferia de la misma España, es decir, sus colonias y su imperio.

   Coincide la tibetanización española -en la primera mitad del siglo XVII- con el movimiento criollista que comienza a forjarse en Nueva España.

   ¿Serán estas dos tremendas coincidencias: criollismo y tibetanización, puntos que favorezcan el desarrollo de una fiesta caballeresca primero; torera o pedestre después con singulares características de definición que marcan una separación, mas no el abandono, de la influencia que ejerce el toreo venido de España? Además si a todo esto sumamos el fenómeno que Pedro Romero de Solís se encargó de llamar como el “retorno del tumulto” justo al percibirse los síntomas de cambio generados por la llegada de la casa de Borbón al reinado español desde 1700, pues ello hizo más propicias las condiciones para mostrar rebeldía primero del plebeyo contra el noble y luego de lo que este, desde el caballo ya no podía seguir siendo ante la hazaña de los de a pie, toreando, esquivando a buen saber y entender, hasta depositar el cúmulo de experiencias en la primera tauromaquia de orden mayor: la de José Delgado “Pepe-Hillo”.

   Si el criollo encontraba favorecido el terreno en el momento en que los borbones -tras la guerra de sucesión- asumen el trono español, su espíritu se verá constantemente alimentado de cambios que atestiguará entre sorprendido y emocionado. Dos casos: la expulsión de los jesuitas en 1767, compañía que la Contrarreforma estimuló y en la Nueva España se extendió por todos los rincones y provincias. La ilustración, fenómeno que, bloqueado por las autoridades novohispanas y reprobado ferozmente por el santo Oficio sirvió como pauta esencial de formación en el ideal concreto de la emancipación cuyo logro al fin es la independencia, despierta desde 1808.

   Todo esto, probablemente sea parte de los giros con que la tauromaquia en México haya comenzado a dar frutos distintos frente a la española, más propensa a fomentar el tecnicismo, ruta de la que nuestro país no fue ajeno, aunque salpicada -esta- de “invenciones”, expresión riquísima que dominó más de cincuenta años el ambiente festivo nacional durante el siglo antepasado.

  Nos encontramos ante un nuevo horizonte, como los habitantes de aquella Nueva España, dedicados a seguir estableciendo no sólo un sistema político, sino también un sistema de vida más o menos paralelo al dominante en España. El temor de una reyerta, el de una invasión a esas construcciones de tipo renacentista, es decir, fortalezas, se terminó y las del XVI no existen más que como asentamientos a las del XVII, tales como las iglesias de Jesús Nazareno (1601); San Pedro y San Pablo (1604); Santiago Tlatelolco (1609); San Jerónimo (1623), etc.

   Fue entonces cuando las influencias como el barroco mexicano, o el manierismo en cuanto tal, se inyectaron en las bellas artes de aquel tiempo. En las letras –y particularmente en la poesía-, encontramos una continuada idealización del espíritu literario habida durante el siglo XVI, y que con el gongorismo o culteranismo se elevó a estaturas nunca antes concebidas.

   Finalmente, la “oscuridad” a que me refiero, es sobre aquella falsa idea que existió hasta hace algún tiempo entre cierto sector de historiadores, quienes reprochaban la escasa existencia de fuentes para el estudio de diversas líneas de investigación. Afortunadamente ha podido superarse el equívoco, pues los archivos y bibliotecas -públicos y privados-, ofrecen en sus repositorios y colecciones abundante información que hoy día, ha alcanzado niveles nunca antes pensados, sobre todo a partir de la presencia de esa plataforma llamada “internet”. Evidentemente este recurso aún no ha llegado al punto de “poner todo lo habido y por haber sobre la mesa”. Podría atreverme a decir que ante el escenario documental, son infinitas las posibilidades para producir y sustentar cuanto tema vaya surgiendo. En este caso particular, la tauromaquia novohispana del siglo XVII tiene un abundante despliegue de fuentes dispuestas para su lectura, revisión e interpretación.

CONTINUARÁ.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (XVII). EL SIGLO XVII O SALIENDO DE SU “OSCURIDAD”.

EL CRIOLLISMO Y LA TIBETANIZACIÓN: ¿EFECTOS DE LO MEXICANO EN EL TOREO? SIGLO XVII. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   El barroco cobija y estimula todo sentido derivado de la fiesta, no sólo en España, también en la Nueva España. Surge en unos momentos en que el imperio español y sus colonias están harto necesitados en proyectar expresiones artísticas que se mantuvieron aisladas del mundo, debido al proceso introvertido que en lo personal tengo identificado como de la “tibetanización”. Así, mientras el medioevo se prolongó dejando pocas posibilidades de acción e influencia al renacimiento, el barroco permite la liberación de inquietas manifestaciones estéticas, siendo la integración y constitución del “siglo de oro de las letras españolas” el mejor ejemplo de entre los muchos alcances logrados en el ámbito cultural, lo mismo en Europa que en América.

   En esos años el pueblo es espectador y aunque deseoso de participar en diversas fiestas de carácter eminentemente oficial, tanto del poder político como del religioso, no puede. Quienes sí logran intervenir directamente en su ejecución son el clero y la nobleza, que por entonces detentaban importante influencia. Sin embargo, el calendario litúrgico dio motivo para que el pueblo aprovechara las diversas razones y pretextos, llevando a cabo una rica variedad de fiestas (fiestas de mayo y de la cosecha, carnavales, conmemoraciones, etc.), pasando de la observación a la ejecución, lo cual reafirmó el sentido de intensidad que con el tiempo ganó en cantidad. También en espectacularidad.

   Así que una y otra fiesta: oficial-religiosa y profana invaden el escenario en términos impresionantes, al mismo tiempo en que surge y se engrandece el barroco. Ya lo dice José María Díez Borque: “El poder genera en el XVII, una variada gama de fiestas, con funciones de ostentación, propaganda, exhibición, encaminadas a promocionar fidelidades”. Para ello la casa real fue una de las principales promotoras al generarse a su interior diversas razones que por obvias razones [sic] no se quedaban en la simple celebración “doméstica”. Era preciso trascenderlas. Y para eso, allí estaba el pueblo, motor y vehículo masivos, quien se sumaba de manera multitudinaria al o a los festejos que van de los nacimientos y bautizos; a los matrimonios o nupcias reales; o de la proclamación de un nuevo rey y su opuesto: la muerte y los funerales.

   El regocijo se desbordaba en banquetes, correr toros,[1] comedias, cañas,[2] juego de la alcancía,[3] juego de la sortija,[4] fiesta de los encamisados,[5] fuegos de artificio. El respeto y “fidelidad” en catafalcos y lujos funerarios. Entre gula y templanza de la destreza; entre el misterio espectacular de la cabal muestra del carácter caballeresco como señal orgullosa de una España que poco a poco se va quedando en el recuerdo, el siglo XVII es esa maravillosa y propicia región temporal donde ocurrieron semejantes grandezas.

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Un noble español, o quizá un integrante de la élite criolla, monta a caballo y se dispone a alancear al toro, suerte que fue predominante en el siglo XVII.

Esta y las siguientes imágenes, son selecciones deliberadamente registradas, y que provienen del Códice de Tlatelolco (1733). Col. Marco Antonio Ramírez. Imagen tomada del libro: El toreo en Morelia. Hechos y circunstancias. Sus autores: Luis Uriel Soto Pérez, Marco Antonio Ramírez Villalón y Salvador García Bolio. Morelia, Mich., Centro Cultural y de Convenciones Tres Marías, 2014. 223 p. Ils., fots., facs., cuadros., p. 46.

   A todo esto se agregaba un calendario celebrativo que operaba al ritmo tanto de las estaciones como del santoral sin faltar el cumplimiento del rito ancestral. En palabras de Borque nos dice por tanto lo que va a ser la fiesta durante el barroco: “simular, ocultar, aparentar, crear nuevas realidades aparenciales, dar forma a los mitos…” tan inmediatos a todo lo desarrollado en el teatro, otra importante forma de expresión desbordada.

   No faltaban las mojigangas, forma primigenia de mascarada festiva, en la que el uso de trajes ridículos era señal del espíritu de simulación tan propio del teatro. Esto es, que entre la plaza y el teatro hubo un permanente sincretismo del cual la plaza pública, sitio propicio para la celebración oficial o religiosa, y también la profana, se benefició con un decorado magnífico que hizo suyo a partir de las expresiones del teatro, el cual, sin lugar a dudas compartió entre una infinidad de invisibles hilos conductores.

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En el códice, la mano indígena da quizá una primera representación de la bravura agregando en el hocico del toro una llamarada, símbolo que en conjunto, demuestra fuerzas superiores capaces de haber producido un percance, tal cual parece quedar demostrado en el indígena que, a la izquierda, aparece derribado, en actitud de estar herido. Suelto el cuerpo, la capa enrojecida por la sangre, y la espada de hoja serpenteada que cayó por ahí luego del incidente.

   En medio de aquella “comunicación”, y con la decidida participación de protagonistas y espectadores, la respuesta que se tuvo fue un “desenfreno y un vértigo de la fiesta, que momentáneamente alteraba el orden, con lo que se recuperaba no sólo la estabilidad de clases sociales, sino también el oscuro origen de la moral y de la religión”, como lo apunta Antonio Bonet Correa.

   Y es que el mundo caballeresco y medieval fue aprovechado con objeto de reafirmarle poder e influencia en unos momentos en los cuales, la fiesta de toros, en cuanto tal, pudo encontrar condiciones propicias para su mejor organización e incluso para su primitiva codificación, con lo que habrán de verse las primeras condiciones de profesionalización, lo que no la distanciaba de su composición original.

   La ornamentación del barroco taurino permite una constante exhibición de diversas puestas en escena, ricas todas, y cada una de ellas diferentes a las demás, de no ser porque la lidia o el juego con un toro representa en sí misma la antítesis de la monotonía, en el entendido de la existencia de aquellas riquezas teatrales y parateatrales incorporadas ya sin ningún tipo de prurito o de inconveniente. Torneo y teatro en el mismo sitio, manifestación que, con sus variantes temporales, así como la llegada de nuevos modos y modas, se extendería hasta ya muy avanzado el siglo XIX.

   De ahí que

en toda fiesta se reflejan las pasiones, los temores y las esperanzas de un pueblo o de una colectividad. En la época barroca, en especial en España, en la que la preocupación esencial era la salvación individual del hombre, la fiesta, fenómeno colectivo, estaba plena de contrastes. Frente al libre albedrío personal se oponía el rígido orden político y social. La sumisión al dogma y a la monarquía estaba fuera de discusión, de la misma manera que cada individuo pertenecía, sin posibles cambios, a un estamento o clase social. La fiesta era un espejo que devolvía a cada participante su papel e imagen en el mundo, fuera de su propio destino escatológico. De ahí que la fiesta estuviese organizada de acuerdo con las clases sociales, que cada una tuviese su puesto en ella, que pagase la parte que le correspondía, que desfilase o participase con sus comitivas y juegos y levantase sus propias arquitecturas efímeras. Aparte la ordenación general de la fiesta a cargo del Ayuntamiento, hay que contar con los ornatos y las luminarias que corrían a cuenta de las órdenes religiosas y de particulares adinerados. Pero no se puede comprender bien la fiesta si no se precisan cuáles eran sus partes y sus tiempos, los distintos actos y desfiles públicos. En la fiesta barroca, había la fiesta de los nobles, encargados de protagonizar los juegos de cañas, de sortijas, batallas simuladas, corridas de toros, cabalgadas, parejas y otros ejercicios y destrezas ecuestres. Junto con ella había la fiesta de las corporaciones o instituciones intelectuales –Universidades y Colegios- que sacaban sus carros y hacían sus mojigangas, justas poéticas u otros actos de carácter literario. A estas fiestas hay que añadir las que organizaban los conventos y las parroquias, con sus altares callejeros, procesiones, funciones y ejercicios piadosos de carácter festivo. Por último, debe añadirse la fiesta popular y “carnavalesca” de los gremios. Cada oficio concurría con sus cuadrillas y comparsas de a pie. Su cortejo era variopinto y de divertido aspecto. Su participación era la más proteica y numerosa. Abierta la marcha del desfile con los lucidos y elegantes juegos de equitación de los nobles, acababa con el mundo más a ras de tierra y pleno de simbolismos grotescos de lo popular (…)

   El fondo secular y milenario que compone el magma de la fiesta barroca se hace evidente al analizar sus componentes. Las jerarquías sociales constituyen su rígida estructura. Los nobles y la equitación son sus principales participantes en tanto que actores que se muestran al público con sus atributos de clase privilegiada. Son como galanes de cine, héroes valerosos y sin tacha que igual caracolean un caballo que alancean un toro o saludan al rey, el cual era su primo, el primero entre los pares. Cuando el rey Felipe IV bajó de su balcón a la plaza para abatir una fiera, como sucedió en una corrida de la Plaza del Parque en Madrid, de un arcabuzazo “sin perder la mesura real”, tal como lo cuenta José Pellicer de Tovar en su Anfiteatro de Felipe el Grande (1631), hacia un acto de valor y destreza en el que su condición de rey quedaba exaltada a lo máximo. Las batallas y combates simulados, los torneos fingidos con estafermos y las otras lides y juegos a la ginetas muestran los aspectos arcaizantes de las fiestas barrocas. Acabada la Reconquista y a medida que el feudalismo decaía, tomó auge la vida urbana y cortesana. Los nobles que habían abandonado sus solares y posesiones provincianas en el campo al habitar en la ciudad, sólo pueden mostrar su condición guerrera en las paradas y ejercicios militares de las fiestas. Su campo de batalla será la palestra de la Plaza Mayor, el Coso o la Corredera de una ciudad, luciendo su virtual valentía ante el rey, las damas y el público popular, buscando su aplauso y aclamaciones.

   Pero en donde todavía se hace más evidente el fondo viejo y ancestral de la fiesta barroca es en las mojigangas, en las que los enmascarados con figuras de animales recordaban el substrato totémico de la fiesta. En todas las fiestas la realización de las mojigangas, que desfilaban con carros y cortejos haciendo un largo recorrido por la ciudad, correspondía a los gremios.[6]

   Nada más parecido, como legítimo espejo de la realidad, lo vamos a encontrar en la fiesta novohispana, eso sí, con sus peculiares diferencias envueltas en el particular carácter americano.

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Otro indígena, apenas cubierto con un taparrabo, dispuesto a realizar la suerte de la “lanzada a pie”.

   En ese pequeño universo de posibilidades, en la medida en que se acentuara la recreación, magnificencia y esplendor, tanto en los escenarios como en la forma de vestir y hasta de actuar de parte de los actores y los espectadores, en esa medida se lograba alcanzar con creces el propósito de toda la organización: una fiesta lucidísima que excitara en su totalidad los fines para la cual fue concebida, lo mismo para exaltar el motivo religioso, oficial o profano no dejando espacios por cubrir, porque

Toda fiesta barroca aspiraba a dejar un recuerdo imperecedero para aquellos que tuvieran la fortuna de asistir a su celebración. También a causar la envidia  universal de aquellos que, viviendo en otros lugares, no habían podido acudir al lugar mismo de la fiesta. Para dejar memoria y satisfacer la curiosidad de los lectores se creó un género –el de las Relaciones o Triunfos– que hacían el relato detallado de las solemnidades y describían minuciosamente los Cortejos, Carros, Arquitecturas y demás Ornatos efímeros. Obras literarias situadas entre el periodismo actual de reportaje informativo y la escritura laudatoria de tipo político, están en los mejores casos, ilustrados con grabados. El libro más bello de su género en el barroco español es el de Torre Farfán, Fiestas de la Santa Iglesia Metropolitana y Patriarcal de Sevilla al Nuevo Culto del Señor Rey San Fernando (Sevilla, 1671), en el que un tomo in folio se reproducen en láminas desplegables las obras efímeras de Murillo, Valdés Leal, Herrera el Mozo, Bernardo Simón Pineda, Arteaga, etc…, ejecutadas para tan fastuosas fiestas.[7]

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En el escenario rectangular, disposición que fue trazada para la plaza en que convivieron españoles, criollos e indígenas, puede observarse que se realizaba también una antigua representación tal cual se debe haber dado pocos años después de la conquista, pues los personajes visten ropajes de acuerdo a aquella época. La aportación aquí visualizada, deja observar a un español o criollo llevando en la mano diestra una capa, con lo que se entiende que el toreo de a pie, en medio de sus insinuaciones ya es un procedimiento admitido o aceptado en las plazas, no importando quien realizara aquella labor. Solo quedaba romper el abismo que las normas impusieron a favor de los nobles españoles, que podían seguir montando a caballo mientras la élite indígena luchaba por ser aceptada en ese nuevo papel, y donde el caballo representó esa larga aspiración de encumbramiento a la vista de todos.

   Pero en España y también sus colonias

Los desastres de la guerra de la Independencia y la quiebra de la monarquía absoluta acabaron con el equilibrio social y la conciliación política. A partir de entonces la fiesta pública en las calles y plazas de la ciudad declinó, desapareciendo el antiguo esplendor de las arquitecturas efímeras y la parafernalia de los cortejos, comitivas y comparsas lúdicas, a la vez que perdía todo su valor purificador y salvador de necesaria y de tiempo en tiempo obligada catarsis colectiva.[8]

   Ese fue el tiempo en que las fiestas tuvieron que entrar en un receso obligado, para retornar vigorosas años más adelante y manifestarse –eso sí, bajo otras condiciones- durante una buena parte del siglo XIX.

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Es ahora el indígena, nuevamente representado bajo el modelo que se seguía desde los más antiguos códices, aunque más “estilizado”, según el quehacer del artista que, en 1733 termina plasmando esta escena, en la que el natural realiza una suerte en la que apoyado de una capa, va a consumar la suerte con una espada cuya punta presenta una curvatura peculiar. Pero en el fondo no es más que la clara evidencia de que el toreo de a pie se convertirá, a pasos agigantados, en el nuevo componente de la tauromaquia.

   José Antonio Maravall nos permite entender y reafirmar que la fiesta del barroco no era espartana, sino de un ascetismo brutal, inhumano, en donde no se pretendía adormecer, sino anular primero toda autonomía en la conciencia del pueblo, para dominarlo después. Por su parte César Oliva, plantea que la fiesta que va desde mediados del siglo XIV y que luego se sofistifica durante el XVII, hay que entenderla como un todo, o como un espectáculo total, en donde las fronteras de los elementos constituyentes no son rigurosamente fijas. Es difícil, cuando no inútil, intentar separar dónde empieza, y dónde acaba el elemento festivo, y dónde acaba y dónde empieza el teatral; de la misma manera que es ocioso delimitar los elementos religiosos y profanos. Y es curioso, pero las fiestas sintetizan, casi rítmicamente, periodos de “gracia” y periodos de “pecado”, lo que nos hace volver los ojos a una de las más representativas, iniciada en la cuaresma y que culmina con el domingo de resurrección. Por otro lado, se encuentra aquella que se desata en ese mismo domingo de resurrección y explota en medio de muchas otras, hasta llegada la víspera del inicio de la cuaresma, luego de que el carnaval despidió al último pecador, cumpliéndose una vez más otro de los ciclos de que está constituido el calendario litúrgico, el que, independientemente de todos aquellos pretextos de origen político o social, seguía cumpliéndose en términos muy exactos.

   Durante este siglo se mantienen firmes las expresiones del toreo caballeresco, dominantes en la vieja y nueva España. Creció notablemente la afición de personajes de la nobleza, cuyas hazañas quedaron plasmadas en versos y relaciones de fiestas, que hoy son testimonio curioso. Tan es así que la poetisa María de Estrada Medinilla escribió en 1640 y, por motivo de la entrada del virrey don Diego López Pacheco (…) Marqués de Villena, la Descripción en Octavas Reales de las Fiestas de Toros, Cañas y Alcancías, con que obsequió México a su Virrey el Marqués de Villena.

   Dicha obra es muestra del esplendor taurómaco que se vivía por entonces. La misma autora en otra obra suya escribe: “que aun en lo frívolo, como son los toros, los juegos de cañas y las mascaradas, las que se celebran aquí serán mejores que las que puedan celebrarse en España”.

CONTINUARÁ.


[1] César Oliva: “La práctica escénica en fiestas teatrales previas al Barroco” (p. 97-114). En DÍEZ BORQUE, José María, et. al.: Teatro y fiesta en el barroco. España e Iberoamérica. España, Ediciones del Serbal, 1986. 190 p. Ils., grabs., grafcs., p. 108-109.

Correr toros. Ya se hace mención a esta fiesta en el Código de las Siete Partidas. Se trata de acosar al toro por hombres de a pie. Cuenta con gran participación popular, aunque el juego encierra su peligro, como atestiguan los cuatro fallecimientos en Tudela del Duero, en 1564. Entre sus innumerables variantes, estaba el acoso a caballo, como la principal: también diversas suertes, como el alanceo y la garrocha. La corrida no terminaba con la muerte del toro, aunque sí eran asaetados.

[2] Op. Cit. Juegos de cañas. El caballero llevaba en una mano la caña, especie de fina lanza de madera, y en la otra, un escudo. Los hombres se agrupaban en cuadrillas, formadas por tres, cuatro, seis u ocho miembros. Cada grupo arrojaba sus cañas sobre el otro, volviendo grupas rápidamente, pues eran atacados por aquellos. El que los perseguidores se convirtieran en perseguidos, y éstos en aquellos, proporcionaba al juego un continuo movimiento, que duraba horas y horas.

[3] Ibidem. Juego de la alcancía. Los caballeros se tiraban unos a otros, también dispuestos en grupo, gruesas bolas de barro secado al sol, del tamaño aproximadamente de una naranja. Al ir tales bolas rellenas de flores, y romperse en tales batallas, se esparcían por el lugar agradables olores, al tiempo que “la batalla” alcanzaba notable espectacularidad.

[4] Ibid. Juego de la sortija. Los participantes lanzaban sus caballos sobre una serie de sortijas que penden a 2 ó 3 metros. Se trata de introducir la punta de su lanza por tales sortijas, que eran de hierro, de una pulgada de diámetro.

[5] Ib. Fiesta de los encamisados. Se celebra la víspera de San Juan. “Fiesta que todas las naciones celebran”, dice Ginés Pérez de Hita en sus Guerras civiles…

[6] Antonio Bonet Correa: “Arquitecturas efímeras, Ornatos y Máscaras” (p. 41-70). En: DÍEZ BORQUE, José María, et. al.: Teatro y fiesta en el barroco. España e Iberoamérica. España, Ediciones del Serbal, 1986. 190 p. Ils., grabs., grafcs., p. 43-45.

[7] Antonio Bonet Correa: “Arquitecturas efímeras…, op. Cit., p. 52.

[8] Ibidem., p. 66-67.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (XVI). UN CIERRE POÉTICO DEL PRIMER SIGLO DE CONVIVENCIA TAURINA EN LA NUEVA ESPAÑA.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

SIGLO XVI.

   Antes de hacer el recuento poético creado en la Nueva España, debo incorporar un análisis que elaboró José Alameda sobre un verso de Gonzalo de Berceo, y que lo hizo frente a la omisión de José María de Cossío. Berceo no fue un poeta novohispano, pero Alameda, aunque español, hizo lo mejor de su vida y de su obra en México.

   Que yo sepa –dice José Alameda-, nadie ha revelado quién es el poeta y cuál el poema en que aparece por primera vez el tema del toro en nuestra lengua. Y eso que el poeta es el primero de las letras castellanas con nombre conocido y que en el poema pertenece a una de sus obras más repasadas y estudiadas.

   El poeta es nada menos que Gonzalo de Berceo y el poema, incluido en “Los milagros de Nuestra Señora”, es el de “El Clérigo embriagado”.

   Antes que ntodo, voy a transcribir el texto del poema a que me estoy refiriendo, aunque para la mejor comprensión de los lectores, haga una cierta adaptación del castellano antiguo al actual. Frente a Berceo, y en casos similares, se utilizan dos sistemas: uno, el de dar sus versos tal como los escribiera, lo que resulta en ocasiones confuso para el lector de hoy; otro, el de ofrecer junto al original, una versión libre, que resulta explicativa, pero que no rinde en modo alguno los valores literarios de la obra, antes al contrario, los desdibuja, cuando no los anula. Cabe un tercer modo, el de cambiarle al texto lo imprescindible; ello supone, claro está, una licencia en quien transcribe el texto, pero evita complicaciones.

   Aquí está lo que el sencillo y candoroso, pero gran poeta, escribe de la Virgen y del toro:

EL CLÉRIGO EMBRIAGADO

(Fragmento)

 

Entró en una bodega un día por ventura,

bebió mucho del vino, lo hizo sin mesura,

se embriagó como un loco y fuera de cordura

se durmió hasta las vísperas sobre la tierra dura.

 

A la hora de vísperas, el sol ya enflaquecido,

recordó malamente, pues estaba aturdido,

y al volver a clausura, hablaba sin sentido,

todos se percataron que estaba bien bebido.

 

Aunque casi en los pies no se podía tener,

dirigióse a la iglesia cual lo solía hacer.

Quiso el diablo entonces zancadilla poner

a quien le parecía muy fácil de vencer.

 

En figura de toro que se encuentra excitado,

rascando con los pies, el cielo demudado,

con fiera encornadura y con saña airado,

parósele delante el traidor bien probado.

 

Le hacía gestos malos la cosa endiablada

como si al corazón lanzase la cornada,

estaba ya el buen hombre dispuesto a la espantada,

más llegó la Gloriosa, la Virgen coronada.

 

Vino Santa María con su ser ocultado

tras el hábito y nadie la hubiera sospechado,

pero se metió en medio del hombre y el pecado,

y el toro, tan soberbio, luego quedó amansado.

 

Le amenazó la dueña con la falda del manto,

haciéndole con ello sentir tan gran quebranto,

que se alejó entre gritos horrísonos de llanto.

Y quedó en paz el monje, gracias al Padre santo.

    Sorprendente es que incluso José María de Cossío, el erudito de mayor dedicación a la literatura taurina, haya pasado por alto este poema y no lo incluya en su libro antológico, Los toros en la poesía castellana. Más tarde, en su diccionario Los Toros, se refiere a él, pero brevemente y sin señalar nunca que Berceo es el primer poeta de lengua castellana en que aparece el tema del toro. En cambio, insiste en valorizar otro poema de Alfonso X el Sabio, una cantiga en galaico portugués, que por lo tanto no pertenece a la literatura de nuestra lengua, ni está probado que sea anterior a Berceo, pues la vida de éste transcurre de 1195 a 1264 y la de Alfonso el Sabio, de 1221 a 1284, (Entre paréntesis, diré que por lo que a calidad respecta, mal se podría comparar aquel importante rey aficionado a las letras con el gran poeta que por su obra toda es el sencillo y genial fraile riojano). Quizá el motivo de que Cossío no ponga de relieve la verdadera importancia histórica del poema de Berceo, sea la omisión cometida en aquel primer libro, que lo lleva después a minimizar el asunto, para no hacer más obvia la falla al subsanarla.

   Creo que es aquí, en este breve volumen que tienes entre tus manos, lector, donde por primera vez se le reconoce explícitamente al poema de Berceo su jerarquía inaugural.

   Berceo es el primer poeta de la lengua castellana con nombre conocido y es también el primero que introduce al toro en su obra.

   Este ingenuo relato del siglo XIII, ha de ser por lo tanto, el primero en cualquier antología sobre el tema taurino en la poesía castellana, pues el antólogo puede espigar y desechar, pero eso será respecto a las piezas posteriores, no respecto a la primera, que es literalmente fundamental –fundacional- puesto que abre el tema. Aquí, en rigor no cabe elección. Es una pieza “necesaria”.

   Pudiera alguien pensar que el episodio de “El Clérigo embriagado”, no cae dentro del marco que a su tema da Cossío, pues no trata del espectáculo que se desarrolla ante el público, sino que viene a ser una interferencia del tema del toro, en otro asunto. Pero la objeción queda sin base, cuando el propio Cossío afirma: “Existe una poesía de toros cuyo fin e intención son específicamente taurinos. No es esta la poesía que capitalmente me interesa, sino la hecha con desinteresada intención artística, en que, ya el tema, ya accidentes suyos, tienen relación con la fiesta de los toros”.

   “La presencia del recuerdo de la fiesta de toros en las actividades españolas aparentemente más distante de ella, es suceso comprobado y sobre el que parece superfluo insistir”.

   Y, en otro párrafo asevera José Alameda:

   “El tema eterno del toro, lejos del ámbito taurino, empieza a interferirse en los más venerables textos”.

   ¿Pues qué texto más “venerable” que “Los milagros de Nuestra Señora” como ejemplo de esa interferencia?[1]

   Los poemas autóctonos deben haberse revelado a partir del 20 de abril de 1521 (y antes, el 21 de abril de 1519, junto con un romance de Calaínos), de pronto eclipsados por la poesía castellana que llegó y se aposentó lentamente en estas tierras, y esa mañana triste:

1521

Mira Neto de Tarpeya…

Mira Neto de Tarpeya,

a Roma cómo se ardía

en Tacuba está Cortés

con su escuadrón esforzado;

triste estaba y muy penoso

una mano en la mejilla

y la otra en el costado (…)[2]

que cita Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.[3]

   Las solemnidades de gozo, fiestas o regocijos taurinos de casi cinco siglos, nos convocan a iniciar esta relación poética, para lo cual sólo advierto que se me consideren probables omisiones con tantos y tantos autores de diversas épocas que, muy seguro, habrán de escaparse, porque ni está agotado el tema y nombres han de faltar para magnificar el presente trabajo.

   De los manuscritos e impresos del siglo XVI, “poquísimos han resistido a las calamidades de que han sido víctimas, por la polilla, las inundaciones, los robos, las incurias de sus poseedores y más que todo la frecuente escasez de papel provocaban a destruir viejos libros, no menos que su emigración -creciente y dolorosa- a tierras extrañas”.[4]

   Demos pues, comienzo a la relación de los entremeses poéticos.

   Desde luego, las primeras composiciones poéticas tuvieron gran arraigo entre las festividades caballerescas, y en ellas están los motes o divisas elegidos por las cuadrillas que intervinieron en los primeros juegos de cañas o sortijas en México, esto es, en agosto 16 y 17 de 1521 (sortijas); así como de octubre de 1522 (juegos de cañas). El caballero lo usaba particularmente en obsequio a su dama o en afrenta gallarda que luego se demostraba en traveses y evoluciones vistosísimas en tales demostraciones lúdico-hípicas. Se dice también que en una de las veces en que Hernán Cortés salió a correr sortija, sacó por empresa en el escudo la rueda de la fortuna una figura de plata representando un hombre que tenía en la diestra un martillo y en la mano izquierda un clavo, con la leyenda que decía:

 1521

Clavaré cuando me vea…

 Clavaré cuando me vea

do no haya más que posea.

    La leyenda nos indica las intenciones con que venía Cortés a México.

   Juan de la Cueva y Francisco Cervantes de Salazar son los autores que, por contar en sus obras diversos pasajes de aire caballeresco, no escapan a esta revisión.

   De la Relación Fúnebre a la infeliz trágica muerte de dos Caballeros…”,[5] aunque escrita a mediados del siglo XVII por Luis de Sandoval y Zapata tenemos la siguiente muestra:

 LA CONJURACIÓN DE MARTÍN CORTÉS...

Juan Suárez de Peralta: La conjuración de Martín Cortés y otros temas. Selección y prólogo de Agustín Yánez. México, 2ª edición. Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Humanidades, 1994. XIV-143 p. Ils. (Biblioteca del estudiante universitario, 53). (Portada).

 1566

¡Ay, Ávilas desdichados!

 

¡Ay, Ávilas desdichados!

¿Quién os vio en la pompa excelsa

de tanta luz de diamantes,

de tanto esplendor de perlas,

ya gobernando el bridón,

ya con ley de la rienda,

con el impulso del freno

dando ley en la palestra

al más generoso bruto,

y ya en las públicas fiestas

a los soplos del clarín,

que sonora vida alienta,

blandiendo el fresno o la caña

y en escaramuzas diestras

corriendo en vivientes rayos,

volando en aladas flechas.

Y ya en un lóbrego brete

tristes os miráis, depuesta

la grandeza generosa.[6]

    Tal manuscrito se ocupa de la degollación de los hermanos Ávila, ocurrida en 1566, suceso un tanto cuanto extraño que no registra la historia con claridad,[7] y sólo se anota que los criollos subestimados por los peninsulares o gachupines, fueron considerados por éstos como enemigos virtuales. Ya a mediados del siglo XVI la rivalidad surgida entre ellos no sólo era bien clara y definida, sino que encontró su válvula de escape en la fallida conjuración del marqués del Valle, descendiente de Cortés, y los hermanos Ávila, reprimida con extremo rigor, en el año 1566.[8]

LA CASA DE LOS ÁVILA...

Artemio de Valle-Arizpe: La casa de los Ávila. Por (…) Cronista de la Ciudad de México. México, José Porrúa e Hijos, Sucesores 1940. 64 p. Ils., p. 51.

   Ya que ha salido “entreverado” el marqués del Valle, se anota que “en sus grandes convites…, eran quizás las fiestas de una semana por el bautizo de los hijos gemelos del marqués, en que hubo torneos, salvas, tocotines y un fantástico banquete público en la Plaza Mayor…” A propósito, de los juegos más señalados (encontramos los realizados durante el bautizo de) don Jerónimo Cortés en 1562.[9]

   Y es que don Martín manifestó el empeño en celebrar el nacimiento de sus hijos con grandes torneos, como el famoso de 1566, cuando, por una tormenta llegó con su mujer al puerto de Campeche y nació allí su hijo Jerónimo, fueron a “la fiesta del cristianísimo el obispo de Yucatán, don Francisco Toral, y muchos caballeros de Mérida” y “…hubo muchas fiestas y jugaron cañas”. Posteriormente, cuando llegó el marqués del Valle a México, Juan Suárez de Peralta afirmó: “gastóse dinero, que fue sin cuento, en galas y juegos y fiestas”.[10]

   Epístola al licenciado Sánchez de Obregón, primer corregidor de México (hasta 1574). Es obra de “Alto Señor”; 116 tercetos; Gallardo, I, cols. 647-8 de Juan de la Cueva:

 1574

Las comidas que no entiendo acusan…

 

Las comidas que no entiendo acusan

los cachopines[11] y aún los vaquianos[12]

y de comerlas huyen y se escusan.

 

Con todo eso, sin tener recato

voy a ver sus mitotes[13] y sus danzas,

sus juntas de más costa que aparato.

En ellas no veréis petos ni lanzas,

sino vasos de vino de Castilla

con que entonan del baile las mudanzas.[14]

    He aquí una muestra de la obra de Eugenio de Salazar (1530-1605?), sobre sus Octavas en descripción de la laguna de México:

 1585-1590

Al derredor de la laguna clara…

 

Al derredor de la laguna clara,

por todas partes sale y hermosea

el verde campo, donde se repara

y repasta el ganado y se recrea.

(. . . . . . . . . .)

El mayoral de aquesta pradería

tiene un escueto cerro por majada,

de donde otea, en asomando el día,

los prados con su fresca rociada:

Ve los ganados, ve la pastoría.

Albar el Mayoral, con su excelencia

Blanca, pastora de beldad divina.[15]

    El mayoral y su pastora son los virreyes marqueses de Villamanrique: doña Blanca Enríquez y don Álvaro (aquí “Albar”) Manrique de Zúñiga, quien fue el séptimo virrey, gobernando de 1585 a 1590.

   Y desde luego -aunque autor español-, no podían faltar aquí unos versos escritos por el mismísimo Luis de Góngora y Argote, al que llegaron noticias de los misterios y excelsitudes del nuevo mundo, traduciéndolas a su leal saber y entender en el siguiente

1585

 

ROMANCE

 XX

 Escuchadme un rato atentos,

cudiciosos noveleros,

pagadme de estas verdades

los portes en el silencio.

 

Del Nuevo Mundo os diré

las cosas que me escribieron

en las zabras, que allegaron

cuatro amigos chichumecos.

 

Dicen que es allá la tierra

lo que por acá es el suelo,

muy abundante de minas

porque lo es de conejos.

 

Que andaban los naturales

desnudos por los desiertos,

pero que ya andan vestidos,

si no es el que se anda en cueros.

 

Que comían carne cruda,

pero que ya en este tiempo

la cuecen y asan todos,

si no es el mujeriego.

 

Que no hay zorras en ayunas

y que hay monas en bebiendo

y que hay micos que preguntan:

“¿Véseme el rabo de lejos?”

 

Que hay unos gamos abades

y unos bien casados ciervos

según picos de bonetes

y garcetas de sombreros.

 

Que hay unos fieros leones,

digo fieros, por sus fieros;

que son leones de piedra

desatados en sus hechos.

 

Que hay unas hermosas grullas,

que darán por vos el sueño

si les ocupáis las manos

con un diamante de precio.

 

Que hay también unas cigüeñas

que anidan en monasterios,

largas por eso de pico

y de honrar torres de viento.

 

Que hay unas bellas picazas

vestidas de blanco y negro

cuya música es palabra

y cuyo manjar es necios.

 

Que hay unas gatas que logran

lo mejor de sus eneros

con gatos de refitorios

y con gatos de dinero.

 

Que hay unas tigres que dan

con manos de vara, y menos,

tal bofetón a una bolsa,

que escupe las muelas luego.

 

Que andan unos avestruces

que saben digerir hierros

de hijas y de mujeres:

¡Oh, qué estómagos tan buenos!

 

Que hay unas vides que abrazan

unos ricos olmos viejos

porque sustentan sus ramas

sus cudiciosos sarmientos.

 

Que hay en aquellas dehesas

un toro… Mas luego vuelvo,

y quédese mi palabra

empeñada en el silencio.[16]

 Luis de Góngora y Argote.

 NICOLÁS RANGEL3_p. 51

Nicolás Rangel: Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Editorial Cosmos, 1980. 374 p. Ils., facs., fots. (Edición facsimilar)., p. 51.

CONTINUARÁ.


[1] Carlos Fernández Valdemoro (Seud. José Alameda): Seguro azar del toreo. México, Salamanca ediciones, 1983. 92 p. Ils., retrs., facs., p. 65-68.

[2] Alfonso Méndez Plancarte: Poetas novohispanos. Primer siglo (1521-1621). Estudio, selección y notas de (…). 2ª ed., Universidad Nacional Autónoma de México, 1964. LXV-204 p.(Biblioteca del Estudiante Universitario, 33), p. XVI.

[3] Bernal Díaz del Castillo: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.  Introducción, catálogos, noticias bibliográficas e índices, elaborados por Federico Gómez de Orozco, de la Academia Mexicana de la Historia y catedrático de la Universidad Nacional Autónoma de México; Guadalupe Pérez San Vicente, profesora de Historia de la Universidad Nacional Autónoma de México y de la Universidad Iberoamericana de México y Carlos Sabav Bergamín, Secretario Fundador del Instituto Cultural Hispano mexicano, ciudad de México. Con estampas de José Bardasano. México, Fernández Editores, S.A., 1961. XXIV-719 p. Ils., maps., p. 372.

[4] Méndez Plancarte: Poetas…, op. Cit., p. LIX.

[5] Niceto de Zamacois: Historia de México, t. 6, p. 745-59.

[6] Alfonso Méndez Plancarte: Poetas novohispanos. Segundo siglo (1621-1721). Parte primera. Estudio, selección y notas de (…). Universidad Nacional Autónoma de México, 1944. LXXVII-191 p.(Biblioteca del Estudiante Universitario, 43)., p. 105.

[7] Véase: Manuel Romero de Terreros: Torneos, Mascaradas y Fiestas Reales en la Nueva España. Selección y prólogo de don (…) Marqués de San Francisco. México, Cultura, Tip. Murguía, 1918. Tomo IX, Nº 4. 82 p., p. 22-26.

[8] Artemio de Valle-Arizpe: La casa de los Ávila. Por (…) Cronista de la Ciudad de México. México, José Porrúa e Hijos, Sucesores 1940. 64 p. Ils.

[9] Federico Gómez de Orozco: El mobiliario y la decoración en la Nueva España en el siglo XVI. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1983.111 p. Ils. (Estudios y fuentes del arte en México, XLIV)., p. 82-83.

[10] Juan Suárez de Peralta: Tratado del descubrimiento de las Indias. (Noticias históricas de Nueva España). Compuesto en 1580 por don (…) vecino y natural de México. Nota preliminar de Federico Gómez de Orozco. México, Secretaría de Educación Pública, 1949. 246 p., facs. (Testimonios mexicanos. Historiadores, 3)., cap. XXIX, p. 111-112.

[11] Sobrenombre que se aplica al español que pasa a México (gachupín). Originalmente el que monta a caballo.

[12] Hombre de campo.

[13] Fiestas indígenas en las que se cantaba, recitaba, danzaba, se bebía y duraban todo el día.

[14] Méndez Plancarte: Poetas…, Primer siglo (1521-1621), ibidem., p. 21-22.

[15] Méndez Plancarte: Poetas…, Primer siglo (1521-1621), Ibid., p. 69-75.

[16] Luis de Góngora y Argote: Poesías. Romances, letrillas, redondillas, décimas, sonetos, sonetos atribuidos. Soledades, Polifemo y Galatea, Panegírico y poesías sueltas. Prólogo de Anita Arroyo. 5ª ed. México, Editorial Porrúa, 1993. XIX-351 p., p. 19-20.

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LA TAUROMAQUIA EN LA CIUDAD DE MÉXICO: CONVIVENCIA CERCANA A LOS CINCO SIGLOS.

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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La plaza de toros “México” el pasado 31 de enero de 2016. En esa ocasión, dicho escenario registró un lleno total. Fotografía del autor.

   La ciudad de México ha sido, desde hace varios siglos, el centro dominante donde se han concentrado culturas, poderes –políticos o religiosos-, sin faltar otros aspectos que como el taurino tiene muchas historias por contar.

   Desde el 24 de junio de 1526, fecha de la primera noticia en los registros taurinos, pocos años después de consumada la conquista y hasta nuestros días, permite entender que en ella se concibieron y se han concebido las mejores páginas del repertorio de un espectáculo que arraigó en el gusto popular, y que hicieron suyo otras culturas, las cuales en su complejo entendimiento, lograron consolidar el mestizaje, sobre todo a lo largo del virreinato; y luego durante el siglo XIX, donde el valor de lo mexicano fue uno de los grandes anhelos entre su población. Puede apuntarse además, que en el siglo XX se afirmó por obra y gracia de otros tantos capítulos, y llega a este XXI enriquecida y admirada por nuevas generaciones.

   Se sabe que en 490 años, ha habido poco más de 50 plazas de toros, donde más de alguna ocupó sitios tan emblemáticos como el de la Plaza de la Constitución. Me refiero a la Plaza Nacional de Toros, que funcionó de 1822 a 1825. La gran mayoría de ellas fueron de madera, por lo tanto eran efímeras, pero no por ello escapaban al hecho de mostrar sorprendentes diseños arquitectónicos. Tal es el caso de la del Volador (1586-1815), la Real Plaza de Toros de San Pablo (1788-1858), la del Paseo Nuevo (1851-1867) o la del “Coliseo” (1888-1890), por ejemplo.

   Cientos, quizá miles de funciones taurinas se han celebrado en esta ciudad, reuniendo a entusiastas aficionados que al poder de convocatoria de carteles y toreros de fama, han acudido en distintas épocas y también por diversas razones. Una de ellas es el de la beneficencia, por cuyos motivos, ha habido muchas ocasiones en las que la solidaridad se ha hecho presente en apoyo a damnificados, a los bancos de sangre; e incluso a la obra pública, o en respaldo, por ejemplo al pago de la deuda de México con los Estados Unidos de Norteamérica (1877). De igual forma en 1938, cuando organizado un festejo, este fue con objeto de reunir fondos para el pago de la deuda petrolera.

   Tras un periodo de prohibición impuesto a raíz de motivos administrativos (1867-1886), la ciudad quedó privada del espectáculo. Reanudado este en 1887, se intensificó desde entonces la presencia de otras plazas así como de nuevas generaciones de aficionados. Surgieron diversos medios de comunicación en la prensa escrita que divulgaron este espectáculo y llegado el siglo XX de la mano con la modernidad, ello permitió –entre otras cosas-, que se construyera la primera plaza de toros de mampostería. Se trata de la plaza de toros “El Toreo”, ubicada en la colonia Condesa y que funcionó de 1907 a 1946, mismo año en que también fue inaugurada la que sigue siendo hasta hoy, el escenario taurino por excelencia: la plaza de toros “México”.

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Plaza de toros “El Toreo” en 1907. Col. del autor.

   En todo ese conjunto de espacios se han reunido para solaz y esparcimiento de diversas épocas y generaciones, toros y toreros que, en su conjunto nutrieron y siguen nutriendo el imaginario colectivo a tal grado que en buena medida, la historia de la ciudad de México no se entendería desde el territorio de los espectáculos, como un espacio de celebración en el que, desde siglos atrás hubo grandes festejos en ocasión a la entrada de virreyes, o por el fin de una guerra. De igual forma, la independencia de este país también fue motivo para celebrarla en lo taurino. No faltaron razones cívicas o religiosas acompañadas del festejo respectivo que luego, con el paso de los años y otros ritmos, se adaptaron a un calendario peculiar, ese en el que se organizan las así llamadas “temporada chica” o de novilladas, y la “temporada grande” o de corridas de toros. Ese conjunto de funciones, ha estado sujeto, por lo menos desde 1895 y hasta nuestros días a un reglamento taurino el cual, en consonancia con los usos y costumbres, ha logrado llegar hasta este siglo XXI, manteniendo y conservando auténticos valores rituales y de tradición. Es decir, un auténtico patrimonio.

   Como se habrá podido comprobar, la tauromaquia a través de casi cinco siglos se ha convertido en un auténtico legado, intangible sin más, que debe conservarse.

   A esta ciudad, han venido las mejores ganaderías, los más consagrados toreros nacionales y extranjeros. En torno a sus plazas se han forjado legiones de entusiastas aficionados y los medios de comunicación han hecho labor de difusión en prensa que abarca ediciones emblemáticas, de colección, sin faltar la importantísima presencia de la radio y la televisión hasta llegar a las expresiones digitales a través de internet, con lo que su difusión está garantizada, no solo a escala local. También a nivel global. En otro sentido, la producción bibliográfica con tema taurino es otro rico complemento a la amplia literatura que comprende este tema de vida cotidiana tan arraigada a la historia de la gran ciudad de México.

   Muchos taurinos estamos convencidos de que dicho espectáculo debe pervivir puesto que se trata de un sistema en el que participan no solo los protagonistas en esa puesta en escena tan peculiar, sino un conjunto muy importante de personas quienes encuentran un medio legítimo de ingresos. Con ello se incentiva el resto de una compleja estructura que se extiende, por ejemplo, hasta las propias ganaderías, que son por así decirlo, soporte y nutriente de la materia prima fundamental para este espectáculo: el toro de lidia.

PANORÁMICA PLAZA MÉXICO_31.01.2016

Panorámica del coso de Insurgentes la misma tarde del 31 de enero de 2016. Fotografía del autor.

   La fiesta de toros es, hoy en día, una expresión celebratoria que reúne aquella tipología difícil de ser aceptada por nuevas generaciones, las cuales se han decantado por influencias propias de la postmodernidad, sustento ideológico que no se corresponde con aspectos que han definido al hombre y su cultura desde muchos siglos atrás. Renunciar al hecho de que “el pasado nos constituye”, hace que lo antiguo y lo moderno se confronten, por lo que se ha exacerbado la postura de quienes la consideran anacrónica, fuera de lugar, o bajo el argumento de que en ella se comete tortura.

   En todo caso, ante el hecho de que allí se desarrolla una puesta en escena que incluye en su compleja representación el sacrificio y muerte de un toro, esto va ligado con antiguos rituales. Milenarios unos, seculares otros; que al fin y al cabo, son la suma de circunstancias que culminan en auténtica ceremonia.

   Cierro aquí con una hermosa cita que recoge el historiador Juan A. Ortega y Medina refiriéndose al viajero extranjero Brantz Mayer (autor de la obra México lo que fue y lo que es), quien estuvo en nuestro país en el primer tercio del siglo XIX. Mayer:

estuvo a punto de apresar algo del significado trágico del espectáculo cuando lo vio como un contraste entre la vida y la muerte; un “sermón” y una “lección” que para él cobró cierta inteligibilidad cuando oyó al par que los aplausos del público las campanas de una iglesia próxima que llamaba a los fieles al cercano retiro de la religión, de paz y de catarsis espiritual.

   Y si hermosa resulta la cita, fascinante lo es aquella apreciación con la que otro gran maestro e historiador, Edmundo O’Gorman se encarga de envolver este panorama:

Junto a las catedrales y sus misas, las plazas de toros y sus corridas. ¡Y luego nos sorprendemos que a España de este lado nos cueste tanto trabajo entrar por la senda del progreso y del liberalismo, del confort y de la seguridad! Muestra así España al entregarse de toda popularidad y sin reservas al culto de dos religiones de signo inverso, la de Dios y la de los matadores, el secreto más íntimo de su existencia, como quijotesco intento de realizar la síntesis de los dos abismos de la posibilidad humana: “el ser para la vida” y el “ser para la muerte”, y todo en el mismo domingo.

   En espera de que estos apuntes sean de utilidad, sobre todo para aquellos asuntos cuyos fines persiguen alentar con ello su presencia; y todo con vistas a conservar como es nuestra intención, este espectáculo en la ciudad de México; justo en momentos previos a la discusión y aprobación de la primera Constitución en esta megalópolis.

   Por lo tanto, es la Tauromaquia, y no puede ser de otra forma, un patrimonio vivo construido a lo largo de casi cinco siglos, mismo que se encuentra en legítimas condiciones de transitar en los años por venir.

Ciudad de México, mayo de 2016.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (XV). LOS PROTAGONISTAS, A PIE y A CABALLO. (TERCERA PARTE).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

SIGLOS XVI-XVIII.

   En 1529, justo el 11 de agosto y en la sesión de Cabildo se establece que

“…de aquí en adelante, todos los años por honra de la fiesta de Señor San Hipólito, en cuyo día se ganó esta ciudad, se corran siete toros, e que de aquellos se maten dos y se den por amor a Dios a los monasterios e hospitales…”

   Entre los principales participantes a la justa se encuentran Nuño de Guzmán, Pedro de Alvarado, un tal Delgadillo, y el licenciado Matienzo, ambos amigos de correrías del muy magnífico señor presidente de la Nueva España, como diestrísimos en el manejo de la jineta y todos sus menesteres. La “fiesta” se celebró con la pompa y circunstancias requeridas en la antiquísima Plazuela del Marqués, que ve hoy en día las calles de Guatemala y 1ª del Monte de Piedad, así como Seminario y gran parte del terreno que comprende en nuestros tiempos la Catedral.

   Es decir, “La celebración de la primera misa y de la primera corrida de toros en la capital de la Nueva España no fueron sincrónicas pero poco les faltó”, apunta Renato Leduc, porque estando tan cerca las fechas de un evento con respecto al otro, ambos de profunda raigambre española, estos quedaron marcados con letras de fuego en el espíritu y la forma de ser del mexicano, quien se ha identificado con religión y toros. Y ya vemos, el sitio destinado a la catedral, sitio sagrado que contenía las ruinas del recientemente desaparecido imperio azteca, con sus templos que ya son solamente masas informes, ahora verá también la nueva ciudad como se eleva ese otro templo, símbolo del cristianismo, del que los españoles son sus más fervientes admiradores y seguidores. La Catedral, es, y va a ser el centro de un mundo donde van a girar todos aquellos que, también muy cerca de ella, celebran fiestas, como la que desde ese 1529 queda instituida.[1]

   Algunos años más tarde, Bernal Díaz del Castillo queda admirado de un gran festejo que, con motivo de las paces de Aguas Muertas en el año 1538, se celebró en la ya establecida Plaza Mayor. “…fueron tales (dichas fiestas y regocijos), que otras como ellas, a lo que a mí me parece, no las he visto hacer en Castilla, así de justas y juegos de cañas, y correr toros, y encontrarse unos caballeros con otros, y otros grandes disfraces que había en todo”.

   También el poder de la representación monárquica, estuvo presente en el curso de aquellas fiestas. Tal es el caso del virrey don Luis de Velasco, quien en 1551 es un “lindo hombre de a caballo” a decir de Juan Suárez de Peralta, “muy diestro y afamado en las artes de la brida y de la jineta… corría la sortija, tiraba bohordos y estafermos y quebraba cañas con donaire”. Incluso fue tal su afición que puso todo el empeño que estuvo de su parte para diseñar una silla vaquera con un freno netamente mexicanos. A esa silla y a ese freno se les dio su nombre ilustre: se les decía “de los llamados Luis de Velasco”.

   Poco a poco diversos festejos de mayor o menor envergadura fueron representándose en medio del boato y esplendor que cada uno de ellos significaba. Así, en 1562, don Martín Cortés tenía empeño en celebrar el nacimiento de sus hijos con esta clase de festejos. Suárez de Peralta expresaba de tal festejo: “gastóse dinero, que sin cuento, en galas y juegos y fiestas”. El mismo Suárez, admiró que

La ciudad de México le hizo (gran fiesta), de gente de a caballo, en el campo, de libreas de seda rica y telas de oro y plata que le fue costosísima. Más de trescientos de a caballo, en muy ricos caballos y jaeces, hicieron una muy concertada escaramuza de muchas invenciones, que duró muchas horas, y luego aquella caballería, vestidos como estaban, le vinieron acompañando hasta la ciudad, con más de otros dos mil de a caballo, de capas negras; era cosa muy de ver.

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…la Plaza Mayor durante 1538. Un día se improvisó como un verdadero bosque, con ramas y árboles corpulentos. Al siguiente la convirtieron en la ciudad de Rodas, con sus torres y palacios, y en aquel escenario soltaron unos toros que armaron gran revuelo entre los espectadores. Un día después hubo torneos y juegos de cañas del que resultó lastimado Juan Cermeño al recibir un bote en la pierna, del que nunca más sanó.

   No cesaban las fiestas, que por cierto celebraban las “Paces de Aguas Muertas”, concertadas por el emperador Don Carlos y el Rey de Francia Francisco I y el último día también se corrieron toros. El gran festejo terminó en medio de grandes banquetes ofrecidos por el virrey Antonio de Mendoza y el nuevo Marqués del Valle de Oaxaca don Hernando Cortés.

En Carlos Sánchez-Navarro y Peón: Memorias de un viejo palacio (La Casa del Banco Nacional de México). México, Compañía Litográfica Nacional, S.A., 1950. 316 pp. ils., fots., p. 38.

   De nuevo el Paseo del Pendón, como celebración recordatoria y confirmación de la Conquista, junto a la fiesta religiosa y sus procesiones, compartieron ese espíritu con las fiestas que rememoraban la entrada de un nuevo virrey, los autos de fe, las cabalgatas y mojigangas, todo, en medio de un despliegue y ostentación de la riqueza. El juego de la sortija, la escaramuza, los juegos de cañas y el correr toros se efectuaban en canonizaciones como la de San Jacinto, en 1597. Y para simbolizar todo aquella gama de las diversiones y torneos caballerescos, la iglesia prestaba sus territorios, tales como plazuelas para conmemorar el acto. El estigma de lo que significaba ese toreo primitivo, queda plasmado, como ya se ha dicho, en la “fuente taurina” asentada en la plazuela del convento de San Francisco de Acámbaro, Guanajuato.

   Además, la fiesta era un conjunto de otras tantas, realizadas en varios días y tal modelo quedó instituido para continuarlo durante los siglos posteriores, lo cual, lentamente tuvo transformaciones a verdaderas ferias para celebrar al santo o patrón del pueblo, o simplemente para divertirse, porque nunca ha faltado pretexto para celebrarlas.

   Así que con aquel primitivo hacer y entender el toreo, la fiesta poco a poco ha logrado sus mejores momentos. Para ello, era importante la presencia de un toro.

   El ganado destinado en las ocasiones de regocijo no contaba con una selección previa. En todo caso podría insinuarse que en los momentos de ser enviados a la plaza se tomaban en cuenta aspectos tales como: presencia, algo de bravuconería que naturalmente tienen las reses en el campo.

   Por todo lo anterior, no podremos ignorar la situación que prevaleció en la hacienda, sobre todo, en un momento en el que el ganado comenzaba a desarrollarse de manera desmesurada, pero que también se utilizaba para provisión y entretenimiento lo más o lo mejor que tenían.[2]

   Es decir, en la cita que recoge García Icazbalceta se hace una reflexión acerca del exceso con el que el ganado se desarrollaba en la hacienda de Atenco, concretamente, pero que también este mismo asunto da idea de la asombrosa multiplicación que el ganado vacuno promovió entre los habitantes del lugar, pero sobre todo el cabildo de la Iglesia mayor desa ciudad, pidió que no se sacase el ganado de la Iglesia, puesto que perdía lo más sustancial de sus diezmos, y a los oidores y a la ciudad que se les quitaba de su provisión y entretenimiento lo más o lo mejor que tenían ya que el dicho ganado propiciaba entre los habitantes formas de “entretenimiento lo más o lo mejor que tenían”. Es pues, en Atenco, donde se da una forma primitiva de fomento a la diversión taurina, en la que seguramente hubo evidencias de ese otro toreo no registrado en las fuentes pero que con el pequeño dato proporcionado por Torquemada es suficiente para considerarlo como tal.

   La necesidad que tiene el indio por equipararse a las capacidades del español, en los ejercicios ecuestres y campiranos produce reacciones que seguramente van a manifestarse de manera velada o soterrada, a espaldas de quien lo conquistó y ahora le niega una posibilidad por realizar labores comunes en la plaza. El campo, evidentemente fue más bondadoso en ese sentido y concede al indio encontrarse con un ambiente al que imprimirá su propio carácter, su propio sentir. Su “ser” en consecuencia. Bajo esas condiciones es muy probable que el indio haya efectuado los primeros intentos por acercarse al toreo de a caballo, y por ende, al de a pie, con el que gana terreno sobre el español. Y aunque la mayor manifestación de libertad en cuanto a ejecución del mismo se va a dar durante el siglo XVIII, va permeando con ese “ser” su propio espíritu a través de dos siglos muy importantes, tiempo que no desperdició en enriquecer la expresión torera.

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Fiestas jesuitas en Puebla. Ilustraciones de Fernando Ramírez Osorio.

Fuente: “Fiestas jesuitas en Puebla. 1623”. Anónimo. Gobierno del Estado de Puebla. Secretaría de Cultura, Puebla, 1989. 46 pp. Ils. (Lecturas Históricas de Puebla, 20).

   Hasta aquí un recorrido general sobre lo que fue el toreo del siglo XVI, mezcla del de a caballo y de a pie, y lo que es, a los ojos de esta doble génesis de siglo y de milenio respectivamente, a casi 500 años de distancia, el principio del que ya es un largo trayecto de la tauromaquia mexicana. Ambas representaciones se efectuaron, en gran medida, en un importante escenario conocido como la plaza de toros de “El Volador”; luego de que también se utilizara la plaza mayor o algún otro sitio a propósito, mientras la capital de la Nueva España, al cabo de los años iba presentando una imagen distinta, pero también grandiosa.

CONTINUARÁ.


[1] López Cantos, op. cit., p. 164.

   La fiesta de los toros consiguió en América una aceptación general. En ella participaron todas las clases sociales. Y aunque nació como una diversión de nobles y caballeros, con el andar del tiempo se transformó en un espectáculo propio del común. En un principio su intervención era de simples auxiliares. Pronto se imbricó en ella, llegando a cambiar su propio esquema. Se pasó de la lidia a caballo a la de a pie, convirtiéndose también en una profesión. De un juego, donde la nobleza detentaba el protagonismo, lo transformaron en una diversión cuyos héroes surgían de la plebe.

[2] Joaquín García Icazbalceta, respetable bibliófilo congregó una de las bibliotecas más importantes hacia fines del siglo XIX, y en la cual se encontraban documentos valiosísimos. En su trabajo OBRAS, Tomo 1, opúsculos varios 1. México, Imp. de V. Agüeros, Editor, 1896. 460 p., nos presenta en el pasaje “El ganado vacuno en México” datos como el que sigue:

   La asombrosa multiplicación del ganado vacuno en América sería increíble, si no estuviera perfectamente comprobada con el testimonio de muchos autores y documentos irrecusables. Desde los primeros tiempos siguientes a la conquista, los indios poco acostumbrados a la vista y vecindad del ganado, padecían a causa de él, mucho daño en sus personas y sementeras, lo cual dio lugar a repetidas disposiciones de la corte, que vacilaba entre la conveniencia de que los ganados se aumentasen, y el deseo, que en ella era constante, de procurar el bien de los indios. Entre esas disposiciones es notable la relativa a la gran cerca que se labró en el valle de Toluca para encerrar el ganado de los españoles. Consta en la cédula real de 3 de Junio de 1555, que por su interés histórico y por hallarse únicamente un libro rarísimo (la Monarquía Indiana, Libro I, cap. 4), me resuelvo a copiar, a pesar de su mucha extensión. Dice así:

   El Rey-Nuestro Presidente é oidores de la Audiencia Real de la Nueva España. A Nos se ha hecho relación que D. Luis de Velasco, nuestro visorrey de esa tierra, salió a visitar el valle de Matalcingo, que está doce leguas desa ciudad de México, cerca de un lugar que se llama Toluca, que es en la cabecera del valle, é que tiene el dicho valle quince leguas de largo, é tres y cuatro y cinco de ancho en partes, y por medio una ribera, y que hay en él mas de sesenta estancias de ganados, en que dizque hay mas de ciento cincuenta mil cabezas de vacas é yeguas, y que los indios le pidieron que hiciese sacar el dicho ganado del valle, porque recibían grandes daños en sus tierras y sementeras, y haciendas, y que no las osaban labrar, ni salir de sus casas, porque los toros los corrían y mataban, y que los españoles dueños de las estancias, y el cabildo de la Iglesia mayor desa ciudad, por otra, le pidieron que no se sacase el ganado de la Iglesia, que perdía lo más sustancial de sus diezmos, y a los oidores y a la ciudad que se les quitaba de su provisión y entretenimiento lo más o lo mejor que tenían. E que visto lo que los unos y los otros decían, y mirada y tanteada toda la dicha tierra, y comunicado con ciertos religiosos y con los dichos indios principales naturales del dicho valle y todas sus comarcas, irató que se hiciese una cerca que dividiese las tierras de los indios de las de esas estancias, cada una conforme a la cantidad de ganado que tuviese; que la cerca se tasase por buenos hombres, y que la dicha cerca se hizo, la cual tiene más de diez leguas, medidas por cordel, y que los indios tienen por bien que del precio della se compre censo para tenerla reparada siempre, por estar seguros de los daños de los ganados, y que se trasó la cerca en diez y siete mil y tantos pesos de oro común, y que al tiempo del pedir la paga a los dueños de las estancias, apelaron para esa Audiencia de mandarles el dicho visorrey pagar, y que han hecho el negocio pleito, con fin de dilatarlo todo lo más que pudieren, por que los indios no sean pagados, ni la cerca no se conserve, que es lo que pretenden, y que convenía mandásemos que los que tienen ganado en el valle pagasen la cerca ó sacasen los ganados, por que con ello se contentarían los indios, aunque lo más conveniente para el sustento y conservación de la una república y de la otra era que la cerca se pague, porque el ganado se conservase sin daño de los naturales. E visto todo lo susodicho y entendido que es conveniente que la dicha cerca se conserve, envío a mandar al dicho visorrey, que en lo del pagar la dicha cerca los españoles, ejecute luego lo que en ello tiene ordenado. Por ende, yo vos mando que vosotros ayudéis é favorezcáis a la ejecución dello, sin que pongáis estorbo alguno: é si los dichos españoles ó alguno de ellos se agraviare, mandamos que se ejecute el dicho repartimiento sin embargo dello, é vosotros veréis los agravios, y haréis sobre ello, llamadas é oídas las partes a quien tocare, brevemente justicia, y avisarnos heis de lo que en ello se hiciere. Fecha en la Villa de Valladolid, a tres del mes de Junio de mil é quinientos é cincuenta é cinco años.-La Princesa.-Por mandado de su Majestad, su Alteza en su nombre, Francisco de Ledesma.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (XV). LOS PROTAGONISTAS, A PIE y A CABALLO. (SEGUNDA PARTE).  

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

SIGLOS XVI-XVIII.

   Como ya vimos en entregas anteriores, fue entre 1540 y 1630 aproximadamente, cuando se intensificó en forma exponencial una fuerte baja poblacional (sobre todo entre los indígenas), ocasionada por epidemias, que se reflejaron en el “siglo de la depresión”, asimismo calificado por Woodrow Borah, uno de sus estudiosos más dedicados.[1] Por consiguiente resistió un poco más el grupo de blancos, y por otro lado los ganados vacuno y ovino se sobregiraron. Para algunos historiadores, este ciclo temporal se convierte en un espacio oscuro que proporciona pocas informaciones para el desarrollo de los diversos grupos que conviven en el territorio novohispano. En lo taurino ocurren una buena cantidad de acontecimientos que dejan ver el florecimiento con que se manifestaron las fiestas.[2]

   Caben aquí un par de ejemplos relacionados con el que fue un caso de figuras grabadas en cuerpos, como resultado de creencias, magia popular o presencia demoníaca.

   El primero de ellos, y debo la información a mi buen amigo David Tuggle quien, desde los Estados Unidos me comenta lo siguiente:

   En 1691 una esclava mulata de Durango, llamada Antonia de Soto, se entregó al ministro de la Inquisición en Parral, y luego, durante un período de dos años, contó la historia de cómo se había escapado y tenido muchas aventuras que involucraban alucinógenos y hechizos mágicos, algunos de las cuales involucraban el disfrazarse de hombre, convirtiéndose en jinete y “torero.” Ya sea que sus aventuras hayan sido sólo alucinaciones y/o fabricaciones, tal vez los detalles de su historia podrían revelar mucho acerca de los toros en la región fronteriza de finales de los años 1600. Se dice que la información de una fuente de esta naturaleza proviene del Archivo General de la Nación (AGN), Ciudad de México: “denuncia que contra s í hizo Antonia de Soto, mulata, esclava de Francisco de Noriega, vecino de la Ciudad de Durango… 1691.[3]

LA MAGIA DEL TORO_A. NAVARRETE

“La magia del toro”. Antonio Navarrete Tejero: Trazos de vida y muerte. Por (…). Textos: Manuel Navarrete T., Prólogo del Dr. Juan Ramón de la Fuente y un “Paseíllo” de Rafael Loret de Mola. México, Prisma Editorial, S.A. de C.V., 2005. 330 p. ils., retrs.

   Ahora bien, y como apunta por otro lado José Luis Uriarte Pacheco, con mucha frecuencia, la figura del demonio adoptó en la mente del hombre grabado una forma visible que era acorde con su ocupación productiva. El confesor Ambrosio Casulto lo muestra en la correspondencia que remitió a la Inquisición de México:

Díjome [la esposa del indio Sebastián] que fue muy asombrado por los enemigos que se le aparecían en figuras de toros y otros animales feroces, que le cercaban y acometían. Al amanecer le dijo el indio afligido que entendía había sucedido la visión espantosa por no haberse confesado y encubrir su culpa.

   El indio dedicado a la vaquería veía en su lecho de muerte demonios revestidos con las formas que encontraba diariamente en sus actividades productivas. El Señor del Mal estuvo presente en la mente del hombre grabado a través de formas que le eran familiares, al final de cuentas, la figura del demonio representa la forma visible de un ser invisible, un ente que tiene entre los hombres una apariencia mutable.[4]

CONFRONTACIÓN DE CABALLEROS...

Confrontación de dos noblezas: la española, o criolla, y la indígena a caballo.

   El rejoneo (torear a caballo) –sigue apuntando Uriarte Pacheco-, fue una de las modalidades que ejecutaron los novohispanos en el periodo estudiado. De más vieja tradición en la Nueva España fue el acto de enfrentar al toro a pie. Si en Europa los primeros matadores de toros a pie de los que se tiene referencia histórica datan de 1385, en México aparecen a principios del siglo XVII. Algunos novohispanos que lo ejecutaron llevaron en sus espaldas la figura del demonio. La denuncia del español Juan de Velasco nos ofrece información sobre las suertes que los vaqueros realizaban en Ayutla, Nueva Galicia, en el año de 1604:

[…] dijo que un mulato libre traía pintado el demonio en las espaldas, y que era hombre el dicho mulato, que amarrados los pies aguarda a un toro muy bravo y le mete en los cuernos dos naranjas, y a una potranca por más con fervor que de hiendo montado en ella le va quitando las correas y la silla y se queda en pelo en ella sin apearse ni caerse y que esto es lo que tiene que decir.

   Ser valiente fue una meta también perseguida por vaqueros de Michoacán y jinetes españoles de la Nueva Galicia. El hombre que pactó con el Maligno y se hizo grabar su figura esperaba contar con la valentía necesaria para desterrar el miedo y alcanzar la habilidad y destreza de todo buen jinete y toreador. Aquello fue un fin utilitario que se buscó en la magia[5] termina diciendo de este modo nuestro colega historiador.

   Pero en el XVIII se dieron las condiciones para que el toreo de a pie apareciera con todo su vigor y fuerza. Un rey como Felipe V de origen y formación francesa, comenzó a gobernar apenas despierto el también llamado “siglo de las luces”. El borbón fue contrario al espectáculo que detentaba la nobleza española y se extendía en la novohispana. En la transición, el pueblo se benefició directamente, incorporándose al espectáculo desde un punto de vista primitivo, el cual, con todo y su arcaísmo, ya contaba con un basamento que se formó desde el siglo XVI y logró madurez en los dos siguientes. Un hecho evidente es el biombo que, como auténtica relación ilustrada de las fiestas barrocas y coloniales, da fe de la recepción del duque de Alburquerque (don Francisco Fernández de la Cueva Enríquez) en 1702. Para ese año el toreo en boga, es una mezcla del dominio desde el caballo con el respaldo de pajes o lacayos que, atentos a cualquier señal de peligro, se aprestaban a cuidar la vida de sus señores, ostentosa y ricamente vestidos.

   He allí un indicio de lo que pudo haber sido el origen del toreo de a pie en México, primitivo sí, pero evidente a la hora de demostrar la capacidad de búsqueda por parte de los que lo ejecutaban, en medio de sus naturales imperfecciones.[6]

BIOMBO_DETALLE2

Detalle del Tríptico anónimo que representa diversas vistas del recibimiento que hizo la ciudad de México a su virrey don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque, en el Alcázar de Chapultepec, en 1702. Perteneció a los duques de Castro-Terreño.

Fuente: Banco Nacional de México. Colección de arte.

   Otra más de las “señales” es la que se detecta en las ACTAS CAPITULARES DE MÉXICO mismas que obligaban a cabalgar en las fiestas principales como la de San Juan, de Santiago o San Hipólito a todos los propietarios como señal de su poder que permitía entender lo importantes que podían ser estos personajes contando, entre sus propiedades, con un símbolo de grandeza. Por eso

Sin duda alguna, la propiedad de los caballos era la condición necesaria para, adquiriendo nobleza y valía, poder tener acceso a las mercedes que otorgaban el rey o las autoridades locales; es más, mientras más “valía” se tuviera, más hechos de guerra, más caballos, más soldados, más indios se poseyeran, en mejor situación se estaba para alcanzar nuevas y mejores mercedes.

   Esto significaba un impedimento, un negarle al indio la posibilidad de emparejarse con la capacidad de poder por parte del español quien así lograba ser dueño de más propiedades. También, a todo esto se agregaba un dominio mostrado participando en los torneos, juegos de cañas y más aún, el ejecutar con gallardía la suerte de alancear toros lo que daba mayor jerarquía al caballero que deseaba colocarse en sitio encumbrado. Estos aspectos alcanzaron en nuestras tierras unas condiciones distintas, dado el carácter aún reciente de la conquista y ahora de la colonización que otorgaba posibilidades crecidas a todos aquellos que con o sin linaje estaban en derecho de engrandecerlo o adquirirlo.

   Sin embargo, aquellos inconvenientes quedaban superados con la exteriorización de la alegría. A mayor estruendo, mayor júbilo. La ceremonia taurina se convertía en fervorosa explosión que poco a poco se fue internando en la entraña del pueblo. Dichas demostraciones comenzaron a tener un símbolo de arraigo mismo que debía festejarse durante varios días los cuales siempre estaban ligados a la celebración religiosa, a la de un acontecimiento monárquico (nacimiento de infantes, proclamación al trono de los reyes de España, bodas reales, onomástica de los reyes) o, simplemente a la conmemoración -por largos años- de la que marca el parteaguas para la vida de nuestro pueblo: la fecha del 13 de agosto (día de San Hipólito) es, en suma, un símbolo de derrotas, con la capitulación de los aztecas, y de victorias para los españoles que se apoderan de un espacio territorial más en sus propósitos colonizadores. San Hipólito se convierte en patrón, junto a Santiago Apóstol para conmemorar con fiestas de toda índole el emblema de la grandeza española.

   El torneo caballeresco tuvo esplendor y pudo apreciarse en escenarios que poco a poco iban convirtiéndose en sitio preferido de muchos que encontraron en aquel ambiente semejanzas de culto. Así como el indígena cumplió con ritos en los cuales la presencia del sol o de la sangre eran significativas, así también, al celebrarse el espectáculo taurino, el culto heliolátrico al sol y la presencia de sangre vinculada a la muerte misma del toro, deben haber causado algún ambiente de afinidades y aceptaciones que por eso permitieron que dichas manifestaciones continuaran.

CONTINUARÁ.


[1] Woodrow, W. Borah: El siglo de la depresión en la Nueva España. México, ERA, 1982. 100 p. (Problemas de México).

   El autor apoya su tesis en las actividades de la economía durante la colonia para conocer los comportamientos demográficos que se dieron en forma agresiva a causa de nuevas enfermedades, la desintegración de la economía nativa y las malas condiciones de vida que siguieron a la conquista. Este fenómeno tuvo su momento más crítico desde 1540 y hasta mediados del siglo XVII, mostrando bajos índices de población, entre los indígenas y los españoles (hacia 1650 se estiman 125,000 blancos en Nueva España y unos 12,000 indígenas). La población indígena alcanzó una etapa de estabilidad, luego de los efectos señalados, a mediados del siglo XVIII “aunque siempre a un ritmo menor que el aumento de las mezclas de sangre y de los no indígenas”.

   Es interesante observar que los valores de cabezas de ganado mayor y menor son muy disparados contra un decremento sustancial de los indígenas y blancos, lo cual originó, por otro lado, un estado de cosas donde dichos ganados mostraron no sólo sobrepoblación sino que el hábitat se vulneró y se desquició lo cual no permite un aumento de la producción, pues los costos se abatieron tremendamente.

   Esta tesis ha perdido fuerza frente a otros argumentos, como por ejemplo los que plantea la sola trashumancia habida en buena parte del territorio novohispano, o aquel otro que propone Pedro Romero de Solís en su trabajo denominado “Cultura bovina y consumo de carne en los orígenes de la América Latina”. En CULTURA ALIMENTARIA ANDALUCÍA-AMERICA México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1996. 255 p. Programa universitario de alimentos. (Historia General, 17), p. 231-55.

   El estudio de Borah publicado por primera vez en México en 1975, ha perdido vigencia, entre otras cosas, por la necesidad de dar una mejor visión de aquella “integración”. Hacia 1576 se inició la gran epidemia, que se propagó con fuerza hasta 1579, y quizá hasta 1581. Se dice que produjo una mortandad de más de dos millones de indios. La fuerza de trabajo para minas y empresas de españoles escaseó entonces, y las autoridades se vieron obligadas a tomar medidas para racionar la mano de obra y evitar el abuso brutal de los indígenas sobrevivientes.

   Por otra parte, la población mestiza había aumentado a tal grado que iba imponiendo un trato político y social que no se había previsto. Mestizos, mulatos, negros libres y esclavos huidos, al lado de criollos y españoles sin lugar fijo en la sociedad concebida como una organización de pueblos de indios y ciudades y lugares de españoles, alteraron el orden ideado por las autoridades españolas, en cuyo pensamiento sólo cabía una sociedad compuesta por “dos repúblicas, la de indios y la de españoles”. Véase: Andrés Lira y Luis Muro: “El siglo de la integración” (p. 307-362). En HISTORIA general de MÉXICO. Versión 2000. México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000. 1104 p. Ils., maps., p. 311. Además, véanse las páginas 316 y 317 del mismo texto que abordan el tema de “La población”.

   Dicho lo anterior, no queda sino ser más que congruentes, cuidadosos con la tesis de W. Borah que tampoco puede descartarse tajantemente, pero que puede admirarse mejor con las oportunas apreciaciones que han quedado incorporadas.

[2] José Francisco Coello Ugalde: Relaciones taurinas en la Nueva España, provincias y extramuros. Las más curiosas e inéditas 1519-1835. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1988. 293 p. facs. (Separata del boletín, segunda época, 2).

[3] Archivo General de la Nación, Ramo Inquisición.

[4] José Luis Uriarte Pacheco. “Tatuajes, figuras grabadas en cuerpos novohispanos. (1604-1750). Una ventana abierta al pasado de hombres carentes de escritura”. Universidad Nacional Autónoma de México. Facultad de Filosofía y Letras. Colegio de Historia. Tesis que, para optar por el título de Licenciado en Historia Presenta (…), 2007. 105 p., p. 12.

[5] Op. Cit., p. 30.

[6] José Francisco Coello Ugalde: Novísima grandeza de la tauromaquia mexicana (Desde el siglo XVI hasta nuestros días). Madrid, Anex, S.A., España-México, Editorial “Campo Bravo”, 1999. 204 p. Ils, retrs., facs., p. 19-20.

   Entre el 20 de abril de 1519 y el 13 de agosto de 1521 se desarrollaron los momentos más intensos de la conquista española sobre el poderoso Imperio Mexica, fundado en la ciudad de Tenochtitlan. Los mexicas aplicaron un control férreo sobre pueblos que terminaron siendo sometidos por la vía del tributo; no cumplirlo significaba la guerra. Los cempoaltecas, chalcas, totonacas y los tlaxcaltecas, entre otros, contribuyeron a su decadencia cuando hicieron alianza con los españoles.

   La capitulación de la gran ciudad de México-Tenochtitlan ocurrió el día de san Hipólito del año del señor de 1521, y a partir de ese momento comenzó el periodo colonial que abarcaría tres siglos de esplendor. Las fiestas y torneos caballerescos nos muestran uno de los múltiples aspectos que conforman la vida cotidiana de una sociedad, en este caso, la novohispana. “Correr toros” se decía comúnmente y es ahí donde las historias nos hablan de un primer festejo celebrado en lo que hoy día son los terrenos del convento de San Francisco, justo el 24 de junio de 1526, noticia que entre otros, registró el propio conquistador Hernán Cortés, en estos términos: “Otro día, que fue de San Juan, como despaché este mensajero, [para dar la bienvenida al visitador Luis Ponce de León] estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…”; todo ello en su quinta Carta-Relación, que conoció al detalle el Rey Carlos V en España.

   Aunque nos asalta la duda sobre los “ciertos toros” que menciona el propio Cortés. ¿Acaso no serían los “extraños toros mexicanos con pelaje de león y joroba parecida a la de los camellos” que asimismo los describe Cortés y cuya similitud es igual al bisonte que tenía Moctezuma en su maravilloso zoológico?

   Poco a poco fueron llegando diferentes variedades de ganado no sólo de España, también de islas como La Española, las Antillas o de Cuba, al grado de que el mismo Cortés envió al valle de Toluca un buen número de ellas.

   Por cierto, era común en aquellos tiempos el juego de cañas. “Correr cañas” eran una antigua forma de destreza hípica en la que los contendientes se arrojaban mutuamente lanzas, el fin de este simulacro de guerra era derribar a los adversarios o desarmarlos.

   Torneos y justas son las primeras demostraciones deportivas de los españoles en tierras nuevas. Para ello fue necesario el elemento material que era suprema condición: el caballo. La moda caballeresca de los siglos XV y XVI estaba aquí. El español buscó defender la tradición medieval. Toros y cañas iban juntos, como espectáculos suntuosos y brillantes en la conmemoración de toda solemnidad.

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