Archivo mensual: julio 2011

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Cierta escasez de noticias taurinas que ocurrieron durante el virreinato sólo se entiende a la luz de la pérdida de documentos por diversas razones: destrucción deliberada o destrucción del soporte por causas naturales. Además, por aquellas épocas, lo limitado del papel hizo que las publicaciones se circunscribieran a determinadas condiciones que no alcanzaban –con toda seguridad-, al grueso de los lectores potenciales, que habrían sido un porcentaje bastante bajo, si para ello se considera que habría índices de analfabetismo bastante elevados, así como una censura abominable por parte de la Inquisición. Por lo tanto, la labor que realizó un personaje como Antonio Robles es bastante estimable en la medida en que la recogida de noticias se hacía en otras circunstancias puesto que hasta entonces no se conoce de ninguna publicación con vistas a convertirse en el “diario” o “semanario”. Todo parece indicar que tanto el Diario de Gregorio Martín de Guijo (1648-1664), como el Diario de Sucesos Notables de Antonio de Robles (1665-1703) se convirtieron, en buena medida, en el acopio cotidiano y hebdomadario de muchos acontecimientos o “sucesos”, los más relevantes registrados en ese lapso de poco más de 50 años, pero tan importantes que por ello tenemos una idea y una dimensión del comportamiento en el pulso novohispano entre 1648 y 1703. Allí están y por fortuna, muchos de los datos que ahora sirven para darle a esta sección el nutriente perfecto en lo que a tema taurino se refiere. Por fortuna, se disponen de dos datos ocurridos durante 1671 y que registra Robles como sigue:

 -Dedicación de la iglesia de Balvanera (7 de diciembre).

-Anuncio de la publicación de la beatificación de Santa Rosa del Perú (1°-12 de marzo).

    Además, en ese mismo año, tres connotados autores publicaron sendas obras que ayudan a comprender los sucedidos en tan extraordinarios acontecimientos. Me refiero a:

 Antonio de Morales Pastrana y su Solemne, plausible, festiva pompa… a la beatificación de… Rosa de Santa María… México: F. Rodríguez Lupercio, 1671.

    O la de Diego de Ribera: Poética descripción, compendio breve, de la pompa plausible, y festiva solemnidad,… en la sumptuosa dedicación de su… templo. México: Vda. De Bernardo Calderón, 1671.

    Finalmente, incluyo aquí la de Beltrán Moyano: Elogio poético de Santa Rosa de Lima: descripción de las fiestas que hizo la Ciudad de México por su canonización. México. 1671.

    No olvidemos que motivos como el de la dedicación de una iglesia o templo eran pretexto suficiente para detonar en fiestas sagradas y profanas, entre las que las de toros eran imprescindibles. Del mismo modo, la beatificación, en este caso de Santa Rosa del Perú fue razón suficiente para conmemorar y celebrar.

   Creo que no faltarán grupos de estudiantes que ya metidos en “fiestas”, y recorriendo las calles de aquella otra ciudad de México, podrían venir cantando por ahí el conocido villancico…

Oy comamos y bebamos
y cantemos y folguemos
que mañana ayunaremos.

 Por onrra de san Antruexo
paremonos oy bien anchos,
enbutamos estos panchos,
rrecalquemos el pellexo,
que costumbres de concejo
que todos oy nos jartemos,
que mañana ayunaremos.

 Honremos a tan buen santo,
porque en hambre nos acorra,
comamos a calcaporra,
que mañana hay gran quebranto.
Comamos, bebamos tanto,
hasta que nos reventemos,
que mañana ayunaremos.

 Bebe Bras, más tú, Beneyto,
beba Pidruelo y Llorente,
bebe tú primeramente,
quitarnos has deste preito.
En beber bien me deleyto,
daca, daca, beberemos,
que mañana ayunaremos.

 Tomemos oy gasallado,
que mañana viene la muerte,
bebamos, comamos huerte,
vámonos para el ganado,
no perderemos bocado,
que comiendo nos iremos,
que mañana ayunaremos.

    Cosas veredes…

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DE NUEVO CON BERNARDO GAVIÑO…

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Retomando el hilo de la presente serie, nada mejor que hacerlo con uno de los personajes clave en el siglo XIX mexicano: Bernardo Gaviño y Rueda.

   Como ya lo he hecho notar a lo largo de varios de los materiales en esta y otras series de esta “bitácora” –para adecuarnos también al término en castellano de la muy conocida y popular y denominación de “blog”-, Gaviño, cumplirá el próximo 20 de agosto de 2012, 200 años de haber venido al mundo, hecho que ocurrió en Puerto Real (Cádiz, España). Su llegada a América, allá por 1829, y no precisamente a nuestro país, sino en Montevideo, Uruguay, dos años después se desplazaba a la isla de Cuba donde ya conocido como torero, actuó varias tardes, sobre todo en la Habana.

   En una cita localizada en el emblemático semanario mexicano El arte de la Lidia, encontré un dato aislado pero interesante, en el que dicha publicación ya lo ubica en nuestro país en el año 1829. Sea cual fuere la mejor razón de esa llegada, el hecho es que desde 1829 o 1835 en que se sabe se presenta el 19 de abril de ese mismo año en la plaza de toros de San Pablo. Desde ese momento y hasta 1886, año de su muerte, Bernardo se va a convertir en un personaje clave para el desarrollo de la tauromaquia nacional, puesto que desempeña un papel que lo eleva a la estatura de “maestro” o “patriarca”. En esos 51 años de vida profesional, según el registro que hace poco he concluido, contabiliza 721 actuaciones no sólo en el país. También lo pudieron admirar los públicos de Cuba, Perú y Venezuela.

   Contemporáneo suyo es el reconocidísimo Francisco Montes “Paquiro” (1805-1851).

Francisco Montes Reina “Paquiro”. Col. del autor.

    La virtud de este personaje fue haberse convertido en figura emblemática de la España entre los reinados de Fernando VII e Isabel II, así como ser discípulo de Pedro Romero en la Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Rival de “Cúchares” y autor intelectual de la “Tauromaquia o arte de torear” que se publicó en 1836, obra que recoge la summa de los adelantos taurinos de aquel entonces y a la que se sujetaron varias generaciones, hasta la aparición de las obras de José Sánchez de Neira, Leopoldo Vázquez o de Rafael Guerra “Guerrita”, sin omitir la que también publicaría Federico M. Alcázar un siglo después de la de “Paquiro”. Pero antes de la influencia de “Paquiro”, permeaba en México la de su antecesor en menesteres de la técnica y estética en proceso de afinación, el también muy popular torero de origen sevillano José Delgado Guerra, mejor conocido como “Pepe Hillo”.

   En El Mosquito Mexicano, D.F., del 23 de septiembre de 1836, p. 2 y 3, y al respecto de una actuación de Bernardo Gaviño el 11 de septiembre y con toda seguridad en la Plaza Principal de toros de San Pablo, se dice lo siguiente:

   México setiembre 10 de 1836.-Sres. editores: ¿Han visto vds. el cartel de la corrida de toros para mañana? Pues ya habrán visto la singular, la inaudita, la jamás vista suerte que ofrece el torero Gaviño de presentarle al toro un relox en lugar de muleta para darle muerte, ¡qué inventiva tan particular! Qué suerte tan vistosa, tan divertida, tan filosófica, tan instructiva y tan propia de los ilustrados concurrentes del espectáculo a que se dedica. ¡Vaya, si no hay voces para alabarlo! Presentarle al toro el relox para que vea la hora en que va a morir, sí, debe causar un gusto universal, y al mismo tiempo el público podrá aprovecharse de la moralidad que encierra la valiente acción del sin igual torero, recordando que también ha de llegarse la última hora en que cada concurrente ha de acabar esta triste vida para ir a ver los toros que le esperan, al dar cuenta de las acciones de su vida.

El personaje de la imagen es José Delgado “Pepe Hillo”. Sin embargo, el modelo de la “hazaña” referida y cuestionada aquí, sirvió para que Bernardo Gaviño lo recreara en ruedos mexicanos, al menos en sus primeras actuaciones ya registradas.

    Pero hablando seriamente. Confieso a vds. Sres. editores, que no puedo ver con indiferencia esos carteles en que parece que sus autores tienen prurito en insultar al público mexicano, ofreciéndole como muy dignas de su expectación ilustrada, paparruchadas de tal tamaño. Vamos, que esto solo entre nosotros se tolera; pues aunque los cuncurrentes a semejantes boberías, bien dan a conocer aun están por conquistar, estos no son todo el público, y no es bien que a todos nos racen con un racero. Al ofrecerle como digna de atención una bobada como la del relox, y otras infinitas que ofrecen los toreros, no puede menos que ofenderse al público, juzgándolo tan necio que pueda tener por cosas dignas de admirarse, las que solo ofrecen la idea de compadecerse de la tontería de sus inventores, y de la audacia de estamparlas en carteles con grandes letras y pinturas alegóricas.

   Lo mismo digno de los empresarios del teatro de los gallos que nos ofrecen con la recomendación de ser digna de la ilustración de los espectadores las piezas como la degollación de los inocentes, el diablo predicador, el hijo pródigo, etc., etc. Que anuncien sus diversiones sin esos arremuecos insubstanciales, es el fin de este comunicado de su siempre afectísimo servidor.-Argos.

   Por cierto, estas notas podrían ser las primeras que, dedicadas a nuestro personaje, provienen directamente de una publicación periódica en los momentos en que ya está remontando vuelo hacia la fama.

Datos que provienen de mi libro (inédito): “Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX”. (344 p.) Ils., retrs., fots., cuadros.

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ACLARACIONES SOBRE EL ORIGEN DE ATENCO. (Continuación).

DEL ANECDOTARIO TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Como he venido mencionado, los datos que se muestran aquí, provienen de mi tesis doctoral:

 José Francisco Coello Ugalde. ATENCO: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia. Tesis que, para obtener el grado de Doctor en Historia presenta José Francisco Coello Ugalde. México, Universidad Nacional Autónoma de México, División de Estudios de Posgrado. Colegio de Historia. 251 p. + 651 de anexos. (Pendiente de su presentación).

    Cierta tarde, allá por noviembre de 1884, los espadas José María Hernández El Toluqueño y Juan Jiménez Rebujina andaban haciendo ruido por Toluca, quien reseña la corrida lo hace en estos términos:

 Las reses que se lidiaron en la plaza de Toluca fueron de la acreditada hacienda de Atenco, y al mentar esta ganadería, no se puede decir nada de elogios, porque la verdad, la cosa está probada con hechos muy grandes. Son toros de origen de raza navarra, de buena ley, listos, valientes y de mucha gracia y renombre enla República(…)

“Los toros que se jugaron en esta corrida, fueron como vulgarmente se dice, de rompe y rasga, es decir, que se prestaron con brío, ligereza y empuje a todas las suertes de los diestros.

    Como se ve, este párrafo es una réplica casi exacta de la apreciación hecha por F. G. de Bedoya, lo que indica primero, que era una lectura recién conocida por algunos periodistas de aquella época, cuyo quehacer comenzaba a cimentarse a partir de la llegada de diversos libros provenientes de España, justo en momentos en los que la tauromaquia comienza a tomar rumbos más definidos. Por otro lado, existía la necesidad de mostrar panoramas diferentes que enfrentaran y cuestionaran el predominio de un espectáculo detentado por diestros “aborígenes” que hicieron de su quehacer una auténtica demostración de control regional, misma que no evolucionaba. Antes al contrario. Se reducía a un círculo vicioso que, aunque seguía siendo del gusto de muchos espectadores, pronto hubo necesidad de modificar esa condición consiguiendo la escala de aficionados mismos que se separan de los públicos asistentes a las plazas de toros. Con la consolidación e integración de este espectáculo público –sobre todo en la ciudad de México, y a partir de 1887-, maduraron plenamente aquellos propósitos establecidos por la prensa que también se profesionalizó acudiendo a lecturas como la de Bedoya y otras más, las cuales se constituyeron en obras fundamentales.

   Por su parte José Julio Barbabosa, anota en sus memorias:

 (era la (Antigua de Atenco, mezclada con S. Diego de los padres, (y (Atenco con Navarro (ví jugar este toro, p.a mi cualquier cosa) con Miura, Saltillo, Benjumea, Concha y Sierra y con toro de Ybarra, (feo pero buen torito), además, las cruzas de estos toros con vacas de S. Diego, por tanto no bajan de tener 12 clases diferentes de toros en el repetido Atenco, ¿cuál de tantas razas será la buena? (incluyendo, evidentemente lo “navarro”. Notas escritas en noviembre de 1886).

    Aunque surge un nuevo dilema que más adelante desarrollaré en amplitud. Se trata de explicar hasta donde me sea posible la hipótesis de que Bernardo Gaviño haya sido el encargado de sugerir y hasta de traer el ganado español con el fenotipo del navarro. O lo que es lo mismo, los toros de Zalduendo o Carriquiri como un pie de simiente moderno a la hacienda de Atenco, propiedad por entonces de José Juan Cervantes y Michaus, último conde de Santiago de Calimaya y con el que Bernardo guardó profunda amistad. Asimismo no debemos descuidar otro aspecto probable, el que se relaciona con el hecho de que en 1894 la “Sociedad Barbabosa Sucesores” adquieren un semental de Zalduendo, típico de la línea navarra, poniéndolo a padrear en terrenos atenqueños.

   Ganado criollo en su mayoría fue el que pobló las riberas donde nace el Lerma, al sur del Valle de Toluca. Y Rafael Barbabosa Arzate que la adquiere en 1879, al ser el dueño total de tierras y ganados atenqueños, debe haber seguido como los Cervantes, descendientes del condado de Santiago de Calimaya, con las costumbres de seleccionar toros cerreros, cruzándolos a su vez con vacas de esas regiones. Si bien, reanudadas las corridas de toros en 1887, algunos toros navarros ahora sí, fueron establecidos por aquí, fue a principios del siglo XX cuando en Atenco se selló una mezcla con simiente de la ganadería española de Pablo Romero, consistente en cuatro vacas y dos sementales.

   Quedan como ejemplo de haciendas que lidiaron toros en forma regular hasta el siglo XVIII las siguientes:

 

 Fuente: Benjamín Flores Hernández: “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces. Un acercamiento a lo que fueron y significaron las corridas de toros enla Nueva España del siglo XVIII”, México, 1976 (tesis de licenciatura, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 339 p., p. 225-7.

    Que más de alguna de estas haciendas comenzara durante el siglo XVIII o el XIX un proceso de modificación en su concepto de reproducción, selección y crianza de toros destinados con fines concretos a las fiestas, no ha sido posible encontrar el testimonio directo que así lo compruebe.

   Ya en el siglo XIX, Atenco mantuvo un sistema de producción relacionado con la “crianza” de sus toros, orientado tanto a la ciudad de México como para su aprovechamiento interno. La “hacienda principal”, conocida así desde 1722 junto con sus anexas que ilustra la más primitiva versión que se tiene sobre las extensiones de esta hacienda y que incluía la mayor cantidad de instalaciones, herramientas y aperos para el desempeño de diversas actividades agrícolas (cerealeras), como el cultivo de maíz, ganadera (ganado mular, caballar, ovino, vacuno y porcino), actividad esta que a partir de 1830 hace que “La Principal” se dedique de lleno, lo cual causó que se criaran numerosos ganados, sobre todo para la lidia, mismos que tuvieron que distribuirse en las demás haciendas. Una de sus instalaciones básicas, que sigue en pie es la plaza de tienta, reseñada en la “Noticia que de el que suscribe (…) al señor don Manuel Terreros” como sigue:

 Frente a la fachada de la finca se encuentra un toril de mampostería bastante grande, que tiene comunicación con otros dos chicos, y éstos con el soltadero para los toros de juego. Tienen dos miradores estos toriles. Entre estos y la casa pasa el camino real que conduce de Santiago Tianguistenco a Toluca y Tenango; bastante transitado.

    Quiere decir que, según inventario de 1836, se construyó un mirador en los toriles, “por haberse inutilizado el que había” ya que después de ese año no se hace construcción alguna, por lo que solo se procuró mantenimiento a las ya existentes que el uso y el tiempo deterioraban. Por lo tanto, el mencionado toril, parece ser una construcción ya existente en 1836 (toril de cuya existencia ya se tienen datos desde 1823), y como tal, una instalación apropiada a las tareas que tienen que ver con la selección del ganado en lo que ya puede considerarse la tienta, debido a los fines que desde entonces tuvo y ha tenido tal instalación, no sólo en esta, sino en otras haciendas.

   En “La principal” se concentraba la mano de obra, como es el caso del caudillo, o jefe de la cuadrilla de vaqueros, el calador, el carrocero, el caballerango, etc.

   Otra de las haciendas era la de Zazacuala donde el cultivo principal era la cebada y el maíz. La de Tepemajalco, cuya actividad agrícola se destinaba a la cebada, haba y nabo.

   En cuanto ala Vaqueríade Santa María, una de las de la “Principal”, concentraba actividades dedicadas a diversos productos lácteos, tales como el queso, mantequilla, requesón y leche. En la propia hacienda se estableció una tienda para su venta y distribución, así como para el consumo interno. La hacienda de Quautenango, pasó al rango de vaquería para luego desaparecer como fruto de los constantes problemas de tierras con los pueblos limítrofes. En sus extensiones hubo cultivos de maíz, haba y cebada, además de que se mantuvieron cabezas de ganado bovino y de manso, caballar (para labores y servicio de los ayudantes) así como ganado porcino. Semejantes condiciones se dieron en la hacienda de Santiaguito. La de San Agustín contaba con la peculiar cosecha de trigo así como de los otros productos agrícolas. En su superficie de296 hectáreas, ubicada en la actual población de Calimaya, por donde pasaba el camino real que iba de Tenango a Calimaya, se concentró la mayor actividad de crianza de ganado vacuno.

   Atenco también contaba con las haciendas de San Antonio, misma que no aporta grandes datos, solo el de 1836 que nos habla de que a ella pertenecía el rancho de Santa María y se dedicaba a labores agrícolas.

   San Joaquín (rancho que en 1722 tuvo el nombre de Quautenango), en 1755 su nombre cambió al de Señor San Joaquín. Tuvo una curiosa transformación de concepto de rancho, elevándose a hacienda. Su actividad principal era la labor agrícola, cultivándose maíz, trigo, haba, papa y alberjón. En 1837 se separó de las extensiones de Atenco quedando en propiedad de Jesús Garduño y Garduño, posesión que fue refrendada a Carlos Garduño Guzmán con fecha 26 de enero de 1889. En 1836 se tuvo el cálculo de que las sementeras de maíz entre las haciendas de San Antonio Zazacuala, Tepemajalco, San Agustín, Santiaguito, Cuautenango y San Joaquín tenía un rendimiento de 9000 fanegas de maíz limpio que descartaba el “maíz de suelos ni de mazorca podrida, porque debe resultar de muy mala calidad por el hielo o las lluvias”.

   En todas ellas, se mantuvo un grupo de trabajadores controlados por un mayordomo. Además había rancheros, coleros, porqueros, boyeros, semaneros, cuerveros, orilleros, zacateros, aguadores, peones y ayudantes.

   Cada una de dichas labores estaba bajo el mando del mayordomo quien a su vez informaba de todos los acontecimientos al administrador general mismo que tomaba las decisiones más relevantes. Este, a su vez, ejerciendo la distribución de recursos de manera idónea; debía hacerlo pensando, una parte para la raya la otra para gastos. Claro, las diversas administraciones variaron su función dependiendo de condiciones tales como: arrendamiento, sociedad o mediería que hicieron cambiar de modo recíproco las relaciones entre las anexas yla Principal.

   Hubo para ello que comunicar los hechos relevantes directamente a los propietarios que habitaban la casa principal en la ciudad de México a través del correo en forma constante, y ello se comprueba por la infinidad de documentos de tal característica, concentrados en el Fondo: Condes Santiago de Calimaya que además acumula estados semanarios, libranzas, certificaciones y hasta recados.

   En la tienda de raya, proveída de víveres y otros artículos se efectuaba la compra en abonos, lo que ocasionaba pérdidas pues la deuda no se cubría ya fuera por falta de pago, ya fuera por insolvencia.

   Resulta curioso que otros conceptos de deuda, el del pago de la raya o de ciertas contribuciones tuviese que ser solucionado vendiendo alguna parte de las tierras o resolviendo un embargo con “39 reses a la hacienda de Atenco para cubrir un adeudo de 1,000 pesos”, asunto que ocurrió el 3 de diciembre de 1860.

   Por lo demás, y dada la intensa actividad ganadera se percibe, por lo menos en el período que va de1815 a1878, la mano de obra, junto con la de carácter agrícola, hacen que se mueva sobre todo población indígena que habitaba la región y los alrededores.

   Con el tiempo, la hacienda de Atenco también se le llamó “La Principal”, por ser la que ejerció el control administrativo durante el siglo XIX. Tenía como anexas las haciendas de San Antonio, Zazacuala, Tepemajalco, San Agustín, Santiaguito, Cuautenango, San Joaquín, así como la vaquería de Santa María, y los ranchos de San José, Los Molinos y Santa María”.

   Con el paso de los años, y fundamentalmente con lo ocurrido en la hacienda de Atenco, se presentó un mercado que aprovechó la amplia proliferación del ganado, básicamente del que se destinaba para lidia, lo que representó un renglón confiable. En ese orden, el ganado vacuno, el lanar y en menor cantidad cabras y cerdos, representaron los sustentos de una explotación que generó constantes ingresos, que evidentemente intervenían en la operación agrícola, misma que contaba para su desarrollo con ganado caballar, mular y asnal.

   Volviendo al caso de Atenco, debe recordarse que la hacienda “La Principal” era la dedicada a la ganadería, estando integrada por los potreros Bolsa de las Trancas, Bolsa de Agua Blanca, Puentecillas, Salitre, Tomate, Tiradero, Tejocote, Tulito, San Gaspar yLa Loma, en los que en general se concentraba el ganado, mientras que en otras haciendas solo había los animales necesarios para la labranza y transporte de los productos.

   Al igual que la producción de semillas, el ganado vacuno y el bravo se vendían en su mayor parte a la ciudad de México, aunque éste también era vendido en Toluca y Tenango (1873), en Tlalnepantla, Metepec, Puebla y Tenancingo (1874). En esos años los toros muy contados, solo se alquilaban.

   Bajo la nueva administración, por parte de Rafael Barbabosa Arzate (hasta 1887) y después de sus hijos, quienes formaron la “Sociedad Rafael Barbabosa, Sucesores”, la hacienda atenqueña recuperaría el viejo pulso de actividad interna y externa que le caracterizó durante las décadas anteriores, sin olvidar que los siglos XVI al XVIII representaron el enorme cimiento donde se estableció y se afirmó ese conjunto de tareas y negocios.

 CONTINUARÁ.

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JOSÉ ALAMEDA, DEL HILO DE ARIADNA AL HILO Y SUMMA DEL TOREO. 1 de 4.

Brindo esta “faena literaria” a D. Antonio Petit, responsable del “blog” Taurología.com. Cuadernos de actualidad, análisis y documentación sobre el Arte del Toreo, quien ha mostrado profundo interés por el acontecer de la fiesta de los toros en México. ¡Va por usted!

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Luis, Carlos, José, Felipe, Juan de la CruzFernándezy López-Valdemoro, con este particular nombre, que permutó en José Alameda, se conoce a uno de los personajes más representativos de la segunda mitad del siglo XX, no solo en el ámbito de la prensa escrita, la radio y la televisión donde se dio a conocer como un cronista taurino de altos vuelos. También se le recuerda como un hombre dueño de una cultura impresionante, capaz de abarcar y de abordar cuanto tema pudiera desmenuzar en amenas charlas, dada su capacidad de tribuno. Autor de varios libros sobre tauromaquia, desarrolló en los mismos un discurso de profundo conocimiento, sustentado no solo en la diversidad de lecturas que lo formaron. También en el cúmulo de ideas y teorías propuestas en lo personal, y que hoy día al fin son reconocidas, sobre todo en España, país del que siendo originario, no le había hecho la debida justicia.

Col. del autor.

   Bajo el tema: JOSÉ ALAMEDA, DEL HILO DE ARIADNA AL HILO Y SUMMA DEL TOREO, se pretende dar uno más de los muchos perfiles dedicados a una de las figuras de las letras que acogió nuestro país desde 1940, por lo que convierte a México en su segunda patria, espacio que decidió hacer suyo hasta su muerte, ocurrida en 1990.

   Y al etiquetarlo como hombre de letras no se está incurriendo en ninguna exageración, pero tampoco se le minimiza si gran parte de su fuente creadora la dedico a la tauromaquia. Ensayista profundo, poeta mayor si cabe la expresión, se dedicó a este género con una disciplina obsesiva, por lo que son diversas las muestras de estilo refinado en décimas, sonetos y otros tantos poemas en prosa de invaluable calidad.

   Autor de frases y sentencias más que reconocidas: Un paso adelante, y puede morir el torero. Un paso atrás, y puede morir el arte. O esta otra: El toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega. En su amplia producción, deben estar otras tantas, así como aforismos y planteamientos de profunda reflexión en los que siempre aplicó la fórmula de Baltasar Gracián: Lo bueno si breve, dos veces bueno. Y es que también sus crónicas o sus editoriales, denominadas Signos y contrastes eran modelos de atinada observación en espacio que no requería sino lo contundente de sus precisas afirmaciones.

   Comprometido con esas tareas dejó también un legado impresionante en crónicas taurinas publicadas en periódicos y revistas de prestigio nacional. Bohemio, incorregible, pero responsable como pocos. De hecho una de sus primeras grandes señales como ensayista se consigue cuando la reconocida revista literaria El hijo pródigo publica su Disposición a la muerte, que es el gran acercamiento a la interpretación que, sobre este ejercicio esencial, debe ser entendido no solo como diversión popular. También como una expresión de nuestro tiempo que, en tanto anacrónica se acerca a los territorios del sacrificio. De ahí su polémico discurso que sigue siendo sometido a encontradas diferencias entre quienes de manera casi eterna son sus seguidores y sus contrarios.

   Entre Disposición a la muerte y El hilo del toreo, se encuentra la summa de todo su conocimiento, lo que nos lleva a concluir que la trayectoria entre ambas obras fue la de una navegación perfecta, sin que faltaran mares embravecidos y furiosos en su contra. El despliegue de ideas, pero sobre todo de un conjunto macizo de teorías, le permiten desarrollar en su aportación bibliográfica, así como en su permanente quehacer periodístico, afinar un conjunto de ideas que, de alguna manera terminan concentrándose en su obra más acabada: EL HILO DEL TOREO. De hecho, en la tauromaquia, en cuanto recorrido milenario y secular, pero sobre todo en los últimos tres siglos, se ha manifestado, de parte de algunos toreros, aconsejados por amanuenses o consejeros experimentados, una profunda inquietud por legar lo mejor de su experiencia –summa al fin y al cabo-, que se va a depositar en tratados donde se comprende la técnica y la estética de avanzada. En el caso de José Alameda, lo suyo fue proponernos una Tauromaquia moderna, un tratado del toreo a pie puesto al día que se puede entender a la luz de un discurso perfectamente articulado en donde esa manifestación, anacrónica en cuanto tal ha avanzado a contrapelo de la modernidad, con sus consiguientes y puntuales precisiones que lo colocan –como ya se dijo-, en un lugar de distinción. Si por alguna razón escogió residencia definitiva en México, su raíz hispana no fue ajena a ese tardío reconocimiento, que desde mucho tiempo atrás lo tuvo bien ganado en nuestro país.

JOSÉ ALAMEDA, DEL HILO DE ARIADNA AL HILO Y SUMMA DEL TOREO.

    Antes de iniciar la lectura a esta conferencia, me parece oportuno incluir un texto de Andrés Henestrosa, uno de los grandes autores vivos de las letras mexicanas, quien parece darnos el exacto perfil de José Alameda. No lo dice directamente, pero se respira.

 El poeta y los toros. Andrés Henestrosa.

    Si Manuel Rodríguez Lozano, en vez de darme aquel libro hubiera puesto en mis manos un boleto para ir a ver los toros, yo hubiera intentando ser torero o novillero, iguales cuando lo son grandes: sólo un gran novillero llega a gran torero: el gran torero es un gran novillero que creció. El gran novillo es el gran toro: el toro es un novillo grande.

   El autor de Azul, Rubén Darío, correspondía en mi sentir a Rodolfo Gaona, el autor del “par de Pamplona”. Y a cada una de las faenas que vi, o de las que tuve noticias, le busqué correspondencia con grandes páginas literarias. Cada torero tenía su equivalente en las letras, y al revés: cada escritor el suyo en la tauromaquia. Poetas rondeños y poetas sevillanos. La espada del torero es la pluma del poeta, y al revés: la pluma es par de la espada. ¿No se dijo que eran hermanas la pluma y la espada? Algunos las manejaron con igual pericia, sin estorbar la una a la otra. La pluma no embota la espada. La de escribir un soneto es tan peligrosa y mortal como el soneto de una faena: en las dos está de por medio la muerte, se juega la vida. Sortean la muerte, se juega la vida. Sortear la muerte, burlarla, jugar con ella al escondite son cosas propias de la literatura y de la tauromaquia.

   Como hay el gran torero menor hay el gran poeta menor. Lope, Góngora, Quevedo, grandes plumas, grandes espadas, autores de grandes páginas, de grandes faenas quería decir. ¿Por qué habría llamado Baltazar Gracián torero de la virtud a Séneca? ¿Y los grandes poetas y los grandes toreros menores cuál el ejemplo, o cuáles los ejemplos? Como no hay poetas ni toreros menores, y esa clasificación no pasa de ser una equivocada ocurrencia, no hay ejemplo ni ejemplos que poner. Lo que un poeta mayor no logró decir, viene un poeta considerado menor y lo dice, con lo que se equiparan. Un quite, una suerte bien logrados, bien dibujados, bien escritos, el torero considerado menor se equipara con el máximo: diestros, sabios, maestros: igualmente diestros, sabios y maestros los dos.

   Hay en la tauromaquia como los hay en la literatura poetas y prosistas: el poeta sería el sevillano y el prosista rondeño. Pero, ¿cuál es mayor? Iguales los dos. Cada uno en lo suyo, con tal de que salga victorioso del apurado y mortal tránsito.

   Todos los géneros literarios se dan en el toreo. Todos los recuerdos y las licencias también. La improvisación, la ocurrencia, inesperada, repentina como se da en las letras se da en los toros. De ahí la suerte que llevan el nombre de quien las inventó, de quien se le ocurrió: gaonera, chicuelina, sanjuanera, cordobesa.

   Hay metáforas, símiles; asonancias, consonancias; cuenta silábica; rima, ritmo, cadencia; reticencias, pausas, puntos suspensivos en los dos ejercicios: en el ejercicio de la pluma y en el ejercicio de la espada, las dos de acero. Con sangre y con tinta, dos cosas que son una sola y única cosa, se firman por esa rúbrica, las grandes páginas del poeta y del torero. ¿Qué quiso decir Federico Nietzsche cuando dijo: “Escribe con sangre y aprenderás que sangre es espíritu”. Pensaba en las letras, claro, pero, ¿no también en todo otro oficio, en el toreo, por ejemplo, que tanto tiene del mester literario por lo peligroso y de provocar a la muerte? ¿No fue el mismo poeta y filósofo alemán quien aconsejó vivir peligrosamente?

   Si Manuel Rodríguez Lozano en vez de convidarme a leer un libro me hubiera invitado a los toros, habría intentado ser novillero, que es como se llama al torero en ciernes.

   Tarde vi a Gaona, a Sánchez Mejías, a Belmonte; los vi cuando ya iniciado yo en las letras, lo que tanto monta, monta tanto.

   No fui el novillero que pude ser y me quedé novillero de las letras. Y como si Rodríguez Lozano lo adivinara me pintó novillero, no sé de cual de los corrales: si el de los toreros o el de los escritores, tan parecidos.[1]

    Un paso adelante, y puede morir el torero. Un paso atrás, y puede morir el arte; o: El toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega, son a su vez, auténticas sentencias, rotunda aquella; con su toque de gracia esta otra. En su amplia producción, deben estar otras tantas, así como diversos aforismos y planteamientos de profunda reflexión en los que siempre aplicó la fórmula de Baltasar Gracián: Lo bueno si breve, dos veces bueno. Me refiero, y no puede ser otro que a José Alameda. Porque El toreo no termina en la muerte. Empieza en la muerte. A partir de la muerte y por la evidencia constante de su posibilidad, crece el toreo.

   Buena parte de la actual población mexicana guarda la memoria de un personaje que representó para su vida no solo recuerdo. También conocimiento. Locutor formado en una época de suyo especial, sobre todo por lo que fue y significó aquella transición de la radio a la televisión entre la cuarta y quinta décadas del siglo pasado. Esa voz autorizada y peculiar pertenecía a uno de los hombres más cultos que he conocido, no solo por su amplio bagaje de información sobre el planeta de los toros. Estoy hablando de quien se formó y cultivo en torno a la cultura universal. Él es José Alameda, español que convirtió a México en su segunda patria. Cumple con el difícil momento de superar un exilio francés para modificarlo por su condición de transterrado en 1940, cuando los otros españoles, ese enorme contingente derrotado porla Guerra Civil era acogido por nuestro país apenas un año antes, pero comparte con este grupo peculiar y en esa alianza, se integra a uno de los frentes intelectuales más vigorosos del siglo XX mexicano. Imposible olvidar, entre otros a León Felipe, Luis Cernuda, Pedro Garfias, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Max Aub, Adolfo Sánchez Vázquez, Luis Buñuel y un largo etcétera.

   El ciudadano español Luis, Carlos, José, Felipe, Juan de la CruzFernández y López-Valdemoro (Madrid, 24 de noviembre de 1912; ciudad de México, 28 de enero de 1990) se convierte para la tauromaquia mexicana y el ambiente social en José Alameda, para unos. En Pepe Alameda para muchos, si cabe el síntoma afectivo y cariñoso que se le prodigaron, aunque no faltara quien lo sometiera a juicios de valor; o peor aún, a juicios sumarios porque su cultura, finalmente su cultura despertaba sospechas y desdén.

   Quiero tomarme la libertad de llamar a esta una “conferencia magistral”, no tanto por apropiarme ventajosa o deliberadamente del término que supone la exposición de un ponente reconocido por la justa acumulación de sus experiencias. El giro, en todo caso, va por el personaje que nos convoca y es él, en esencia, quien origina denominarla, con sobrada razón, como de “magistral”, por lo que ese nivel tiene y adquiere a mi juicio esta participación frente a ustedes. Y es que ocuparse de José Alameda no es cualquier cosa. El leit motiv de mis notas pergeñadas al amparo de José Alameda en el recuerdo, me obligan conseguir un perfil, el más aproximado a su realidad posible, al José Alameda de carne, hueso y espíritu, porque nos encontramos ante un hombre cultivado nada más y nada menos que en la cultura universal que conocía como el que más. La de toros, que es otra cultura, formó parte vital en su paso por estos senderos.

   Nació pobre mientras sus padres intentaban defender lo poco que de nobleza se podía conservar, y aunque madrileño de nacimiento (calle de Goya 47, duplicado), la familia se desplazó a Sevilla, cuando Luis Carlos era apenas un niño. Pasado el tiempo, y al margen de sus amoríos, que fueron muchos, se inclinó… por una en especial: la soledad. Siendo ya un hombre mayor sentenciaba: “… y el gusto por ella todavía me dura”.

   Su arribo a México se registra con fecha 1º de marzo de 1940. Con 37 años de edad, una licenciatura en Derecho por la Universidad Central, en Madrid y amplios conocimientos en la traducción, habilidad a la que se aplica bajo las órdenes de Jacques Soustelle, antropólogo que dedica una buena parte de su obra a nuestro pasado indígena.

 CONTINUARÁ.


[1] El Búho, suplemento de cultura de EXCELSIOR. Domingo 3 de mayo de 1987.

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CRÓNICA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 Segunda novillada de la temporada 2011. Plaza de toros “México”. Domingo 24 de julio de 2011. 5 novillos de Marco Garfias y uno de La Punta. Salvador López, Lorenzo Garza Gaona y Angelino de Arriaga.

 I

    En mis 42 años de acudir a una plaza de toros, jamás había tenido oportunidad de presenciar un festejo desde el callejón, pero sobre todo desde lugar tan especial como el palco del ganadero. Tuve el honor de ser invitado por el Arq. Marco Garfias para acompañarle durante una tarde en la que se lidiaban novillos de su ganadería. Desde aquí mi agradecimiento. Aunque él intentaba ocultarlo, estaba sumido en una tensión que supone ser la prueba de fuego para muchos criadores de toros de lidia. Es un momento duro, como aquel que hemos pasado muchos, justo cuando se desarrolla un examen profesional. Intentaba estar relajado, bromeaba incluso pero se que en el fondo se sometía a un difícil proceso en el cual concluyen teorías y comienzan otras, en ese largo andar donde los ganaderos siguen en búsqueda del toro ideal, de ese toro afín a un propósito como es el de adecuar la casta, la bravura y otros aspectos propios de esa raza animal, para ponerlos al servicio de la tauromaquia, como expresión técnica y estética de nuestro tiempo.

 II

    Antes de comenzar la novillada de este 24 de julio último, un grupo de jóvenes –con derecho a hacer públicos sus reclamos-, se manifestaba a las afueras de la plaza “México”. Solo que su actitud sobrepasó los límites de la tolerancia, de ahí que los rodeara un cinturón de granaderos, y ya rodeados, se dedicaran a insultar, despotricar, sobajar, denostar pero sobre todo, argumentar con una serie de comentarios que, amparados en una posición como esa, solo adquirió dimensiones de provocación a un paso de la violencia. Lamento y mucho que esa actitud siga siendo su pendón, y una abierta declaración de guerra antes que prestarse a un diálogo prudente.

 III

    Tengo la impresión de que los taurinos a veces nos equivocamos con la falsa idea de que una pintura, una fotografía o una imagen cinematográfica recrean el momento más estético o emocionante de alguno de los pasajes ocurridos durante una tarde de toros. La voluntad de sus protagonistas es lograr la mayor talla posible, fundada en el manejo de unos instrumentos “toricidas” que sirven para probar, moderar y atenuar la fuerza de un toro para luego, en alianza con diversas intenciones estéticas, materializar el propósito que en estos tiempos tienen para ellos, los actores principales, y nosotros sus testigos presenciales de que se produzcan momentos capaces de ser retenidos por la memoria; ese arcón de recuerdos con los cuales solemos recuperar auténticos paradigmas o instantes de emoción o hasta de peligro.

   Tras el aguacero, con un ruedo incómodo pero al menos, con las condiciones mínimas, quien corrió con la suerte de coquetear con la gloria –y en este caso abrazarla-, fue Angelino de Arriaga, joven novillero tlaxcalteca, en cuyos principios ya se nota una correcta formación, por lo que al dejarnos un sabor de boca muy agradable, intensifica esperanzas, abriendo expectativas para un futuro promisorio.

   Dos constancias de un quehacer donde transpira afición a borbotones y exhala buenas maneras en porciones generosas. Además, ante la cara de sus enemigos, tiene idea para resolver los enigmas planteados, se sabe dueño del difícil toque del temple, mismo que se potencia gracias a esa caudalosa presencia de raza mexicana en general y tlaxcalteca en particular.

   Si ya en su primero nos había sorprendido, y al final de ese episodio hasta se paseaba por el ruedo con una oreja del pupilo de Marco Garfias, en el otro, un sustituto de La Punta, áspero y de complicado acceso, al final logró obligarlo a que se entregara a una muleta colmada de poder, ligazón y temple propiedad de un Angelino de Arriaga que nos sorprendía una vez más, ahora con dos orejas, luego de colocar la espada como era el deseo de todos los allí presentes. Pero es que la intensidad de su faena se extendía por entre los desiertos tendidos del coso capitalino, desde donde surgieron emotivas reacciones de los aficionados que supieron valorar el digno quehacer de este aspirante a la categoría de matador de toros.

   Correr la mano “de aquí hasta allá”, rematar sabrosamente algunas de las series con el de trinchera o el forzado de pecho le dieron peso a su faena, misma que nos mantuvo pendientes de sus mejores momentos, los cuales se disfrutaron a placer, como los disfrutó y sufrió el propio novillero, el cual, en cada momento que disponía para un breve respiro, lanzaba hacia los tendidos una mirada que permitía entender su capacidad de dominio, acompañadas de duros resuellos venidos desde su palpitante pecho.

   Al final, consumada la hazaña, salió en hombros, en pleno olor de santidad de esta plaza que ahora se convierte en el reto a vencer, plaza desde donde el reloj monumental parecía, sin manecillas, un espacio donde la dimensión del tiempo jamás ha existido.

 26 de julio de 2011.

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REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. REVELADO Nº 22.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Hermosa composición a la que parece no faltarle nada, aún incluso llevando como telón de fondo el emblema de la bandera nacional. Hay equilibrio en sus líneas, hay armonía en el propósito que persiguen todos y cada uno de los que ahí están reunidos, para perpetuarse en una imagen, sujeta de los viejos cánones del principio de la fotografía. Además, en ella aparecen personajes con nombre y apellido, a saber:

Picadores: Ramón Frontana, Luis Martínez, Cenobio Esparza y Arturo Frontana. Al centro: Manuel Rodríguez, Luis Frontana, José Ávila, Refugio Pérez, Macario Castelán, Mariano Rivera y Crescencio Torres. En la fila delantera: Manuel Martínez Feria, como director; Pedro López, Carlos Lombardini y Eduardo Margueli, comparecen como matadores.

Col. del autor.

   Se trata de la “Cuadrilla Juvenil Mexicana”, renovada presentación de las que fueron “Compañías de gladiadores” durante buena parte del siglo XIX para luego, al iniciar el XX, destacar la que encabezaba Saturnino Frutos “Ojitos” y de la que salió para darle lustre a la tauromaquia nacional, el célebre Rodolfo Gaona.

Cuadrilla juvenil mexicana, dirigida por Saturnino Frutos “Ojitos”. Entre los más destacados alumnos, Rodolfo Gaona sería la pieza más acabada, heredero de las formas técnicas impuestas por Salvador Sánchez “Frascuelo” y las de carácter refinado que legó Rafael Molina “Lagartijo”. Al centro mírase al maestro “Ojitos”, y de izquierda a derecha aparecen Manuel Rodríguez, Blas Hernández, Antonio Conde, Rodolfo Gaona, Eustolio Martínez, Antonio Rivera, Pascual Bueno, Daniel Morán, Prócoro Rodríguez, Rosendo Trejo y Fidel Díaz. Fotografía dela Galería Taurinade don Celerino Velásquez.

Fuente: La Lidia. Revista gráfica taurina, Nº 53, del 6 de noviembre de 1943. Col. del autor.

    La primera de las imágenes fue registrada en 1909. La segunda, debe haber sido tomada más o menos en 1906. En ambas, se adopta la influencia española en toda su dimensión. Una presencia como la de Saturnino Frutos, torero y banderillero que supo de las andanzas y picardías de la última etapa del toreo a la mexicana a finales del siglo XIX. O la de Martínez Feria, que ya junto a Margueli y su cuadrilla se presentaban en diversos ruedos desde 1908, como nos lo dice una nota en El Popular del 7 de julio de 1908:

La novillada próxima. Presentación de la cuadrilla juvenil Margeli-Feria.

   En grandes cartelones, fijados en los sitios de costumbre, se anuncia para el próximo domingo 12, la presentación de la notable Cuadrilla Juvenil de que son empresarios los señores Margeli y Martínez, y en la que figuran los matadores Lombardini y Pedro López, y de los cuales se cuentan infinidad de proezas.

   La empresa que explota hoy el coso de El Toreo, ha firmado escritura, por cuatro corridas, habiendo escogido toros de casta para todas ellas, siendo de Atenco los de la primera, que como decimos se verificará el próximo domingo.

   Ya en esos primeros años del XX, hace poco más de un siglo, Frutos, Feria, pero también Ramón López o Diego Prieto, estaban más que convencidos de que en nuestro país existían condiciones para poner en marcha un buen caldo de cultivo que aceleraría el principio de la puesta en escena para materializar el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna. Esos tiempos en los que si bien Arcadio Ramírez “Reverte Mexicano” o Alfredo Zayas “Zayitas” hacían su mejor esfuerzo, pero sin remontar las expectativas planteadas, sería Rodolfo Gaona el que se posicionaría en lugar de privilegio, hasta lograr una de las más caras condiciones: trascender y universalizar el toreo. Tal es una apreciación hecha a tiempo y en perspectiva por el recordado José Alameda, considerando para ello todas las condiciones que debían reunirse en un auténtico frente de guerra donde luchaban personajes como José Gómez Ortega, Juan Belmonte, Rafael Gómez Ortega, Rafael González, Ricardo Torres, Castor Jaureguibeitia, Vicente Pastor, Juan Silveti, Vicente Segura y otra pléyade de diestros más extranjeros que nacionales. Pero con Rodolfo bastaba para convertir todos esos propósitos en una realidad tangible. A su lado, marcharían otros personajes claves como Pedro López y Carlos Lombardini, aunque sin correr con la suerte del leonés.

   En justa como obligada recuperación de la memoria, estos nombres vuelven a ser aliento para recuperar a quienes se convirtieron en “héroes” e “ídolos” hace un siglo cabal.

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ACLARACIONES SOBRE EL ORIGEN DE ATENCO. (Continuación).

DEL ANECDOTARIO TAURINO MEXICANO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Como he venido mencionado, los datos que se muestran aquí, provienen de mi tesis doctoral:

 José Francisco Coello Ugalde. ATENCO: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia. Tesis que, para obtener el grado de Doctor en Historia presenta José Francisco Coello Ugalde. México, Universidad Nacional Autónoma de México, División de Estudios de Posgrado. Colegio de Historia. 251 p. + 651 de anexos. (Pendiente de su presentación).

    Lo que es un hecho es que la ganadería como concepto profesional y funcional se dispuso con ese carácter, y en España hacia fines del siglo XVIII. México lo alcanzará hasta un siglo después. Que el ganado embestía, era la reacción normal de su defensa; y obvio, entre tanta provocación existía un auténtico y furioso ataque de su parte.

   Ganado vacuno lo había en grandes cantidades. Su destino bien podía ser para el abasto que para ocuparlo en fiestas, donde solo puede imaginarse cierta bravuconería del toro que seguramente, nada debe haber tenido de hermoso, gallardo o apuesto como le conocemos en la actualidad. Quizás eran ganados con cierta presentación, eso sí, con muchos años y posiblemente exhibiendo una cornamenta extraña y espectacular.

   Entre las primeras participaciones de ganado de Atenco, destinado a fiestas durante el siglo XVII, está la de 1652, 11 de noviembre de 1675 cuando se corrieron tres toros con motivo del cumpleaños del Rey, donde además se presentó el Conde de Santiago, auxiliado de 12 lacayos. También el 11 de mayo de 1689, fiestas en el Parque del Conde, terreno aledaño a la primitiva construcción de la casa principal de los condes en la capital (cuya casa señorial es el actual Museo dela Ciudadde México, la cual fue construida bajo dimensiones señoriales hasta el siglo XVIII, al cuidado del arquitecto Francisco de Guerrero y Torres). Otras tres corridas en junio de 1690 y en el mismo escenario. El 28 de mayo de 1691 el Conde de Santiago, don Juan Velasco, actuó junto a Francisco Goñe de Peralta, quienes se lucieron en esas fiestas.

 LA TESIS DE NICOLÁS RANGEL SOBRE EL ORIGEN DE ATENCO TOMA UN SESGO.

    Tal parece que la historia puede corregirse cuando ciertos datos considerados como infalibles, se les descubre en medio de un mal manejo e interpretación.

   Es de sobra conocido entre aficionados y lectores a los toros, el planteamiento expuesto por Nicolás Rangel acerca del pie de simiente con el que se formó la hacienda de Atenco desde la segunda mitad del siglo XVI. Argumentaba la incorporación de doce pares de hembras y machos que habían sido adquiridos en la provincia española de Navarra.

   Personalmente era difícil creer tesis tan arriesgada si entonces no estaba constituida ninguna hacienda ganadera, de modo profesional, tanto en la península como enla Nueva España.Tal cual ocurrió hasta fines del siglo XVIII con la de Aleas en España, y un siglo después en México con las de Atenco, Cazadero o Tepeyahualco, donde se estableció un esquema de actividades ganaderas muy concretas que afirmaron el concepto.

   Sin embargo, frente a todo esto, ha aparecido una nueva luz en el panorama que desplaza cierto opacamiento de la que proyectó Rangel desde 1924. No es un descubrimiento en cuanto tal, pero llama la atención por el hecho de que es una información publicada 37 y 40 años respectivamente antes que la famosa HISTORIA DEL TOREO EN MÉXICO mostrara las conclusiones sobre el origen incierto en cuanto al pie de simiente de la hacienda de Atenco. Bajo ese nuevo brillo veremos que el pasado tiene encerrado un misterio que ahora nos ofrece generoso para explicarlo cada vez con mayor facilidad y seguir así, la ruta más adecuada.

   Otro apunte que también crea un interesante territorio de dudas, es el que nos proporciona datos sobre una actuación de Bernardo Gaviño en Puebla, allá por 1858. Dice la nota recogida de la obra de Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y España. 1519-1969:

 PLAZA DEL PASEO NUEVO, PUEBLA, PUE. En 1858 fue nuevamente reedificada dicha plaza, estrenándola -así fue anunciado- Bernardo Gaviño, llevando de segundo espada a Pablo Mendoza, con toros de Atenco, “entonces ganadería recientemente fundada”. Fueron los festejos, para celebrar los Días de Todos Santos, la primera semana del mes de noviembre.

    Todo esto, nos presenta un amplio panorama de exploración, mismo que queda sujeto a los avances considerados en esta tesis doctoral.

   El dato que contrasta con lo dicho por Rangel apareció en El Arte de la Lidia, año III, Nº 32 del 12 de junio de 1887:

 LAS GANADERÍAS

 ATENCO

      La muy acreditada ganadería de Atenco, existente en el estado de México, se debe al conde de Santiago, desde el siglo pasado, que por su cuenta se trajeron de España, procedentes de la provincia de Navarra, los primeros doce pares de machos y hembras, siendo la segunda remesa de cincuenta pares.

     Estas reses tienen las condiciones de la ganadería de Pérez Laborda, distinguiéndose y principalmente por su color, que es colorado, josco y en general por su figura aleonada, sobre todo en los cuartos delanteros y musculación de las piernas. Aunque chicos de cuerpo, son bravos, de mucho poder, ligeros codiciosos y francos, distinguiéndose en particular de las demás ganaderías, en el primero y tercer tercio de la lidia, pues como se ha visto siempre el toro de Atenco, aunque se sienta bastante herido, se engarrota para no caer, viéndose muchas veces que por coger a su adversario se le ve llorar por no poder vengarse, y algunos toros exhalan el último suspiro casi en pie. Todas estas condiciones las tienen, como se ha dicho, la ganadería de Pérez Laborda, en España, por lo que se cree, son hermanos.

     La época buena en México, de los toros de Atenco, fue en los años de1830 a1866, en que la ganadería estaba en todo su apogeo, existiendo de4 a6000 reses bravas, pudiéndose sacar entonces para lidiarlos de400 a600 toros, el menor de 6 años. Razón por qué en aquella época fueron tan notables los toros de Atenco en varias plazas de la república, principalmente en los circos taurinos de San Pablo y Paseo Nuevo de esta capital.

     En varias épocas, los toros de Atenco han jugado en competencia con algunas ganaderías de bastante nombre, como la del “Cazadero”, pero hasta ahora no se ha dado el caso de que se les haya superado en ley y bravura.

     Es muy raro el toro de Atenco que no recibe seis varas con voluntad y muchas veces se ha visto caer a los toros en medio del ruedo, acalambrados por su condición y ley. En varios apuntes que hemos visto en la hacienda, aparece que en una corrida que se verificó en la plaza del Paseo, a beneficio de la misma hacienda, se lidió un toro llamado “El León” de magnífica estampa y de una bravura a toda prueba. Este toro dejó tres veces la plaza limpia de picadores y toreros, ocasionó 20 caídas, y mató 18 caballos, llegando después con muchísimas facultades al último tercio en que fue muerto por el renombrado espada, Bernardo Gaviño.

     Sería muy largo dar a conocer otros muchos hechos semejantes, que con razón le han dado tanta fama a la ganadería de Atenco.

SERVOLINI

    La sorpresa invadió mi quehacer, y en el afán de confirmar el dicho, fuí a consultar diversos documentos que ahora pongo a la disposición, pero que también someto a discusión. Entre esas fuentes se encuentran las obras de F. G. de Bedoya, la de Vicente Pérez de Laborda Villanueva y finalmente la de Alejandro Villaseñor y Villaseñor.

   ¿A cuál de los condes que manejaron o administraron la hacienda de Atenco durante el siglo XVIII se refiere Servolini?

   Recordando las notas incluidas en la “Introducción”, una primer respuesta la encontramos en lo que menciona Antonio Briones Díaz acerca de Francisco Javier Altamirano, que no es sino el sexto conde de Santiago, Juan Javier Joaquín Altamirano Y Gorráez Luna, Marqués de Salinas VII; Adelantado de Filipinas.

   Ahora bien, aunque la ganadería de Pérez Laborda surge hasta finales del siglo XVIII, y comienza a tener una intensa actividad al comenzar el XIX, sí en cambio existía la de don Antonio Ibarnavarro, mismo que en 1768 declaró poseer 120 vacas y 50 toros (con la que después seleccionó Felipe Pérez Laborda el pie de simiente para su propia ganadería).

   Casualmente, Antonio Ibarnavarro ya está vendiendo toros para las fiestas que se efectuaron en Pamplona hacia el año 1789, pagándosele 50 duros por toro y 30 por novillo. Ya en 1818, al formarse la sociedad Juan Antonio Lizaso-Felipe Pérez de Laborda, declara este último “que las Bacas [seleccionadas para formar aquella ganadería] son de las más antiguas y mejor casta que se encuentran en el país”. También debe apuntarse que Juan Antonio Lizaso formó sociedad con don Francisco Guendulain en los últimos años del décimo octavo siglo, que terminó disolviéndose al comenzar el siglo XIX. En las postrimerías del XVIII, Guendulain compra a su vez un lote de ganado a don Antonio Lecumberri que formó con bastante buena suerte una ganadería con toros de la región, trayéndole muy buenos resultados, tal y como lo hizo también Zalduendo de Caparroso y Arnedo, toros que se corrían en todas las fiestas de Pamplona y Zaragoza.

   Así que tanto Antonio Ibarnavarro, como Antonio Lecumberri, antes que Lizaso-Pérez Laborda, Guendulain y Zalduendo, son los dueños que tienen establecida una ganadería en la región vasca, y con aquellos toros y vacas las formaron entre los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, como también pudo ocurrir con el sexto conde de Santiago de Calimaya, que, probablemente entró en negociaciones no tanto con Sánchez Laborda, sino con Ibarnavarro o con Lecumberri.

   No se sabe si cuando Felipe Pérez Laborda, al finalizar la guerra de independencia en España, al evitar cierto inconveniente en la afinidad de sangre, fue eliminando hasta 38 vacas y entre 7 y 8 sementales de la ganadería de Ibarnavarro, hasta dar con lo que después fue su pie de simiente fundacional. La guerra de independencia concluyó en 1814. No perdamos de vista ese “desecho”, si lo podemos considerar también como parte de la “segunda remesa”, formada por otros cincuenta pares, pero que no se menciona si llegaron a la hacienda atenqueña. Desde luego, todo desecho es condenado al matadero.

   Otro asunto que destaca aquí, es que en cuanto Servolini refiere las características del ganado de Atenco, tan afín al de Pérez Laborda, no lo hace tomando en cuenta la propia experiencia de dicho ganado en las plazas mexicanas de mediados del siglo XIX. Se apoya en lo anotado por Bedoya, libro que ya circulaba en México hacia 1882, según afirma el periodista Carlos Cuesta Baquero.

 TOROS DE LA SEÑORA VIUDA DE PÉREZ LABORDA (TUDELA NAVARRA)

      A propósito hemos dejado esta ganadería para semblazarla después que a las demás de Navarra [refiriéndose, desde luego a los toros de Guindulain y de Zalduendo], porque los toros que de ella proceden, tienen además de las cualidades comunes a los toros bravos, otra tan especial, que merece se haga de ella particular mención. Parece excusado analizar la condición de estas reses cuando desde luego confesamos que son las mejores de todas las castas conocidas hoy en aquel país: bravura, dureza, juego, ligereza y todas las demás dotes que constituyen el verdadero mérito de un ganado, todas las poseen estos toros, y además la particular de vérseles llorar cuando se consienten muertos de la estocada, y no pueden coger al lidiador. Ciertamente que esto acredita su bravura, pero no es esta la última prueba que dan de sus bríos; en los momentos de expirar no buscan terreno para echarse, al contrario, se engarrotan, digámoslo así, y en pie exhalen el último aliento. Es todo cuanto en honor de la verdad podemos decir en obsequio de la primer ganadería de España, cuyo título no creemos se lo dispute nadie, tratándose de toros puramente bravos.

    Si el colaborador de El Arte de la Lidia al describir a los toros atenqueños lo hace con conocimiento de causa, y si encuentra semejanzas entre estos y los de Pérez Laborda, no se trata más que de una mera coincidencia que reúne condiciones de juego que entre unos y otros terminan siendo iguales.

   Destaca por otro lado características de pelaje y juego, así como el apunte anecdótico que da a la nota un interés particular.

   Sin embargo, ¿se gana algo al pretender desviar la afirmación rangeliana?

   Podría decir que cambia el espacio temporal y se agrega un nuevo valor con relación a la segunda remesa. También de que su semejanza con los toros de Pérez Laborda es tan cercana, que de alguna manera termina haciéndolos “hermanos” de raza y casta.

   Ante todo lo anterior se puede concluir que se trata de un novedoso argumento, débil en su solidez, si no olvidamos que en 1884 y 1898, Un corresponsal del propio semanario El Arte de la Lidia y José Julio Barbabosa, ganadero de Santín decían de Atenco respectivamente lo que sigue:

CONTINUARÁ.

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MUSEO-GALERÍA TAURINO MEXICANO. 11ª, 12ª y 13ª PIEZAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    El “Toreo”, el famoso “Toreo” de la Condesa, por haber estado durante 39 años en esa colonia emblemática de la ciudad de México, en realidad tuvo un destino poco afortunado, en cuanto a su acabado. En principio, los arquitectos y diseñadores, lo plantearon de esta manera:

Col. del autor.

 En realidad, terminó sus días siendo una estructura esquelética, fría, pero con un sabor que aún lo recuerdan viejos aficionados y otras tantas miles de fotografías que, por fuera o por dentro, nos dejan entender el “sello” que dejó impregnado para la posteridad. He aquí una de ellas:

Col. del autor.

    Es una lástima que la primera plaza de mampostería en la capital del país tuviese ese destino. Desde el virreinato, y luego durante el siglo XIX, todas las plazas, sin excepción, fueron de madera, de ahí que se apolillaran, perdieran vigor, o se convirtieran en blanco de la destrucción y el fuego en más de una ocasión, debido a lo malo del ganado o a la pésima actuación de los toreros. Por eso, fue pertinente erigir una que tuviera condiciones más favorables y modernas, como para tener posibilidad de una larga permanencia. Como se sabe, fue inaugurada el 22 de septiembre de 1907, siendo la del 19 de mayo de 1946, la tarde postrera, la del adiós.

Col. del autor.

 Su capacidad, apenas 25 mil espectadores ya no fue suficiente en medio de una ciudad que crecía al ritmo de la modernidad, de ahí que desde 1945 se iniciara el proyecto de la famosa “Ciudad de los Deportes”, impulsada, entre otros, por el empresario Neguib Simón.

   Muchos son los datos que arroja la historia de este coso, como este que a continuación traigo hasta aquí, fruto de la inspiración de Rafael Alberti, quien, en buena medida, concibió su famoso poema “Verte y no verte”, esa otra versión que se suma al emblemático poema lorquiano del “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías”, presenciando alguno de los festejos que se dieron por agosto de 1935 en la plaza que hoy hemos visitado. Veamos.

 (. . . . . . . . . . . . . .)

DOS ARENAS

Dos arenas con sangre, separadas,

con sangre tuya al son de dos arenas

me quemarán, me clavarán espadas.

 

Desunidas, las dos vendrán a unirse,

corriendo en una sola por mis venas,

dentro de mí para sobrevivirse.

 

La sangre de tu muerte y la otra, viva,

la que fuera de ti bebió este ruedo,

gloriosamente en unidad activa.

 

Moverán lunas, vientos, tierras, mares,

como estoques unidos contra el miedo:

La sangre de tu muerte en Manzanares,

la sangre de tu vida

por la arena de México absorbida.

(Verte y no verte,

yo, lejos navegando,

tú, por la muerte). 

Plaza de toros EL TOREO

México, 13 de agosto de 1935. 

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Don Antonio de Robles[1] vuelve a deleitarnos con algunos de los acontecimientos que destacaron en el año del señor de 1670, y que fueron los siguientes:

 -Años del rey nuestro señor D. Carlos II (6 de noviembre).

-Recibimiento del señor arzobispo (8 de diciembre).

-Azotados por el santo oficio (9 de diciembre).

El “parnaso” novohispano, figurada representación con ropajes de siglo XXI.

EL PAÍS, edición mexicana. 25 de junio de 2005.

 Evidentemente tres cosas notables destacan entre otras muchas que deben haberse celebrado en aquel momento, sobre todo, si partimos del hecho de que buena parte del virreinato estuvo colmado de pretextos para festejar. En aquellos momentos el “parnaso” novohispano, integrado por poetas mayores y menores, dieron lustre a diversas manifestaciones-. Díganlo si no las siguientes obras:

 Alonso Ramírez de Vargas: Descripción poética de la máscara y fiestas que a los felices años, y salud restaurada de el Rey Nuestro Señor, Carlos II (que Dios guarde), hizo la nobleza de esta imperial Ciudad de México, cuya disposición logró el cuidado de el muy ilustre Señor Conde Santiago de Calimaya, Adelantado dela Isla Filipinas&. C. y del Señor Don Diego Espejo Maldonado, caballero de la orden de Santiago, Alguacil Mayor que fue dela Contrataciónde Sevilla y Corregidor actual de ésta de México. Celebrando en los años de Su Majestad los deseados a la prorrogación del Excelentísimo Señor Marqués de Mancera, Virrey de esta Nueva España. Que escribía D. (…). Conságrala a Su Excelencia. Con licencia. Impreso en México. Por Juan Ruiz. Año de 1670.

 Alonso de la Peña Peralta, y Pedro Fernández Osorio. Pan mystico: numen simbólico, symulachro político que… erigió…. la… imperial metropolitana iglesia de México a… Fr. Payo Enríquez de Ribera… México: Vda. De Bernardo Calderón, 1670.

Pedro Arjona. 1670. Relación en prosa y verso de las fiestas a la beatificación de Santa Rosa de Lima. México.

 Festivo aparato con que la provincia mexicana de la Compañía de Jesús celebró, en esta imperial corte de la América Septentrional, los inmarcesibles lauros y glorias inmortales de San Francisco de Borja, grande en la pompa del mundo, mayor en la humildad de religioso y máximo en la gloria de canonizado. México, 1670, por Juan Ruiz (que en realidad sólo era editor).

    En su contenido, estuvo implícito el tema taurino, que no escapaba ni a lo profano ni a lo sagrado.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Virreyes_de_Nueva_Espa%C3%B1a

    En aquellos años gobernaba Fray Payo Enríquez de Ribera, arzobispo dela Nueva España de1670 a 1681; y, al mismo tiempo, virrey de1673 a 1681. De este arzobispo-virrey, apunta don Artemio de Valle-Arizpe:

    No sólo don Fray García Guerra fue un arzobispo taurófilo recalcitrante, sino que también lo fueron el agustino don Fray Payo Enríquez de Rivera, virrey en 1673, quien antes de la función paseaba muy pomposo el ruedo en carroza, recogiendo aplausos de la multitud; y el altivo y fastuoso arzobispo don Juan Ortega y Montañez, que por Felipe V, primer Borbón de la Monarquía española, gobernó la Colonia, y que antes de la corrida también daba varias vueltas por la arena en su resplandeciente carroza, dorada y carmesí, seguido de todos los dignatarios de la Corte y de las autoridades, en suntuosos carruajes, y, abriendo marcha, iba envuelto en su ropón el pertiguero de la Catedral, con la cruz alta que va en las procesiones delante de los señores arzobispos.[2]


[1] Artemio de Valle-Arizpe: EL PALACIO NACIONAL DE MÉXICO. MONOGRAFÍA HISTÓRICA Y ANECDÓTICA. México, Imprenta dela Secretaría de Relaciones Exteriores, 1936. 538 p. Ils., fots., retrs., p. 44-45.

[2] Antonio de Robles: DIARIO DE SUCESOS NOTABLES (1665-1703). Edición y prólogo de Antonio Castro Leal. México, Editorial Porrúa, S.A., 1946. 3 V. (Colección de escritores mexicanos, 30-32).

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LA TARASCA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    En una más de esas “navegaciones” necesarias y que permiten acceder a datos verdaderamente curiosos, pude encontrar en la página “Memoriademadrid” (http://www.memoriademadrid.es) la imagen que ahora acompaña la presente colaboración.

   Se trata de una “Tarasca con corrida de toros”. Pero, en esencia, ¿qué es una “Tarasca?

   Me permito una pequeña libertad en las presentes “Efemérides…” pidiéndole a don Antonio de Robles licencia para tratar el presente tema. Para ello, traigo notas de un texto inédito que lleva por título:

 LA TARASCA: REPRESENTACIÓN DE LA TEATRALIDAD QUE PROVIENE DEL “SIGLO DE ORO” ESPAÑOL, Y SE INCORPORA EN LAS FIESTAS CIVILES, RELIGIOSAS Y TAURINAS DEL MÉXICO NOVOHISPANO Y TAMBIÉN DECIMONÓNICO.

    En un cartel taurino, correspondiente a la tarde del jueves 3 de junio de 1858 aparece una curiosa referencia que tiene que ver con la MOJIGANGA DE LA TARASCA:

 Cartel de la plaza de toros DEL PASEO NUEVO para el jueves 3 de junio de 1858.

CORRIDA EXTRAORDINARIA / EN LA PLAZA DEL PASEO NUEVO, / Para el Jueves 3 de Junio de 1858. / TOROS DE ATENCO. / CUADRILLA DE B. GAVIÑO.

   Deseando obsequiar la solicitud de mis muchos favorecedores aficionados a esta diversión, he logrado que la empresa me cediera la plaza, en la tarde de este día, para dar una corrida que espero será del agrado de las personas que me favorezcan con su asistencia.

SEIS VALIENTES TOROS

De la muy conocida RAZA DEL CERCADO DE ATENCO, que personalmente he escogido entre todo lo mejor que hoy se encuentra en dicho cercado.

   En uno de los intermedios, presentaré la famosa

MOJIGANGA DE LA TARASCA, / que proporcionará bastante diversión a la concurrencia, y concluirá la corrida con el / TORO EMBOLADO / para los aficionados. / Esta es la función que tiene el gusto de ofrecer al respetable público, / Bernardo Gaviño.

TIP. DE M. MURGUÍA.[1]

    Por ahora es este el único soporte documental existente con el que nos hacemos una idea de aquellas tauromaquias de múltiple composición decimonónica. Es la “Tarasca”, una expresión emanada del teatro y que acogió la plaza como otro escenario sucedáneo para su desarrollo y manifestación. Y no solo se incorporó a estas dos formas grandiosas de la culminación estruendosa de la fiesta en sí misma. También la encontramos en algunas procesiones y desfiles, sin faltar en pretextos religiosos como el que puede observarse en el atrio de la basílica de Guadalupe, donde al compás de las danzas de moros y cristianos surgió la “tarasca”.

   Antes de confundirnos con un inapropiado gentilicio atribuible a las michoacanas de la región purépecha, veamos en qué consiste la mencionada “tarasca”.

   César Oliva en su estudio: “La práctica escénica en fiestas teatrales previas al Barroco”[2] apunta que desde finales del siglo XVI, las rumbosas celebraciones ocurridas en España, estuvieron matizadas no solo de aquellos pasajes taurinos, sino que se adhirieron otros de carácter teatral, comunes al radio de acción que opera en el calendario religioso. Esto es, que en los albores del barroco es “cuando se teatraliza absolutamente la procesión / fiesta”. Y la del Corpus despliega dichos elementos.

   En su contenido hay dos: el profano, “señal inequívoca de querer un arranque pretendidamente alegre”, sigue diciéndonos Oliva. Allí estaban: danzantes de divertidas músicas, cabezudos y gigantes, recitadores, la tarasca, también llamada cucafiera, o cucafera, o gomia, con su tarasquillo. El otro es eminentemente teatral.

   En Murcia, la tarasca es “una ingeniosa máquina de monstruo artificio, que Tarasca es, y menea las siete cabezas y la cola; por las siete bocas a ratos fuego hecha, con que pavor mete y en medio pone a los zagales…”

   España y los españoles, dispuestos a celebrar cuanto pretexto fuera digno de “celebración”, se convierten en telón de fondo de las múltiples relaciones de fiestas, donde, como ya sabemos, desde fines del siglo XVI fueron apareciendo intermitentemente las “teatralizaciones”, que esta diversión popular hizo suyas como resultado de aquella exteriorización de la alegría, propia del terreno profano, en contraste del carácter sagrado y místico que per se eran consubstanciales a la fiesta religiosa, entendida bajo su riguroso concepto de celebración litúrgica.

   Para César Oliva, entre las partes más “dramatizadas” de la fiesta se encuentra la Tarasca y su información se remonta hasta 1472, donde además se le conoce como “drago” o “dragó”, y es eso, una tarasca, “con su tarasquillo, gigantes y demás figuras grotescas (que) marcaban un grado de participación festivo”. Y ese concepto “monstruoso” se construía con madera, lienzo y pintura que de una cabeza podía llegar a poseer hasta siete, en cuyo interior se instalaba una maquinaria capaz de producirle cierto movimiento y hasta la posibilidad de lanzar fuego y humo. En la procesión o en la plaza se acercaba tanto aquella figura al público espectador, con impulsos violentos y ademanes devoradores, que los esquivaba “arrojando a sus fauces trozos de telas, sombreros viejos y todo cuanto tuviera a mano”.

   Y mientras se desplaza y se retira la Tarasca lanzando bengalas y cohetes, arrastrando “la culpa”, “el mal” o “el demonio”, antítesis del bien, porque con la Tarasca “se participa activamente en el juego teatral. El receptor es asustado por ella. Juega a eso. Pacta. Establece una relación de complicidad, intraficcional, que tiene mucho de teatral”. Hasta aquí con César Oliva, porque ya Lope de Vega se dispone a leernos la siguiente octava:

Luego me fui paso a paso

Donde dicen que salía

La procesión, y esperando

Veo venir la Tarasca

Perseguida de muchachos,

Que diz que no es cosa viva

Sino que unos hombres debajo

La llevan por donde quieren.

    En un brinco continental, temporal y poético, se encuentran estos otros versos:

Ha llegado el día de Corpus

Y día de mucha borrasca

En que todos los muchachos

Piden para su tarasca.

    Y regresamos al Corpus, concretamente jueves de Corpus, que en México se representa además por un dragón alado hecho de cartón con rodaje de madera. Para Gabriel Weisz,[3] este curioso juguete es la tarasca, muy semejante a las figuras montadas en carritos de tiempos prehispánicos.

   Weisz nos facilita otro elemento importante en relaciones a nuestra figura en tratamiento, diciéndonos que en Francia existe un pueblo llamado Tarascón, lugar donde confluyen varios ríos, y lugar también donde habita la tarasca o tarasque. Conocido como todo un dragón, es celebrado en dicha población francesa el día de la Ascensión, dejándose lucir con un gran caparacho con la cabeza movible y su cola, figura cargada por tres hombres dispuestos a divertir y divertirse.

   Si ya César Oliva nos daba fuentes que remontaban a la Tarasca allá por 1472, Weisz apunta que la muy citada tarasca hizo su aparición mítica cuando Hércules vence a  Tauriscus, rey de Galia.

   Sea lo que fuere, entre orígenes míticos y transitando en el pantano durante las fiestas de Pentecostés, y sometido por Santa Margarita que al llevar al dragón hasta el poblado más cercano, sin otro fin que la descuartización, la Tarasca se convirtió en elemento festivo, muchas veces indispensable en la multitud de conmemoraciones novohispanas y decimonónicas, aunque ya para 1790 habían sido suprimidas, junto con los “gigantes”.[4] Sin embargo, el cartel de 1858 nos dice que tal desaparición no fue tajante. En todo caso, se desvanecieron entre la indiferencia reflejada en el tiempo y una práctica cada vez menos frecuente.

   Apenas uno entre muchos, este violento y monstruoso actor fue figura destacada, que desprendiéndose del ámbito sacro, para pasar al profano, alcanzó su mejor estatura en la teatralización, recogida, como ya se vio, hasta en el espacio taurino que no fue privativo de España, pues el México virreinal e independiente lo incorporaron en sus teatros, sus atrios y sus plazas de toros.


[1] Armando de María y Campos. Los toros en México en el siglo XIX, 1810-1863. Reportazgo retrospectivo de exploración y aventura. México, 1938.

[2] José María Díez Borque, et. al.: Teatro y fiesta en el barroco. España e Iberoamérica. España, Ediciones del Serbal, 1986. 190 p. Ils., grabs., grafcs. (César Oliva: “La práctica escénica en fiestas teatrales previas al barroco. Algunas referencias a muestras hechas en la región de Murcia”, p. 98-114).

[3] Gabriel Weisz: El juego viviente: Indagación sobre las partes ocultas del objeto lúdico. México, siglo XXI, 1986. 183 p.

[4] José Francisco Coello Ugalde: ARCHIVO HISTÓRICO DEL DISTRITO FEDERAL. DOCUMENTOS HISTÓRICOS SOBRE FIESTAS Y CORRIDAS DE TOROS EN LA CIUDAD DE MÉXICO, SIGLOS XVI-XX. ACERVO: AYUNTAMIENTO. PERIODO: 1692-1915. VOLÚMEN: 11 VOLS.: 394-404. Vol. Nº 394, año de 1790, exp. Nº 71: Sobre la supresión de Gigantes y Tarascas en México. 2 f.

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