Archivo mensual: noviembre 2013

EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   El festejo que habrá de celebrarse el próximo 1° de diciembre en la plaza de toros “México”, tiene una “sustancia” muy especial. Al margen de la “desobediencia” que sigue mostrando la empresa, que ha olvidado dar un buen servicio, y más aún, mejor calidad en los espectáculos que viene organizando, se prevé un balance del que aquí haré algunos presupuestos.

   Los tres espadas hoy por hoy, se encuentran en una situación de privilegio, pues cada uno de ellos está posicionado en lugares que difícilmente dejarán que otros les arrebaten. El quehacer de Adame, Saldívar y Silveti ofrece para dicha jornada situaciones que esperamos se cumplan a cabalidad, en cuanto a un prestigio que se han venido ganando de un tiempo muy reciente para acá, sobre todo con respecto al quehacer que desplegaron en la temporada española que ha terminado ya por este año.

   El ganado a lidiar, que son los toros de Barralva, de los que afortunadamente la evidencia fotográfica ha permitido conocerlos en el campo, deja ver que se trata de un encierro que cumple con los requisitos establecidos no sólo por el reglamento. También por la costumbre y esa urgente necesidad de que lo que salga por “Toriles” en la plaza “México” sea precisamente un toro de indudable presencia y no la penosa situación de festejos anteriores, en que se sigue insistiendo por “burlarse” de la afición que miren ustedes, ya ha respondido con no asistir de manera masiva al coso capitalino, aún a pesar de que los últimos dos o tres carteles habrían sido suficiente motivo para llenos “hasta la bandera”.

   En cuanto las cosas pudiesen tener un tono favorable, y me refiero a lo que vaya a ser el balance final del séptimo festejo…

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…dejar considerar el hecho en el cual tres diestros nacionales podrían mostrar una apropiada capacidad de salirle a ejemplares con el evidente trapío que se observa en las imágenes, mismas que se desplegaron en diversas opciones de internet:

“Torosenelmundo.com”: http://www.torosenelmundo.com/noticias.php?id_noticia=6042;

“AlToroMéxico.com”: http://altoromexico.com/2010/index.php?acc=noticiad&id=17647, o también

“OpiniónyToros.com”: http://opinionytoros.com/noticias.php?Id=44667

De ese modo, todo indica el hecho de que el panorama comprometería a los diestros españoles que, a lo que se ve y a lo que se entiende, vienen a imponer toros de las “casas ganaderas” de mejor conveniencia y comodidad, de esas 20 o 30 ganaderías de las denominadas “favoritas” o “cómodas” para los toreros, cuando olvidan que en este país existen cerca de 300 ganaderías destinadas, como unidades de producción agrícola y ganadera a la crianza del toro de lidia.

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    Es deseable que las cosas que puedan ocurrir el domingo se conviertan en un parteaguas… pero también en la lamentable continuidad de aspectos que impedirían un aliento de esperanza para “desfacer entuertos” en un medio que sigue sin alcanzar su grado de madurez, de profesionalismo… ¿Verdad señores empresarios?

   Independientemente del encaste español que ha entrado en una etapa de integración luego de más de diez años en que se dieron las condiciones para encontrar una nueva vertiente en el ganado bravo mexicano a partir de la inseminación artificial, el hecho es que deben encontrarse rutas concretas que permitan dar con el “golpe de timón” que tanto se necesita para darle aliento al espectáculo taurino en nuestro país.

30 de noviembre de 2013.

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UN DÍA COMO HOY… 28 DE NOVIEMBRE… PERO DE 1867.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   En tal día, fue expedida la “Ley de Dotación de Fondos Municipales”, cuyo artículo 87 suprimió el desarrollo de la fiesta de toros en la ciudad de México. Su duración efectiva: 20 años.

   Dice su contenido:

 No se considerarán entre las diversiones públicas permitidas las corridas de toros; y por lo mismo, no se podrá dar licencia para ellas, ni por los ayuntamientos ni por el gobernador del Distrito Federal, en ningún lugar del mismo.[1]

Dicha ley entró en vigor hasta el 1º de enero de 1868, pero ya la “última corrida” se había efectuado el 8 de diciembre de 1867. Tal festejo se desarrolló en la plaza “El Paseo Nuevo”, como apoyo a los damnificados del tremendo huracán que azotó las costas de Matamoros.

   Ignacio Manuel Altamirano -claro oponente de estas manifestaciones- apuntó un día después de la corrida:

 (…)Con esta corrida que se permitió a la caridad, concluyeron para siempre en nuestra capital las bárbaras diversiones de toros, a las que nuestro pueblo tenía un gusto tan pronunciado desgraciadamente. Los hombres del pueblo saben más de tauromaquia que de garantías individuales.[2]

De lo anterior se tuvo como consecuencia que estas representaciones quedaran suspendidas durante un lapso de casi 20 años en la ciudad de México.

    Por tal motivo, me permito traer hasta aquí la “Introducción” de mi tesis de maestría[3] que abordó en forma detenida este caso específico.

 …los toros son como el pulque. Al principio les tuerce uno el gesto, luego les toma uno el gusto…

Madame Calderón de la Barca. La vida en México.

    Historiar las diversiones públicas no es común. Ni es común tampoco, hacerlo con la fiesta de los toros -sobre todo a un nivel riguroso y serio-, por todo el significado de barbarie y violencia que es condición sine qua non en tal espectáculo.

   Por otro lado, muy amplia puede considerarse la bibliografía en este género de diversión, aunque poca la que en verdad ofrece posibilidades de información clara y valedera. Pongo mi “cuarto a espadas” no con intenciones manifiestas de hacer señalamientos ligeros sobre el tema por abordar. Va más allá el propósito. Desde luego, el toreo encierra valores de sentido técnico y estético que se proyectan en el gusto de las masas y es algo que en la literatura ha trascendido. Sin embargo, el espacio temporal donde detengo la vista, encierra tal riqueza de la cual no voy a sustraerme. El siglo XIX mexicano -siglo de reacomodos y asentamientos- y todo lo que él implica, ofrece la gran posibilidad de relacionar acontecimientos político-económico-sociales que inciden de una u otra forma en la tauromaquia, recogiéndose testimonios que dejan muy bien marcado lo dicho anteriormente.

   En 1867 luego de la Restauración de la República, se prohiben las corridas de toros. Pretendo para ello justificar con base en análisis y testimonios profundos, el o los motivos que se involucraron en la prohibición. Llama la atención que las corridas básicamente dejaron de darse en el Distrito Federal -lugar donde se expidió el decreto mejor conocido como Ley de Dotación de Fondos Municipales-, por un periodo de 20 años.

   ¿Qué debió ocurrir entonces, para disponer un espacio tan grande y no consentir más las fiestas taurinas?

   Ello, mueve a preparar un estudio que se remonte al siglo XVIII, pues en él encontramos evidencia e influencia muy claras que superaron la alborada del XIX y continuaron manifestándose con sus sintomáticos caracteres (que descansan en bases de relajamiento social; asunto este, de total importancia al análisis).

   Para ello se ha diseñado una estructura que permita acercarse con detalle al sentido de mi proposición de tesis, dejando que explique toda la gama de ideas y hechos propios de la fiesta, procurando no dejarse llevar por atracciones vanas; pues causan apasionamiento, lográndose -así lo creo- sólo parcialidad y compromiso.

   He aquí el esquema:

Antecedentes. El espectáculo taurino durante el siglo XIX. (Visión general). Para ello, será necesario acudir a la centuria anterior que da pie a comprender los comportamientos sociales, mismos que se relacionan con la actividad política y de emancipación dada desde 1808. El toreo, por tanto, sufrirá su propia independencia.

Plazas, toreros, ganaderías, públicos. Ideas en pro y en contra para con el espectáculo; viajeros extranjeros y su visión de repugnancia en unos; de aceptación, sin más, en otros.

Motivos de rechazo o contrariedad hacia el espectáculo, ofreciendo el análisis a doce propuestas que se sugieren para explicar causa o causas de la prohibición en 1867. Para ello viene en seguida una justificación.

   En las circunstancias bajo las cuales se mueve la diversión popular de los toros en México y durante el siglo XIX, vale la pena detenerse particularmente en 1867, profundizar en ese sólo año y tratar de acercarnos a las causas motoras que generaron la más prolongada prohibición que se recuerde, en el curso de 470 años de historial taurómaco en nuestro país (esto, entre 1526 y 1996).

   La tauromaquia como divertimento que pasa de España a México en los precisos momentos en que la conquista ha hecho su parte, inicia su etapa histórica justo el 24 de junio de 1526 y adquiere, al paso de los años cada vez mayor importancia y consolidación al grado de estar en el gusto de muchos virreyes y miembros de la iglesia; así como entre las clases populares.

   Ocasiones de diversa índole como motivos reales, religiosos o por la llegada de personajes a la Nueva España, eran pretexto para organizar justas o torneos caballerescos; esto en el concepto del toreo a caballo, propio de los estamentos. Luego, bajo el dominio de la casa de Borbón se gestó un cambio radical ingresando con todas sus fuerzas el toreo de a pie. Tal fue causa de un desprecio (y no) de los monarcas franceses contra las “bárbaras” inclinaciones españolas, sustentadas hasta el primer tercio del siglo XVIII por los caballeros hispanos y su réplica en América. Así, el pueblo irrumpió felizmente en su deseado propósito de hacer suyo el espectáculo.

   A fuerza de darle forma y estructura fue profesionalizándose cada vez más, por lo que alcanzó en España y México valores hasta entonces bien estables. En los albores del XIX surge en México el convulso panorama invadido por el espíritu de liberación, para emanciparse del esquema monárquico. Tras la guerra independentista lograron nuestros antepasados cristalizar el anhelo y la nación mexicana libre de su tutor colonial inició la marcha hacia el progreso, con sus propios recursos.

   Y en el toreo ¿qué sucedía?

   El ambiente soberano que se respiraba en aquellos tiempos permitió todo concepto de tolerancias. Fue entonces que el libre albedrío, la magia o el engaño de improvisaciones llenaron un espacio: el de las plazas de toros, donde se desarrollaron los festejos. El toreo basaba su expresión más que en una fugaz demostración de dominio del hombre sobre el toro, en los chispazos geniales, en las sabrosas y lúdicas connotaciones al no contar con un apoyo técnico y estético que sí avanzaba en España, llegando al grado inclusive de que se instituyera una Escuela de Tauromaquia, impulsada por el “Deseado” Fernando VII. Todo ello, a partir de 1830. Pero no avanzaba en México de forma ideal, probablemente por el fuerte motivo del reacomodo social que enfrentó la nueva nación en su conjunto.

   Con la presencia de toreros en zancos, de representaciones teatrales combinadas con la bravura del astado en el ruedo; de montes parnasos y cucañas; de toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales y liebres que corrían en todas direcciones de la plaza, la fiesta se descubría así, con variaciones del más intenso colorido. Los años pasaban hasta que en 1835 llegó procedente de Cádiz, Bernardo Gaviño y Rueda a quien puede considerársele como la directriz que puso un orden y un sentido más racional, aunque no permanente a la tauromaquia mexicana. Y es que don Bernardo acabó mexicanizándose; acabó siendo una pieza del ser mestizo.

   Mientras tanto, el ambiente político que se respiraba era pesado. El enfrentamiento liberal contra el conservador, las guerras internas e invasiones extranjeras fueron mermando las condiciones para que México lograra avances; uno de ellos, aunque tardío, llegó el 15 de julio de 1867 cuando el Presidente Juárez entra a la capital y restaura la República.

   Se discuten auténticos planes de avanzada y la fuerza que adquieren los liberales, el ingreso del positivismo como doctrina idónea a los propósitos preestablecidos -con su consigna de orden y progreso-, ponen en acción nuevos programas. Aunque extraña y misteriosamente Juárez, ya casi al concluir ese año de la restauración, prohibe las corridas de toros.

   Extraña su resolución. El, que había asistido en varias ocasiones a festejos en compañía de su esposa -para recaudar fondos para las tropas partícipes en las jornadas de mayo de 1862-, cambió de parecer, sin más.

   Cabe hacer ampliación de otras posibles causas además de la ya expuesta, que por muy explícita se reduciría al antitaurinismo del Benemérito.

   Los otros motivos de estudio son:

-Influencia de los liberales y de la tendencia positivista;

-caos y anarquía en el espectáculo, oposición del “Orden y progreso”;

-posible presencia de simpatizantes del Imperio de Maximiliano, los cuales pudieron haber girado en torno a la órbita taurina;

-la influencia del federalismo;

-un incidente de Bernardo Gaviño en el gobierno de Juárez en 1863;

-la prensa como dirigente del bloqueo a las aspiraciones del espectáculo taurino en 1867;

-con la reafirmación de la “segunda independencia”, ¿sucede la ruptura?;

-temor de Benito Juárez a un levantamiento popular recién tomado el destino del gobierno;

-incidencias probables que arroja el Manifiesto del gobierno Constitucional a la nación el 7 de julio de 1859;

-la masonería: ¿Intervinieron sus ideales en la prohibición?; y

-de que no se expidió el decreto con el fin exclusivo de abolir las corridas, sino para señalar a los Ayuntamientos Municipales cuáles gabelas eran de su pertenencia e incumbencia. Por eso el decreto fue titulado LEY DE DOTACION DE FONDOS MUNICIPALES y en él se alude al derecho que tenían los Ayuntamientos para imponer contribuciones a los giros de pulques y carnes, para cobrar piso a los coches de los particulares y a los públicos y para cobrar por dar permiso para que hagan diversiones públicas (de las cuales, la de toros resultó ser la más afectada).

   Continúa describiéndose el corpus de la tesis.

Los diversos comportamientos que se dieron durante la ausencia de corridas de toros en la capital del país en el período de 1867 a 1886. El ambiente político.

Recuperación del espectáculo. Cambios hacia una nueva concepción de la tauromaquia. El sistema y la sociedad frente al toreo ¿marcan alguna dialéctica de beneficio, o efecto de reciprocidad?

Tránsito taurino del XIX al XX. Nuevas alternativas.

Conclusiones

-Bibliografía

   Bajo este panorama podrá entenderse el estado de cosas y los hechos de un período “muerto” que sin embargo tuvo dinámica rebelde en plazas de los estados de México y Puebla fundamentalmente, hasta alcanzar la fecha de 1887, en la cual se recupera el ritmo y surgen nuevos aires que refrescan y enriquecen el bagaje de la diversión, instaurándose la expresión del toreo a pie, a la usanza española en su forma más moderna, a cuyo frente encontramos a Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López y poco más adelante a Saturnino Frutos, entre otros diestros hispanos.

   Por otro lado, el comportamiento de la fiesta torera luego de su recuperación en la capital del país, fue dirigiéndose por procesos de formalización que tomaron como estafeta diestros de inmediatas y futuras generaciones, en el tránsito de siglos, del XIX al XX lo cual ha de servir para explicar el camino de depuración que adquirirá el toreo, logrando superar etapas de inmadurez y extrema violencia hasta alcanzar los de esplendor y magnificencia logrando así el fruto de las metas proyectadas.

 ORLAS

    Deliberada o no, la CAUSA en esta historia ocupa un lugar determinante. De ahí que me detenga a explicar el por qué de su presencia.

   Un preguntar permanente de porqués a la historia creo que establece la búsqueda de las causas que originaron un hecho. Es cierto, causa de buenas a primeras nos sugiere determinismos que mueven al análisis causal del por qué ocurrió.

   ¿Por qué? El porqué va unido casi umbilicalmente a la causa. Dice E. H. Carr que “se conoce al historiador por las causas que invoca”. En el concepto de causa-efecto se manifiesta una simbiosis, relación de estas dos cosas, en virtud de la cual el primero es unívocamente previsible a partir del primero o viceversa. Platón dijo que consideraba la causa como el principio por el cual una cosa es, o resulta, lo que es. En tal sentido afirmaba que la verdadera causa de una cosa es lo que para la cosa es “lo mejor”, es decir, la idea o el estado perfecto de la cosa misma.

   Ante ese construir un estado de conveniencias ideológicas es que surge la causa con su constante preguntar y afirmar de porqués. De un abanico de posibilidades el historiador será capaz de discernir y simplificar los elementos causales de algún acontecimiento bajo estudio.

   El determinismo o condicionante de causas en la historia puede arrojar un historicismo que ampara en gran medida actos o actitudes de personajes diversos; de ahí que un historicismo bajo influencia determinista (si cabe el término) origina la siguiente idea: El ser humano cuyas acciones no tienen causa, y son por lo tanto indeterminadas, es una abstracción tanto como el individuo situado al margen de la sociedad.

   Una causa no es movida u originada si no es por alguna intervención del hombre (puede haber causas externas, la naturaleza por ejemplo) pero no por causa de un determinado acontecimiento particular y a veces sin importancia pueden cambiar los destinos de algo verdaderamente importante. El historiador debe ser capaz de valorar los elementos de un hecho, desmenuzarlo, orientarlo por distintas direcciones hasta encontrar los motivos que originaron lo que es ya su materia de estudio. Al discriminar los componentes menores procura salvar otros elementos importantes aunque no decisivos como son lo “inevitable”, “indefectible”, “inexorable” y aun “ineludible”.

   Despojada su historia de sinfín de soportes, ¿qué le queda por hacer al historiador?  Si se han eliminado impurezas, su tarea es interpretar un hecho que ocurrió partiendo de cuanto dispone, sin desviarse de la realidad hasta lograr un perfil donde se manifiesten conclusiones efectivas. Ha traducido causa-efecto para tornarla en un rico elemento que prueba el acontecimiento en toda su magnitud.

   En cuanto a la causa ajustada a una visión de Meinecke se aprecia así: “la busca de causalidades en la historia es imposible sin la referencia a los valores… detrás de la busca de las causalidades, siempre está, directa o indirectamente, la busca de valores”.

   Causa es para la interpretación histórica una entre varias condiciones necesarias de lo que se dicen ser sus efectos, y pueden producir estos últimos sólo en cooperación con otras. Véase para ello el amplio CAPITULO III de esta tesis donde, de acuerdo con mis intereses y mis proyecciones me propongo mostrar una suma de cosas con el suficiente peso, capaz de mostrar en acción conjunta la opinión que originó el suceso de estudio.

   Es bien real que la actitud del historiador hacia el pasado es, en consecuencia, completamente teórica: piensa que su cometido consiste total y únicamente en determinar, sobre la base de testimonios presentes, cómo ocurrieron las cosas en tiempos pasados (E. W. WALSH).

   Ante todo esto es importante la presencia del historiador pues, en la medida en que hace suyo un examen de acontecimientos, en esa medida desborda sus opiniones y les da por consecuencia un sello de interpretación. Reconstruye y comprende el pasado con sus propias ideas, contestando así a cada uno de los porqués que se han presentado en el curso de sus apreciaciones, ya sea como causa o como cualquier otro elemento de explicación de la historia misma.

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Juárez a quien se atribuyó la prohibición de las corridas de toros en 1867, aparece aquí tras de una ventana rota constituida por diversas escenas de las corridas en aquel entonces. Colección del autor.


[1] Manuel Dublán. Legislación mexicana, T. X, p. 152.

[2] El correo de México No. 85 del 9 de diciembre de 1867.

[3] José Francisco Coello Ugalde: “CUANDO EL CURSO DE LA FIESTA DE TOROS EN MEXICO, FUE ALTERADO EN 1867 POR UNA PROHIBICION. (Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX)”. México, 1996 (tesis de maestría, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 238 p. Ils.

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REVISIÓN A 200 AÑOS DE LOS CASI 500 QUE TIENE EL TOREO EN MÉXICO.

A TORO PASADO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   En plena efervescencia del que fue un fallido intento –de parte del estado- por conmemorar dignamente tanto el Bicentenario de la Independencia, así como el Centenario de la Revolución mexicana, esto en 2010, hubo oportunidad de realizar diversas actividades que tuvieron como ejes centrales ambos acontecimientos, de los cuales, era de esperarse, que el tema taurino no escapara a la reflexión. Por tanto, en dicha tarea, me propuse elaborar las siguientes visiones, en una contemplación desde nuestro presente, mismas que comparto con los “navegantes” de este blog, el cual dentro de muy pocos días llegará a su tercer año de existencia.

    Revisar 200 de 500 años de toros en México es tarea complicada pero no imposible. Por lo tanto, este ensayo lleva esencias. Lo elaboro al calor de una corrida de toros, con toda la carga de emociones que se producen en la plaza.

   Conforme se desarrolla cada episodio, cada momento es necesaria la reflexión para adivinar qué dejó el virreinato; depuró e hizo suyo el México independiente y moderno hasta el momento presente.

   El toreo durante el virreinato (espectáculo cuyo primer registro data del 24 de junio de 1526) fue una suma de factores donde imperó el protagonismo de más nobles que plebeyos los que, desde el caballo y bajo fuertes normas técnicas lograron participar en multitud de festejos incentivados por casas reinantes, motivos religiosos y hasta académicos, la mayoría de ellos para la mejora en la obra pública. Otros tantos participantes, los de a pie tienen que hacer acto de presencia en forma discreta, pero contundente. Se aprovechaba la plaza pública o se construían tablados previa auscultación y aprobación de los proyectos arquitectónicos propuestos en diversas épocas. El ganado, aunque todavía no destinado a la lidia se le aprovechaba en su natural condición de una casta, indefinida pero útil en aquellos tiempos en que estos eran alanceados, más que lidiados.

   Ya ha salido el primer espada a saludar desde el tercio, por lo que para el segundo de la tarde me ocuparé de la transición de siglos, épocas y circunstancias.

   Al finalizar el virreinato el toreo era a pie y lo detentaba el pueblo. Su organización aunque caótica, tenía visos de adecuarse a reglas que llegaban de España más por vía oral que escrita, aunque ya desde 1796 estaba publicada la primera tauromaquia, la de José Delgado. El profundo mestizaje, el color y el calor americano habían permeado el toreo como una expresión eminentemente popular que seguía fascinando a propios y extraños, a pesar de la fuerte carga ideológica impuesta por los ilustrados, ese sector duro y pensante que se opuso al pasado a favor del progreso.

   Las masas se exaltan, como seguramente se exaltaron en los momentos más intensos de la rebelión al comenzar el XIX. Jefes rebeldes como Hidalgo, Morelos, Allende y otros intervinieron entre batalla y batalla mientras la emancipación maduraba hasta que llegó el deseado momento de la ruptura. Es curioso, pero una fiesta con alto grado de influencia española se quedó entre nosotros, como otros dos factores que con ella perviven: la burocracia, impulsada desde el reinado de Felipe II y la religión católica. Una con fuerte presencia en la oficina, la otra en los templos, iglesias y catedrales, espacios que mostraron abiertamente el riguroso culto y la notable iconografía con la que se aseguró la pervivencia y el poder de la religión.

   El tercero de la tarde ya está en la arena. El matador en turno lo saluda con elegancia. Ya avanzado el siglo XIX, la fiesta siguió encontrando la afortunada convivencia, el diálogo maravilloso entre lo urbano y lo rural, asunto que intensificó el que fue ese enorme catálogo de expresiones y manifestaciones que hicieron de cientos y cientos de tardes la asombrosa primer gran consolidación de una etapa en la que los mexicanos ya fueron dueños de esa riqueza.

 BERNARDO GAVIÑO_ARMANDO MONCADA

Disponible noviembre 25, 2013, en: http://pulquesfinoslavirtud.blogspot.mx/ GALERÍA DE ARTE DIGITAL DE LA CASA. (Autor: Armando Moncada).

    El cuarto toro salta al ruedo. Bien puesto y cornalón, con edad y arrobas. Quien le sale al paso es el gaditano Bernardo Gaviño, llegado a México entre 1829 y 1835. Impuso su imperio hasta 1886, es decir que durante 50 años se convirtió en amo y señor. Creo no equivocarme al manifestar, como lo hago en un libro de próxima aparición: Bernardo Gaviño y Rueda: español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX. Decantó la tauromaquia nacional y la llevó por senderos en que se impuso como patriarca y hasta lo alcanzó la decadencia y con ella la muerte. ¿Sus virtudes? Ser ídolo del pueblo, amigo de ministros y favoritos de presidentes, además de alentar una fiesta salpicada de invenciones donde cada tarde podía ocurrir lo insólito, lo que solo puede develarse a la luz de carteles y de una rica iconografía. Entre México y otros países, sumó, según los últimos datos 725 actuaciones, 391 de ellas lidiando toros de Atenco, la ganadería que se convirtió en el referente clave de una crianza que estaba adquiriendo valores definidos hacia la profesionalización. Y Atenco seguirá dando qué decir. Allí nació en 1856 Ponciano Díaz, el más popular de los toreros, a pie y a caballo, popular aquí y allá, hasta convertirse en eje central de una fiesta muy mexicana y que superó larga prohibición, de 1867 a 1886. Este corte tuvo un motivo concreto: el empresario en turno de la plaza de toros del Paseo Nuevo no estaba al día en el pago de impuestos, por lo que la Ley de Dotación de Fondos Municipales vigente por entonces, fue contundente con la decisión de prohibir espectáculos taurinos. Para bien o para mal, siempre se pensó que Benito Juárez había sido el causante de tal “castigo”. Sin embargo, tanto Juárez como Sebastián Lerdo de Tejada sólo cumplieron ante las normas, firmando la ley antes mencionada.

   No hay quinto malo dice la sentencia taurina. Ponciano, dueño de la situación tendrá que acometer un caso sin precedentes. De España llegó en masa un grupo de toreros que consumaron lo que he llamado desde hace algún tiempo la “reconquista vestida de luces”. La reconquista vestida de luces debe quedar entendida como ese factor el cual significó reconquistar espiritualmente al toreo, luego de que esta expresión vivió entre la fascinación y el relajamiento, faltándole eso sí, una dirección, una ruta más definida que creó un importante factor de pasión patriotera, chauvinista si se quiere, que defendía a ultranza lo hecho por espadas nacionales –quehacer lleno de curiosidades- aunque muy alejado de principios técnicos y estéticos que ya eran de práctica y uso común en España.

 F298

Col. del autor.

    Por lo tanto, la reconquista vestida de luces no fue violenta sino espiritual. Su doctrina estuvo fundada en la puesta en práctica de conceptos teóricos y prácticos absolutamente renovados, que confrontaban con la expresión mexicana, la cual resultaba distante de la española, a pesar del vínculo existente con Bernardo Gaviño. Y no solo era distante de la española, sino anacrónica, por lo que necesitaba una urgente renovación y puesta al día, de ahí que la aplicación de diversos métodos, tuvieron que desarrollarse en medio de ciertos conflictos o reacomodos generados básicamente entre los últimos quince años del siglo XIX, tiempo del predominio y decadencia de Ponciano Díaz, y los primeros diez del XX, donde hasta se tuvo en su balance general, el alumbramiento afortunado del primer y gran torero no solo mexicano; también universal que se llamó Rodolfo Gaona.

 GAONA VERONIQUEANDO

12 de abril de 1925. Despedida de Rodolfo Gaona. Col. del autor.

    Sexto y último de la triunfal tarde. Y ya estamos en el siglo XX. En su recorrido, tres serán las figuras centrales. Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa y Manolo Martínez. Con Gaona como ya sabemos universaliza el toreo, con Fermín y otros de su generación, la edad de oro del toreo será una feliz realidad. Y el toreo, con Manolo Martínez se conseguirán dos vertientes: el imperio y la decadencia.

   En cuanto a Manolo Martínez, su sola presencia inmediatamente alteraba la situación en la plaza, pues como por arte de magia, todos aquellos a favor o en contra del torero revelaban su inclinación. Parco al hablar, dueño de un gesto de pocos amigos, adusto como pocos, con capote y muleta solía hacer sus declaraciones más generosas, conmoviendo a las multitudes y provocando un ambiente de pasiones desarrolladas antes, durante y después de la corrida. Mientras, en los mentideros taurinos se continuaba paladeando una faena de antología o una bronca de órdago.

   Ese era Manolo Martínez, el hombre capaz de provocar las más encendidas polémicas entre aficionados y prensa, como de entrega entre estos mismos sectores cuando se dejaban arrobar por una más de sus hazañas. Surge el regiomontano en una época donde la presencia de Joselito Huerta o Manuel Capetillo determinan ya el derrotero de aquellos momentos. Dejan ya sus últimos aromas Lorenzo Garza y Alfonso Ramírez Calesero. Carlos Arruza recién ha muerto y su estela de gran figura pesa en el ambiente (estamos en los años 60 del siglo XX). En poco tiempo Manolo asciende a lugares de privilegio y tras la alternativa que le concede Lorenzo Garza –Sismo y estatua, según declaraciones poéticas de Alfonso Junco- en Monterrey (la continuidad de la jerarquía, el mando y la personalidad están garantizadas), inicia el enfrentamiento con Huerta y con Capetillo en plan grande, hasta que Manolo termina desplazándolos de la escena. Su ascensión a la cima se da muy pronto hasta verse sólo, allá arriba, sosteniendo su imperio a partir de la acumulación de corridas y de triunfos respectivamente. Pronto llegan también a la escena Eloy Cavazos (quien por cierto acaba de retirarse el domingo 16 de noviembre de 2008 luego de haber toreado 1907 corridas en 42 años de vida profesional), Curro Rivera, Mariano Ramos y Antonio Lomelín con quienes cubrirá la época más importante del quehacer taurino contemporáneo.

 MANOLO MARTÍNEZ

Un “Manolo” Martínez en plena juventud. Col. del autor.

    Por muchas razones, su mejor y más importante presencia queda plasmada en México, al cubrir todos los rincones del país, llegando incluso a darse una etapa de corridas que se montaron en improvisadas plazas de vigas. Un hecho sin precedentes, pero es lo que, al fin y al cabo señala la decadencia, no sólo del torero. En buena medida, también de una fiesta que no ha vuelto a remontar sus mejores momentos, sobre todo hoy que ya ingresamos de lleno al siglo XXI.

   Ya en pleno siglo XXI, con las condiciones generadas tras la despedida de Manolo Martínez en 1982, único torero de su generación, quien se colocó en lugar de privilegio, por encima incluso de Eloy Cavazos, Curro Rivera y Mariano Ramos, sobrevino una crisis de valores que se dejó sentir con fuerza, crisis estimulada por este mismo grupo de toreros que acapararon y sumaron infinidad de festejos en sitios que resultaban absolutamente nuevos en la geografía taurina mexicana, quienes se inclinaron por ciertas comodidades entre las cuales, el toro fue uno de los elementos más afectados, debido a que se lidiaron en cantidades muy importantes, por un lado. Pero por otro, las ganaderías sufrieron una estandarización que generó la predilección de unas pocas, lo que permitió aspectos favorables para las condiciones de dichos personajes, marginando al resto de la cabaña brava, misma que tuvo que adecuarse a los nuevos tiempos, desapareciendo unas y readaptándose otras a realidades diferentes.

   A su paso, el toreo no logró más que una inestabilidad, pues durante su permanencia aumentó el número de corridas de toros aquí y allá, sin cuidar en muchos casos las mínimas formas de apariencia, con lo que el daño se fue haciendo cada vez más crónico. Y si me apuran un poco más, hasta irreversible. Ese daño se identifica perfectamente en la presencia de un “toro” que no era el indicado, sobre todo porque llegaban a las plazas sin haber cumplido la edad reglamentaria. Se habla en otro sentido de la manipulación de que fueron objeto, y como la sospecha no pudo ser comprobada en la mayoría de los casos, los escándalos por esos motivos fueron en realidad mínimos. En todo esto, jugó un papel muy importante, aunque nocivo, la prensa taurina, no toda desde luego -siempre hay honrosas excepciones-, pero una buena parte de ella se prestó al juego, articulando de manera sistemática y a través de medios masivos de difusión un conjunto de argumentos que si en su momento resultaban inverosímiles, hoy, aunque causan un poco de humor por el descarado oportunismo con que vistieron sus “análisis” y “crónicas”, también resultan una viva realidad que retrata a una generación que terminó desplazando a toreros con enorme capacidad como ya se dijo líneas atrás, pero que a su paso no logró provocar la asunción de otros diestros que resultaran apropiados para sucederlos y ocupar, más de uno los sitios de privilegio que empezó dejando el propio Manolo Martínez desde 1982. Pocos fueron los que se acercaron a aquella oportunidad como David Silveti quien por desgracia no pudo situarse en esos espacios debido a una sorpresiva osteoporosis que lo confinó en hospitales, donde fue atendido en diversas operaciones y largas rehabilitaciones. De igual forma están Jorge Gutiérrez, irregular en sus faenas y decisiones concretas, muy buen torero, pero sin el suficiente carácter para convertirse también en uno de los nuevos favoritos de la afición mexicana de fin de siglo. El caso de Miguel Espinosa Armillita es como la vida: impredecible. Teniendo todos los elementos para triunfar, da la impresión de haber preferido la comodidad y no el compromiso concreto por convertirse en un diestro de peso, capaz de soportar la presencia no sólo de los mexicanos en lucha de un lugar, sino de aquellos españoles que pelearon las palmas durante la década de los ochenta. Entre otros hicieron acto de presencia José Mari Manzanares, Pedro Gutiérrez Moya El niño de la capea, José Miguel Arroyo Joselito y Enrique Ponce. Y Miguel -siempre dio esa impresión- pudo, pero no quiso.

   Por ahí llegó un impulsivo Manolo Mejía, quien formado bajo la sombra de Manolo Martínez, contaba con enormes posibilidades de ubicarse en envidiable situación. Lamentablemente se dejó aconsejar por una soberbia que terminó sepultando sus aspiraciones, hasta ocupar sitios por debajo de lo mediano en cuanto a número de corridas promedio anuales se refiere.

   En el año de la retirada (1982) del mandón neoleonés, surgió una figura novilleril que estaba llamada a ocupar el sitial apenas dejado por Martínez. Me refiero a Valente Arellano, quien sacudió todo lo establecido hasta entonces. Su fama subió como la espuma del mar en poco tiempo, ya que la tauromaquia de Arellano estaba sustentada en un fresco repertorio de viejas suertes que puso al día el lagunero en medio de una peculiar personalidad que provocó llenos inusitados en las distintas plazas donde se presentó. Incluso, la tarde del 28 de noviembre de 1982, en compañía de los entonces novilleros Manolo Mejía y Ernesto Belmont volvieron a llenar la plaza de toros México, hecho que no se registraba desde el surgimiento de aquel singular grupo de aspirantes a matadores de toros conocidos como los tres mosqueteros, a saber: Manuel Capetillo, Jesús Córdoba, Rafael Rodríguez y su D´Artagnan, Paco Ortiz quienes en 1947 conmovieron a la afición capitalina. Como se ve, pasaron 35 años para que se repitiera dicho acontecimiento donde, dicho sea de paso, ambos fueron producto de la labor empresarial encabezada por Alfonso Gaona.

   La repentina e inesperada muerte de Valente Arellano volvió a cancelar las posibilidades de continuidad en el aspecto de dominios que se veían venir, controlados en lo absoluto por aquel muchacho que era un manojo de ilusiones, de entusiasmo. Su carácter personal proyectaba una sombra de muerte que siempre le acompañaba, ya que si en la plaza era un auténtico suicida, fuera de la plaza también. Así que un accidente en motocicleta terminó cumpliendo la sentencia de sus obsesiones.

   Y la afición, durante más de 10 años no sabía a quien entregarse, hasta que surgió desde el silencio un torero que hasta hoy sigue intentando encaramarse en sitios de privilegio aquí y en todo el planeta de los toros, aunque sin llegar a la cúspide de todas sus aspiraciones. Ese torero se llama Eulalio López El Zotoluco, el cual se ha convertido en el actor principal de la tauromaquia mexicana de los últimos tiempos.

   Creo que con la presente apreciación, tenemos ya una primera y concreta mirada con la que podemos entender los últimos 200 años de actividad taurina en México.

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CUANDO MANUEL VICENT ESCRIBE DE TOROS…

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Cada vez que Manuel Vicent escribe de toros, su participación se vuelve todo un acontecimiento. El autor de Antitauromaquia y otras columnas derechas de la última página de El País, versión del domingo, sigue mostrando su posición radical, iconoclasta e inconsciente que para él despierta la tauromaquia en cuanto tal, independientemente de que sea un lector cautivo de sus interesantes colaboraciones.

 books

Manuel Vicent: Antitauromaquia. Madrid, Aguilar, 2001. 300 páginas.

    Y lo entiendo, lo quiero entender a la luz de su rechazo, distanciado, aunque no tanto del espíritu que movió en su momento a Melchor Gaspar de Jovellanos o a Eugenio Noel, por ejemplo.

   Cada vez que un antitaurino congruente levanta la voz, hay que escucharlo. De hecho, en esos términos son capaces de organizar mejor sus ideas, lo que permite entender también su posición. No todos los antitaurinos son así. Muchos de ellos se movilizan en pequeñas células y, al reunirse las más que se pueden en alguna concentración, no pasan de ser minoría, aunque sí una minoría violenta que arremete verbal y físicamente, sin saberse conducir, pretendiendo así, llamar la atención, pero no convocar a la razón, y mucho menos manejar discursos inteligentes, ya que estos siempre se sustentan en el sólo argumento de la agresión que sufre el toro, lo que convierte esa puesta en escena en una lenta agonía, a la vista de miles de personas.

   Manuel Vicent tiene nuestra aprobación en algunos argumentos, sobre todo en aquellos puntos donde los propios protagonistas del toreo alteran a su favor la esencia del espíritu propio de todo un complejo que se declara desde su más oculta pero evidente manifestación: el sacrificio. Pero nada hay más repugnante, a los ojos de Vicent que el propio sacrificio, convertido en una desnuda y cruel agonía de ese animal herbívoro que se defiende ante el ataque y la provocación que supone la suma de agresiones no solo en la lidia. También en todas las condiciones previas a ese capítulo final de su vida, donde el hombre juega un papel al interior de las estructuras de ese complejo.

   La larga retahíla de argumentos planteados por ecologistas o antitaurinos se nutre de viejas discordias y polémicas emitidas desde que el toreo se convirtió en una diversión popular, por lo que no nos resulta novedoso escuchar las voces de desacuerdo, muchas de ellas lanzadas desde las más altas tribunas de congresos o cámaras de representantes. Allí están los casos en nuestro país, cuando se deroga el decreto de prohibición a las corridas en la ciudad de México, hecho que ocurrió en diciembre de 1886, momento en el que diversos diputados ventilaron sus opiniones en pro y en contra, como si se tratara de contraponer la fuerte declaración hecha por Ignacio Manuel Altamirano en El correo de México Nº 85 del 9 de diciembre de 1867. y es que apenas unos días antes, el 28 de noviembre, fue expedida la “Ley de Dotación de Fondos Municipales”, cuyo artículo 87 suprimió el desarrollo de la fiesta de toros en la ciudad de México. Su duración efectiva: 20 años.

   Dice su contenido:

 No se considerarán entre las diversiones públicas permitidas las corridas de toros; y por lo mismo, no se podrá dar licencia para ellas, ni por los ayuntamientos ni por el gobernador del Distrito Federal, en ningún lugar del mismo.[1]

Dicha ley entró en vigor hasta el 1o. de enero de 1868, pero ya la “última corrida” se había efectuado el 8 de diciembre de 1867. Tal festejo se desarrolló en la plaza “El Paseo Nuevo”, como apoyo a los damnificados del tremendo huracán que azotó las costas de Matamoros.

   Ignacio Manuel Altamirano -claro oponente de estas manifestaciones- apuntó un día después de la corrida:

 (…)Con esta corrida que se permitió a la caridad, concluyeron para siempre en nuestra capital las bárbaras diversiones de toros, a las que nuestro pueblo tenía un gusto tan pronunciado desgraciadamente. Los hombres del pueblo saben más de tauromaquia que de garantías individuales.

    Fue la Segunda Comisión de Gobernación del Congreso Décimo tercero (con período del 15 de septiembre de 1886 hasta igual fecha de 1888), la que en sesión del 29 de  noviembre  de 1886, presentó un Dictamen, exponiendo: que a su juicio era de aprobarse la solicitud que pedía la derogación del artículo número 87 de la Ley para Dotación de Fondos Municipales, expedida en 28 de noviembre de 1867.

   Si bien, el anterior congreso rechazó la propuesta y heredó en la siguiente la posible solución, ésta en cambio, en el primer trimestre de ejercicio presentó el dictamen con respaldo de los diputados Abogado Tomás Reyes Retana y Ramón Rodríguez Rivera.

   Los elementos de que dispusieron ambos diputados se basó en tres considerandos, a saber:

Primera.-Solamente en un sentimentalismo exagerado y exclusivo a unos cuantos, puede fundarse la prohibición de un espectáculo del que la mayoría afirma debe señalarse como una costumbre nacional, determinada por una afición peculiar en nuestra raza. Afición en que se marcan nuestros predecesores históricos y el carácter e índole de nuestro pueblo.

Segunda.-El ejemplo del Distrito Federal al abolir las corridas de toros en 1867, no fue secundado, por largo tiempo, en los Estados de la Federación ni aun siquiera en los más limítrofes; y es ridículo para esa Ley que existan plazas de toros a inmediaciones de la Capital, favorecidas y concurridas por los habitantes de ésta, cuyo Tesoro Municipal paga en una de ellas -la del Huisachal- el servicio de policía, haciéndolo con sus propios gendarmes.

Tercera.-Las corridas de toros, consideradas bajo el punto de vista utilitario, tienen dos ventajas: son una diversión preventiva a los delitos porque proporcionan al pueblo distracción y la apartan de los sitios en que se prostituye, y además son fuente de recursos para los municipios.

   Luego entonces, la Comisión Dictaminadora se concentró en un cuidadoso y preferente estudio que resolvió con la siguiente primer formulación:

Primera.-Deróguese el artículo 87 de la Ley para Dotación de Fondos Municipales expedida en 28 de noviembre de 1867.

Segundo.-Concédase licencia para dar corridas de toros pagando los empresarios por cada licencia la cantidad de cuatrocientos y ochocientos pesos.

Tercero.-Dedíquese el producto de estas licencias exclusivamente a cubrir parte de los gastos que originan las obras para hacer el desagüe del Valle de México.[2]

   Solo fue leído e impreso para un nuevo análisis el 4 de diciembre de 1886. Pero tres días después se discutió severamente y quienes tomaron la palabra para impugnarlo fueron los ciudadanos Emilio Pimentel y Gustavo Baz.

   El primero dijo:

 que no consideraba cierto que las corridas de toros fueran una costumbre nacional, porque ni aun son primitivas de nuestros conquistadores y progenitores los españoles, sino que entre ellos las introdujeron los romanos. Además, que nuestra verdadera fisonomía nacional no debía serla de la raza Hispana, sino la de la Azteca.[3]

    Es un hecho que las corridas de toros han arraigado tanto en el pueblo y sus costumbres que se convierten así en una tradición cuyo recorrido parte desde el fin de la conquista de los españoles, hasta nuestros días. Sin embargo, los matices del nacionalismo y más aún, los del neoaztequismo hacen pronunciar a Pimentel un juicio vindicador que comienza a gestarse poderosamente cuando se decide por la conservación de lo prehispánico, con la idealización de ese mismo pasado

 forma de crear una alternativa culta pero a la vez popular, como parte de la ruptura ya evidente entre campo y ciudad, industria y arte popular, obreros y campesinos.[4]

    Esto es que ya configuraban una razón de ser que para algunos significaba el alumbramiento de nuevos esplendores en el campo de la nacionalidad, discusión esta que no podía darse mejor que en la Cámara de Diputados.

   El segundo (Baz) dijo:

 que no consideraba el asunto como digno de ocupar el tiempo de un parlamento civilizado, porque era ridículo, y protestaba que se afirme que la opinión pública pida el restablecimiento de una diversión sanguinaria y bárbara. Cree que si algunos hacen tal petición no serán ciertamente los padres de familia y las mujeres honradas, sino los solterones y las hembras que importa en sus vapores la compañía naviera “ANTONIO LOPEZ”.[5]

    Gustavo Baz antepone el progreso como auténtico valor que se soslayó en esa discusión, asomando para placer de la polémica los propios de un ambiente netamente popular el cual se manifestaba en forma que nada guardara proporción a los principios civilizados.

   Por eso Reyes Retana y Rodríguez Rivera más conscientes de aquello que sucedía a nivel del pueblo se lanzaron a la ofensiva y expusieron ideas como de que:

 El legislador, para dictar las leyes, debe de tener en consideración las costumbres e índole de los pueblos que legisla, y está demostrado que las corridas de toros son una costumbre en el pueblo mexicano, porque

le son habituales y las prefiere a todas las otras diversiones. Además, están acordes con su índole belicosa e influyen en ella, conservándole la valentía necesaria para militar.

   Si las corridas de toros deben estar prohibidas por considerarlas diversión indigna de pueblos civilizados, igual reto tendrá que imponerse a otras, también sangrientas y que son admitidas y ninguno impugna.

   Es mejor que las corridas de toros sean fuente de recurso para aumentar los fondos de los municipios, y no que sean causa de que ellos menoscaben su tesoro, gastando en cuidar el orden público en una diversión que no les produce rendimiento, pero a la que tiene que vigilar por celebrarse en puntos próximos a su jurisdicción, la capital, y repercutir en esta los desórdenes que hubiera.[6]

    Claro, es de notarse la búsqueda por los beneficios en obras públicas proporcionada por espectáculos masivos como este. Pero también señalan el hecho de que la propia policía de la capital se tuviese que apostar en las cercanías con plazas del estado de México las muchas veces en que se celebraron corridas, implicando este asunto gastos excesivos que no producían ganancia alguna a las arcas públicas. Antes al contrario, gastos indebidos.

   Siguieron interviniendo otras personas a favor de Pimentel y Baz y se pusieron de su lado el Coronel Francisco Romero y D. Julio Espinosa. De ahí en fuera no hubo más opinión al respecto por lo que se procedió a la decisión por el planteamiento. De esa forma los resultados fueron de 81 votos a favor y 41 en contra para la derogación del art. 87, consiguiéndose así la recuperación de las corridas de toros en el Distrito Federal.

   Del segundo aspecto que propuso la Comisión Dictaminadora se le hizo una objeción, la cual aducía que “Se presta a predilecciones y arbitrariedades, porque a unos empresarios les cobrarán por licencia el mínimo de la cuota y a otros les exigirán el máximun. Por lo tanto, este artículo debe ser reformado”.

   Dentro de la comisión se encuentra el ya para nosotros conocido Alfredo Chavero quien al enterarse de lo propuesto en la objeción, propuso que el artículo fuera modificado bajo el siguiente planteamiento:

   “Los empresarios pagarán por la licencia para cada corrida, el quince por ciento de la entrada total que haya”.

   Todo ello acarreó nuevos debates y fueron los diputados Dr. Francisco García López y Guillermo Prieto quienes declararon furibundos su reacción en el estrado.

   El artículo tercero se aprobó sin mayores dificultades (118 votos a favor; 15 lo fueron en contra).

   Y  para confirmar que todo quedaba lógicamente definido, todavía el diputado Baz pidió que el dictamen -ya para entonces decreto de ley- le fuera agregado la petición de que “En la reglamentación de la presente ley se observará lo prevenido en el Código Penal”.

   No fue discutida la petición y fue posible entonces que se canalizara el asunto; pero en la Cámara de Senadores, para que lo revisara y dictaminara, acatándose de ese modo los trámites Constitucionales.

 Leyes prohibitivas que los enemigos de la Tauromaquia tienen siempre en los puntos de la pluma y por las que dedican ardiente alabanza a los gobernantes. Sin considerar que esos decretos nacieron, mejor que de la voluntad de sus autores de las críticas circunstancias en que los mismos se encontraban con la relación a sus gobernados.[7]

    Esta idea parte de considerar si las leyes elaboradas para liquidar un espectáculo como el taurino son bien vistas por los oponentes al mismo, y es cierto también que se da a notar el estado que guarda cada régimen que, en su esquema político, económico y social enfrenta circunstancias de esta índole.

   Tras los debates y discusiones se inició una época distinta para el toreo en México, donde conceptos y especificidades diversas permitieron orientarlo por rutas más seguras.

   El reciente diferendo, aún sin solución de la Comunitat en Barcelona, que declaró a esta ciudad cosmopolita como antitaurina, y cuya decisión depende de ciertos ajustes, mismos que han dado oportunidad para que los taurinos, en organizada estrategia, vayan acumulando las firmas de un gran pliego a favor de que se anule el mencionado decreto. Si este prosperara, España correría el riesgo, y del mismo modo otras naciones que tienen como suya esta costumbre o tradición, a estar a expensas de iniciativas o de un bloque de antitaurinos estimulados y animados por medidas de esta índole, cuyo siguiente paso sería escuchar más de una condena a la celebración de corridas de toros en este o en aquel lugar.

   Uno a uno y poco a poco veremos el posible derrumbe de un ya de por sí sentido y resquebrajado espectáculo, sometido no solo a las presiones ejercidas por sus naturales enemigos. También por esos otros enemigos que surgen en el propio territorio (lo que en guerra o en política se llama “dormir con el enemigo”). En nuestro país sobran los casos, pero el más evidente es, desde luego, el de la actitud asumida por Rafael Herrerías, del que ha dicho Guillermo H. Cantú: “Para qué quieren ecologistas estando Herrerías”.

   Pues bien, no nos sorprende que en tiempos relativamente cortos vayan quedando solamente reductos, pequeñas islas en el inmenso mar que un día también acabará con ellos. Y esta muy personal apreciación no tiene otro sentido que esperar ese desenlace. Las llamadas “fuerzas vivas”, a lo que se ve, son sólo una reunión casual quizá de unos cientos; y acaso de unos miles (Barcelona con 170,000 firmas) muestra la adhesión que habla muy bien de ese aislamiento, a pesar del triunfalismo poco prudente de sus propios impulsores que no han medido la fuerza del antitaurinismo veladamente convertida en muerte lenta, tal y como ocurre con la agonía de un toro bravo tras las estocada como fin de la faena.

   Ningún pesimismo, que tampoco soy emisario de malos presagios. Mucho menos ave de mal agüero. Entendamos en todo caso la fragilidad del asunto que no goza de cabal salud –al menos en el indiferente México-. Aprendamos lo que sea posible de la lección española relativo a la estructura de esa enorme industria, antes de que sea demasiado tarde, que ya han sonado las horas cruciales.

   En conclusión, no es deseable una columna más cuando Manuel Vicent escribe de toros, y sobre todo si esta sirve para vitorear cualquier sentencia al respecto de lo hasta aquí apuntado. Lo anterior no me mueve a desacreditar su amplio trabajo literario que ha desplegado en intensos años de lucha por darse a conocer como uno de los autores más reconocidos en territorio español.


[1] Manuel Dublán, y José María Lozano: Legislación mexicana o colección completa de las disposiciones legislativas expedidas desde la Independencia de la República. Ordenada por los Licenciados (…). México, Imprenta del Comercio, de Dublán y Chávez, a cargo de M. Lara (Hijo). 1878. T. X. 848 p., p. 152.

[2] Centro de Estudios de Historia de México (Condumex) [C.E.H.M.]

Desagüe, México=ciudad.

082.172.521

V.A.                        JOHNSTONE, F.W.

1886.=Proyecto para el desagüe de la ciudad y el valle de México propuesto por el Sr. F.W. Johnstone, y dictamen de la comisión nombrada por la Secretaría de Fomento.=México, Oficina Tip. de la Secretaría de Fomento, 58=(I) p. 13.2×20.7 c. Enc. rúst. (Miscelánea Ciudad de México No. 6, Folleto No. 7).

III=6=1973                  A.=No. 35352=c.

[3] Carlos Cuesta Baquero (Roque Solares Tacubac): Historia de la Tauromaquia en el Distrito Federal desde 1885 hasta 1905. México, Tipografía José del Rivero, sucesor y Andrés Botas editor, respectivamente. 2 v. V. II., p. 7.

[4] Daniel Schavelzon (Compilador): La polémica del arte nacional en México, 1850-1910. México, Fondo de Cultura Económica, 1988. 368 p. ils., grabs. (Sección de Obras de Historia)., p. 13.

[5] Cuesta Baquero, op. Cit.

[6] Ibidem., p. 7-8.

[7] Ib., p. 9.

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ANTES DEL ASALTO, AQUÍ LAS FOTOGRAFÍAS DE LOS TOROS DE BARRALVA…

CRÓNICA SOBRE ALGUNAS COSAS VISTAS y NO VISTAS. LA CUARTA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

LOS DE BARRALVA PARA EL DOMINOGO 01.12 Disponible noviembre 24, 2013 en: http://opinionytoros.com/noticias.php?Id=44602

    Antes de que la empresa “secuestre” y “oculte” la información que con mayor evidencia nos puede dar una idea sobre la materia prima que habrá de lidiarse el domingo 1° de diciembre próximo en la plaza “México”, por fortuna, en el portal “OpiniónyToros.com” se han difundido las fotografías de 9 ejemplares provenientes de la ganadería de Barralva, que, como podrá observarse, cuentan con los requisitos para ser aprobados, no sólo por el hecho de que ostenten tan al natural el encaste Parladé-Conde de la Corte, vía Atanasio Fernández, sino por el hecho de que son toros. Unos más que otros tendrán sus diferencias, y por la cornamenta desarrollada en este o en aquel, o por el trapío que viene a ser parte fundamental de su presentación, se puede ver a las claras que se trata de toros, sin más. No me adelantaré a hacer ningún juicio que interponga, intervenga o desencante a los aficionados, que solemos demandar, cuando así lo ameritan las últimas e incómodas circunstancias sobre el hecho de que se niegue una información tan consistente como la de apreciar en todo su esplendor al ganado bravo que saldrá por “Toriles” este domingo, el primero de diciembre, sino también por el hecho de que los alternantes: “Joselito” Adame, Arturo Saldívar y Diego Silveti están más que acostumbrados, por sendas campañas españolas, a “fajarse” con toros de esta catadura, si no es que más. Claro, decía mi padre, “no los van a cargar”. Se van a encargar de torearlos como “Dios manda” y esperamos de ellos que vayan a la plaza con las armas más que preparadas para salir airosos del compromiso que, por adelantado supone el hecho de que podemos disfrutar no seis. ¡Nueve! ejemplares que ya comenzarán a ser noticia en cuanto se acerque el día de la celebración del nuevo festejo programado para la plaza de toros “México”.

   Se agradece a los señores Álvarez Bilbao (y también al portal “OpiniónyToros.com”) haber roto con esa consigna que sigue manteniendo la empresa de la “México”, en plena demostración de niño caprichoso que no quiere compartir con los demás, y de manera orgullosa, parte con lo que debería estar absolutamente convencida: nos ofrecen toros, nos ofrecen un espectáculo del que indudablemente no nos oponemos en lo más mínimo. Allí estaremos, pero antes de todo, era importante convencernos con nuestros propios ojos de semejante evidencia, que a continuación se desplegarán ante ustedes, amables lectores.

 84 y 91 DE BARRALVA_01.12.2013 131 y 172 DE BARRALVA_01.12.2013

DOS MÁS DE BARRALVA_01.12.2013 EL 7 y EL 12 DE BARRALVA_01.12.2013

    Reitero, si la empresa no va a cumplir con su papel de difusión, y ni se toma la atención de “divulgar” tan evidentes ejemplos, ya veremos que la cosa seguirá marchando mal, y mal para ellos que cada día que pasa se incrementa nuestra natural desconfianza, no sólo por detalles como estos, sino por todos los indicios de fraude, abuso de confianza y demás “lindezas” con que vienen operando, en gozosa compañía de las autoridades, a quienes siguen utilizando como “títeres”, sin que la Delegación “Benito Juárez” ni tampoco la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal paren en seco semejante “atraco” que no es en despoblado. Ocurre en la mismísima ciudad de México.

   Sólo esperamos que estos ejemplares sean los que se reseñen el próximo domingo, mismos que ya están plenamente identificados.

24 de noviembre de 2013.

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SE INAUGURA LA PLAZA DE TOROS DE SAN PABLO EN 1788.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Según las Efemérides Taurinas Mexicanas de D. Luis Ruiz Quiroz (q.e.p.d.) refiere que, para el 24 de noviembre de 1788 se estrenaba la que fue, primera edificación o la más primitiva de la famosa plaza de San Pablo, colindante al templo del mismo nombre y que, en varias etapas, se mantuvo funcionando hasta 1864, aproximadamente.

   Sin embargo, y acudiendo a la prensa de la época, fundamentalmente la Gazeta de México, se manejan otros datos que conviene aclarar, aprovechando además los interesantes apuntes que se desprenden de la “crónica”, que no es sino una limitada reseña de los acontecimientos aquí abordados. Por ejemplo, en la del martes 18 de noviembre de 1788, dice que

 GAZETA DE MÉXICO_18.11.1788

    El día 16 (de los corrientes, tal día fue domingo) se hizo el primer Ensayo para las próximas corridas de toros, en la misma Plaza que se ha construido para ellas en la de San Pablo: según se avisó al Público será el segundo próximo Domingo (día 25), y comenzará la primer Corrida el día 1° de Diciembre (es decir, el lunes 1°) y la segunda el 15 (de nuevo también en lunes).

   La siguiente Gazeta… del 2 de diciembre de 1788, en efecto nos confirma lo anterior y relata que

 GAZETA DE MÉXICO_02.12.1788

    El día 1° comenzaron las corridas de Toros, que en ambas semanas no habrá los Miércoles por ser día ocupado. Se ha presentado los lidiadores de a pie vestidos de terciopelo y tizú de plata, distinguiendo a una quadrilla de otra los colores verde y negro. La de a caballo con chupa y calzón de ante, gabán de color roxo, y todos con galones de plata. La completa horquesta de Música ha hecho los intermedios muy divertidos. Están preparadas distintas invenciones para dar el lleno a la diversión de las tardes, sin embargo de que la bondad del ganado por sí solo la promete; y no ha sido la menor la variedad de modos con que se ha partido la plaza por las Compañías de Granaderos del Regimiento Urbano del Comercio, que se han desempeñado como si fueran de la Tropa más arreglada.

   La segunda corrida comenzará el día 15 por concurrir en la semana siguiente dos días festivos.

   Finalmente, y para hacer más completo el presente “reportaje”, me remito a la siguiente Gazeta… del martes 23 de diciembre en la cual encontramos el siguiente párrafo:

 GAZETA DE MÉXICO_23.12.1788

    El día 15 comenzó la segunda corrida de Toros, cuyas funciones han sido iguales a las de la primera, así por el escogido ganado, como por las diversiones con que se han alternado las lidias, partiéndose ya la Plaza por las Compañías de Granaderos del Regimiento fixo de México.

   De todo lo anterior se concluye que la “inauguración” no fue el 24 sino el 25 de noviembre de 1788.

   Sin embargo, de las breves notas que registran tres Gazetas… hay suficientes elementos para acercarnos a la forma en que se desarrollaban los espectáculos taurinos hacia finales del siglo XVIII.

   Para empezar, esa plaza “primitiva” estuvo, como bien se apuntó, a espaldas de la iglesia de San Pablo y a unos metros del rastro de la ciudad por aquel entonces, lo que supondría que los toros ya muertos en el ruedo de la plaza, se destazaran directamente en aquel sitio dedicado al asunto.

   Cuando aparece el término “ensayo” esto se refiere a algo que con mayor amplitud ha abordado el Dr. Benjamín Flores Hernández, el que apunta:

 Una vez se hubieron establecido definitivamente en la ciudad de México las temporadas de corridas protagonizadas por lidiadores profesionales de a pie y sujetas a una organización precisa, empezó a ser común la realización de ensayos previos a ellas. Primeramente dichos ensayos se hacían en un rancho cercano, tal la hacienda de Narvarte (esto hacia 1770), pero más adelante llegaron a tener una categoría casi igual a la de las corridas formales, por lo que se llevaban a cabo en un coso especialmente edificado para ellos en las afueras de la capital.[1]

   Siendo por aquellos días tan predominante aquel sistema denominado “Fiestas de tabla”, el cual acumulaba tal cantidad de celebraciones, esto en la realidad debe haber ocasionado serios disgustos a nivel laboral, pues ¿dónde se imaginan ustedes que andaría buena parte del gremio laboral, durante un día laborable y a hora más que prudente? Por eso, fue necesario poner cierto orden para evitar, entre otras cosas, el relajamiento de las costumbres, tema del que se ocupó a profundidad Juan Pedro Viqueira Albán.[2]

   “Lidiadores de a pie”, que aparecen, según el orden en la escena, en un primerísimo lugar, mismo que adquirieron dichos personajes tras el reacomodo habido a lo largo de buena parte de aquel siglo, en el que la tauromaquia sufrió una serie de recomposiciones técnicas que vinieron dando razón y equilibrio a lo que finalmente quedó resuelto en la primera “Tauromaquia” que es compendio de aquella gran experiencia, la de José Delgado “Pepe Hillo”, cuya primera edición data del año 1796. Ocho años separan dicha publicación de las fiestas en San Pablo, suficiente tiempo para entender que las estructuras taurómacas estaban más que afinadas para continuar por la senda de un siglo como el XIX, en donde el toreo tuvo su primera gran época de esplendor. Lo anterior todavía significaba dejar todo en un proceso entendido como el de la prueba de laboratorio.

   En efecto, al haber en el ruedo dos cuadrillas, estas tuvieron que distinguirse en uno y en otro color para evitar confusiones primero. Encontrar habilidades y exaltarlas, de ser necesario como un segundo recurso de distinción entre los que ostentaban el color verde respecto a los que llevaban en sus ropajes el color negro. En seguida, son mencionados los que formaban la “cuadrilla de a caballo”, algo así como otra sección que marcaba, en definitiva la ruptura entre el protagonismo de esta con respecto a aquella. Ya no eran los de a caballo quienes con su jerarquía dominante, monopolizaban el espectáculo en términos de un acaparamiento de todas las atenciones, pues anteriormente eran los caballeros venidos de casas y linajes muy arraigados quienes detentaron por muchos años tal privilegio. Este se terminó debido al supuesto desdén impuesto por la casa de los borbones que, desde 1700 gobernó el imperio español, pero que siendo monarcas de origen francés, esto significaba no reconocer ciertos usos y costumbres que los españoles seguían manteniendo, a pesar de aquel distanciamiento, el cual se acentuó con la propagación de las ideas ilustradas que pasaron fundamentalmente de Francia a España por vía de sus más reconocidos intelectuales: Voltaire, Rousseau, Jovellanos, Campomanes y otros.

   Que haya habido una “horquesta” y no una banda, significa que muchos espectáculos no solo estuvieron amenizados por chirimías, atabales sino por un grupo de músicos que interpretaban lo mismo instrumentos de cuerda que los metales o las percusiones, como una orquesta en pleno, y cuyas piezas debieron haber causado gran gozo entre los asistentes.

   El “redactor” de la Gazeta… apunta sobre los toros una curiosa referencia que refiere la “bondad del ganado”, como “cualidad de bueno” (según el DRAE), entonces se tendría como tal concepto a aquellos astados que, con bravura, casta y poder tuviesen ganado el privilegio de tal denominación, sobre todo en una época en la que las haciendas, como unidades de producción agrícola y ganadera todavía no contaban con un sistema específico, o al menos esta es la sospecha, en que se apoyaran no los hacendados o dueños de dichas extensiones, sino sus empleados, sobre todo los caballerangos y la gente del campo, acostumbrada a realizar actividades concretas como el “rodeo”, lazar y colear, llevar los numerosos grupos de cabezas de ganado de un lugar a otro, donde habría pasto y agua, con tal de observar, que esa sería la práctica cotidiana más importante; observar qué tipo de ganado era el propicio para enviar a las plazas. Dependiendo del juego ofrecido, de una “bravura” o de una “casta” que dejara satisfechos los deseos de los diestros, o del público, entonces, en esa medida es como se conjugaban también los otros componentes que habrían permitido que esos toros tuviesen configurada a su alrededor, cierto delineamiento con el que se marcaban o acentuaban las condiciones de –insisto-, “bravura” o “casta” que serían, en esos momentos, condiciones tan anheladas como hoy.

   Esa variedad de modos para el “partimento” de la plaza, supone la posibilidad de que aquello era un auténtico espectáculo, donde los de a caballo procederían a realizar cuantas evoluciones o piruetas permitiera la gala de un desfile, armonizado y complementado por las “Compañías de Granaderos del Regimiento Urbano del Comercio”, que en tanto condiciones de protección, dejan ver que el sector del comercio estaría muy involucrado en la organización del espectáculo (para el cual, existía un asentista o empresario, involucrado con algunos de los integrantes más poderosos de los gremios, de los que dependía en buena medida el que el mecanismo de las fiestas se moviera). Sin ellos, o sin la fuerza de estos –por ejemplo, el gremio de “tablajeros”-, las corridas no tendrían efecto, mismo que quedaba sellado con el permiso concedido por el virrey en turno.

   Finalmente, algo que llama la atención es esa otra distinción sobre “diversiones con que se han alternado las lidias”, lo cual significa que todo espectáculo de aquellas épocas pudo haberse confeccionado siguiendo unos patrones específicos en donde estaban incluidas las mojigangas, el uso de mongibelos o recreadas figuras para alguna representación. También estarían allí los “dominguejos”, y el uso de los fuegos de artificio, sin faltar el “palo encebado” o la “cucaña”, cuya mejor explicación es esta obra de Francisco de Goya:

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Disponible noviembre 24, 2013 en: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Francisco_de_Goya_y_Lucientes_045.jpg

En fin, creo que no faltaría motivo para encontrar en las fiestas taurinas novohispanas verdaderas celebraciones que, como la que aquí se recrean, nos remite a la mismísima inauguración de la plaza de toros de San Pablo, un 25 de noviembre de 1788. Es de lamentar que no aparezcan hasta ahora, ni los nombres de los toreros de a pie, ni los de a caballo. Tampoco la procedencia del ganado.


[1] Benjamín Flores Hernández: La afición entrañable. Tauromaquia novohispana del siglo XVIII: del toreo a caballo al toreo a pie. Amigos y enemigos. Participantes y espectadores. Aguascalientes, Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2012. 420 p. Ils., retrs., fots., facs., cuadros., p. 210.

[2] Juan Pedro Viqueira Albán: ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces. México, Fondo de Cultura Económica, 1987. 302 p. ils., maps.

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EL PÚBLICO DE LOS TOROS Y EL ORDEN DE LA LIDIA EN 1884.

MINIATURAS TAURINAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Durante los últimos años del virreinato, esto desde 1765, se tiene noticia de la participación directa de las autoridades para lograr que el orden prevaleciera en la plaza de toros, en virtud del fuerte relajamiento que imperaba en los tendidos y hasta en el ruedo. Al paso de los años, nuevas disposiciones fueron reorientando el espectáculo, por lo que se recuerdan algunos bandos como los de 1785, 1815 o 1822. Este último, concebido como Reglamento para las corridas de toros tuvo que extenderse hasta el año de 1887, en que la autoridad pudo tener la oportunidad de elaborar algo acorde a la época y a las nuevas circunstancias presentes.

 EL DIARIO DEL HOGAR_16.11.1884_p. 7

El Diario del Hogar, D.F., del 16 de noviembre de 1884, p. 7.

    Para la temporada de 1884 que se desarrolló en la plaza del Huisachal, el periódico El Arte de la Lidia colaboró desinteresadamente para suplicar a los asistentes su mejor comportamiento posible, evitando así que una cierta mala costumbre de arrojar todo tipo de objetos al redondel, pusiera en riesgo la actuación de los toreros. En el Nº 2, año I, del 16 de noviembre de 1884 de la mencionada publicación apareció la siguiente recomendación:

 El público de los toros.-

      Hoy que la temporada de toros promete estar muy animada y con más orden que otros años y supuesto que en la plaza del Huisachal se verificarán corridas hasta que comiencen las aguas, es indispensable hacer ver al público que concurre a esta diversión y sobre todo al Sol lo mal que hace con tirar al redondel jarros, piedras y naranjas, pues como se ha dicho repetidamente: esto, además de que afea el espectáculo puede muy fácilmente ocasionar desgracias que serían de gran trascendencia. El público está en su derecho para hacer sus demostraciones, y éstas, solo se deben reducir a aprobar o desaprobar; no habiendo necesidad de recurrir a un medio tan impropio.

     Esperemos que tanto la empresa, como la autoridad que preside las corridas de toros del Huisachal, procure evitar esta mala costumbre.

   Dicho precepto no era nuevo. Ya en 1851, y con motivo de la inauguración de la plaza de toros del “Paseo Nuevo”, la autoridad también mostró interés y rigor con aquella forma de reaccionar por parte del público.

FOTO Nº 194

Colección del autor.

   No fue una campaña que tuviera resultados inmediatos. A lo ya experimentado en medio de las pasiones que despertaba una mala corrida, tuvieron que pasar todavía un buen número de años para remediar, en buena pero no en gran medida, los desmanes provocados por el público asistente, que, o muchas veces se siente engañado, respondiendo en consecuencia de manera bastante violenta.

   El mencionado “orden de la lidia” también adquirió mejores escalas en cuanto se fue manifestando la evolución del espectáculo, que se alejaba de los viejos principios establecidos por una costumbre que de alguna manera se estacionó, giró en su mismo eje, con la salvedad de que para evitar la monotonía se fue enriqueciendo en sí misma, por lo que la variedad de circunstancias con que se vistió hizo que se notara como un espectáculo fresco, novedoso, pero siempre al margen de la modernidad, una modernidad de la que no fue ajeno, pero cuyo avance fue sumamente lento en comparación con el que registraba la tauromaquia en España. De ahí, que al llegar esta expresión a nuestro país, resultó un capítulo de novedades sin precedentes, por lo que se renovó indefectiblemente.

   De 1884 a 1887 solo hay una diferencia temporal muy corta, pero entre ambos años se tendió el puente definitivo que impulsaría el nuevo estado de cosas.

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