Archivo mensual: mayo 2017

HACE MEDIO SIGLO SE ESTRENABAN DOS PELÍCULAS DE TOROS.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Imágenes tomadas de El Heraldo de México (marzo de 1966 y julio de 1967, respectivamente).

   Fue tal el impacto que produjeron algunos documentales y largometrajes a lo largo de la sexta década del siglo XX, que como resultado de la inauguración del Centro de Estudios Cinematográficos o “Filmoteca” de la U.N.A.M., ésta formó su primera colección y entre otras grandes producciones, con Torero, de Carlos Velo. En esa ocasión (era el 8 de julio de 1960), Manuel Barbachano Ponce puso en manos del Lic. Manuel González Casanova las latas de aquel valioso documento que registra las tribulaciones más profundas de un torero, historia que encarnó en forma por demás sobrada Luis Procuna.

Más o menos por aquellas épocas, los espectadores verían una película de culto –por lo menos entre los taurinos-. Me refiero a Tarde de toros (1956), en donde se pueden apreciar, entre otras, las faenas de Domingo Ortega o Antonio Bienvenida, que no solo torearon. También actuaron.

Así, pasaron los años y a partir del mes de marzo de 1966, la prensa de nuestra capital, publicitaba otra cinta a cual más interesante. Se trata de Aprendiendo a morir, que cuatro años antes ya había sido exhibida con bastante éxito en España. El papel estelar lo protagonizó Manuel Benítez El Cordobés. En dicho trabajo quedó marcado al comienzo y final del mismo, algo que parece muy interesante, pues al margen de la desgracia que puede padecer el torerillo de la legua, este decide lanzarse al ruedo jugándose el todo por el todo. En un momento en que los de la guardia civil lo lleva detenido, el espontáneo se dirige a uno de ellos para decirle en forma sentenciosa que en cuanto fuera famoso, “usté me llevará en hombros en esta misma plaza”. Palabras más, palabras menos pero así sucedió, y aquel mismo personaje, un día de fiesta –que estaba “franco”-, se encargó de ser uno de los varios “costaleros” que cargaron con el héroe de la tarde.

Una producción más, y que causó revuelo fue Fray Torero, en cuyo papel principal se encontraba Paco Camino, al lado también de otra figura de aquel cine que se perfilaba por senderos que ya estaban abordando un segmento complicado, por contestatario y rebelde. Me refiero a los jóvenes. En este caso, la actriz principal era una Angélica María que ya contaba para esas épocas con horas de vuelo en la actuación, y el canto.

En la cinta que fue estrenada en julio de 1967, puede apreciarse un interesante efecto en el que pudo más la afición que la devoción, o por lo menos así lo parece, pues ese fraile inquieto y cuyo hábito lleva el diestro de Camas (Sevilla), no deja de pensar en todas las buenas obras que podrían darse nada más se aventurara a tomar capote y muleta.

Paco Camino, disponiéndose a torear.

   El cine taurino de ficción, no siendo ni teniendo los ingredientes de películas que hayan dejado su impronta en términos de inolvidables (y esto puede ser discutible), rescata en cada uno de sus registros escenas que, gracias a sus directores o productores, se pueden apreciar escenas donde las figuras en su momento brillaban con luz propia. De hecho, hay otro cine, el documental, en cuyos registros pueden observarse infinidad de circunstancias, pues es desde el año de 1895 y hasta tiempos en que el cine mismo fue desplazado por el video –hablo de 1972 en años-, el que hizo posible que hoy día podamos observar el testimonio de toreros que van desde Rafael Guerra o Luis Mazzantini hasta Antonio Ordóñez o Manolo Martínez. Con todo ello, la visión sobre diversas expresiones, nos ayuda a entender de manera suficiente la evolución y los cambios que adquirió el espectáculo en poco más de 75 años.

En un trabajo de reciente manufactura, aunque con investigación acumulada de un par de décadas, logré concentrar toda aquella información relacionada con producciones, tanto en forma documental como de ficción; o de aquellos registros hechos fuera de nuestro país y que luego se exhibieron aquí. El número alcanza poco más de 500 títulos, en un rango que va de 1895 a 2017. Se sabe que en San Luis Potosí, y durante la primera quincena de octubre de 1897, se presentaba en el Teatro de la Paz la producción de Enoch C. Rector “Corrida de toros”, filmada el 23 de febrero de 1896 en la plaza de toros de San Pablo, ciudad Juárez, Chihuahua. De ese material cinematográfico al muy reciente, denominado Miguel Espinosa. “Armillita en la mirada del maestro Fermín” (Fundación “Miguel Alemán, A.C.”, 2017), han transcurrido 125 años.

II

   Así como el quehacer de los antropólogos ha sido rastrear, recuperar, identificar y ubicar todos aquellos documentos conocidos como códices, que recuerdan no solo la gloria de determinados personajes, sino las guerras, así como los diferentes sistemas políticos de un pueblo o su religión. También no dejan de inscribirse valores de vida cotidiana, con lo que nos acercamos a una idea más precisa de cómo se desarrollaron determinados momentos, tiempos o épocas de un pasado que parecían irrecuperables, aunque por fortuna tan inmediatos gracias a su rescate, resguardo e interpretación precisos.

Del mismo modo, existen otra serie de testimonios que fortalecen en esa medida la circunstancia del pasado, con lo que nos es más inmediato, de ahí que lo podamos conocer un poco más, pero también un poco mejor.

Los archivos fílmicos vienen a convertirse en invaluables acervos, colecciones y reuniones de “códices de la imagen” los cuales aglutinan y recogen todos aquellos síntomas en los que se movió determinada sociedad, documentos conocidos en nuestro país desde 1896.

Lo verdaderamente notable es que estos documentos recogen a los héroes populares, esos que se pensaban perdidos hasta que al volverse a destapar viejas latas y colocarlas en enormes proyectores retornan en el tiempo hasta nosotros, con lo que nos damos cuenta del significado que tuvieron y que siguen teniendo. Esas imágenes nos permiten entender la forma en cómo evolucionó la selección y gusto de la sociedad por diversiones como la de toros. De ahí que volvamos a fijarnos en una más de las herramientas de la antropología, unidas también al quehacer histórico y sociológico que acude para enriquecer el soporte interpretativo necesario para entender mejor el contexto resguardado en viejos nitratos.

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REYES Y PRESIDENTES EN LOS TOROS.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

Claridades. El vespertino dominical. México, D.F., 10 de febrero de 1963. Año XXV, N° 1197.

   Hace apenas unos días, el 17 de mayo pasado, acudió a los toros el Rey, o Rey emérito Juan Carlos I de España. Ya sin el protocolo aquel que los pone a distancia del pueblo, este personaje rodeado de prestigio y desprestigio se apersonó en “Las Ventas” y ocupó su barrera como cualquier otro aficionado.

Este acontecimiento en el que tienen que ver las figuras públicas supone lo que en México llamamos darse “baños de pueblo”, pues ello rompe con la imagen sacralizada que ostentan quienes en su mayoría nos gobiernan, para bien o para mal. En el virreinato acudían con frecuencia los representantes del rey, lo mismo a los toros, al teatro que a las misas y otros acontecimientos donde su presencia les afirmaba como alter ego del monarca en turno. Para el siglo XIX, los presidentes –civiles o militares; conservadores o liberales- hicieron lo mismo y hasta se recuerdan esas 11 ocasiones en que S.A.S. Antonio López de Santa Anna se presentó en los toros (sin contar aquellas otras en que pudo hacerlo en el anonimato). Allí están Benito Juárez con todo y la prohibición que le cargan a cuestas, y el Gral. Porfirio Díaz y otros que también acudían con frecuencia. Y no se diga de todos aquellos que ya en el XX también hicieron acto de presencia en los toros: Francisco I. Madero, Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y un largo etcétera. Es más, conviene recordar la anécdota aquella en la que siendo presidente el Gral. Elías Calles este afirmaba, en caso de algún nuevo funcionario en el gabinete: “Hay que mandarlo a los toros”. De su aceptación o rechazo dependía la importancia del personaje en cuestión.

Con los años, un presidente de la república que podía romper protocolos acudiendo a los toros fue el Lic. Adolfo López Mateos. Y esto ocurrió la tarde del 10 de febrero de 1963 en la plaza “México”. Meses más tarde, justo el 6 de octubre, se hizo acompañar por el mariscal Tito, de visita en nuestro país por entonces.

Toreaban esa ocasión Jesús Córdoba, Diego Puerta y Jaime Rangel para entendérselas con seis ejemplares de Las Huertas… y con el fuerte viento que sopló toda la tarde. Los tres espadas, que no podían quedar mal, brindaron sus toros al mandatario.

López Mateos no ocultaba su afición al espectáculo taurino, por lo que hoy día, como él o como el Rey Juan Carlos I, sabían o saben que se puede ir a la plaza sin que ello represente un riesgo. Ellos lo tienen muy claro ya que son el blanco de todas las miradas, de los comentarios y hasta de la franca respuesta que el público sepa darles en un trato entre iguales. La plaza es ese espacio donde priva la democracia en su más pura expresión, y puede convertirse en un intenso termómetro que termine dándoles su auténtica dimensión.

Claridades. El vespertino dominical. México, D.F., 10 de febrero de 1963. Año XXV, N° 1197.

Es un hecho que una buena parte de los políticos de hoy no van a los toros por considerar que es “social o políticamente incorrecto” dar a conocer el gusto o la afición que tienen en lo particular por este espectáculo. Hace ya mucho tiempo que eso no ocurre, y si bien el episodio más reciente, ocurrido en la persona del Ing. Cuauhtémoc Cárdenas, responsable de los destinos en el entonces Distrito Federal, fue una prueba de fuego para él, por otro lado inolvidables deben haber sido los momentos para el Dr. Juan Ramón de la Fuente, rector de nuestra Universidad Nacional, quien tras el brindis del torero en turno, recibió una sonora ovación, como pocas veces se ha escuchado; sincera y franca por parte de los que allí nos reunimos aquella ocasión. Con ello se sabe en qué nivel de popularidad se encuentran, y eso lo tiene muy claro no solo la afición. También el pueblo, también el ciudadano de a pie que, como cada uno de nosotros, vivimos el día a día.

El Lic. Adolfo López Mateos, nos recuerda Esperanza Arellano “Verónica” en su reseña nos dice que ya en el tendido “…el público tributa una gran ovación al C. Presidente de la República que ocupa una barrera de sombra”.

López Mateos se hizo acompañar en esa ocasión por los licenciados Humberto Romero, Gustavo Díaz Ordáz y Justo Sierra. Quizá eran momentos de mandar mensajes subliminales sobre el que ya era un “secreto a voces”. Allí estaba el “delfín” y más tarde primer mandatario entre 1964 y 1970. Me refiero al Lic. Díaz Ordáz.

Claridades. El vespertino dominical. México, D.F., 10 de febrero de 1963. Año XXV, N° 1197.

Y justo el poblano, en medio de su polémico mandato, se encargó de consolidar la imagen que fue paradigma en su sexenio: la fortaleza del ejército. De ahí que entre otros ejemplos, encontremos el de una constante celebración del día del ejército, rematándolo con un evento cuyo toque taurino no podía faltar. Y para más “inri” en la mismísima plaza de toros “México”, donde los festivales de esta naturaleza no faltaron.

Imágenes registradas en el Heraldo de México del domingo 20 de febrero de 1966. Col. del autor.

Quedaron atrás aquellos tiempos en los que hasta los presidentes en este país acudían a los toros.

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EL TOREO MEXICANO EN EL SIGLO XIX: UN ROMANCE BRAVÍO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Va siendo frecuente que en las distintas participaciones donde tengo que exponer un tema que me es consubstancial, como el toreo en el siglo XIX mexicano, este brilla con luz propia en un amplio espectro de posibilidades, el cual permite una estela de interpretaciones y reinterpretaciones permanentes, lo que deja percibir el grado de inquieta rebeldía en la que se movió aquella expresión decimonónica, como resultado de la participación de varios detonantes que participaron de manera por demás evidente en su desarrollo, por un lado. Pero también de su estancamiento, por el otro.

Al despertar el siglo XIX, la fiesta taurina está convertida en un caldo de cultivo, en el que caben todas las posibilidades de invención, mismas que acompañaron durante un buen número de años al espectáculo hasta que este adquiere una personalidad propia, más profesional y venturosa frente a las nuevas generaciones que van haciendo suyo un divertimento al que matizan de un carácter propio gracias a todas esas formas de expresión que se vivieron en épocas del esplendor goyesco, pasando a manos del torero gaditano Bernardo Gaviño quien desde Montevideo y Cuba las transporta a México, sitio en el que compartirán la tauromaquia -con todo su dejo de relajamiento e invención- luego de su llegada, en 1835, hasta su muerte misma, en 1886. Un dato que debe quedar sentado, es que de 1829 a 1886, Bernardo Gaviño estuvo activo en América 57 años, 31 de los cuales al menos, los consagró a México, según el más exacto recuento de que dispongo para sustentar dicha afirmación.

Esta imagen corresponde al cartel del domingo 13 de diciembre de 1857. En tal ocasión, la plaza principal de San Pablo fue escenario, entre otras curiosidades, de un “intermedio divertido. En el que se presentarán CUATRO ORANGUTANES, dos montados en burros, dos a pie y un matrimonio de ancianos en zancos, a lidiar con UN TORO EMBOLADO.

Fuente: colección del autor.

Un espectáculo taurino durante el siglo XIX, recoge los elementos del siglo XVIII, y concentraba los siguientes valores:

-Lidia de toros “a muerte”, como estructura básica, convencional o tradicional que pervivió a pesar del rompimiento con el esquema netamente español, luego de la independencia.

-Montes parnasos, cucañas, coleadero, jaripeos, mojigangas, toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales, representaciones teatrales, como: –Los hombres gordos de Europa, Los polvos de la madre Celestina, La Tarasca, El laberinto mexicano, El macetón variado, Los juegos de Sansón, Las Carreras de Grecia (sic) o la mojiganga Sargento Marcos Bomba, hombres montados en zancos, mujeres toreras. Agregado de animales como: liebres, cerdos, perros, burros y hasta la pelea de toros con osos y tigres.

Forma esto un básico. Ese gran contexto se entremezclaba bajo cierto orden, esquemáticamente hablando. La reunión popular se encargaba de deformar ese proceso en un feliz discurrir de la fiesta como tal.

A continuación, uno de los múltiples versos que la musa popular prodigó en su honor, y que aparecieron en un cartel que registra una más de sus actuaciones, que tuvo verificativo el domingo 2 de mayo de 1858, en la plaza de toros del Paseo Nuevo. Veamos: 

La cuadrilla de Bernardo Gaviño

Para concluir temporada

va pues la última corrida

que será en verdad cumplida

y no habrá que desear nada;

con tiempo está preparada,

toros de Atenco muy fieros,

Picadores y toreros,

todo es escogido, todo:

será la función de modo,

que agrade al público entero.

 

Bernardo, de gozo lleno,

está resuelto este día

a mostrar su bizarría

como en el día del estreno

Caralampio [Acosta] y compañeros,

dicen que a cada piquete

se doblegará al torete

por más que tenga bravura;

y todo, en fin, todo augura

una función de chupete.

 

Nadie en asistir se duerma,

vengan los de Tacubaya,

también los de Santa Anita,

los barrios todos asistan,

no haya en el dinero merma;

apronten todos dos reales,

que así serán más cabales,

el contento y la boruca,

y que vengan con peluca

todas y todos puntuales.

    La relación directa con Bernardo Gaviño en Cuba hace ver que sus influencias en México son muy amplias. Bernardo debe haber sido para entonces una figura importante en Cuba y el nombre de México no fue ajeno a sus aspiraciones. Quizá vio en todo esto la posibilidad de incorporarse a un esquema de actividades estrictamente taurinas, a las que el pueblo mexicano no mostraba demasiada aversión, a pesar de su origen hispano. Recordemos las razones de la expulsión de los españoles de México a finales de la segunda década del siglo XIX. Según Reyes Heroles acepta que dicha expulsión fue antieconómica y repugnante para el modo de pensar de la presente generación. México se encontraba desgarrado entre los dos polos de su realidad: el orden colonial, del cual los españoles eran un recuerdo vivo, y el nuevo orden republicano. La expulsión de los españoles, según Reyes Heroles, tuvo entonces el objetivo de impedir la consolidación de una oligarquía económica, política y hasta social.

A partir de una “tarjeta de visita”, registro fotográfico bastante común en el último tercio del siglo XIX, un artista anónimo realizó este grabado, que recrea a Bernardo Gaviño, y que apareció como un elemento más en la cabecera del semanario “El Correo de los toros” a principios de 1888.

Pero Bernardo Gaviño no afectaba estas condiciones. España reconoce la independencia de México hasta 1836. Gaviño es, en todo caso un continuador de la escuela técnica española que comenzaba a dispersarse en México como consecuencia del movimiento independiente, pero no un elemento más de la reconquista, asunto que sí se daría en 1887, con la llegada de José Machío, Luis Mazzantini o Diego Prieto “Cuatro dedos”. Y no lo fue porque su propósito fundamental fue el de alentar –y aprovechar en consecuencia- el nacionalismo taurino que alcanzó un importante nivel de desarrollo, durante los años en que se mantuvo como eje de aquella acción.

Por otro lado es curioso, pero buena parte de los elementos que participaron en aquella movilización, tuvieron que ver en los alrededores de este espacio geográfico. Por un lado, la casi por cinco veces centenaria hacienda ganadera de Atenco que es, a mi parecer la más importante durante el siglo que nos congrega. También se encuentran por aquí un conjunto de personajes de la más diversa composición. Entre otros, el ya conocido Bernardo Gaviño y Rueda, Ponciano Díaz Salinas, pero también Tomás, José María y Felipe Hernández. De José María, casi nada se sabe. Por su parte Tomás, mejor conocido como “El Brujo”, gozaba de una capacidad muy especial a la hora de enfrentarse a los toros, y vaya que lo hizo con mucha frecuencia por estos lares. De igual forma, Felipe “El Toluqueño” fue, en consecuencia un torero que si no brilló con luz propia, debido fundamentalmente a la enorme fuerza que ejerció al mismo tiempo Ponciano Díaz, pudo, por estos rumbos, dejar evidencia de un toreo no sólo campirano; también rural. Para entender una y otra expresión, antes habría que separar algunos elementos para dejar en claro que lo mismo toreros de aquellos tiempos manifestaban su quehacer a pie o a caballo. El caso de Felipe Hernández se concreta a todo un quehacer en la predominante expresión a pie, impulsada y alentada por Bernardo Gaviño, los hermanos Luis, Sostenes y José María Ávila, Mariano González “La Monja”, Pedro Nolasco Acosta, Lino Zamora, Jesús Villegas “El Catrín”, pero también hecha suya por Valentín Zavala, Rafael Calderón de la Barca, Epifanio del Río, Atenógenes de la Torre, Felícitos Mejía, y otros.

Ustedes se preguntarán: ¿Y cómo toreaban por entonces?

De las pocas crónicas taurinas existentes, uno de cuyos primeros datos fehacientes se remonta a 1852 y que se consolidan a partir de 1884 con la aparición de El arte de la lidia, apenas tenemos una idea de aquellos acontecimientos, por lo que podríamos imaginar, comparando el actual toreo, como una forma demasiado primitiva, distante y ajena de ciertos principios al desarrollo tauromáquico de España, pero con una fuerte influencia de la que dejó rastro el magisterio del gaditano Bernardo Gaviño que, como ya quedó insinuado, fue por estos rumbos donde su nombre y fama, se conocieron ampliamente.

Sin embargo, una reseña de 1896 deja ver el lamentable estado de cosas que imperaba en el quehacer taurino, tanto de Ponciano Díaz como de Felipe Hernández, por lo que dichas impugnaciones, están confrontadas con el deslumbramiento de la tauromaquia de a pie, traída, entre otros, por diestros españoles como Luis Mazzantini, Diego Prieto “Cuatro dedos”, Juan León “El Mestizo”, Juan Moreno “El Americano”, José Machío y otro interesante y compacto grupo de lidiadores, el cual estaba terminando de apoderándose de todos los rincones taurinos del país. Fue por eso que El Toreo Ilustrado, año I, Nº 14, del 24 de febrero de aquel año, lanzó tremenda crítica a ambos espadas nacionales en estos términos:

Ponciano Díaz. Plaza de Toros de Toluca. 23 de febrero de 1896 alternó con Felipe Hernández. 2 de Atenco y 3 de desecho de Cieneguilla y El Fresno.

Los matadores (!!!) de Poncianillo, el que alterna con el panzón de Felipe Hernández, (muy señor mío y conocido en su casa), ni se puede decir nada de él ni esperar que hiciera algo bueno. Sin igualar, sin liar y al estilo del país bajonazos y mete y sacas.

“Banderillas a caballo”, pintura al óleo de Gustavo Morales. Óleo sobre madera (último tercio del siglo XIX). Col. Museo Nacional de Historia.

Fuente: José de Jesús Núñez y Domínguez. Historia y tauromaquia mexicanas. México, Ediciones Botas, 1944.

Ambos torean en la plaza de Toluca, uno de los últimos bastiones defendidos por Ponciano Díaz en franca decadencia, que se hizo acompañar aquella tarde del 23 de febrero por Felipe Hernández, hijo de Tomás Hernández “El Brujo”, hábil y famoso vaquero de la hacienda de Atenco, que en su momento de mayor control, fue causante de diversos escándalos, rencillas y luchas por el poder y control en cuanto al cuidado del ganado se refiere.

Felipe Hernández, seguramente pudo haberse comparado con Luis Mazzantini, dueños de una no muy grata figura, pero que con todo y eso eran aceptados por los aficionados. Lo que ya no acepta la prensa es que Ponciano y Felipe sigan en su plan de no igualar, no liar y matar a bajonazos y mete y sacas a los pocos enemigos que les quedan por enfrentar.

Los tiempos ya cambiaron…

En cuanto a la figura de Tomás Hernández, no puedo dejar de mencionar un asunto que nos deja ver, bien a las claras, cual era su perfil en estos pagos.

 UN CASO DE LUCHA POR EL PODER Y EL CONTROL DEL GANADO BRAVO EN ATENCO ENTRE 1862 Y 1863: TOMÁS HERNÁNDEZ vs AGUSTÍN LEBRIJA.

    A mediados de 1862 comenzó a darse en el cercado de Atenco un conflicto que alcanzó proporciones bastante delicadas, debido a que Tomás Hernández El Brujo era el Caudillo,[1] o jefe de los chilcualones,[2] encargados en las tareas de la vaquería.

Tomás Hernández “El Brujo”.

De don Tomás se cuentan muchas cosas increíbles que parecen sobrenaturales, y por eso le llamaban “El Brujo” con sobrada razón. Hechizaba a los toros con sólo verlos; en el campo se metía entre ellos para darles de comer y, como mansos borregos se dejaban coger por el lomo. Don Tomás les pasaba su áspera mano haciéndoles caricias en la frente y en el hocico. Casi a diario hacía esta operación entre el espanto de los vaqueros y nunca sufrió el menor incidente porque siempre lo respetaron los toros. Mucha gente recuerda las hazañas de don Tomas, y por ejemplo una de ellas es contada así: En las plazas de toros del rumbo, bajaba al ruedo -vestido de civil- y entre el azoro de los espectadores comenzaba a dar gritos a los toros, aunque estuviera picado y banderillado, y caminando poco a poco en dirección del animal este se le arrancaba como demonio para ensartarlo; entonces la muchedumbre lanzaba un grito de terror, pero intempestivamente quedaba la plaza en completo silencio, hasta poderse oír el zumbido de una mosca, cuando el toro se quedaba enfrente de don Tomás, quien sin mostrar nada de miedo, sino al contrario con la sonrisa en los labios y con valor inaudito, se acercaba más al toro para acariciarle el hocico y la frente; sacaba un puño de yerba que llevaba en la bolsa del pantalón y le daba de comer. Luego regresaba paso a paso a la barrera, brincaba las trancas y subía a las gradas entre los abrazos y la gritería del público que lo aclamaba con delirio. Tomás Hernández salvó la vida del general don Manuel González y también al coronel Limón en una situación crítica cuando se vieron perseguidos por el general Ugalde.

Tomás es en esos momentos un maestro consumado, porque sabe y conoce todos los secretos, todos los movimientos que ocurren en los cercados de la hacienda atenqueña. Esto le garantiza cierta inmunidad, en tanto privilegio que lo llevó a ser impune. Por eso Agustín Lebrija, entonces administrador de la hacienda, le dice a su hermana Da. Ana María Lebrija de Cervantes, a la sazón, esposa de José Juan Cervantes, en carta fechada en Toluca el 29 de noviembre de aquel año lo siguiente:

Toros, han ido y no he tenido razón ninguna así es que, si Tomás ha de hacer lo que quiere avísamelo para mi gobierno y dese mi responsabilidad en lo que hago el nuevo administrador esto solo a tí te lo digo de estos procederes estoy cansado, pues en el cercado han hecho prodigio y medio con los pastos, en fin pronto te escribiré largo sobre este asunto. Si consideras que hay incomodida por lo que no hables nada, pones en la misma tarde recibido que tu Conde escribió a Tomás para que le mandara la corrida y lo cierto es que yo no he visto tal carta y solo me avisó el Caudillo que se llevaban para Méjico seis toros que pedía el amo.

Leyendo entre líneas percibimos una lucha por el poder entre Lebrija y Hernández (aunque este último garantizaba para sí mismo un coto cuyas barreras fueron sus amplios conocimientos que podía ocultar o condicionar, bajo el respaldo absoluto del “l´amo”). De ahí que Agustín estuviese preocupado en buscar un “nuevo administrador”, que un poco más adelante veremos a quien se le designó la responsabilidad. Lebrija en cuanto tal, se siente rebasado, desplazado inclusive por un poder adquirido por el Caudillo. Derrama gotas de hiel, tiene coraje de los hechos que viene causando el Brujo, entre otros, los de prodigio y medio con los pastos. El prodigio como tal no existe. En todo caso se refiere a que cometió barbaridad y media, estropeando “los pastos”. Y lo puedo afirmar, seguro de lo que digo, con la carta que el mismo Lebrija fechó el 8 de marzo de 1863 que veremos más adelante. Por el momento, me concreto a terminar con este asunto.

Placeros y rancheros, litografía de Juan M. Rugendas. Tomado de México and the mexicans. Truber and Co. Londres, 1859. Cortesía del Centro de Estudios de Historia CONDUMEX. Tomado de: “México en el tiempo” Año 4, Nº 27, noviembre-diciembre de1998. Pág. 49.

Ahora bien, el manejo independiente pero compartido de la correspondencia, sostenida entre Lebrija y Tomás con don José Juan Cervantes causaba “incomodida” al angustiado Agustín, porque El Brujo podía arreglar cualquier asunto con el propietario, dejando con un palmo de narices al administrador de la hacienda, que le pide a su hermana lo tenga al alba en tanto se entere de una carta que envió Tomás Hernández a don José Juan, concretándose aquel a mandar una corrida bajo su conducción y custodia, asunto que con toda seguridad era una tarea común, donde Tomás consumaba el privilegio de “hacer lo que quiere”. De esa forma hizo lo que quiso y se fue a la ciudad a dejar los toros para el PASEO NUEVO, y de paso visitar al señor Cervantes, con quien existía completa libertad para platicar con él, darle su propia versión y sentirse protegido. Era pues, el “favorito” de don José Juan.

Las cosas se complicaron aún más en marzo de 1863. Agustín Lebrija vuelve a escribirle a su hermana Da. Ana María el día 8 de aquel mes en estos términos:

Muy querida Gordita: con ancia de saber de Uds. y por saber hoy de un nuevo robo grande, dime y pongamos (sic) de acuerdo por lo que pueda suceder.

Los toretes por fin no salieron porque hubo enfermedad en la corriente del Gral. Beltrán y ni así se fue Tomás y sin embargo de que Gregorio le dio tu recado desde hoy hace ocho días, pues como te dije, tu carta la recibí después de 8 días sin embargo en el acto dispuse se fuera.

Te hablaré claro respecto a Tomás y familia que todos los mozos están muy disgustados con ellos, principalmente Guadalupe el Caudillo que es el responsable del cercado, y como a este le pido cuentas de los partes y muchas partidas las recoje José Ma. (Hernández) y solo Dios sabe lo que se vuelve, pues aunque este dice lo que recibe ya ha cojido varias denuncias como el que tu sabes. A Tomás respecto de esa nota te diré nada en su obsequio porque estoy satisfecho de su manejo, pero como tu sabes no es para nada de eso, y todo lo enreda, así es que José María es el bravo. Hace ocho días que se queja un vaquero de que José María le pegó y por tal asunto se sacaron prodigios. Las circunstancias me contienen para correjir sin embargo te lo aviso para que sepas y no te cuenten chismes, lo que hice fue regañarlos a todos.

El sueldo de José María es nocivo a la raya porque ya no trabaja cosa en los corrales, así es que solo está ya de cuidador que con Tomás sobre pues ya las cobranzas ni caso hacen y todos los días digo que cobren, en esto hay mucho enmiendo como te diré en otra vez.

Con disimulo no dejes de preguntarle a Tomás sobre cobros y si hay animales de pastos que paguen.

Dicha carta nos acerca a varios pasajes de vida cotidiana que bajo la historia de las mentalidades nos arrojaría vertientes interminables y muy ricas.

Atenco era botín de constantes robos. En un documento fechado en1818 se decía que

[en 1810] se acercó a estas inmediaciones el cabecilla cura Hidalgo sufrió esta hacienda una extracción considerable de reses… Además los yndios así arrendatarios y circunvecinos se insurgentaron (y) cada uno se tomó la cabeza [de ganado] que pudo, destruyendo zanjas y haciendo cuanto perjuicio pudieron.

La corriente del Gral. Beltrán debe haber sido algún atajo o sitio donde se manifestaron condiciones epidémicas o de insalubridad que impidieron el paso de los toretes de un lugar a otro dentro de los mismos cercados, motivo suficiente para que Tomás no saliera de Atenco como era el deseo de Agustín.

¿Qué alboroto armaría Tomás que “todos los mozos están muy disgustados” con él y su familia? En esos momentos, El Brujo no era más que El Brujo y no ostentaba el grado de Caudillo que sí tuvo Guadalupe, o sea José Guadalupe Albino Díaz, padre de Ponciano, personaje de amplios conocimientos, pero incómodo al movimiento de rebeldía que encabezaban los Hernández, sobre todo Tomás y José María su hijo que está interviniendo e interfiriendo en los reportes que Guadalupe prepara para informar al administrador, Agustín Lebrija. El Caudillo y Lebrija sabían en esos reportes que existen varias denuncias (lógicamente perdedizas) “como el que tu sabes” refiriéndose abiertamente a Tomás, que no es El Brujo, sino el Rebelde.

“A Tomás (…) te diré nada en su obsequio”. No hay elogios abiertos a quien se ha venido convirtiendo en un insurrecto, en el personaje que no llega a ningún acuerdo con Lebrija pero en relación al trabajo “estoy satisfecho de su manejo”. Lamenta Agustín que Tomás “todo lo enreda, así es que José María es el bravo”. Si Tomás “mete cizaña” y origina con ello un ambiente de intrigas, pues resulta que José María emplea la fuerza y hasta es capaz de golpear a un vaquero y decirse ambos lindezas y “prodigios” echando mano de un amplio repertorio de “palabrotas” que se “sacaron” cada quien enturbiando el ambiente.

Lebrija se enfrenta a una situación crítica, la cual tiene un remedio: la reprimenda, el engaño: “lo que hice fue regañarlos a todos”, le escribe a su hermana.

Mantener a José María que ya no trabaja más que como cuidador es un conflicto, pero su paga y la de Tomás se quedan “y todos los días digo que cobren” sin que se acerquen a cumplir con ese derecho, apunta Lebrija.

Lazando a campo abierto. Óleo de Gustavo Morales (45 x 65 cm.) MNH. CNCA. INAH. MÉX.

Fuente: “México en el tiempo”. Revista de historia y conservación, año 4 N° 28, enero-febrero, 1999, p. 10.

Agustín le pide a su hermana esté atenta en cuanto vea a Tomás para preguntarle “sobre cobros y si hay animales de pastos que paguen”. Poco después El Brujo desapareció intencionalmente y el caos se hizo presente con el ganado que pastaba pero no podía beber agua, porque ahí el papel de los vaqueros es indispensable para conducir los toros de un lugar a otro, debe haber puesto las cosas al rojo vivo. ¿Vino la solución? Tal vez. ¿Qué quería Tomás demostrando con todo lo que hemos visto? ¿la antítesis de sus conocimientos?

Probablemente:

a)Operar con absoluta independencia, tomando acuerdos exclusivamente con el Sr. José Juan Cervantes.

b)Desconocer con todas esas acciones ya referidas al “administrador”.

c)Encabezar y hacer destacar a un grupo de expertos con amplios conocimientos quienes, en la posibilidad de verse bloqueados o frenados, ponen a funcionar la rebeldía como bandera.

Al principio de estas notas hablé de la génesis y desarrollo del conflicto. ¿En qué terminó? Varios años después (1875) encontramos que Tomás Hernández ostenta el cargo de Caudillo jubilado, cargo vitalicio que le garantizó permanencia (de 15 años aproximadamente), así como el derecho de mantenerse firme en un cargo que nunca quiso perder, a costa incluso de rebeliones y levantamientos de él o con él y su familia.

Aquí pongo fin a un caso de lucha por el poder manifestado abiertamente entre Tomás Hernández El Brujo y El Caudillo al mismo tiempo, en contra del representante del Sr. José Juan Cervantes, Agustín Lebrija. Esa lucha es por el control en el cercado, del ganado de bravo, de las tierras de que se nutren los toros. Y ambos personajes no aspiran más allá que a esto. El Conde sigue siendo, para uno y para otro “su” protector y quizás se sirva de ambos, aunque ambos entren en conflicto, el caso es que el ritmo de producción en Atenco no sea entorpecido, puesto que los toros siguen enviándose a las plazas con la periodicidad acostumbrada. Atenco es una hacienda que durante esos años en particular alcanza proporciones muy importantes en producción de cabezas de ganado vacuno en general, y toros bravos o para la lid, en particular.

Finalmente, ¿qué puede apuntarse sobre la presencia de Ponciano Díaz?

Ponciano Díaz en compañía de un grupo de amigos.

Fuente: “SOL Y SOMBRA, SEMANARIO TAURINO NACIONAL”, del 19 de abril de 1943.

La vida rural, la vida urbana en el último tercio del siglo XIX mexicano, nos da como resultado el desarrollo de lo cotidiano que se concentró -entre otras cosas- en el toreo durante la vigencia de Ponciano Díaz Salinas (1856-1899). Es importante destacar que en lo rural personajes de la ganadería tales como los caudillos, vaqueros y caballerangos, dueños de una destreza a toda prueba, desarrollan actividades que dan brillo e intensidad al conjunto de labores propias del campo.

En la ciudad, independientemente de los acontecimientos políticos o económicos del momento, el pueblo lo que quería, era divertirse, y qué mejor manera de hacerlo que acudiendo a las corridas de toros, donde fue a encontrarse con un mosaico de situaciones que llegaban directamente del campo y se depositaban en las plazas, escenarios donde el arte y la técnica se dan la mano, igual que lo campirano y lo taurino.

En este sentido, dos factores de profundo carácter de lo mexicano destacan como símbolo que se representa abiertamente en las plazas de toros: el nacionalismo y la patriotería.

Las historias nos cuentan al respecto de las actuaciones de Ponciano, que demostraba buena voluntad para agradar y la modificación en el modo de herir, hicieron que renaciera la idolatría que por él había, considerándole no solamente al nivel sino superior a los toreros “gachupines”. Estos dijeron sus partidarios, sin considerar que su modo de torear en lo relativo al manejo del capote y la muleta era el mismo porque no podía modificarlo. No se aprende a torear en un día, de la noche a la mañana y menos cuando ya está entronizado un estilo, que es base de la personalidad artística.

Pero, recobrado el inmenso cariño del público, cuando dio alguna corrida a su beneficio en la plaza de toros COLÓN, nuestro “nacionalismo taurino” le realizó antes de comenzar una apoteosis, que tuvo duración de quince minutos, en los cuales los concurrentes, especialmente los de localidades de “sol”, estuvieron vitoreando al “torero adorado sobre todos los toreros habidos y por haber”. Así se expresó el periódico EL ARTE DE LA LIDIA y era verdad, porque Ponciano era amado sobre todos los existentes y… sobre los venideros, no estando entonces prevista la aparición de Gaona. Siendo esta una auténtica muestra de patriotería que perdió totalmente los estribos.

En aquella época nuestro “nacionalismo taurino” relacionaba estrechamente ser torero con ser “charro”, con saber manejar un caballo, proviniendo esa unión de que bastantes de los toreros aborígenes fueron hombres de campo, radicados en las fincas rústicas -en las haciendas- ocupándose en domar potros y conducir ganados bovino y caballar. El mismo Ponciano tuvo esas ocupaciones en su adolescencia.

La siguiente es una apreciación de Carlos Cuesta Baquero, testigo presencial de muchos de los acontecimientos en que Ponciano fue protagonista:

No llegamos en “nuestro nacionalismo” a los desmanes que en las épocas de Bernardo Gaviño y Ponciano. No hubo francos apóstrofes de “mueran los gachupines”, ni hubo lapidaciones, pero si severidad extrema para juzgar a los españoles y benevolencia igualmente extremada para juzgar a nuestro compatriota. A los toreros españoles les pesábamos miligramo por miligramo su potencialidad artística, a nuestro compatriota le dejábamos fallas de hectógramos. Para los otros las dificultades, para el nuestro las facilidades a finalidad de que triunfara y fuera apabullador.

Los aficionados a la fiesta brava se divierten plenamente, aunque de pronto el nacionalismo podía trocarse en patriotería, por lo que el ambiente en distensión, pasaba a la tensión más declarada al rojo vivo que en cualquier momento amenazaba con estallar. ¿Se imaginan contar historias sobre Porfirio Díaz y Ponciano Díaz, ambos personajes públicos, ambos populares, y los dos compartiendo en alguna de las plazas de toros levantadas a partir de 1887? Los tendidos además de estar colmados de entusiastas aficionados, era un entramado donde las modas imperantes aprovechan la pasarela de la de SAN RAFAEL, PASEO, COLÓN, COLISEO o BUCARELI para mostrar el repertorio de rasos y sedas, sobre todo en vestidos de gran elegancia lucido por algunas de las mujeres de la sociedad que comienzan a acudir a las corridas, pero también los sombreros de bombín o los populares “de piloncillo”.

Existen otras reseñas que nos cuentan lo ocurrido en alguna tarde especial, hay carteles cuyas descripciones son crónicas por adelantado de las corrida y retratos que complementan la visión de un espectáculo que ya se beneficia del uso de la fotografía, la cual nos va dejando testimonios ricos en detalles que escapan a las descripciones de periodistas cuyo oficio se encuentra sustentado por juicios que recién han llegado de España gracias a la literatura, como ciertas tauromaquias y tratados técnicos del más riguroso y avanzado modelo del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna que ya impera en la península. Literatura traída bajo el brazo de algunos toreros hispanos que lograron, a partir de 1885, la reconquista taurina, asunto este que desplaza poco a poco un nacionalismo taurino del que Ponciano será último reducto, pues habiendo tantos toreros de estilo común al que el atenqueño abrazó, se rindieron ante ese nuevo amanecer o terminaron -como terminó Ponciano- en el refugio provinciano, a donde el citado “nacionalismo” dio sus últimas boqueadas.

El esplendor del ídolo. Figura fue la suya representativa de los valores campiranos y taurinos que le hicieron formar parte de los elegidos.

Fuente: “LA LIDIA. REVISTA GRÁFICA TAURINA” Nº 63, del 4 de febrero de 1944.

Ponciano Díaz fue motivo que tomaron artistas de corte popular como Manuel Manilla o José Guadalupe Posada, y también los que surgen del anonimato para representar en versos, grabados y caricaturas distintas facetas que se ocuparon en realizar. Asimismo escritores y poetas mayores como Juan A. Mateos o Juan de Dios Peza quienes publicaron sendos trabajos que trascienden el quehacer del “torero con bigotes”. La fotografía, como ya vimos, hizo su parte extendiendo por todos los rincones taurinos del país la figura ya popular de este diestro fuera a pie o a caballo. El cine también tuvo como protagonistas al “valiente torero”, filmando los señores Churrich y Moulinie una primitiva película en Puebla, allá por el 3 de agosto de 1897 que titularon: “Corrida entera de la actuación de Ponciano Díaz”. En fin, solo faltaba que Ponciano vistiera la casaca de don Porfirio y que este se tocara de un buen sombrero jarano para que las cosas llegaran a terrenos de lo inverosímil.

Debemos recordar dos detalles que pintan por sí mismos el perfil del espada atenqueño. Uno de ellos refiere la comparación de Ponciano Díaz con los curados de Apam, pero también con el culto a la virgen de Guadalupe, asunto que por su trascendencia nos habla del significado que se le prodigó al torero. El otro asunto tiene que ver con una sabrosa anécdota en la que son protagonistas el excelente escritor Luis G. Urbina y el filósofo Porfirio Parra:

-Es cierto, habemos dos Porfirios. Don Porfirio y yo. El pueblo le hace más caso a don Porfirio que a mí. Que le vamos a hacer.

-Pero tengo mi desquite.

También hay dos Díaz, Ponciano y don Porfirio. El pueblo le hace más caso a Ponciano que a don Porfirio.

Todos estos motivos son suficientes para armonizarlos en esta exposición que nos presentan apenas algunos aspectos en la vida de este personaje popular. Puede sonar cursi o a lugar común, pero de esa manera podemos entender porqué Joaquín de la Cantolla y Rico durante la inauguración de la plaza de BUCARELI, ocurrida el 15 de enero de 1888 bajaba al ruedo en su globo aerostático para abrazar a Ponciano. O porqué la compañía de ópera italiana que entonces visitaba la ciudad se integró al festejo para cantar un himno triunfal mientras se realizaba el desfile de cuadrillas. Y las hojas de “papel volando”, las coronas de laurel, las bandas tricolores, las palmas entusiastas de miles de poncianistas entregándose cada tarde, sin que falten también otras tardes de negro recuerdo, como todo torero puede llegar a tener.

El resultado de la fiesta podía ser comentado durante varios días en los cafés, en las calles. La prensa se atrincheraba en dos frentes: el proponcianismo pero también en el del prohispanismo que lo criticaba, y severamente.

Por todas estas razones, el presente recuento de vida sobre Ponciano Díaz se convierte en una aventura de suyo apasionante. Aquí están pues, los elementos con que se conforma esta exposición a la altura de su popularidad, a 118 años de su muerte.


[1] CAUDILLO. Segundo jefe, subalterno del caporal.

[2] CHILCUALÓN. Trabajadores que recibían pago adicional.

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MÁS DATOS DE UN LIBRO INÉDITO DEDICADO A LA HISTORIA DE SANTÍN.

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

No hace mucho, justo el 18 de diciembre de 2016, daba a conocer la que, a mi parecer, es la conclusión de un trabajo de largo aliento. Dicha investigación comenzó en 1985 y culmina 31 años después. Junto a ella, también hubo oportunidad de acercarse a otros temas, a cual más importante. Me refiero concretamente a las haciendas de Atenco, San Diego de los Padres, así como a dos personajes fundamentales en el curso del siglo XIX: Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz.

Al cabo de esas poco más de tres décadas, los hilos conductores entre esos cinco asuntos tuvieron feliz consecuencia y una de ellas es precisamente la de Santín, libro inédito de 358 páginas profusamente ilustradas, y del que ahora comparto con ustedes el prólogo del mismo.

…AL QUE LEYERE… HISTORIA SOBRE LA RAZA BRAVA DE SANTÍN.

PRÓLOGO

Conforme avanzan una serie de investigaciones que he venido realizando desde 1985 y hasta la fecha, la información que ha ido surgiendo no sólo para el caso de Atenco, San Diego de los Padres o Santín, motivo este último del presente trabajo, han permitido abandonar la idea de que los datos son mínimos. Por fortuna, en el caso concreto de Atenco ha resultado muy positivo, tanto que esto produjo suficiente material para integrar mi proyecto de tesis doctoral.[1] Ahora bien, en importancia ha seguido Santín y espero que en algún momento, suceda lo mismo con San Diego de los Padres.

Por ahora Santín es centro de atención y a ello dedicaré las siguientes notas de apertura.

Aunque su origen como hacienda cuyo ganado se destinó a festejos taurinos, se remonta al año 1836,[2] se tienen datos que ubican su formación e integración como unidad de producción agrícola y ganadera a partir de 1590. Fue en el curso del siglo XVIII en que adquiere su primera denominación como hacienda de la Santísima Trinidad de Santín, que con los años pasó a ser propiedad de un tal Pedro Santín, mismo que le dio su nombre. Para el siglo XVIII adquirió otro nombre: el de hacienda de San Nicolás, según el censo de fincas del Valle de Toluca de 1776 y en este, ya aparece como dueño don Felipe Barbaboza y Quijano de Alcocer, quien la compró en 1767 al propio Pedro Santín, de acuerdo con la “Memoria de los S. S. Barbabosa” de octubre de 1863, que incluye los “Apuntes Exquisitos Sucedidos en mi Casa”, que se inician con datos desde el año de 1778, y que fueron escritos por el licenciado don José Antonio de Barbabosa y Díaz de Tagle, hijo de don Felipe. Sin embargo el patrón de la hacienda no es San Nicolás, sino la Santísima Trinidad. No es raro que la denominación original se haya olvidado. Por otra parte el de San Nicolás Canaleja, San Nicolás Tolentino, San Nicolás Peralta, esto es explicable ya que en ese lugar tuvieron varias propiedades y por ello influencia los Padres Misioneros de Filipinas que pertenecían a la Orden de los Agustinos Descalzos y que debieron ser los que por devoción a ese santo pusieron a las fincas antes mencionadas bajo su protección.

José Julio Barbabosa, una de las fuentes principalísimas en este estudio, proporciona información de primer orden, en el sentido de que

(En 1836 fue el) Inicio de la ganadería con “el deseo de tener mayor número de bravos, a cuyo efecto D. José Julio Barbabosa –abuelo de nuestro personaje del mismo nombre- mandaba poner de padres a los becerros q.e con mayor empeño y decisión, lidiaban…”[3]

Para ello, la mejor manera de comprobar el ritmo o pulso en que Santín estuvo presente, al menos de 1836 a 2016, puede encontrarse en la “Relación de corridas de toros de la hacienda de Santín, localizadas en las diversas fuentes de consulta a que tuvo acceso el autor”.

Conforme va uno enfrascándose en el informe que cotidianamente fue concibiendo J. J. Barbabosa, se tiene suficiente idea del modo en que Santín fue articulándose como una hacienda ganadera en lo fundamental, entre cuyos fines estuvo el de destinar toros a las diferentes fiestas organizadas con ese objeto. Llama la atención que el tipo de ganado criado a propósito, tuvo unas características en las que se respetó lo que podría considerarse en términos archivísticos como “orden de procedencia” o en la industria vitivinícola la “denominación de origen”. Lo que en otras palabras podría entenderse como pureza, pues se trataba de ganado criollo, que no se cruzó con ninguno otro, hasta que el 8 de septiembre de 1924

(…) a las 11.35 min de la mañana llegaron a Santín los 6 cajones con las 4 terneras y 2 toros españoles que deseabamos, desde luego los llevamos a la manga de la Loma y ahí les abrimos los cajones, dos terneras y un toro dieron firmeza sobre los caballos de los vaqueros que estaban deteniendo unas terneras mansas que pusimos para que les sirvieran de cabestros. Llegaron en perfecto estado de gordura y demás, por desgracia son de tres años y no de dos como los encargué y según dicen, los han tentado 3 veces, que se yo lo que habrá de verdad respecto a su vista, debo confesar con toda verdad como lo acostumbro, mi torpeza o mi mal gusto, me parecen / (p. 67) feos y que no se pueden comparar con los de aquí, pero me conformo deseando den excelentes crías, aunque sean feas. Vinieron los toros No. 7 Vigilante, No. 32 Pelofino, negro entrepelado, y las terneras son la No. 446 negra Alcoaleana la No. 457, negra, Balconera, la No. 477 Almendrilla, negra también, y la No. 480 Rondeña, negra entrepelada. Todas estas reses son de la ganadería de D. Antonio Flores, de las razas del Duque de Braganza, Marqués del Saltillo y Santa Coloma. Las mandó el Sr. Alfredo Alonso de Sevilla, asegurándome que son de sangre pura saavedreña. Esta rama saavedreña del Mayorazgo Núñez de Prado, fue primitivamente de D. Francisco Pacheco y Núñez de Prado, Marqués de Gandul, que vendió su mayor parte a D. Juan Vázquez, que la llegó a Gerena, este la cedió al Marqués de Villamarta que la traspasó con gran utilidad al Sr. Oleas, que la llevó a Castilla, de donde vinieron las vacas paridas a poder del actual poseedor Sr. Antonio Flores Yñiguez, que la conserva pura, aunque viven unidas a la ganadería que enagenó el Duque de Braganza, Rey de Portugal, formada con vacas de Veragua, y toros de Ybarra que vio tentar el Sr. A. Alonso. Por supuesto que todos estos datos los obtuve del Sr. Alfredo Alonso a quien conoce personalmente el amigo del Rivero, y este asegura que aquel es todo un caballero, y hombre honorable en todo sentido.

Cuando me manden la cuenta y sepa lo que costaron estos animales lo anotaré.[4]

Retrato del señor José Julio Barbabosa (1860-1930), protagonista principal en esta obra.

Por cuanto puede verse, hubo entre 1836 y 1924 una especie de práctica endogámica, de ahí que las características fenotípicas de los “santines”, permitió que fueran siendo conocidos como los “toros nacionales”. Por ejemplo, no se parecen a los de Atenco que, para esas épocas mostraban ya fuerte presencia navarra. Sin embargo, por el registro fotográfico del que se valió J. J. Barbabosa para demostrar o comprobar el envío de sus toros a las plazas, puede concluirse en su morfología que no estaban presentes esos elementos criollos de los que se jactaba, pues habría sido muy notorio el hecho de que un ganado con tal peculiaridad, que es ganado criollo por donde quiera vérsele; se distanciara en sus condiciones de trapío respecto al ganado “santineño”, mismos que poseían armonía y robustez. Su cornamenta era otra de esas particularidades pues en su mayoría era –en cornamenta- corniabierta, y hasta “alacranados”. En cuanto al juego que desempeñaban en el ruedo, todo parece indicar que eran muy bravos y duros, aunque no faltaban aquellos en que la reputación de la ganadería quedaba en duda.

Además de los documentos que aquí son centro de atención, serán incluidos en forma facsimilar otros de la misma importancia y contenido, mismos que se detallarán en pequeñas fichas, así como una importante cantidad de imágenes y fotografías, que permitirán conocer con más detalle, el curso que fue tomando, al cabo de los años hacienda tan notable y que, como muchas, también entró en su fase natural de decadencia, hasta su lamentable desaparición.

Toro de Santín a finales del siglo XIX.

Tengo la impresión de que me estoy adelantando a mostrar las maravillas que ofrece …AL QUE LEYERE… HISTORIA SOBRE LA RAZA BRAVA DE SANTÍN, cuyo valor se debe, en buena medida a la información inédita que puso a mi alcance Salvador Barbabosa, a quien debo mi agradecimiento muy especial por encontrarme con las abundantes fuentes originales de que se vale este trabajo y con lo que emprendí la gozosa tarea de estructurarlo en la forma en que el lector tendrá forma de conocerlo a partir de estos momentos. Que su lectura, como la mía, produzca el deleite, el asombro y la curiosidad.

Ciudad de México, noviembre de 2016

M. en H. José Francisco Coello Ugalde.


[1] José Francisco Coello Ugalde: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. México, Universidad Nacional Autónoma de México. División de Estudios de Posgrado. Colegio de Historia, 2006. 251 p. + 654 p. de anexos. Ils., fots., facs., mapas.

[2] Aunque ya se dispone de un dato que se ubica un año antes. Véase la “Relación de encierros de la Hacienda de Santín localizados en las diversas fuentes de consulta…” en este mismo trabajo. (N. del A.).

[3] José Julio Barbabosa: Nº 1. Orijen de la raza brava de Santín, y algunas cosas notables que ocurran en ella. José Julio Barbabosa. Ms. Santín. Nbre. 1/1886, p. 3.

[4] José Julio Barbabosa: Nº 3 Orijen de la raza brava de Santín, y algunas cosas notables q.e ocurran en ella (…). Santín, Noviembre 2/1914 y ss.

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BREVES VISIONES DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA EN 1841.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Johann Salomón Hegi (1814-1896): “Cuadrilla española en la plaza de toros”. Siglo XIX. Acuarela sobre papel. 54 x 74 cm. Col. Salomón y Brigitte Schäter, Zurich, Suiza.

Fuente: Gustavo Curiel, et. al.: Pintura y vida cotidiana en México. 1650-1950. México, Fomento Cultural Banamex, A.C., Conaculta, 1999. 365 pp. Ils, retrs., grabs. (pp. 183).

    Leo con verdadero deleite las notas que Enrique de Olavarría y Ferrari escribió para formar su Reseña histórica del Teatro en México, cuya segunda edición corresponde a 1895. El volumen consultado cubre los años de 1841 a 1850, y con amplitud, el autor hace un amplio recuento de la vida teatral que se desarrolló en la ciudad de México, sin dejar de mencionar lo que sucedía con otras diversiones públicas. Evidentemente los toros no escaparon a su vista.

Transcurre el año de 1841. Allí están mencionadas las célebres fiestas ocurridas en San Agustín de las Cuevas, donde eran frecuentes las peleas de gallos y también las riñas entre quienes consumían más bebidas espirituales de lo normal. Recrea los salones de baile público donde “las jóvenes más distinguidas y bellas, (se entregaban) a las variadas cuadrillas, la animada contradanza, el voluptuoso valse, la bulliciosa galopa”.

Y desde luego, no puede faltar aquí lo que, a los ojos de Olavarría y Ferrari significaba el solo acontecimiento de los toros. Hoy día las noticias recogidas para ese año son tan escasas que apenas nos damos una idea cabal en la forma en que pudo darse alguna temporada, o sobre los toreros de moda y las ganaderías más célebres. Funcionaba para entonces la Real Plaza de toros de San Pablo y entre los toreros más sobresalientes se sabe que dominaban el panorama los célebres hermanos Luis, Sóstenes y José María de quienes se sabe, aunque no hay una certeza absoluta, que actuaron conjuntamente entre los años de 1808 y 1858.

Vayamos al curioso apunte de Olavarría.

“Fuera de esos días y los de luces y procesiones, y los de revistas militares o aniversarios patrióticos, las diferentes clases sólo se reunían o confundían en las plazas de toros. Ya estamos en ella. Por todas partes se oyen los gritos; ¡A dos por medio las rosquillas de almendra! ¡Dulces para tomar agua! ¡Quesadillas! ¡Empanadas de arroz y de leche! ¡A las gorditas de cuajada! Los soldados han partido la plaza con una difícil evolución; los ociosos se han retirado a sus asientos, y todos aguardan ni más ni menos que en el día del juicio, el sonido de la destemplada corneta que anuncia toro. Aquí el fashionable echa lente a una lumbrera; allí un militar de barragán, con casaca de uniforme y sombrero jarano, especie de anfibio compuesto de militar y paisano, brujulea a una ciudadana de rebozo de bolita y túnico floreado; acullá cuatro cajeritos de Parían, de los que no salen por la noche, murmuran de cuantos ven; y por donde quiera, entusiastas y medio borrachos que vocean hasta desgañitarse, ʻ¡toro!ʼ Salió éste y satisfizo los deseos de la abigarrada multitud que ruge de salvaje deleite, ante un espectáculo indigno de nuestro siglo. Los aplausos y las bufonadas se mezclan a los chiflidos y forman confusa algarabía que crece a cada torpeza del picador, del banderillero, del espada y se reproducen sin variación alguna con la lidia de cada nuevo animal, o con los accidente de la brega del embolado…

Hasta aquí la cita.

Por lo que se puede apuntar al respecto, es que nuestro autor no era precisamente el taurino, pero sí un curioso cronista que retrata a la sociedad de aquel entonces y nos deja entender que en asuntos de esta diversión, la misma se celebraba bajo un ambiente único, el que nos permite entender la congregación de miles de espectadores ansiosos de ver ese espectáculo, todo él lleno de curiosas representaciones. Por esos días, fueron célebres las ascensiones aerostáticas de Mr. Luis A. Lauriat quien junto a su hija Aurelia, realizarían tan “grande espectáculo”, uno de los cuales ocurrió la tarde del 18 de abril. Seguían recordándose las intermitentes representaciones de otros aeronautas como fue el caso de Adolfo Theodore y Eugenio Robertson años atrás, más de alguna sin celebrarse por motivo del viento, o por la rotura en cierta parte de aquellos enormes globos, con lo que molesto el público y firme la autoridad, envió en más de una ocasión a Theodore a la cárcel, por incumplimiento, pero no al asentista, el célebre Manuel de la Barrera, quien con sus influencias evadió dicho sitio.

Es probable también que por aquellos días, quien estuviera al frente de más de una célebre “cuadrilla de gladiadores” fuese el que ya es un conocido nuestro. Me refiero al torero portorrealeño Bernardo Gaviño. Por desgracia, ni un solo cartel se ha podido conservar o recuperar de las muchas ocasiones en que se celebraron festejos, y ni tampoco la prensa dedicó más allá de unos cuantos párrafos a comentar lo sucedido, seguramente porque seguía presente un espíritu antiespañol, pero sobre todo la idea de que los toros eran considerados como un espectáculo bárbaro.

Lo que sí puedo asegurar es que en todas aquellas ocasiones en que se programaron corridas de toros, éstas concentraban una serie de componentes, curiosos a cual más, pues las cuadrillas y todos quienes participaban en ellas, se afanaban en presentar y representar una auténtica puesta en escena. La misma consistía en la lidia de cuatro o más toros. Luego, entraban en funciones los coleadores, se representaba una mojiganga, e incluso podría haber posibilidad de que un toro “luchara con los perros que se le echen” y que “ocho figurones montados en burros y a pie, picaran, banderillaran y mataran otro toro”. Aquella función podría concluir felizmente con fuegos artificiales y desde luego con el infaltable “toro embolado”.

Meses después, en El Siglo Diez y Nueve del 7 de febrero de 1842 aparecieron estas notas:

“¡Ah se olvidaba otro cartel. Plaza de toros de S. Pablo. El empresario, como todos los empresarios y todas las compañías, no tiene otro anhelo ni otro pensamiento que divertir al ilustrado público que lo honra con su asistencia; y al efecto expresa que se lidiarán siete bravísimos toros de la famosa hacienda del Astillero o de Atenco. Sucede que el público ilustrado grita: Cola, cola, toda la tarde; pero eso no es del caso, porque el empresario recibió ya la honra, que es lo que importa”.

Cualquier parecido con lo que ocurra en nuestros días… es mera coincidencia.

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