Archivo mensual: enero 2017

“LOLITA” Y LA “SUERTE SUPREMA”.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Hace relativamente poco, hubo oportunidad de apreciar en las famosas “Rejas de Chapultepec”, una exposición denominada “10 años del Museo Archivo de la Fotografía, testimonio de un siglo de historia”, organizada por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México. En su contenido se incluyó una interesante reproducción que corresponde al momento en que Dolores Pretel “Lolita” se dispone a consumar la suerte suprema en el ruedo de la plaza de toros “Chapultepec”, seguramente durante la tarde del jueves 25 de diciembre de 1902, según puede apreciarse en el cartel de aquella jornada, cartel que nos informa y confirma a la vez que en esa ocasión, se lidiaron “a muerte” 5 bravos toretes de la afamada ganadería de San Diego de los Padres. Y es que el tamaño del burel así lo permite corroborar. La torera, con cierta desconfianza consuma la suerte suprema, saliéndose de la suerte, “yéndose del mundo”, como decían los antiguos revisteros a la hora de indicar que el torero ni siquiera conseguía “hacer la cruz…”, porque “el que no hace la cruz, se lo lleva el diablo” terminaban sentenciando en sus mismas reseñas.

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Col. del autor.

   Precisamente buscando notas que la prensa desplegó al respecto, ubico una en La Patria, del 27 de diciembre de 1902 que ofrece la siguiente información:

Las señoritas toreras.

Muy buena entrada en ambos tendidos, mucha gente y sobre todo mucho entusiasmo, fue lo que hubo antier en la plaza de Chapultepec.

   Los toretes estuvieron superiores dada su edad, sobre todo el 4° de hermosa lámina y el último más grande que los demás y bastante entero, tanto que el público no quería que lo estoqueara “Lolita”.

LAS TORERAS.-Superiores las matadoras y no desmereciendo las demás. “Lolita” posee regulares conocimientos y a la “Herrerita” lo que le falta en esto le sobra en valor.

   Todas derramando la sal “a mares” y el valor a ídem “Lolita” en hermoso caballo negro señaló dos rejones y no dejó ninguno a causa de estar malos [los rejones].

   Los ayudantes excelente y trabajando toda la tarde, merecen aplausos y felicitaciones sinceras.

   La corrida estuvo buena y el público galante.

   Firma CACHIGORDA CHICA.

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“La Lolita” entrando a matar. Colección Gustavo Casasola. Impresión original. Sección: Toros / Espectáculos.

   Quien aparece a su vera, con traje corto y un capote en la diestra, seguramente es uno de los “Auxiliadores”, y debe tratarse de José Huguet “Mellaíto”.

   Obsérvese el lleno que lucen los tendidos de aquella añeja plaza, ubicada al pie del bosque de Chapultepec, pero también obsérvese el rostro compungido de la señorita torera, misma que intenta señalar la estocada en lugar propicio. “Mellaíto” en natural desparpajo seguramente le va indicando cómo ejecutar la suerte en instante que todo torero busca afortunado.

   Tiempos en que fotógrafos como Lauro E. Rosell, y el propio Carlos Quiroz se armaban cámara en ristre para documentar las crónicas que entonces eran enviadas a través del hilo telegráfico para luego verlas publicadas –varias semanas después- en la célebre publicación Sol y Sombra o La Fiesta Nacional, por ejemplo.

   Gracias a este testimonio, hoy podemos comprobar la presencia una vez más, de la famosa cuadrilla de “Señoritas toreras” que causó furor en aquellos años iniciales del siglo XX en diversas tardes, y compartiendo -al menos en lo que a noticias concierne-, con otra torera: Juan Fernández “La Guerrita”, quien también actuaba por estos lares.

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JOSÉ MACHÍO, DIESTRO ESPAÑOL SE PRESENTÓ EN LA PLAZA DEL HUISACHAL UN 25 DE ENERO…, PERO DE 1885.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

PLAZA DE TOROS “EL HUISACHAL”, ESTADO DE MÉXICO. 25 de enero. Toros de San Diego de los Padres para la “Cuadrilla mexicana” dirigida por José Machío.

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El Diario del Hogar, 25 de enero de 1885, p. 7.

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    José Machío (Sevilla, 1842-1891), no fue precisamente un torero colmado de virtudes. Con una estatura más allá de los estándares, apenas consiguió posicionarse en ciertos lugares justo en una época en la que quienes dominaban en ruedos hispanos eran ni más ni menos que “Lagartijo” y “Frascuelo”, lo que seguramente obligó al sevillano a hacer un viaje a América, donde su llegada a México ocurrió alrededor de la fecha que hoy nos ocupa.

   Sin embargo, la participación que él tuvo, junto a otros toreros españoles, como Francisco Gómez “el Chiclanero” o Francisco Jiménez “Rebujina” fue haberse convertido en vanguardia de aquella otra generación que arribó a nuestro país en 1887. En todo ese proceso ocurrió el episodio que he denominado como la “reconquista vestida de luces”.

   Tal “reconquista” debe quedar entendida como ese factor que significó reconquistar espiritualmente al toreo, luego de que dicha expresión vivió entre la fascinación y el relajamiento, faltándole una dirección, una ruta más definida que creó un importante factor de pasión patriotera –chauvinista si se quiere-, que defendía a ultranza lo hecho por espadas nacionales –quehacer lleno de curiosidades- aunque muy alejado de principios técnicos y estéticos que ya eran de práctica y uso común en España.

   El grupo de diestros españoles que tiene aquí protagonismo central, aparece desde 1882, aunque los personajes centrales sean José Machío, Luis Mazzantini, Ramón López o Saturnino Frutos “Ojitos”, cuya llegada se va a dar entre 1882, 1885 y luego en 1887. Esa fue suma de esfuerzos que determinó una nueva ruta, afín a la que se intensificaba en España, por lo que era conveniente acelerar las acciones efectuadas en nuestro país, hasta lograr tener el mejor común denominador. Los toreros mexicanos –en tanto- no solo tuvieron que aceptar, sino adecuarse a esos mandatos para no verse desplazados, pero como resultaron tan inconsistentes, poco a poco se fueron perdiendo en el panorama. Pocos quedaron, es cierto, pero cada vez con menores oportunidades. Y Ponciano Díaz, que vino a convertirse en el último reducto de todas aquellas manifestaciones, aunque aceptó aquellos principios, no los cumplió del todo, e incluso se rebeló. Y es curioso todo el vuelco que sufrió el atenqueño, porque después de su viaje a España, a donde fue a doctorarse el 17 de octubre de 1889 tal circunstancia provocó un profundo conflicto, pues creyó que su regreso sería triunfal. Pero ello no fue así. Los aficionados maduraron rápidamente en aquel aprendizaje impulsado por la prensa, y se dieron cuenta por lo tanto que Ponciano ya no era una pieza determinante en aquel cambio radical que dio como consecuencia la instauración del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna.

   Por otro lado, en alguna entrega anterior, mencioné a la sociedad taurina “Espada Pedro Romero”, consecuencia de estos cambios en el proceder de la tauromaquia en el México de finales del siglo antepasado.

   Tal “centro taurino” quedó consolidado hacia los últimos diez años del siglo XIX, gracias a la integración de varios de los más representativos elementos de aquella generación emanada de las tribunas periodísticas, y en las que no fungieron con ese oficio, puesto que se trataba –en todo caso- de aficionados que se formaron gracias a las lecturas de obras fundamentales como el Diccionario Taurómaco, de José Sánchez de Neira, o los Anales del toreo de Leopoldo Vázquez y Rodríguez. Me refiero a personajes de la talla de Eduardo Noriega, Carlos Cuesta Baquero, Pedro Pablo Rangel, Rafael Medina y Antonio Hoffmann, quienes, en aquel cenáculo sumaron esfuerzos y proyectaron toda la enseñanza taurina de la época. Su función esencial fue orientar a los aficionados indicándoles lo necesario que era el nuevo amanecer que se presentaba con la profesionalización del toreo de a pie, el cual desplazó cualquier vestigio o evidencia del toreo a la “mexicana”, reiterándoles esa necesidad a partir de los principios técnicos y estéticos que emanaban vigorosos de aquel nuevo capítulo, mismo que en pocos años se consolidó, siendo en consecuencia la estructura con la cual arribó el siglo XX en nuestro país.

   Finalmente, y como resultado en el que se descubre la actuación de Machío en la plaza de El Huisachal, ello trajo consigo la estela de una interesantísima crónica, misma que escribió GADEA, “reporter” de El Arte de la Lidia. Revista taurina y de espectáculos, en cuyo número del 1° de febrero de ese mismo año, se lee lo que sigue:

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REVISTA DE TOROS.

Corrida extraordinaria verificada en la plaza del Huisachal tarde del domingo 25 de enero de 1885.

   Nadie negará que las últimas corridas de la temporada de invierno dadas en la plaza del Huisachal por una conocida Empresa fueron malas; y que tanto el ganado que se lidió, como la cuadrilla que trabajó, recibió una rechifla general.[1]

   En la corrida de que nos vamos a ocupar podremos decir sin equivocarnos, que ha sido la mejor; pues el ganado de San Diego de los Padres jugó valientemente y la cuadrilla lidiadora en general, estuvo muy feliz; y esto se debe en gran parte a la buena dirección el matador de cartel José Machío.

   Vamos, pues, con toda imparcialidad, a dar una reseña de los acontecimientos taurinos que tuvieron lugar esa tarde.

   Desde los primeros días de la semana pasada, en todos los círculos de la Capital se hablaba de la llegada de un nuevo torero español y más tarde, por fin, se supo que se llamaba José Machío. Grandes cartelones en las esquinas hicieron saber que en este día haría su debut en la plaza del Huisachal, matando tres toros de San Diego de los Padres, acompañándolo en la lid una regular cuadrilla mexicana. El entusiasmo taurino se generalizó por todas partes, y sólo se esperaba llegara el domingo 25 para asistir presurosos a la vieja plaza del Huisachal.

   En efecto, el público de México dio a conocer una vez más su afición a las corridas de toros, pues no obstante que esa tarde había un coleadero y otras muchas diversiones, y que se aumentaba el precio de entrada, asistió una numerosa concurrencia que llenó por completo todas las localidades de la plaza, al grado de que los tranvías del ferrocarril no fueron suficientes para conducirla al rancho del Huisachal; y hubo necesidad de recurrir a diligencias, coches, carros y demás vehículos, aparte de los concurrentes que fueron a pie y a caballo.

   Cada quien en su puesto y llegada la hora anunciada, el Juez que presidía dio la señal para la lid.

   La cuadrilla a cuyo frente figuraba el primer espada José Machío, que vestía un espléndido traje verde y oro, hizo el saludo de costumbre. La componían los mejores toreros mexicanos cuyos nombres son ya conocidos y tres aplaudidos picadores de Atenco.

   Desde luego, todas las miradas se dirigían con avidez, tratando de descubrir actitudes especiales en Machío, de quien un periódico de la Capital se había expresado en los términos siguientes: “El capitán, d nacionalidad española, es un hombrazo de estatura más que regular, de muy buena presencia, casi guapo; tendrá unos 40 años (la flor de la edad de los toreros) viste espléndidamente, y es arrogante en sus movimientos y hasta altivo en su porte”.

   El espada Machío fue saludado por una salva de nutridos aplausos entre el toque del clarín que anunciaba la salida del primer toro de San Diego de los Padres.

   Josco era su color, de poca edad, pero valiente y de mucha ligereza.

   Recibió cinco varas de los piqueros, tres en buen sitio y dos en las costillas. Hirió dos jamelgos y el público quedó satisfecho.

   Tomás Vieyra lo banderilló regular; el primer par de palos a la media vuelta, y los segundos y terceros bien y con destreza. Recibió palmas el chico.

   Llegó la hora de la muerte. José Machío tomó los trastos y con valor y serenidad se fue a buscar al bicho. Lo encontró mal puesto y receloso. Los pases de muleta los dio con una destreza y limpieza sin igual. El toro no entraba a la muleta y el diestro tuvo necesidad de irse sobre él. Esto no agradó al público de sol. Dio un pinchazo en buen sitio y una estocada alta regular de bastante arte, que ocasionó la muerte. El público inteligente lo aplaudió, el resto le silbó y le tiró naranjazos. Estas últimas demostraciones desconcertaron mucho al valiente torero.

   Sale el segundo a la arena, josco, negro, ligero y bien puesto.

   Acomete a los picadores sin miedo al principio después blandea. Recibe seis varas. El torero mexicano Felipe Hernández, es aplaudido frenéticamente, al quitar el toro a un picador, pues agarrándolo de la cola con solo un tirón lo acuesta en tierra.

   José Machío se luce con el capote y recibe aplausos.

   El banderillero Candela queda bien. El segundo y tercer par de palos los coloca en buen lugar, llamando al bicho de frente. Recibe muchas palmas.

   Machío vuelve a la suerte de estoque. Este toro, como el anterior, no se presta y es mañoso. El diestro tiene que recurrir a su valor y conocimientos. Da dos pinchazos y una estocada caída. El cachetero lo remata.

   El público del sol se impacienta, le silba y le tira una lluvia de naranjas. Machío con una serenidad admirable, no hace caso de nada e impávido sigue cumpliendo con su deber. Los concurrentes del departamento de sombra lo obsequian con puros y otras demostraciones de simpatía.

   En este toro vimos con sentimiento que el Juez no cumplió con su deber, pues permitió que toreros no anunciados en el programa, bajaran al redondel vestidos de paisanos.

   El clarín dio la señal para el tercer toro. El chiquero se abrió y salió uno de color morado, de buena edad y estampa y con muchos pies.

   Entró sin miedo a la pica recibiendo unas siete varas, tres de ellas muy regulares. Ocasionó la muerte de una jaca y estuvo a punto de coger a un picador, el que fue salvado, pues Machío ocurrió violentamente con el capote quitándole el toro. Esto le valió al torero español una nutrida salva de aplausos.

   Felícitos Mejía banderilló a caballo en pelo con mucha limpieza y agilidad. Recibió palmas, y la diana susodicha tocada por la murga.

   En este toro, Machío dio prueba de ser un verdadero torero, pues queriendo dar a conocer que también sabe matar de meteisaca así lo verificó.

   Este bicho se prestó para la muerte, y por lo tanto, no hubo necesidad de mucha faena. El diestro sólo dio dos pases  de muleta y una estocada de meteisaca caída a la derecha, que hizo que el toro cayera muerto en la arena.

   Palmas, dianas, obsequios y entusiasmo general. Los naranjazos cesaron desde luego y el público del sol no chillaba ni barbarizaba.

   El cuarto de la tarde, salió a la arena, y fue tan malo y huido, que hubo necesidad de volverlo al chiquero.

   El suplente y último de la corrida que jugó fue prieto y cerrado de cuernos, de mucho brío y ligereza aunque de poca edad.

   Los piqueros se lucían, pues el bicho les entró sin miedo. Se despacha a la difuntería un jamelgo e hirió otros dos.

   Debía haberlo banderillado el Orizabeño, pero por haberse bajado el Cuquito al redondel vestido de paisano, incidente que desagradó bastante a la concurrencia, el Orizabeño no ejecutó sus suertes como debía. Sin embargo, prendió muy bien su primer par, cosa que no pudo hacer con tanta limpieza Cuquito.

   Como estaba anunciado, a Felícitos Mejía tocaba dar muerte al toro que por cierto se prestó bastante. Felícitos se vio apurado en la faena y si no hubiera sido por Machío, jamás lo hubiera matado. Dio un pinchazo en hueso y en mal sitio, quedando desarmado; y una estocada de meteisaca que le dio muy buen resultado; pues como antes decimos, Machío le colocó perfectamente el toro.

   Después siguió el embolado y terminó la función.

RESUMEN:

Ganado de San Diego, bravo y de juego.

Cuadrilla, feliz en todas sus suertes.

El matador José Machío, bien en las estocadas de los dos primeros toros y sobresaliente en el tercero.

Concurrencia, lleno completo.

Público del sol, imprudente.

Corrida en general, buena.

GADEA.

   Para terminar, considero que esa etapa, la que comprende los años de 1882 y hasta 1905, supuso el periodo de transición que colocó a la tauromaquia practicada en México en condiciones de elevar su nivel de importancia a la mayor escala, esa en la que ya Rodolfo Gaona, convertido en partícipe notable alcanzó lo que José Alameda calificó como la “universalización del toreo”.


[1] El redactor de la crónica se refiere al festejo que se celebró el 18 de enero anterior y donde el programa indica lo siguiente:

Cuatro toros de San Diego de los Padres, uno de reserva y un embolado.

Espadas.-Felícitos Mejía y Genovevo Pardo.

Banderilleros.-Orizabeño, Vieyra, Candela y otros.

Picadores.-Santín, Rea y demás que no conocemos.

Hora de comenzar.-Las cuatro de la tarde en punto.

Consulta realizada a El Arte de la Lidia. revista taurina y de espectáculos, año I, N° 9, del 25 de enero de 1885, p. 1.

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DE SEGUIR A ESE PASO, LA FIESTA SERÁ UN REMEDO.

CRÓNICA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Hoy, los gustos de la afición han cambiado radicalmente. Con los hechos, por cierto bastante lamentables que se vivieron en el ruedo de la plaza “México”, no se puede pensar en otra cosa que en la pérdida de esencia en el sentido de lo estrictamente original que tiene el espectáculo de los toros. El desfile de reses provenientes de la ganadería de Montecristo, estuvo encabezado por aquellas banderas de la invalidez, la mansedumbre y la falta de casta, que alcanzaron a convertir la jornada en un tedioso capítulo de desencanto, colmado además por una sesión que fue larga, larguísima, casi tres horas, como si con este remedio los toreros hubiesen querido levantar el derrumbe. Aquella apariencia, la correcta presentación de los ejemplares de Germán Mercado Lamm no tuvo ninguna semejanza en cuanto al pésimo juego que mostraron en la plaza.

   Tras el largo receso que “enfrió” a la afición, este 22 de enero, fecha de notable efeméride con motivo de un aniversario más del nacimiento de Rodolfo Gaona Jiménez (22 de enero de 1888), volvieron a sonar parches y clarines a las 4:30 de la tarde, como primer intento que, por parte de la empresa, pretende corregir la suma de errores que ha venido cometiendo en torno a la organización de esta temporada 2016-2017, agregando a lo anterior un propósito de bajar precios, o ajustarlo al que se cobró justo hace un año, cuando los carteles “conmemorativos” al aniversario de la plaza ya habían sido confeccionados. La entrada –apenas un tercio-, dejó notar el enojo, la desconfianza habida para con los empresarios por una afición que no responde debidamente a los llamados de carteles de lujo, que tampoco tienen la mejor manufactura, y que vienen a ser  incluso “más de lo mismo”. Y durante la lidia, tuvimos que observar ciertas alteraciones que ya son aceptadas por esa neoafición que se ha instalado en nuestros días. He aquí algunos ejemplos.

   Quedó comprobado que ninguno de los tres espadas: Miguel Ángel Perera, Juan Pablo Sánchez y Diego Silveti no lograron nada de notable con la capa que no fueran meros esbozos, pero sin llegar siquiera al sobresalto.

   Durante el primer tercio, la presencia del varilarguero prácticamente es decorativa, pues aquel momento en el que se determinan infinidad de cosas relativas al toro y la bravura de este, todo queda reducido a un puyazo, monopuyazo o apenas el leve castigo de un “refilón”, después del cual el astado sigue bajo el peto y son los subalternos quienes tienen que quitar al ejemplar, arrancarlo de ahí, ante la mirada conforme de los matadores que se mantienen impasibles en esos momentos, por lo que el antiguo “quite” ese que era retirar al toro para reducir el peligro de un percance y donde las figuras se lucían en lances emotivos, hoy es un mero trámite que los diestros decoran con algunos capotazos que muchos suelen llamar “quites” cuando ya no lo son. Se trata en todo caso de lances con un toque de gracia o de exposición. En seguida, y ya durante el segundo tercio, los banderilleros unos, no todos, dejan ver sus deficiencias y por tanto tenemos que soportar ese desgaste de peones que tocan y vuelven a tocar, lancean y vuelven a lancear sin miramiento alguno a un ejemplar al que van minando innecesariamente.

   Ya para el tercer tercio, lo que queda por ver es el comienzo de una faena en la que dejar ahormado al animal para disponer de él en la faena, es recurso que ha desaparecido. Esos pases de castigo, en todo caso suelen verse al final del trasteo, mientras todo se conduce por el intento de faenas que pretenden lucidas, bonitas, que es en buena medida, propósito de la moderna tauromaquia. Sin embargo, con esto queda demostrada la pérdida de otro elemento de valor donde gana el arte, pero pierde la técnica.

   Y esta tarde, ¡cómo sufrimos con esa fallida labor con la espada! en la que los alternantes, como si hubiesen logrado un acuerdo común, se fueron de balde pinchando en hueso, y más de alguno demostrando que con la espada corta de descabellar no se llevan. En seguida vino la participación de los puntilleros, dos señores respetables, llenos de años, pero no de facultades cuya imagen ya no es tan agradable. Se necesitan personas más jóvenes para cumplir con dicho cometido y no a estas personas que un buen día pueden ser blanco de algún percance. Algo tendrá que hacer la Asociación de Banderilleros, Picadores y Puntilleros procurando evitar un caso desagradable producido por algún momento de riesgo o peligro.

   El fuerte signo de decadencia que esta tarde pudimos contemplar con tristeza, nos pone una vez más en alerta, pues de seguir a ese paso, la fiesta será un remedo. Los principales responsables, en esta ocasión fueron el ganadero y la empresa. Desde luego, que otro reflejo de esa indiferencia provocada por la ausencia de bravura, fue esa actitud relajada y relajienta que se hizo notar en los tendidos. La gente no estaba metida en los toros, sino en otra cosa. En la medida en que la emoción estuvo ausente, esto fue suficiente para dispersar, distraer y no conectar con el sólo ambiente que por sí solo es necesario para atraer… pero no hubo tal. Y eso no produjo sino algunos momentos en donde por ejemplo Juan Pablo Sánchez se acomodó con el quinto, y que de tanto liarse con él, debido a lo corto en sus embestidas, pasó un apuro que repuso volviendo a recuperar el ritmo de esa faena que, entre altibajos también recobraba aliento.

   Para terminar con estas notas que parecen ser el reporte de un desencanto, creo que hoy los pacientes aficionados tuvimos que sortear la notable e incómoda presencia de vendedores, que no dejan de moverse, de realizar su propósito, pero sin que se queden sentados esperando el momento en que tras la primera estocada y luego ya cuando el siguiente toro aparece en la arena, sea el tiempo preciso para sus empeños de venta y despacho de cuanto se ofrece en los tendidos. Aquello es un verdadero mercado, donde la novedad fue la del ofrecimiento de bebidas alcohólicas, servidas al pie del lugar de quien las solicitara, como si de un bar se tratase. La delegación “Benito Juárez” y sus inspectores deberían darse una vuelta a la plaza para regular esa venta desproporcionada y sin control que incomoda a quienes asistimos. El “pasadero” de vendedores con cervezas, canastos, bebidas, y otros productos es una auténtica monserga que debe controlarse, evitando con ello que se desaten por aquí y por allá distractores que entorpecen nuestra atención.

   Y la cereza en el pastel fue la aparición de aquel joven que, saltando del tendido al ruedo, como si de un “espontáneo” se tratara, este consiguió en parte su propósito al despojarse de una chamarrilla con lo que quedó pecho y espalda al descubierto. En ambos sitios se podían leer frases de rechazo ante lo que para él era la tortura. No más tortura, se alcanzaba a leer no solo en su cuerpo sino en un cartel que alcanzó a desdoblar. Aquello duró unos cuantos segundos y se le retiró en medio de un fuerte reclamo de los aficionados, quienes no pararon al descubrir en el tendido a los “cómplices”, otras cuatro personas que materialmente fueron lanzadas de la plaza.

   Mal la pasamos, y no quiero que estas notas queden como símbolo del pesimismo, pero se necesita poner atención en todo lo aquí apuntado más otros factores que, por mínimos pero no por ello vitales en la lidia, deben ser atendidos para evitar en lo posible que vuelvan a repetirse. La tauromaquia, ya lo advertía, está cambiando, pero ese cambio se debe a deficiencias que son en realidad, descuidos o abandono generados por la ausencia de factores tan indispensables como esa notoriedad en bravura, presencia, codicia, edad, presencia y demás circunstancias que parten del eje central del espectáculo: el toro. Sin todo esto, vuelvo a repetir, el espectáculo sólo será un triste remedo.

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HOY, 22 DE ENERO DE 2017, SE CUMPLEN 129 AÑOS DEL NACIMIENTO DE RODOLFO GAONA JIMÉNEZ.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Y con motivo de semejante “Efeméride”, traigo hasta aquí, los primeros apuntes de un trabajo que he venido elaborando de un tiempo a esta parte. Se trata de GAONA EN VERSO. Esta obra es el anexo N° 13 de mi “Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”, misma que ya rebasa las dos mil páginas, con poco más de mil piezas reunidas en 30 años de constante labor que ha consistido en la búsqueda de estos elementos literarios, lo mismo obra de poetas mayores que de menores, poetastros, anónimos, corridos, y diletantes de tan excelsa producción.

   En ese sentido, el homenaje y recuerdo del que hoy es motivo el “Indio Grande”, no puede quedar en el olvido. Para ello, y a continuación dejo algunos esbozos del mencionado trabajo, cuya manufactura está por terminarse.

GAONA EN VERSO.

INTRODUCCIÓN.

   El tributo que la poesía ha desplegado a este célebre torero mexicano (22.01.1888-20.05.1975) es un novedoso asunto donde se descubre el elogio con que diversos escritores afirmaron sus plumas para producir versos mayores y menores en su honor. Algunos surgieron bajo la sombra del anonimato y otros más son obra de autores sin la suficiente capacidad literaria, inspirados por la fuerza del personaje, al que su númen no alcanzó a darle la merecida estatura que el poema exige.

   Gracias al Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI, obra en la que sigo trabajando y recuperando diversos materiales de estos siglos, ha sido posible recoger casi la totalidad de los poemas allí reunidos, donde Gaona es o fue pretexto, ordenados cronológicamente, entre los años de 1908 y 2005. Existen otros, en los que se cita al leonés en forma aislada, por lo que decidí ni incluirlos. Sin embargo, con el conjunto seleccionado, me parece suficiente material para justificar la influencia del Indio grande, tal cual la tuvo por ejemplo Ponciano Díaz, Juan Silveti Mañón o Manolo Martínez, que son en consecuencia, los cuatro matadores de toros más ciados desde tan peculiar territorio de la literatura.

   Dentro de lo excepcional, se encuentra la Oda funambulesca de Rafael López quien convierte a Gaona en el motivo central del mismo. En la misma dirección, se encuentra un acróstico de Pedro V. Domínguez, y desde luego la Estampa de Gaona con Joselito, soneto excepcional que escribió José Alameda, logrando un fiel retrato de la elegancia del Petronio de los ruedos.

   Además, este trabajo contará con la novedosa propuesta de que cada verso va acompañado de una imagen, sea esta fotográfica o iconográfica, intento de enriquecer o fortalecer la presencia de este icono de la tauromaquia mexicana, hasta el punto de convertirlo en un homenaje más a la presencia que, como influjo sigue produciendo Rodolfo Gaona Jiménez, del que consta en esta obra, su impronta más elocuente.

José Francisco Coello Ugalde

Ciudad de México, enero de 2016.

   Aquí una de las primeras evidencias que citan a Rodolfo Gaona, y que corresponde al año de 1911.

Corrido de Rodolfo Gaona y otros toreros.

Un torero mexicano

¡oh, qué orgullo, patria mía!

no el público aplaude en vano

si es Gaona, ¡quién diría!

que este chico, con Segura,

Lombardini y López diera

la prueba más limpia y pura

¡viva la sangre torera!

 

¡Viva Rodolfo Gaona!

¡Viva Carlos Lombardini!

¡Pedro López, también viva!

La afición siempre corona

con aplausos su faena

¡viva siempre y donde quiera

la espada que sale buena!

¡viva la sangre torera!

Antonio Fuentes también

es un buen diestro español

que emociona a ambos a vez

tendidos de sombra y sol.

“Cocherito de Bilbao”,

“Lagartijillo” y Luis Freg

nunca se la echan de “lao”

porque lo saben hacer.

 

Y repita el orbe entero

en entusiasmo encendido,

y cantando este corrido

¡que viva el que es buen torero!

Españoles, mexicanos,

que vivan, y ante la fiera

les griten todos ufanos:

¡viva la sangre torera![1]

…impreso que salió del taller de don Antonio Vanegas Arroyo, ilustrado por José Guadalupe Posada tal cual se presenta en la siguiente imagen:

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Col. del autor.


[1] Eduardo E. Heftye Etienne: Corridos taurinos mexicanos. Recopilación y textos de (…). México (…) Este corrido fue tomado directamente de su publicación original (anverso de “El cancionero popular” número 24), que fue realizada en la imprenta de don Antonio Vanegas Arroyo en el año de 1911. Pertenece a la colección de Mercurio López Casillas.

La publicación original del citado corrido original también la encontré reproducida en las siguientes obras:

“Posada´s Mexico”, editado por Ron Tyler, Library of Congress y Amon Carter Museum of Western Art, Washington, Estados Unidos de América, 1979, página 198.

“Hacia otra historia del arte en México. La amplitud del modernismo y la modernidad (1861-1920)”, tomo II, serie Arte e Imagen, coordinado por Stacie G. Widdifield y Esther Acevedo, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Dirección General de Publicaciones, primera edición, México, D.F., 2004, página 432.

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SEVILLA DESCENDIÓ UNA TARDE DE 1914 EN GUADALAJARA. BREVÍSIMOS RASGOS DE UN TAL “TORCUATO”, TORERO QUE ALTERNÓ CON BELMONTE.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

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Manuel Romero Torcuato. Cortesía de Da. Rosa Álvarez y D. Antonio A. Romero, este último nieto del personaje.

   Nos recuerda D. Luis Ruiz Quiroz en sus imprescindibles Efemérides Taurinas Mexicanas, que un 18 de enero… pero de 1914, “Manuel Romero Torcuato tomó la alternativa en Guadalajara, Jalisco de manos de Juan Belmonte con toros de San Diego de los Padres”.[1]

   Tal asunto lleva a preguntar entonces, ¿quién era Manuel Romero Torcuato?

   Hace algunos años, siendo alumno del Dr. Juan Antonio Ortega y Medina, en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.N.A.M., un día por la tarde me pidió lo esperara al final de su clase, para platicar un “asunto”. En ese momento quería que me tragara la tierra. Lo primero que me vino a la mente fue: “me va a pedir que corrija algún desliz en los juicios históricos” que con mucha visión percibía en cada alumno suyo. Sin embargo tal “espanto” no sucedió. Antes al contrario, fue satisfactorio por lo que voy a contarles. Sucede que el Dr. Leopoldo Zea, gran amigo suyo le pidió elaborar a Ortega y Medina un ensayo sobre el liberalismo mexicano del siglo XIX; “y eso voy a encargárselo a usted”. Por fortuna aquel trabajo logró su objetivo. El “Ensayo y notas para una nueva apreciación sobre el liberalismo mexicano (siglo XIX)” vio la luz en letras de molde.[2]

   Hoy, que ha pasado ya tanto tiempo vuelvo a tener una petición en similares circunstancias, solicitada por dos estimados amigos míos: los maestros Alí Chumacero e Ignacio Solares, ejes de la poesía y la novela en nuestros tiempos, respectivamente. La voz del de Acaponeta, Nayarit hace que en Páramo de sueños, De imágenes desterradas y hasta De Palabras en reposo, esos poemas suyos estremezcan, retumben graves, fascinantes, como truenos de una tempestad que impone toda esa razón salvaje que viene de tan dentro, que la dulzura y la sensibilidad limpian todo ese sabor y olor a infierno de donde surgen, luego de la creación. Solares, hace ya tiempo fue galardonado con el premio “Xavier Villaurrutia”, “premio de escritores para escritores…”, por su obra El Sitio, la cual fue sometida a un riguroso jurado que, a su vez, quedó convencido también, luego de leer las espléndidas visiones de un autor que no pretende escribir un libro, sin más. Le da a este todo el carácter necesario para trascender y conmover al lector en su conjunto.

   Pero ambos son también excelentes aficionados a los toros. Y ambos pidieron saber algo sobre un misterioso personaje que tuvo el arrojo de alternar, en 1914 con Juan Belmonte en Guadalajara, Jal. la tarde del 11 de enero de 1914. Dicho personaje se anunciaba con el sólo nombre de Torcuato. ¿Quién es Torcuato? ¿Quién era Torcuato?

   Veamos.

   José María de Cossío en su monumental obra LOS TOROS nos dice:

 ROMERO (MANUEL), Torcuato. Matador de novillos sevillano. Llevaba ya algunos años toreando cuando se presentó en Sevilla el día 18 de agosto de 1908, con novillos de don Felipe Salas. Toreaba bien con la capa y se defendía con la muleta, pero era muy deficiente con el estoque, y ello fué causa de que no lograra sobresalir. Toreó bastante después, pero en general en plazas de poca importancia y sin aspiraciones ambiciosas.[3]

   En efecto, el tal Torcuato (y no doy al personaje ningún tratamiento peyorativo), era un torero cuyo perfil no garantizaba más que estas pocas líneas proporcionadas por el acucioso tratadista español. Pero Cossío no contaba con que Manuel Romero surcaría el mar océano para “hacer la América” y acumular una que otra actuación, como la que se registra en la temporada de novilladas de 1912, efectuada en el “Toreo” de la colonia Condesa, en el Distrito Federal.

   Aun así, es un torero cuyo rastro se pierde rápidamente, como si sus huellas quedaran grabadas efímeramente a la orilla del mar. No se volverá a saber de Torcuato hasta el año de 1914, ahora en su nuevo y provisorio refugio que fue el occidente mexicano: Guadalajara, para mayor precisión.

   Fue así como la empresa comandada por el señor Benjamín Padilla programó para el domingo 11 de enero de ese 1914 el siguiente cartel:

   “Presentación del maravilloso fenómeno de la tauromaquia, JUAN BELMONTE. Alternará con el valiente TORCUATO. 6 TOROS 6 de San Diego de los Padres”.

   Recordando las palabras con que Cossío da uno más de los perfiles del sevillano, nos llega la resonancia de que “toreó bastante después, pero en general en plazas de poca importancia y sin aspiraciones ambiciosas”. Por lo que veremos en seguida, “El Progreso” de Guadalajara no era una plaza de poca importancia. Y desde luego su valentía y otras virtudes, no le restaron “aspiraciones ambiciosas”. Claro, no alternó con cualquiera. Lo hizo con el trianero Juan Belmonte, que en aquellos días de batallas revolucionarias en los diferentes teatros surgidos en nuestro país; este “revolucionario”…, pero del toreo puso en estado de alerta a la afición tapatía quien lo acogió desde su llegada a la perla de occidente.

   Tras un percance del “pasmo de Triana” el 21 de diciembre de 1913 en “El Toreo”, su actuación en “El Progreso” se pospuso hasta el 11 de enero siguiente. En el periódico local “El tío Maleta” (La Gaceta de Guadalajara) del lunes 19 de enero de 1914, notas, a su vez recogidas por Ramón Macías Mora,[4] encontramos lo siguiente:

 Viene Belmonte.

Belmonte en Guadalajara. Estas eran las palabras que salían de la boca de los aficionados. Con un entusiasmo tan vivo, que más bien parecía que se había sacado el premio de las cien mil pesetas.

Tras alojarse en el Hotel Fénix,

fue agasajado por todos sus partidarios y amigos. Por la noche, dio Juanillo algunas vueltas por los portales, lanzando alguno que otro piropo a algunas señoritas fenomenalmente hermosas…

   Penetró después a la cantina del “Palacio de Cristal”, acompañado de los apreciables Señores don Eduardo Margeli (apoderado de Belmonte), Benjamín Padilla, Rafael Montoya, Francisco Orozco, licenciado Isaac Padilla, de sus banderilleros Calderón y Pilín, de su inseparable mozo de espadas “Cabeza”, y del matador de toros Manuel Romero Torcuato.

   Por considerar importante el sucedido aquel, reproduzco a continuación los detalles de los dos primeros toros.

 El primer toro

Fue brocho, hosco, bonito tipo. De tanda, Céntimo y Rafael Rodríguez, ambos piqueros, alcanzan palmas, y caen con exposición. Belmonte engrana cuatro verónicas divinas, estupendas, maravillosas. En los quintes enloquece al público, sobresaliendo un archiencantador recorte, digno de ese torerazo sobrenatural. Estrepitosas palmas. Fue mal adornado por Pilín y Calderón.

   Belmonte brindó a la presidencia.

   Subyugador fue el trasteo del trianero, los molinetes produjeron, general e inusitado regocijo. Faena ceñidísima, los pases de pecho fueron fenomenales. Su faena fue interrumpida por las palmas y los olés calurosos de los entusiastas y Belmonte, diciendo “a ver si así es” señala un pinchazo hondo, nueva ración de franela, en la que el diestro a muleta plegada se salva de una colada peligrosísima en la zona de tablas. Vuelve a meterse con voluntad y mete el acero hasta lo rojo, hasta la mano que se tiñe en sangre. Palmas frenéticas dianas, sombreros, y Belmonte da la vuelta al ruedo a los acordes de la música.

 Segundo toro.

   Hosco delantero de velas. Hace una bonita salida natural y acomete como bravo a uno de los piqueros.

   De tanda Rafael García y Morán cumple en cuatro varas, entrando con fe.

   Registróse una peligrosa caída de Morán. El soberano público aplaudió un buen puyazo de Rodríguez en el que el piquero peleó de verdad.

   Manuel Romero “Torcuato”, estuvo sencillamente soberbio, sencillamente colosal, al torear a la verónica al “Santiagueño”, una serie de verónicas de chipén, apretadas, que arrancaron estridentes palmas a los tendidos (sic). Hubo un remate soberano, rematando el temerario diestro con una rodilla en tierra. La ovación fue grande, general, espontánea. Belmonte abre el capote y ejecuta un remate y dos verónicas sublimes, idealistas, eminentes, con el cuerpo enhiesto, riendo ante la muerte.

   En el segundo tercio fue bien adornado, por Cresencio y Alegrías.

   Ambos rehileteros lograron palmas.

   Torcuato brinda.

   Inaugura su faena, con un superior pase ayudado alto, rodilla en tierra, que hace estallar al público en aplausos. El toro se huye en el resto de la faena y se hace imposible el sujetarle. Torcuato, torea con pases naturales, haciendo esfuerzos por recoger entra con agallas, dejándose caer con la mar de redaños, cobra un soberano volapié hasta las guarniciones del triunfo. El toro azota como una masa inerte, y “Torcuato” recibe una ovación digna de una muerte tan inmejorable y tan hermosa. El espada da vuelta al ruedo, devolviendo los sombreros y hay dianas a granel. ¡Bravísimo!, Torcuato así se llega a la gloria, al porvenir (…).

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Antiguo y desconocido registro fotográfico de la época. La plaza es el viejo “Progreso” de Guadalajara. Aparecen en la imagen Vicente Segura, quien remata y quite, ante la mirada de Rodolfo Gaona. (Ca. 1914). Colección del autor.

 Resumen

   Belmonte superior en el primero; admirable, inimitable en el tercero y desgraciado en su tercero.

   Torcuato, superior en su primero; bien en su segundo y regular en su tercero.

   Banderillando: Alegrías y Crescencio y Sandoval y Pilín en un par.

   Picando: José García, Rafael Rodríguez, Céntimo y Morán.

   Bregando: Enrique Fuentes dio algunos capotazos aceptables.

   Servicio, bueno. Entrada, buena. Toros cumplieron con excepción del quinto.

Hasta aquí la reseña.

   Lástima que Abraham Lupercio Muñoz, importante fotógrafo nacido en Tepatitlán, Jalisco hacia 1888 no hubiese estado presente en tal festejo; porque tendríamos la dicha de conocer alguna de sus placas, puesto que era un excelente aficionado a los toros. Abraham se incorpora a la famosa jornada de la “Decena Trágica” (importante episodio central de la Revolución Mexicana, ocurrido en el mes de febrero de 1913) como uno más de los reporteros gráficos que obtuvieron cantidades importantes de material que sirve hoy, para tener un mejor panorama de lo que fue aquel acontecimiento. Es posible que entre los fotógrafos se aplicaran “fusiles” o se adjudicaran fotos que no siendo de su propiedad, hacían suyas. Existe una pieza muy conocida que se atribuyen dos fotógrafos: Osuna y Lupercio (¿confusión o conflicto?). Fijó su residencia en la calle de la Santa Veracruz, en pleno centro de la ciudad, donde permaneció atento a cualquier inquietud surgida del caos revolucionario.

   Pues bien, aquella corrida “excepcional” marcó un agradable recuerdo entre los tapatíos y tanto Belmonte como Torcuato escribieron una página que dejó grata memoria.

   Manuel Romero al alternar con Belmonte, seguramente lo hizo consciente de que no era un sobresaliente más, ni tampoco un “patiño” del pasmo. La empresa debe haberlo contratado al ver en él las virtudes que se confirmaron con su actuación, al lado del “revolucionario del toreo”.

   La descripción de su faena al segundo de la tarde nos habla de un diestro en plenitud de facultades, al que se le auguraba la “gloria, el porvenir”, puesto que arrancó “estridentes palmas a los tendidos”. Lo lamentable es que todo el resto de su trayectoria se haya perdido en la noche de los tiempos, ignorando si decidió permanecer en México o regresar a su añorada Sevilla.

   Entre 1908 y 1914, la poca cantidad de actuaciones de Torcuato hablan más bien de lo irregular en su administración, mas no de sus arrestos como torero. Hemos visto que tanto en Sevilla, como en Jalisco su ciclo comienza y termina de la misma manera en que llegó y se fue, discretamente.

   Con la satisfacción de haber actuado en la Real Maestranza de Sevilla, de alternar con un sevillano mayor como Juan Belmonte y culminar ese cúmulo de deseos con sus presentaciones en ruedos mexicanos, Manuel Romero, a quien solo bastaba presentarse así en los ruedos, hizo de Torcuato su nombre de batalla. Por aquella época alcanzó fama otro torero español, Serafín Vigiola Torquito. Me parece esto último una curiosa relación, un simpático juego gramatical que pongo a su consideración, porque Torquito y Torcuato se aproximan en la pronunciación. Claro, uno está en diminutivo y Torcuato, era Torcuato…, ¡verdad de Dios! nos dijo Perogrullo.

   Maestros: hasta aquí con este ligero vistazo que nos da idea de quien fue en el toreo Manuel Romero.

   Este escrito tiene por objeto recrear varias cosas allí planteadas, pero sobre todo, recuperar una antigua conversación, la que sostuve con un amigo ya desaparecido, el poeta Alí Chumacero, quien en algún momento, solicitó mi apoyo como historiador, con objeto de dilucidar una antigua duda que tenía al serle contada la historia de “Un tal Torcuato” por otros viejos aficionados, que en efecto, tuvieron oportunidad de verlo torear en Guadalajara, Jalisco a principios del siglo pasado.

   Sobre Torcuato, o más bien, sobre Manuel Romero Torcuato y más aún, sobre las decisiones que lo llevaron a abandonar un propósito para el cual no estaba llamado, ello lo obliga a tomar el rumbo de México, país al que llegó allá por 1914. Entiendo, por las lecturas que realicé durante un buen tiempo, sobre todo en material hemerográfico, que además del registro de aquella actuación, hubo algunas más, una de las cuales pudo darse ocho días después, misma que hoy es motivo de evocación. Después, todo quedó en un misterio, en puntos suspensivos.

    Hace algún tiempo, la Sra. Dª. Rosa Álvarez y Dn. Antonio A. Romero (nieto de Manuel Romero Torcuato) se comunicaron conmigo tras la búsqueda del personaje, poniendo a mi alcance dos interesantes imágenes. Hubo también oportunidad de comunicarles que el tratamiento habido para con su abuelo, Manuel Romero Torcuato, evidentemente no tuvo, desde un principio un trato peyorativo, sino más bien, el que muchas veces la gente, en el imaginario colectivo recupera a partir de elementos que vienen o provienen de la memoria, que en muchas ocasiones descansa en la versión oral, misma que adquiere unos valores o connotaciones muy especiales y que, por tanto pasan de generación en generación sin perder la esencia del trato o manejo del lenguaje.

   Aclarado el punto, debo decirle que me da un gusto enorme saber que los propósitos de este blog han rendido cuentas, en cuyo balance se encuentra su mensaje, el cual ha permitido enlazar, me parece que en términos bastante entrañables, un eslabón entre el pasado y usted así como para la historia; sobre todo por el hecho de que se dispersan una serie de supuestos o especulaciones. Estos componentes son infaltables en todo caso que hace suya la historia, de ahí que por su incómoda presencia muchas veces conviene ignorarlos, aunque se termina conviviendo con ellos.

   Sobre Torcuato, o más bien, sobre Manuel Romero Torcuato y más aún, sobre las decisiones que lo llevaron a abandonar un propósito para el cual no estaba llamado, ello lo obliga a tomar el rumbo de México, país al que llegó allá por 1914. Entiendo, por las lecturas que realicé durante un buen tiempo, sobre todo a material hemerográfico, que además del registro de aquella actuación, hubo algunos más. Después, todo quedó en un misterio de puntos suspensivos.

   Luego, D. Antonio Romero me comento que, “buscando dentro de los pocos recuerdos que nos quedan de mi abuelo le adjunto una foto de su época gloriosa y la copia de un cartel de una corrida en la plaza de Sevilla antes de marchar a México en 1.909, en la cual cita toreó junto a uno de los miembros de la dinastía de toreros ‘Dominguin’. Comentarle como dato que mi abuelo conservó durante el resto de sus días un gran afecto por México y su gente.

  Pues bien, para no detallar más en este intercambio epistolar, me permito complementar la más aproximada visión del personaje con el cartel que también forma parte de esta interesante documentación:

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EL CARTEL ANUNCIADOR FECHADO EL 25 DE JULIO DE 1909


[1] Luis: Luis Ruiz Quiroz: Efemérides Taurinas Mexicanas. México, Bibliófilos Taurinos de México, A.C., 2006. 441 p., p. 24.

[2] José Francisco Coello Ugalde: “Ensayo y notas para una nueva apreciación sobre el liberalismo mexicano (siglo XIX)”. En: NUESTRA AMÉRICA. UNAM, Centro Coordinador y difusor de estudios latinoamericanos, Año VII, Nº 21. Agosto, 1992. 165 pp. (Pág. 21-45).

[3] José María de Cossío: Los toros. Tratado técnico e histórico. Madrid, Espasa-Calpe, S.A. 1974-1998. 12 v. Vol. 3, pp. 825.

[4] Ramón García Mora: La corrida de ayer… mito, tradición, ritual, suerte y azar de la fiesta de los toros. Compilación, paleografía y textos de (…). Guadalajara, Jalisco, Editorial Ágata, S.A. de C.V., 1996. 326 pp. Ils., retrs., fots., facs. (pp. 236-271).

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EDITORIAL.

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Continuación de la anterior…

   En cuanto a la temporada 2016-2017, el primer gran desencanto fue elevar los costos en el “Derecho de Apartado” así como en el valor de los boletos. Análisis económicos reflejados desde el bolsillo nos pusieron en un predicamento. A lo anterior debe considerarse el error de celebrar festejos sábados y domingos con carteles manufacturados anticipadamente, donde varios de ellos sufrieron alteración debido a que hubo toreros heridos sobre la marcha.

   Las entradas, malas en lo general, con horarios de inicio –a las 5 p.m.- que afectaron su desarrollo. Es deseable y solo sugiero, volver al de las 4 de la tarde. En estos meses invernales oscurece tan temprano que terminamos saliendo de noche, lo que para un espectáculo donde la presencia simbólica del sol es esencial, de tal forma que se pierde gran parte del sabor que los usos y costumbres impuestos a lo largo de varios siglos.

   Y como ya lo había apuntado en algún otro texto, resulta que una decisión, venida de no sé dónde, concluyó en la colocación de un templete, a pocos metros de la entrada principal, sitio en el que se ha instalado un grupo musical que, amparado en equipo de sonido con altos valores de decibeles intenta amenizar el ambiente mientras los aficionados van llegando a la plaza. Y uno se pregunta: ¿estamos arribando a un salón de baile o a la plaza “México”? Podría ser anacrónico o tradicional el hecho de que hasta hace un tiempo, la empresa contrataba a una banda que con sus solas interpretaciones de un repertorio de pasodobles y demás piezas relacionadas con el ambiente taurino lograba mantener un ambiente gozoso, como preámbulo al festejo mismo. Pero ese grupo musical, escandaloso y sin ninguna relación, viene produciendo verdadero malestar entre quienes pueden considerarse aficionados a los toros… y no al baile, que para eso están otros espacios. Ojalá pongan atención en este asunto, que podría resultar incluso banal y de poca trascendencia, pero que como mero detalle, deja mucho que desear.

   De pronto, y con los ajustes que han tenido que producirse sobre la marcha, tuvieron que cumplir o medio cumplir con la traída y llevada “Feria Guadalupana”, que consistió en tres y no los cuatro festejos anunciados, lo que para los altos valores de los boletos y por el hecho de que se celebraron entre el 10 y el 12 de diciembre del año que recién ha concluido, las entradas, como ya lo apunte, no resultaron sino medianas. Considero que el poder de convocatoria de cada cartel pudo haber significado mejores resultados, pero la afición tuvo que decidir entre ir o no ir a este o aquel festejo, estando de por medio otra circunstancia, misma que tuvo que ver con la puesta en marcha del conocido puente “Guadalupe Reyes” en el cual se produce una baja natural de actividades, pues la sociedad, el pueblo, la gente común y corriente, dedican sus tiempos y atenciones a aspectos eminentemente familiares o de todo aquello relacionado con los gastos que se inclinan a las fiestas de fin de año… y eso fue inevitable a la hora de hacer un balance relacionado con lo ocurrido durante esas tres tardes, e incluso con las anteriores… donde existiendo carteles cuya manufactura era cuestionable, pero que poseían poder de convocatoria, el aficionado no se “retrató” en taquilla como quizás ustedes lo esperaban.

   Y vino lo inesperado. Tras la “encerrona” de “Joselito” Adame, cortaron de golpe la temporada, misma se reiniciará hasta el 22 de enero con lo que el ambiente se enfrió, e incluso se congeló de tal forma que independientemente del anuncio de otros seis festejos, es probable que la reanudación vaya de menos a más.

   Han buscado remendar errores y uno de ellos tiene que ver con el precio de las entradas, aunque de hecho la baja en las mismas, aunque podría parecerse a la de la temporada grande anterior, es espejo pero justo cuando la anterior empresa organizaba los carteles de aniversario, con lo que el mencionado “descuento” no será sino una mera seña simbólica. Los tiempos que corren, cargados de adversidades que golpean la economía en nuestro país harán que se presente un momento de incertidumbre para esperar en qué medida responde la afición ante seis carteles cuya confección no presenta novedades significativas. Un poco más de lo mismo (incluso debo decirles que se ignoró rotundamente a un torero que, como Diego Urdiales vino a convertirse en el gran ausente). Los nombres de muchos de quienes intervendrán en los festejos que van del 22 de enero y hasta el 19 de febrero ya resultan más que sobradamente conocidos y archiconocidos, de ahí que no nos resulten novedosos. Aún así, acudiremos a los más que nos sean posibles, siempre y cuando la economía nos lo permita.

   Se agradece que hayan revalorado el horario en el inicio de los festejos pues de las 5 pasan a las 4 y media de la tarde, con lo que el disfrute de la luz del día será benéfico.

   Pongo punto final agradeciendo su atención, en espera de que no se sientan ofendidos. Sin embargo, creo que esto es un sentir entre la mayoría de los aficionados que estamos pendientes no solo de los festejos, sino de un conjunto de circunstancias que los rodean. En la medida en que se ofrezcan mejores festejos, y que de ellos se obtengan resultados satisfactorios, porque eso es clave para la prosperidad de cualquier negocio, tendrá ustedes nuestro reconocimiento. Mientras tanto, son días para trabajar y corregir errores e imperfecciones con tal de alcanzar no digo que la “calidad total”, pero sí un propósito que deje satisfechos a los aficionados y enaltezca a una fiesta que en estos tiempos, necesita recuperar credibilidad, certeza, confianza.

Agradezco su atención.

14 de enero de 2017.

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EDITORIAL.

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

Sr. Alberto Bailleres

Sr. Xavier Sordo Madaleno

Coempresarios de la Plaza de Toros “México”

   Me permito distraerlos unos momentos, en el entendido de sus múltiples ocupaciones. Sin embargo, es necesario que tengan conocimiento del lamentable balance arrojado en los primeros 22 festejos que han organizado; 12 novilladas y 10 corridas de toros, en el lapso que va del 11 de septiembre al 12 de diciembre del 2016.

   Sobre los festejos destinados a incentivar la parte juvenil, a los aficionados nos queda claro que no hubo un resultado favorable, a pesar de todos los esfuerzos y de que al final, en precipitado como comprometido cierre, no vimos señales de una figura en potencia, ni la de un novillero con posibilidades de atractivo o “arrastre” popular. Esa circunstancia, en cualquier negocio enciende los focos rojos, pero sobre todo señala las profundas debilidades que ha representado el desdén que existe hacia las nuevas generaciones, donde debe fortalecerse la presencia de escuelas, maestros, pero sobre todo condiciones para que los muchachos se desarrollen en tientas o en otras plazas del país. Aspectos de esta dimensión no pueden abandonarse y en todo caso lo recomendable es abonarlo y estimularlo con objeto de que los prospectos se convenzan o convenzan a partir de sus posibilidades. De igual forma si se concluye que no están preparados para tamaña aventura, es mejor tomar una dura decisión, pero a tiempo.

   Como sabrán, las entradas fueron pobres, precarias, con lo que el resultado o balance de las mismas apunta a pérdidas significativas.

novillos-zacatepec

Los novillos de Zacatepec, probablemente lo mejor de la temporada “chica” en 2016.

Disponible en internet enero 14, 2017 en: http://ntrzacatecas.com/temas/novillos-de-zacatepec/

   El ganado en lo general, justo en presentación y juego, sin nada notable. Esto también es de tomarse en cuenta habiendo de por medio dos factores: novilladas con y sin picadores, lo que marca diferencias notables en el desarrollo de la lidia. De ahí que los ganaderos –así lo esperamos-, hayan tomado cartas en el asunto para corregir las posibles impurezas que se presentaron de acuerdo a sus propósitos como criadores de toros de lidia. Notamos exceso de nobleza pero no bravura (salvo el encierro de Zacatepec, del que era un gusto verles embestir como lo hicieron, lamentablemente con el saldo de aquel novillo que terminó rompiéndose el pitón desde la pala y que, como todo parecía indicar, iba a ser otros de los que habrían puesto en alto, como sucedió, la divisa de tan emblemática como no recurrente ganadería). Es más, me atrevo a comentar en forma personal, que la mejor y única nota de dicha temporada fue el encierro que envió en su momento los señores Alejandro, Mariano, Juan Pablo y Bernardo Muñoz, herederos de una familia entregada a esto.

   Retomo el hilo conductor subrayando que al notar exceso de nobleza pero no bravura, por tanto conviene que se establezcan las diferencias entre uno y otro factor con objeto de no confundirnos, evitando con ello errores de percepción. Para ello conviene detenerme un momento luego de haber ubicado unas notas escritas por el recordado Renato Leduc, quien escribió las mismas allá por 1966. Dice el autor de Historia de lo inmediato:

(…)¿En qué consiste o debe consistir la bravura? El diccionario de la Real Academia la define así: “Fiereza de los brutos. Esfuerzo o valentía de las personas…”. Y luego remacha esta mala definición así: “Bravo, valiente, esforzado, bueno, excelente. Hablando de animales, fiero, feroz…”. Decimos que la definición es mala y véase por qué:

   No hay razón para que la bravura sea una cosa en el hombre y otra cosa en el toro, sobre todo si se tiene en cuenta que el hombres es también un animal y a veces incluso más animal y más bruto que el toro. Va para dos años, don Álvaro Domecq que indudablemente sabe más de toros que las momias de la Academia en una conferencia que dio en el Casino Español insistió y recalcó que una cosa es la fiereza y la ferocidad y otra cosa es la bravura en los toros. Dijo también: “La estampida es clásica del animal salvaje –o feroz-“. Y aludiendo a ciertas reses que había que matar a tiros porque no había manera de arrancarlos del monte explica: “estos toros eran feroces pero quizá no bravos ya que NO HABÍA MANERA DE HACERLOS ACUDIR AL ENGAÑO.

Y sigue Leduc con este otro apunte:

(…) Pero para evitar discusiones, en el caliche tauromáquico existe un adjetivo inventado no sabemos si por Pauiro o Pepe-Hillo: “Boyante” aplicable al toro que se deja lidiar sin mayores dificultades; adjetivo que el diccionario de la Real ha acogido con la siguiente definición: “Boyante –Dícese del toro que da juego fácil”. Y otra cosa: Se puede –hombre o animal- ser muy valiente en unos casos y muy cobarde en otros: Mi general Yocupicio se enfrentaba a tiros él solo contra un batallón pero que no le dijeran que subiera a un avión porque hasta popó se hacía.[1]

CONTINUARÁ, si ustedes lo permiten.


[1] El Sol de México, Sección B, del 15 de diciembre de 1965, p. 6.

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