Archivo mensual: febrero 2017

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. SIGLO XX. (PARTE II).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

FERMÍN ESPINOSA ARMILLITA, FORJADOR DE UN GRAN IMPERIO.

   Hace ya casi cuatro décadas que Fermín Espinosa Armillita dejó la mortalidad para incluirse en el terreno de los inmortales. Después de Rodolfo Gaona, el diestro saltillense abarca un espacio que comprende la “edad de oro del toreo” en su totalidad (1925-1946) extendiendo su poderío hasta el año 1954. O lo que es lo mismo: treinta años de dominio y esplendor. Como se ve, al cubrir las tres décadas se convierte en eje y timón para varias generaciones: una, saliente, que encabezan Juan Silveti y Luis Freg, la emergente, a la que perteneció; y más tarde otra en la que Alfonso Ramírez Calesero, Alfredo Leal, Jorge Aguilar El Ranchero o Jesús Córdoba -entre otros- se consolidan cada quien en su estilo.

   Para entender a Fermín debemos ubicarlo como un torero que llenó todos los perfiles marcados en las tauromaquias y reclamados por la afición. Federico M. Alcázar al escribir su TAUROMAQUIA MODERNA en 1936, está viendo en el torero mexicano a un fuerte modelo que se inscribe en esa obra, la cual nos deja entrever el nuevo horizonte que se da en el desarrollo del toreo, el cual da un paso muy importante en la evolución de sus expresiones técnicas y estéticas.

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Fermín Espinosa “Armillita” camino de convertirse en figura del toreo. SINAFO, 14625

   España es caldo de cultivo determinante y decisivo también en la formación de Armillita a pesar de que en 1936, el “boicot del miedo” encabezado, entre otros, por Marcial Lalanda intenta frenar la carrera arrolladora del “maestro”, y aunque regresa a México en compañía de un nutrido grupo de diestros nacionales, su huella es ya insustituible.

   Fermín nace en casa de toreros. Su padre, Fermín Espinosa ha ejercido el papel de banderillero. En tanto, Juan y Zenaido hermanos mayores de Fermín hijo, buscan consagrarse en hazañas y momentos mejores. Juan recibe la alternativa de Rodolfo Gaona en 1924, y años más tarde se integra a las filas de los subalternos, convirtiéndose junto con Zenaido en peones de brega y banderilleros, considerados como mejor de lo mejor. Ambos, trabajaron bajo la égida de Fermín.

   Gaona se despide el 12 de abril de 1925. Ocho días después, Fermín actúa en la plaza de toros CHAPULTEPEC, obteniendo -como becerrista- un triunfo mayor, al cortar las orejas y el rabo de un ejemplar de la ganadería de El Lobo. Uno se va el otro se queda. Sin embargo, la afición no asimila el acontecimiento y cree que al irse el “indio grande” ya nada será igual, todo habrá cambiado. Ese panorama “pesimista”, se diluyó en pocos años, justo cuando “Armillita chico” está convertido en figura del toreo.

   Al lado de los hispanos Victoriano de la Serna, Domingo Ortega, Joaquín Rodríguez Cagancho, y de los mexicanos David Liceaga, Alberto Balderas, Lorenzo Garza, Luis Castro El Soldado y José González Carnicerito protagonizan una de las mejores épocas que haya registrado la tauromaquia mexicana del siglo XX.

   Fermín acumuló infinidad de grandes faenas que dejaron una huella imborrable en la memoria del aficionado, quien recuerda con agrado los mejores momentos que han llenado sus gustos, las más de las veces “muy exigentes”. CLAVELITO de Aleas en España, JUMAO, PARDITO o CLARINERO en México son apenas parte del gran abanico que despliega este poderoso torero a quien llamaron el “Joselito mexicano” pues mandando con el capote y la muleta fue capaz de dominar a todos los toros con que se enfrentó.

   La técnica, la estética se pusieron al servicio del diestro de Saltillo, siendo el primer concepto el que predominó en manos de quien fue el “maestro de maestros”, atributo mayor, etiqueta envidiable que se han ganado pocos, muy pocos.

   Analizando a Fermín Espinosa Armillita con la perspectiva que nos concede la historia, apreciamos a un ser excepcional que por ningún motivo podemos ni debemos matizar en grado superlativo, porque esto nos pierde en las pasiones y por ende no nos deja ver el panorama con toda la claridad necesaria para el caso. Por eso, lo que normalmente apreciamos en la plaza y nos conmociona en extremo es emoción que con el tiempo se atenúa. Aquella gran tarde de gozo y disfrute, termina siendo acomodada en los anaqueles de nuestra memoria.

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Fermín, más que poderoso y dominador… con las banderillas. SINAFO, 119105

   Armillita nos deja apreciar a un torero completo en todos los tercios, favorito de multitudes, que se ganó el aprecio de la afición en medio de la batalla más sorda, desarrollada entre toreros que también hicieron época. No podemos olvidar sus tardes apoteóticas al lado de Jesús Solórzano, lidiando toros de LA PUNTA. De alguna de estas jornadas fueron recogidas las escenas de la célebre película SANGRE Y ARENA, protagonizada por Tyron Power.

   Armillita surge en unos momentos en que la revolución culminó como movimiento armado, y brota el cristero con toda su fuerza. En el campo cultural se da un reencuentro generoso con los valores nacionalistas que “revolucionaron” las raíces “amodorradas” de nuestra identidad, las cuales despertaban luego de larga pesadilla matizada de planes, batallas y luchas diversas por el poder.

   Sin embargo, el toreo se mantenía al margen de todos estos síntomas, como casi siempre ha ocurrido. Fermín, al igual que otros toreros, iba reafirmándose como cabeza principal de su generación, en la cual cada quien representó una expresión distinta que siempre sostuvo el interés de la afición, misma que gozó épocas consideradas como relevantes en grado máximo. Al romperse las relaciones taurinas entre México y España, se gestó un movimiento auténtico de nacionalismo taurómaco el cual alcanzó estaturas inolvidables. Fermín permeó a tal grado aquel espacio que su quehacer vino a ser cosa indispensable en todas las plazas donde le contratan, garantizando la papeleta pues su compromiso fue nunca defraudar.

   Que tuvo enemigos, todo gran personaje los acumula. Se le señalaba frialdad mecánica en sus faenas, un mando de la técnica por encima de la estética, aspecto que no prodigaba a manos llenas por no ser un torero artista. Pero no se daban cuenta de que cualquier gran artista primero forja su obra en planteamientos que van rompiendo el recio bloque o dando color a un lienzo blanco, enorme dificultad a la que se enfrenta hasta el mejor de los pintores. Y así, cualesquier torero plantea su faena moldeando y mandando al toro. Dominándolo en consecuencia.

   Fermín ya lo he dicho, tuvo en todos sus enemigos, animales a los que entendió y “dominó” en su plena dimensión. Por eso, el trauma de BAILAOR nunca pasó por su mente. BAILAOR fue el muro que detuvo la carrera de otro torero considerado “poderoso”: José Gómez Ortega Joselito aquel 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina. Curiosamente llegó a decirse que, para ver a Juan Belmonte -pareja de José- había que apurarse, pues cualquier día lo mataría un toro. Juan se suicidó en 1962 víctima de la soledad. En cambio Joselito o Gallito quien demostraba con su toreo ser indestructible ante los bureles, fue liquidado por uno de ellos.

   Armillita ya no solo parecía llenar, llenaba todos los perfiles de un gran torero que España conoció en una proporción menor a la de México. Sin embargo en nuestro país es donde alcanza estaturas mayores. Sólo cuatro cornadas, una de ellas en San Luis Potosí, el 20 de noviembre de 1944 desequilibran el concepto de invencible que hasta entonces se tenía de él. En 1949, precisamente el 3 de abril, se retira como los grandes encerrándose con 6 punteños, en la plaza capitalina, dejando testimonio de su grandeza al ejecutar 18 diferentes quites, banderilleando a tres de los seis toros. Sus faenas no brillaron tanto porque aquella fue una tarde en la que el viento se apoderó por completo del escenario y poco pudo vérsele. Sin embargo, “hubo doblones, naturales, pases de la firma, de pecho, de pitón a rabo, el de la muerte, el cambio por delante, los de tirón para cambiar de terreno, los trincherazos rematados rodilla en tierra…”, como nos dice “Paco Malgesto” en el libro ARMILLITA. EL MAESTRO DE MAESTROS. XXV AÑOS DE GLORIA del año 1949.

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Armillita el Joselito mexicano agradeciendo la ovación de sus seguidores. SINAFO, 119144

   Años después tuvo necesidad de regresar, demostrando que seguía siendo tan buen torero como antes, maduro, dueño de sí mismo. Conchita Cintrón al escribir ¿Por qué vuelven los toreros? los encuadra dentro de esa búsqueda por las palmas, pero sobre todo por el placer de sentir que nadie ha ocupado el lugar que dejaron desde su retirada. Fermín pasaba por un mal momento, pero aún así fue capaz de mostrar su poderío.

   Con el paso de los años y ya en el retiro definitivo fue llamado a participar en infinidad de festivales siendo uno de los últimos el que se celebró el 18 de noviembre de 1973 en la plaza de toros MÉXICO que resultó inolvidable pues alternaron con él figuras como Luis Castro El Soldado, Silverio Pérez, Alfonso Ramírez Calesero, Fermín Rivera y Jorge Aguilar El Ranchero.

   Muere el 6 de septiembre de 1978 en la ciudad de México, habiendo nacido el 3 de mayo de 1911 en Saltillo, Coahuila.

   Sus hijos Manuel, Fermín y Miguel han perpetuado la dinastía en diferentes proporciones y de ellos se espera que la cuarta generación se aliste en el inminente siglo XXI. Fermín Espinosa, 1ª generación; Fermín Espinosa Saucedo, 2ª generación; Manuel, Fermín y Miguel, 3ª generación, todos con el sello de la casa Armilla constituyen una de las familias taurinas que viene heredando la estafeta en armónico cumplimiento generacional, como ha pasado con otros casos: los Litri, los Bienvenida, los Girón, los Rivera de Aguascalientes, los Solórzano, los Caleseros, los Vázquez de San Bernardo.

CONTINUARÁ.

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Archivado bajo 500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. SIGLO XX. (PARTE I).

  CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Raro es el siglo que tiene la particularidad de iniciar su marcha temporal junto con otros procesos sociales o políticos. Estos más bien, hallan un puente por donde cruzar y por donde seguir. El siglo XX mexicano aparece en escena con un síntoma de continuidad en el régimen porfirista, lo que por un lado marca cierta estabilidad económica y política; por el otro, la intranquilidad social. Sin embargo, la respuesta de muchos inconformes, merece una atención especial. Por una parte los trabajadores de algunas fábricas despertaron el ánimo rebelde que llegó a oídos de muchos integrantes del pueblo[1] que probablemente no imaginaron sumarse a la bola, término que se le dio a las multitudes que participaron en el movimiento armado de 1910. La bola bien a bien no tuvo una idea clara que sí tuvieron sus dirigentes, cabecillas y “caudillos”, los cuales, además de tener bien definido el propósito de eliminar todo rastro de la dictadura sostenida por el General Porfirio Díaz,[2] aprovecharon la coyuntura para encaramarse en puestos estratégicos de la lucha por el nuevo poder, independientemente de que operó un constituyente el cual, para el 5 de febrero de 1917 logra poner en circulación un nuevo documento rector para la nación, desplazando al que estuvo en boga desde 1857.

   Por otro lado, se tenía la idea de que el trabajador en las haciendas mexicanas fue un elemento de explotación indiscriminada. Pero en muchas de ellas se ha encontrado un paternalismo entre el hacendado y los peones. Esos arreglos de conveniencia hacen ver que las relaciones laborales, determinada por ciertas presuposiciones en torno al peonaje, de la transmisión hereditaria de deudas, de la ruindad de la “tienda de raya”,[3] así como de los créditos y adelantos impuestos a los trabajadores, del pago del salario en “vales” o “fichas”, del empleo de deportados a la fuerza pero sobre todo, de la utilización de la violencia física, ha hecho que muchos autores encuentren una relación entre las características del sistema y las acciones de la revolución agraria. Ahí se condensan los atributos del sistema de hacienda supuestamente inaguantables, vistos en conjunto como la variable independiente de una considerable, si es que no decisiva, participación de los trabajadores agrícolas en la revolución de 1910-40.[4]

sinafo_5933 Una expresión, la del toreo rural, tuvo todavía fuerte presencia entresiglos, el XIX y el XX en nuestro país. De ahí que su discurso entrara en diálogo con el toreo urbano. SINAFO, 5933.

   En la peculiar rareza del inicio de un siglo que no tiene ninguna necesidad de partir de su principio elemental (ahí está el caso de que para el XXI, su crudo comienzo tuvo lugar el 11 de septiembre de 2001), esto va a ocurrir en el toreo mexicano. Poco más de 10 años bastaron para que la expresión nacionalista encabezada fundamentalmente por Ponciano Díaz fuera liquidada por la “reconquista vestida de luces”, que se estableció en México desde 1882. Ya sabemos que aquel grupo de diestros españoles encabezado por José Machío, Luis Mazzantini, Ramón López o Saturnino Frutos Ojitos, junto con la labor doctrinaria de la prensa cimbraron la estructura de la tauromaquia mexicana, resultante de una sustancia híbrida –a pie y a caballo-, enriquecida con los “aderezos imprescindibles” denominados mojigangas, ascensiones aerostáticas, fuegos de artificio y otros. El débil andamiaje que todavía quedaba en pie en el postrero lustro del XIX fue defendido por el último reducto de aquella manifestación. Me refiero de nuevo a Ponciano Díaz quien con su muerte, ocurrida el 15 de abril de 1899 se lleva a la tumba la única parcela del toreo nacional que quedaba en pie, pero que ya no significaba absolutamente nada. Era ya sólo un mero recuerdo.

   1901 amaneció para México dominado por la presencia torera española, en contraste con una floja puesta en escena de diestros nacionales, encabezados por Arcadio Ramírez “Reverte mexicano”, lo que representaba un desequilibrio absoluto, una desventaja en el posible despliegue de grandeza, mismo que se dejará notar a partir de 1905, con la aparición de Rodolfo Gaona.

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Eduardo Leal “Llaverito” y Luis Freg, encuentro entre el final de un siglo, el XIX y el comienzo del XX. Ambos, en el patio de cuadrillas en la plaza de toros “El Toreo” de la colonia Condesa. (Ca. 1912). SINAFO, 15639.

   La del leonés no fue una presencia casual o espontánea. Surge de la inquietud y la preocupación manifestada por Saturnino Frutos, banderillero que perteneció a las cuadrillas de Salvador Sánchez Frascuelo y de Ponciano Díaz. Ojitos, como Ramón López decide quedarse en México al darse cuenta de que hay un caldo de cultivo cuya propiedad será terrenable con la primer gran dimensión taurina del siglo XX que campeará orgullosa desde 1908 y hasta 1925 en que Gaona decide su retirada.

   Rodolfo Gaona Jiménez, había nacido el 22 de enero de 1888 en León de los Aldamas, estado de Guanajuato. Con rasgos indígenas marcados, y sumido en limitaciones económicas, el muchacho, solo no tenía demasiado futuro. Se dice que Saturnino Frutos emprendió el difícil camino de buscar promesas taurinas en el bajío mexicano, sitio en el que estaba gestándose uno de los núcleos más activos, sin olvidar el occidente, el norte y el centro del país.

   El encuentro de Frutos y Gaona se dio en 1902, imponiéndose desde ese momento una rígida preparación, bajo tratos despóticos soportados entre no pocas disputas o diferencias por Rodolfo, único sobreviviente de una primera cuadrilla que luego se desmembró al no soportar el ambiente hostil impuesto por el viejo banderillero, convencido de la mina que había encontrado en aquel joven que lentamente asimiló el estudio. Pero sobre todo el carácter.

   El “indio grande”, el “petronio de los ruedos”, el “califa de León” y otras etiquetas determinaron y consolidaron la presencia de ese gran torero quien, como todo personaje público que se precie, también se involucró en algunos oscuros capítulos, que no vienen al caso.

   Rodolfo Gaona, el primer gran torero universal, a decir de José Alameda, rompe con el aislamiento que la tauromaquia mexicana padeció durante el tránsito de los siglos XIX y XX. Ello significó el primer gran salto a escalas ni siquiera vistas o comprobadas en Ponciano Díaz (14 actuaciones de Ponciano entre España y Portugal en su primera y única temporada por el viejo continente), no se parecen a las 81 corridas de Rodolfo solo en Madrid, repartidas en 11 temporadas, aunque son 539 los festejos que acumuló en todo su periplo por España. Sin embargo, los hispanos se entregaron a aquel “milagro” americano.

   Gaona ya no sólo es centro. Es eje y trayectoria del toreo aprendido y aprehendido por quien no quiere ser alguien más en el escenario. Independientemente de sus defectos y virtudes, Rodolfo –y en eso lo ha acentuado y conceptuado con bastante exactitud Horacio Reiba Ibarra-, sobre todo cuando afirma que Rodolfo Gaona es un torero adscrito al último paradigma decimonónico. Y es que el leonés comulga con el pasado, lo hace bandera y estilo, y se enfrenta a una modernidad que llegó al toreo nada más aparecieron en el ruedo de las batallas José Gómez Ortega y Juan Belmonte, otros dos importantes paradigmas de la tauromaquia en el siglo XX.

   Tal condición se convirtió en un reto enorme para el torero mexicano-universal, sobre todo en un momento de suyo singular: la tarde del 23 de marzo de 1924, cuando obtuvo un resonante triunfo con QUITASOL y COCINERO, pupilos de don Antonio Llaguno, propietario de la ganadería de San Mateo. Esa tarde el leonés tuvo un enfrentamiento consigo mismo ya que, logrando concebir la faena moderna sin más, parece detenerse de golpe ante un panorama con el que probablemente no iba a aclimatarse del todo.

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Saturnino Frutos “Ojitos” y la cuadrilla leonesa, en imagen obtenida más o menos entre 1905 y 1907. En Toros y Toreros. Órgano del Centro Taurino. Nº 5 extraordinario. San Luis Potosí, 6 de enero de 1909. De la colección del autor.

   Los toros de San Mateo no significaron para Gaona más que una nueva experiencia, pero sí un parteaguas resuelto esa misma tarde: Me quedo con mi tiempo y mi circunstancia, en ese concepto nací y me desarrollé, parece decirnos. Además estaba en la cúspide de su carrera, a un año del retiro, alcanzando niveles de madurez donde es difícil romper con toda una estructura diseñada y levantada al cabo de los años.

   Es importante apuntar que la de San Mateo era para ese entonces una ganadería moderna que se alejó de los viejos moldes con los que el toro estaba saliendo a las plazas: demasiado grandes o fuera de tipo, destartalados y con una casta imprecisa. El ganado que crió a lo largo de 50 años Antonio Llaguno González recibió en buena medida serias críticas más bien por su tamaño –“toritos de plomo”- llegaron a llamarles en términos bastante despectivos. Pero en la lidia mostraron un notable juego, eran ligeros, bravos, encastados; incluso una buena cantidad de ellos fueron calificados como de “bandera”.

   Volviendo con Gaona, su quehacer se convirtió en modelo a seguir. Todos querían ser como él. Las grandes faenas que acumuló en México y el extranjero son clara evidencia del poderío gaonista que ganó seguidores, pero también enemigos.

rodolfo-gaona_quitasol

   De regreso a la hazaña con el toro QUITASOL de San Mateo ocurrida el 23 de marzo de 1924, con ella concibe el prototipo de faena moderna. Si JOSÉ ALAMEDA da a Manuel Jiménez “Chicuelo” el atributo de haber logrado con CORCHAÍTO de Graciliano Pérez Tabernero ese nivel,[5] nosotros se lo damos al leonés con aquella obra de arte que un polémico periodista de su época, Carlos Quiroz “Monosabio” recoge en espléndida reseña que presentamos en su parte esencial. Aquella tarde sucede un hecho memorable: Rodolfo Gaona, en una de las varias vueltas al ruedo que emprendió para agradecer las ovaciones, se acompañó de don Antonio Llaguno. Fue la única ocasión en que Gaona lo hizo con un ganadero, mismo que está proporcionándole a la fiesta un toro nuevo y distinto. El toro moderno para la faena moderna que a partir de esos momentos será una auténtica realidad.

   Además, “Monosabio” logró conseguir un perfil biográfico junto con la obra humana y artística del “petronio de los ruedos” en MIS VEINTE AÑOS DE TORERO,[6] libro llevado a la prensa en dos ediciones con miles de ejemplares vendidos, y que hoy está convertido en verdadera reliquia de bibliotecas.

PAGINAS TAURINAS DE MONOSABIO

¿CUAL DE LAS DOS?

   Han pasado ocho días y aún se comentan las faenas que Gaona realizó con los toros “Quitasol” y “Cocinero”, de la ganadería de San Mateo. Todavía no nos hemos puesto de acuerdo acerca de cuál de ellas tuvo mayor mérito.

   Unos juzgan que la de “Quitasol” fue una maravilla de acabado. Perfecta obra de orfebrería. Dechado innegable de perfeccionamiento en el manejo de la muleta. Y es que consideran que las condiciones en que “Quitasol” llegó a poder del matador: sosote, obedeciendo despacio y aún tuvo momento en que quiso trotar al hilo de las tablas.

   Y otros, resueltamente, votan por la faena de “Cocinero”, el cuarto, que acometió con más nervio y tuvo más poder y traía la cabeza suelta. Y fue que si en la primera contemplaron suprema sapiencia en la aplicación de la flámula, en ésta hubieron de certificar no sólo esa maestría insuperable, sino algo que es más raro: la inteligencia, el dominio que con la muleta puede alcanzarse.

   Sí: porque todos vimos que al cuarto muletazo “Cocinero” que empezó achuchando y revolviéndose codicioso, estaba con la lengua fuera, muy quieto y permitió que el leonés le volviese la espalda, cual si ya lo considerase enemigo insignificante.

   Es verdad que en la faena del primer bicho se realizó el milagro de ligar seis pases naturales sin perder terreno en ninguno, haciendo que el bruto girase en torno al diestro. Seis pases naturales que en realidad constituyeron uno sólo: en redondo y que fueron rematados con el clásico pase de pecho, complemento obligado del pase natural. Seis pases en los que el diestro sujetó al toro para que no saliera de la muleta.

   Pero -agregamos no pocos- con todo y haber sido una maravilla la faena de “Quitasol”, siempre, la de “Cocinero”, queda algunos codos más alta.

   En “Cocinero” hubo más enemigo; más nervio, mayores dificultades que vencer.

   Por eso, su mérito es más grande, incuestionablemente.

   Sin embargo, no han faltado los Zoilos de ordenanza, pretendiendo aguar la fiesta.

   Sueñan con tapar el sol con un dedo.

   Basta lijera -sic- glosa de sus afirmaciones, para darse cabal cuenta de lo qué entienden de estas materias. Uno dice:

   “En banderillas se resiste a entrar -habla de “Quitasol”-. Escarba y huele, y nada. Un banderillero arroja su montera a la jeta del burel, mas este se contenta con juguetear y no arranca…”

   “El bicho ha llegado a la muerte como una seda. Ideal. El bicho sigue el engaño como babosa. Y no pierde de vista la muleta. En cualquier momento lo único que llama su atención es el trapo rojo…”

   Y allí, al lado de tan luminosas frases, una pequeña instantánea del Indio muleteando a “Quitasol”. En ella se mira cómo “Quitasol” se marcha al hilo de las tablas, y el Indio que le mete la pierna en los ijares y le flamea la muleta para recogerlo…

   Luego, no en todos sus movimientos lo único que llamaba la atención de “Quitasol” era la muleta.

   Y cuando un toro se queda y echa la jeta por los suelos -como dice que hizo “Quitasol”- ya no es tan de seda. Alguna aspereza debió tener. Y torearlo primorosamente como lo toreó Gaona, es indudable que representa no poco esfuerzo, máxime si hay momento en que el enemigo intente marcharse con viento fresco.

   Del cuarto, dice:

   “Un toro que comienza saltando al callejón, que sigue dando brincos. Que se queda en varas…

   ¿Acaso toro en tales condiciones es un pedazo de azúcar? 

CONVENGA O NO

   Hay quienes reprochan al Califa el poco clasicismo que empleara al torear a “Quitasol”.

   Hubieran preferido de buena gana que, después de los seis pases naturales y el de pecho, hubiese entrado a matar: habría sido faena completa y clásica, porque así debió haberlo hecho el propio “Chiclanero”. ¿Para qué torear con la diestra, cambiándose de mano el engaño, etc?

   Y, si Gaona hace tal, entonces las exigencias serían de otro género.

   Esa faena impecable la entenderíamos media docena de los que estábamos en la plaza, no los doce mil que había en los tendidos. Y, como el sol sale para todos, hay que contentar a la mayoría.

   De lo contrario, aparte de que la brega habría tenido menor emoción y escaso lucimiento, le pondrían toda suerte de reparos: éste, diría que no supo sacar el partido a que obligaba la nobleza del cornúpeto; aquél, quizás dudaría de la afición del torero, de su deseo de complacer a la clientela; porque, si con un borrego no se hacía aplaudir a rabiar, quien sabe para cuando reservaría su tan decantada maestría.

   El caso era poner laguna tilde, conviniese o no.

   Y no todos están por los clasicismos, que es éste un capítulo en el que se “vacila” más de lo necesario.

   Cuando, después de meternos en el cráneo algún pesado librote taurómaco entramos a la realidad de las cosas, salimos pidiendo a gritos el toreo clásico: mucha mano izquierda; torear exclusivamente con los pases fundamentales: el natural y el de pecho. La estocada recibiendo…

   Con arrebatadora suficiencia doctrinamos de esta guisa, queriendo reducir a la nada algún diestro que tarde a tarde se lleva de calle a los públicos: -Mientras no reciba un toro, no puede considerársele un gran estoqueador!…

   Y resulta que ejecuta exclusivamente los pases naturales y los de pecho, y viene la consumación de la suerte máxima, y aplaudimos, pero no hemos quedado satisfechos. Y ya estamos poniéndole reparos y nos hundimos en prolijas disquisiciones acerca de si debió o no debió haber recogido el pie izquierdo, o el derecho, o levantado más la mano. Y unos dicen que recibió a ley, y otros lo niegan y el torero con cuatro palmadas no queda contento, y jura no volver a meterse en semejantes belenes.

   Todo se debe a que, la verdad, la suerte que creímos portentosa ya de viso nos parece tener poca miga. Esperábamos que despertaría mayor alboroto, que nos causaría más impresión. Y no.

   Lo acabamos de certificar recientemente: Nacional recibió cuatro, cinco veces. Y ya nadie se acuerda de eso. Y no porque Nacional hubiese consumado la suerte suprema con mayor o menor perfección, -que en alguna llenó todos los trámites- hemos de confesar que sea consumado estoqueador, un Maestro. No. Comprendimos que su talla aventajada le permite intentar la suerte de recibir; pero que todavía está verde para codearse con los Mazzantini.

   En cambio, después de ver torear a Gaona un toro, chico o grande, como los ha toreado en esta temporada, tenemos que concluir perfectamente convencidos: es un maestro.

   Y han sido porque en esa faena ha despertado emoción. Ha dado el sello de su personalidad inconfundible, como en la de “Quitasol” que no la redujo al clásico capítulo inicial, del toreo sobre la zurda, el que le enseñara “Ojitos”, sino que, al prolongarla, buscó no caer en monotonía. De aquí que sus hazañas fueran todas distintas. Y la faena de “Quitasol” en nada se pareció a la de “Cocinero”.

   Si los dos toros eran igualmente nobles y faltos de respeto, como se dice por allí, cualquier otro lidiador los hubiese toreado con el mismo procedimiento, hasta hacer creer que era uno mismo.

   Y esto lo vemos a diario: antes de que extienda la muleta el matador, ya sabemos que va a hacer y hasta podemos irle marcando el repertorio.

   Porque es uno mismo, reducido, monótono, falto de interés.

   Gaona, en estas dos faenas tan diferentes, probó no sólo que es quien más domina con la muleta, quien en ella posee positiva arma ofensiva y defensiva, sino que es el más “largo”. El único, en los tiempos que corren, capaz de entretener y entusiasmar a los aficionados y sumirlos en un mar de perplejidades, porque, como hoy ocurre, no sabe por cual decidirse: si por la faena arrobadora en que brillan los seis pases naturales ligados a la perfección, como brillan sobre el terciopelo los brillantes y las perlas, o por la faena de dominio absoluto, de ligereza asombrosa y de adorno variado e inagotable.

   Y hoy no se habla de estocadas, sino del toreo de muleta.

   El torero ha vencido al matador, lo cual no es una novedad porque así ha ocurrido siempre.

   No voy a negar que los grandes estoconazos levanten en vilo a los públicos y arrancan ovaciones estruendosas. Pero es cierto que jamás el matador ha podido aplastar al torero: “Lagartijo” no fue opacado por “Frascuelo”; ni “Guerrita” por don Luis; ni Fuentes por “Algabeño”. “Machaquito”, con lo valiente y seguro estoqueador que fue, vio con pena que el cetro no estuvo en sus manos, sino en las de “Bombita”, que era el torero. 

CUALQUIER TIEMPO PASADO…

   Y al pretender menguar el mérito de lo que viéramos hacer con “Quitasol” y “Cocinero”, se hace hincapié en que fueron toros chicos. Terciados, no chotos, como dicen.

   En efecto: la corrida de San Mateo fue una corrida terciada, adelantada. Pero los más terciados fueron los dos últimos, que no correspondieron a Gaona.

   Y sin que yo pretenda hacer el elogio de los toros chicos, sí debo recordar que no sólo los toros grandullones saben dar cornadas, ni son los que mayores dificultades ofrecen a los lidiadores. A menudo los chicos y escurridos de carnes tienen más ligereza y nervio que los regorditos y corpulentos. Tenemos un caso reciente: Los toros de San Mateo lidiados en la corrida a beneficio de la Casa de Salud del Periodista. El más corpulento y en mejor estado de carnes, fue el “Silveti”, toro bravísimo y de nobleza ideal, que se dejó hacer cuanto quiso el “Hombre de la regadera”. Y el de menos libras, pero con mucho poder y nervio, fue el más pequeño: el “Facultades”, aquel que ya con todo el estoque hundido en lo alto y listo para que de él diera cuenta el puntillero, se levantó y persiguió a Paco Peralta de tercio a tercio, y por poco le echa mano.

   “Relojero”, de Piedras Negras, el bicho que cogió a Nacional, no fue un toro grande. Nacional toreó a muchos otros de mayor respeto, y el que le atravesó un muslo fue el de menor tipo… Y, se explica: todos traen cuernos y sangre; y las cornadas no las dan con los años, sino con lo que llevan en la cabeza.

   Siempre, es costumbre inveterada que quienes han conocido otros tiempos se entreguen a lanzar suspiritos de monja, añorando aquellas épocas en que veían lidiar reses con los cinco años cumplidos, con muchos kilos sobre el lomo y con pitones kilométricos.

   Y lo creen como lo dicen. Están convencidos de que conocieron algo mejor de lo que nos sirven hogaño.

   Hace veinte años yo escuché los mismos suspiros. Entonces se envidiaba a nuestros abuelos, que no vieron lidiar chotos.

   En aquellos tiempos, yo ví a Mazzantini lidiar seis becerros del Cazadero, muy bravos, por cierto; y con ellos Don Luis y Villita dieron la más lucida tarde de aquella temporada.

   En la extinta plaza “México”, Minuto y Fuentes, torearon seis ratitas de Saltillo, noblotas y bravas. Fue corrida brillantísima y fue entonces cuando Antonio ensayó la suerte de recibir, con el cuarto.

   A Mazzantini, a Lagartijillo y a Fuentes, yo los ví lidiar la primera corrida de Piedras Negras, con cruza española. Fueron seis bichos pequeños y de asombrosa bravura.

   ¿Bueyes? En aquéllas épocas pretéritas se lidiaban a pasto. Pocas veces escapaban los toros del Cazadero sin ser quemados. Atenco estaba por los suelos. Dígalo aquella bronca de la segunda corrida de Reverte. Cuando Reverte volvió a torear en la plaza “México”, domingo a domingo, se las veía con mansos, sacudidos de carnes y mal encornados de San Diego y de Santín.

   En cambio, a últimas fechas y a partir de las corridas que se dieron en Tlalnepantla, han menudeado los toros bravos en todas las ganaderías. Hemos visto bravura ejemplar en algunos bichos de Atenco y San Diego de los Padres, de Piedras Negras, La Laguna, Zotoluca, Coaxamaluca, y San Mateo.

   Y, si ayer Tepeyahualco presentaba corridas de soberbio trapío, hoy La Laguna nada tiene que envidiarle.

   En el beneficio de Gaona, Atenco mandó una corrida grande, brava, gorda y de largos pitones. De San Diego este año hemos visto una corrida muy dura, y de San Mateo una con un nervio que no conocieron nuestros padres.

   Sin embargo, los abuelos repiten su vieja cantinela.

   ¡Ah, aquellos tiempos!”’

   Suspiran por los días en que también se lidiaban mansos, y chotos, como ahora y como siempre.

   Jorge Manrique lo dijo:

Cómo a nuestro parecer

Cualquier tiempo pasado

Fue mejor.

   Pero estar repitiendo tonterías, resulta una necedad. 

MONOSABIO.[7]

 CONTINUARÁ.


[1] Para mí el concepto “pueblo” es utopía al no existir una razón que lo defina como tal. Las luchas civiles entre señores -durante el siglo XIX, el XX y el que ya transcurre-, utilizan las masas humanas como instrumento para conseguir intereses personales, sustentados en el término pueblo, el mismo que funciona para satisfacer -sí y solo sí- los intereses. Cubierta esa necesidad, el pueblo vuelve a su estado utópico, en tanto que terrenable es o son masas (todo ello bajo el entorno latinoamericano).

[2] Los gobiernos del General Porfirio Díaz en plena República Central van del 5 de mayo de 1877 al 30 de noviembre de 1880; posteriormente del 1º de diciembre de 1884 al 25 de mayo de 1911, con una breve interrupción que recayó en su “compadre” el General Manuel González del 1º de diciembre de 1880 al 30 de noviembre de 1884.

[3] La expresión “tienda de raya” implica el reproche de que la tienda en las haciendas fue un instrumento de explotación en manos del hacendado o de su administrador, a través de la sustracción directa del salario (rayar = remunerar).

[4] Herbert J. Nickel (ed): Paternalismo y economía moral en las haciendas mexicanas del porfiriato. México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia, 1989. 217 p. Ils., grafs., tablas. (V Centenario 1492-1992. Comisión Puebla. Gobierno del Estado).

[5] La faena a Corchaíto, que fue una maravilla en sí misma, tuvo sobre todo el don de la oportunidad. El “milagro” ocurrió en Madrid (el 24 de mayo de 1928) precisamente cuando el público intuía, sentía, “necesitaba” que a los toros ya más afinados se les hiciera otro toreo: el toreo ligado, enlazado, que permita la unidad de la obra y la prolongación de la faena, sacándola del reducido molde belmontino en que venía manteniéndose. Pues si el toro verdaderamente propicio no salía todas las tardes, digamos, con la liberalidad de ahora, salía ya con la relativa frecuencia necesaria para que la evolución del arte pudiera producirse.

[6] Carlos Quiroz (Monosabio): Mis veinte años de torero. El libro íntimo de Rodolfo Gaona. México, Talleres Linotipográficos de “El Universal”, 1924. 279 p. Ils. Fots.

[7] El Universal. El gran diario de México. Director: José Gómez Ugarte. Domingo 30 de marzo de 1924. Año IX, Tomo XXX, Nº 2716, Cuarta sección, pág. 4.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XXII).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 CONCLUSIONES

   Llego al punto culminante de esta serie, que corresponde al siglo XIX mexicano. Parecía al principio un tema ligero que, sometido al rigor y a la razón histórica pudo haber quedado reducido a su mínima expresión. Conforme pasaba el tiempo adquiría importancia hasta el grado de convertirse en tema formal para proponerlo como tema para este trabajo. Se ha dicho ya, que historiar las diversiones públicas no es común y ahora amplío la exposición apuntando que es el toreo un campo cada vez más identificado y reconocido por historiadores e investigadores quienes se acercan a analizar los comportamientos sociales que ya no están inmersos solamente en esas actitudes masivas propias de la guerra, o la política; la religión y también las economías. El pueblo se relajaba en diversiones públicas y, la de toros en México se ha convertido en amplio espectro de posibilidades. Por eso propuse como trabajo “curioso” este que ahora remato y del cual referiré mis conclusiones.

   No viene al caso hacer cita de lo relevante examinado aquí. En todo caso, dedicaré una visión general a todo aquello que se involucra con la que ahora resulta una sucesión de historias. Esto es, la manera de relacionar acontecimientos que, a primera vista no tienen una implicación o mejor dicho, afectación en otros venideros y así, sucesivamente. Es obvio verlo así, pero al cabo de lo recorrido me doy cuenta que las circunstancias propias del siglo XVIII, siglo que con sus hombres se ubicó en altas razones del pensamiento logró emanciparse de viejos o anacrónicos sistemas del raciocinio para poner en práctica aquello que casaba con ideas más elevadas, con orientación hacia el progreso y una forma de mentalidad más abiertas, son trascendentes para exigir observación precisa de su tránsito. España recibe tardíamente esto, aunque a buena hora sus ilustrados iniciaron campaña reñida con aspectos propios de una sociedad inmersa en el más puro estancamiento. La élite se afrancesaba dramáticamente y ello daba visos de transformación radical, pues el pueblo (dramática forma de distinguir los niveles genéricos de una sociedad en cuanto tal) se dejaba llevar por el relajamiento asumiendo gallardamente sus formas toscas de expresión, en cuanto razón de ser. Ya lo hemos visto con el aspecto en el que, dejando los nobles caballeros de ostentar el papel protagónico en las fiestas, es el pueblo llano quien asume esa nueva responsabilidad, aplicando, en un principio, normas bastante primitivas con las cuales trataba de darle vida a la expresión de lo que concebían como toreo. La presencia Borbónica en gran medida propició dicho comportamiento al tratarse de una casa reinante de origen francés (aunque los Austria tampoco lo fueron en un principio). Lógico, tuvo que transcurrir un tiempo considerable para percibir el nuevo ambiente, por lo que ya para el arranque del segundo tercio del XVIII, las fiestas caballerescas se encuentran amenazadas de desaparecer porque los burgueses ligados a la corona ya no aceptan cabalmente un espectáculo que pronto se verá en manos del pueblo, quien lo hizo suyo en medio de formas muy primitivas y arcaicas de expresarlo.

   Todo ello fue adquiriendo visos de lo profesional y también de lo funcional por lo que las corridas de toros se sometieron a un esquema más preciso, alcanzado a fines de aquel siglo y logró constituirse como una diversión de la cual podían obtenerse fondos utilitarios para beneficencia de hospitales y obras públicas. Como un efecto de réplica, en medio de sus particularidades ampliamente referidas, lo anterior ocurre en América y muy en especial, en la Nueva España, lugar que también se sometió a severos cuestionamientos sobre su desarrollo y utilidad.

   El tiempo continuaba y se presentó luego la etapa transitoria de independencia como germen definitivo que permitiría la formación de esa nación presentida, pero no constituida sino reiterada más de medio siglo después cuando en su contenido fueron a darse conmociones y encontradas respuestas que solo frenaron o bloquearon el buen curso de una normalidad casi inexistente. Entre todo esto, el toreo -herencia española ya- seguía seduciendo por lo que arraigó; aunque sometido a un deslinde entre lo español y lo producido por los mexicanos. Todo aquello propiciaba en gran medida revitalización del espectáculo dándole a este el concepto de algo ya muy nacional (y que conste: la de toros es en España la “fiesta nacional”) por lo que se engendró un sin fin de aderezos, sin faltar quehaceres campiranos. Sin embargo no quedó soslayado el toreo español, mismo que fue abanderado tras pocos años de contar sin tutela por Bernardo Gaviño, diestro gaditano que por cincuenta años representó la única vertiente del toreo español, asimilada de enseñanzas proyectadas por Pedro Romero, Juan León Leoncillo” y recibida por Francisco Arjona Cúchares, Francisco Montes Paquiro, alumnos distinguidos de la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla. Cerca, muy cerca de ambos, está Gaviño quien para 1835 se encuentra ya en nuestro país. Todo eso se empantanó en el dominio del gaditano quien, a su vez, prohibió que se colocaran paisanos suyos, diestros que hacían campaña en América.

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Esta curiosa e interesante obra, ilustró un calendario elaborado por la casa de subastas Louis C. Morton para el año 2002 (Anónimo, Escuela Mexicana, ca. 1900. Paseíllo. Óleo sobre tela, 90×150 cm). Evidentemente la fecha referida no es, ni por casualidad certera en función de que debe tratarse de una cuadrilla ¿la de Rafael Calderón de la Barca en León, Guanajuato; o la de Gerardo Santa Cruz Polanco, formada hacia finales de la octava década del siglo XIX? Este es un buen asunto a resolver. Pero esta misma imagen nos debe remitir a que con tal representación no sólo terminaba aquel siglo, sino que desaparecían aquellas cuadrillas formadas por toreros aborígenes que encontraron espacio alterno en plazas de la provincia mexicana, mientras las españolas imponían un nuevo estilo de torear…

Fuente: Museo del Centro Cultural y de Convenciones “Tres Marías”, en Morelia, Michoacán.

   Caería en el riesgo de citar aquí lo tanto ya analizado sobre todo en aquellas razones que tuvieron que ver con la prohibición impuesta a las corridas de toros a finales de 1867. Lo que sí es un hecho, es para mí esa forma de enlace entre esos vasos comunicantes, interrelacionados en forma tan intensa que promovieron en mayor o menor medida el efecto de la prohibición. Uno, sin duda asume el peso de responsabilidad y es el administrativo pues se ha visto que tras darse a conocer las disposiciones que para octubre de 1867 se expusieron como lógica posición a evitar el descontrol que sobre impuestos y su actualización, no tenía por entonces el ramo correspondiente; la respuesta, fue que se puso en vigor la Ley de Dotación de Fondos Municipales. Su artículo 87 significó el oprobio o el desacuerdo habido entre empresa y autoridades hacendarias, porque su orientación se da sin conceder licencias para llevar a cabo corridas de toros en el Distrito Federal. De ese modo, la fiesta pasó a formar parte de la vida provinciana durante el tiempo en que no se permitieron en la capital del país los espectáculos taurinos. Fueron casi 20 años. Lo que puede llamarse una continuidad pero no una evolución es todo acontecer de la fiesta de 1867 a 1886. Surgieron figuras popularísimas (Ponciano Díaz es el modelo principal), se gestaron feudos -cerrados unos-, dispuestos los otros a un intercambio y comunicación, y también fueron llegando los primeros matadores españoles, de no mucha importancia, como la que sí tendrían a quienes les prepararon el terreno. José Machío llegó en 1885 y tuvo que soportar desprecios, indiferencia, amén de ser visto como un espécimen raro, sobre todo en la plaza de El Huisachal.

   Sucedió a fines de 1886 en que la derogación fue lograda, no sin someterse a dificultades. Largos debates, muy cerrados y peleados también condujeron al alumbramiento en México de la nueva época del toreo moderno de a pie, a la usanza española. Ello ocurrió a partir del 20 de febrero de 1887 con la presencia trascendente de toreros como Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López o Saturnino Frutos, como cuatro columnas vertebrales sólidas, vitales para el nuevo amanecer taurómaco que se enfrentaba al potente género de lo mexicano, abanderado por Ponciano Díaz, Pedro Nolasco Acosta, Ignacio Gadea, Gerardo Santa Cruz Polanco y algunos otros quienes poco a poco se fueron diluyendo, porque el toreo español ganaba adictos, adeptos y sobre todo terreno.

   La prensa hizo su parte, se sublevó, encabezada por la “falange de románticos” y logró abiertamente el cúmulo de enseñanzas entendidas tras largas horas de lectura y deliberación en tratados de tauromaquia (lo teórico) y lo evolucionado que se mostraba el toreo en la plaza (lo práctico).

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Cuadrillas de Diego Prieto “Cuatrodedos” y de Eduardo Leal “Llaverito”. Además: Enrique Merino “El Zocato”, “Naranjito”, “El Pipo”. “Torerín” y el “Madrileño”. (ca. 1895). C.B. WAITE, fotógrafo. Fuente: Colección Julio Téllez García.

   Y Ponciano Díaz que no aceptó pero que tampoco rechazó aquello no propio de su género, va a convertirse en el último reducto de esa expresión netamente mexicana, pues el “mitad charro y mitad torero” se gana gran popularidad e idolatría -como pocos la han tenido-, pero al suceder su viaje a España donde obtiene la alternativa en 1889, en esa ausencia, la prensa aprovechó y corrigió a fanáticos poncianistas, quienes reaccionaron pronto a aquel correctivo. A su regreso, a fines de ese mismo año, si bien se le recibe como a un héroe, pronto esa “reacción” en los públicos será muy clara y le darán las espaldas. En la prohibición de 1890-1894 Ponciano no tiene más remedio que refugiarse en la provincia en búsqueda del tiempo perdido, de la exaltación y el tributo que todavía alcanzará a conseguir.

   Para 1895 vuelve sin fuerza a México. En 1897 y 1898 actuará en festejos deslucidos y cada vez más atacados por la prensa. Muere hecho casi un “don nadie” en 1899.

   Reinaba ya ese toreo moderno y un ambiente españolizado en México. El siglo XX recibe y da grandes experiencias así como muestras potenciales inmensas de toreros españoles quienes van forjando la expresión que cada vez es más del gusto de aficionados entendidos como tal. Y ante ellos, surgen figuras nuestras que ya podíanenfrentarse y ponerse a alturas tan elevadas como las de Fuentes, Machaquito o Vicente Pastor, por ejemplo. Me refiero a Arcadio Ramírez Reverte mexicano, Vicente Segura, pero sobre todo Rodolfo Gaona, figura que va a alcanzar calificativos de torero de órdenes universales, porque les regresa la conquista a los españoles en sus propias tierras (o mejor dicho en sus propios ruedos) para lograr junto con José Gómez Ortega Joselito y Juan Belmonte la puesta en escena -grandiosa por cierto- de la “época de oro del toreo”.

   Antes de rematar estas “Conclusiones”, me parece oportuno agregar en seguida, las notas del periódico La Pluma roja. Periódico destinado a defender los intereses del pueblo”, (Redactor en Jefe: Joaquín Villalobos), tanto del martes 19 de noviembre, T. I., Nº 20, como del viernes 13 de diciembre de 1867, T. I., N° 27, notas copiadas en el mes de mayo de 2001 y que, localizadas hasta ese momento por razones de tiempo, me permiten entender que existieron otros factores que inducieron la aplicación de la ya conocida “Ley de dotación de fondos municipales”. Veamos.

La del martes 19 de noviembre va así:

TOROS

   Sigue la barbarie a pasos agigantados: a nuestro pueblo, que debieran quitarle todo espectáculo de sangre y de muerte, le damos domingo por domingo las suficientes lecciones para arraigar en su educación todos los instintos de sangre.

   En la función del domingo (17 de noviembre) pasado nos dicen que por arrebatar un sombrero, del toro embolado, hubo un asesinato.

   Ya se ve, diría el asesino: qué mas da matar a un hombre que un toro. Pobre Jovellanos, escribió inútilmente.

La del viernes 13 de noviembre recoge la editorial que el redactor tituló

FONDOS MUNICIPALES

   Dotar al fondo municipal de la ciudad, era una de las necesidades apremiantes que reclamaba la penosa situación del ayuntamiento; pero de este punto de partida a la ley que en 28 del pasado espidió el Ministerio de gobernación, hay una distancia tan grande, que ni el buen sentido ni la recta intención pueden sancionar.

   Antes que disponer del bolsillo de los vecinos, se debió proceder a formar el presupuesto de egresos, y solo en presencia de ese documento y para cubrir estrictamente los gastos indispensables, se debió pedir al público el deficiente que necesitaba la corporación municipal. Como en todas nuestras cosas, se ha comenzado por el último capítulo, y hoy no sabemos cuánto se exige de más a los contribuyentes, pues ignoramos el importe de los gastos.

   Por otra parte, no vemos la necesidad del recargo de impuestos en esta capital, en que sobreabundan las contribuciones directas e indirectas, sin que se invierta un solo peso en beneficio de la ciudad, siendo así que con justo título se podría reclamar el 20 ó 25 por 100 de lo que se recauda en la Aduana y las contribuciones directas.

   Los habitantes de la ciudad de México contribuyen con poco más de tres millones anuales a los gastos públicos, y de esa fuerte suma no portan ninguna utilidad. Contribuyen también con 600,000 pesos a los gastos de la ciudad; y cuando las circunstancias aciagas porque ha pasado reclamaban una mirada protectora de las autoridades, se espide una ley que desnivela la producción y esteriliza la producción y la industria.

   Como si no fuera bastante lo que ya sufren el comercio y la industria, se recarga el impuesto directo en un 33 por 100 á favor del municipio, y en un 20 para las obras del desagüe. Para promover la cultura, el bienestar, la comodidad y la civilización, casi se duplica la contribución de los carruajes particulares, sin que por esto se les garantice que sus vehículos no sufrirán averías á consecuencia del pésimo estado de las calles.

   El sistema de puertas, tan reprobado por el público porque es injusto y poco equitativo, se revive hoy á despecho del buen sentido, y pronto presentará la ciudad el espectáculo más triste y repugnante, merced á la alta sabiduría del Ministerio, que grave con la misma cuota la puerta de un tendejón de Santa Ana, San Sebastián, la Palma ó San Pablo, que la vinotería de Jesús, el Portal ó la calle de Plateros. Y como este impuesto se paga por el número de puertas que tenga la casa de comercio, el ornato y la belleza de la ciudad padecerán inmediatamente, porque los causantes se apresurarán á cerrar las puertas que la ley convierte en enemigos directos del dueño del establecimiento.

   ¿En qué base descansa ese impuesto? ¿el número de puertas supone acaso mayor capital, ó utilidades mas seguras? Un ejemplo demostrará lo absurdo de esta contribución y nos autorizará para pedir su derogación. Una tienda y vinotería en los Angeles tiene tres puertas y gira un capital de 500 pesos. Conforme á la ley, debe pagar doce pesos mensuales de contribución municipal; otra casa de comercio de los mismos efectos, situada en la calle del Refugio, con un capital de 25,000 pesos y con el mismo número de puertas que la de los Angeles, pagará la misma cuota, no obstante que tenga cuarenta y nueve veces mas capital. ¿Es esto equitativo? ¿Es siquiera racional?

   La pobreza de ideas del autor, ó los autores de la ley de dotación del fondo municipal se revela en toda ella. No hay un solo artículo que nos indique el talento de los que la confeccionaron. Tomaron las leyes anteriores, inclusive las del imperio, y sin cálculo, sin criterio, sin conocimientos, se pusieron a recargarle los impuestos anteriores, dejando en la ley todas las monstruosidades que se notaban en las que le precedieron.

   Las pulquerías, las fondas, las fábricas de cerveza, los juegos permitidos, las diversiones públicas, &c., &c., todo ha recibido el aumento consiguiente á la avidez. Algunos de esos impuestos como el de un peso mensual á los figones, y el de los teatros o diversiones públicas, deshonrarían al más estúpido conservador.

   El ayuntamiento, que debe velar por la instrucción y cultura del pueblo, que está obligado á fomentar los espectáculos de cierta y agradable distracción, va á hacer imposible la concurrencia de las clases pobres á los teatros, por el recargo de una contribución que no tiene razón para existir.

   Otras mil razones podríamos oponer todavía en contra de la ley de 28 de Noviembre, pero lo expuesto basta para que se persuada el soberano Congreso de los vicios de ese decreto. Los ciudadanos verían con gusto su derogación, que esperan de la sabiduría de sus legítimos representantes era dotar suficientemente al ayuntamiento, es bastante consignarle la contribución federal que se paga en la capital. Disponiendo el gobierno general de todos los productos de la ciudad, y convertidas sus rentas en rentas de la federación, el 25 por 100 que se paga de exceso es un verdadero atentado contra la propiedad, que solo podrá disculparse convirtiéndolo en arbitrios municipales.

   Mucho ha sufrido la sociedad; tiempo es ya de que se escuchen sus justas quejas. Toca á los representantes del pueblo remediar el mal que le indicamos.

   Sin otro propósito que conseguir una historia -que a ratos intenté hacerla como la quiere O ‘Gorman-. Erudita a veces, rigurosa y desalmada por momentos también, me dispongo a la suerte suprema, de lo cual solo nace mi incertidumbre de si saldré en hombros y por la puerta grande, o bajo una lluvia de cojines y denuestos.

   La lección con que terminamos estos apuntes, proviene del recordado Dr. Edmundo O´Gorman:

“Quiero una imprevisible historia como lo es el curso de nuestras mortales vidas; una historia susceptible de sorpresas y accidentes, de venturas y desventuras; una historia tejida de sucesos que así como acontecieron pudieron no acontecer; una historia sin la mortaja del esencialismo y liberada de la camisa de fuerza de una supuestamente necesaria causalidad; una historia sólo inteligible con el concurso de la luz de la imaginación; una historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria; una historia de atrevidos vuelos y siempre en vilo como nuestros amores; una historia espejo de las mudanzas, en la manera de ser del hombre, reflejo, pues, de la impronta de su libre albedrío para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete de un destino inexorable”.

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500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. EL SIGLO XIX MEXICANO. (XXI). FINAL DE AQUEL SIGLO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 TRANSITO TAURINO DEL XIX AL XX. NUEVAS ALTERNATIVAS.

   Para comprender la época que revisamos, la persona y oficio de Ponciano Díaz nos da la idea exacta de cuanto queda en las postrimerías del siglo XIX y cuál será el nuevo derrotero recién inaugurado para el tiempo, es decir, el anuncio de la llega del siglo XX.

   Ponciano Díaz Salinas, último reducto de las formas de torear a la mexicana; es el segundo americano en recibir la alternativa de matador de toros en Madrid (el primero fue el peruano Ángel Valdés El Maestro).[1] El hecho se registró el 17 de octubre de 1889 en la misma plaza madrileña, de manos de Salvador Sánchez Frascuelo ante Rafael Guerra Guerrita como testigo con toros del Duque de Veragua.

   Nacido en Atenco el 19 de noviembre de 1856 crece y se desarrolla en un ambiente propicio, ajustándose a los moldes de la expresión campirana en la que deja plasmado su aprendizaje como auténtico charro. Y se forma también bajo la sombra de José María Hernández El Toluqueño, de su padre, de sus tíos, nacidos en cuna atenqueña; y de Bernardo Gaviño, su maestro por algún tiempo, como lo confirman algunos corridos dedicados a Ponciano.

   Su quehacer taurómaco de formas que hoy nos parecerían extrañas dio a su figura enorme popularidad, traducida en una entrega idolátrica por parte del pueblo.

   En el plano técnico, impuso ciertas normas que alcanzaron una trascendencia especial. Cierto que buena parte de la prensa, convencida y sustentada por las formas de torear a la española -recientemente incorporadas en México, en 1887 y traídas por Luis Mazzantini, José Machío y Diego Prieto Cuatrodedos– trató que se alineara a esa corriente, cosa que no se llevó a la práctica totalmente, por lo cual continuó su camino sin ser influido por la usanza ya citada.

   De un gran arraigo popular le fueron dedicados infinidad de corridos y versos, como el de la muestra siguiente:

 Yo no quiero a Mazzantini

ni tampoco a Cuatro-dedos.

Yo al que quiero es a Ponciano

que es el rey de los toreros.[2]

    Marchas y zarzuelas también se dieron a conocer para poner a la altura musical al diestro mexicano.[3] Manilla y Posada, grabadores geniales lo burilaron en planchas y su figura se conoció por todo México. En muchas regiones el grito de ¡Ora Ponciano! fue la más clara manifestación de cómo exaltar la figura del toreo más popular a fines del siglo pasado.

   No sólo es su patria testigo permanente de 23 años de actuaciones conocidas (1876-1899). Estados Unidos, España, Portugal y Cuba también gozaron de la presencia de esta figura, mitad charro y mitad torero, cuyos bigotes son símbolo de genio y figura. Amo legítimo del metisaca, evolucionó también en la suerte del volapié. Coquetea con las formas de torear españolas pero se va a la tumba sin aceptarlas totalmente. Con su muerte ocurrida el 15 de abril de 1899 se cierra el capítulo único del torero que hizo acopio de las expresiones concebidas en el tránsito del siglo XIX, más mexicanas que españolas y que no llegaron al siglo XX que vemos correr frente a nosotros.

OTRA PROHIBICIÓN, DESAHOGO Y REFUGIO.

    El día 2 de noviembre de 1890 se arma tremenda bronca en la plaza de toros Colón donde se jugaron astados de Guanamé por Carlos Borrego Zocato y Vicente Ferrer. Fue tan malo el ganado y causó tal malestar que obligó a las autoridades a suspender las corridas de toros por cuatro años. Y como ya hemos visto, los incidentes de aquella tarde se desarrollaron en medio de actos violentos. Ponciano Díaz, por su cuenta, emprende una campaña taurina por todos los puntos de la república, encabezando su cuadrilla hispano-mexicana y aprovechando públicos marginados en información.

   La pléyade de toreros españoles en México nunca tuvo respuesta de intercambio, ni siquiera mínima en la península. ¿Qué toreros nuestros con mérito hubieran podido cruzar el charco si los alcances artísticos y técnicos eran despreciables? Por eso en nuestra nación abundaron diestros mexicanos y españoles que con verdades y mentiras sostuvieron una fiesta prácticamente desordenada de nuevo. Y aquella empresa de sólida estructura, la que mostraba el edificio del toreo moderno en adecuadas condiciones de operación, llegó a tambalearse peligrosamente en una oscilación cuya intensidad fue 1890-1894. Se antoja proponer a aquellos años como de “ensayos y pruebas” donde a partir de 1887 y hasta el año de 1907 -momento de la aparición del gran Rodolfo Gaona– se suceden situaciones que convergen y divergen en una marea sin descanso.

 LOS ULTIMOS PASOS O ESPLENDOR Y DERRUMBE DEL IDOLO.

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El gran ídolo Ponciano Díaz. Esta fotografía es genial en la medida en que nos representa a un torero con todo el carácter que se proyectaba en el pueblo. Fuente: “LA LIDIA. REVISTA GRÁFICA TAURINA”.

    Este torero mexicano –Ponciano Díaz-, el primero quizás que alcanza renombre nacional e internacional, supera y viola el feudalismo adoptado por otros diestros acostumbrados a servir de capitanes o gladiadores en los estados o lugares que les vieron nacer o en su defecto, a donde llegaron y se adaptaron favorablemente. Su expresión taurómaca es producto lógico de las formas preconcebidas por aquellos momentos de debilidad pedagógica y de singulares expresiones llenas de esa independencia que no logra hacer desaparecer pero sí desplazar patrones hispanos.

   En Ponciano Díaz cobró importancia un hecho: que desde el 14 de junio de 1885 y en El Huisachal haya comenzado a desplazar el “metisaca” por el volapié. Pero eso no lo era todo. De haber aceptado las normas entonces ya vigentes su situación hubiera sido distinta y al parecer recurrió a los chispazos, a los destellos y no a un esquema completo de funciones y posibilidades técnicas a la usanza española.

   Su vida profesional conocida es de aproximadamente 23 años. Se inicia en 1876 y concluye poco antes de su muerte, actuando en la plaza de sus triunfos, la plaza de toros “Bucareli”. Los resultados revelan un número increíble de actuaciones[4] que en todos esos años son realmente notables. Debe tomarse en cuenta que en los primeros años de su vida taurómaca la prensa casi no prestaba atención alguna a un espectáculo de tonalidades diversas: desordenada en consecuencia. Por otro lado, doscientas diecisiete actuaciones del atenqueño[5] se registran en una época donde desplazarse de un punto a otro significaba grandes inversiones de tiempo, esfuerzo y gran sacrificio, andar por caminos nada cómodos  eso, es un aspecto a destacar porque es entonces cuando debemos significar notablemente el papel jerárquico que jugó Ponciano Díaz para convertirse en la primera figura mexicana del toreo con niveles auténticos de importancia. En un “mandón”.[6]

   Ponciano -y hasta donde se puede contemplar- fué el único torero cuyos procederes lo ubican como un rebelde. Claro, el atenqueño es rebelde -a los ojos de los prohispanistas-, y en particular de Eduardo Noriega Trespicos. Este al principio, casi predicó en el desierto, pero luego fue respaldado entre otros, por los “falangistas”. En tanto ocurre un paréntesis con el viaje a España a mediados de 1889 y Ponciano recibe la alternativa.

   La prensa a su favor va perdiendo terreno, aunque combate en los precisos momentos de la recuperación de la actividad taurómaca en la capital del país, enfrentando la fuerza de los prohispanistas.

   ¿En qué consistió la doctrina que convence a seguidores acérrimos de Ponciano para rechazarlo? Pues precisamente en una campaña en la que la prensa acometió en críticas severas, lanzadas al tiempo en que Ponciano va a España a tomar la alternativa. En México, el imperio de la nueva expresión va ganando terreno y lo que el atenqueño ofrece, es un género que pronto será rechazado, por anacrónico. De esa manera, siguieron repitiéndose los ataques y: “Ponciano, sea usted hijo de su época”, “Ponciano, los baberos, esos baberos…”.[7] El 11 de noviembre de 1894 torea en Tacubaya con Marinero, Ecijano, Habanero, Camaleño y Basauri. Arguye Eduardo Noriega que Ponciano, investido de la alternativa cedida por el gran Frascuelo, se prestó a la farsa de “consolidarla” o confirmarla de manos del Marinero.

   En junio de 1897 torea Ponciano en Tlalpan. En agosto lo hace en Puebla, e incluso, justo en esa ocasión se filma la primera película taurina de que se tiene memoria. Los señores Churrich y Maulinie denominaron el trabajo fílmico como “Corrida entera de toros por la cuadrilla de Ponciano Díaz”.[8]

   Hablar del rescate de ese material es cosa más que imposible, pero sin duda viene a convertirse en un antecedente interesantísimo no sólo del cine nacional en su conjunto sino de una muestra clara del poder de atracción que ejercía la diversión popular de los toros en la época porfirista.

   Pero el 12 de diciembre del mismo año, y en Santiago Tianguistenco recibe el más serio aviso para retirarse de los toros cuanto antes. Tres toros de Atenco le tocan en suerte. Pero enfrentándose al segundo sufre un desmayo que por poco le ocasiona serios problemas, pues el toro arremetió contra él causándole sólo algunos golpes. Al reponerse prometió nunca más volver a los toros, aunque luego de varias revisiones se ha conocido una de esas historias que pasan por tradición y testimonio oral, en el sentido de que sí, efectivamente toreó alguna  otra corrida, sobre todo en Tenango del Valle y hacia 1898.[9]

   Para esas fechas lo encontramos derrotado ya por la campaña periodística fundamentalmente encabezada por Trespicos. Su madre, por entonces mermadísima de salud, murió el 24 de abril de 1898. La serie encadenada de fatalidades castigaba sin misericordia al ya olvidado diestro atenqueño, quien para atenuar las penas aceleró su fin bebiendo de forma tal que la muerte lo sorprendió el 15 de abril de 1899.

   Fue enterrado en el panteón del Tepeyac y le sobrevivieron sus hermanos Antonio, Mateo, José y Pascual.

   Ponciano Díaz el del jaripeo y las lazadas. Indiscutible, un gran dominador de aquellas tareas, pues tanto se familiarizó en el campo que acabó siendo un charro consumado.

   Ponciano Díaz en el toreo es el último reducto, depositario de los viejos y nuevos valores del toreo, estafeta que deja algo -lo anacrónico- para tomar un nuevo destino, destino que se llama toreo moderno a la usanza española. Sin embargo, el proceso de adaptación le va a causar serios tropiezos y en consecuencia la caída total. Ello debido en gran medida a que estando las nociones de aquel toreo tan fuertemente establecidas, Ponciano las acepta pero no las asimila del todo y es cuando recupera y pone en práctica los hechos del pasado, principalmente en provincia. Allí le verán hacer de las suyas. Sin embargo hay muestras de no querer verse desplazado.

Ponciano, que no daba duda, nació para torero, revela cada día más, una prodigiosa aptitud.

   Sin maestros, sin escuela, sin consejos y sin tener a quien imitar siquiera, hoy verifica la suprema suerte de matar recibiendo, como no lo hacen ni siquiera aguantando, los toreros que de España nos han llegado.[10]

    Y en fin, cuanto ha venido preocupándome es el sentido de si se españolizó como hizo lo suyo el gaditano Bernardo Gaviño mexicanizándose. Las consecuencias de toda esta revisión nos muestran el coqueteo de Ponciano con la nueva etapa. Estoqueaba bien y certero al volapié, desarrollaba faenas con estructura. Aquí una brevísima reseña:

(…)El toro llegó en muy buenas condiciones á la muerte: Ponciano, previa una lucida faena, se tiró con una aguantando y en su sitio, que resultó suprema es decir, de las que pocas veces se ven. El toro rodó como herido de un rayo.[11]

    Sin embargo no llegó a satisfacer el empleo absoluto de la forma española y acabó por darle a su expresión personal un toque recíproco entre su propio y nacional quehacer, y la moda puesta en vigor. Agregó a esto connotaciones extrañas, absurdas que acabaron por desaparecer primero con la campaña periodística en su contra y luego con el paso mismo del tiempo y la evolución.

   Ya lo decía Frascuelo:

Se ve claramente que en su vida ha visto torear. ¡Y es una lástima! Porque es valiente y de los buenos (…).[12]

    Todo esto ocurre cuando en México se supera una época restrictiva la cual hizo reflexionar a las nuevas generaciones del cambio que se daba en la fiesta, que aunque española de raíz, se insertó en el gusto de aquellas aficiones que también cambiaron de parecer y no concebían ya hechos del pasado. Por eso

La independencia de España supuso en algunos países latinoamericanos el final de las corridas de toros. Por reacción sentimental contra la metrópoli que las había impuesto, se prohibió un espectáculo que algunos patriotas consideraban como una bárbara, sanguinaria y anacrónica expresión, incompatible con los nuevos ideales”. Así, tanto en México como en el Perú, por ejemplo “los toros continuaron siendo la fiesta nacional por excelencia, aquella con la que el pueblo expresaba su regocijo en las grandes efemérides.[13]

    Claro, la independencia misma como deslinde de la influencia española no se significó como  el motivo principal del “final de las corridas de toros”. En todo caso, la evolución que los países latinoamericanos fueron adquiriendo en cuanto definición de su nuevo sistema, es el motivo principal puesto que se sabe de algunos que siguieron la línea centralista, otros la dictatorial y algunos más el de la federación.

   Ante la separación que se da con los movimientos libertarios en América -y concretamente en México-, aquellas generaciones van a formularse la seria pregunta de identidad: ¿qué somos ahora?

   Si hubo muestras de nacionalismo criollo, estas se depositaron en los hombres de esa época quienes, a su vez, presenciaron durante todo el siglo XIX: pugnas por el poder, luchas ideológicas, regímenes dictatoriales, centralistas y federalistas; monarquías, invasiones extranjeras y hasta el pronunciamiento de una “segunda independencia” (1867). En ese año se da la fractura del monopolio político, militar y en consecuencia, con las costumbres. En el fondo, el régimen de Juárez rompe con el viejo orden.

   Tres siglos coloniales dejaron huellas y arraigos muy marcados que fueron imposibles de eliminar. Y uno de ellos, las corridas de toros sufrieron el mismo año de la restauración de la República un grave atentado que las confinó a dos décadas de prohibición.

   Sí en cambio, sucedió una asimilación, misma que, a través de los tiempos ocasionó que el toreo en México además de manifestarse bajo unas formas sui géneris, de creación permanente y variable, mostró -permítasenos el término- un eclecticismo; es decir: cada corrida daba la impresión de realizarse como producto o resultado de otras, de la inventiva, de la improvisación -deliberada y no-. Esto es, un servirse de aquí y de allá para producir fiestas que eran distintas unas de las otras. Esto sucedió durante buena parte del pasado siglo, hasta que en 1887 ocurrió un reencuentro, un volver a mirarse España con México. De esa manera, una expresión nueva, moderna, comenzaba a dominar el panorama, a dejar en el pasado lo que ya no podía ser ni seguir siendo, y sólo era aprestarse, en consecuencia, a las líneas establecidas por los cambios que se van presentando como consecuencia de la evolución.

   De todo esto, Gaona parece resultar la figura afortunada de la fusión ya no solo de ese reencuentro, sino de los caracteres progresistas de un toreo que marcha por los caminos que comparte con José Gómez Ortega y Juan Belmonte fundamentalmente.

   Parece este un análisis que se resiste entrar a la polémica. Sin embargo, América y Europa demuestran ya aspectos de madurez en el sentido de los alcances propuestos por el arte de los toros. Pueden definirse especificidades, acerca de escuelas como la rondeña, sevillana o hasta mexicana, pero el toreo se identifica más plenamente con la proporción mayor; la de su propia universalidad.

   Pero no puede seguir esta apreciación si no se detiene a comprender el acontecimiento del domingo 8 de enero de 1888 ocurrido en la plaza Colón. Se lidiaron aquella ocasión toros españoles, tres de D. Pablo Benjumea y tres del Excmo. Marqués del Saltillo. Todos, estoqueados por Luis Mazzantini.

   Y la prensa del momento decía: “(en) Cuanto a la dirección de la plaza, ahora sí podemos decir que hemos visto una corrida de toros. ¡La primera que ha habido en nuestros redondeles! Nada de carreras, nada de desórdenes y desmanes, todo a su tiempo, cada uno en su puesto, los toros perfectamente lidiados, en fin. Lo repetimos, esta es la primera corrida que hemos visto; todo lo demás han sido herraderos intolerables. ¿Sería porque la gente quiso obedecerlo hoy más que en otras ocasiones? La razón no la sabemos, pero ya los aficionados pudieron apreciar lo que va de torear a hacer monerías y la diferencia que hay entre un herradero y una corrida de toros.”.[14]

   En todo este panorama se ha podido comprobar un síntoma ascendente cuya evolución se mostraba día con día. Quedaron atrás aquellas manifestaciones propias de algo así como quedar sin tutela o de la clara muestra por valorarse así mismos y a los demás con capacidad creativa como continuidad de la mexicanidad en su mejor expresión. En medio de ese ambiente surgió todo aquel incidente de 1867 del que hice amplio estudio, concluyendo en el carácter administrativo (que comentaré más adelante como parte de las Conclusiones). Veinte años no significaron ninguna pérdida, puesto que la provincia fue el recipiente o el crisol que fue forjando ese toreo, el cual habría de enfrentarse en 1887 con la nueva época impuesta por los españoles, quienes llegaron dispuestos al plan de reconquista (no desde un punto de vista violento, más bien propuesto por la razón).

   De ahí que el toreo como autenticidad nacional basada en aquellas cosas ya vistas, es desplazado definitivamente concediendo el terreno al concepto español que ganó adeptos en la prensa, por el público que dejó de ser público en la plaza para convertirse en aficionado, adoctrinado y con las ideas que bien podían congeniar con opiniones formales de españoles habituados al toreo de avanzada.

   Quedó atrás el siglo XIX y con el XX el ambiente taurino ya proyectaba toda esa luz propia de algo bien definido. Ninguna secuela quedaba de lo campirano; acaso se dio algún cartel constituido por novillada y jaripeo, como la efectuada el 8 de octubre de 1914. José Becerril y José Velasco fueron los charros en la ocasión en tanto que Rosendo Béjar fue el torero de a pie, jugándose ganado de Santín.[15]

   Buena parte de diestros españoles hicieron la América y Mazzantini continuó con sus campañas -hasta 1904- junto con Antonio Montes, Antonio Guerrero Guerrerito, Castor Jaureguibeitia Ibarra Cocherito de Bilbao, Manuel Mejías Bienvenida, Rafael Gómez Ortega Gallito, Rafael González Machaquito, Enrique Torres Bombita, Antonio Fuentes, Antonio Reverte. Junto a todos ellos, Arcadio Ramírez Reverte mexicano, Vicente Segura, y más tarde Rodolfo Gaona conformarán toda una época que consistió ya en un pleno y constituido caldo de cultivo del toreo moderno, que para aquel entonces vive su etapa primitiva. Esta se comporta -respecto a la lidia en sí- a base de lucimiento extremo con el capote (amplio repertorio de quites). La suerte de varas por entonces se practica sin peto o protección en el caballo, lo cual originaba auténticas matanzas y despanzurramiento de los cuacos. También, a la salida del toro, ya se encontraban en querencia y contraquerencia los picadores dispuestos a ejecutar la suerte. Así que la cantidad de puyazos era considerable, en medio de sangrientas escenas. Tras el tercio de banderillas, breve pero efectivo, llegaba la “hora de la verdad”, donde bajo escaso lucimiento del espada, mismo que sólo pasaba de muleta sin otra intención que la de igualar al toro y así poderlo estoquear, suerte ésta, en la cual recaía por entonces, buena parte del peso de una corrida en sí. Gracias al tiempo, el interés se ha ido reubicando y de lo realizado por capote, prácticamente ha sido depositado en la muleta con su respectiva ejecución de la espada. No existían los trofeos y dominaba más el carácter de arrebato personal producido o fabricado por cada torero. Plazas como la México de la Piedad, estrenada en 1899; o la del Toreo en la colonia Condesa (22 de septiembre de 1907-19 de mayo de 1946) daban lugar a un depurado ambiente torero, mismo que diversas tribunas del medio se encargaban de realzar en páginas y más páginas.

   Las nuevas alternativas sólo se disponían a su indicada explotación, por lo cual el destino del toreo en México tuvo por aquellos primeros años del siglo sus mejores momentos. El ganado lo había español y nacional ya cruzado de nuevo con el peninsular lo cual daba gran esplendor a la fiesta.

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Plaza de toros “Bucareli”. Fotografía que pudo haberse realizado pocos meses antes de que el coso fuera derribado en junio de 1899. Tomada de Revista de Revistas. El Semanario Nacional. Número monográfico dedicado a los toros. Año XXVII N° 1394. 7 de febrero de 1937.

CONTINUARÁ.


[1] Antonio Garland. Lima y el toreo, p. 106. Ángel Valdez se fue a España. Para que le reconocieran su condición de matador, después de muchas reticencias y prejuicios, tuvo que volver a recibir formalmente la alternativa. Lo hizo en la plaza de Madrid el 2 de septiembre de 1883, cuando tenía 45 años. Se enfrentó al toro “Cucharero”, un colorado marrajo y zorrastrón que apareció en la plaza como un huaico.

[2] Armando de María y Campos. Ponciano el torero con bigotes, p. 162.

[3] José Francisco Coello Ugalde. Ponciano Díaz torero del XIX (biografía), h. 52-4.

   El mundo de la música se acerca también a Ponciano Díaz, y en el año de la reanudación del espectáculo taurino -1887-, se estrena el juguete ¡Ora Ponciano! escrito por don Juan de Dios Peza y musicalizado por don Luis Arcaraz, donde

se aprovecha en él la fiebre que había en la capital por las corridas de toros y se glorificaba al ídolo taurino del momento: Ponciano Díaz. La piececilla gustó mucho y se repitió innumerables veces, hasta culminar con la aparición del propio matador en la escena durante dos o tres noches (Luis Reyes de la Maza. Circo, maroma y teatro, p. 274-5).

Por su parte Juan A. Mateos escribió en 1888 la zarzuela “Ponciano y Mazzantini” con música del maestro José Austri. Debido a la gran pasión despertada por estos dos espadas incluso

[varias] veces hubo que se llegó a las manos por dilucidar (sic) cuál de los diestros toreaba mejor.

   Los actores vistieron trajes de luces pertenecientes a los espadas y el Teatro Arbeu fue insuficiente para dar cabida a tanto número de espectadores llegando aquello al paroxismo total.

   A Mazzantini aquella idea de verse representado en un escenario le gustó y aceptó la sugerencia de presentarse como actor en el Teatro Nacional en una función de beneficencia a la que asistió don Porfirio Díaz. El buen éxito alcanzado animó al diestro a presentarse dos veces más en diferentes obras, y como el público le aplaudió más que a los otros actores, el matador seguramente creyó que era tan buen actor como buen torero (Op. cit., p. 277).

   Al ampliar esta información se sabe que entre el 25 y el 31 de diciembre de 1887, hubo un asunto que fue gran tema de conversación. Algunos aficionados llegaron al extremo de alquilar el Gran Teatro Nacional para arreglarlo de tal modo que pudieran darse en él algunas corridas de toros en las noches, toreando las cuadrillas de Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Hoy, esa especie provoca estruendosa carcajada, pero entonces se la acogió como verosímil y aun hubo quien hiciera proyectos de reventa de boletos. Ese notición fue publicado en el periódico taurómaco El Arte de la Lidia.

   El género chico ha sido considerado subliteratura, dice Aurelio de los Reyes. Justifica tal exposición con aquello de que

en el (Teatro) Principal habían seguido en auge las tandas de los Hermanos Guerra afortunados empresarios de zarzuela barata: su más rico filón se lo proporcionaban el episodio histórico-lírico CADIZ (…) No creo, a la verdad, que perjudique gran cosa la historia del arte, no deteniéndome más en tan exiguas novedades: por igual causa me contento con citar el estreno en el teatrillo Apolo, de Tacubaya, de la zarzuelilla de circunstancias “Casarse por la influenza”, el de un sainete titulado “La coronación de Ponciano”, en el (teatro) Arbeu, y en otro teatro de más inferior clase el del a propósito “La fiera de San Cosme”. (Aurelio de los Reyes. “Una lectura de diez obras del género chico mexicano del porfirismo”. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas. Boletín del IIE, No. 54. p. 132. En Reyes de la Maza, op. cit., p. 278 (…) En esos mismos meses se representa “La Gran Vía” (era una) zarzuela localista, (que) obligó a Isidoro Pastor -quien mandaba a un grupo zarzuelero- a añadir algunos diálogos de oportunidad en los que los españoles elogiaban sin reserva a Ponciano Díaz.

   Es preciso recordar que el día de la inauguración de la plaza “Bucareli” luego de que hizo su aparición don Joaquín de la Cantolla y Rico una niña encantadora (Josefa Romero) -toda de blanco vestida- coronó

a Ponciano con laureles y mirtos, mientras el diestro que estrenaba ropa morada y oro, aceptaba de rodilla las conmovedoras ofrendas. (Manuel Horta. Ponciano Díaz. Silueta de un torero de ayer, p. 277).

   En “Manicomio de cuerdos”, otra zarzuela, con letra de Eduardo Macedo y música del maestro José Austri se incluyen fragmentos de elogiosas dedicatorias a Ponciano Díaz. (María y Campos, op. cit., p. 198-9).

   La influencia musical tuvo gran peso y se sabe que en media república se tocaba una marcha titulada “¡Ahora, Ponciano!”, que recordaba la frase -exclamación- cuidadosa que el público hacía en las plazas, indicando al espada cuando podía entrar.

   Otro caso es el de una composición cómica titulada “¡Ahora Ponciano!” y dos musicales que tenían ese mismo título y el de “A los toros”. (Carlos Cuesta Baquero. Historia de la tauromaquia en el Distrito Federal, 1885-1905 T. II., p. 56).

[4] 651 según el último de los balances que se desprenden de la acuciosa revisión hecha a la prensa de la época (N. del A.).

[5] Op. cit., h. 121-137. En esta suma de actuaciones se incluye todo lo registrado en la prensa de aquel entonces y en lo que estuvo a la mano consultar. Las hay de 1876 a 1899 y se distribuyen en casi todo el territorio nacional, así como varias visitas al extranjero. Por ejemplo: 1884 Nueva Orleans; Madrid, Puerto de Santa María, Porto, Portugal, Villafranca se Xira, Sevilla en 1889. La Habana, Cuba también es visitada por el torero en diciembre de ese mismo año. Laredo, Texas, agosto de 1894. Este dato fue el que arrojó un primer balance, hecho en los momentos en que esta tesis fue concluida. Es decir, en 1996. (N. del. A.).

[6] Guillermo H. Cantú. Manolo Martínez, un demonio de pasión, p. 87-93.

LOS MANDONES EN LA HISTORIA.

   Una rápida mirada a la tauromaquia en los últimos cien años nos da idea de lo poco numerosos que han sido los mandones en la fiesta. Durante la postrer década del siglo pasado solo sobresalen dos cabezas: Ponciano Díaz en México y Rafael Guerra “Guerrita” en España. Ambos toreros juegan en solitario, sin pareja, sin rival permanente, invadiendo terrenos y ganando batallas hasta quedarse solos mientras el boomerang de su propia dictadura se vuelve contra ellos. El primero fue sacado con lujo de fuerza. Su éxito le había proporcionado medios económicos para construir su propia plaza en la capital mexicana: la de Bucareli. Ahí se había instalado para vivir en compañía de su venerada madre y en ese mismo templo de su magisterio recibe, sin estar en casa, a la furibunda turbamulta, que acude vengativa a cobrar los “agravios”. La tromba humana, vigorizada por la gota que derramó el vaso, arremetió sin gobierno, destruyendo todo lo que encontró a su paso.

   En tiempos mejores se decía que en México había tres indiscutibles. La Virgen de Guadalupe, Ponciano Díaz y los curados de Apan. No faltaron el aficionado que mantuviera prendida una veladora ante la imagen del Charro de Atenco, ni los que apedreaban a los “agachupinados” que se atrevían a elogiar a Luis Mazzantini, el elegante diestro importado de la época.

   Mismo destino de terminación abrupta sufriría Rafael Guerra en España cuando” “Tras desnudarse, con lágrimas en los ojos, dijo: no me voy, me echan”. Las carreras de ambos toreros finalizan en 1899. Ponciano descansa para siempre en el mes de abril [de 1899] y El Guerra se retira a la vida privada en octubre del mismo año, junto con el siglo XIX. A ninguno de los dos lo sacó otro torero sino los anticipos de la muerte, el tedio o la volubilidad de los aficionados. Es curioso, pero ninguno de los mandones de la fiesta ha sido movido de su pedestal por otro torero, como veremos más adelante.

   No se puede ser mandón sin ser figura. No es mandón el que manda a veces, el que lo hace en una o dos ocasiones, de vez en cuando, sino aquel que siempre puede imponer las condiciones, no importa con quién o dónde se presente.

   Ser mandón tiene mucho que ver con el carácter del individuo, con su estructura psicológica, su fuerza natural, sus maneras de enfrentar al mundo y con su capacidad para conjugar a su favor las necesidades internas del hombre cara a la presión del ambiente externo. El mandón es dueño de la determinación de hacer valer su voluntad por sobre todas las cosas, sin importarle el costo, es decir el esfuerzo que eso requiera. Puede sostenerse firme en su atalaya psicológica porque, al contrario de los demás, esto refuerza el andamiaje básico de su personalidad.

   En la fiesta han habido muy pocos mandones y bastante menos los que han podido aquí y allá. Por un tiempo mayor a dos temporadas ninguno. Es muy difícil mantenerse en el mando. El toreo es de machos, de hombres valientes, de ejercicio continuo de la voluntad, de control de las emociones, de dominio del miedo, de seguridad interior, de aguante. En esta profesión, nadie se deja… si puede. Por eso, ser mandón se da muy pero muy ocasionalmente. Exige una concentración agotadora, demanda olvidarse casi de todo lo demás. Pocos han estado dispuestos a pagar el precio. Por eso, llegar a ser un mandón resulta poco menos que inaccesible.

[7] El Noticioso del 16 de octubre de 1894, Nº 155. LOS PICADORES: Los baberos, Ponciano, los baberos. No sea vd. terco,  afean  al  picador, esa  es  una  de  tantas malas reliquias dejadas por Gaviño, sea vd. hijo de su época, ame el progreso y rompa con la tradición ó ¿no le servirá a vd. de nada su viaje a Europa? Dice vd. que quiere dar gusto a la afición ¿pues porqué conserva esos inmundos cueros que a nadie le gustan, que todos critican y que hacen que se juzgue á vd. un hombre rutinario incapaz de todo progreso?

[8] Paco Ignacio Taibo I. Los toros en el cine mexicano, p. 8. (Prólogo de Julio Téllez). Fueron los señores Enrique Maulinie y Churrich, franceses radicados en México, quienes iniciaron la producción de películas mexicanas en la ciudad de Puebla, siendo Corrida entera de toros por la cuadrilla de Ponciano Díaz la primera película filmada en México, misma que fue exhibida en Puebla, en agosto de 1897.

[9] Coello, op. cit., h. 133. Efectivamente, el testimonio oral es del Sr. Benjamín Gómez Reza. Aunque todavía el 6 de marzo de 1899 se efectúa una encerrona en la plaza de Bucareli ofrecida por Ponciano Díaz a su ahijado Carlos Moreno, apenas un mes y días antes de su muerte sucedida el 15 de abril siguiente.

[10] El Monosabio, Nº 5 del 14 de enero de 1888, p. 2.

[11] El Monosabio, Nº ? del 3 de noviembre de 1888.

[12] Pedro de Cervantes. Diez lustros de tauromaquia, p. 90.

[13] Revista FANAL, vol. XXI, No. 77, 1966. Perú.

[14] Cuesta Baquero, op. cit., p. 147-9. En aquella tarde se lidiaron seis toros españoles -tres de la ganadería de D. Pablo Benjumea y tres de la del Excelentísimo Marqués del Saltillo. Todos fueron estoqueados por Mazzantini.

   Hubo dos incidentes en esta corrida: Ramón López estuvo a punto de sufrir una cornada al caer delante de uno de los toros del Saltillo, libertándose gracias a la oportunidad con que estuvo al quite Mazzantini. Este le brindó la muerte del quinto toro al espada Ponciano Díaz, que estaba de espectador en una lumbrera. El torero indígena bajó al redondel, después de que arrastraron al toro, y le dio al matador un abrazo que puede considerarse como falsa demostración pública de una amistad que no sentía. Por cortesía únicamente hizo esta efusiva manifestación, pero con hechos, con actos hostiles, anteriores y posteriores a ella, la desmintió.

   Ponciano había comenzado la lucha en contra de Mazzantini, desde antes que éste llegara al país. La construcción de la plaza de toros que estaba próxima a terminar (la de Bucareli), no tenía otro fin que ser escenario de sus aviesas intenciones. Igual era el de un periódico ilustrado con caricaturas, que vio la luz pública quince días antes que el espada guipuzcoano toreara la primera corrida.

   Se llamó El Mono Sabio la publicación en apoyo al de Atenco, y salió el primer número el sábado 26 de noviembre. Aparecía como editor y propietario el Sr. D. Telésforo Cabrera, hermano del Lic. D. Daniel, que redactaba el Hijo del Ahuizote, periódico político, también ilustrado con caricaturas. Ambos periódicos eran satíricos y el de toros estaba escrito por el mismo Licenciado y D. Alberto del Frago, redactor de El Diario de los Debates, publicación dedicada a dar a saber los asuntos discutidos en la Cámara de Diputados.

[15] Artes de México Nº 90/91, p. 141.

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ATRACTIVOS FESTEJOS TAURINOS DE CARNAVAL EN 1852.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DECIMONÓNICAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

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Carteles organizados para celebrar el “Carnaval”, tanto el domingo 22, como el martes 24 de febrero de 1852, en la plaza de toros del Paseo Nuevo y en la Principal de San Pablo. Col. del autor.

   Por aquel entonces, los días previos al inicio de la cuaresma, provocaban un detonante que generaba la celebración de grandes ocasiones, antes de pasar por el periodo de austeridad cuyo trasfondo era cumplir –una vez más-, con el significado etimológico del término mismo: “abandonar la carne”, las tentaciones.

   En ese sentido, quienes organizaban los espectáculos taurinos, no tuvieron empacho, por lo menos en aquel 1852, de organizar, tanto en la plaza del Paseo Nuevo como en la de San Pablo, festejos que representaran la ocasión de acercarse, al menos en lo que a puesta en escena se refiere, a ese dispendio convocado por el que era un cumplimiento riguroso implantado desde la visión de la iglesia católica.

   Por lo tanto, en ambos casos, se hizo el anuncio de cuatro festejos cuya carga de fascinación se deja ver en la lectura misma de los carteles que salieron publicados en la prensa de la época, y que ilustran estas notas.

   En la plaza de toros del Paseo Nuevo, la publicidad daba a conocer que, para el domingo 22, se realizaría la primera función de Carnaval, en la que participaba la cuadrilla de Bernardo Gaviño lidiando toros de Atenco. Dos días después, en idénticas circunstancias, volvió a presentarse el diestro portorrealeño, enfrentando toros de la misma procedencia, sin que demeritaran para el caso, ni el torete embolado, ni los toros para el coleadero. En esos casos, quienes habrían de intervenir, como integrantes de la cuadrilla, usaban las imprescindibles máscaras, que era ese complemento cuyo efecto ocultaba la presencia de personajes harto conocidos, pero que en esos precisos momentos, cumplían con el propósito de concretar una puesta en escena rigurosa, en apego a la costumbre establecida. No faltaron tampoco los “enanos, hombres gordos, y otros en zancos” que, como se saben enfrentaban al “toro embolado”.

   En el caso de la plaza principal de San Pablo, y en las mismas fechas, el asunto cobró otra dimensión, pues no conformes con el solo festejo taurino, que por sí solo cubría los niveles de entretenimiento, el asentista o empresario anunciaba que “Cuando el segundo toro del combate hubiere pasado a mejor vida, se aparecerá en el circo una caravana de GIGANTES, ENANOS, PATOS GRANDES Y UNA PATERA para ejecutar con el toro embolado varios lances de la tauromaquia… Habrá además dos toros para el COLEADERO. Terminando la existencia del toro cuarto de la lid, saldrán a la plaza DOS GUAJOLOTES Y UN PAVO REAL DE GRAN TAMAÑO a jugar con otro valiente toro embolado”.

   Allí comparecieron dos figuras representativas del toreo aborigen. Me refiero tanto a Andrés Chávez como a Pablo Mendoza, quienes después de haber intervenido dejaban lugar a un vistoso “BAILE DE MÁSCARA [el que] ciertamente agradará, ya por la variedad de trajes y pasos danzantes, como por los armoniosos grupos que han de presentarse… [luego saldrán] LOS HOMBRES GORDOS DE ORIENTE montados en burros para picar y banderillar a un toro valiente que al efecto se embolará”. Y desde luego se acentuaba el hecho de que “…no dejarán los lidiadores y demás individuos que trabajan en el circo de presentar otros objetos que hagan reír mucho a la apreciable concurrencia. Todo ciudadano que guste entrar de máscara puede hacerlo, con cuyo motivo se aumentará la distracción”.

   Y también, el GRAN TEATRO DE SANTA-ANNA fue espacio para aquel desahogo festivo la tarde del 23 de febrero, según lo anuncia el cartel:

   Lunes 23 de febrero. Última función en la presente temporada.

   “Queriendo la empresa dar a los señores que concurran a este teatro por las tardes, una prueba del placer que tiene en complacerlos, así como también satisfacer los deseos de muchas personas que no pudieron obtener localidades el miércoles último, ha organizado para la tarde de hoy, una escogida función, que guardará el orden siguiente:

1° La orquesta, considerablemente aumentada, tocará la preciosa obertura de LA SIRENA.

2° El divertido sainete, titulado CALDEREROS Y VECINDAD.

3° La graciocísima comedia en un acto y en verso, original del distinguido literato español D. Manuel Bretón de los Herreros, su título: LA PONCHADA.

4° y último. Terminará el espectáculo con el gracioso juguete cómico en un acto, denominado: EL ALCALDE TOREADOR, O LA FIESTA DE TOROS. En el que, cuando su argumento lo pica, se presentará

¡¡¡UN FAMOSO TORO DE GUATIMAPÉ!!!

   No podemos menos que tributar las más expresivas gracias a nuestro amigo el Sr. D. Javier Heras, quien a la menor insinuación nuestra nos ha proporcionado un arrogante toro de Guatimapé y LA ACREDITADA CUADRILLA DE LA PLAZA DE SAN PABLO [seguramente Andrés Chávez y Pablo Mendoza]. Con el objeto de hacer más agradable y ameno el espectáculo, se permitirá a los señores aficionados que gusten entrar a lidiar el toro, que lo verifiquen presentándose en traje de máscara.

   NOTA.-Para que el público esté con toda seguridad y pueda gozar de la diversión de la pieza, se ha mandado construir una red bastante fuerte, con la cual se cerrará la embocadura del escenario.

   Sin embargo de los grandes gastos que se eroguen para esta función.-Las pagas serán las de costumbre.

   ¡Vaya celebración!

   Todo esto ocurría en el breve lapso de tres días, y las funciones eran muy bien recibidas por los habitantes de la entonces ciudad de México, que tendrían enormes dificultades para elegir el mejor cartel, o ir un día a la del Paseo Nuevo (cuyo empresario era en esa época Vicente Pozo) y el otro a la de San Pablo (que, como ya pudimos saber, Javier Heras llevaba las riendas de ese coso) o viceversa, pero sin faltar, si así fuese el caso, a la función que el empresario del Gran Teatro de Santa-Anna ofrecía como el complemento a todo ese banquete de suculentas funciones, y donde los toros se convertían en el principal atractivo durante una época en la que ambas plazas presentaban una tarde sí y otra también espectáculos con elevada razón de entretenimiento.

   Uno de aquellos asistentes, el señor José Manuel Lebrija, tuvo a bien comentar que “…la corrida de ayer [en el Paseo Nuevo] fue muy buena, pero como el público a la vez de ignorante imprudente, hicieron meter el 5º toro porque no le entraba a la pica, que para los de a pie hubiera sido asombroso; según lo que ví fueron (…) nomás como 14 caballos”.

   Del mismo modo, la prensa tampoco dejó el asunto en un segundo términos y en una pequeña columna publicada en El Monitor Republicano, D.F., del 23 de febrero de 1852, p. 2 apuntaban:

TOROS.-Los de la plaza del Paseo estuvieron muy buenos, así por la excelencia de los bichos y la destreza de la cuadrilla de Bernardo, como por lo numeroso y escogido de la concurrencia. La empresa destinó varios toros para los aficionados, entre los cuales había algunos sumamente diestros, mientras a otros les ponía en grande aprieto la fiereza de los toros, dando con ello un agradable rato a los concurrentes.

   Todo lo anterior demanda que sea la imaginación quien mejor nos ayude para entender el desbordamiento de la fiesta en una de sus máximas expresiones: el carnaval.

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LA CIUDAD DE MÉXICO A LOS OJOS DE LOS SEÑORES BULLOCK EN1823.  

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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Donde hoy día se encuentra el asta bandera, por aquellos tiempos del XIX, estaba la “Plaza Nacional de Toros”.

   William Bullock padre e hijo eran ingleses establecidos en Liverpool y más tarde en Londres. William hijo heredó el gusto artístico de su padre por lo que pronto se definió como diseñador, fabricante y coleccionista.

   Con los años fue un afortunado promotor de cultura y en su “Sala Egipcia” en la céntrica calle de Piccadilly presentó exposiciones como “La carroza de viaje de Napoleón Bonaparte”, “Los hallazgos egipcios de Belzoni” y “Los lapones y su cultura”.

   Una desahogada posición económica y prósperos negocios, lo llevaron a emprender en el otoño de 1822, el que fue su viaje más ambicioso, siendo México el nuevo estado-nación, sitio escogido para tal aventura. Lo que sabría sobre el nuevo país era que se trataba de una tierra con inmenso potencial económico, misma que recientemente se había emancipado de la corona española y de la cual, gracias a posibles lecturas de la obra de otro viajero universal, Alexander Von Humboldt, se haya creado el escenario que lo movió a tomar tal decisión.

   La admiración que causaba y sigue causando la ciudad de México a propios y extraños, tuvo motivos para que dos viajeros extranjeros realizaran, en 1823 un hermoso y cautivante trabajo interpretativo, consistente en un “Panorama” de la ciudad de México, vista que obtuvieron luego de establecerse en la parte elevada de Catedral, quizá a espaldas de la “Trinidad”, desde donde tuvieron una contemplación privilegiada, impecable del centro de la ciudad, la Plaza Mayor y sus principales alrededores, mismos que quedaron plasmados en aquel paisaje citadino. Se trata de un retrato perfecto, donde el trazo, la perspectiva y demás circunstancias propias de un dibujo con estas características, se requería para los propósitos con que fue concebido.

   Destaca en dicha obra la visión panorámica de ese espacio que seguimos conociendo como “Zócalo”. Pero llama la atención de que justo donde hoy día se encuentra el asta bandera, estuvo instalada una plaza de toros, mejor conocida como “Plaza Nacional de Toros”, que funcionó por lo menos entre los años de 1821 y 1826.

   Padre e hijo salieron en diciembre de 1822, zarpando en el puerto de Portsmouth. Para enero de 1823 llegaron al puerto de Veracruz. Los siguientes seis meses fueron destinados a reconocer buena parte del territorio nacional y en particular la ciudad de México. William hijo mientras tanto, iba recogiendo apuntes que acentuaban con toda seguridad su capacidad de asombro ante aquellos nuevos paisajes y sus pobladores. También ambos recolectaron una gran cantidad de muestras de fauna natural, artefactos indígenas y elementos arqueológicos que hoy día se encuentran en el Museo Británico.

   Esa primera etapa se puede conocer en su libro Six Months Residence and Travels in Mexico, Londres, John Murray, 1824.

   Entre otras actividades, fue en un lapso de tiempo muy corto en que concibieron el que más tarde sería llamada la “Pintura panorámica de la Soberbia Ciudad de México y su paisaje circundante”. Y es que por aquellos días se respiraba en el ambiente un extraño aroma de incertidumbre. Fueron jornadas en que aún se escuchaban los rumores entre el que fue “Plan de Casa Mata” y las fiestas que, con motivo de la Jura de Agustín de Iturbide este fue elevado al centro como Agustín I, conmemoraciones que no solo se concentraron en la ciudad de México, sino en otras partes del territorio nacional, habiéndose celebrado entre otras actividades, 16 festejos taurinos, mismas que debieron desarrollarse en una versión anterior a la plaza que los Bullock ilustraron en su PANORAMA a partir de mayo de 1823, cuando el monumento a Carlos IV ya había sido retirado de su lugar.

   En el texto imprescindible de Michael Costeloe: “EL PANORAMA DE MÉXICO DE BULLOCK / BURFORD, 1823-1864: HISTORIA DE UNA PINTURA”,[1] el autor describe en la forma más clara la definición de un PANORAMA, como sigue:

    Un panorama era una pintura muy grande, descrita sucintamente por Comment como “una representación circular continua colgada de las paredes de una rotonda construida expresamente para exhibirla”. Estas “representaciones” de colores brillantes, pintadas al óleo y luego barnizadas, algunas sobre varios miles de metros cuadrados de lienzo, ilustraban una variedad de acontecimientos célebres, como la batalla de Waterloo, paisajes espectaculares, como las cataratas del Niágara, y, sobre todo, ciudades de Europa, Asia y América, como Londres, París, Atenas, Nueva York, Jerusalén y El Cairo, por mencionar sólo una pequeña muestra. Originados a finales del siglo XVIII en Edimburgo, donde el pintor local Robert Barker tuvo la idea de hacer una pintura panorámica de su ciudad, los panoramas se volvieron sumamente populares en Gran Bretaña, Europa y Estados Unidos. Ofrecían al público que pagaba por verlos una forma única de entretenimiento educativo, pues el espectador conocía las maravillas de lugares lejanos, como Río de Janeiro, al tiempo que se asombraba por la aparente realidad de las escenas que presenciaba. Para exhibir los panoramas, descritos por Segre como “lienzos ilusionistas de paisajes naturales y ciudades”, se desplegaban todo tipo de artefactos de iluminación y perspectiva, que generaban tal sensación de realismo que los visitantes a menudo abandonaban el edificio convencidos de que habían visto “la mejor representación de una ciudad jamás lograda por el genio humano”.

    Durante la estancia ya conocida de los Bullock entre enero y agosto en nuestro país, estando en la capital del mismo al parecer obtuvieron permiso del gobierno mexicano para instalar sus herramientas de trabajo en la azotea de Catedral, sitio desde el que realizaron un interesante boceto que habiendo cubierto los 360°, incluyó todos los alrededores.

   En 1846 el PANORAMA volvió a exhibirse en Londres, cuando el interés británico por el país se renovó fuertemente, al estallar la guerra entre México y Estados Unidos

   Montar y desmontar plazas fue un denominador común por aquellos años, por lo menos antes de 1833, en que se reinaugura la plaza de San Pablo, de la que por alguna razón existen confusiones en términos de fechas y algunos datos, de los que me ocuparé más adelante. Normalmente se utilizaba madera y material de fijación para las mismas. Al concluir los festejos programados, el edificio se desmantelaba. Para su nueva erección, era necesaria la convocatoria de una nueva temporada o serie de corridas, el proyecto presentado por el o los asentistas, la participación de un arquitecto constructor y el permiso correspondiente del Ayuntamiento. Dicha plaza, según se puede concluir, estuvo en dicho sitio, un poco aquí, o un poco más allá, entre 1821 y 1825, siendo sucedánea de la de San Pablo, incendiada intencionalmente en 1821. Todo parece indicar, además, que este espacio fue utilizado, entre otros festejos para dar paso a las fiestas de la Jura de Agustín I, entre diciembre de 1822 y febrero de 1823.

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El “Panorama” completo.

La Plaza Nacional de Toros, en una curiosa representación, hacia 1824.

Fuente: “México y los grabadores europeos”. México, Artes de México, Nº 166, año XX, 1975. 92 pp. Ils., grabs., retrs., p. 60-61.

   De la exposición VIAJEROS EUROPEOS DEL SIGLO XIX EN MÉXICO, que fue montada en el Palacio de Iturbide en 1998, retomo unos apuntes personales que dicen:

   Esta es la Plaza de “la Constitución”, nombre que adquirió a partir de la constitución de Cádiz de 1812. Comparémosla ahora con esta magnífica recreación, para una plaza de toros que sí existió en este mismo sitio, visión realizada por Dante Escalante a partir de una retrospectiva de los ingleses William Bullock y Robert Burford, y que se remonta a un día cualquiera entre los años de 1822 a 1825. Para ver mejor el espectáculo nos colocamos desde un buen sitio, digamos Catedral, al pie de una de sus monumentales torres.

   Luego de admirar el imponente espectáculo, tenemos en primer término la Plaza Nacional de Toros, inaugurada hacia 1822, que sucedió temporalmente a la Real Plaza de toros de san Pablo, que se incendió en abril de 1821.

   En esta plaza se realizó un festejo el 15 de agosto de 1824 en el que participaron, muy probablemente los hermanos Luis, Sóstenes y José María Avila, figuras que por aquel entonces destacaban en la fiesta, entendiéndoselas con toros de Atenco. La corrida fue en honor de Nicolás Bravo.

   ¿Y con respecto a la plaza?

   Desde luego que entre los años en que se levantó, el diseño debe haber variado, conservándose para los efectos de funcionamiento todo aquello relacionado con los espacios destinados a corrales, destazadero, si es que lo hubo al interior) y otras dependencias propias de un coso taurino.

   Por cuanto se puede apreciar, sus dimensiones, entre las barreras y la doble hilera de palcos, debe haber tenido capacidad para unas 4 mil personas (quizá un poco más). Es un edificio circular, forrado en su parte externa, con una puerta por la cual entraban y salían lo mismo peatones que algunos carruajes o birloches. Era una plaza toda ella de madera, al centro del ruedo se aprecia una columna o “mongibelo”,[2] quizá rematada por una pieza esférica (¿la representación del mundo?) que servía para efectuar alguna puesta en escena, de conformidad al programa con el que, por esos días coincidió la presencia de los Bullock, padre e hijo.


[1] Michael Costeloe: “EL PANORAMA DE MÉXICO DE BULLOCK / BURFORD, 1823-1864: HISTORIA DE UNA PINTURA”. México, Colegio de México. En Historia Mexicana, 2010, Tomo LIX, N° 4 (pp. 1205-1245).

[2] Alusión de fuerte influencia literaria, predominante sobre todo a partir del siglo XVII, la cual se refiere al Monte Etna. La deformación en el habla, o posiblemente en su escritura, poco a poco fueron transformándola en “Mongibelo”, conservando en alguna medida su fuerte carga de raíz latina.

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¿ES EL TOREO TORTURA O MALTRATO ANIMAL?

EDITORIAL. 

SELECCIÓN DE: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Se ha publicado en el excelente portal “Taurología.com” (http://www.taurologia.com/), una colaboración que es de suyo, relevante sobre todo en estos tiempos de deliberada confusión. Su director, el reconocido periodista Antonio Petit Caro, quien cuenta con un ojo selectivo muy claro, incluye en dicha página electrónica la visión de un notable académico español, Antonio Arenas, una opinión que proviene de estudios científicos y no de la epidérmica discusión que brota en improvisados encuentros de “banqueta”. En correspondencia con la excelente labor que ha realizado “Taurología.com”, hago mías estas notas que desde luego, serán de enorme utilidad para disuadir la débil reflexión que existe en torno al debate sobre si el toreo es tortura o maltrato animal.

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La respuesta de un reconocido experto: ¿Es el toreo tortura o maltrato animal? Un experto reconocido, Antonio Arenas, catedrático de la Universidad de Córdoba y Académico de la Real de Veterinaria de España, ha realizado un análisis detallado de la cuestión, con el propósito de arrojar alguna luz a aquellas personas que no tienen claro el porqué del toro bravo. Para ello, acude el autor “a argumentos objetivos, ya que los subjetivos, como su propio nombre indica, pertenecen al modo de pensar o de sentir de cada sujeto y me merecen el mayor respeto, los comparta o no. Pero son sólo eso, sentimientos muy personales”.

Actualizado 1° de febrero de 2017.

Antonio Arenas, Catedrático de la Universidad de Córdoba, Académico de la Real Academia de Ciencias Veterinarias de España.[1]

   Aprovechando la actualidad de la sentencia del Tribunal Constitucional que anula la ley catalana que prohibía las corridas de toros, ya que considera que la norma invade competencias del Estado en materia de Cultura, me he animado a desgranar algunas consideraciones técnicas al respecto de la tauromaquia y de los toros.

   Con ello, en absoluto es mi propósito intentar reafirmar la afición en los incondicionales taurinos ni convencer a aquellos que abominan la fiesta nacional; sé que sería un esfuerzo inútil. Pretendo, más bien, arrojar alguna luz a aquellas personas que no tienen claro el porqué del toro bravo. Para ello, he procurado siempre utilizar argumentos objetivos, ya que los subjetivos, como su propio nombre indica, pertenecen al modo de pensar o de sentir de cada sujeto y me merecen el mayor respeto, los comparta o no. Pero son sólo eso, sentimientos muy personales.

   Básicamente, las corrientes antitaurinas basan sus argumentos en que el toreo es tortura y maltrato animal.

   Pero, el toreo en sí es una actividad física, tanto del hombre como de la res bovina, aprovechando la agresividad innata de ésta. Se trata, pues, de una actividad parecida a la que se pueda realizar montando a caballo, haciendo trineo con perros o haciendo trabajar a los animales de tiro (caballos, bueyes…). No hay tortura ni maltrato en estas actividades, como tampoco podemos considerar maltratar a una res el hecho de torearla o correrla.

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   El problema se suscita cuando, durante la lidia, se usan utensilios tendentes a herir físicamente al animal con objeto de estimularlo o para que pierda fuerza y poder así someterlo. No debe escandalizarnos hablar de sometimiento, ya que todos los animales domésticos –y el toro bravo lo es- son sometidos a la voluntad o el interés del hombre: educamos al perro o al gato, domamos al caballo, ordeñamos las vacas u ovejas…

   Sentada esta base de que el toreo sin herir a la res no es tortura o maltrato, podríamos preguntarnos ¿es tortura o maltrato el toreo cuando se hiere al animal?

   Es necesario aclarar aquí que a la res bovina, durante la lidia, no se le hiere por placer o de manera indiscriminada. Existen dos situaciones en las que se hiere a los animales de lidia: en el tentadero y en la corrida. En el tentadero de eralas (becerras de dos años de edad) se las hace entrar al caballo de picar varias veces hiriéndolas con una pequeña puya que solamente pincha su piel sin alcanzar tejidos más profundos, por lo que apenas sangran. Se trata de una compleja evaluación de su comportamiento en el caballo para poder valorar su bravura y sólo se hace una vez en su vida. El tentadero es la base de la selección genética de la raza bovina de lidia.

   La raza de lidia es de las pocas que el hombre ha seleccionado atendiendo a sus características comportamentales y no estéticas o productivas. Precisamente, el comportamiento es uno de los aspectos más difíciles de fijar en la selección genética. Podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que esta raza es todo un prodigio genético conseguido por los ganaderos españoles durante cientos de años para un fin concreto: crear un animal fiero pero capaz de embestir con nobleza para lograr una estética muy particular, que podrá gustar o no, pero que es única.

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   La otra situación en las que se hiere a los animales de lidia es en la corrida (básicamente toros y utreros), siendo tres las fases de la lidia en las que se usan utensilios para quebrantar al toro. La primera es la suerte o tercio de vara, donde se utiliza la puya, la segunda es la suerte de banderillas y la tercera es la suerte suprema, donde se emplea el estoque para dar muerte al toro.

   Técnicamente es necesario herir al toro con la puya para quebrantarlo y ahormar su embestida, y por supuesto no se hace para hacer daño al toro por el gusto de verlo sufrir como algunos arguyen. El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (RAE) define la palabra quebrantar como “Disminuir las fuerzas o el brío; suavizar o templar el exceso de algo”. En este caso el toro es llevado al caballo para que suavice su embestida y pueda ser toreado con más temple, lo que dota al toreo de mayor belleza artística. Un toro sin picar suele ser mucho más bronco en la embestida, cabecea más y lleva la cara más alta, dificultando la lidia. No obstante, esta suerte está muy vigilada y legislada, comprobando la autoridad las dimensiones de la puya, el peso de los caballos, el número de varas a que se somete un toro, etc.

   Tal vez esta suerte debería ser revisada a la luz de la genética actual del toro, ya que la bravura alcanzada hoy día hace que los animales se fijen y empleen más profundamente en el caballo (gracias a la selección genética que apuntábamos) entregándose más, lo que va en detrimento de las siguientes suertes. Además, debería regularse el lugar anatómico en el que se coloca la puya, debiendo realizarse preferiblemente sobre el morrillo, que es donde menos daño hace y donde mejor se ahorma la posición del cuello y cara durante la embestida. Estos aspectos deberían ser debatidos técnicamente con mayor profundidad.

   Por su parte, las banderillas tenían como función técnica la de excitar la bravura de los toros tras salir del caballo y antes de la faena de muleta, especialmente en los inicios de la fiesta cuando la casta del ganado de lidia era bastante exigua. Hoy día tienen como objetivo el lucimiento artístico por lo que, si la suerte no se hace bien, sería preferible obviarla, evitando un sufrimiento innecesario del animal.

Es recurrente la pregunta de si el toro sufre o no durante la lidia. La respuesta es que sí. En una lidia sin herir, existe un cierto sufrimiento psicológico, como ocurre cuando sometemos o contrariamos a cualquier otra especie animal, incluida la humana. En la lidia del toro con picadores, es innegable que existe dolor, aunque la descarga de adrenalina hace que este alcance unos niveles casi inapreciables para el toro. Algo parecido ocurre al contrario, cuando, en el fragor de la lidia, el torero apenas se duele de una cogida. La gran mayoría de los toros indultados en la plaza se recuperan fácilmente y no se aprecian en ellos secuelas físicas o psicológicas, manteniendo luego comportamientos totalmente normales.

   Finalmente, la suerte suprema, la muerte del toro en la plaza, es consustancial a la tradición española desde antes del siglo XII. Este aspecto es uno de los que más molesta a los abolicionistas, que abominan la muerte del animal. Pero es necesario detallar aquí que todos los toros, se lidien o no, son siempre sacrificados. Se habla de que en Portugal no se mata al toro, pero también se hace, apuntillándolo en los corrales.

   ¿El toreo es tortura?

   Debemos echar mano de nuevo del diccionario de la RAE para encontrar la definición de tortura; en él, se la define como el “Grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo”. Como vemos, utiliza el pronombre indefinido alguien, que se refiere a personas; no obstante, podríamos aplicarlo también a los animales. Pero deducimos que la lidia no es tortura, ya que no se trata de causar dolor para así dar castigo al animal por algo malo que haya hecho. Bien al contrario, cuando se hiere al animal durante su lidia, o es con fines de selección genética y por tanto zootécnica, o es para conseguir ahormar la embestida de un animal poderoso y poder expresar así un arte apreciado por multitud de personas y personalidades de las artes, de las letras y de las ciencias a través de los tiempos. Otras personas, en cambio, no ven aquí arte. Es cuestión de sensibilidades.

   Por su parte, la Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal, en sus artículos 173 y siguientes que tratan sobre “las torturas y otros delitos contra la integridad moral” tampoco contempla a los animales como objeto de tortura.

   Al toro se le hiere durante la lidia, pero no para causarle dolor, sino por motivos que tienen un fin concreto y sujetos a estrictas normas legales. Por estas razones estimamos que el toreo no puede considerarse tortura.

   ¿Es el toreo maltrato animal?

   Recurrimos otra vez al diccionario de la RAE, donde la palabra maltrato aparece definida como “Tratar mal a alguien de palabra u obra”. Una vez más utiliza el pronombre alguien, pero apliquémoslo a los animales.

   ¿Realmente tratamos mal a las reses de lidia? Definitivamente no, más bien todo lo contrario. La cría de las reses de lidia es una de las más naturales que se efectúan en las especies domésticas, habitualmente en parajes de gran valor medioambiental. Se respetan con pulcritud la etología, la alimentación, la genética, la sanidad y todo el manejo natural que se realiza.

   Por ejemplo, en una explotación de vacas de leche, estas son inseminadas artificialmente en el celo y ordeñadas hasta unos dos meses antes del parto; los terneritos suelen separarse de la madre nada más nacer y son criados con leche en polvo adecuada. Tras tres a seis meses (depende del tipo de destete), pasa a los corrales de transición y cebo hasta que alcanzan el peso de venta con unos 14 meses. Durante todo este tiempo, madre y ternero son tratados con todo mimo y cuidado, cumpliendo todas las normas de bienestar y sanidad animal.

   Lo mismo ocurre con las reses de lidia, sólo que los lotes de vacas son apartadas con un semental durante el periodo de cría y los becerros se destetan de sus madres de manera natural a los 7 u 8 meses de vida. Luego pasan a los cerrados con animales de su mismo sexo y edad. Las hembras son tentadas con unos dos años y si no demuestran nobleza y bravura son cebadas y sacrificadas humanitariamente en un matadero; en caso contrario son dejadas como vacas nodrizas hasta que mueren de viejas. Mientras, los machos son separados en corridas con unos 3 años de edad (utreros) y suelen ser toreados con 4 o 5 años (toros). Creemos interesante reseñar que sólo mueren en la plaza alrededor de un 10 por ciento de la ganadería; el resto o mueren en el campo de manera natural o son sacrificados en el matadero.

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   La cría y manejo del toro de lidia, desde que nace hasta que sale por los chiqueros de la plaza, puede ser considerada como el paradigma del bienestar animal.

Pero es que en un encierro o en una capea donde los animales corren libremente en un circuito campando por sus respetos y dando rienda suelta a sus instintos y donde en absoluto son heridos, tampoco hay maltrato.

   Además, durante el traslado, los camiones y las condiciones del viaje y alojamiento deben cumplir la estricta normativa europea de bienestar animal, siendo esto comprobado y vigilado por los servicios veterinarios autorizados y por la autoridad gubernativa y policial. Todo está absolutamente legislado en materia de bienestar y sanidad animal hasta la muerte del toro.

No debe escandalizarnos la matanza o sacrificio de los animales. El Homo sapiens, como especie, tiene todo el derecho del mundo a matar otras especies para su interés, como lo hacen el gato, el león, el lince o el águila. Nosotros, en vez de matar, empleamos el eufemismo sacrificio, porque se hace de la manera más humanitaria posible. La matanza de animales está enormemente reglamentada en todos los países civilizados, cumpliendo todos los estándares que garanticen una muerte digna.

   Teniendo todo esto en cuenta, podríamos considerar maltrato no la lidia o el toreo en sí, sino cuando se hiere al animal durante la lidia, siendo especialmente desagradable para algunas personas cuando el toro muere en la plaza. Pero es que la otra opción es morir humanitariamente apuntillado.

   Aquí me permito una licencia subjetiva… ¿es una muerte digna para un toro bravo morir apuntillado en un matadero? Precisamente creemos que la muerte en la plaza es lo que más se merece (lo más digno) un animal que ha sido altamente seleccionado y criado expresamente para pelear y defender su vida en una plaza de toros ante un torero, creando así un profundo sentimiento (para muchos, artístico, aunque para otros no lo sea). La muerte de un imponente toro bravo apuntillado en un corral o en un matadero sí que nos resulta una muerte indigna para él, ya que cercenamos su razón de ser. A otras personas, por el contrario, les resulta abominable la muerte del toro en la plaza. Como ya hemos comentado es cuestión de sensibilidades.

   Como también es cuestión de sensibilidades el aborto o ‘sacrificio’ de embriones humanos; o la eutanasia o ‘sacrificio’ de personas terminales. A unas personas su sensibilidad les lleva a tomar una posición y a otras les lleva a la contraria.

   Dice Francis Wolff,[2] catedrático de Filosofía en la Universidad de París: “Sólo hay un argumento contra las corridas de toros y no es verdaderamente un argumento. Se llama sensibilidad… La sensibilidad no es un argumento y sin embargo es la razón más fuerte que se puede oponer contra las corridas de toros… pero ¿la sensibilidad de unos puede bastar para condenar la sensibilidad de otros?”.[3]


[1] Disponible en internet febrero 11, 2017 en:

http://www.taurologia.com/respuesta-reconocido-experto-toreo-tortura–4492.htm

1Francis Wolff. 2010. 50 razones para defender la corrida de toros. Ed.: Campo Bravo SL. Madrid. pp 9-10.

[3] Fuente: http://www.portaltaurino.net/enciclopedia/doku.php/veterinarios.

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