Archivo mensual: noviembre 2015

LOS TOROS y LA “UNESCO”.

EDITORIAL. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

(…) No: la fiesta de toros nada tiene que ver con la monótona esclavitud de la masa uniformada. Tiene, sí, sus cánones inmutables para el vestido y la actitud, para la acción y para el gesto. Pero esas reglas son tan majestuosamente severas y tan suntuosamente libres como lo es la liturgia: rito en el que se funden armoniosamente lo colectivo y lo individual, el pueblo y la persona, sin mengua de ninguno y, por lo contrario, en rica unidad de expresión que transfigura al individuo y ennoblece al conjunto.

   Todo, en los toros, es exaltación de la persona. Un hombre –el hombre- se enfrenta a una fiera sobre la arena de las hazañas. Un hombre que va a defender su vida y su dignidad de las acometidas del instinto y de la muerte; pero –condición esencial de nuestra hispana fiesta- esa defensa no ha de ser ni un vulgar escapa, ni una escaramuza hábil. Ha de ser una defensa preñada de un exacto sentido del rigor de la regla y de la dignidad de la belleza; una defensa en la que no sólo se salva el bienestar de la piel y la integridad del cuerpo, sino en la que esa fisiología rescatada sirva de peana al salto triunfal del espíritu. Porque en la fiesta de toros no aceptamos la seguridad sin belleza, la habilidad sin arrojo, la vida sin verdad. Y no lo admitimos, porque la fiesta de toros es la fiesta del hombre; y creemos que el hombre que se resigna a dejar la belleza y el valor y la verdad a cambio de la hábil tranquilidad o del escamoteo sin riesgo, ha dejado de ser hombre.

   Precisamente si nosotros glorificamos a nuestros toreros hasta extremos que pueden parecer exagerados a la observación extraña; si hacemos de ellos figuras cuajadas de gloria y abrumadas de renombre no es sólo porque nuestros toreros sean valientes, bizarros y fotogénicos. Es por otra cosa más alta: porque en ellos encuentra un símbolo de la certera visión de nuestros pueblos. Y así, el torero es símbolo de verdad porque su gracia y su arte han sido probados en el lindero mismo de los cuernos que hieren; símbolo de lucha, porque el torero triunfa cada tarde sobre todas las acechanzas de la bestia –esa misma bestia que en el pecho de cada hombre libra a todas horas la batalla que sólo acaba con la muerte-; símbolo de exaltación personal, porque en el torero lo que vence no es su destreza manual o la agilidad de sus piernas –meros instrumentos de más alta victoria-, sino que son el afán de belleza, de creación y del propio cumplimiento los que ganan la ruda pelea. Es, en fin, el torero, símbolo del espíritu que humilla a la materia; de la razón de derrota al instinto; del pensamiento que sojuzga y rinde el embate de lo irracional; ¡grande orgullo de nuestros pueblos el poder tener y el poder vivir cada tarde en las plazas de toros esta luminosa y vigorizante representación del drama del hombre!

   Vigorizante, sí, porque en cada minuto de la corrida de toros se aprende esa lección del más sabio y más humano valor: para conquistarlo todo, hay que estar dispuesto a dejarlo todo. Para alcanzar lo que no se tiene, hay que estar listo a arrojar en cada instante lo que se tiene. Para conquistar la vida, hay que saber mirar la muerte. Ni son posibles las componendas entre la vida y la muerte, porque de ello no nace sino algo que no es ni una cosa ni otra –la agonía-, ni puede haber acuerdo alguno entre la bestia y el hombre porque la componenda iguala al nivel del inferior. Y así, la bestia no alcanzará la razón del hombre y en cambio el hombre se nivela al ras del apetito y del instinto.

   Y son entonces los toros una de las más bellas manifestaciones de uno de los mejores rasgos de nuestra raza: su amor a la claridad, a la precisión, a la definición. Su repugnancia por la confusión; por todo lo que es turbio y diluído. Sol y sombra; bronca y ovación; hombre y bestia; espíritu y materia; vida y muerte. Tales son los términos entre los que se planta la fiesta de toros. Y la existencia toda de nuestros pueblos, tan ajena a la gris uniformidad de la masa y a la niebla de la componenda.

SINAFO_28127

Instituto Nacional de Antropología e Historia, Sistema Nacional de Fototecas. Carlos Septién García. Catálogo: SINAFO-28127.

   Luego de haber leído estas espléndidas notas, que ni por mucho alcanzaría a concebir este servidor, lo único que queda es justificar en toda su magnitud al autor de las mismas. Y es que no puede ser otros que Carlos Septién García, “El Tío Carlos”, autor de memorables crónicas y escritos, sabedor de que tener una pluma en ristre era para desplegar un caudal de conocimientos y virtudes ligadas a un personaje cuyo bagaje cultural y universal era basto.[1] Combinado ese privilegio con su buen hacer y decir, es que don Carlos, puede decirse, se adelantó a su tiempo, y al traer hasta aquí un texto publicado en 1947, parece llegar en unos momentos donde se necesita aliento y razón para justificar lo profundo en toda esa suma de significados que posee la tauromaquia, justo cuando personajes como Jordi Savall, que además de estar convertido en ciudadano del mundo, aprecia como un luchador desde la trinchera musical confesando que “Desde hace décadas me dedico a hacer tomar conciencia a través de la música. Es el único camino que nos queda. Soy consciente también de que la gente, cada día, vive sus conflictos. Guerra, desempleo, desahucios, no poder acceder a según qué estudios”.

Jordi Savall

Jordi Savall. Disponible en internet, noviembre 30, 2015 en: https://www.google.com.mx/search?q=jordi+savall,+todas+las+ma%C3%B1anas+del+mundo&espv=2&biw=1920&bih=949&site=webhp&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwiYiJWo_LjJAhVG7WMKHTPUDEoQ_AUIBygC#imgrc=ENIAFiMFQfRzNM%3A

   Y luego va más allá este genial intérprete catalán de las músicas antiguas al señalar que “Vivimos en una espiral dentro de un mundo cada vez más tecnológico y globalizado. Los centros de poder se alejan cada vez más del alcance del ser humano y de lo esencial nadie se ocupa. Durante años, pensamos que la democracia era el mejor de nuestros sistemas. Pero cuando las estructuras económicas superar al poder político, todo eso se debilita. ¿Quién manda en Europa? Esa pregunta late en movimientos como el 15-M, la Grecia que ha elegida a Syriza o el independentismo catalán. La gente toma conciencia para intentar volver a sujetar las riendas. La distancia se agranda, la brecha entre ricos y pobres también, y quien decide nuestros destinos no es aquel interesado en el bienestar general. Necesitamos un nuevo humanismo. Devolver al hombre al centro de la preocupación”.

   Volver al “centro de la preocupación” que no es otra cosa que un despreciado origen de las cosas, ese de donde partimos como seres humanos y hacia dónde vamos. Pero no se puede tener una visión clara del presente si no nos preguntamos en qué medida hemos sido capaces de ser lo que somos si antes no entendemos que esa formación tomó siglos de preparación en donde cohabitaron conflictos de toda índole, cruce de culturas y que hasta nuestros días siguen generando conflictos, muchos de ellos tan profundos que sólo pueden entenderse en fenómenos tan fuertes como los inmigrantes, por ejemplo.

   Por todas estas razones, donde pluma y pensamiento de un Carlos Septién García hoy recuperado aquí, gracias a uno de sus textos esenciales, que junto a la visión real de ese gran intérprete, como lo es el director de Hespèrion XXI, la Capella Reial de Catalunya o Le Concert des Nations hacen que lo anterior se convierta en una bocanada de aire fresco, un recordatorio entre la convivencia habida entre el pasado y la realidad del presente. Sin ambos elementos es posible que se pierdan de vista una serie de valores indispensables en un momento que no solo tiene que ver con la defensa, legítima o no de ese espectáculo que acumula diversas representaciones rituales, sino también de los riesgos que implican los dictados que esa modernidad impone, pues como reafirmaba –y de nuevo Jordi Savall-: “Hay algo que no debemos olvidar. Dentro del mundo globalizado es importante conservar raíces. La lengua, la identidad. No va en contra de nadie. Hablamos de la organización, de la gestión de tu herencia cultural”,[2] y eso creo es lo que hacemos hoy día los taurinos, reforzados por “armas cargadas de futuro”, como el genial escrito del “Tío Carlos”, tal cual lo expresaba Gabriel Celaya en ese verso universal salido de su profunda inspiración.

30 de noviembre de 2015.


[1] SEPTIÉN GARCÍA, Carlos (seud. “El Tío Carlos – El Quinto”): CRÓNICAS DE TOROS. Dibujos de Carlos León. México, Editorial Jus, 1948. 398 p. Ils., p. 329-331.

[2] El País Semanal, N° 2044, domingo 29 de noviembre de 2015,  p. 28-32. Entrevista realizada por Jesús Ruiz Mantilla al músico e intérprete de música antigua, de origen catalán pero ante todo, universal.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo EDITORIALES 2015

SILVERIO PÉREZ y “TANGUITO”, SIN EUFEMISMOS. (III).

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Uno de los primeros testimonios de que dispongo, es la crónica escrita por Pedro de Cervantes y de los Ríos, en La Lidia. Revista gráfica taurina, N° 11, del 5 de febrero de 1943. Aquí tienen ustedes el texto:

????????????????????????????

????????????????????????????

   Ahora, realicemos la segunda lectura, la que va al fondo del asunto, para entender a detalle lo que el autor de Diez Lustros de Tauromaquia, así como de La oreja de oro, novela de este autor de origen español, llegó a escribir en torno al hecho de nuestro análisis. Don Pedro, a lo que parece, decidió establecerse en México desde finales de la segunda década del siglo XX y hasta su muerte, de cuya circunstancia no tengo por ahora ninguna noticia.

   Sin distraerme en el quehacer de “Armillita”, que triunfó con “Clarinero” y donde Antonio Velázquez quedó apabullado por las hazañas de sus alternantes, voy al meollo del asunto. Dice Cervantes y de los Ríos sobre Silverio:

   Los miles de aficionados que concurrimos al último festejo en el coso de la Condesa, no salimos defraudados; al contrario, jubilosos y emocionados, pues presenciamos una vez más las grandes proezas del maestro de Saltillo y constatamos el genio del texcocano, que cuando se inspira ante los bureles nos deleita con su arte supremo que se antoja una quimera, porque escapa a la realidad, como una cosa increíble, quedando en nuestra imaginación por días, semanas y meses el recuerdo de lo realizado por este torero sin igual.

   Esto fue la corrida del domingo pasado: Maestría, Genialidad y Valor. Inolvidable será esta función por lo rica en matices grandiosos que nos deslumbraron, sobre todo cuando el Papa Silverio se recreaba y nos recreaba con su arte tan hondo y tan suyo.

   ¡Vaya manera de torear con capote y muleta!

   ¡Señores, es que no se puede pedir más!

   La plaza entera trepidaba en un frenesí de entusiasmo y yo, que no podía aplaudir porque escribía mis notas, pude apreciar mejor ese arrebatamiento de las masas cuando, ebrias de gozo y entusiasmo, gritaban a voz en cuello ¡Torero! ¡Torero!

   Antes que analizar el suceso, conviene revisar la opinión del cronista, quien destaca la actitud multitudinaria que desquiciada, respondía ante aquel prodigio, el que Silverio “formó” en el quinto de la tarde, hasta el punto del arrebato. El de Texcoco era ya, en esos momentos, un torero que había conseguido llegar a las fibras más sensibles del gusto popular, si para ello ya contaba en su haber con varias faenas anteriores a esta, tan notables. Sin embargo, quedaron superadas por lo realizado el 31 de enero de 1943, hasta convertir aquello en la cumbre del que para entonces era todavía un corto camino, al que vendrían a sumarse tantas y tantas faenas más, inscritas bajo el sello de lo “mexicano”.

   Con su primero,

prendió el entusiasmo con unos lances al natural prodigiosos y siguió en ese mismo plan arrollador instrumentando un monumental quite por chicuelinas, lentas, majestuosas, inenarrables. Con la ballesta dobló al buró cerca de las tablas y, cambiando después de terreno, ejecutó derechazos por alto y por abajo, que no pueden merecer otro adjetivo sino el de cumbres. Después de esto, también le vemos el terno manchado de sangre. Continuó su trasteo con pases llenos de emotividad y torerismo, para terminar con dos pinchazos y un sartenazo que surtió sus efectos mortales.

   Es decir, que con “Bullanguero” habría sido suficiente para salir de la plaza en olor de santidad, a pesar del incordio de la espada. Sin embargo, por las notas aquí expuestas, se puede entender que lo hecho por Silverio fue un auténtico prodigio, el cual superó cuando salió el quinto de la tarde y que se llamó “Tanguito”. Veamos.

   En su segundo, de nombre Tanguito, no pudo acomodarse con el percal y nada le vimos a excepción de una sola verónica, la primera. Y viene lo grande: Silverio, con el refajo en la diestra mano, vuelve a caldear los tendidos, pero esta vez para ponerlos al rojo blanco con unos muletazos de asombro, pases de maravilla, a cámara lenta, interminables, soberbios. En la arena se ven toda clase de prendas de vestir, la plaza entera cruje en delirantes espasmos. En esos momentos Silverio se tiró a matar dejando el alfanje tendencioso, por lo que tuvo que descabellar acertando al primer empujón. Los tendidos se nublaron al bullir los pañuelos y en medio de aquel frenesí se le concede la oreja y el rabo del bicho, cuyo cadáver también merece el honor de la vuelta al anillo y otra vez vemos salir al ganadero en compañía de los tres matadores.

   Hasta aquí las notas de don Pedro de Cervantes. A 72 años vista, intentar un ejercicio donde se busca que trascienda la imparcialidad es harto complicado, pues es y será solo a través de estas notas, las que iremos encontrando de aquí en adelante, las que nos permitan comprender la dimensión del suceso que ya lo decía al principio del presente ensayo, se convirtió en un parteaguas. Conforme nos vamos dando cuenta de la realidad, aquello también fue un paradigma. Sin embargo, es obligación del historiador encontrar una nueva interpretación de aquel capítulo y entender los hechos del pasado a la luz del presente, con objeto de reencontrarnos con eso que “todo aficionado” suele convertir en referencia. Pero también en lugar común, con riesgo de que se contamine de ese velo con el que suelen magnificarse asuntos en los que por esa presencia indeseable, se pierde la esencia de una verdad sin más. Por eso es que lo de Silverio y “Tanguito” merecen atención aparte.

   El recuento de Cervantes queda reducido a una emotiva circunstancia de conjunto sobre la que fue labor del de Texcoco, sin ir más allá de anotar lo destacado, que no fue mucho con el capote, pero sí con la muleta, de lo cual apenas tenemos ese párrafo esencial y de conjunto sobre su faena muleteril. ¡Así habrá sido!, pues a pesar del remate inesperado del pinchazo y un descabello, la obra fue merecedora de lo que entonces estipulaba el reglamento en vigor: Oreja y rabo… ¡Casi nada!

   En esa historia de lo inmediato, de pronto uno queda limitado a dar sus primeras impresiones, pero conforme los hechos se diluyen en el siguiente episodio, que es la historia a distancia, uno dimensiona la realidad en su exacta condición, con lo que de ese primera impresión apenas fue posible que Cervantes hilvanara tan emocionados testimonios, sin alcanzar a comprender que se construía una caja de resonancia la cual y hasta hoy, sigue retumbando.

CONTINUARÁ.

Deja un comentario

Archivado bajo FIGURAS, FIGURITAS Y FIGURONES

DESPEDIDA DE MANUEL HERMOSILLA.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   Manuel Hermosilla se despidió de la afición mexicana el 9 de abril de 1905 (aunque el retiro definitivo ocurriría hasta el 26 de junio de 1910 con toros de D. Rafael Surga), hecho que ocurrió en la plaza de toros “Chapultepec”. Había nacido en Sanlúcar de Barrameda el 14 de enero de 1844, y vino a nuestro país en 1868, justo en los días que estaba vigente la prohibición impuesta a las corridas de toros en la capital del país, desde finales de diciembre de 1867. Algunas de sus primeras incursiones sucedieron en Veracruz, al lado de José Ponce. Al reanudarse la actividad taurina, esto a partir de 1887, Hermosilla toreó con bastante frecuencia y consistencia en diversos ruedos de nuestra república. Llegó el momento en que, a los 61 años de su edad, firma el contrato postrero, enviando a través de los carteles el siguiente mensaje:

   El matador de toros Manuel Hermosilla, que mató su primer toro en la República Mexicana el año de 1868, con el matador de toros José Ponce, al decidirse abandonar por completo su peligrosa carrera, y teniendo con el público mexicano una gran deuda, la de las francas muestras de simpatía, no ha reparado que su despedida sea para este inteligente público.

   Al mismo tiempo hace constar su agradecimiento a todos sus compañeros quienes se han prestado incondicionalmente a tomar parte en su corrida de beneficio y despedida, sin fijarse en detalles que pudieran ser calificados. Hace extensivo su mayor agradecimiento a la prensa de la capital que tan galante se ha mostrado con él. Si el cartel que ha dispuesto para esta su última corrida en México, es del agrado de los aficionados llevará un recuerdo más de gratitud de este galante público”.

MANUEL HERMOSILLA.

Manuel Hermosilla (1)

Esta imagen remonta a Manuel Hermosilla, que con poco más de veinte años ya toreaba por la Habana, y luego en México.

   Aquella ocasión, además del beneficiado, hicieron el paseíllo Juan Antonio Cervera “El Cordobés” y Antonio Ortiz “Morito” que lidiaron 6 bravos y hermosos toros de la acreditada ganadería de La Gavia. Y entre la grey de matadores que por aquel entonces se encontraban en nuestro país, los hubo que se prestaron voluntariamente a banderillar los seis toros de dicha corrida, en obsequio a su compañero Hermosilla. Los diestros a que me refiero aparecen indicados en el cartel, como sigue: Diego Rodríguez “Silverio Chico”, José Romero “Frascuelillo” y Manuel Lavín “Esparterito”. Incluso, Sebastián Rodríguez “Silverio Grande” hizo las veces de puntillero. El director del cambio de suertes fue en esa ocasión Manuel Díaz Lavi “Habanero”. Es decir, que en buena medida ese cartel se integró sólo por españoles, sin olvidar a los picadores: José Calleja, Juan Preciado, Francisco Reyna “Utrera”, José A. Camacho “Larguini” y Manuel Sánchez.

   Entre las publicaciones taurinas que dedicaron espacio a este acontecimiento, se encuentra “La Fiesta Nacional” (año II, Barcelona, 24 de junio de 1905, N° 65). Firmada por Manuel E. Icaza que firmaba con el seudónimo “Festivo” (debo recordar, como lo hice en su momento, que Manuel era el hermano mayor de Alfonso de Icaza quien, con el tiempo se convertiría en periodista así como en coeditor de El Redondel. El periódico de los domingos. Por cierto, Alfonso, firmaba sus colaboraciones como “Ojo”).

Retomando el tema, “Festivo” y de entrada, hace un severo juicio del ganado, que fue de “La Gavia”, auténticos bueyes, mansos perdidos y de horrible estampa. Para su confirmación, los invito a leer la interesante crónica:

CRÓNICA DESPEDIDA HERMOSILLA1

Este es el Manuel Hermosilla con seis décadas a cuestas.

Material consultado en el portal de la Biblioteca Nacional de España.

DESPEDIDA M. HERMOSILLA_09.04.1905

Detalle del postrero cartel…

Deja un comentario

Archivado bajo CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO.

SILVERIO PÉREZ y “TANGUITO”, SIN EUFEMISMOS. (EL SEGUNDO).

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Hablemos primero de Pastejé.

   Según las notas que la prensa registró por aquella época, es porque nos dan un testimonio lo suficientemente claro y sencillo sobre el origen y desarrollo de esta emblemática ganadería, misma que comenzó a formarse en 1937, cuando D. Eduardo Iturbide compra a Antonio Algara la vacada que este ya había formado en el estado de Guanajuato. Algara tuvo a bien integrar aquella ganadería con vacas de San Nicolás Peralta y sementales de “La Punta”, procedencia española. Esto en 1924. Para 1929, el propio Algara tiene trato con los señores Barbabosa, a quienes compra sesenta becerras y dos toros de San Diego de los Padres, venidos de la rama del Marqués del Saltillo, desechando a su vez el antiguo pie. Para 1935, se traslada todo el ganado de la hacienda de Jalpa a la hacienda de Pastejé, muy cerca de Ixtlahuaca, en el estado de México, por lo que desde esos tiempos los toros que fueron criados allí se lidiaron con el nuevo nombre, y ya bajo la propiedad del inteligente criador de reses bravas, don Eduardo N. Iturbide. Todavía para él fue claro que, con el propósito de garantizar la buena casta, adquirió ciento veinte vacas más de San Diego de los Padres. En 1937, y tras un viaje que emprendió Antonio Algara a España, este adquirió cinco utreros destinados a sementales, tentados y retentados por el señor Algara de la afamada vacada de doña Carmen de Federico, antes Murube.

   El 18 de octubre de 1942, don Eduardo envió al “Toreo” de la Condesa una novillada ejemplar, la cual dio un juego excepcional que puede constatarse por vía de las siguientes imágenes:

FLOR DE JARA...

“Flor de Jara” se llamó este bravísimo ejemplar, que dio grandes tumbos a los varilargueros.

   Faltaban pues, pocas semanas para que sucediera el famoso capítulo del que es motivo la presente serie…

   Entre los sementales que llegaron en 1937 (hay quien apunta que tal arribo sucede en 1939), estaba “Barquillero” que fue muerto tras una pelea sostenida con “Tanganito”, padre de “Tanguito” y “Clarinero”.

BARQUILLERO y TANGANITO...

   Lamentablemente, y hasta donde ha sido posible, no he podido obtener ni la tira de mano, ni el programa, ni tampoco fotografías de los toros que fueron bautizados con los siguientes nombres:

1° ANDALUZ, N° 15

2° RONDADOR, N° 44

3° BULLANGUERO, N° 17

4° CLARINERO, N° 10

5° TANGUITO, N° 14

6° JARETO, N° 19

Sobre el juego que demostraron en el ruedo, existe por fortuna un comentario, el que “El Resucitado”, colaborador en La Lidia. Revista gráfica taurina, publicó en su número 11, del 5 de febrero de 1943:

????????????????????????????

   Por cierto, he aquí las virtudes que “El Resucitado” encontró en “Tanguito”:

????????????????????????????

   Entendemos hasta aquí, que lo excepcional de aquel encierro, catapulta la fama de una ganadería que sostuvo en esos términos y durante muchos años su cartel, hasta el punto de que en su momento, el célebre torero Carlos Arruza la adquiere al comprársela a don Luis Barroso Barona, esto entre 1953 y 1961.

INTERIOR CASCO PASTEJÉ

Imagen tomada del libro de Agustín Linares: EL TORO DE LIDIA EN MÉXICO. Prólogo de Renato Leduc. México, Talleres “Offset Vilar”, 1953. 258 p. Ils., retrs. fots., p. 121.

He aquí el hierro quemador y los colores de la célebre ganadería de Pastejé:

HIERRO y DIVISA PASTEJÉ

CONTINUARÁ.

Deja un comentario

Archivado bajo FIGURAS, FIGURITAS Y FIGURONES

UNA CORRIDA A BENEFICIO EN PLENA PROHIBICIÓN…

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

AHTM_24RF1_984

Cartel para el domingo 30 de noviembre de 1919, celebrado en la plaza de toros “El Toreo” de la Condesa, con motivo de la Beneficencia organizada por la “Junta Española de Covadonga”. Lo curioso del documento es que, se trata de una corrida efectuada durante el periodo de prohibición impuesto por Venustiano Carranza, que va de 1916 a 1920.

Colección: del autor.

   Curiosa circunstancia si, como ya lo he planteado, eran los días en que las corridas de toros estaban suprimidas en la ciudad de México. ¿Acaso sería que la “Junta Española de Covadonga” intercedió con alguna autoridad para permitir el desarrollo de aquel festejo? ¿Acaso el “ruido” que estaba ocasionando Ernesto Pastor por aquellos días, y por tanto, imposible dejar pasar un día más sin apreciar sus hazañas? El hecho es que a pesar de las circunstancias aquí apuntadas, se celebró con “bombo y platillo” la corrida en que fueron lidiados aquellos toros que pertenecieron en su momento a D. Ignacio de la Torre y Mier, yerno de don Porfirio Díaz, y luego perseguido, ya fuese por su orientación sexual, ya por el hecho de ser un rico terrateniente. Ora por el hecho de que por aquellos años iniciales del siglo XX y con la revolución en todo su esplendor, el hecho es que sus últimos años de vida fueron un auténtico infortunio político, un auténtico martirio, que culminaron con su muerte el 1° de abril de 1918. De ahí que don “Nacho”, como se le llamaba cariñosamente, no tuvo oportunidad de apreciar la lidia de sus toros.

Deja un comentario

Archivado bajo IMÁGENES

SILVERIO PÉREZ y “TANGUITO”, SIN EUFEMISMOS. (EL PRIMERO).

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Ahora que Silverio Pérez nos dio pretexto, con motivo del centenario de su nacimiento (1915-2015), esto es razón más que suficiente para llevar a cabo, por lo menos desde esta trinchera, un ejercicio capaz de analizar su quehacer taurino a partir de la emblemática faena a Tanguito hecho que ocurrió, como todo buen aficionado lo sabe, el 31 de enero de 1943.

   No quisiera caer en lugares comunes. En todo caso, de lo que se trata es entender que con ese hecho histórico, se consolidó, desde aquel momento y hasta nuestros días, un proceso histórico que valida y revalida la tauromaquia moderna que se ha contemplado en el México, de 1943 a los primeros tres lustros del siglo XXI.

   Además, ese capítulo de Silverio y Tanguito se convirtió en punto de inflexión, en parteaguas que separaba el pasado y el presente en dos líneas paralelas y divergentes a la vez, que justificadas una y otra por sus respectivos defensores, provocó lo que tenía que provocar: polémica. Y no una, sino varias y todas ellas destilando un amplio conocimiento desplegado por nuevos y viejos taurófilos que, ensimismados por la impronta de Silverio y Tanguito, diéronse a explicar pros y contras no solo de lo que sería el toreo en su versión modernizada, sino también sobre las evidentes amenazas que significaba en ese momento la sentencia hacia un toreo que “chapado a la antigua”, estaba condenado a desaparecer.

img004

Guillermo Ernesto Padilla: Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots., T. II., p. 326.

   La cosa no para ahí. Es deseo de este servidor reconstruir la faena de aquel quinto de la tarde a partir de un buen número de imágenes fijas, si esto sucede a partir de la propia y respectiva deconstrucción de dicho portento para entender si tal fue lo que se dijo o sigue diciéndose al respecto. A pesar de que el cine ya era un instrumento de registro de la memoria en manos, incluso de algunos aficionados que podrían haber llevado su cámara a la plaza, lo que tenemos hasta hoy es una faena mala y fragmentada, incoherente, colmada de defectos, “brincos” y cortes a partir del uso y abuso que se le dio al soporte original (probablemente filmado por Daniel Vela o por el Dr. José Hoyo Monte), reconocidos por poseer sendas cámaras, que habrían sido quizá de la marca Bell & howell de 16 mm. Por todo lo anterior, es que en cosa de varios y urgentes capítulos tengamos un ensayo coherente, contando para ello de las más crónicas posibles, así como del mayor despliegue de imagen obtenida al respecto. Lo anterior, con objeto de entender si se justifica o no una tauromaquia que se considera “a la mexicana” y la hazaña misma, esa que sucedió el último día de enero en 1943, por obra y gracia de Silverio Pérez.

   Conviene advertir, además, que este propósito es el de fijar la mirada en un acontecimiento ocurrido hace 72 años. Es decir, que no habiendo presenciado tal prodigio, el ejercicio es exponencialmente más complicado, pues ello implica remontarse hasta ese preciso momento: el 31 de enero de 1943 y contextualizarlo. Se requiere acercarnos a él como si ocurriese en nuestros días. Quizá de esa forma se entienda mejor el motivo de tarea tan especial. De igual forma, será necesario poner en valor lo que la prensa taurina escribía por entonces y con ello saber hasta qué punto se alcanzaron nuevas cotas en el toreo nacional.

   Como se podrá percibir, nada fácil resultará esta tarea si se observa el panorama arriba planteado. Quizá valga la pena experimentar en terrenos poco andados. Mientras tanto, comenzamos.

gf-vtaurina75

Fotografía tomada del portal de internet: SILVERIO PÉREZ. Biografía. Faraón de Texcoco, en la dirección: http://www.silverioperez.mx/home.html (Categoría: “Vida taurina. Fotos).

CONTINUARÁ.

Deja un comentario

Archivado bajo FIGURAS, FIGURITAS Y FIGURONES

ATENCO: LA GANADERÍA DE TOROS BRAVOS MÁS IMPORTANTE DEL SIGLO XIX. (2 de 2).

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Toca en esta ocasión compartir con ustedes tanto introducción como conclusiones del que fue mi proyecto de tesis doctoral en el Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Si bien, con este proyecto sólo ostento la candidatura al doctorado,[1] pretendo mostrar algunos aspectos que pretendió dicha investigación, y de los que hasta ahora sigo convencido, en función de la naturaleza explícita del estado de cosas de una hacienda ganadera como fue y sigue siendo Atenco incluso en nuestros días; hacienda que ha quedado reducida ya casi a su mínima expresión; pero no por ello ha perdido las galas de un pasado glorioso.

   Invertidos casi 25 años de trabajo, van aquí las ideas más generales del mismo, en espera de que algún día alcance a ver la luz en pulida edición.[2]

   Para realizar dicha investigación, fue necesario proponer el siguiente

ÍNDICE TESIS1 ÍNDICE TESIS2

CONCLUSIONES GENERALES.

   A lo largo de toda la investigación, misma que se realizó en un término aproximado de 20 años, la parte fundamental del estudio fue entender el intenso movimiento representado en el manejo de ganado vacuno para la lidia, el cual ocurrió en medio de perfecta armonía de administradores con vaqueros y otros empleados, sin que faltaran casos aislados de rebelión como el de Tomás Hernández y Agustín Lebrija (1862-1863), donde aquel quiso apoderarse del control, habida cuenta de su profunda experiencia como vaquero por una parte; como torero por otra. Lo demás se concentra en los frecuentes altibajos que sometieron a dicha hacienda, lo mismo desde el punto de vista de los resultados que presentaba el ganado en la plaza, como por el conjunto de factores naturales que hicieron mella en las cosechas, o por el efecto ocasionado por enfermedades en el ganado.

   Dije en la “Introducción” que: durante el siglo XIX se manifestó una actividad taurina muy intensa, en la cual los toros de Atenco participaron permanentemente, siendo importantes para el desarrollo del espectáculo, sin que por ello se menosprecie el papel de otras haciendas. Esta tesis afirma de manera contundente el esplendor y la permanencia de Atenco, mismos que quedan perfectamente comprobados a lo largo de la misma, con el rico sustento documental que en buena medida fortalece lo dicho hasta aquí.

   De esa manera, el fundamento de Método, volumen y eficacia se convirtió en la parte central de la tesis, debido a que la lectura de diversos documentos, cuya fuente central fue el Fondo Condes Santiago de Calimaya, expresó una serie de líneas en las que pudo entenderse el diferente comportamiento de los ganados a partir de importantes apreciaciones hechas por los administradores de la hacienda de Atenco, con lo que fue posible determinar varios patrones de actividad que decidieron no solo los términos cuantitativos. También cualitativos en cuanto a los fines con los cuales pretendieron sustentar una “casta” adecuada para que los toros fueran lidiados en diversas plazas, bajo el principio de que resultaran apropiados para el tipo de tauromaquia puesta en práctica durante el período 1815-1897, en el cual se detecta el mayor índice del comportamiento de los ganados atenqueños destinados a las plazas de toros.

   Existió un espíritu sólo respaldado por la intuición, pero movido por la condición comercial que significaba la venta permanente de toros y encierros a las plazas que los requirieran. Nada fue motivo de la casualidad. Ojalá que la lectura de todo aquel que se acerque a entender el comportamiento de la hacienda de Atenco en período tan específico, permita valorar su significado, con el cual se puso en marcha el resultado de  actividades tan específicas al interior de esta hacienda ganadera.

   Ya desde mi tesis de maestría[3] la que, en compañía de otros trabajos de investigación[4] que corresponden a la biografía de dos toreros singulares, pero no por ello ajenos al tema de esta investigación doctoral. Me refiero a Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz, se presentaron fuertes vínculos de información que dieron en consecuencia con la tesis doctoral, pues entre ellos se encontraban diversas circunstancias de lo que significó el siglo XIX mexicano, espacio temporal por el que siento especial atractivo.

   En definitiva, estamos frente al caso específico de una hacienda ganadera que, en tanto unidad de producción perfectamente articulada, se convirtió para las empresas taurinas y los diestros entonces en ejercicio, en la de mayor solicitud, por lo menos entre el período 1815-1897, donde encontramos comportamientos verdaderamente admirables, por lo que el balance supera el medio millar de encierros, entendiéndolo bajo el criterio que va de 2 y hasta 10 toros por tarde, ya que era muy variable este síntoma, aunque 5 o 6 son los valores promedio.

   Como ya se vio, al surgir esta unidad de producción agrícola y ganadera en 1528, pronto se estabilizó en ella todo un esquema capaz de aprovechar los recursos naturales, bastante generosos por cierto, independientemente de los diversos episodios de crisis naturales, o aquellos surgidos por motivo de invasiones, como la de 1810 en que la hacienda sufrió una merma considerable.

   Sin embargo, con el apoyo de algunos de sus propietarios, la recuperación encontró estabilidad, en tanto que al mando de otros, sólo mostraron indiferencia y todo ello, en conjunto nos habla de una notable capacidad donde Atenco volvía por sus fueros. Esta no fue una extensión territorial de grandes extensiones (3,000 hectáreas en sus mejores momentos y durante el siglo XIX).

   Independientemente de los balances bastante positivos que se dieron en el aprovechamiento de las diversas cosechas, así como de la explotación de los afluentes del río Lerma; o de los derivados de la leche, entre otros; el comercio con ganado vacuno de casta se convirtió en un factor preponderante para la manutención de la hacienda. Para ello fue necesaria la aplicación de diversos métodos intuitivos primero; de los más adecuados y convenientes después, y en medio ya de manejos de selección más apropiados, con los que administradores y vaqueros fundamentalmente pusieron en práctica labores con vistas a elegir el ganado que habría de enviarse a las diferentes plazas. Como pudo verse, se llegó a dar el caso de encontrar un comparativo de los toros que pastaban ya sea en el cercado, el potrero o el llano, tres diferentes espacios dotados de pastos que marcaban diferencias específicas, con las cuales esperaban tener el balance de la lidia, para entonces ubicarlos en el más conveniente, sin que para ello faltaran los ejercicios cotidianos de la vaqueada o el rodeo y otros, como el de escoger el ganado en función de su pelaje. Aunque no dudo que estuvieran considerados aquellos otros aspectos que fueron propios del resultado en la plaza, fuera porque alguno muy bravo sirviera como factor influyente de línea sanguínea o “reata” para poner los ojos en la vaca que parió ese animal y las otras crías. Eso, de alguna manera debe haber servido como un elemento decisivo en la “selección” del ganado, junto con detalles como los de su presencia en conjunto.

   En el proceso de investigación con el que culmina esta tesis, hubo necesidad de precisar un período representativo en la dinámica que mostró Atenco: 1815-1897. Estos 82 años, señalan el tiempo de mayor actividad, lo cual no quiere decir que antes o después de ese espacio no hayan ocurrido otros acontecimientos, quizás igual o más documentados. Sin embargo, y a título personal, me parecen los más contundentes a partir de la participación ejercida por dos toreros fundamentales en toda esta historia: Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz, los que dieron un auge sin precedentes, por lo que el esplendor y la permanencia quedan perfectamente demostrados.

   No hay duda: Atenco, habiendo surgido en 1528, y hasta hoy que aún permanece en su condición de ex – ejido, tuvo durante el siglo XIX sus momentos de mayor brillo, los cuales fueron sometidos a una profunda interpretación, de la cual espero la serena, fría y cerebral  crítica de sus posibles lectores.

   Es probable que estas “Conclusiones” no sean suficientes. Para ello, considero que todo el trabajo de tesis se ve complementado con siete anexos que hacen de este trabajo no necesariamente un documento inaccesible, sino atractivo en sí mismo, dado que en dicha parte se incluyen una importante cantidad de imágenes, cuadros, gráficas, tablas y otros elementos que lo consolidan como una investigación a fondo, sobre el curso y comportamiento que manifestó esta hacienda durante el siglo XIX mexicano. Explicada desde las condiciones que adquirió como “Encomienda” en el siglo XVI, hasta quedar sometida a los diversos vaivenes políticos, económicos y sociales del siglo XIX, es posible entender estos y otros complejos fenómenos en los que se vio involucrada.

   De igual forma, la fama que adquirió en los años que van de 1815 a 1897 hace verla como una hacienda ganadera poseedora de unas capacidades notables, gracias al tipo de toros que allí se criaron; gracias a la participación de personajes tan notables como Bernardo Gaviño, Ponciano Díaz; José Juan Cervantes y Michaus, o Juan Cervantes Ayestarán, lo mismo que los señores Barbabosa y los diversos administradores que controlaron ese importante centro de actividades agrícolas y ganaderas. De otra forma sería imposible entender todo el movimiento que se dio con el ganado en plazas de la capital del país, así como de otras tantas en los estados alrededor del corazón político de México, donde los toros de Atenco simbolizaron y constituyeron un emblema representativo en el capítulo de la evolución sobre la crianza del ganado destinado a la lidia, crianza que supone una intuición deliberada por parte de administradores, pero también de vaqueros que estuvieron a la búsqueda del toro “ideal” para momentos tan representativos como los del siglo XIX, donde el toreo “a la mexicana” se elevó a alturas insospechadas de una independencia taurina tan cercana pero también tan ajena a la que se desarrollaba al mismo tiempo en España, país del que llegaban los dictados de la moda. Solo que, el aislamiento producido por la emancipación de México y España hizo que uno y otro concepto artístico se desarrollaran por separado, durante los años que van, más o menos de 1810 a 1880, momento este último en que comenzó a registrarse un síntoma nuevo y necesario también: Me refiero a la reconquista vestida de luces, que debe quedar entendida como ese factor el cual significó reconquistar espiritualmente al toreo, luego de que esta expresión vivió entre la fascinación y el relajamiento, faltándole eso sí, una dirección, una ruta más definida que creó un importante factor de pasión patriotera, chauvinista si se quiere, que defendía a ultranza lo hecho por espadas nacionales –quehacer lleno de curiosidades- aunque muy alejado de principios técnicos y estéticos que ya eran de práctica y uso común en España.

   Por lo tanto, la reconquista vestida de luces no fue violenta sino espiritual. Su doctrina estuvo fundada en la puesta en práctica de conceptos teóricos y prácticos absolutamente renovados, que confrontaban con la expresión mexicana, la cual resultaba distante de la española, a pesar del vínculo existente con Bernardo Gaviño. Y no solo era distante de la española, sino anacrónica, por lo que necesitaba una urgente renovación y puesta al día, de ahí que la aplicación de diversos métodos, tuvieron que desarrollarse en medio de ciertos conflictos o reacomodos generados básicamente entre los últimos quince años del siglo XIX, tiempo del predominio y decadencia de Ponciano Díaz, y los primeros diez del XX, donde hasta se tuvo en su balance general, el alumbramiento afortunado del primer y gran torero no solo mexicano; también universal que se llamó Rodolfo Gaona.

   De esa forma dicha reconquista no solo trajo consigo cambios, sino resultados concretos que beneficiaron al toreo mexicano que maduró, y sigue madurando incluso un siglo después de estos acontecimientos, en medio de períodos esplendorosos y crisis que no siempre le permiten gozar de cabal salud.

CARTEL ÚLTIMA PRESENTACIÓN ATENCO_16.09.2012

Cartel de la última comparecencia de la ganadería de Atenco en la ciudad de México.


[1] Lo que evidentemente no me da por ahora presentarme como Doctor en Historia, según recomienda el sentido común… o Perogrullo.

[2] José Francisco Coello Ugalde: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. Tesis que, para obtener el grado de Doctor en Historia presenta (…). México, Universidad Nacional Autónoma de México. Facultad de Filosofía y Letras. Colegio de Historia. 251 p. + 927 páginas (anexos). Trabajo inédito y pendiente de presentar como tesis de grado.

[3] Véase bibliografía.

[4] José Francisco Coello Ugalde: “Ponciano Díaz, torero del XIX” A cien años de su alternativa en Madrid. (Biografía). Prólogo de D. Roque Armando Sosa Ferreyro. Con tres apéndices documentales de: Daniel Medina de la Serna, Isaac Velázquez Morales y Jorge Barbabosa Torres. México, 1989 (inédito). 391 h.

Deja un comentario

Archivado bajo RECOMENDACIONES Y LITERATURA