Archivo mensual: mayo 2019

PONCIANO DÍAZ EN MADRID. JULIO-OCTUBRE DE 1889.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

Programa de mano correspondiente a la tarde del 17 de octubre de 1889, festejo celebrado en la antigua plaza de toros de Madrid. Detalle del toro “Lumbrero”. Col. del autor.

Con la fama que por allá de 1889, iba adquiriendo el torero mexicano Ponciano Díaz Salinas (1856-1899), no era difícil que en cualquier momento recibiera alguna oferta para extender su “tauromaquia” a otros espacios, incluso fuera del país. Ya había actuado un par de ocasiones y en diciembre de 1884 en Nueva Orleans (E.U.A.) con motivo de una exposición internacional llevada a cabo en aquella ciudad.

Esa fama que menciono, se traducía en circunstancias tan particulares como las que se recogen en una entrevista que se publicó en El Nacional, en su edición del 3 de julio de 1887:

(…) Pero bástenos asentar el hecho: PONCIANO es el semi dios de las masas, es el prototipo de todo lo grande para el pueblo.

Si un día faltara el Arzobispo de México y se llamase al público que va a los toros para elegir Arzobispo, el Arzobispo sería PONCIANO.

Si en las elecciones presidenciales se dejase el voto en manos de los que deliran con los redondeles, PONCIANO sería presidente.

Si un día se tratase de derribar el sistema republicano y erigir la monarquía en México, ya veríamos a miles de admiradores del joven diestro proponer al pueblo el nombre de PONCIANO I para el trono.

¿Lo dudan vdes?…

Pues se conoce que no han visto a una muchedumbre delirante quitar las mulas que tiraban del coche que conducía a nuestro héroe el día que iba a ver la primera corrida de Mazzantini en Puebla, y pegarse por centenares a aquella carroza para arrastrarla triunfalmente por las calles hasta ponerle en un cuarto del Hotel de Diligencias, mientras lo aclamaban con un entusiasmo febril.

Se conoce que no han visto las ovaciones que se le hacen donde quiera que alguno que lo conoce dicen a los transeúntes: ¡Allí va Ponciano!

Si un hombre puede llegar al colmo de la popularidad, PONCIANO es ese hombre.

Interrogado por el reporter de El Nacional acerca de ciertos puntos, dio contestaciones que condensamos aquí por falta de espacio.

PONCIANO cree que los toreros españoles que hemos visto en México no son la última expresión del arte de Pepe Hillo. El dice que ha leído en las tauromaquias preceptos y reglas a que no se ajustan siempre los lidiadores que él ha visto, que por cierto son muchos. Agrega que su juicio es inseguro en este punto porque generalmente le ha tocado presenciar corridas con toros malos en que los toreros españoles no han podido lucir.

Respecto de ganado, opina que en México hay toros tan grandes, tan buenos y tan boyantes como en España misma; pero cree que la avaricia y el interés mal comprendido de los ganadero, hacen que presenten como buenos 80 toros de cada cien, cuando en realidad no hay sino veinte. En España, dice, los criadores de toros no sacan a la lidia sino veinte de cada cien, y por nada en el mundo entregarían un toro en malas condiciones para la lidia. Esto cimenta el crédito de los de la Península al par que mata el de los nuestros. Cuando los hacendados vean el perjuicio que se causan con pretender salir a precios altos de sus toros malos, los ganados mexicanos cobrarán la fama a que son acreedores.

PONCIANO tiene vivos deseos de ir a España, pero cree que los absurdos rumores circulados cuando el desagradable incidente de Mazzantini, lo pondrían en una posición muy difícil en la península, lo que siente sobremanera.

Algunas otras apreciaciones menos importantes oímos de labios del primer diestro mexicano, pero por ahora y sin hacer el panegírico de la profesión que ha abrazado, por estar ella contra nuestros principios, cumplimos con el deber de fotografiar en El Nacional a toda persona que se distingue, y nos avanzaremos hasta cerrar este artículo saludando en PONCIANO al buen hijo, al hombre trabajador, y al diestro a quien la popularidad aclama y el cariño general eleva un pedestal de gloria… tauromáquica.

Por lo tanto, 1889 se convierte en un año trascendental para su carrera como matador de toros. El 17 de octubre recibe la alternativa de manos de Salvador Sánchez “Frascuelo” y Rafael Guerra “Guerrita” como testigo, en el escenario magnífico de la plaza de toros de la carretera de Aragón, en Madrid, España.

Además, en aquel periplo, nueve fueron las actuaciones por aquellos lares. Su presentación en ruedos hispanos ocurre el 10 de julio de aquel año en la plaza de San Sebastián, acompañado de Vicente Oropeza y Celso González, dos hábiles charros y  picadores que además, junto a Ponciano realizaron diversas suertes de a caballo, como jaripeo, lazar toros, que causaron admiración entre los aficionados que presenciaron dichos festejos, haciéndolo en forma tan brillante como les fue posible.

Luego, pasó a la plaza de Madrid, donde compareció el 28 de julio alternando con el “Marinero” y Enrique Santos “El Tortero” en la lidia de toros de Palha. Repitió el el 4 de agosto, y en esa ocasión lo hizo al lado de “El Tortero” y “Lobito” con ganado de Pablo Romero. Luego pasó al Puerto de Santa María, donde el 18 de agosto, tuvo oportunidad de entendérselas con ganado de Eduardo Ibarra, siendo sus alternantes Enrique Santos “El Tortero” y Rafael Bejarano “Torerito”.

En la biografía –inédita-, que he realizado a lo largo de más de 30 años, y cuyo título es: “Ponciano Díaz Salinas, torero del XIX, a la luz del XXI”, 409 páginas con las ilustraciones pertinentes, indico en el cuadro de actuaciones que el atenqueño pasó luego a Oporto, Portugal donde actúa con su cuadrilla el 23 de septiembre. De acuerdo al apunte que proporciona El Diario del Hogar, en su edición del 20 de octubre: “En esta corrida se hizo acreedor a una gran ovación al parear a caballo, poniendo banderillas con las manos y con la boca, causando verdadero alboroto, al ejecutar montado varios lances de capa con un bravo toro procedente de una de las más acreditadas ganaderías portuguesas. El 29 del mismo mes [de hecho fue el 23] debe haber trabajado en la plaza de Cintra la corrida de despedida”.

El 13 de octubre va hasta Sevilla, y en tan hermosa provincia, se presenta junto con Francisco Arjona “Currito” y Carlos Borrego “Zocato”. Faltando pocos días para el tan esperado día de la confirmación de la alternativa, también torea en Barcelona, así como en San Sebastián.

He dicho que para el 17 de octubre “confirmaría” la alternativa. Pues en efecto, y a pesar de que se ha mencionado que la recibida en Puebla el 13 de agosto de 1879 de manos de Bernardo Gaviño fue “apócrifa”, fue el propio Ponciano quien se encargó de desmentir el dicho. Esto ocurrió en el mensaje que dejó plasmado en un cartel, correspondiente a la actuación que el atenqueño tuvo en Toluca el 1° de junio de ese mismo año, dice “el torero con bigotes”:

“Habiendo terminado la temporada en la ciudad de Puebla, en donde fui elevado al difícil rango de primer espada, por la benevolencia de tan ilustrado público, me he propuesto antes de disolver mi cuadrilla dedicar una función, que tenga por objeto, pagar un justo tributo a mis paisanos ofreciéndoles mis humildes trabajos: si estos son acogidos con agrado quedará altamente agradecido S. S. Ponciano Díaz”.

El Toreo Cómico (Madrid), edición del 29 de julio de 1889, p. 8.

   Se tienen noticias –sin confirmar-, que Bernardo Gaviño concedió la alternativa a otro diestro de nombre Andrés Fontela (esto en 1881), como también el hecho de que la tarde del 26 de octubre de 1884, y en el Huisachal, lidiando toros de Santín, actuaban Gaviño junto con Antonio González “Frasquito”, Francisco Jiménez “Rebujina” y Genovevo Pardo, le concede a este último también dicha elevación.

Con esta afirmación, la cual parece más que suficiente para disuadir cualquier sospecha, lo que sucedió por tanto el 17 de octubre siguiente, fue no la alternativa como tal, sino confirmación de la mexicana. Es cierto, en México, las alternativas no tuvieron esa jerarquía hasta que llegaron los toreros hispanos, quienes impusieron tal ceremonia. La primera que se considera en esas condiciones, ocurrió en la plaza de toros “Paseo Nuevo” (Puebla), el domingo 6 de marzo de 1887. Se trataba de la segunda corrida por la Cuadrilla Mazzantini, lidiando ejemplares de San Diego de los Padres. En tal ocasión Francisco Jiménez “Rebujina”, recibió la alternativa de manos del propio diestro de Elgóibar.

Así que fue la tarde del 17 de octubre, en la que con un cartel de “polendas”, Ponciano Díaz alterna con Salvador Sánchez “Frascuelo” como padrino, y de testigo Rafael Guerra “Guerrita”, lidiando toros del Duque de Veragua y Orozco. El de la asunción se llamó Lumbrero y perteneció a la ganadería del descendiente de Cristóbal Colón, de acuerdo a la genealogía y al linaje que siguieron muchas familias encumbradas en España.

A esa célebre jornada, todavía Ponciano se presenta en Sevilla el 27 de octubre con su cuadrilla, siendo esa su última comparescencia en ruedos hispanos.

Termino apuntando, que a punto de partir de España, fue mi deseo adquirir el libro “Entre Marte y Venus. (Breve Historia crítica del toreo)” de Domingo Delgado de la Cámara, edición de 2014. Lo tuve en mis manos, pero la sola y rápida lectura que di con objeto de adquirirlo se vino abajo cuando encontré en las páginas dedicadas al toreo mexicano un tratamiento superficial y hasta despectivo (como lo dedicado al episodio que aquí se ha detallado), con lo que su autor nos aleja de toda posibilidad de encontrar mejores escenarios y realidades, que las tuvo, como las tiene, desde luego la tauromaquia hispana. Desde luego que devolví el volumen al amable dependiente de la librería y salí de ahí.

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SOBRE UN ÓLEO CON MOTIVO TAURINO, PINTADO EN MÉXICO HACIA 1860.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Con motivo del reciente festejo que tuvo lugar en Autlán de la Grana (Jalisco), el pasado 3 de marzo, y donde actuaron seis mujeres toreras: Karla Santoyo (a caballo) y a pie: Maripaz Vega, Lupita López, Karla de los Ángeles. También Paola San Román y Rocío Morelli, es probable que sea suficiente pretexto para poner en valor el significado que tiene hoy día la presencia de la mujer en los toros. Y todo lo anterior, con motivo de que este viernes 8 se distingue en lo particular como el “día internacional de la mujer”. No es una celebración más, sino la reivindicación y el posicionamiento del género femenino en este mundo que, en buena medida ha sido dominado por lo masculino.

Por tal motivo, conviene traer hasta aquí un antiguo texto, el cual comparto con gusto, mismo que elaboré en 2004, el cual se mantuvo inédito, hasta hoy.

 

 

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MÉXICO EN MADRID. (2 de 2).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

La Muleta. Revista de toros. año I. México, noviembre 17 de 1887, N° 13, páginas centrales. La cromolitografía es trabajo del dibujante “P. P. García”, quien colaboraba para esta publicación, dirigida por Eduardo Noriega “Tres Picos”. Se puede apreciar la enorme semejanza habida entre el quehacer de este artista y la obra de Daniel Perea, publicada –por años-, en La Lidia, publicación taurina española. Col. del autor.

En esta estancia madrileña que ya va teniendo término, se suman todas las experiencias donde se ha procurado el acercamiento con instituciones y diversos personajes, todo con objeto de poner en marcha proyectos conjuntos, vinculados con la cultura taurina de nuestro país, tal como lo establece el compromiso clave de la fundación “Juan de Dios Barbabosa Kubli, A.C.”

Estamos en tiempos que pueden decidir el destino concreto de la tauromaquia, sobre todo porque este asunto sigue en la mirada de los contrarios, y sin la pertinente y deseable cohesión de los propios taurinos.

Ya iré compartiendo los pasos que la fundación misma de en favor de este legado, el cual es un cúmulo de historias, vivencias, testimonios y demás experiencias.

Por ahora, basta con recordar que por aquí han pasado personajes como Ramón de Rosas Hernández El Indiano, mulato veracruzano que vino a España a finales del siglo XVIII, dejando una estela en diversas presentaciones, compartiendo cartel, en aquellos momentos con el propio José Delgado “Pepe Hillo” y el también americano, aunque de origen, al parecer argentino, Mariano Ceballos.

También hizo lo mismo el michoacano Jesús Villegas “El Catrín”, quien estuvo por estos rumbos entre 1855 y 1860. Una amplia reseña sobre quién fue este desconocido personaje, la encontré en textos inéditos del Dr. Carlos Cuesta Baquero, quien nos comenta:

En mis conversaciones, que sostenían mis tres amigos, yo que siempre tenía avizorados a mis oídos para escucharlos, oí que Nolasco Acosta decía: “Jesús era mejor torero que Lino”. “El Catrín” tenía todo el modo de torear español, muy bonito. Era muy hábil banderilleando, no torpe matando. Lino era muy atrabancado, pero Jesús era superior como torero”. Inmediatamente intrigaba mi curiosidad insaciable, propúseme saber quién era aquel “JESÚS” de quien Nolasco Acosta hacía tan amplio elogio. De Lino, ya no tenía que saber quién era, pues bien lo sabía yo. Era el famoso LINO ZAMORA. Espada de mucha nombradía –especialmente en los estados de Guanajuato, San Luis Potosí y Zacatecas- que fue asesinado en la ciudad de Zacatecas, en el año de 1874 (lo correcto es 1878). El celebrado LINO ZAMORA murió a manos de un banderillero nombrado Braulio Díaz, quien por “cuestión de faldas” –las de una tal Presciliana– dio un balazo a su jefe. Pero ¿aquel Jesús, superior al egregio Lino, qué lidiador había sido? Ya suponíame, que tratábase de un personaje tauromáquico, pero ¿cuál? Por lo tanto, hice la correspondiente interrogación y tuve la siguiente respuesta, que sonriendo dióme mi buen amigo. Voy a referirla muchos años después.

“Ese JESÚS, de quien estamos platicando, fue EL ESPADA JESÚS VILLEGAS, UN MORELIANO. Un catrín, que siendo estudiante en un colegio nombrado San Nicolás de Hidalgo dejó los libros para hacerse torero, alucinado por el modo de torear que vio en DON BERNARDO (GAVIÑO), cuando dio unas corridas en Morelia –allá por los años de 1856 o 1857- para estrenar la plaza de toros o estrenar unas reconstrucciones que hicieron. Jesús Villegas, era de familia que tenía buena posición social y pecuniaria, poseían bienes. Pero, el muchacho se alucinó por hacerse torero. Una locura”.

Ya enloquecido, comenzó a ensayar –a ver si podía- en la hacienda de La Goleta, finca inmediata de donde llevaban buenos toros para las corridas en Morelia. El caporal y los vaqueros fueron los primeros maestros que tuvo y prontamente pudo torear, aunque fuese al estilo “ranchero”, pues les perdió el miedo a los toros y se acostumbró a estar tranquilo, aunque los tuviera cerquita. El catrincillo resultó valiente –hombrecito- no se asustaba por los revolcones y algunas heridillas. Por su ansia de torear, comenzó a dejar de ir a las lecciones en el colegio de San Nicolás de Hidalgo, para ir a las que le daban en La Goleta.

Escena de una suerte taurina, aparecida en un cartel anunciador, de la plaza de toros del Paseo Nuevo, para la tarde del 6 de octubre de 1861. Col. del autor.

   Los familiares de Jesús, enteráronse de lo que sucedía. De ninguna manera admitieron que fuese torero. Ya sabes tú “Currito”, que la generalidad de nosotros los toreros no somos bien mirados y especialmente entre los ricos tenemos poca aceptación. Por tal motivo rehusaron rotundamente y para evitar que Jesús continuara en su porfía y ensayos, sujetáronlo a una vigilancia rigurosa. El muchacho –entonces tenía diez y ocho o veinte años- tenaz en su propósito, considerando no podía continuarlo en Morelia, decidió abandonar el estudio que hacía para comenzar luego una carrera –creo que la de Licenciado- y sustraerse a la férrea autoridad de su padre, escapándose para la ciudad de México y ponerse al abrigo de DON BERNARDO. Así lo realizó, despistando con ardides a sus familiares respecto al sitio adonde había marchado, pero por fin no le valieron sus tretas y lo descubrieron. Ya sabiéndolo con seguridad, inmediatamente hicieron los necesarios trámites para devolverlo a Morelia. Él no quiso volver y para evitar lo llevaran a fuerza, resolvió hacer segunda escapada hacia el puerto de Veracruz. Con don Bernardo estuvo aproximadamente un año. En Veracruz solamente unos días, pues no creyéndose seguro se embarcó en un buque que tenía rumbo para la Habana. Carecía de dinero para el transporte, por lo que entró furtivamente y se escondió protegido por el cocinero al que hizo promesa de pagarle algo y además ayudarle en sus quehaceres. Ya en la Habana, se acogió a los toreros que estaban, unos apellidados Díaz Labi, parientes de uno famoso que murió en la ciudad de Lima, pero que había toreado en la plaza de toros de México y en otras de la República. Permaneció en la Habana algún tiempo y fue después a España, a Cádiz, lugar de donde eran sus protectores y amigos.

Los buenos modos (modales quería significar mi amigo Nolasco Acosta) hicieron en España fuese amigo de “curritos” ricos. Nos platicaba que los acompañaba a sus haciendas, para “calar” a los toros, todavía becerros. Allí, toreaba. Nos hablaba mucho de un DON GIL, que habiendo sido señorito rico se hizo torero y fue un buen espada (era verdad lo que Villegas le platicaba a mi amigo Nolasco Acosta. Se refería a Don Antonio Gil, señorito madrileño protegido por el Duque de Veragua. Don Antonio, después de haber demostrado aptitud torera actuando como aficionado, quiso ser torero profesional. Se hizo amigo de Manuel Domínguez, el famoso espada. Este logró que Juan Lucas Blanco, le diera “alternativa” a Don Antonio Gil en la plaza de toros de Sevilla, en el año de 1854). También estuvo Jesús, de banderillero en algunas cuadrillas y estoqueaba cuando para hacerlo había oportunidad. Así logró su anhelo de hacerse torero. Vivía contento en España, según decía.

Habían corrido varios años, bastantes. El Señor Villegas, padre de Jesús, que no había transigido, ya había muerto. Entonces, la madre escribió al hijo llamándole. Rogándole cariñosamente que viniera. Atendió a la petición y por eso regresó a la República, allá por el año de 1865 o 1866. Entonces por la situación de guerra en que estábamos contra el Imperio de Maximiliano, las corridas eran escasas. Los “gabachos” (apodo insultante que decían a los franceses) no las permitían, diciendo que “eran diversión salvaje”. Las autoridades mexicanas imperialistas, no daban el permiso sino con dificultad, temerosas de que en la plaza de toros hubiera sublevación promovida por los partidarios de DON BENITO (JUÁREZ), de los Republicanos. Por lo dicho, Jesús toreó en pocas veces. Puede decirse que “estuvo cayendo y levantándose”, toreando una o dos corridas y estando sin torear algunos meses, hasta que terminó el Imperio. Entonces, todos los toreros respiramos ampliamente porque creíamos venían muchas corridas, para recompensar de cuando eran pocas. Pero, DON BENITO tuvo la humorada de prohibirlas y le obedecieron en muchos estados. Por lo tanto, continuaron las penurias. (Era cierto lo que decía mi amigo Nolasco Acosta. Por el motivo señalado –la prohibición de las corridas- Bernardo Gaviño abandonó el país temporalmente, yendo al Perú, toreando allá en las plazas de toros de Lima (la famosa de “Acho”, en las del Puerto de “El Callao” y “Arequipa”).

Por esto Jesús no toreó en la plaza de toros de la ciudad de México. Tuvo que venir a los pocos estados centrales donde había corridas. Aquí estuvo. En esas corridas y fui banderillero. Repito, lo que oíste “Currito”: Jesús era mejor torero que Lino. “El Catrín” –así decíamos a Jesús porque era muy fifiriche y también le decíamos “El Catarro” porque hablaba un poquito gangoso, como si estuviera constipado- toreaba muy bonito, banderilleaba con mucha habilidad, daba “pases” de muleta de muchos modos y no era torpe matando. Nosotros le aprendimos una “vuelta” nombrada “de farol” (ya la conoces, ya la has visto) y ese “pase” que doy empleando en la muleta las dos manos y ayudándome con la espada para tener extendido el trapo. (Era el “pase ayudado por alto”, con salida por el lado derecho). De aquí, fue a Guanajuato. Allá tropezó con Lino y emprendieron pelea. Luego, anduvo por León y Aguascalientes y en seguida para su tierra, para Morelia. Allá murió, de muerte natural, entiendo que por enfermedad en el hígado. Así me lo platicó Rafael (Rafael Corona, uno de los espadas michoacanos), cuando pasó por aquí de banderillero con Don Bernardo. Cuando yo también me alebresté y me fui con ellos a Tamaulipas, dejándolos en Jaumave. Mi madre también lloraba porque andaba yo en aventuras y me devolví para quitarle la aflicción.

Tal fue la respuesta que dio a mi interrogación mi amigo Nolasco Acosta. Deseoso de comprobar lo que habíame platicado, aunque conocía su veracidad, puse los medios conducentes para comprobarlo debidamente. Yo tenía y tengo parientes en la ciudad de Morelia. Mi familia por rama materna es oriunda de allí. Una porción de esa familia vino a San Luis Potosí, acompañando a uno de mis tíos (el Médico Cirujano DON ANTONIO BAQUERO, cirujano militar cuando era jefe del Cuerpo Médico Militar un famoso extranjero apellidado [Pedro] Van der Linden), la otra porción de mi familia quedó en Morelia. A uno de mis tíos allí domiciliados –el Señor don Ramón Baquero, que por muchos años fue catedrático de Matemáticas en el Colegio de San Nicolás de Hidalgo, escribí recabando datos acerca de Jesús Villegas. Confirmó en su parte esencial lo dicho por mi amigo Nolasco Acosta. Mi tío había conocido a Villegas siendo estudiante, eran condiscípulos y amigos. Después, lo vio ya siendo torero y supo había estado en España, en los años que no estuvo en Morelia. Cuando estudiante, Villegas era visita de la casa de mis familiares. Cuando torero, estando en San Luis Potosí, también visitó en una o dos ocasiones a los radicados allí.

Años después cuando ya había en la ciudad de México periódicos tauromáquicos, hallé en uno titulado LA MULETA, fundado y escrito por don Eduardo Noriega, estampa representando uno de los incidentes ocurridos en la competencia entre Villegas y Lino Zamora, en la plaza de toros de Guanajuato. En tal incidente fue herido Lino, compitiendo al banderillear. La casualidad –madre de muchos descubrimientos-, hizo que posteriormente hallara en una colección de antigüedades que estaban en un MUSEO, que el anciano picador JUAN CORONA tenía en su domicilio, en LA GRANJA CORONA, ubicada en el pueblito nombrado JAIMAICA cercano a la ciudad de México, la “taleguilla” (de raso color azul celeste, con bordados de plata) que lucía LINO en esa corrida.

Uno de mis familiares, mi hijo mayor, adquirió esa “taleguilla” y un vestido antiguo perteneciente a Bernardo Gaviño –el último vestido que tuvo el PATRIARCA TORERO-. Mi hijo a su vez vendió esas prendas toreras históricas, al conocido anticuario y poeta Señor Don José de Jesús Núñez y Domínguez. Este señor hizo obsequio de las tauromáquicas reliquias al “Centro Taurino de San Luis Potosí”, donde ahora se encuentran. En buen sitio están, pues buenos aficionados son los integrantes de la mencionada asociación tauromáquica, dueña de otras muchas reliquias taurinas.

Por lo relatado, está comprobado hasta que algún otro historiógrafo taurino anteponga fundadamente a otro torero, que el que primeramente fue a España –con anterioridad de muchos años a cuando PONCIANO DÍAZ– fue JESÚS VILLEGAS. Quien tiene detalles semejantes al actual JESÚS SOLÓRZANO. Tocayos, coterráneos, de clase social valiosa, de buena educación y quizá iguales en habilidad tauromáquica. El segundo lugar lo ocupó PONCIANO DÍAZ, el tercero Alberto Zayas alias “Zayitas”, nativo de la ciudad de México, el cuarto Vicente Segura, el quinto Rodolfo Gaona, el sexto Luis Freg. Después, una muchedumbre: “La Cuadrilla Juvenil Mexicana”, llevando por espadas a Carlos Lombardini y Pedro López, el novillero leonés Eligio Hernández “El Serio” (que tomó “alternativa” en la plaza de toros de Sevilla). Pascual Bueno, Tomás Coeto alias “Tomasín”, Carlos González (actual propietario de la plaza de toros “Vista Alegre”, en la ciudad de México, a orillas del camino para la población de Tlalpan), Rodolfo Rodarte, JUAN SILVETI, Porfirio Magaña, José Ramírez “Gaonita”, José Flores “Joselito Mexicano” y… Vuelvo a decir: “UNA MUCHEDUMBRE tauromáquica mexicana”. ¿Cuántos tendrán arraigo en los cosos hispanos? ¿Cuántos regresarán “con las orejas gachas y el rabo entre las piernas” (dispénsenme la comparación con los ejemplares de raza canina) ¡Quién sabe! Hasta ahora, solamente de los actuales uno ha conseguido tal arraigo: FERMÍN ESPINOSA “ARMILLITA CHICO” En ruta para lograrlo está JOSÉ GONZÁLEZ “CARNICERITO”. Ricardo Torres (subrayo el nombre porque no es el suyo verdadero), es todavía una nebulosa, Garza igualmente, Luis Castro “El Soldado” –aunque declarado “Conquistador de Valencia”- está en iguales circunstancias que los mencionados. Que todos triunfen y se hagan los “amos” entre la torería, lo mismo española que mexicana son mis deseos.

Por lo tanto, Jesús Villegas, según conclusiones y a partir de las pocas lecturas al respecto de su vida, puede afirmarse que estuvo en España entre 1855 y 1860.

Y desde luego, la presencia vital de Ponciano Díaz Salinas, quien también estuvo por acá, entre el mes de julio y octubre de 1889. Seguramente, este solo capítulo amerita un capítulo especial, el que prometo desarrollar para la próxima semana. Gracias.

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MÉXICO EN MADRID. (1 DE 2).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Toros y vacas en Atenco. Imagen cortesía de André Viard.

Escribo la presente nota desde Madrid. En efecto, me encuentro en la capital de España, donde el próximo 17 de mayo, dictaré una conferencia en la sala “Cossío”, ubicada al interior de la plaza de toros de “Las Ventas”, esto a partir de las 13:00 horas. El tema: “La presencia del toro bravo en América. México, como caso particular”, es en sí mismo, un reto debido al numeroso conjunto de información que la historia del toreo en nuestro país tiene al respecto.

La propuesta temática, parte después de una decisión en la que mucho tiene que ver la presencia del Lic. Juan de Dios Barbabosa Kubli, quien es presidente de la fundación que lleva su nombre, y de la cual me presentaré como director de la misma. El Lic. Barbabosa tendrá una importante intervención en el evento, pues es además, un espléndido orador.

Uno de los principios que plantea dicho organismo es “difundir y exaltar la cultura taurina de México”, por lo que considero que esta será una buena oportunidad, para que tal circunstancia sea conocida y extendida también en la España taurina, que por estos días vive uno de los momentos más intensos, en medio del desarrollo de la feria de “San Isidro”.

En la misma ocasión, y contando con el acierto y los buenos oficios del señor Juan Pablo Corona Rivera, presidente de Fomento Cultural Tauromaquia Hispanoamericana, será posible que él mismo se encargue de presentar el libro Historia de la cirugía taurina en México. De los siglos virreinales a nuestros días, mismo que elaboré conjuntamente con mi buen amigo el médico cirujano ortopedista Raúl Aragón López. Me acompañará en la “disección” el historiador aguascalentense Adrián Sánchez, quien hará una reseña de la misma obra.

Será, a lo que se ve, una jornada cultural sin precedentes, pues si bien, ya se han realizado actividades similares anteriormente, en esta ocasión se da la doble posibilidad de afirmar y trascender una poderosa presencia de la tauromaquia en México, patrimonio que en pocos años, alcanzará los 500 de convivir entre nosotros.

Puedo adelantar que en dicha plática, compartiré datos que se vinculan con el proceso de origen, desarrollo y consolidación de un aspecto que va de la mano con la historia de México misma, ya que considera la afirmación de circunstancias donde la crianza del toro encontró espacios para articular diversas unidades de producción agrícola y ganadera, a lo largo de los siglos virreinales, así como del XIX y XX, hasta llegar a nuestros días.

Será una buena oportunidad para apuntar el hecho de que antes de la ya conocida noticia que conocemos, y proporcionada por Hernán Cortés, en la cual refiere que el 24 de junio de 1526 “se corrieron ciertos toros”. Y es que en ese “antes”, sucedieron varios capítulos donde también se desarrollaron fiestas (una en La Española, en agosto de 1511 y la otra en la isla de Cuba, el día de Corpus de 1514), así como por el hecho de que el propio Capitán General, se estableciera, desde 1524 en el valle de Toluca. Para el 16 de septiembre de 1526, en carta enviada a su padre, don Martín Cortés, este quedó enterado de que en dicho sitio –es decir Matlazingo-, “(es) donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

También, mostraré las diversas formas en que el toro, al paso de casi cinco siglos, ha sido representado, sobre todo de manera plástica como relieves, códices y otros soportes documentales, biombos, en la caricatura, los carteles, relaciones de sucesos, cromolitografías…

No puedo dejar de mencionar el enorme peso que representaron en su momento las “Relaciones de Sucesos”, verdaderas crónicas o reseñas, en verso o prosa, que circularon entre 1582 y hasta 1819, aproximadamente. En investigaciones recientes, he podido ubicar unas 500 referencias, recuperadas una buena mayoría en portadas o contenidos facsimilares que permitirán, luego de su exhaustiva revisión, un nuevo acercamiento interpretativo sobre el desarrollo –en caso muy especial-, de las fiestas taurinas en diversas partes del territorio virreinal, así como en los primeros años en que México aparecía ante el mundo como un nuevo estado-nación.

A dichas propuestas, se agregan otras tantas escenificaciones del toreo rural, o el quehacer entre otros hacedores, como José Guadalupe Posada para luego compartir un rico despliegue de imágenes en las que se podrá apreciar la presencia del toro en el campo. No faltarán algunos cuadros en donde quedará de manifiesto, por ejemplo el caso de un acontecimiento ocurrido durante los primeros años del virreinato. Me refiero al que se consideró en su momento como “el siglo de la depresión”, así calificado por el demógrafo norteamericano Woodrow W. Borah (poco después de la segunda mitad del siglo XVI y hasta poco antes de la primera del XVII); síntoma en el que, debido a las diversas epidemias que asolaron estas tierras, hubo un notorio decremento de presencia humana, ante el desmesurado incremento de cabezas de ganado.

En ese sentido, y esta será otra de las aportaciones en la presente plática, será necesario matizar dicha afirmación, cuando Enrique Florescano y Margarita Menegus expresaban que

Las nuevas investigaciones nos llevan a recordar la tesis de Woodrow Borah, quien calificó al siglo XVII como el de la gran depresión, aun cuando ahora advertimos que ese siglo se acorta considerablemente. Por otra parte, también se acepta hoy que tal depresión económica se resintió con mayor fuerza en la metrópoli, mientras que en la Nueva España se consolidó la economía interna. La hacienda rural surgió entonces y se afirmó en diversas partes del territorio. Lo mismo ocurrió con otros sectores de la economía abocados a satisfacer la demanda de insumos para la minería y el abastecimiento de las ciudades y villas. Esto quiere decir que el desarrollo de la economía interna en el siglo XVII sirvió de antesala al crecimiento del XVIII.[1]

El estudio de Borah publicado por primera vez en México en 1975, ha perdido vigencia, entre otras cosas, por la necesidad de dar una mejor visión de aquella “integración”, como lo apuntan Andrés Lira y Luis Muro, de la siguiente manera:

Cuadro que relaciona el comportamiento que se dio con la sobrepoblación de las distintas cabezas de ganado establecidas en Nueva España, entre 1540 y 1630, y dicha sobrepoblación con el decremento de la población de indígenas y blancos que poblaron dichos territorios. En Woodrow W. Borah, El siglo de la depresión en la Nueva España. México, ERA, 1982. 100 p. (Problemas de México)., p. 18.

Hacia 1576 se inició la gran epidemia, que se propagó con fuerza hasta 1579, y quizá hasta 1581. Se dice que produjo una mortandad de más de dos millones de indios. La fuerza de trabajo para minas y empresas de españoles escaseó entonces, y las autoridades se vieron obligadas a tomar medidas para racionar la mano de obra y evitar el abuso brutal de los indígenas sobrevivientes.

Por otra parte, la población mestiza había aumentado a tal grado que iba imponiendo un trato político y social que no se había previsto. Mestizos, mulatos, negros libres y esclavos huidos, al lado de criollos y españoles sin lugar fijo en la sociedad concebida como una organización de pueblos de indios y ciudades y lugares de españoles, alteraron el orden ideado por las autoridades españolas, en cuyo pensamiento sólo cabía una sociedad compuesta por “dos repúblicas, la de indios y la de españoles”.[2]

Otros registros a compartir, serán los de una relación de haciendas ganaderas que dotaron de toros a diversas fiestas durante los siglos XVIII y XIX, así como un cuadro que elaboró en su momento el recién desaparecido Heriberto Lanfranchi, el cual es una mirada puntual sobre qué pasó en ese andar de varios siglos, con otras tantas haciendas ganaderas y los muchos comportamientos, como el ocurrido con Guanamé en el curso de 1808. Sucede que en ese año, su propietario el Conde de Pérez Gálvez, recibió 10 toros españoles procedentes del entonces Duque de Osuna y Veragua, destinados a las corridas organizadas en la capital del virreinato, para celebrar la jura del Rey Fernando VII. Lamentablemente, sucedió que los dichos toros llegaron tres meses después de los festejos y ya no fueron lidiados, dejándolos en los potreros que circundaba en aquella época la ciudad de México.

Representación del ganado vacuno en un antiguo códice novohispano. Puede apreciarse la clara y contundente visión del indígena.

   Más tarde, esa decena fue ubicada en la hacienda de Chichimequillas (en el actual estado de Querétaro), para luego trasladarlos a otra propiedad del Conde: esto en la parte norte del estado de San Luis Potosí, donde poseía gran cantidad de ganado vacuno. Es una pena enterarse que los veragüeños fueron dejados a su suerte. Pero aún así, se entiende que en dichas circunstancias, nacía la casta brava que más tarde fue seleccionada y separada del resto del ganado, con lo que ya más estables las condiciones, pudieron establecerse en la ya indicada hacienda de Guanamé.

Aspecto a destacar, también será el de apuntar el momento en que sucede el inicio de la profesionalización de la crianza del toro bravo en México, esto a partir de 1887. Por años, el tipo de ganado que se corría o lidiaba en las plazas, es porque era criollo, con apenas evidencia de un elemental principio de crianza, lo cual tenía más de intuitivo que otra cosa. Seguramente los hacendados –que después se volvieron ganaderos-, pero más aún sus administradores, caballerangos y vaqueros, que convivían permanentemente con el ganado, procuraron poner en práctica diversos métodos para proveer al ganado vacuno, y en particular a los toros y vacas de esta raza, de un sentido que estuviese orientado para ser utilizado en la lidia. Esa domesticación, por tanto, era especial. Y es a lo largo de muchas evidencias que provienen de la literatura, o de las notas periodísticas cómo una u otra hacienda ganadera, buscaban características particulares que se traducían en la evidencia de esa bravura congénita, o de una mansedumbre desastrosa.

Llegado 1887, como ya apuntaba, ese año marca el parteaguas en la modernización y profesionalización de la ganadería. Arribaron a nuestro país un conjunto muy variado de toros y vacas de procedencia española, el cual fue adquirido por distintos hacendados con fines concretos de cruzamiento entre aquellas castas y el ganado criollo que aquí predominaba. Los resultados fueron de distinta índole, pero inconsistentes en su mayoría.

La intervención de distintos ganaderos ubicados en diversas casa fundacionales: los González de Tlaxcala, los Barbabosa en el valle de Toluca, o años más tarde, los Madrazo en Jalisco, fue definitiva en dichos quehaceres en un ya bien definido arranque de siglo XX. También fue notoria la aparición en escena de Antonio Llaguno González, criador zacatecano que corrió con la suerte de adquirir una punta de toros y vacas del Marqués del Saltillo mismos que llevó hasta los potreros de San Mateo, obteniendo resultados de excelente nota, imponiéndose una notable presencia de ganado criollo, contrapeso y fiel de la balanza en lo que se produjo poco antes (es decir 1909) de que se desatara el conflicto revolucionario de 1910.

Después vino la Revolución, el bien o mal habido reparto agrario, la fiebre aftosa (1946), y el que más tarde, cerca del final del siglo pasado, fue el inicio de un interesante capítulo, el mismo que por insaculación e inseminación artificial, vino a dar firmeza de cruzas con simiente española, el cual y hasta nuestros días, viene siendo toda una realidad.


[1] Enrique Florescano y Margarita Menegus: “La época de las reformas borbónicas y el crecimiento económico (1750-1808)” (p. 363-430). En HISTORIA general de MÉXICO. Versión 2000. México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000. 1104 p. Ils., maps., p. 365-6.

[2] Andrés Lira y Luis Muro: “El siglo de la integración” (p. 307-362). En HISTORIA general de MÉXICO. Versión 2000. México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000. 1104 p. Ils., maps., p. 311. Además, véanse las páginas 316 y 317 del mismo texto que abordan el tema de “La población”.

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RECUERDOS DE CUAUTITLÁN EN EL TOREO DECIMONÓNICO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 

A la izquierda, un jovencísimo Carlos Cuesta Baquero (Ca. 1888). A la derecha, la hermosa recreación que Primitivo Miranda logró para la Semana Santa en Cuautitlán, 1858. Óleo sobre tela, que forma parte de la Col. del Museo Nacional de Historia.

   En ese propósito por consolidar el que será motivo de conmemoración para 2026. O lo que es lo mismo: 500 años de tauromaquia en México, es bueno recuperar el cúmulo de capítulos o episodios que dieron, han dado y seguirán dando firmeza a su presencia. Es bueno hablar también sobre sus debilidades, lo que permitirá entender las diversas crisis enfrentadas y lo anterior en conveniente medida para encaminar su destino por el de un futuro promisorio.

Como todo elemento orgánico o natural, también desaparecerá en algún momento. No sabemos si de muerte natural o provocada.

En fin, que es momento de recuperar, esas pequeñas piezas mismas que en su momento calificó Victoriano Salado Álvarez como “Rocalla de historia”.

Leo por estos días con auténtica fruición, textos inéditos del Dr. Carlos Cuesta Baquero (1867-1951). Con su bien conocido anagrama Roque Solares Tacubac, este autor potosino de origen, escribió vivencias que escuchó de viva voz por parte de viejos protagonistas o de aficionados que las compartieron. Del mismo modo, y dado su empeño, redactó las suyas propias, acumuló archivos formados por viejos papeles, fotografías y carteles. Con esos elementos, publicó infinidad de colaboraciones, siendo la primera la que apareció en El Estandarte de San Luis Potosí (1885), y luego en la ciudad de México, en periódicos como El Loro, La Muleta, El Toreo Ilustrado, así como en la publicación que impulsó el grupo taurino Espada Pedro Romero. Es testigo de la fuerza de Ponciano Díaz, confrontada con la de Luis Mazzantini, propuesta novedosa y necesaria para el toreo en México a fines del XIX, apoyada por doctrinales que despiertan la sed de conocimiento de nuestro personaje y de otros con quienes formó la “falange de románticos”, grupo que integran: Pedro Pablo Rangel, Rafael Medina y Eduardo Noriega “Trespicos” entre otros. Al comenzar el siglo XX sigue colaborando ininterrumpidamente en varias publicaciones e incluso, para 1904, y en compañía de Daniel Carrasco Zanini se suma al equipo de trabajo del semanario MEXICO TAURINO De ahí, sus variados seudónimos o el mejor conocido anagrama de su nombre, aparecerán en EL UNIVERSAL TAURINO, REVISTA DE REVISTAS, EL ECO TAURINO, LA LIDIA y LA FIESTA. Es decir, lo mejor de lo mejor.

ROQUE SOLARES TACUBAC publicó cientos, quizás miles de artículos donde dejó sentir su preocupación por lo técnico del toreo, a través de la historia. Como personaje connotado influyó notablemente en el gusto de varias generaciones, con la salvedad de que para las épocas en que colabora en LA LIDIA y LA FIESTA (1942-1951) su propuesta doctrinaria sigue siendo vigente, pero anacrónica ante el paso de la modernidad que dejó atrás -luego de varios años- lo que seguía sosteniendo como válido en el toreo: el tecnicismo. Quizás no se adecuó a ese tiempo y mantuvo algo totalmente propio del pasado, por lo cual se enfrentó -sin quererlo- con nuevos escritores, como PACO PUYAZO que, formado en el frente de la afición de hace medio siglo, se acostumbraron al toreo de la “edad de oro”, gozando de las proezas de “Armillita”, Garza, “el Soldado” o Silverio Pérez.

No puede pasar por alto la obra monumental que publicara don Carlos Cuesta en 1905 primero y 1920 después. Me refiero a la Historia de la Tauromaquia en el Distrito Federal desde 1885 hasta 1905. México, Tipografía José del Rivero, sucesor y Andrés Botas editor, respectivamente. Tomos I y II. Se trata de un amplísimo recorrido por las historias del toreo que surgieron no solamente en los 20 años allí revisados. Se remite a sucedidos en plazas como san Pablo y Paseo Nuevo, aportando noticias ricas en información. El segundo tomo sufre la desgracia de ser retirado de la imprenta a la mitad de dicha labor debido -nos cuenta el Ing. Eleuterio Martínez, bibliófilo taurino- a que encontrándose en rama la impresión, por un imperdonable descuido del encargado de la imprenta del papel de desperdicio se entregó toda la tirada al trapero que recogía este papel, salvándose únicamente los pliegos correspondientes a cinco ejemplares, hasta la página 232, que el doctor Cuesta conservaba en su domicilio, debido a haberlos tomado en una de sus visitas al taller tipográfico cuando la impresión se encontraba en esa etapa. Disgustado don Carlos canceló el trabajo pasando los originales, a su muerte, a poder de sus hijos.

La obra del Dr. Cuesta es pues, interminable.

En alguno de esos apuntes, encuentro una interesante descripción sobre la poco conocida plaza de toros ubicada en Cuautitlán. De eso platicaré a continuación.

Construida en madera, situada en un amplio terreno bardeado y con sus correspondientes puertas. Estaba ubicada en la principal calle del pueblo, en la que era continuación de la carretera que nombraban “Camino Real”, transitado en aquella época (entre 1870 y 1885) por la legendaria “Diligencia” y por numerosos convoyes de carros tirados por ganado caballar y mular.

No en balde, Amado Nervo decía al respecto: “Después de México…, todo es Cuautitlán”.

La placita –continua su narración Cuesta Baquero– tenía los dos usuales departamentos de “Sombra” y “Sol”, pero no había distinción en las localidades especializando lo que actualmente nombran “Preferencia”. Por lo tanto los concurrentes más anticipados eran los que podía tomar su asiento junto a la “barrera” y en las gradas inferiores del anfiteatro la “barrera” era única. No había “contrabarrera” y por ende no existía “callejón”. El refugio de los lidiadores eran los antiquísimos conocidos “burladeros”. Arriba de la barrera circundándola estaban lo que nombran “maroma” o sea el cable de ixtle o acero, impidiendo que cuando el toro intentase saltar esquivando la lidia, los espectadores no fuesen lesionados por el hocico del animal.

Arriba de la “barrera” había un graderío incomodo por la altura que tenía cada hilera de gradas. Coronando ese graderío estaba una andanada de palcos lo que nombran “lumbreras” –a los que ascendían los concurrentes, especialmente las concurrentes, por medio de una escalera, ni cómoda ni amplia, pero que daba ocasión a que los concurrentes masculinos se deleitaran observando las pantorrillas de las aficionadas, pueblerinas y también de la Metrópoli que en buen número asistían para “correr la juerga”. No sé como estarían las otras dependencias de la placita o sea la “enfermería” (que probablemente no la tenía porque en aquellas épocas no era acostumbrado establecerla. Los lidiadores que resultaban lesionados eran curados donde se podía y como se podía).

La concurrencia a los espectáculos tauromáquicos efectuados en ese coso estaba constituida en su mayor porción por los aficionados residentes en la Metrópoli.

Emprendían la expedición desde la mañana, a las nueve, diez u once horas para llegar a la de comer al pueblo, en las fondas en casa de amigos quienes los tenían. El viaje era en caballo o carruaje –los había con asientos de alquiler al precio de cincuenta centavos o sea “cuatro reales”, según entonces eran nombrados los tostones. En la caminata reinaba alegría porque además del entusiasmo promovido por la ilusión de los “toros” había los incidentes chuscos y de enamoramiento, pues ya dije que buen número de aficionadas concurrían para “torear, corriendo la juerga”.

Cuautitlán era en aquellos años un poblachón polvoriento y triste en los días no festivos, pero en los domingos cuando había “toros” ofrecía regocijo y menor cantidad de polvo. El C. Presidente Municipal se preocupaba por hacer regar en las dos o tres principales calles para que el polvo no molestara a los forasteros. En las fonduchas y en “puestos” había comestibles abundantes y apetitosos aunque no fácilmente digeribles, por lo que no era necesario llevar “itacate”, sino solamente una anforita con el correspondiente licor.

La corrida daba comienzo a las cuatro. La constituían un toro para la “charreada” (enonces no decían “jaripeo”) y cuatro para la lidia verdaderamente así considerada. Pero como en todos los lances tauromáquicos había rapidez, especialmente en los del último “tercio” porque no se usaban “faenas” prolongadas ni muchos pinchazos, sino pocos “pases” y una o dos estocadas, so pena que la “autoridad ordenara fuera lazado el toro o sea “devuelto a los corrales”, la corrida quedaba concluida a las cinco o cinco y treinta minutos.

Hasta aquí, con esta amplia descripción de la que apenas tenemos un primer acercamiento sobre el entonces distante poblado, primera jornada en los viajes emprendidos y donde pernoctaban aquellos viajeros que se animaban a realizar travesía hacia el norte de nuestra república.

Debo agregar, como fin de estos apuntes que entre otros toreros, allí se presentaron Bernardo Gaviño, Ponciano Díaz y algunos más con sus respectivas cuadrillas, lo cual animaba con entusiasmo sin igual, los días de corrida.

Dice una crónica, recogida en El Republicano, D.F., del 12 de diciembre de 1880, p. 1:

Plaza de toros de Cuautitlán, Méx. Con el invierno se ha iniciado una temporada de corridas de toros. El espectáculo está proscrito de la capital y de los pueblos del Distrito. Pero no hay más que salir a algún punto de los Estados limítrofes y se ve gotear impunemente sangre de toros y de caballos.

Si el gran Juárez hizo que se prohibiesen los toros en la capital y sus alrededores, se elude la prohibición trasladándose en alas del vapor a Amecameca o a Cuautitlán. ¡Y después hay quien diga que no sirven mucho los ferrocarriles!

Una gran caravana de expedicionarios salió el martes (7 de diciembre, N. del A.) para Cuautitlán, con objeto de asistir a la función de toros dada en ese pueblo en honor de la Inmaculada Concepción.

Pío XIX regaló un dogma a ese misterio cristiano; Cuautitlán le decretó la inmolación de cinco bichos de Atenco.

No quiero detenerme, Blanca, en enviarte mis comentarios sobre los toros de Cuautitlán.

-¡Uf! No valió gran cosa, chico… No hubo más que dos caballos despanzurrados, un solo hombre aporreado y ningún picador muerto…, ni siquiera herido!…

Y en efecto, un aficionado a la tauromaquia, descendido de las filas del populacho del sol y lanzado varias veces al aire, a guisa de pelota, por las astas emboladas de un toro furioso, fue el único accidente que mereció los aplausos ardorosos del público de Cuautitlán…

Tuyo, Filinto.

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