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24 DE JUNIO DE 1526. 24 DE JUNIO DE 2016, 490 AÑOS DEL PRIMER FESTEJO TAURINO EN MÉXICO.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Hoy, 24 de junio se celebra el mero día de San Juan, fecha que los anales del toreo en nuestro país registran como la del primer festejo taurino, ocurrido el 24 de junio de 1526, por lo que me permito dedicar las siguientes líneas a tan importante acontecimiento.

   En efecto, y gracias al hecho de que el Capitán General Hernán Cortés deja noticia en su “Quinta-Carta-relación”, enviada al monarca Carlos V desde “Tenuxtitan, el 3 de septiembre de 1526”, sabemos que:

Otro día, que fue de San Juan, como despaché este mensajero (refiriéndose al visitador Luis Ponce de León), llegó otro, estanco corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…”

CORTÉS LA MALINCHE y TOROS_A. NAVARRETE

Antonio Navarrete supo recrear perfectamente esos momentos. He aquí sus impresiones.

Antonio y Manuel Navarrete: Trazos de vida y muerte. Por (…). Textos: Manuel Navarrete T., Prólogo del Dr. Juan Ramón de la Fuente y un “Paseíllo” de Rafael Loret de Mola. México, Prisma Editorial, S.A. de C.V., 2005. 330 p. ils., retrs., p. 16.

   Sin embargo, ¿qué fue lo que se lidió al citar el término “ciertos toros”, si no había por entonces un concepto claro de la ganadería de toros bravos?

   ¿Fueron cíbolos o quizá algún pequeño “encierro” de aquellos ganados que fueron consecuencia de la introducción que, por allá de 1521 realizó Gregorio de Villalobos y que ya se habían adaptado y desarrollado en sitios cercanos a la que entonces era la ciudad de México-Tenochtitlan?

   Recordemos que Moctezuma contaba con un gran zoológico en Tenochtitlán y en él, además de poseer todo tipo de especies animales y otras razas exóticas, el mismo Cortés se encargó de describir a un cíbolo o bisonte en los términos de que era un “toro mexicano con pelaje de león y joroba parecida a la de los camellos”.

   El bisonte en época de la conquista ascendía a unos cincuenta millones de cabezas repartidas entre el sur de Canadá, buena parte de la extensión de Estados Unidos de Norteamérica y el actual estado de Coahuila.

   Si bien los españoles debían alimentarse -entre otros- con carnes y sus derivados, solo pudieron en un principio contar con la de puerco traída desde las Antillas. Para 1523 fue prohibida bajo pena de muerte la venta de ganado a la Nueva España, de tal forma que el Rey intervino dos años después intercediendo a favor de ese inminente crecimiento comercial, permitiendo que pronto llegaran de la Habana o de Santo Domingo ganados que dieron pie a un crecimiento y a un auge sin precedentes. Precisamente, este fenómeno encuentra una serie de contrastes en el espacio temporal que el demógrafo Woodrow W. Borah calificó como “el siglo de la depresión”, aunque conviene matizar dicha afirmación, cuando Enrique Florescano y Margarita Menegus afirman que

Las nuevas investigaciones nos llevan a recordar la tesis de Woodrow Borah, quien calificó al siglo XVII como el de la gran depresión, aun cuando ahora advertimos que ese siglo se acorta considerablemente. Por otra parte, también se acepta hoy que tal depresión económica se resintió con mayor fuerza en la metrópoli, mientras que en la Nueva España se consolidó la economía interna. La hacienda rural surgió entonces y se afirmó en diversas partes del territorio. Lo mismo ocurrió con otros sectores de la economía abocados a satisfacer la demanda de insumos para la minería y el abastecimiento de las ciudades y villas. Esto quiere decir que el desarrollo de la economía interna en el siglo XVII sirvió de antesala al crecimiento del XVIII.

   El estudio de Borah publicado por primera vez en México en 1975, ha perdido vigencia, entre otras cosas, por la necesidad de dar una mejor visión de aquella “integración”, como lo apuntan Andrés Lira y Luis Muro, de la siguiente manera:

Hacia 1576 se inició la gran epidemia, que se propagó con fuerza hasta 1579, y quizá hasta 1581. Se dice que produjo una mortandad de más de dos millones de indios. La fuerza de trabajo para minas y empresas de españoles escaseó entonces, y las autoridades se vieron obligadas a tomar medidas para racionar la mano de obra y evitar el abuso brutal de los indígenas sobrevivientes.

   Por otra parte, la población mestiza había aumentado a tal grado que iba imponiendo un trato político y social que no se había previsto. Mestizos, mulatos, negros libres y esclavos huidos, al lado de criollos y españoles sin lugar fijo en la sociedad concebida como una organización de pueblos de indios y ciudades y lugares de españoles, alteraron el orden ideado por las autoridades españolas, en cuyo pensamiento sólo cabía una sociedad compuesta por “dos repúblicas, la de indios y la de españoles”.

   En cuanto a la tesis de cíbolos o bisontes, ésta adquiere una dimensión especial cuando en 1551 el virrey don Luis de Velasco ordenó se dieran festejos taurinos. Nos cuenta Juan Suárez de Peralta que don Luis de Velasco, el segundo virrey de la Nueva España entre otras cosas se aficionó a la caza de volatería. Pero también, don Luis era

“muy lindo hombre de a caballo”, jugaba a las cañas, con que honraba la ciudad, que yo conocí caballeros andar, cuando sabían que el virrey había de jugar las cañas, echando mil terceros para que los metiesen en el regocijo; y el que entraba, le parecía tener un hábito en los pechos según quedaba honrado (…) Hacían de estas fiestas [concretamente en el bosque de Chapultepec] de ochenta de a caballo, ya digo, de lo mejor de la tierra, diez en cada cuadrilla. Jaeces y bozales de plata no hay en el mundo como allí hay otro día.

   Estos entretenimientos caballerescos de la primera etapa del toreo en México, representan una viva expresión que pronto se aclimató entre los naturales de estas tierras e incluso, ellos mismos fueron dándole un sentido más americano al quehacer taurino que iba permeando en el gusto que no sólo fue privativo de los señores. También los mestizos, pero sobre todo los indígenas lo hicieron suyo como parte de un proceso de actividades campiranas a las que quedaron inscritos.

   El torneo y la fiesta caballeresca primero se los apropiaron conquistadores y después señores de rancio abolengo. Personajes de otra escala social, españoles nacidos en América, mestizos, criollos o indios, estaban limitados a participar en la fiesta taurina novohispana; pero ellos también deseaban intervenir. Esas primeras manifestaciones estuvieron abanderadas por la rebeldía. Dicha experiencia tomará forma durante buena parte del siglo XVI, pero alcanzará su dimensión profesional durante el XVIII.

   El padre Motolinía señala que “ya muchos indios usaran caballos y sugiere al rey que no se les diese licencia para tener animales de silla sino a los principales señores, porque si se hacen los indios a los caballos, muchos se van haciendo jinetes, y querranse igualar por tiempo a los españoles”.

   Lo anterior no fue impedimento para que naturales y criollos saciaran su curiosidad. Así enfrentaron la hostilidad básicamente en las ciudades, pero en el campo aprendieron a esquivar por parte del ganado vacuno embestidas de todo tipo, obteniendo con tal experiencia, la posibilidad de una preparación que se depuró al cabo de los años. Esto debe haber ocurrido gracias a que comenzó a darse un inusual crecimiento del ganado vacuno en gran parte de nuestro territorio, el cual necesitaba del control no sólo del propietario, sino de sus empleados, entre los cuales había gente de a pie y de a caballo. Muchos de ellos eran indígenas.

   Es por todo lo anterior que recordamos este día los  490 años en que sucede la celebración del primer registro taurino, ocurrido en la entonces semidestruida ciudad de México-Tenochtitlan que comparte la iniciativa de levantar otra nueva, la que será años más tarde, corazón del virreinato.

   Tengo la impresión de que aquel festejo donde, a decir de Hernán Cortés “se corrieron ciertos toros”, pudo haberse desarrollado en algún espacio del que luego fue el terreno donde se levantó el imponente convento de San Francisco, puesto que el propio sitio de la ciudad de Tenochtitlan no tendría en ese momento condiciones favorables, contando para ello que estaba asentada en condiciones absolutamente lacustres. El convento, poco más allá de la zona delimitada, ya estaba -por decirlo así-, en tierra firme, lo que debe haber permitido que se llevara a cabo tan singular puesta en escena.

   Así que con estas breves suposiciones, tenemos ya condimentado el primer registro de un espectáculo taurino, mismo que hoy permite la conmemoración de los 490 años de asentamiento, desarrollo y esplendor de la tauromaquia en nuestro país… y que sea por muchos años más.

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FRAY GARCÍA GUERRA, UN VIRREY TAURINO… HASTA LA MÉDULA.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   En tiempos de Felipe III, en la entonces Nueva España su alter ego, gobernó don Fray García Guerra, Arzobispo de México de 1611 a 1612 en que murió. En aquellos pocos meses, este religioso dio muestras de tener inclinaciones por la vida relajada. Ahora que transcurre la “semana santa”, comparto con ustedes el siguiente recuento, mismo que proviene de uno de los célebres libros de don Artemio de Valle-Arizpe, cronista de la ciudad de México y que en esa basta obra que nos legó, no escaparon a sus intenciones, abordar aspectos eminentemente taurinos, de donde resulta que este señor Arzobispo fue importante protagonista.

LA NEGRA DEL SEÑOR ARZOBISPO.

   Son los tiempos en que estaba en la Nueva España el muy peculiar Arzobispo Fray Pedro o Francisco García Guerra. Peculiar, porque presidió siempre la vida de don Fray García Guerra un oculto maleficio. De un mal iba a otro mal mayor y así hasta que llegó a la muerte, supremo descanso… Ya desde su viaje emprendido para ocupar el cargo de virrey en este reino, estuvo plagado de tribulaciones de todo tipo. Pues bien, llegó al puerto de Veracruz el afligido señor acompañado de su cohorte. Luego de rumbosa recepción en la que hubo preciosos arcos de flores y de verdura, a tiro de arcabuz unos de otros; a cada paso salía multitud de indios con altos y brilladores penachos de plumas de colores, tocando trompetas, sacabuches, chirimías, dulzainas, albogues y roncos tamborinos… En cierto momento, uno de los muchos cohetes que se soltaron para festejar, fue a posarse a los pies de la mula frisona montada por el arzobispo. Ya imaginarán ustedes la consecuencia: un brazo roto, el brazo con el que bendecía tan amorosamente, ¡qué lástima!, y dio, además, un formidable cabezazo, y, como era natural se le rajó el cráneo al pobre señor, pero el pedrusco, menos mal, sí quedó intacto todo él y hasta decorado con unas sinuosas chorreaduras de sangre, que le hacían bien, armonizando con su color gris.

   Siguió su camino rumbo a Zumpango, luego a Huehuetoca lugar donde sufrió otro accidente. ¡Válgame Dios! Tras el nuevo susto, y algo repuesto, llegó a Guadalupe, donde tomando precauciones ante el aviso de que montaría otra mula, prefirió una carroza, en la que por fin arribó a la gran ciudad de México. Pasando por la calle de Santo Domingo, y dispuesto a subir un templete, este se hundió estruendosamente cayendo todo lo que fueron suntuosos adornos.

   A Su Señoría Ilustrísima don Fray García Guerra no le pasó casi nada, si nada grave es la torcedura de una pierna, que se le volvió al revés, con el talón novedosamente hacia delante, por la sencilla cosa de que le cayó encima una gruesa tabla (…)

   Camino a la Catedral, un nuevo accidente se sumó a esa marcha que se antoja colmada de una desgracia y otra también. Y así pasaron los días, en que ya no hubo –al parecer- más sustos, hasta que otro igual de inusitado lo llevó, después de severo golpe cayendo del carruaje arrastrado por unas mulas desbocadas, a pasar varios días reponiéndose del susto y los dolores intensos que padeció.

   Con lo que en aquellos tiempos escandalizaba un eclipse, pues miren que vino a ocurrir en los días en que ya el Arzobispo solo pensaba en las fiestas para hacer su entrada pública como virrey. Y eso no podía ser sino un pésimo agüero de su fatal presencia en estos dominios. Las calamidades no terminaron ahí. En tanto, se efectuó la recepción, tal y como estaban establecidos los usos y costumbres de tan singular acontecimiento, -¡claro!- sin que faltara otra desgracia. Y es que

Unos juglares, para agasajar al nuevo virrey, había preparado un artificio para hacer volatines desde lo alto de un pino en la plaza de Santiago Tlatelolco, y al llegar Su Excelencia le hicieron algunas suertes muy vistosas, pero se descompuso el armadijo que tenían y vinieron al suelo, estrellándose casi a los pies del flamante Virrey: un jeme escaso faltó para que le cayeran encima y lo dejaran desmenuzado y deshecho, y como compensación sólo le salpicaron irrespetuosamente de sangre y de sesos las manos y las suntuosas vestiduras; pero con unos lienzos y un poco de agua quedó remediado el mal, y esos trapos inmundos se los disputaba la gente para guardarlos como reliquias veneradas.[1]

   Seguramente por estas, y otras razones, fue que Artemio de Valle-Arizpe denominó a presente pasaje como La negra del señor arzobispo. No se piense en ninguna mulata. Menos, en una mujer de intenso y oscuro color que le acompañara en el austero séquito. No. Era su desgraciada suerte que tuvo, como lo cuenta Mateo Alemán,[2] el cronista de estos sucedidos, en infortunios uno seguido del otro. Incluso –y como lo veremos más adelante-, hasta en sus honras fúnebres.

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Arzobispo-virrey Fray Pedro García Guerra.

   Y como don Pedro o Francisco era harto entusiasta para las fiestas que se le organizaron en su recepción, no excluyó las taurinas. Fue por eso de que

(…) a los pocos días de su toma de mando iba a celebrar el Ayuntamiento las fiestas anuales que estaban ordenadas que se hicieran solemnemente el día del glorioso Señor San Hipólito, en recordación de la toma de la ciudad azteca por Hernán Cortés y los suyos, y ya no se pudieron hacer otras especiales para honrar al nuevo mandatario, sino que se acordó que las del 13 de agosto fuesen también dedicadas para agasajarlo. Así es que se quedó sin festejos don Fray García Guerra; pero la madre tierra se esmeró en proporcionarle uno muy soberano en los primeros días de su gobierno, poniéndose a temblar más que potranca ante un león.[3]

Salvándose de que le cayera encima un alto estante lleno de libros, aunque más de alguno de aquellos volúmenes le vino a causar los golpes de rigor, esto que no le impidió pensar, ¿en qué creen ustedes?

Pero mandó celebrar unas corridas de toros; ¿cómo iba a ponerse a mandar tranquilamente como virrey don Fray García Guerra, sin haber tenido antes aunque fuese una mala festividad? No, eso no era posible; equivaldría a subvertir el orden de las leyes naturales. Hubo dos corridas, y mandó, además, el uncioso prelado que se jugaran alcancías, pero todo ello se interrumpió por otro temblor de tierra inoportuno, que llenó a todo el mundo de pánico, pues por todas partes llovían piedras y vigas de las casas de los alrededores del coso, que se venían abajo estrepitosamente y entre espesas polvaredas. Hubo heridos numerosos, y también hubo muchos muertos; de los toros se fueron a ver, beatíficamente, a los serafines y arcángeles o a los diablos en los apretados infiernos, según fuere su limpieza de alma o el sucio caudal de sus pecados.[4]

   Se sabe que dicho festejo se celebró “en un cortinal de palacio” y, a lo que parece, no fue precisamente en el palacio virreinal, sino en el arzobispal, a donde tenía sus aposentos el desgraciado fraile, quien a partir de ese otro susto mayúsculo, comenzó a estar muy enfermo. Como quedara en manos de unos médicos que diagnosticaron todo, pero no lo más acertado, hasta llegaron al extremo de

Que lo partieron casi en canal, pues que aseguraron estos majaderos hombres de ciencia que se había corrompido por el interior, “porque las materias hicieron grandísima eminencia en la parte de las costillas que llaman mendozas, siendo muy necesario que viniesen cirujanos a abrirlo”, y luego que lo destazaron vieron “que salió poca materia, por haber corroído ya el diafragma y subido arriba”, y que “las costillas mendozas estaban tan podridas que se deshacían entre los dedos”. Con grandes, incesantes dolores, que lo tenían en un perenne grito, más por la destazada que por lo de las materias que le habían “subido arriba” y que por lo deleznable de las costillas mendozas, murió don Fray García Guerra el 22 de febrero del año de 1612.[5]

   Y hasta aquí con este pasaje de don fray García Guerra, taurino hasta la médula.


[1] Valle-Arizpe: Del tiempo pasado. 3ª ed. México, Editorial Patria, S.A., 1958. 251 p. (Tradiciones, leyendas y sucedidos del México Virreinal, XIV)., p. 121.

[2] Mateo Alemán: Sucesos de D. Frai García Guerra, Arzobispo de México, a cuyo cargo estuvo el gobierno de la Nueva España. A Antonio de Salazar Canónigo de la Santa Iglesia de México, mayordomo y administrador general de los diezmos y rentas de ella: Por el Contador Mateo Alemán, criado del rey nuestro señor. Con licencia en México. En la imprenta de la Viuda de Pedro Balli. Por C. Adriano César. Año de 1613.

[3] Valle-Arizpe: Del tiempo…, op. cit., p. 121-122.

[4] Ibidem., p. 122-123.

[5] Ibid., p. 123.

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DE COMO EL TOREO DE A CABALLO SE REPRESENTÓ POR PRIMERA VEZ EN LA NUEVA ESPAÑA.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

HOY, 24 DE JUNIO PERO DE… 1526…

   Entre el 20 de abril de 1519 y el 13 de agosto de 1521 se desarrollaron los momentos más intensos de la conquista española sobre el poderoso Imperio Mexica, fundado en la ciudad de Tenochtitlan. Los mexicas aplicaron un control férreo sobre pueblos que terminaron siendo sometidos por la vía del tributo; no cumplirlo significaba la guerra. Los cempoaltecas, chalcas, totonacas y los tlaxcaltecas, entre otros, contribuyeron a su decadencia cuando hicieron alianza con los españoles.

   La capitulación de la gran ciudad de México-Tenochtitlan ocurrió el día de san Hipólito del año del señor de 1521, y a partir de ese momento comenzó el período colonial que abarcaría tres siglos de esplendor.

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La suerte de alancear toros fue escena común en la Nueva España, tan luego se dio paso a la colonización.

Fuente: Antonio Navarrete. TAUROMAQUIA MEXICANA, Lám. Nº 5. “El alanceo de toros”.

   Las fiestas y torneos caballerescos nos muestran uno de los múltiples aspectos que conforman la vida cotidiana de una sociedad, en este caso, la novohispana. “Correr toros” se decía comúnmente y es ahí donde las historias nos hablan de un primer festejo celebrado en lo que hoy día son los terrenos del convento de San Francisco, justo el 24 de junio de 1526, noticia que entre otros, registró el propio conquistador Hernán Cortés, en estos términos: “Otro día, que fue de San Juan, como despaché este mensajero, [para dar la bienvenida al visitador Luis Ponce de León] estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…”; todo ello en su quinta Carta-Relación, que conoció al detalle el Rey Carlos V en España. De esta efeméride se cumplen hoy 489 años cabales.

   Aunque nos asalta la duda sobre los “ciertos toros” que menciona el propio Cortés. ¿Acaso no serían los “extraños toros mexicanos con pelaje de león y joroba parecida a la de los camellos” que asimismo los describe Cortés y cuya similitud es igual al bisonte que tenía Moctezuma en su maravilloso zoológico?

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El conquistador Hernán Cortés. Lámina del Códice Panes-Abellán (Theatro de Nueva España en su gentilismo y conquista). México. Fines del siglo XVIII.

Fuente: Biblioteca Nacional de México.

   Poco a poco fueron llegando diferentes variedades de ganado no sólo de España, también de islas como La Española, las Antillas o de Cuba, al grado de que el mismo Cortés envió al valle de Toluca un buen número de ellas.

   Por cierto, era común en aquellos tiempos el juego de cañas. “Correr cañas” era una antigua forma de destreza hípica en la que los contendientes se arrojaban mutuamente lanzas, el fin de este simulacro de guerra era derribar a los adversarios o desarmarlos.

   Torneos y justas son las primeras demostraciones deportivas de los españoles en tierras nuevas. Para ello fue necesario el elemento material que era suprema condición: el caballo. La moda caballeresca de los siglos XV y XVI estaba aquí. El español buscó defender la tradición medieval. Toros y cañas iban juntos, como espectáculos suntuosos y brillantes en la conmemoración de toda solemnidad.[1]

   Para 1526, y en esta parte del territorio mesoamericano, concretamente la derruida ciudad de México-Tenochtitlan, tal espacio se convirtió en el punto donde se celebró aquel primer “festejo”, apenas con las condiciones suficientes para ser considerada como una de las primeras representaciones de este tipo, las que con el tiempo alcanzaron verdadero esplendor.


[1] José Francisco Coello Ugalde: Novísima grandeza de la tauromaquia mexicana (Desde el siglo XVI hasta nuestros días). Madrid, Anex, S.A., Editorial “Campo Bravo”, 1999. 204 p. Ils, retrs., facs., p. 19-20. (Época colonial. Siglos XVI-XVIII, primera parte).

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HISTORIA DE UN EXCÉNTRICO ARZOBISPO-VIRREY.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. 

EN OCASIÓN DE LA SEMANA SANTA O LA HISTORIA DE UN EXCÉNTRICO UN ARZOBISPO-VIRREY. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Entresaco de mi libro (inédito): “Artemio de Valle-Arizpe y los toros”. México, 2009. 599 p. Ils., fots., grabs. (Aportaciones Histórico Taurinas Mexicanas, 62)…

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 …son los siguientes tres PASAJES, con motivo de que por estos días, al conmemorarse una nueva ocasión de la Semana Santa, sucedió allá por 1611 un caso que escandalizó a la sociedad. El protagonista de aquel asunto fue el Arzobispo-virrey fray Pedro o Francisco García Guerra, que al organizar un festejo taurino en “un cortinal de palacio”, olvidó trasladarlo, por lo menos al domingo de resurrección. Como aquello ocurriera el viernes santo, las muchas cosas que pasaron en apenas una jornada, permitieron a don Artemio de Valle-Arizpe hacer un recuento, diría más que completo sobre el asunto. Veamos.

 [PASAJE Nº 9]: LA NEGRA DEL SEÑOR ARZOBISPO.

    Son los tiempos en que estaba en la Nueva España el muy peculiar Arzobispo Fray Pedro o Francisco García Guerra. Peculiar, porque presidió siempre la vida de don Fray García Guerra un oculto maleficio. De un mal iba a otro mal mayor y así hasta que llegó a la muerte, supremo descanso… Ya desde su viaje emprendido para ocupar el cargo de virrey en este reino, estuvo plagado de tribulaciones de todo tipo. Pues bien, llegó al puerto de Veracruz el afligido señor acompañado de su cohorte. Luego de rumbosa recepción en la que hubo preciosos arcos de flores y de verdura, a tiro de arcabuz unos de otros; a cada paso salía multitud de indios con altos y brilladores penachos de plumas de colores, tocando trompetas, sacabuches, chirimías, dulzainas, albogues y roncos tamborinos… En cierto momento, uno de los muchos cohetes que se soltaron para festejar, fue a posarse a los pies de la mula frisona montada por el arzobispo. Ya imaginarán ustedes la consecuencia: un brazo roto, el brazo con el que bendecía tan amorosamente, ¡qué lástima!, y dio, además, un formidable cabezazo, y, como era natural se le rajó el cráneo al pobre señor, pero el pedrusco, menos mal, sí quedó intacto todo él y hasta decorado con unas sinuosas chorreaduras de sangre, que le hacían bien, armonizando con su color gris.

   Siguió su camino rumbo a Zumpango, luego a Huehuetoca lugar donde sufrió otro accidente. ¡Válgame Dios! Tras el nuevo susto, y algo repuesto, llegó a Guadalupe, donde tomando precauciones ante el aviso de que montaría otra mula, prefirió una carroza, en la que por fin arribó a la gran ciudad de México. Pasando por la calle de Santo Domingo, y dispuesto a subir un templete, este se hundió estruendosamente cayendo todo lo que fueron suntuosos adornos.

   A Su Señoría Ilustrísima don Fray García Guerra no le pasó casi nada, si nada grave es la torcedura de una pierna, que se le volvió al revés, con el talón novedosamente hacia delante, por la sencilla cosa de que le cayó encima una gruesa tabla (…)

   Camino a la Catedral, un nuevo accidente se sumó a esa marcha que se antoja colmada de una desgracia y otra también. Y así pasaron los días, en que ya no hubo –al parecer- más sustos, hasta que otro igual de inusitado lo llevó, después de severo golpe cayendo del carruaje arrastrado por unas mulas desbocadas, a pasar varios días reponiéndose del susto y los dolores intensos que padeció.

   Con lo que en aquellos tiempos escandalizaba un eclipse, pues miren que vino a ocurrir en los días en que ya el Arzobispo solo pensaba en las fiestas para hacer su entrada pública como virrey. Y eso no podía ser sino un pésimo agüero de su fatal presencia en estos dominios. Las calamidades no terminaron ahí. En tanto, se efectuó la recepción, tal y como estaban establecidos los usos y costumbres de tan singular acontecimiento, -¡claro!- sin que faltara otra desgracia. Y es que

Unos juglares, para agasajar al nuevo virrey, había preparado un artificio para hacer volatines desde lo alto de un pino en la plaza de Santiago Tlatelolco, y al llegar Su Excelencia le hicieron algunas suertes muy vistosas, pero se descompuso el armadijo que tenían y vinieron al suelo, estrellándose casi a los pies del flamante Virrey: un jeme escaso faltó para que le cayeran encima y lo dejaran desmenuzado y deshecho, y como compensación sólo le salpicaron irrespetuosamente de sangre y de sesos las manos y las suntuosas vestiduras; pero con unos lienzos y un poco de agua quedó remediado el mal, y esos trapos inmundos se los disputaba la gente para guardarlos como reliquias veneradas.[1]

   Seguramente por estas, y otras razones, fue que A de V-A denominó a presente pasaje como La negra del señor arzobispo. No se piense en ninguna mulata. Menos, en una mujer de intenso y oscuro color que le acompañara en el austero séquito. No. Era su desgraciada suerte que tuvo, como lo cuenta Mateo Alemán,[2] el cronista de estos sucedidos, en infortunios uno seguido del otro. Incluso –y como lo veremos más adelante-, hasta en sus honras fúnebres.

ARZOBISPO-VIRREY GARCÍA GUERRA

   Y como don Pedro o Francisco era harto entusiasta para las fiestas que se le organizaron en su recepción, no excluyó las taurinas. Fue por eso de que

(…) a los pocos días de su toma de mando iba a celebrar el Ayuntamiento las fiestas anuales que estaban ordenadas que se hicieran solemnemente el día del glorioso Señor San Hipólito, en recordación de la toma de la ciudad azteca por Hernán Cortés y los suyos, y ya no se pudieron hacer otras especiales para honrar al nuevo mandatario, sino que se acordó que las del 13 de agosto fuesen también dedicadas para agasajarlo. Así es que se quedó sin festejos don Fray García Guerra; pero la madre tierra se esmeró en proporcionarle uno muy soberano en los primeros días de su gobierno, poniéndose a temblar más que potranca ante un león.[3]

Salvándose de que le cayera encima un alto estante lleno de libros, aunque más de alguno de aquellos volúmenes le vino a causar los golpes de rigor, esto que no le impidió pensar, ¿en qué creen ustedes?

Pero mandó celebrar unas corridas de toros; ¿cómo iba a ponerse a mandar tranquilamente como virrey don Fray García Guerra, sin haber tenido antes aunque fuese una mala festividad? No, eso no era posible; equivaldría a subvertir el orden de las leyes naturales. Hubo dos corridas, y mandó, además, el uncioso prelado que se jugaran alcancías, pero todo ello se interrumpió por otro temblor de tierra inoportuno, que llenó a todo el mundo de pánico, pues por todas partes llovían piedras y vigas de las casas de los alrededores del coso, que se venían abajo estrepitosamente y entre espesas polvaredas. Hubo heridos numerosos, y también hubo muchos muertos; de los toros se fueron a ver, beatíficamente, a los serafines y arcángeles o a los diablos en los apretados infiernos, según fuere su limpieza de alma o el sucio caudal de sus pecados.[4]

   Se sabe que dicho festejo se celebró “en un cortinal de palacio” y, a lo que parece, no fue precisamente en el palacio virreinal, sino en el arzobispal, a donde tenía sus aposentos el desgraciado fraile, quien a partir de ese otro susto mayúsculo, comenzó a estar muy enfermo. Como quedara en manos de unos médicos que diagnosticaron todo, pero no lo más acertado, hasta llegaron al extremo de

Que lo partieron casi en canal, pues que aseguraron estos majaderos hombres de ciencia que se había corrompido por el interior, “porque las materias hicieron grandísima eminencia en la parte de las costillas que llaman mendozas, siendo muy necesario que viniesen cirujanos a abrirlo”, y luego que lo destazaron vieron “que salió poca materia, por haber corroído ya el diafragma y subido arriba”, y que “las costillas mendozas estaban tan podridas que se deshacían entre los dedos”. Con grandes, incesantes dolores, que lo tenían en un perenne grito, más por la destazada que por lo de las materias que le habían “subido arriba” y que por lo deleznable de las costillas mendozas, murió don Fray García Guerra el 22 de febrero del año de 1612.[5]

   Hasta aquí, las citas de A de V-A. Ahora bien, me gustaría agregar aquí un apunte que fue incluido en mi libro Novísima Grandeza de la tauromaquia mexicana, y que titulé

EL SIGLO XVII EMPIEZA CON LA HISTORIA DE UN TAURINO “HASTA EL TUÉTANO”: FR. GARCÍA GUERRA.

   Fray Francisco García Guerra de la orden de los dominicos, un buen día fue llamado a ocupar el cargo de Arzobispo. Como tal, prometió encargarse de obras pías “cuando fuera virrey de la Nueva España”. La espera tardó cuatro años y por fin, el 31 de marzo de 1611, se comunicó el nombramiento que el Rey Felipe III hizo por Cédula Real designándole su visorrey en estas Indias Occidentales. Aquel hombre que demostró pobrezas y rigores, dejó a un lado las virtudes de humilde religioso para inflamarse de los privilegios que el reciente nombramiento le confería, que por cierto, y por mera casualidad, fue comunicado un viernes.

   Entre lisonjas populares, un sorbo de buen chocolate y una chacona como fondo musical, decretó su Ilustrísima que todos los viernes de ese año hubiera grandes corridas de toros en la plaza que mandó construir en el Palacio Arzobispal.

   Ese primer viernes, las cosas ya se tenían preparadas pero fray García Guerra se olvidó de que tal día se recordaba la Pasión de Cristo. A escasos minutos de comenzar el festejo, se sintió un temblor de tierra que espantó el sosiego de la capital de la Nueva España y mejor dejaron las cosas para la semana siguiente. Ocho días después, las circunstancias del anterior se repitieron con más rigor, derribando tablados, casas y azoteas; y hasta el arzobispo-virrey peligró en su balcón al caer buen número de piedras.

   Del Real Monasterio de Jesús María salió una carta que recordaba la petición para fundar allí mismo un convento. Las promotoras: Sor Mariana de la Encarnación y Sor Inés de la Cruz esperaban pacientes que se cumpliera la promesa de tal proyecto, hecha por parte del todavía Arzobispo, por medio de aquellas palabras todas llenas de emoción, pero también de falsa lisonja y que decían: “Hasta que yo sea virrey de la Nueva España no les fundaré esa casa de religión”. También en esa carta la madre Inés solicitaba al virrey “mudar el decreto de los toros…, pero sin olvidar lo prometido para el nuevo convento”.

   La epístola, en el fondo se convirtió en aviso de alguna señal divina con la que se le decía a García Guerra que rectificara, cosa que no hizo.

   Días después el arzobispo-virrey tuvo un accidente en su carruaje del que resultó gravemente herido. Al recuperarse lo primero que hizo fue hablar con la monja Inés “y le pidió que le alcanzase de Dios vida para enmendar sus yerros y labrar el convento”. Sufrió el arrepentido todo este escarmiento. Murió el 22 de febrero de 1612.

   Y por supuesto, los intentos de seguir dando corridas de toros los viernes se esfumaron como el efímero lapso de tiempo en que su Ilustrísima gobernó como décimo segundo virrey de la Nueva España.[6]

   Además de Mateo Alemán, quien se ocupó de los Sucesos de D. Frai García Guerra…, se tiene noticia de otro autor que describió las tremendas tribulaciones de su Ilustrísima. Aunque no se tiene el nombre de dicho personaje, la obra se titula: “Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen de la Primitiva Observancia”, en la cual se notifican otros tantos asuntos, tan parecidos a los que ya se han abordado. Por su parte, Nicolás Rangel, también nos recuerda los acontecimientos de carácter taurino que se desarrollaron durante la recepción de Fray García.

Las Corridas de Toros celebradas en la Plaza Mayor, se jugaron algunos toros enmantados de cohetes y fuegos; y de haber sido pintado el Arco triunfal, levantado en la esquina de Santo Domingo, por el artista mexicano Luis Juárez, considerado como el fundador de la escuela mexicana de pintura. En este Arco figuraron los retratos de los Virreyes anteriores a Fray García Guerra y el de éste. Y a propósito de los toros enmantados de cohetes y fuegos, ¿no tendrán en ellos su origen los toritos de carrizo con que se divierten las multitudes en algunas pequeñas poblaciones de nuestro país y también en esta Capital, en las verbenas, antes de ser quemados los Fuegos de artificio?

   No obstante los celestiales avisos de que hablamos en anteriores párrafos, el taurómaco Arzobispo mandó construir un Coso en el propio Palacio Virreinal, para satisfacer su afición por la fiesta brava. Tan peregrina noticia nos la proporciona el Acta del Cabildo celebrado el 20 de julio de 1611, que dice: “Este día acordó la Ciudad que, porque ha tenido noticia que le dio el Secretario Cristóbal de Osorio, que en Palacio se ha hecho Coso en que lidiar toros algunos días, lo que fuere servido su Señoría Ilustrísima, y que se le dé sitio a esta Ciudad en que haga tablados para las veces en que los hubieren de haber, los caballeros del Ayuntamiento, ordenaron que el señor Francisco Escudero de Figueroa, vea el sitio que se señala, y ordene al Mayordomo haga allí un Tablado conforme le pareciere al Señor Francisco Escudero de Figueroa, y el dicho Mayordomo pague de los Propios todo lo que el dicho Francisco Escudero de Figueroa mandare y librare; que con la dicha libranza y carta de pago, se le escribirán en cuenta al dicho Mayordomo.

   Y el dicho Mayordomo tenga cuidado de que el Tablado se aderece decentemente todos los días que hubiere Toros, y a ello acudan los porteros de esta Ciudad; y los gastos menudos que en el discurso del tiempo se ofrecieren, los haga dicho Mayordomo y se le pasen en cuenta, con certificación del dicho señor Francisco Escudero. Y los entresuelos de los Tablados sean para las señoras de los caballeros Regidores que fueren allí sin haber división”.

   ¿Qué prueba más patente de la taurofilia de Su Señoría Ilustrísima, Don Fray García Guerra, que la de haber mandado construir Plaza de Toros en el propio Palacio virreinal? Desgraciadamente no hay noticia del número de Corridas verificadas durante los ocho meses que gobernó a México, pero deben haber sido frecuentes o cuando menos semanarias.

   Mateo Alemán, autor del “Pícaro Guzmán de Alfarache”, que escribió una “Oración Fúnebre” en memoria del Arzobispo, da noticia de las Corridas de toros que en honor de Don Fray García se verificaron en un cortinal de Palacio.[7]

   Aquel pasaje de “La negra del señor Arzobispo”, que parecía un simple y curioso vistazo sobre personaje tan peculiar como Fray Francisco García Guerra, se ha convertido en rico escenario de circunstancias colmadas de penurias, sustos, sobresaltos en medio del capricho de sus taurinas inclinaciones. 

[PASAJE Nº 13]: PRIMERA SERIE. UN ARZOBISPO TAURÓFILO.

   Es preciso contar con un primer escenario que nos ubique alrededor de los acontecimientos ocurridos en el primer semestre de 1611, donde el primer “actor” fue Francisco García Guerra, entonces un humilde fraile dominico, aunque ya con el cargo de Arzobispo de México. Al paso de los días, y por cédula real de Felipe III, el fraile, ascendió al cargo de virrey, que cumplió del 19 de junio de 1611 al 22 de febrero de 1612. Así que aquella humildad se tornó insoportable vanidad. El nuevo arzobispo-virrey, no quiso que ese nombramiento pasara por alto. Las fiestas fueron de las que hacen y dejan memoria por el boato con que se celebraron. El amplio marco de referencia que nos proporciona A de V-A para entender las circunstancias por las cuales tuvo su arribo este peculiar personaje, nos lleva a desentrañar estos primeros apuntes, para entender los comportamientos de quien puede envilecerse con el poder, cayendo, como cayó, en una peculiar maldición que ya veremos, no sólo se queda en La negra del señor arzobispo…

   Don Fray García Guerra ha bajado de su estufa, forrada de blandos velludos, ante la portada del Real Monasterio de Jesús María.[8] Don Fray García Guerra es el arzobispo de México.[9] Tiene siempre los ojos don Fray García Guerra puestos humildemente en el suelo, sus manos andan siempre entre las mangas del hábito y sus pensamientos meditando buenas obras; porque don Fray García Guerra es un varón evangélico, de mucho celo y mucha piedad, que se desvive por hacer caridades. Ocasiones ha habido en que hasta se ha olvidado de ir a comer por estar distribuyendo limosnas. Un día en que las daba uno de sus familiares, por estar él en cama con enfermedad, aumentaron los menesterosos y se agotó lo que se tenía señalado para el reparto y muchos se quedaron sin socorro; al saber esto el señor Arzobispo se llenó de íntima, de profunda tristeza por aquella pobrecita gente que fue a buscar un bien de caridad y no lo halló, y entonces dispuso que cuando no hubiese dinero en su palacio con que dar socorros se vendieran los muebles, su plata, sus joyas, todo lo que allí había, sin excluir la mitra ni el báculo, porque nada de eso era suyo, sino de la propiedad de los pobres. Don Fray García Guerra lloraba con todas las miserias ajenas, sentía que calan en su corazón los dolores y las angustias de todos los seres.

   Cuando fue preconizado arzobispo,[10] toda la gente, embelesada de contento, se daba una a otra los más efusivos parabienes, porque sabía las muchas virtudes que decoraban la sencilla vida de don Fray García Guerra. Toda la ciudad, para recibirlo, se engalanó con vistosa suntuosidad. Los regidores salieron a encontrarlo, cabalgando corceles ricamente enjaezados, y querían que don Fray García Guerra hiciera a caballo su entrada en la ciudad y hasta le habían prevenido uno de sosegado andar, con gran gualdrapa de brocatel y alto penacho de plumas, e iría rodeado brillantemente de todos los regidores. Don Fray García Guerra se negó a esa pretensión; pero al fin, tras encarecidas súplicas, con las que se venció a su modestia, accedió a ir bajo palio, pero a condición de marchar a pie y descalzo, como convenía a un humilde religioso de Santo Domingo.

   Don Fray García Guerra ha bajado de su estufa, forrada de blandos velludos, ante el pórtico del Real Monasterio de Jesús María. Don Fray García Guerra ama la música con delectación. Cuando oye buena música su espíritu se va arrobado por senderos inefables. ¡Qué placer hay comparado al de oír tocar el clave, de oír tañer la cítara o el laúd o al de escuchar los sones largos, fluctuantes y gráciles de una flauta? Don Fray García Guerra entra al Real Monasterio de Jesús María; va a visitar a Sor Mariana de la Encarnación[11] y a sor Inés de la Cruz.[12] Estas monjas son diestras en el arte de la música; tañen el órgano con dulce perfección, también conocen estas monjas el laúd y el rabel. Con voz fresca y límpida cantan canciones en las que se mientan un amor, una espera angustiosa o un abandono. Estas monjas bajan el cielo con la garganta, dice don Fray García Guerra.

   Don Fray García Guerra está ya en el fresco locutorio con Sor Mariana de la Encarnación y con Sor Inés de la Cruz. Si las manos de estas madres son expertas para sacar melodías del órgano o del rabel, son imponderables y atildadas en amasar prestiños, morcones y hormigos en confitar membrillos y toronjas y en hacer cajetas, untuosas mermeladas, yemitas, natas reales y rosquillas de alfajor, que son un trasunto de la gloria.[13] Ante Su Ilustrísima ponen Sor Mariana de la Encarnación y Sor Inés de la Cruz, en salvillas de cristal y plata, en una tallada mesa cubierta con deshilado mantelillo lleno de randas y de bordados de chaquira, exquisitas confituras y frutas de sartén. Su Ilustrísima come los dulces con encanto y pide, como gentil colofón a esos gustosos sabores, un poco de música. Ondeantes son los sones del órgano, lánguidos, claros. El espíritu de don Fray García Guerra se columpia en un venturoso contento.

   Estas dos monjas siempre han querido fundar un convento bajo la regla de la reforma carmelitana dictada por Santa Teresa; ya un rico caballero de la ciudad, don Juan Luis de Rivera, legó cuatro mil pesos para ese piadoso fin, y, a más, fincó un grueso capital que produce buenos réditos. Pero no se ha hecho la fundación; la han estorbado muchas lenidades. Sor Mariana de la Encarnación y Sor Inés de la Cruz anhelan que se levante ese nuevo convento. Cada vez que va a visitarlas el señor arzobispo don Fray García Guerra le instan con vivas razones para que funde el convento,[14] ya que tiene, para darle principio, los caudales que dejó el caballero don Luis de Rivera; pero el Arzobispo les contesta siempre:

ARCO TRIUNFAL...

   -¡Ay, madrecitas mías! Si Dios Nuestro Señor fuese servido de hacerme virrey les daría amplio gusto, fundándoles el convento que con tanta razón apetecen vuestras reverencias. ¡Y qué gran lujo pondría en él!…

   -¿Hasta entonces, Ilustrísimo Señor?

   -Hasta entonces. Cuando yo sea virrey.

   Ya se fue el señor Arzobispo a su palacio en su estufa forrada de blandos velludos carmesíes. Va la estufa rebotando muellemente por las calles. Sor Mariana de la Encarnación y Sor Inés de la Cruz se quedaron tristes, muy llenas de desconsuelo. A los pocos días vuelve el Arzobispo al Real Monasterio de Jesús María a gustar de los dulces y de la suave música de las monjas, y estas castas esposas del Señor tornan a hacer la ardiente súplica de la fundación del anhelado convento con la nueva observancia, y Su Ilustrísima da la misma respuesta: que cuando fuera virrey lo haría sin ninguna dilación y hasta muy suntuoso, y regresa el Arzobispo a su palacio, llevando aún detenidos en su paladar muy delicados sabores y en su imaginación se desenvuelve el fresco goce de una melodía.

   Pero una tarde Sor Inés de la Cruz, que escribía libros y, como las ardientes monjas de su tiempo, fundaba conventos; Sor Inés de la Cruz, que no ansiaba otra cosa, después de su salvación eterna, que verse hecha carmelita descalza, se sintió de pronto delegada de Dios y a nombre de Él ofreció formalmente a don Fray García Guerra el virreinato de la Nueva España si fundaba el convento. Pero don Fray García Guerra no hizo caso de la divina delegación que se subrogaba la monja y repitió la respuesta de siempre: “Hasta que yo sea virrey de la Nueva España no les fundaré esa casa de religión”. Y desde esa tarde empezaron las dos monjas a pedir ardientemente a Dios, y a pedirle a todas horas, que hiciese a don Fray García Guerra virrey de la Nueva España.

   Don Fray García Guerra recibió un buen día y cuando menos lo esperaba, una cédula real por la que Felipe III lo nombraba su visorrey en estas Indias Occidentales. Estalló Su Ilustrísima en explosivo contento. Daba grandes voces, palmoteaba y cantaba. Repartió como gala entre sus servidores unas colmadas fuentes de reales. La alegría le sacaba placer y risa del alma. Esa alegría le quitó por entero la modestia, su mansedumbre y humildad dominicana. Se subió don Fray García Guerra a las más altas cumbres de la vanidad. Él mismo pasó días y más días disponiendo, con todo detalle, el ostentoso fausto con que había de ser recibido por virrey de la Nueva España. Discutió los proyectos de los arcos triunfales[15] y encomendó a maestros de la Universidad las octavas y los epigramas latinos que llevarían, ya descentrando las figuras alegóricas que los adornaban o ya exaltando los méritos del nuevo virrey; escogió la comedia y la loa; señaló la cantidad de fuegos de artificio que se habían de quemar; dispuso la iluminación que debía de haber en las fachadas de las iglesias, de los conventos y de las casas del Estado; ordenó que las de los particulares también tuvieran abundantes luminarias; oyó ensayar el Te Deum a la capilla de la Catedral; dijo dónde se habían de colocar las graderías para que fuese la multitud a contemplarlo. Don Fray García Guerra previno todas las fiestas religiosas y profanas que tendrían que celebrarse con ocasión de su toma de mando.

   Hizo su magnífica entrada en la ciudad don Fray García Guerra, no ya a pie y descalzo, ni con los ojos puestos humildemente en tierra, sino muy ufano, muy lleno de plácidas sonrisas, que le iluminaban de felicidad el rostro; cabalgó en un soberbio corcel encubertado con bordados paramentos, cuyas riendas de terciopelo conducía el corregidor de la ciudad; iba don Fray García Guerra bajo palio, y portaba las varas de plata los regidores más viejos y lo seguían los próceres de México, las personas más calificadas y de más viso, vestidas con la suntuosidad que él les ordenó. Competían todos en la riqueza, magnífica de los trajes y joyas, en la gallardía de los caballos, en lo lujoso de los jaeces, en el número de los criados y en el costo y magnificencia de las libreas que estos hacían.[16]

   Sor Mariana de la Encarnación y Sor Inés de la Cruz también no cabían en sí de alegría. Lloraban de contento las buenas madres, pues veían ya logrados sus deseos y con ellos su flamante convento. Parecía que traían un paraíso portátil en sus pechos. Cuando pasaron las fiestas esperaban día tras día, con ansioso afán, la visita del señor Arzobispo-virrey don Fray García Guerra; pero el Ilustrísimo y Excelentísimo señor don Fray García Guerra no iba al Real Monasterio de Jesús María, donde lo aguardaban con anhelante afán Sor Mariana de la Encarnación y Sor Inés de la Cruz para darle el encanto de sus músicas, de sus confituras y de sus delicadas frutas de sartén y para pedirle, lo de la fundación del nuevo convento, ya que se había cumplido la condición que él mismo impuso.

   “Hoy viene –se decían-; no puede faltar.” Pero el Arzobispo-virrey no iba. “Hoy sí que vendrá –repetían con gozo-; ayer no vendría a nuestro convento porque se lo debió de haber estorbado alguna ocupación urgente.” Y tampoco iba el Arzobispo-virrey. “Mañana sí que estará con nosotras”, afirmaban; y no aparecía el Arzobispo-virrey. Ya no volvió jamás al Real Convento de Jesús María el Arzobispo-virrey don Fray García Guerra. Se olvidó de sus formales promesas; se olvidó por entero de las monjas, y de sus dulces y de su música, con la que antes tanto se deleitó. En un viernes llegó a sus manos la real cédula de Felipe III por la que tanto suspiró su ambición y, para solemnizarla dignamente y darse amplio gusto, ordenó que todos los viernes de ese año hubiera grandes corridas de toros en la plaza que mandó construir en Palacio.[17]

   ¡No hubo convento, pero hubo magníficas corridas de toros![18]

 [PASAJE Nº 14]: PRIMERA SERIE. CASTIGO DEL ARZOBISPO TAURÓFILO.

   Este otro recuento de caprichos, olvidos y desgracias, nos deja de nuevo la visión de un hombre al que, curiosamente una promesa hecha en su calidad, la que fuese; de fraile o de arzobispo, al no cumplirla, el destino lo orilló a saber cual podría ser el castigo y el tormento celestial, que se cumplió irremediablemente en la persona de Francisco García Guerra.

   Hay una antigua crónica, llena, como todas las crónicas, de tiempo viejo, de suave encanto y de grata ingenuidad. Es una pluma candorosa la que trazó esas páginas plenas de sencillez, de gracia arcaica. Ese libro piadoso que echa un sutil olor de ranciedad y que está forrado en pergamino, era de los que andaban de mano en mano por las casas coloniales, derramando vagos anhelos en las almas, siempre ardorosas y extáticas, que vivían sin vivir en sí, constantemente abiertas al milagro y a las cosas sobrenaturales. En las vastas estancias cuyo noble reposo lo aumentaban el sosiego de la casa, el sosiego de la calle y el intenso sosiego de la ciudad; en el reposo de esas estancias en que se metía, depurando su paz, el son rítmico del chorrillo de la fuente que caía con perenne murmurio en el ancho patio con columnas y enredaderas; en esas vastas estancias olorosas a cedro, a sándalo, a alhucema, a flores, las manos trémulas volvían con ansiedad las sonantes páginas de esos libros, y en los ojos se prendía un ansia de misterio, un exaltado afán de más allá. Esa vieja crónica, llena, como todas las crónicas del tiempo viejo, de suave encanto y de grata ingenuidad, se rotula Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen de la Primitiva Observancia.

   En los promedios de ese libro antiguo, en el capítulo XXVI, dice así, y no quito ni palabras ni sílaba para no evaporar su añejo perfume, acendrado por los años, y solo modernizo la ortografía para que sea fácil de leer lo que copio:

   Fray García Guerra era religioso dominico, en quien se esperanzaron muchos para conseguir el logro. Era este caballero aficionado a música, a cuyo fin frecuentaba el convento de Jesús María, y como las madres Inés de la Cruz y Mariana de la Encarnación fuesen excelentísimas en este arte, le lisonjeaban el deseo para continuarlo todo hacia el que fundase el convento. El buen caballero que sobre la mitra apeteció el bastón de virrey, les dijo que lo conseguían de Dios les daría gusto en fundarles el deseado convento. La madre Inés de la Cruz, que se moría por verse carmelita descalza, le ofreció al Arzobispo,[19] en nombre de Dios, el virreinato si fundaba el convento; pero él, por indicios de algún amor propio, quiso primero la prenda que dispensar la gracia. Concediósela Dios para su daño y para escarmiento de los que desean a bulto, sin saber o discurrir si les dañará su apetito. De allí a cuatro años le llegó el virreinato, y se derramó tanto en el gozo como si no cupiera en su corazón otra cosa ni fuera criado para bien más alto. Llególe la cédula en viernes, y mandó que todos los viernes de aquel año, en celebración de la cédula, hubiese toros en la plaza de su palacio, y con esta diversión se olvidó de fundar el convento prometido. Estos son los votos que nacen de la humana codicia y esta es la devoción que produce el amor propio que por señas de tan liviano principio se desvanece con el logro, porque no era religión, sino vanidad el término del deseo.

   La madre Inés, que veía no solo malogrado su empeño, sino convertido en profano ejercicio, sentía aún más esto que lo primero, porque el viernes, en que se recuerda la Pasión de Cristo, no debiera un príncipe eclesiástico, cuyo estado es de perfectos, no debiera dedicarse a fomentar semejantes ejercicios. Como una cosa y otra le comiesen el corazón, le escribió un papel al señor Virrey-arzobispo, en que le pedía que mudase el decreto de los toros y no olvidase lo prometido en orden del nuevo convento, pues estaba en su poder el testamento de don Juan Luis de Rivera, y le estaba ejecutado el beneficio que le había hecho Dios cumpliéndole el deseo de entrar en el virreinato. Nada apreció el Arzobispo-virrey porque el humano embeleso le cerraba los sentidos, y anegado como estaba en la buena fortuna, no daba lugar a luz del desengaño. Dios, que estaba a la vista de todo y miraba por el crédito de su esposa, entró su pesada mano en esta forma: Al viernes siguiente al recibo del papel estaban ya para correrse los toros cuando hubo un temblor de tierra que atemorizó mucho a la ciudad, y se dejó el juego por aquella tarde. Como en Indias son más frecuentes estos vaivenes que en España, se atribuyó a casualidad y se dispusieron toros para el viernes siguiente. Cuando ya estaban todos en los tablados y el primer toro para salir, volvió la tierra a temblar tan desusadamente, que derribó los tablados, muchas casas y azoteas, y sobre el balcón en que estaba el Virrey cayeron tantas piedras que se tuvo a milagro que no le quitaran la vida, aunque si la perdieron muchos de los de la plaza, ya oprimidos, ya ahogados. Todavía el Virrey no entendía el motivo de aquellas amenazas y así no revocaba el decreto, con lo que prosiguió Dios el suyo, que se revocara, dice San Agustín, si enmendaran los hombres sus extravíos.

   La semana siguiente, antes del viernes, salió el Virrey en su coche para ir a las Recogidas, y donde no pudo imaginarse se volcó el coche y recibió el Virrey tanto riesgo de su salud, que lo desesperanzaron los médicos de vivir. Este golpe lo despertó, no sé si tarde, y empezó a preguntar por la monja que le escribió el papel. Dijéronle que era santa y le pidió que le alcanzase de Dios vida para enmendar sus yerros y labrar el convento. A esto le respondió la sierva de Dios que se dispusiera a bien morir y diese gracias a la Majestad por la piedad con que lo había castigado, pues se podía quedar toda su pena en el temporal fuero.

   A esta respuesta acompañaron al Arzobispo-virrey nuevos accidentes por los que trató de disponerse para la última hora, y con muchas señas de arrepentimiento dejó, con la vida, la mitra y el virreinato, legándonos este inmortal escarmiento.

   Y como a mí no me queda nada más que decir, y como tampoco hay para qué glosar con vanos comentarios este ejemplo, doy aquí fin a este capítulo.[20]

MATEO ALEMÁN...

   Lamentablemente, y después de intensificar la búsqueda de algunos datos más que permitieran corroborar los acontecimientos que hasta aquí hemos conocido, no se ha dado con gran cosa. Diversas fuentes presentan lagunas importantes en lo que se refiere a documentos de los años 1611 y 1612. Es un hecho que los apuntes logrados por A de V-A tengan su peso de credibilidad, partiendo del hecho de que nuestro autor contaba con rica biblioteca personal, pero además, con el acceso a otras tantas, que pertenecieron a amigos cercanos, o que por el hecho de haber trabajado sus “leyendas y tradiciones” en épocas menos alteradas (por lo menos antes de la Revolución), lo estable de sus consultas en ese ambiente, nos permita conocer lo que hoy es punto más que imposible dar con ello. Lo más terrible, es que hay que reconocer la pérdida irremediable de muchos de los documentos en el curso de un siglo, bajo múltiples circunstancias, todas ellas dolorosas. Incluso, claro está, el que se registra con la destrucción parcial de la propia biblioteca de “Don Artemio”, ocurrido en un inesperado incendio en una biblioteca de Saltillo donde actualmente se encuentra dicho repositorio.

   Dos cosas más que sirven para complementar el paso y las circunstancias de nuestro personaje las encontramos en: Mateo Alemán,[21] un acompañante de García Guerra, que antes de su salida de España, redacta una muy poco conocida “Información secreta”, donde cuenta el trato inhumano que recibían los mineros en las minas de azogue de Almadén en la segunda mitad del siglo XVI. En nuevas tierras, parece tener una vida más sosegada el también autor de la muy conocida novela picaresca Guzmán de Alfarache. También, otro asunto que no puede escapar para enriquecer este pasaje, lo encontramos en las actas de cabildo que, afortunadamente están registradas en la Guía de las actas de cabildo, acopio de datos realizado por diversos grupos de trabajo, tomando como modelo aquella otra obra ejemplar iniciada por Edmundo O´Gorman años atrás.

   Pero vayamos con cada uno de ellos.

   Se sabe que desde 1540 se estableció en el Puerto de Santa María (Cádiz) la base naval para las galeras reales de España. A ese sitio eran enviados todos aquellos que tenían que pagar condena. En 1559 los Fúcares –concesionarios de las minas de Almadén-, se dirigieron a Felipe II para solicitarle, a falta de mano de obra el permiso para trasladar galeotes a las minas durante todo el tiempo que durase la condena a que tales galeotes hubieran sido castigados. Con el paso de los años se supo de los abusos cometidos por los capataces sobre aquella mano de obra, lo que originó el que se enviase a un juez visitador para informar sobre lo allí ocurrido. El visitador oficial fue precisamente Mateo Alemán, quien luego de exhaustivo interrogatorio a los condenados, escribiría una llamada “información secreta”. De ella proceden los párrafos siguientes, redactados entre 1593 ó 1594:

“Habrá dos años que salió de la dicha fábrica un veedor que había en ella que se llama Miguel Rodríguez, que era muy riguroso con los forzados y les daba trabajo demasiado y más de lo ordinario, de manera que casi no los dejaba dormir ni reposar de noche ni de día, porque siendo obligados conforme a la costumbre que se tiene a trabajar dichos forzados de sol a sol, el dicho Miguel Rodríguez, cuando de noche salían los dichos forzados del trabajo, los hacían volver luego, sin darles lugar a que descansasen ni reposasen, a entrar en el dicho pozo y mina, y que anduviesen en el torno y sacasen agua, que es el mayor trabajo que hay en la mina, donde los hacía trabajar toda la noche y castigaba con mucho rigor a los forzados atándoles a ley de Bayona y, desatacados, con un manojo de mimbres los azotaba cruelmente dándoles muchos azotes hasta que se quebraban los mimbres y solía remudar dos o tres manojos de ellos hasta que se quebrasen todos”. “Y asimismo, otro capataz que se llama Luis Sánchez, el cual trataba a los dichos forzados con mucho rigor y los metía en los tornos del agua. Y el forzado que se cansaba antes de cumplir su tarea y acabar de sacar trescientos zaques de agua, lo sacaba el dicho Luis Sánchez fuera de la mina y lo hacía desatacar y con un manojo de mimbres lo azotaba cruelmente hasta que se quebraba, y remudaba dos o tres manojos y les hacía saltar la sangre, que iba chorreando por el suelo”. “Otro forzado dice sobre Miguel Brete, un capataz: en el tiempo que fue veedor andaba con un bastón en la mano que por fuerza y dándole palos con el dicho bastón hacía entrar a los forzados en el horno, estando abrasando, a sacar las ollas, y que del dicho horno salían quemados y se les pegaban los pellejos de las manos a las ollas y las suelas de los zapatos se quedaban en el dicho horno y las orejas se les arrugaban hacia arriba del dicho fuego y que de la dicha ocasión habían muerto veinticuatro o veinticinco forzados”.[22]

   La conclusión a todo esto es que, tanto Juan Peña como Félix Grande sostienen la tesis de que junto al descubrimiento de una tonada o romance que se conocía desde finales del XVI o comienzos del XVII, deriva, en buena medida el cante gitano, manifestado ya en martinete, tarantas mineras o tangos gitanos. Pero ya en la Nueva España, a donde llegó en 1608, además de escribir los Sucesos de Fray García Guerra, en 1609 apareció publicada la Ortografía Castellana también así como el prólogo de la “Vida del padre maestro Ignacio de Loyola” de Luis Belmonte. Los últimos datos que de él se tienen es que muere entre 1614 y 1615 en Chalco.

   Respecto a lo que nos dice la amplia información que proporcionan las actas de cabildo en torno al recibimiento y fiestas del arzobispo-virrey, incluyo datos sobre gastos; así como de algunos personajes que participaron en dichas jornadas. El dispositivo que se integró alrededor de tales demostraciones, nos indica el grado de ostentación y boato con que se esmeraban las autoridades en celebrar acontecimiento tan significativo.

1611

Abril 11.[23]

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Comisión a Francisco de Bribiesca y al correo mayor (Alonso Díaz de la Barrera): consulten al virrey, marqués de Salinas, sobre el modo en que la Ciudad ha de hacer este recibimiento, por cuanto no tiene ejemplo de otro caso semejante y no quisiera quedar corta en acudir a su obligación.

Abril 15.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Francisco de Bribiesca, informó que el virrey estimaba mucho el cuidado y anticipación de la Ciudad en las cosas del servicio de su majestad y sus virreyes, y para ordenar lo que convenga procurará entender en la primera ocasión la voluntad del arzobispo, de la cual y de su parecer dará aviso a la Ciudad para que con tiempo se prevenga lo que hubiese de hacer.

Abril 19.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Comisión a Francisco Bribiesca y Alonso Díaz de la Barrera, correo mayor, vayan a ver a su señoría de parte de esta Ciudad y le supliquen avise cuando será su entrada, desde donde y por qué calzada y calle, para que esta Ciudad se prevenga para hacer la demostración que se acostumbra.

Abril 21.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Comisión a Francisco de Torres Santarén y al capitán Cristóbal de Zuleta para que se encarguen del homenaje de su señoría en Nuestra Señora de Guadalupe. Comisión a Baltasar de Herrera Guillén y Alonso Díaz de la Barrera, correo mayor: se hagan ropones y vestuarios para el corregidor, alcaldes ordinarios, regidores y escribano mayor del Cabildo según y de la manera que se hizo para el recibimiento del marqués de Montesclaros, que costarán menos, por estar hoy las cosas más baratas. Asimismo manden hacer un palio de tela fina de colores, guarnecido lo mejor que se pueda de franjones, flecos y alamares con sus garras doradas como esté más lucido. Don Francisco de Trejo Carvajal se encargue de buscar un caballo que convenga para que entre el señor arzobispo a esta ciudad, y dé cuenta del que hallare y su precio para que se ordene lo que convenga. Mande hacer una silla de la brida gualdrapa, guarniciones y terliz, todo a su disposición, que sea cual convenga. También mande hacer dos vestidos de terciopelo de china para dos lacayos que lleven el caballo a su señoría ilustrísima; mande hacer cuatro bandas de tafetán de la tierra para que con ellos metan de rienda a su señoría el señor corregidor, alcaldes ordinarios y el regidor más antiguo. Comisión a don Francisco de Solís y Barraza: haga oficio de general de la infantería. Mande hacer luminarias y fuegos de artificio para el día que llegue la nueva del inicio del gobierno del señor arzobispo, en las casas del Cabildo y generales en toda la ciudad; también mande hacer las salvas de artillería para Guadalupe y esta ciudad el día de la entrada de su señoría ilustrísima. Comisión a Juan de Torres Loranza para que mande hacer un arco triunfal en la boca de la calle de Santo Domingo con sus jeroglíficos, como se acostumbra, y para el coloquio que se ha de hacer en Nuestra Señora de Guadalupe; se valga de la madera del arco pasado en esta en la alhóndiga y otras partes. Mande hacer una llave grande dorada que entregue el corregidor a su señoría cuando entr. Diego de Cabrera, mayordomo, tenga el palio en la puerta del arco para darlo a la Ciudad. Baltasar de Herrera y Alonso Díaz de la Barrera llevan al marqués de Salinas un tanto de lo acordado en este cabildo y le supliquen preste a la Ciudad veinte mil pesos del dinero de la sisa o de la parte que su excelencia fuere servido para este gasto, atento a no tener al presente la Ciudad de donde sacar dinero para este gasto tan preciso.

Mayo 7.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Baltasar de Herrera Guillén y Alonso Díaz de la Barrera, correo mayor, comisarios para pedir al virrey que preste 20,000 del dinero de la sisa para el recibimiento. Se vio el mandamiento del virrey en que autoriza a la Ciudad para que gaste lo necesario, con tal de que no exceda de 14,000 pesos de oro común. Se de billete para el próximo cabildo.

Mayo 9.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. El procurador mayor pida al virrey en nombre de la Ciudad, preste el dinero de la sisa para este recibimiento, pues en su decreto no lo especifica.

Mayo 11.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Se vio la petición que presentó Francisco de Bribiesca al virrey a fin de que preste dinero de la sisa para dicho recibimiento. El virrey mandó que la Ciudad se aproveche de sus propios en la mejor forma posible para cumplir con la obligación que tiene al servicio de su majestad, pues no hay dinero en la sisa y la ciudad le debe más de 50,000 pesos. La Ciudad acordó que los comisarios nombrados para esto acudan a su obligación y hagan el gasto del dicho recibimiento en conformidad de la respuesta de su señoría y sea por su cuenta y gasto de los propios y rentas de esta Ciudad. Se limiten los vestidos de los regidores, sin que lleven oro, ni otra cosa a costa de esta Ciudad, sino que sea todo de seda como otras veces se han hecho.

Mayo 14.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. La Ciudad resolvió que para la entrada de su señoría ilustrísima se guarde la orden siguiente por cuanto pide brevedad. Baltasar de Herrera mande un palio de la mejor tela, con fleco de oro y los alamares necesarios de oro y barras doradas que tengan varas y media de alto. No se han de gastar más de 700 pesos en todo el palio. El correo mayor mande hacer los vestuarios y ropones con doce varas de terciopelo carmesí de Castilla y ocho varas de raso de Castilla del color más apropiado y del que haya cantidad suficiente; para calzas y coleto, siete varas de azabachado negro de Castilla y tres varas de tela para las calzas y un corte de tela para jubón, conformando labor y color con las telas de las calzas, unas medias de seda, unos zapatos de terciopelo negro de Castilla, una gorra de terciopelo negro de Castilla con su toquilla y plumas de cuatro puntas blancas y los recados necesarios para todo el dicho vestuario y hechura; se han de dar al corregidor, alcaldes ordinarios, regidores y escribanos mayor del Cabildo, de manera que todo vaya cumplidamente. Se advierta a todos que no han de llevar aquel día más gala ni otro vestido que el que la Ciudad diere. Francisco de Trejo compre un caballo para la entrada de su ilustrísima y mande hacer el aderezo correspondiente y con tal de que todo este gasto no exceda de 800 pesos. Juan Torres Loranza mande hacer un arco en la parte y lugar donde se acostumbra para la dicha entrada; se pinten los virreyes que han sido y el arzobispo en el lugar que compete y el gasto no exceda de 800 pesos. Francisco de Solís y Baranza, alférez, acuda a la obligación de su oficio de general de infantería mandando a los oficiales de los oficios que tienen obligación salgan y guarden la costumbre que en esto tienen. La noche de la víspera de la entrada de su ilustrísima, mande poner luminarias y fuegos en las casas del Cabildo y pipas con la mayor grandeza que se pudiere, acompañándolas con música de trompetas y chirimías; la salva que había de hacerse en la ermita de Nuestra Señora de Guadalupe, se haga en la plaza mayor de esta ciudad cando su señoría ilustrísima salga de la iglesia mayor. Asimismo haya cohetes y ruedas de fuego y en las dos noches de fuegos, luminarias y salvas no se gasten más de 300 pesos. Se pida al corregidor mande pregonar mascarada general para dos días y dos noches a fin de que la ciudad se alegre y los vecinos de ella con nueva de tanto regocijo. Francisco de Trejo mande hacer dos vestidos de terciopelo de China y capotes de paño negro de la tierra y sombrero para vestir a dos lacayos españoles que lleven el caballo a su señoría ilustrísima el día del recibimiento. No se gaste más de 800 pesos. Asimismo mande hacer cuatro bandas de tafetán de color de Castilla con rapacejos de oro para que metan de rienda el caballo de su señoría, el corregidor, los alcaldes ordinarios y el regidor más antiguo. Diego de Cabrera, mayordomo, tenga el palio junto al arco para darlo a la Ciudad cuando llegue su señoría y estén allí pendientes los criados de la Ciudad. Diego de Cabrera, mayordomo de propios, haga todo este gasto, pagando todas las libranzas de los comisarios con el dinero de los propios y rentas de la Ciudad que están a su cargo, y para que esto se haga a la brevedad ponga cantidad de diez mil pesos en la tienda de Pedro Toledo, pues en lo que le ha parecido suficiente a la Ciudad para satisfacción del gasto ordenado. La Ciudad dio poder y traspaso a Diego de Cabrera, mayordomo de propios, para que cobre 4,849 pesos, 7 tomines y 9 granos de remate que tiene hecho esta Ciudad en sus casas y tiendas de la calle de San Agustín, la Celada y los Roperos para el año que viene de 1612. tome los 3,000 pesos que faltan a daño de quien los hallare de oro y por cuenta de esta Ciudad y la obligue en ello para la renta de las Mesillas y primer tercio de corredores de lonja, para no poderlo gastar en otra cosa y para ello desde luego hipoteca esta renta. Se insertan los poderes (es particularmente interesante el primero, pues se detalla el nombre de los inquilinos y la cantidad que se les ha de tomar).

Mayo 16.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Se den al correo mayor, Alonso Díaz de la Barrera, los mil doscientos pesos que pide para poder terminar los vestidos del recibimiento. Poder a Diego de Cabrera, mayordomo de los propios, para que reciba del regidor Álvaro de Castillo mil doscientos pesos de oro común que tiene en su poder, pertenecientes al pósito de los maíces de esta ciudad que ha cobrado de algunos de los fiadores de Pedro de Motas, mayordomo de que fue del dicho pósito y por ellos obligue a los propios de esta Ciudad y rentas de ella a pagarlos dentro de un año. Ponga el dinero en la tienda de Pedro Toledo.

Mayo 20.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Jerónimo de Villegas, alcalde de la alhóndiga, de y entregue luego a Diego de Cabrera, mayordomo de propios, 600 pesos de oro común en reales de lo procedido de los derechos de la alhóndiga, a fin de que el correo mayor pueda terminar los vestidos.

Mayo 26.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Don Francisco de Trejo Carvajal compre el caballo blanco del marqués de Salinas, que aparece ser el más adecuado para la entrada de su ilustrísima a esta ciudad, y de por él la cantidad en que su excelencia lo compró y menos lo que se concertase.

Mayo 27.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Se de a los porteros que han de ir acompañando a la Ciudad con sus mazas el día que entrare su señoría ilustrísima, calzones de terciopelado de China, botas blancas de Córdoba y mangas de raso de China. Comisión a Diego de Cabrera, mayordomo, para que cobre a los corredores de lonja lo corrido del arrendamiento por el primer tercio del año y para cobrar todo el arrendamiento de este año de las Mesillas, a fin de suplir los 3,000 pesos de oro común para el gasto del recibimiento del arzobispo.

Mayo 30.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. El mayordomo cumpla las libranzas hasta 800 pesos, en lugar de los 700 pesos que se habían acordado, a fin de que Baltasar de Herrera Guillén pueda terminar el palio para el recibimiento del arzobispo virrey. Francisco de Trejo gaste lo que sea necesario en el caballo y aderezo para la entrada de su ilustrísima a esta ciudad, sin la limitación de los 800 pesos acordados.

Junio 6.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. El correo mayor mande hacer vestuario a Leonel de Cervantes, regidor de esta Ciudad que está ausente, pues escribió que vendría para hallarse presente en dicho recibimiento. Diego de Cabrera compre dos arrobas de pólvora y las entregue al comisario Francisco de Solís y Barraza para las salvas que se han de hacer a la entrada de su ilustrísima.

Junio 10.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY.

Baltasar de Herrera Guillén dijo que el palio estará terminado para el domingo 12 de este mes. Francisco de Trejo informó que el caballo está comprado y el aderezo estará acabado para el domingo 12. Francisco de Solís y Barraza, comisario para las salvas y fuegos, dijo que para el domingo 12 estará acabado y prevenido todo lo de su cargo y comisión. Juan de Torres Loranza, que para el domingo 12 estará acabado el arco de todo punto.

Junio 14.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Francisco de Trejo Carvajal compre el caballo que tiene Bernaldino de Paredes y que llaman el bizarro y dé por él los mil pesos que pide. El dinero se tome de la paga que debe del portal al pósito y se obliguen los propios al pósito del maíz para pagar en cuatro meses.

Junio 17.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Los obreros mayores Luis Maldonado y Álvaro de Castillo manden aderezar todo el distrito que hay desde Santiago a las casas reales y particularmente el paso donde la Ciudad se apea en Santa Ana y desde el arco a las casas reales. Acudan a Pedro de Otalora para que de indios para este menester.

Agosto 5.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Diego de Cabrera, mayordomo de propios, traiga dentro de ocho días las cuentas del gasto que se hizo en este recibimiento para poder proveer en la petición de Juan de Torres Loranza sobre el gasto que hizo en el arco.

   Como hemos podido observar, la infraestructura para el “recibimiento del arzobispo virrey” fue de suyo impresionante, como impresionantes fueron otras tantas, con mayor o menor ostentación, pero al fin y al cabo, muchas de ellas tuvieron esa marca tan peculiar, hasta que poco a poco fueron perdiendo dimensión.

SUCESOS DE D. FRAI GARCIA GUERRA...

   Sobre Fray García Guerra falta un estudio más completo, donde podamos encontrar diversos documentos que vengan a consolidar sus muy particulares comportamientos que expliquen por sí mismos las actitudes caprichosas que manifestó abierta y retadoramente contra los principios de religión que conocía a la perfección. Sin embargo, todo parece indicar que la soberbia lo llevó a cometer esos desacatos, que no quedaron impunes. Una serie de avisos provenientes del infortunio siempre estuvieron cumpliéndose como pesada sentencia, hasta que llegó el último de ellos. Esto ocurre al fallecer el 22 de febrero de 1612, a causa de un golpe que recibió al caer de su coche algún tiempo antes.


Nota del autor: Por razones obvias, omito por el momento, el contenido de todas las notas a pie de página que se citan, salvo las dos primeras, que refieren las principales fuentes consultadas.

[1] Artemio de Valle-Arizpe: Del tiempo pasado. 3ª ed. México, Editorial Patria, S.A., 1958. 251 p. (Tradiciones, leyendas y sucedidos del México Virreinal, XIV)., p. 121.

[2] Mateo Alemán: Sucesos de D. Frai García Guerra, Arzobispo de México, a cuyo cargo estuvo el gobierno de la Nueva España. A Antonio de Salazar Canónigo de la Santa Iglesia de México, mayordomo y administrador general de los diezmos y rentas de ella: Por el Contador Mateo Alemán, criado del rey nuestro señor. Con licencia en México. En la imprenta de la Viuda de Pedro Balli. Por C. Adriano César. Año de 1613.

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SAN HIPÓLITO. 13 DE AGOSTO.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

[PASAJE Nº 32]: SAN HIPÓLITO. 13 DE AGOSTO.

   Hoy, es 13 de agosto de 2014. Día para conmemorar, venerar o recordar al santo patrono de la ciudad de México. Día de encontradas condiciones históricas, pues lo mismo se rememora la capitulación de la ciudad de México-Tenochtitlan, que el triunfo español y sus aliados, con lo que en tal fecha comenzaba un largo periodo para muchos de sumisión, coloniaje y esclavitud. Para otros, de una esperanzadora condición de cambio que devino entre otras cosas mestizaje, el cual, en tres siglos pasó por diversos estados de comportamiento. Ya en el siglo XIX, y superada esa etapa, hubo suficientes condiciones para la emancipación, dolorosa también, pero que dejó como consecuencia, la creación de un nuevo estado-nación que hoy, afortunadamente sigue llamándose México.

    Tomado de mi libro (inédito): “Artemio de Valle-Arizpe y los toros”, México, Centro de Estudios Taurinos de México, A.C., 598 págs. Ils., fots., grabs., facs., este PASAJE N° 32, corresponde a las notas que, previamente fueron recogidas del libro Por la vieja calzada de Tlacopan,[1] en cuyos interiores se encuentra un capítulo dedicado a “San Hipólito”.

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POR LA VIEJA CALZADA DE TLACOPAN

    Al ocuparse de la iglesia del mismo nombre, en donde a partir de 1585 se estableció la orden hospitalaria de los Hermanos de la Caridad de San Hipólito con ese mismo fin, luego de varios malos funcionarios y otras peores temporadas que afectaron su objetivo, siguió con esa noble función. Así, por ejemplo, en 1847 fue Hospital Militar; Hospital Municipal en 1850 y hasta sirvió como escuela de medicina entre 1850 y 1853. Allí se atendían a enfermos, ancianos y locos y poco después, sólo para atender a estos desgraciados. Fue éste el primero que se creó en América para dementes. Duró desde 1566 en que lo fundó el pío Bernardino Álvarez, hasta el año de 1904 en que lo derribaron en su mayor parte…, como apunta A de V-A. En cuanto a la iglesia, ésta se dedicó al santo en cuestión, con motivo y recuerdo del día 13 de agosto, fecha en que se registra la capitulación de la ciudad México-Tenochtitlan. Fue desde el 22 de julio de 1547 que Carlos V mandó que “en aquella iglesia en cada año se hiciese conmemoración de las ánimas de los que allí y en la conquista de la tierra habían muerto”. Alrededor de dicho edificio, pero también de la emblemática fecha, se registraron durante un buen número de años las famosas fiestas del “Pendón”, entre 1528 y 1812. En el libro ahora revisado, existe una amplia reseña que conviene recoger, para luego entre líneas, realizar las anotaciones más convenientes al respecto.

   Dice don Artemio:

 Para recordar a la ciudad la toma del México gentílico se celebraba todos los años, el citado 13 de agosto, una solemne y lucida función que era, a la vez, religiosa y civil. Se mandó que se solemnizara mucho ese día, que hubiera luminarias, se corrieran toros, se jugaran cañas, y que cabalgasen todos los que tuvieran caballo, pena de crecida multa si no lo hacían. Esta ceremonia se llamaba el Paseo del Pendón y la celebraban también en otras ciudades de las Indias, y señaladamente en Lima el día de la Epifanía. El orden que debía guardarse en el paseo fue materia de varias disposiciones reales, con las que se formó una de las Leyes de Indias, la 56, título XV, del libro III. En el Libro Primero del Próximo Evangélico exemplificado en la vida del V. Bernardino Álvarez… compuesto por D. Juan Díaz de Arce, se narra con toda minuciosidad cómo se llevaba a cabo en México. Dice así:

SAN HIPÓLITO_GRABADO

Iglesia de San Hipólito.

    Tiene ya esta fiesta tan gran descaecimiento (1615) como otras muchas cosas insignes que había en México, y aunque uno u otro año, por la diligencia e industria del regidor que saca el estandarte real, se adelanta mucho, en ninguna manera puede llegar a lo que antiguamente, aunque se pudieran nombrar algunos regidores que en esta era han gastado más de ventidós mil pesos en adelantar y celebrar por su parte esta festividad. Mas para que se crea lo que fue cuando se vea lo que es al presente, será bien traer a la memoria algo de la descripción que a lo retórico hizo el P. Fray Diego de Valadés en la parte IV, capítulo 23, de su Retórica Cristiana, que vio en México lo que algunos años después escribió en Roma en Latín, año de 1578. Dice lo siguiente:

    En el año de nuestra redención humana de 1521, el mismo día de S. Hipólito, 13 de Agosto, fue rendida la ciudad de México, y en memoria de esta hazaña feliz y grande victoria, los ciudadanos celebran fiesta y rogativa aniversaria en la cual llevan el pendón con que se ganó la ciudad. Sale esta procesión de la Casa de Cabildo hasta un lucido templo que está fuera de los muros de la ciudad de México, cerca de las huertas, edificado en honra del dicho santo, a donde se está agora edificando un hospital. En aquel día son tantos los espectáculos festivos y los juegos, que no hay cosa que allí llegue (ut nilil supra): juéganse toros, cañas, alcancías, en que hacen entradas y escaramuzas todos los nobles mexicanos: sacan sus libreas y vestidos, que en riqueza y gala son de todo el mundo preciosísimos, así en cuanto son adornos de hombres y mujeres, como en cuanto doseles y toda diferencia de colgaduras y alfombras con que se adornan las casas y calles.[2] Cuanto a lo primero, le tocaba a uno de los regidores cada año sacar el Pendón en nombre del regimiento y ciudad, a cuyo cargo está el disponer las cosas. Este alférez real va en medio del virrey, que lleva la diestra, y del presidente que va a la mano siniestra. Van por su orden los oidores, regidores y alguaciles, y casi todos los nobles y hombres buenos. Va el alférez armado de punta en blanco y su caballo a guisa de guerra, con armas resplandecientes. Todo este acompañamiento de caballería, ostentando a lo primoroso de sus riquezas y galas costosísimas, llega a S. Hipólito, donde el Arzobispo y su cabildo con preciosos ornamentos empieza las vísperas y las prosiguen los cantores en canto de órgano, con trompetas, chirimías, sacabuches y todo género de instrumentos de música.[3] Acabadas, se vuelve, en la forma que vino, el acompañamiento de la ciudad, y dejando el virrey en su palacio, se deja el Pendón en la Casa de Cabildo. Van a dejar al alférez a su casa, en la cual los del acompañamiento son abundante y exquisitamente servidos de conservas, colaciones, y de los exquisitos regalos de la tierra, abundantísima de comidas y bebidas, cada uno a su voluntad. El día siguiente, con el orden de la víspera, vuelve el acompañamiento y caballería a la dicha iglesia, donde el arzobispo mexicano celebra de pontifical la misa. Allí se predica el sermón y oración laudatoria con que se exhorta al pueblo cristiano a dar gracias a Dios, pues en aquel lugar donde murieron mil españoles, ubi millia virorum decubuere, donde fue tanta sangre derramada, allí quiso dar la victoria. Vuelve el Pendón y caballería, como la víspera antecedente. Y en casa del alférez se quedan a comer los caballeros que quieren. Y todo el día se festeja con banquetes, toros y otros entretenimientos.” Hasta aquí Valadés.

   En la víspera y día de San Hipólito se adornaba las calles y plazas desde el palacio hasta San Hipólito, por la calle de Tacuba para la ida, y por las calles de San Francisco (ahora Avenida Madero), para la vuelta, de arcos triunfales de ramos y flores, muchos sencillos y muchos con tablados y capiteles con altares e imágenes, capillas de cantores y ministriles. Sacábanse a las ventanas las más vistosas, ricas y majestuosas colgaduras, asomándose a ellas las nobles matronas, rica y exquisitamente aderezadas. Para el paseo, la nobleza y caballería sacaba hermosísimos caballos, bien impuestos y costosísimamente enjaezados: entre los más lozanos (que entonces no por centenares, sí por millares de pesos se apreciaban) salían otros no menos vistosos, aunque por lo acecinado pudieran ser osamenta y desecho de las aves, aunque se sustentaban a fuerza de industria contra naturaleza, que comían de la real caja sueldos reales por conquistadores, cuyos dueños, por salir aquel día aventajados (por retener el uso del Pendón antiguo) sacaban también sus armas, tanto más reverendas por viejas y abolladas, que pudieran ser por nuevas, bien forjadas y resplandecientes. Ostentaban multitud de lacayos, galas y libreas. Clarines, chirimías y trompetas endulzaban el aire. El repique de todas las campanas de las iglesias, que seguían las de la Catedral, hacían regocijo y concertada armonía.

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Relatos e historias en México. Año VI, N° 64, enero, 2014, p. 19

    Como esa solemnidad –dice García Icazbalceta en una de las notas que pone al Diálogo Tercero de Cervantes de Salazar-, se verificaba en lo más fuerte de la estación de lluvias, sucedía a veces que la comitiva, sorprendida por el agua, se refugiaba en los primeros zaguanes que encontraba abiertos, hasta que pasada la tormenta, continuaba su camino. Sabido por el rey, despachó una cédula en términos muy apremiantes, prohibiendo que tal cosa se hiciera, sino que a pesar de la lluvia continuase adelante la procesión, y así se cumplió.

   Por ser muy grandes los gastos que la fiesta ocasionaba al regidor encargado de llevar el pendón, el Ayuntamiento le ayudaba con tres mil pesos de sus propios. Así y todo, se negaban los regidores a sacar el pendón real. No se sabe por qué era esa formal resistencia al ejercicio de un acto honroso para la persona en quien recaía.[4] Andando el tiempo vino muy a menos el brillo de esta conmemoración anual de la Conquista, tanto, que en 1745 el virrey, don Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, por orden de la Corte, hubo de imponer una multa de quinientos pesos a todo caballero que siendo convidado dejase de concurrir sin causa justa. La ceremonia, que en sus principios fue muy lucida, con esmerada suntuosidad, vino después a ser ridícula, cuando el paseo se hacía ya en coches y no a caballo, y el pendón iba asomado por una de las portezuelas del carruaje del virrey.

   Los indios asumieron siempre una actitud altiva y digna durante el desfile de la brillante comitiva; no se veía a ninguno en las calles por donde pasaba, pues era recordarles la conquista que los sojuzgó, con sus matanzas y demás horrores.[5] El primer Paseo del Pendón se efectuó con inusitado boato en agosto de 1528; fue abolido por las Cortes españolas el 7 de enero de 1812 y de esa fecha en adelante siguieron asistiendo a San Hipólito el virrey, la Real Audiencia y las demás autoridades como a cualquiera otra función de tabla[6] y así hasta la Independencia en que, como era natural, terminó del todo esa simbólica y aparatosa solemnidad.[7]

    Para el espectáculo de los toros, dicha fiesta tuvo un especial significado. Celebrada año con año, desde 1528 y hasta 1812 en que fue abolida, la fiesta del santo patrono de la ciudad, misma que bajo la organización correspondiente de parte de los diputados de fiestas, y con la colaboración de la iglesia, los diferentes gremios, a saber: Arquitectos, Escueleros, cereros y confiteros, curtidores, tiradores de oro y plata, cobreros, tosineros, coleteros, gamuseros, loseros, entalladores, pasteleros, cerrajeros, sastres, toneleros, herreros, sombrereros, armeros, sayaleros, zapateros, pasamaneros, bordadores, sederos y gorreros; silleros, tenderos de pulpa, carpinteros, organistas, beleros, guanteros, algodoneros, figoneros, carroceros, herradores, tintoreros, fundidores, obrajeros, mesilleros, cajoncillos, surradores y un largo etcétera más, así como por el pueblo, se convirtió en una de las fiestas de mayor ámpula durante todo ese tiempo. Por supuesto, y en la mayoría de los casos, estuvieron presentes los festejos taurinos.

   Finalmente, y en términos de incluir alguna evidencia poética de la época, aparece por aquí el presbítero Arias de Villalobos, con su obra Del Mercurio (Moctezuma y Cortés), escrita y publicada hacia…

 1621

 Canción a San Hipólito, patrón de la ciudad de México.

(. . . . . . . . . .)

Asómbrase de ver las espingardas[8]

que los hijos del Sol disparan luego,

y las corvetas[9] fuertes y gallardas

que el jinete andaluz brinca entre el fuego;

en bridones de armar, sillas bastardas,

mirando al español, que de tan ciego

que piensa que es –temblando de mirallo-

centauro el caballero y el caballo.[10]

    Respecto a la Gloria de San Hipólito y de Cortés, obra del mismo Villalobos, la narración de la conquista, coronada el 13 de agosto de 1521, la clausuran triunfales aclamaciones a este patrón de la ciudad a su maestro San Lorenzo y al extremeño extremo, el discutidísimo Hernán Cortés.

 1621

 Gloria de San Hipólito y de Cortés.

 Entra Hipólito Santo, en Nueva España

y planta aquí la fe que recibiste;

que si a ti te la dio el hijo de España,

a los hijos de España la volviste.

Aquí tu capitán en nombre tuyo

abriéndole a la iglesia un paraíso.

Esposa le dio a Cristo y miembro suyo

hizo un miembro infernal, del cielo abciso;

aquí la que por dueño y propio cuyo

tuvo a Baal, por firma y compromiso,

ahora se sujeta al fuero y leyes

de un Dios de dioses y de un Rey de reyes.[11]

    De las octavas del presbítero Arias de Villalobos, encontramos posibles reminiscencias como de espuma argenta o (aunque pudiera venir de Quevedo), el Toro de Europa, estrellas escarbando en vez de barro. Y luego: Poetas, latinos y vulgares, eminentes (y callan cuando escuchan sus cantares –musas del Tormes, músicos de Henares-); sus damas con sus galas y gracias de tañer y cantar, venciendo la beldad y gentileza de Isolda (Baje cabeza aquí la reina Iseo) y sus mozos gallardos en ejercicios de armas y de amores, y tan jinetes que ellos nacer parecen en la silla y el placiente vagar de los que comen, juegan, visten y damean.[12]

      Tales ejemplos de poesía novohispana, provienen de otro libro de mi autoría, también inédito: “Tratado sobre la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”. México, Centro de Estudios Taurinos de México, A.C., 2009. 1485 p. Ils., fots., p. 42-43.


[1] Artemio de Valle-Arizpe: Por la vieja calzada de Tlacopan.. 2ª ed. México, editorial DIANA, S.A., 1980. 536 p. Ils., fots., retrs., maps.

[2] En el pasaje que Fr. Diego de Valadés menciona sobre las fiestas, llama la atención el que participara sobremanera la nobleza mexicana, representada en jóvenes o señores formados bajo la égida de un rancio estilo en el que la caballería se incorporaba con toda su parafernalia para integrarse a lo que fue jugar toros, cañas, alcancías. Pero también para hacer las entradas y escaramuzas obligadas para tal ocasión, que no era para menos. Significaba todo un arreglo supeditado, de seguro, a las normas establecidas en tratados, ejercicios de la caballería de la jineta, para torear con el rejón, lanza y espada y otras cartillas que deben haber conocido de alguna manera. Ya en su lectura, ya de oídas. Ora por la práctica que vieron en otros protagonistas, ora por la simple razón de la moda impuesta.

[3] Dicha fiesta adquirió, a lo que se ve, una resonancia como pocas en la capital de la Nueva España. La participación de virreyes, arzobispos, cabildo y otros funcionarios de diversa estatura marcaban perfectamente la estratificación que seguían ceremonias como la de la toma de mando del nuevo Virrey en turno, o por noticias de la casa real (con buenos o malos augurios); mismas que originaban movilizaciones sin precedentes y hasta más de alguna discusión; por el hecho de que los personajes aquí citados y otros muchos que se incorporaban a los desfiles y procesiones se sintieran desplazados o no ocuparan el lugar que ciertas normas o la costumbre fueron marcando.

[4] Probablemente encontremos la respuesta en las mismas líneas trazadas por Valle-Arizpe cuando apunta:

Para el paseo, la nobleza y caballería sacaba hermosísimos caballos, bien impuestos y costosísimamente enjaezados: entre los más lozanos (que entonces no por centenares, sí por millares de pesos se apreciaban) salían otros no menos vistosos, aunque por lo acecinado pudieran ser osamenta y desecho de las aves, aunque se sustentaban a fuerza de industria contra naturaleza, que comían de la real caja sueldos reales por conquistadores, cuyos dueños, por salir aquel día aventajados (por retener el uso del Pendón antiguo) sacaban también sus armas, tanto más reverendas por viejas y abolladas, que pudieran ser por nuevas, bien forjadas y resplandecientes.

   Esto quiere decir que, probablemente hayan entrado en conflicto aquellos caballeros que sintiéndose custodios del Pendón antiguo justo en el momento en que este fue sustituido por el Pendón Real, es decir por otra pieza de nueva manufactura, pero utilizada para el mismo fin. La reacción de rechazo debe haber estado, en todo caso en aquella actitud conservadora a ultranza de nobleza y caballería que, siguiendo los viejos procedimientos, y tratando de conservarlos en su más pura integridad, mandaban arreglar sus caballos enjaezándolos en medio de un lujo desmesurado. Y esa nobleza y caballería algo más tenía que ver con el hecho de que al comer “de la real caja sueldos reales por conquistadores…”, mantenían ya una especie de pensión vitalicia, cuando los hechos aquí narrados parten de fuentes del siglo XVII. Es decir, el Libro Primero del Próximo Evangélico exemplificado en la vida del V. Bernardino Álvarez… compuesto por D. Juan Díaz de Arce (1615). Habiendo pasado casi un siglo del hecho consumado y celebrado: la conquista en su día clave, 13 de agosto, tendría que haber entre muchos de los habitantes de la capital de la Nueva España si no viejos conquistadores, sí los hijos o nietos de estos que deben haberse propuesto celebrar tal ocasión en medio de un fervoroso respeto. Y conservar el Pendón antiguo fue, o debe haber sido para ellos el último reducto de un episodio histórico con una fuerte carga de responsabilidad que no se reducía a la sola razón de fiesta. Se conservaba una especie de status quo que, para bien o para mal, y al paso de los años devino indiferencia.

   Por otro lado en: Carlos Rubén Ruiz Medrano: Fiestas y procesiones en el mundo colonial novohispano. Los conflictos de preeminencia y una sátira carnavalesca del siglo XVIII. San Luis Potosí, El Colegio de San Luis, 2001. 54 p., p. 11 nos dice:

   Durante las procesiones, la sociedad colonial era lo más parecido a un régimen de estamentos, y con una clara diferenciación corporativa. Aquí se encuentra la clave para comprender la naturaleza de las fiestas y grandes procesiones: constituían un resabio ideológico y una proclama que pretendía encuadrar la realidad social novohispana en una escala jerárquica inteligible.

   Y esto es todavía más profundo si vamos al hecho de comprender la entraña de esa separación de los estamentos en la infinidad de desfiles, procesiones, festejos y hasta corridas de toros donde la autoridad, fuese esta la que fuese, pretendía ser reconocida en función de su nivel de autoridad.

   Por eso, el propio Ruiz Medrano complementa la observación apuntando:

   Aún así, y paradójicamente, en estos actos no existía un orden rígido preestablecido. No existía un código escrito que prescribiera y sancionara el orden de las misas solemnes, las procesiones, o la asignación de asientos (en corridas de toros), como sí existía en la Península Ibérica. Aquí lo que se encuentra es un ordenamiento flexible y acomodaticio. Esta paradoja obedece a un elemento ya señalado por varios autores: la ausencia de una verdadera tradición nobiliaria, resultado del proceso de estructuración del mundo colonial y de la asimilación –desigual y ambivalente- de los diferentes sectores étnicos y de los flujos masivos de migrantes a Indias. Estos factores hicieron que los habitantes de la Nueva España, que se creían merecedores de prestigio y posición social, ajustaran los esquemas ideales de nobleza y jerarquia a través de otros sutiles definidores sociales, y fuera de un marco jurídico bien establecido; así proliferan mecanismos exteriorizadotes de la posición más ambiguos, como la exhibición ostentosa; y la procesión oficial era uno de los espacios más adecuados para ello (p. 12).

[5] La sola cita sobre los indígenas mueve a una reflexión con una fuerte carga de resistencia por parte de quienes en esas ocasiones no eran exactamente convidados a la celebración, con todo y que para el contexto temporal en que giran estos apuntes (1615), algo de aquel dolor, el dolor y el horror de la derrota deben haberse atenuado. Por naturaleza, cualquier sociedad, sobre todo cuando tiene que convivir con el enemigo es rencorosa. Desconozco que tanta dimensión en tanto “visión de los vencidos” (-León Portilla, dixit-) se pudo registrar no sólo después de la conquista misma. ¿Qué pasó años más tarde, diez, cincuenta, cien o doscientos? ¿El resentimiento fue una herida abierta o cicatrizó? La independencia, con casi tres siglos de distancia y al recordatorio, año tras año del 13 de agosto ¿se convierte en devolución acumulada de rencores? Recordemos que naturales y extranjeros convivieron, y de esa convivencia surgieron infinidad de derivaciones sumadas con la presencia de otras tantas razas. Y en esa convivencia algún grado de conciliación debe haberse dado. No todo era odio. Mucho menos mutuo, pero tampoco perpetuo.

[6] Función de tabla: se les llamaba así por estar consideradas en aquel impresionante contexto de celebraciones novohispanas. Fueron aquellas que, incrustadas en el ámbito cotidiano y por costumbre, consideraron entre otras, a la fiesta barroca concepcionista como celebración política, religiosa y cultural en Nueva España que dogmatizaban su condición.

[7] Valle-Arizpe: Por la vieja calzada de…, op. Cit., p. 185-189.

[8] Espingardas: Antiguo cañón de artillería algo mayor que el falconete y menor que la pieza de batir.

[9] Corvetas: Movimiento que se enseña al caballo, haciéndolo andar con los brazos en el aire.

[10] Alfonso Méndez Plancarte: Poetas novohispanos. Segundo siglo (1621-1721). Parte primera. Estudio, selección y notas de (…). Universidad Nacional Autónoma de México, 1944. LXXVII-191 p. (Biblioteca del Estudiante Universitario, 43)., p. 6.

[11] Op. Cit., p. 11-12.

[12] Ibidem., p. 14-17.

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 SOBRE ACONTECIMIENTOS OCURRIDOS ENTRE AGOSTO Y OCTUBRE DE 1817.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Se entiende que en esos momentos, habida cuenta de un pretexto más que notorio para efectuar entre otras fastuosas celebraciones, corridas de toros, la Junta de la Ciudad, de conformidad a los usos y costumbres establecidos en aquellas épocas, puso en práctica la convocatoria de rigor para que los asentistas e interesados pudiesen comprometerse a organizar una temporada consistente en 12 festejos, los cuales, con toda seguridad se llevaron a cabo en el nuevo espacio destinado para ello: La Real Plaza de toros de San Pablo a partir del 14 de octubre. Los datos en ese sentido, aunque escasean, dejan ver parte de aquellos preparativos, aunque se desconoce por más información buscada al respecto qué sucedió durante los mismos. De alguna forma, los siguientes registros nos permiten acercarnos al entorno administrativo en que devino aquella conmemoración, la cual considero, debe haber originado encontradas reacciones en medio de un ambiente cuyo caldo de cultivo era la independencia, sin más.

CABECERA DE LA GACETA DEL GOBIERNO DE MÉXICO

Cabecera de la Gaceta del Gobierno de México que por aquellos días daba a conocer al público lector dos acontecimientos de gran importancia y que aquí se refieren… Imagen tomada del portal de internet: HEMEROTECA NACIONAL DIGITAL DE MÉXICO. (http://www.hndm.unam.mx/)

 GACETA DEL GOBIERNO DE MÉXICO, D.F., del 02.08.1817, p. 8:

 Por acuerdo de la junta de la ciudad, celebrada el día 28 del pasado, está mandado salga a la almoneda el remate de la plaza de Toros, para las doce corridas que han de verificar el mes de octubre, en celebridad de los desposorios de nuestro augusto Soberano el Sr. D. Fernando VII y su augusto hermano el Sr. Infante D. Carlos para que los que quieran hacer postura, ocurran a la secretaría mayor de cabildo a imponerse de las condiciones con que lo han de ejecutar.

 GACETA DEL GOBIERNO DE MÉXICO, D.F., del 16.08.1817, p. 8:

 MÉXICO. La junta de ciudad en acuerdo de 8 del corriente agosto ha mandado se anuncie al público, que estando para salir a la almoneda el arrendamiento de la plaza de toros por las doce corridas que han de verificarse el mes de octubre próximo venidero, en celebridad de los Desposorios de nuestro augusto Soberano el Sr. D. Fernando VII y su augusto hermano el serenísimo Sr. Infante D. Carlos, ha dispuesto la superioridad del Exmo. Sr. Virrey que las noches de aquellos doce días haya paseo y diversiones sobresalientes, que concluirán a las diez de cada una. La persona que quisiera hacer postura ocurra a la secretaría de cabildo a tomar las instrucciones necesarias.

 GACETA DEL GOBIERNO DE MÉXICO, D.F., del 09.10.1817, p. 8:

Estando determinado que el catorce del corriente comiencen las doce tardes de corridas de toros que han de verificarse por fiestas reales, con el objeto de celebrar los desposorios de nuestro católico Monarca EL SEÑOR DON FERNANDO SÉPTIMO, y su augusto hermano el serenísimo señor infante DON CARLOS, se noticia al público por si hubiere algunos postores que quieran entrar en el arrendamiento de toda la plaza, o por partes, con el fin de que ocurran a las casas de esta Diputación por la mañana desde las nueve, y por la tarde desde las cuatro, a tratar con los señores comisionados para el efecto: entendidos de que la plaza se entregará forrada, con asientos, y pintada.

    De alguna forma, la autoridad que seguía siendo el alter ego de la monarquía en turno, permitió que la exaltación de aquel doble desposorio alcanzara niveles como los que se pueden leer en el siguiente soneto:

 Remonta el vuelo fama vocinglera

Y de FERNANDO al pie, tu trompa humilla;

Dile que en Nueva España el celo brilla

El valor triunfa, la lealtad impera.

 

Dile que aquel virey que a Dios venera

Sirve a su Rey, y al reyno maravilla:

Di que Liñan las tropas acaudilla,

Y que ORRANTIA hace, que el orgullo muera.

 

Dile que Mina: genio malhadado

Es ya el oprobio de la empresa altiva,

Que empezó en él, y en mucho ha acabado.

 

Y por fin dile, que con voz festiva

Celo, valor, y amor acrisolado

Gritan al mundo que FERNANDO viva.[1]

    Los mensajes subliminales abundan en sus catorce versos. Por aquel entonces, quien gobernaba como virrey fue Juan José Ruiz de Apodaca y Eliza,[2] quien impuso mano firme para mantener un gobierno que se desestabilizaba a cada momento, sobre todo porque la insurrección insurgente alteraba sus estructuras y ambiciones. En cuanto a D. Francisco Orrantia, Coronel y Comandante del Ejército del Norte al servicio del rey, contrainsurgente por consecuencia, se encontraba luchando en el “ojo del huracán”, es decir la actual zona de Guanajuato. Una de las batallas que le dieron lustre a dicho personaje fue precisamente la del ataque y dispersión de las gavillas unidad al “traidor” (Francisco Javier) Mina en la Hacienda de la Caxa y Valle de Santiago, ocurrida el 10 de octubre, de lo que resultó la consabida prisión del “Traidor” Mina efectuada por el propio Orrantia muy cerca de Irapuato, en el rancho del “Venadito” “cerca de la Tlachiquera” el 28 de octubre siguiente. Entre quienes también participaron en aquella acción se encontraba el mariscal de campo D. Pascual de Liñan y comandante en jefe de la división del Bajío, con lo cual se consumó “este importante servicio hecho al Rey nuestro Señor y al público”. Entre tanto, y procurando no hacer más ruido del que pudieran despertarse sospechas, uno de los actos públicos con que se rememoraba a los dos borbones en pleno casamiento, fue el de esas 12 corridas de toros que ya se ve, no faltaron para tan digna celebración.

CARLOS MARIA ISIDRO DE BORBÓN

   Pocos retratos se conocen de Carlos María Isidro Benito de Borbón y Borbón-Parma, personaje un tanto cuanto opacado por la actividad realizada por Fernando VII, su hermano. Sin embargo, esta pintura de Vicente López Portaña nos permite acercarnos a quien fue, además Infante de España:

 Disponible mayo 30, 2014 en: http://pessoasenmadrid.blogspot.mx/2013/06/maria-francisca-de-braganza.html


[1] Gaceta del Gobierno de México, del 4 de noviembre de 1817, p. 6.

[2] 61° virrey de la Nueva España, del 20 de septiembre de 1816 al 6 de julio de 1821.

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 LA AFIRMACIÓN DE LO MEXICANO EN EL TOREO A LA ESPAÑOLA.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Lo inconcebible pero terrenable al fin y al cabo fue y sigue siendo el hecho de que las corridas de toros, convertidas en herencia y fruto del contacto habido desde el momento mismo de la conquista española, con toda su carga de sinsabores y demás circunstancias, siga  en el gusto de amplios sectores populares de nuestro país, ahora que estamos en plena revisión y celebración del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución mexicanas. Ese hecho tuvo durante el periodo virreinal una importante participación que por sí sola es motivo de diversas revisiones, a cual más de importante y apasionante también. Sin embargo, lo que nos interesa en este momento es saber porqué un espectáculo como el taurino, tuvo la virtud durante buena parte del siglo XIX en aceptar o asimilar el ingrediente específico de lo mexicano como carácter esencial de su constitución, para luego, durante el desarrollo de todo el siglo XX y lo que va del XXI, se haya convertido en toda una manifestación, incluso de órdenes universales.

   El proceso de emancipación, evidentemente no fue un hecho casual. Se fue gestando en la medida en que las condiciones que privaban en una Nueva España desgastada, agobiada por diversas medidas económicas que implementó la corona (las Reformas Borbónicas), como remedio para paliar los gastos de diversas guerras, pero sobre todo del deterioro monárquico que estaba fracturando seriamente las estructuras de esa composición detentada por los borbones, a la par que se dejaban ver con fuerza inusitada los principios ilustrados[1] que ejercieron fuerte influencia entre quienes tuvieron una fe ciega por aquella doctrina. El hecho es que una de las víctimas de ese ambiente ideológico fueron los festejos taurinos, calificados de anacrónicos, salvajes, y que nada tenían que ver con el progreso establecido a la luz de las ideas del iluminismo, vertiente estimulada por importantes pensadores franceses, que luego encontró en los españoles y hasta en los novohispanos, el eco pertinente.

   Sin embargo, España seguía debatiéndose entre diversos destinos, dos de ellos ya señalados aquí: sus constantes enfrentamientos bélicos y su deterioro económico. De esa forma se encontró con el arribo del siglo XIX. Y tal circunstancia en buena medida fue causa y efecto para que su principal colonia o virreinato, México, estuviese siendo sometido a fuertes rigores impuestos en la sobreexplotación de sus metales, lo que originaba el envío de fuertes remesas de plata, lo que originó, entre otras cosas, un desequilibrio económico y el malestar social por consecuencia. Hasta aquí, sólo hemos mencionado dos, entre muchos otros factores que fueron la suma de inestabilidad que fue preparando de alguna manera el terreno de lo que unos años más tarde sería el movimiento de independencia.

   Mencionadas las “Reformas Borbónicas”, estas fueron una serie de estrategias cuyos principios estuvieron presentes en el desarrollo de los intereses materiales y el aumento de la riqueza de la monarquía mediante cambios importantes en aspectos fiscales, militares y comerciales, así como el fomento a diversas actividades productivas, según nos lo afirma de nueva cuenta Luis Jáuregui.

   Quienes implantaron aquel principio en forma que parecería demoledora, fueron los virreyes, sobre todo a partir de los que, bajo el reinado de Carlos III, expresaron su convencimiento sobre el nuevo patrón de comportamiento, y hasta llegaron algunos de ellos a aplicar medidas restrictivas en el caso de las corridas de toros, como fue el caso concreto de Carlos Francisco de Croix (25 de agosto de 1766 al 22 de septiembre de 1771); frey Antonio María de Bucareli (23 de septiembre de 1771 al 9 de abril de 1779); Martín de Mayorga (del 23 de agosto de 1779 al 28 de abril de 1783). Luego ocurrió lo mismo con Manuel Antonio Flores (del 17 de agosto de 1787 al 16 de octubre de 1789) y el más representativo de ellos: Félix Berenguer de Marquina (del 30 de abril de 1800 al 4 de enero de 1803), quien fue alter ego, en este caso de Carlos IV.

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Archivo Histórico del Distrito Federal. Diversiones públicas, Vol. 855, exp. 51: Sobre las órdenes que han de observarse para el arreglo de las corridas de toros en la plaza de Xamaica.-Fojas 7. (Enero de 1814. 24 x 16 cm).

    Circunstancias como las mencionadas en los párrafos anteriores, deben haber ocasionado la infiltración de diversos aspectos donde el carácter americano primero; mexicano después, se hicieron evidentes a la luz de una expresión que no quedaba reducida al espacio de las plazas de toros. También se articulaba en los ámbitos rurales. Dicho en otras palabras: La mayoría de aquellas expresiones taurinas surgieron desde el campo y fueron a depositarse en las plazas, en una convivencia entre lo rural y lo urbano que dio a todo ese bagaje un ritmo intenso, que disfrutaron a plenitud por los aficionados y espectadores de ese entonces.

   A la luz de aquel escenario tan particular, surgieron toreros cuyos nombres, hoy casi olvidados, fueron capaces de dejar una estela de popularidad que recuperamos en nombres tales como el Capitán: Felipe Estrada, y su segundo espada: José Antonio Rea.

   O banderilleros como: José María Ríos, José María Montesillos, Guadalupe Granados y Vicente Soria. (Supernumerarios: José Manuel Girón, José Pichardo y Basilio Quijón). Entre los picadores estaban: Javier Tenorio, Francisco Álvarez, Ramón Gandazo y José María Castillo. No podemos olvidar a los hermanos Ávila (José María, Sóstenes y Luis) quienes sostienen el andamiaje del toreo mexicano, un toreo que vive con ellos relativas transformaciones que fueron a darse entre los años de 1808 y 1857, largo período en el que son dueños de la situación.

   La figura torera nacional alcanza en aquellas épocas un significado auténtico de deslinde con los valores hispanos, al grado de quedar manifiesto un espíritu de autenticidad misma que se da en México, asumiendo significados que tienen que ver con esa nueva razón de ser, sin soslayar los principios técnicos dispersos en el ambiente. No sabemos con toda precisión el tipo de aspectos que pudieron desarrollarse en la plaza; esto es de las maneras o formas en que pusieron en práctica el ejercicio, en por lo menos la fase previa a la presencia del torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda. Debemos recordar de pasada, el todavía fresco carácter antihispano que prevalece en el ambiente. Pero después de él -a mediados del siglo XIX- va a darse una intensa actividad no solo en la plaza, también en los registros de plumas nacionales y extranjeras mismas que revisaremos más adelante. Y puede quedar constancia de ciertas formas, entendidas como la extensión de todo aquel contexto al que nos referíamos en la primera parte, cuando se hizo recuento de quehaceres taurinos y parataurinos muy en boga hacia fines del siglo XVIII. Si bien, como en España se mostraron intentos por ajustar la lidia de los toros a aspectos técnicos y reglamentarios más acordes con la realidad, en México este fenómeno va a ocurrir y seña de ello es la aplicación de un reglamento en 1822,[2] y luego en 1851 cuando sólo se pretende formalizar de nuevo la fiesta, pues el reglamento se queda en borrador.[3] Todo ello ocurre bajo una despreocupación que es lo que va a darle al espectáculo un sello de identificación muy especial, pues la fiesta[4] cae en un estado de anarquía, de desorden, pero como tales, muy legítimos, puesto que anarquía y desorden que pueden conducir al caos, no encaminaron a la diversión pública por esos senderos. De pronto el espectáculo empezó a saturarse de modalidades poco comunes que, al cabo del tiempo se aceptaron en perfecta combinación con el bagaje español. No resultó todo esto un antagonismo. Muy al contrario, se constituyó ese mestizaje que se consolidó aun más con la llegada de Bernardo Gaviño en 1835, conjugándose así una cadena cuyo último eslabón es Ponciano Díaz.

   Parece todo lo anterior una permanente confusión. Y sí, efectivamente se dio tal fenómeno, como resultado de sacudirse toda influencia hispánica, al grado de llevar a cabo representaciones del más curioso tono tales como cuadros teatrales que llevaron títulos de esta corte: “La Tarasca”, “Los hombres gordos de Europa”, “Los polvos de la Madre Celestina”, “Doña Inés y el convidado de piedra”, entre muchos otros. A esta circunstancia se agregan los hombres fenómenos, globos aerostáticos y hasta el imprescindible coleo,[5] todo ello salpicado de payasos, enanos, saltimbanquis, mujeres toreras sin faltar desde luego la “lid de los toros de muerte”. Esto es la base y el fundamento del toreo español, que finalmente no desapareció del panorama.

   Con toda la mezcla anterior -que tan solo es una parte del gran conjunto de la “fiesta”-, imaginemos la forma en que ocurrieron aquellos festejos, y la forma en que cayeron en ese desorden y esa anarquía auténticamente válidos, pues de alguna manera allí estaban logradas las pretensiones de nuestros antepasados.


[1] Luis Jáuregui: “Las Reformas Borbónicas”. En: Nueva Historia Mínima de México Ilustrada Secretaría de Educación del Gobierno del Distrito Federal, El Colegio de México, 2008. Colegio de México, 551 p. Ils., fots., maps. p. 197 y 199. Las características principales del movimiento ilustrado son la confianza en la razón humana, el descrédito de las tradiciones, la oposición a la ignorancia, la defensa del conocimiento científico y tecnológico como medio para transformar el mundo y la búsqueda, mediante la razón y no tanto la religión, de una solución a los problemas sociales. En pocas palabras, la Ilustración siguió un ideal reformista. Su aplicación fue un proceso de modernización adoptado en el siglo XVIII por prácticamente todos los monarcas europeos, de ahí la forma de gobierno conocida como “despotismo ilustrado”.

[2] El jefe superior interino de la provincia de México Luis Quintanar expidió el 6 de abril de 1822 un AVISO AL PUBLICO que pasa por ser uno de los primeros reglamentos (aunque desde 1768 y luego en 1770 ya se dispusieron medidas para el buen orden de la lidia).

[3] Archivo Histórico de la Ciudad de México. Ramo: Diversiones Públicas, Toros Leg. 856 exp. 102. Proyecto de reglamento para estas diversiones. 1851, Reglamento de toros, 5 f.

[4] Josef Pieper. Una teoría de la fiesta, p. 17. Celebrar una fiesta significa, por supuesto, hacer algo liberado de toda relación imaginable con un fin ajeno y de todo “por” y “para”.

[5] Heriberto Lanfranchi. La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. I., p. 128.

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