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HISTORIA DE UN EXCÉNTRICO ARZOBISPO-VIRREY.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. 

EN OCASIÓN DE LA SEMANA SANTA O LA HISTORIA DE UN EXCÉNTRICO UN ARZOBISPO-VIRREY. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Entresaco de mi libro (inédito): “Artemio de Valle-Arizpe y los toros”. México, 2009. 599 p. Ils., fots., grabs. (Aportaciones Histórico Taurinas Mexicanas, 62)…

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 …son los siguientes tres PASAJES, con motivo de que por estos días, al conmemorarse una nueva ocasión de la Semana Santa, sucedió allá por 1611 un caso que escandalizó a la sociedad. El protagonista de aquel asunto fue el Arzobispo-virrey fray Pedro o Francisco García Guerra, que al organizar un festejo taurino en “un cortinal de palacio”, olvidó trasladarlo, por lo menos al domingo de resurrección. Como aquello ocurriera el viernes santo, las muchas cosas que pasaron en apenas una jornada, permitieron a don Artemio de Valle-Arizpe hacer un recuento, diría más que completo sobre el asunto. Veamos.

 [PASAJE Nº 9]: LA NEGRA DEL SEÑOR ARZOBISPO.

    Son los tiempos en que estaba en la Nueva España el muy peculiar Arzobispo Fray Pedro o Francisco García Guerra. Peculiar, porque presidió siempre la vida de don Fray García Guerra un oculto maleficio. De un mal iba a otro mal mayor y así hasta que llegó a la muerte, supremo descanso… Ya desde su viaje emprendido para ocupar el cargo de virrey en este reino, estuvo plagado de tribulaciones de todo tipo. Pues bien, llegó al puerto de Veracruz el afligido señor acompañado de su cohorte. Luego de rumbosa recepción en la que hubo preciosos arcos de flores y de verdura, a tiro de arcabuz unos de otros; a cada paso salía multitud de indios con altos y brilladores penachos de plumas de colores, tocando trompetas, sacabuches, chirimías, dulzainas, albogues y roncos tamborinos… En cierto momento, uno de los muchos cohetes que se soltaron para festejar, fue a posarse a los pies de la mula frisona montada por el arzobispo. Ya imaginarán ustedes la consecuencia: un brazo roto, el brazo con el que bendecía tan amorosamente, ¡qué lástima!, y dio, además, un formidable cabezazo, y, como era natural se le rajó el cráneo al pobre señor, pero el pedrusco, menos mal, sí quedó intacto todo él y hasta decorado con unas sinuosas chorreaduras de sangre, que le hacían bien, armonizando con su color gris.

   Siguió su camino rumbo a Zumpango, luego a Huehuetoca lugar donde sufrió otro accidente. ¡Válgame Dios! Tras el nuevo susto, y algo repuesto, llegó a Guadalupe, donde tomando precauciones ante el aviso de que montaría otra mula, prefirió una carroza, en la que por fin arribó a la gran ciudad de México. Pasando por la calle de Santo Domingo, y dispuesto a subir un templete, este se hundió estruendosamente cayendo todo lo que fueron suntuosos adornos.

   A Su Señoría Ilustrísima don Fray García Guerra no le pasó casi nada, si nada grave es la torcedura de una pierna, que se le volvió al revés, con el talón novedosamente hacia delante, por la sencilla cosa de que le cayó encima una gruesa tabla (…)

   Camino a la Catedral, un nuevo accidente se sumó a esa marcha que se antoja colmada de una desgracia y otra también. Y así pasaron los días, en que ya no hubo –al parecer- más sustos, hasta que otro igual de inusitado lo llevó, después de severo golpe cayendo del carruaje arrastrado por unas mulas desbocadas, a pasar varios días reponiéndose del susto y los dolores intensos que padeció.

   Con lo que en aquellos tiempos escandalizaba un eclipse, pues miren que vino a ocurrir en los días en que ya el Arzobispo solo pensaba en las fiestas para hacer su entrada pública como virrey. Y eso no podía ser sino un pésimo agüero de su fatal presencia en estos dominios. Las calamidades no terminaron ahí. En tanto, se efectuó la recepción, tal y como estaban establecidos los usos y costumbres de tan singular acontecimiento, -¡claro!- sin que faltara otra desgracia. Y es que

Unos juglares, para agasajar al nuevo virrey, había preparado un artificio para hacer volatines desde lo alto de un pino en la plaza de Santiago Tlatelolco, y al llegar Su Excelencia le hicieron algunas suertes muy vistosas, pero se descompuso el armadijo que tenían y vinieron al suelo, estrellándose casi a los pies del flamante Virrey: un jeme escaso faltó para que le cayeran encima y lo dejaran desmenuzado y deshecho, y como compensación sólo le salpicaron irrespetuosamente de sangre y de sesos las manos y las suntuosas vestiduras; pero con unos lienzos y un poco de agua quedó remediado el mal, y esos trapos inmundos se los disputaba la gente para guardarlos como reliquias veneradas.[1]

   Seguramente por estas, y otras razones, fue que A de V-A denominó a presente pasaje como La negra del señor arzobispo. No se piense en ninguna mulata. Menos, en una mujer de intenso y oscuro color que le acompañara en el austero séquito. No. Era su desgraciada suerte que tuvo, como lo cuenta Mateo Alemán,[2] el cronista de estos sucedidos, en infortunios uno seguido del otro. Incluso –y como lo veremos más adelante-, hasta en sus honras fúnebres.

ARZOBISPO-VIRREY GARCÍA GUERRA

   Y como don Pedro o Francisco era harto entusiasta para las fiestas que se le organizaron en su recepción, no excluyó las taurinas. Fue por eso de que

(…) a los pocos días de su toma de mando iba a celebrar el Ayuntamiento las fiestas anuales que estaban ordenadas que se hicieran solemnemente el día del glorioso Señor San Hipólito, en recordación de la toma de la ciudad azteca por Hernán Cortés y los suyos, y ya no se pudieron hacer otras especiales para honrar al nuevo mandatario, sino que se acordó que las del 13 de agosto fuesen también dedicadas para agasajarlo. Así es que se quedó sin festejos don Fray García Guerra; pero la madre tierra se esmeró en proporcionarle uno muy soberano en los primeros días de su gobierno, poniéndose a temblar más que potranca ante un león.[3]

Salvándose de que le cayera encima un alto estante lleno de libros, aunque más de alguno de aquellos volúmenes le vino a causar los golpes de rigor, esto que no le impidió pensar, ¿en qué creen ustedes?

Pero mandó celebrar unas corridas de toros; ¿cómo iba a ponerse a mandar tranquilamente como virrey don Fray García Guerra, sin haber tenido antes aunque fuese una mala festividad? No, eso no era posible; equivaldría a subvertir el orden de las leyes naturales. Hubo dos corridas, y mandó, además, el uncioso prelado que se jugaran alcancías, pero todo ello se interrumpió por otro temblor de tierra inoportuno, que llenó a todo el mundo de pánico, pues por todas partes llovían piedras y vigas de las casas de los alrededores del coso, que se venían abajo estrepitosamente y entre espesas polvaredas. Hubo heridos numerosos, y también hubo muchos muertos; de los toros se fueron a ver, beatíficamente, a los serafines y arcángeles o a los diablos en los apretados infiernos, según fuere su limpieza de alma o el sucio caudal de sus pecados.[4]

   Se sabe que dicho festejo se celebró “en un cortinal de palacio” y, a lo que parece, no fue precisamente en el palacio virreinal, sino en el arzobispal, a donde tenía sus aposentos el desgraciado fraile, quien a partir de ese otro susto mayúsculo, comenzó a estar muy enfermo. Como quedara en manos de unos médicos que diagnosticaron todo, pero no lo más acertado, hasta llegaron al extremo de

Que lo partieron casi en canal, pues que aseguraron estos majaderos hombres de ciencia que se había corrompido por el interior, “porque las materias hicieron grandísima eminencia en la parte de las costillas que llaman mendozas, siendo muy necesario que viniesen cirujanos a abrirlo”, y luego que lo destazaron vieron “que salió poca materia, por haber corroído ya el diafragma y subido arriba”, y que “las costillas mendozas estaban tan podridas que se deshacían entre los dedos”. Con grandes, incesantes dolores, que lo tenían en un perenne grito, más por la destazada que por lo de las materias que le habían “subido arriba” y que por lo deleznable de las costillas mendozas, murió don Fray García Guerra el 22 de febrero del año de 1612.[5]

   Hasta aquí, las citas de A de V-A. Ahora bien, me gustaría agregar aquí un apunte que fue incluido en mi libro Novísima Grandeza de la tauromaquia mexicana, y que titulé

EL SIGLO XVII EMPIEZA CON LA HISTORIA DE UN TAURINO “HASTA EL TUÉTANO”: FR. GARCÍA GUERRA.

   Fray Francisco García Guerra de la orden de los dominicos, un buen día fue llamado a ocupar el cargo de Arzobispo. Como tal, prometió encargarse de obras pías “cuando fuera virrey de la Nueva España”. La espera tardó cuatro años y por fin, el 31 de marzo de 1611, se comunicó el nombramiento que el Rey Felipe III hizo por Cédula Real designándole su visorrey en estas Indias Occidentales. Aquel hombre que demostró pobrezas y rigores, dejó a un lado las virtudes de humilde religioso para inflamarse de los privilegios que el reciente nombramiento le confería, que por cierto, y por mera casualidad, fue comunicado un viernes.

   Entre lisonjas populares, un sorbo de buen chocolate y una chacona como fondo musical, decretó su Ilustrísima que todos los viernes de ese año hubiera grandes corridas de toros en la plaza que mandó construir en el Palacio Arzobispal.

   Ese primer viernes, las cosas ya se tenían preparadas pero fray García Guerra se olvidó de que tal día se recordaba la Pasión de Cristo. A escasos minutos de comenzar el festejo, se sintió un temblor de tierra que espantó el sosiego de la capital de la Nueva España y mejor dejaron las cosas para la semana siguiente. Ocho días después, las circunstancias del anterior se repitieron con más rigor, derribando tablados, casas y azoteas; y hasta el arzobispo-virrey peligró en su balcón al caer buen número de piedras.

   Del Real Monasterio de Jesús María salió una carta que recordaba la petición para fundar allí mismo un convento. Las promotoras: Sor Mariana de la Encarnación y Sor Inés de la Cruz esperaban pacientes que se cumpliera la promesa de tal proyecto, hecha por parte del todavía Arzobispo, por medio de aquellas palabras todas llenas de emoción, pero también de falsa lisonja y que decían: “Hasta que yo sea virrey de la Nueva España no les fundaré esa casa de religión”. También en esa carta la madre Inés solicitaba al virrey “mudar el decreto de los toros…, pero sin olvidar lo prometido para el nuevo convento”.

   La epístola, en el fondo se convirtió en aviso de alguna señal divina con la que se le decía a García Guerra que rectificara, cosa que no hizo.

   Días después el arzobispo-virrey tuvo un accidente en su carruaje del que resultó gravemente herido. Al recuperarse lo primero que hizo fue hablar con la monja Inés “y le pidió que le alcanzase de Dios vida para enmendar sus yerros y labrar el convento”. Sufrió el arrepentido todo este escarmiento. Murió el 22 de febrero de 1612.

   Y por supuesto, los intentos de seguir dando corridas de toros los viernes se esfumaron como el efímero lapso de tiempo en que su Ilustrísima gobernó como décimo segundo virrey de la Nueva España.[6]

   Además de Mateo Alemán, quien se ocupó de los Sucesos de D. Frai García Guerra…, se tiene noticia de otro autor que describió las tremendas tribulaciones de su Ilustrísima. Aunque no se tiene el nombre de dicho personaje, la obra se titula: “Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen de la Primitiva Observancia”, en la cual se notifican otros tantos asuntos, tan parecidos a los que ya se han abordado. Por su parte, Nicolás Rangel, también nos recuerda los acontecimientos de carácter taurino que se desarrollaron durante la recepción de Fray García.

Las Corridas de Toros celebradas en la Plaza Mayor, se jugaron algunos toros enmantados de cohetes y fuegos; y de haber sido pintado el Arco triunfal, levantado en la esquina de Santo Domingo, por el artista mexicano Luis Juárez, considerado como el fundador de la escuela mexicana de pintura. En este Arco figuraron los retratos de los Virreyes anteriores a Fray García Guerra y el de éste. Y a propósito de los toros enmantados de cohetes y fuegos, ¿no tendrán en ellos su origen los toritos de carrizo con que se divierten las multitudes en algunas pequeñas poblaciones de nuestro país y también en esta Capital, en las verbenas, antes de ser quemados los Fuegos de artificio?

   No obstante los celestiales avisos de que hablamos en anteriores párrafos, el taurómaco Arzobispo mandó construir un Coso en el propio Palacio Virreinal, para satisfacer su afición por la fiesta brava. Tan peregrina noticia nos la proporciona el Acta del Cabildo celebrado el 20 de julio de 1611, que dice: “Este día acordó la Ciudad que, porque ha tenido noticia que le dio el Secretario Cristóbal de Osorio, que en Palacio se ha hecho Coso en que lidiar toros algunos días, lo que fuere servido su Señoría Ilustrísima, y que se le dé sitio a esta Ciudad en que haga tablados para las veces en que los hubieren de haber, los caballeros del Ayuntamiento, ordenaron que el señor Francisco Escudero de Figueroa, vea el sitio que se señala, y ordene al Mayordomo haga allí un Tablado conforme le pareciere al Señor Francisco Escudero de Figueroa, y el dicho Mayordomo pague de los Propios todo lo que el dicho Francisco Escudero de Figueroa mandare y librare; que con la dicha libranza y carta de pago, se le escribirán en cuenta al dicho Mayordomo.

   Y el dicho Mayordomo tenga cuidado de que el Tablado se aderece decentemente todos los días que hubiere Toros, y a ello acudan los porteros de esta Ciudad; y los gastos menudos que en el discurso del tiempo se ofrecieren, los haga dicho Mayordomo y se le pasen en cuenta, con certificación del dicho señor Francisco Escudero. Y los entresuelos de los Tablados sean para las señoras de los caballeros Regidores que fueren allí sin haber división”.

   ¿Qué prueba más patente de la taurofilia de Su Señoría Ilustrísima, Don Fray García Guerra, que la de haber mandado construir Plaza de Toros en el propio Palacio virreinal? Desgraciadamente no hay noticia del número de Corridas verificadas durante los ocho meses que gobernó a México, pero deben haber sido frecuentes o cuando menos semanarias.

   Mateo Alemán, autor del “Pícaro Guzmán de Alfarache”, que escribió una “Oración Fúnebre” en memoria del Arzobispo, da noticia de las Corridas de toros que en honor de Don Fray García se verificaron en un cortinal de Palacio.[7]

   Aquel pasaje de “La negra del señor Arzobispo”, que parecía un simple y curioso vistazo sobre personaje tan peculiar como Fray Francisco García Guerra, se ha convertido en rico escenario de circunstancias colmadas de penurias, sustos, sobresaltos en medio del capricho de sus taurinas inclinaciones. 

[PASAJE Nº 13]: PRIMERA SERIE. UN ARZOBISPO TAURÓFILO.

   Es preciso contar con un primer escenario que nos ubique alrededor de los acontecimientos ocurridos en el primer semestre de 1611, donde el primer “actor” fue Francisco García Guerra, entonces un humilde fraile dominico, aunque ya con el cargo de Arzobispo de México. Al paso de los días, y por cédula real de Felipe III, el fraile, ascendió al cargo de virrey, que cumplió del 19 de junio de 1611 al 22 de febrero de 1612. Así que aquella humildad se tornó insoportable vanidad. El nuevo arzobispo-virrey, no quiso que ese nombramiento pasara por alto. Las fiestas fueron de las que hacen y dejan memoria por el boato con que se celebraron. El amplio marco de referencia que nos proporciona A de V-A para entender las circunstancias por las cuales tuvo su arribo este peculiar personaje, nos lleva a desentrañar estos primeros apuntes, para entender los comportamientos de quien puede envilecerse con el poder, cayendo, como cayó, en una peculiar maldición que ya veremos, no sólo se queda en La negra del señor arzobispo…

   Don Fray García Guerra ha bajado de su estufa, forrada de blandos velludos, ante la portada del Real Monasterio de Jesús María.[8] Don Fray García Guerra es el arzobispo de México.[9] Tiene siempre los ojos don Fray García Guerra puestos humildemente en el suelo, sus manos andan siempre entre las mangas del hábito y sus pensamientos meditando buenas obras; porque don Fray García Guerra es un varón evangélico, de mucho celo y mucha piedad, que se desvive por hacer caridades. Ocasiones ha habido en que hasta se ha olvidado de ir a comer por estar distribuyendo limosnas. Un día en que las daba uno de sus familiares, por estar él en cama con enfermedad, aumentaron los menesterosos y se agotó lo que se tenía señalado para el reparto y muchos se quedaron sin socorro; al saber esto el señor Arzobispo se llenó de íntima, de profunda tristeza por aquella pobrecita gente que fue a buscar un bien de caridad y no lo halló, y entonces dispuso que cuando no hubiese dinero en su palacio con que dar socorros se vendieran los muebles, su plata, sus joyas, todo lo que allí había, sin excluir la mitra ni el báculo, porque nada de eso era suyo, sino de la propiedad de los pobres. Don Fray García Guerra lloraba con todas las miserias ajenas, sentía que calan en su corazón los dolores y las angustias de todos los seres.

   Cuando fue preconizado arzobispo,[10] toda la gente, embelesada de contento, se daba una a otra los más efusivos parabienes, porque sabía las muchas virtudes que decoraban la sencilla vida de don Fray García Guerra. Toda la ciudad, para recibirlo, se engalanó con vistosa suntuosidad. Los regidores salieron a encontrarlo, cabalgando corceles ricamente enjaezados, y querían que don Fray García Guerra hiciera a caballo su entrada en la ciudad y hasta le habían prevenido uno de sosegado andar, con gran gualdrapa de brocatel y alto penacho de plumas, e iría rodeado brillantemente de todos los regidores. Don Fray García Guerra se negó a esa pretensión; pero al fin, tras encarecidas súplicas, con las que se venció a su modestia, accedió a ir bajo palio, pero a condición de marchar a pie y descalzo, como convenía a un humilde religioso de Santo Domingo.

   Don Fray García Guerra ha bajado de su estufa, forrada de blandos velludos, ante el pórtico del Real Monasterio de Jesús María. Don Fray García Guerra ama la música con delectación. Cuando oye buena música su espíritu se va arrobado por senderos inefables. ¡Qué placer hay comparado al de oír tocar el clave, de oír tañer la cítara o el laúd o al de escuchar los sones largos, fluctuantes y gráciles de una flauta? Don Fray García Guerra entra al Real Monasterio de Jesús María; va a visitar a Sor Mariana de la Encarnación[11] y a sor Inés de la Cruz.[12] Estas monjas son diestras en el arte de la música; tañen el órgano con dulce perfección, también conocen estas monjas el laúd y el rabel. Con voz fresca y límpida cantan canciones en las que se mientan un amor, una espera angustiosa o un abandono. Estas monjas bajan el cielo con la garganta, dice don Fray García Guerra.

   Don Fray García Guerra está ya en el fresco locutorio con Sor Mariana de la Encarnación y con Sor Inés de la Cruz. Si las manos de estas madres son expertas para sacar melodías del órgano o del rabel, son imponderables y atildadas en amasar prestiños, morcones y hormigos en confitar membrillos y toronjas y en hacer cajetas, untuosas mermeladas, yemitas, natas reales y rosquillas de alfajor, que son un trasunto de la gloria.[13] Ante Su Ilustrísima ponen Sor Mariana de la Encarnación y Sor Inés de la Cruz, en salvillas de cristal y plata, en una tallada mesa cubierta con deshilado mantelillo lleno de randas y de bordados de chaquira, exquisitas confituras y frutas de sartén. Su Ilustrísima come los dulces con encanto y pide, como gentil colofón a esos gustosos sabores, un poco de música. Ondeantes son los sones del órgano, lánguidos, claros. El espíritu de don Fray García Guerra se columpia en un venturoso contento.

   Estas dos monjas siempre han querido fundar un convento bajo la regla de la reforma carmelitana dictada por Santa Teresa; ya un rico caballero de la ciudad, don Juan Luis de Rivera, legó cuatro mil pesos para ese piadoso fin, y, a más, fincó un grueso capital que produce buenos réditos. Pero no se ha hecho la fundación; la han estorbado muchas lenidades. Sor Mariana de la Encarnación y Sor Inés de la Cruz anhelan que se levante ese nuevo convento. Cada vez que va a visitarlas el señor arzobispo don Fray García Guerra le instan con vivas razones para que funde el convento,[14] ya que tiene, para darle principio, los caudales que dejó el caballero don Luis de Rivera; pero el Arzobispo les contesta siempre:

ARCO TRIUNFAL...

   -¡Ay, madrecitas mías! Si Dios Nuestro Señor fuese servido de hacerme virrey les daría amplio gusto, fundándoles el convento que con tanta razón apetecen vuestras reverencias. ¡Y qué gran lujo pondría en él!…

   -¿Hasta entonces, Ilustrísimo Señor?

   -Hasta entonces. Cuando yo sea virrey.

   Ya se fue el señor Arzobispo a su palacio en su estufa forrada de blandos velludos carmesíes. Va la estufa rebotando muellemente por las calles. Sor Mariana de la Encarnación y Sor Inés de la Cruz se quedaron tristes, muy llenas de desconsuelo. A los pocos días vuelve el Arzobispo al Real Monasterio de Jesús María a gustar de los dulces y de la suave música de las monjas, y estas castas esposas del Señor tornan a hacer la ardiente súplica de la fundación del anhelado convento con la nueva observancia, y Su Ilustrísima da la misma respuesta: que cuando fuera virrey lo haría sin ninguna dilación y hasta muy suntuoso, y regresa el Arzobispo a su palacio, llevando aún detenidos en su paladar muy delicados sabores y en su imaginación se desenvuelve el fresco goce de una melodía.

   Pero una tarde Sor Inés de la Cruz, que escribía libros y, como las ardientes monjas de su tiempo, fundaba conventos; Sor Inés de la Cruz, que no ansiaba otra cosa, después de su salvación eterna, que verse hecha carmelita descalza, se sintió de pronto delegada de Dios y a nombre de Él ofreció formalmente a don Fray García Guerra el virreinato de la Nueva España si fundaba el convento. Pero don Fray García Guerra no hizo caso de la divina delegación que se subrogaba la monja y repitió la respuesta de siempre: “Hasta que yo sea virrey de la Nueva España no les fundaré esa casa de religión”. Y desde esa tarde empezaron las dos monjas a pedir ardientemente a Dios, y a pedirle a todas horas, que hiciese a don Fray García Guerra virrey de la Nueva España.

   Don Fray García Guerra recibió un buen día y cuando menos lo esperaba, una cédula real por la que Felipe III lo nombraba su visorrey en estas Indias Occidentales. Estalló Su Ilustrísima en explosivo contento. Daba grandes voces, palmoteaba y cantaba. Repartió como gala entre sus servidores unas colmadas fuentes de reales. La alegría le sacaba placer y risa del alma. Esa alegría le quitó por entero la modestia, su mansedumbre y humildad dominicana. Se subió don Fray García Guerra a las más altas cumbres de la vanidad. Él mismo pasó días y más días disponiendo, con todo detalle, el ostentoso fausto con que había de ser recibido por virrey de la Nueva España. Discutió los proyectos de los arcos triunfales[15] y encomendó a maestros de la Universidad las octavas y los epigramas latinos que llevarían, ya descentrando las figuras alegóricas que los adornaban o ya exaltando los méritos del nuevo virrey; escogió la comedia y la loa; señaló la cantidad de fuegos de artificio que se habían de quemar; dispuso la iluminación que debía de haber en las fachadas de las iglesias, de los conventos y de las casas del Estado; ordenó que las de los particulares también tuvieran abundantes luminarias; oyó ensayar el Te Deum a la capilla de la Catedral; dijo dónde se habían de colocar las graderías para que fuese la multitud a contemplarlo. Don Fray García Guerra previno todas las fiestas religiosas y profanas que tendrían que celebrarse con ocasión de su toma de mando.

   Hizo su magnífica entrada en la ciudad don Fray García Guerra, no ya a pie y descalzo, ni con los ojos puestos humildemente en tierra, sino muy ufano, muy lleno de plácidas sonrisas, que le iluminaban de felicidad el rostro; cabalgó en un soberbio corcel encubertado con bordados paramentos, cuyas riendas de terciopelo conducía el corregidor de la ciudad; iba don Fray García Guerra bajo palio, y portaba las varas de plata los regidores más viejos y lo seguían los próceres de México, las personas más calificadas y de más viso, vestidas con la suntuosidad que él les ordenó. Competían todos en la riqueza, magnífica de los trajes y joyas, en la gallardía de los caballos, en lo lujoso de los jaeces, en el número de los criados y en el costo y magnificencia de las libreas que estos hacían.[16]

   Sor Mariana de la Encarnación y Sor Inés de la Cruz también no cabían en sí de alegría. Lloraban de contento las buenas madres, pues veían ya logrados sus deseos y con ellos su flamante convento. Parecía que traían un paraíso portátil en sus pechos. Cuando pasaron las fiestas esperaban día tras día, con ansioso afán, la visita del señor Arzobispo-virrey don Fray García Guerra; pero el Ilustrísimo y Excelentísimo señor don Fray García Guerra no iba al Real Monasterio de Jesús María, donde lo aguardaban con anhelante afán Sor Mariana de la Encarnación y Sor Inés de la Cruz para darle el encanto de sus músicas, de sus confituras y de sus delicadas frutas de sartén y para pedirle, lo de la fundación del nuevo convento, ya que se había cumplido la condición que él mismo impuso.

   “Hoy viene –se decían-; no puede faltar.” Pero el Arzobispo-virrey no iba. “Hoy sí que vendrá –repetían con gozo-; ayer no vendría a nuestro convento porque se lo debió de haber estorbado alguna ocupación urgente.” Y tampoco iba el Arzobispo-virrey. “Mañana sí que estará con nosotras”, afirmaban; y no aparecía el Arzobispo-virrey. Ya no volvió jamás al Real Convento de Jesús María el Arzobispo-virrey don Fray García Guerra. Se olvidó de sus formales promesas; se olvidó por entero de las monjas, y de sus dulces y de su música, con la que antes tanto se deleitó. En un viernes llegó a sus manos la real cédula de Felipe III por la que tanto suspiró su ambición y, para solemnizarla dignamente y darse amplio gusto, ordenó que todos los viernes de ese año hubiera grandes corridas de toros en la plaza que mandó construir en Palacio.[17]

   ¡No hubo convento, pero hubo magníficas corridas de toros![18]

 [PASAJE Nº 14]: PRIMERA SERIE. CASTIGO DEL ARZOBISPO TAURÓFILO.

   Este otro recuento de caprichos, olvidos y desgracias, nos deja de nuevo la visión de un hombre al que, curiosamente una promesa hecha en su calidad, la que fuese; de fraile o de arzobispo, al no cumplirla, el destino lo orilló a saber cual podría ser el castigo y el tormento celestial, que se cumplió irremediablemente en la persona de Francisco García Guerra.

   Hay una antigua crónica, llena, como todas las crónicas, de tiempo viejo, de suave encanto y de grata ingenuidad. Es una pluma candorosa la que trazó esas páginas plenas de sencillez, de gracia arcaica. Ese libro piadoso que echa un sutil olor de ranciedad y que está forrado en pergamino, era de los que andaban de mano en mano por las casas coloniales, derramando vagos anhelos en las almas, siempre ardorosas y extáticas, que vivían sin vivir en sí, constantemente abiertas al milagro y a las cosas sobrenaturales. En las vastas estancias cuyo noble reposo lo aumentaban el sosiego de la casa, el sosiego de la calle y el intenso sosiego de la ciudad; en el reposo de esas estancias en que se metía, depurando su paz, el son rítmico del chorrillo de la fuente que caía con perenne murmurio en el ancho patio con columnas y enredaderas; en esas vastas estancias olorosas a cedro, a sándalo, a alhucema, a flores, las manos trémulas volvían con ansiedad las sonantes páginas de esos libros, y en los ojos se prendía un ansia de misterio, un exaltado afán de más allá. Esa vieja crónica, llena, como todas las crónicas del tiempo viejo, de suave encanto y de grata ingenuidad, se rotula Reforma de los Descalzos de Nuestra Señora del Carmen de la Primitiva Observancia.

   En los promedios de ese libro antiguo, en el capítulo XXVI, dice así, y no quito ni palabras ni sílaba para no evaporar su añejo perfume, acendrado por los años, y solo modernizo la ortografía para que sea fácil de leer lo que copio:

   Fray García Guerra era religioso dominico, en quien se esperanzaron muchos para conseguir el logro. Era este caballero aficionado a música, a cuyo fin frecuentaba el convento de Jesús María, y como las madres Inés de la Cruz y Mariana de la Encarnación fuesen excelentísimas en este arte, le lisonjeaban el deseo para continuarlo todo hacia el que fundase el convento. El buen caballero que sobre la mitra apeteció el bastón de virrey, les dijo que lo conseguían de Dios les daría gusto en fundarles el deseado convento. La madre Inés de la Cruz, que se moría por verse carmelita descalza, le ofreció al Arzobispo,[19] en nombre de Dios, el virreinato si fundaba el convento; pero él, por indicios de algún amor propio, quiso primero la prenda que dispensar la gracia. Concediósela Dios para su daño y para escarmiento de los que desean a bulto, sin saber o discurrir si les dañará su apetito. De allí a cuatro años le llegó el virreinato, y se derramó tanto en el gozo como si no cupiera en su corazón otra cosa ni fuera criado para bien más alto. Llególe la cédula en viernes, y mandó que todos los viernes de aquel año, en celebración de la cédula, hubiese toros en la plaza de su palacio, y con esta diversión se olvidó de fundar el convento prometido. Estos son los votos que nacen de la humana codicia y esta es la devoción que produce el amor propio que por señas de tan liviano principio se desvanece con el logro, porque no era religión, sino vanidad el término del deseo.

   La madre Inés, que veía no solo malogrado su empeño, sino convertido en profano ejercicio, sentía aún más esto que lo primero, porque el viernes, en que se recuerda la Pasión de Cristo, no debiera un príncipe eclesiástico, cuyo estado es de perfectos, no debiera dedicarse a fomentar semejantes ejercicios. Como una cosa y otra le comiesen el corazón, le escribió un papel al señor Virrey-arzobispo, en que le pedía que mudase el decreto de los toros y no olvidase lo prometido en orden del nuevo convento, pues estaba en su poder el testamento de don Juan Luis de Rivera, y le estaba ejecutado el beneficio que le había hecho Dios cumpliéndole el deseo de entrar en el virreinato. Nada apreció el Arzobispo-virrey porque el humano embeleso le cerraba los sentidos, y anegado como estaba en la buena fortuna, no daba lugar a luz del desengaño. Dios, que estaba a la vista de todo y miraba por el crédito de su esposa, entró su pesada mano en esta forma: Al viernes siguiente al recibo del papel estaban ya para correrse los toros cuando hubo un temblor de tierra que atemorizó mucho a la ciudad, y se dejó el juego por aquella tarde. Como en Indias son más frecuentes estos vaivenes que en España, se atribuyó a casualidad y se dispusieron toros para el viernes siguiente. Cuando ya estaban todos en los tablados y el primer toro para salir, volvió la tierra a temblar tan desusadamente, que derribó los tablados, muchas casas y azoteas, y sobre el balcón en que estaba el Virrey cayeron tantas piedras que se tuvo a milagro que no le quitaran la vida, aunque si la perdieron muchos de los de la plaza, ya oprimidos, ya ahogados. Todavía el Virrey no entendía el motivo de aquellas amenazas y así no revocaba el decreto, con lo que prosiguió Dios el suyo, que se revocara, dice San Agustín, si enmendaran los hombres sus extravíos.

   La semana siguiente, antes del viernes, salió el Virrey en su coche para ir a las Recogidas, y donde no pudo imaginarse se volcó el coche y recibió el Virrey tanto riesgo de su salud, que lo desesperanzaron los médicos de vivir. Este golpe lo despertó, no sé si tarde, y empezó a preguntar por la monja que le escribió el papel. Dijéronle que era santa y le pidió que le alcanzase de Dios vida para enmendar sus yerros y labrar el convento. A esto le respondió la sierva de Dios que se dispusiera a bien morir y diese gracias a la Majestad por la piedad con que lo había castigado, pues se podía quedar toda su pena en el temporal fuero.

   A esta respuesta acompañaron al Arzobispo-virrey nuevos accidentes por los que trató de disponerse para la última hora, y con muchas señas de arrepentimiento dejó, con la vida, la mitra y el virreinato, legándonos este inmortal escarmiento.

   Y como a mí no me queda nada más que decir, y como tampoco hay para qué glosar con vanos comentarios este ejemplo, doy aquí fin a este capítulo.[20]

MATEO ALEMÁN...

   Lamentablemente, y después de intensificar la búsqueda de algunos datos más que permitieran corroborar los acontecimientos que hasta aquí hemos conocido, no se ha dado con gran cosa. Diversas fuentes presentan lagunas importantes en lo que se refiere a documentos de los años 1611 y 1612. Es un hecho que los apuntes logrados por A de V-A tengan su peso de credibilidad, partiendo del hecho de que nuestro autor contaba con rica biblioteca personal, pero además, con el acceso a otras tantas, que pertenecieron a amigos cercanos, o que por el hecho de haber trabajado sus “leyendas y tradiciones” en épocas menos alteradas (por lo menos antes de la Revolución), lo estable de sus consultas en ese ambiente, nos permita conocer lo que hoy es punto más que imposible dar con ello. Lo más terrible, es que hay que reconocer la pérdida irremediable de muchos de los documentos en el curso de un siglo, bajo múltiples circunstancias, todas ellas dolorosas. Incluso, claro está, el que se registra con la destrucción parcial de la propia biblioteca de “Don Artemio”, ocurrido en un inesperado incendio en una biblioteca de Saltillo donde actualmente se encuentra dicho repositorio.

   Dos cosas más que sirven para complementar el paso y las circunstancias de nuestro personaje las encontramos en: Mateo Alemán,[21] un acompañante de García Guerra, que antes de su salida de España, redacta una muy poco conocida “Información secreta”, donde cuenta el trato inhumano que recibían los mineros en las minas de azogue de Almadén en la segunda mitad del siglo XVI. En nuevas tierras, parece tener una vida más sosegada el también autor de la muy conocida novela picaresca Guzmán de Alfarache. También, otro asunto que no puede escapar para enriquecer este pasaje, lo encontramos en las actas de cabildo que, afortunadamente están registradas en la Guía de las actas de cabildo, acopio de datos realizado por diversos grupos de trabajo, tomando como modelo aquella otra obra ejemplar iniciada por Edmundo O´Gorman años atrás.

   Pero vayamos con cada uno de ellos.

   Se sabe que desde 1540 se estableció en el Puerto de Santa María (Cádiz) la base naval para las galeras reales de España. A ese sitio eran enviados todos aquellos que tenían que pagar condena. En 1559 los Fúcares –concesionarios de las minas de Almadén-, se dirigieron a Felipe II para solicitarle, a falta de mano de obra el permiso para trasladar galeotes a las minas durante todo el tiempo que durase la condena a que tales galeotes hubieran sido castigados. Con el paso de los años se supo de los abusos cometidos por los capataces sobre aquella mano de obra, lo que originó el que se enviase a un juez visitador para informar sobre lo allí ocurrido. El visitador oficial fue precisamente Mateo Alemán, quien luego de exhaustivo interrogatorio a los condenados, escribiría una llamada “información secreta”. De ella proceden los párrafos siguientes, redactados entre 1593 ó 1594:

“Habrá dos años que salió de la dicha fábrica un veedor que había en ella que se llama Miguel Rodríguez, que era muy riguroso con los forzados y les daba trabajo demasiado y más de lo ordinario, de manera que casi no los dejaba dormir ni reposar de noche ni de día, porque siendo obligados conforme a la costumbre que se tiene a trabajar dichos forzados de sol a sol, el dicho Miguel Rodríguez, cuando de noche salían los dichos forzados del trabajo, los hacían volver luego, sin darles lugar a que descansasen ni reposasen, a entrar en el dicho pozo y mina, y que anduviesen en el torno y sacasen agua, que es el mayor trabajo que hay en la mina, donde los hacía trabajar toda la noche y castigaba con mucho rigor a los forzados atándoles a ley de Bayona y, desatacados, con un manojo de mimbres los azotaba cruelmente dándoles muchos azotes hasta que se quebraban los mimbres y solía remudar dos o tres manojos de ellos hasta que se quebrasen todos”. “Y asimismo, otro capataz que se llama Luis Sánchez, el cual trataba a los dichos forzados con mucho rigor y los metía en los tornos del agua. Y el forzado que se cansaba antes de cumplir su tarea y acabar de sacar trescientos zaques de agua, lo sacaba el dicho Luis Sánchez fuera de la mina y lo hacía desatacar y con un manojo de mimbres lo azotaba cruelmente hasta que se quebraba, y remudaba dos o tres manojos y les hacía saltar la sangre, que iba chorreando por el suelo”. “Otro forzado dice sobre Miguel Brete, un capataz: en el tiempo que fue veedor andaba con un bastón en la mano que por fuerza y dándole palos con el dicho bastón hacía entrar a los forzados en el horno, estando abrasando, a sacar las ollas, y que del dicho horno salían quemados y se les pegaban los pellejos de las manos a las ollas y las suelas de los zapatos se quedaban en el dicho horno y las orejas se les arrugaban hacia arriba del dicho fuego y que de la dicha ocasión habían muerto veinticuatro o veinticinco forzados”.[22]

   La conclusión a todo esto es que, tanto Juan Peña como Félix Grande sostienen la tesis de que junto al descubrimiento de una tonada o romance que se conocía desde finales del XVI o comienzos del XVII, deriva, en buena medida el cante gitano, manifestado ya en martinete, tarantas mineras o tangos gitanos. Pero ya en la Nueva España, a donde llegó en 1608, además de escribir los Sucesos de Fray García Guerra, en 1609 apareció publicada la Ortografía Castellana también así como el prólogo de la “Vida del padre maestro Ignacio de Loyola” de Luis Belmonte. Los últimos datos que de él se tienen es que muere entre 1614 y 1615 en Chalco.

   Respecto a lo que nos dice la amplia información que proporcionan las actas de cabildo en torno al recibimiento y fiestas del arzobispo-virrey, incluyo datos sobre gastos; así como de algunos personajes que participaron en dichas jornadas. El dispositivo que se integró alrededor de tales demostraciones, nos indica el grado de ostentación y boato con que se esmeraban las autoridades en celebrar acontecimiento tan significativo.

1611

Abril 11.[23]

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Comisión a Francisco de Bribiesca y al correo mayor (Alonso Díaz de la Barrera): consulten al virrey, marqués de Salinas, sobre el modo en que la Ciudad ha de hacer este recibimiento, por cuanto no tiene ejemplo de otro caso semejante y no quisiera quedar corta en acudir a su obligación.

Abril 15.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Francisco de Bribiesca, informó que el virrey estimaba mucho el cuidado y anticipación de la Ciudad en las cosas del servicio de su majestad y sus virreyes, y para ordenar lo que convenga procurará entender en la primera ocasión la voluntad del arzobispo, de la cual y de su parecer dará aviso a la Ciudad para que con tiempo se prevenga lo que hubiese de hacer.

Abril 19.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Comisión a Francisco Bribiesca y Alonso Díaz de la Barrera, correo mayor, vayan a ver a su señoría de parte de esta Ciudad y le supliquen avise cuando será su entrada, desde donde y por qué calzada y calle, para que esta Ciudad se prevenga para hacer la demostración que se acostumbra.

Abril 21.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Comisión a Francisco de Torres Santarén y al capitán Cristóbal de Zuleta para que se encarguen del homenaje de su señoría en Nuestra Señora de Guadalupe. Comisión a Baltasar de Herrera Guillén y Alonso Díaz de la Barrera, correo mayor: se hagan ropones y vestuarios para el corregidor, alcaldes ordinarios, regidores y escribano mayor del Cabildo según y de la manera que se hizo para el recibimiento del marqués de Montesclaros, que costarán menos, por estar hoy las cosas más baratas. Asimismo manden hacer un palio de tela fina de colores, guarnecido lo mejor que se pueda de franjones, flecos y alamares con sus garras doradas como esté más lucido. Don Francisco de Trejo Carvajal se encargue de buscar un caballo que convenga para que entre el señor arzobispo a esta ciudad, y dé cuenta del que hallare y su precio para que se ordene lo que convenga. Mande hacer una silla de la brida gualdrapa, guarniciones y terliz, todo a su disposición, que sea cual convenga. También mande hacer dos vestidos de terciopelo de china para dos lacayos que lleven el caballo a su señoría ilustrísima; mande hacer cuatro bandas de tafetán de la tierra para que con ellos metan de rienda a su señoría el señor corregidor, alcaldes ordinarios y el regidor más antiguo. Comisión a don Francisco de Solís y Barraza: haga oficio de general de la infantería. Mande hacer luminarias y fuegos de artificio para el día que llegue la nueva del inicio del gobierno del señor arzobispo, en las casas del Cabildo y generales en toda la ciudad; también mande hacer las salvas de artillería para Guadalupe y esta ciudad el día de la entrada de su señoría ilustrísima. Comisión a Juan de Torres Loranza para que mande hacer un arco triunfal en la boca de la calle de Santo Domingo con sus jeroglíficos, como se acostumbra, y para el coloquio que se ha de hacer en Nuestra Señora de Guadalupe; se valga de la madera del arco pasado en esta en la alhóndiga y otras partes. Mande hacer una llave grande dorada que entregue el corregidor a su señoría cuando entr. Diego de Cabrera, mayordomo, tenga el palio en la puerta del arco para darlo a la Ciudad. Baltasar de Herrera y Alonso Díaz de la Barrera llevan al marqués de Salinas un tanto de lo acordado en este cabildo y le supliquen preste a la Ciudad veinte mil pesos del dinero de la sisa o de la parte que su excelencia fuere servido para este gasto, atento a no tener al presente la Ciudad de donde sacar dinero para este gasto tan preciso.

Mayo 7.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Baltasar de Herrera Guillén y Alonso Díaz de la Barrera, correo mayor, comisarios para pedir al virrey que preste 20,000 del dinero de la sisa para el recibimiento. Se vio el mandamiento del virrey en que autoriza a la Ciudad para que gaste lo necesario, con tal de que no exceda de 14,000 pesos de oro común. Se de billete para el próximo cabildo.

Mayo 9.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. El procurador mayor pida al virrey en nombre de la Ciudad, preste el dinero de la sisa para este recibimiento, pues en su decreto no lo especifica.

Mayo 11.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Se vio la petición que presentó Francisco de Bribiesca al virrey a fin de que preste dinero de la sisa para dicho recibimiento. El virrey mandó que la Ciudad se aproveche de sus propios en la mejor forma posible para cumplir con la obligación que tiene al servicio de su majestad, pues no hay dinero en la sisa y la ciudad le debe más de 50,000 pesos. La Ciudad acordó que los comisarios nombrados para esto acudan a su obligación y hagan el gasto del dicho recibimiento en conformidad de la respuesta de su señoría y sea por su cuenta y gasto de los propios y rentas de esta Ciudad. Se limiten los vestidos de los regidores, sin que lleven oro, ni otra cosa a costa de esta Ciudad, sino que sea todo de seda como otras veces se han hecho.

Mayo 14.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. La Ciudad resolvió que para la entrada de su señoría ilustrísima se guarde la orden siguiente por cuanto pide brevedad. Baltasar de Herrera mande un palio de la mejor tela, con fleco de oro y los alamares necesarios de oro y barras doradas que tengan varas y media de alto. No se han de gastar más de 700 pesos en todo el palio. El correo mayor mande hacer los vestuarios y ropones con doce varas de terciopelo carmesí de Castilla y ocho varas de raso de Castilla del color más apropiado y del que haya cantidad suficiente; para calzas y coleto, siete varas de azabachado negro de Castilla y tres varas de tela para las calzas y un corte de tela para jubón, conformando labor y color con las telas de las calzas, unas medias de seda, unos zapatos de terciopelo negro de Castilla, una gorra de terciopelo negro de Castilla con su toquilla y plumas de cuatro puntas blancas y los recados necesarios para todo el dicho vestuario y hechura; se han de dar al corregidor, alcaldes ordinarios, regidores y escribanos mayor del Cabildo, de manera que todo vaya cumplidamente. Se advierta a todos que no han de llevar aquel día más gala ni otro vestido que el que la Ciudad diere. Francisco de Trejo compre un caballo para la entrada de su ilustrísima y mande hacer el aderezo correspondiente y con tal de que todo este gasto no exceda de 800 pesos. Juan Torres Loranza mande hacer un arco en la parte y lugar donde se acostumbra para la dicha entrada; se pinten los virreyes que han sido y el arzobispo en el lugar que compete y el gasto no exceda de 800 pesos. Francisco de Solís y Baranza, alférez, acuda a la obligación de su oficio de general de infantería mandando a los oficiales de los oficios que tienen obligación salgan y guarden la costumbre que en esto tienen. La noche de la víspera de la entrada de su ilustrísima, mande poner luminarias y fuegos en las casas del Cabildo y pipas con la mayor grandeza que se pudiere, acompañándolas con música de trompetas y chirimías; la salva que había de hacerse en la ermita de Nuestra Señora de Guadalupe, se haga en la plaza mayor de esta ciudad cando su señoría ilustrísima salga de la iglesia mayor. Asimismo haya cohetes y ruedas de fuego y en las dos noches de fuegos, luminarias y salvas no se gasten más de 300 pesos. Se pida al corregidor mande pregonar mascarada general para dos días y dos noches a fin de que la ciudad se alegre y los vecinos de ella con nueva de tanto regocijo. Francisco de Trejo mande hacer dos vestidos de terciopelo de China y capotes de paño negro de la tierra y sombrero para vestir a dos lacayos españoles que lleven el caballo a su señoría ilustrísima el día del recibimiento. No se gaste más de 800 pesos. Asimismo mande hacer cuatro bandas de tafetán de color de Castilla con rapacejos de oro para que metan de rienda el caballo de su señoría, el corregidor, los alcaldes ordinarios y el regidor más antiguo. Diego de Cabrera, mayordomo, tenga el palio junto al arco para darlo a la Ciudad cuando llegue su señoría y estén allí pendientes los criados de la Ciudad. Diego de Cabrera, mayordomo de propios, haga todo este gasto, pagando todas las libranzas de los comisarios con el dinero de los propios y rentas de la Ciudad que están a su cargo, y para que esto se haga a la brevedad ponga cantidad de diez mil pesos en la tienda de Pedro Toledo, pues en lo que le ha parecido suficiente a la Ciudad para satisfacción del gasto ordenado. La Ciudad dio poder y traspaso a Diego de Cabrera, mayordomo de propios, para que cobre 4,849 pesos, 7 tomines y 9 granos de remate que tiene hecho esta Ciudad en sus casas y tiendas de la calle de San Agustín, la Celada y los Roperos para el año que viene de 1612. tome los 3,000 pesos que faltan a daño de quien los hallare de oro y por cuenta de esta Ciudad y la obligue en ello para la renta de las Mesillas y primer tercio de corredores de lonja, para no poderlo gastar en otra cosa y para ello desde luego hipoteca esta renta. Se insertan los poderes (es particularmente interesante el primero, pues se detalla el nombre de los inquilinos y la cantidad que se les ha de tomar).

Mayo 16.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Se den al correo mayor, Alonso Díaz de la Barrera, los mil doscientos pesos que pide para poder terminar los vestidos del recibimiento. Poder a Diego de Cabrera, mayordomo de los propios, para que reciba del regidor Álvaro de Castillo mil doscientos pesos de oro común que tiene en su poder, pertenecientes al pósito de los maíces de esta ciudad que ha cobrado de algunos de los fiadores de Pedro de Motas, mayordomo de que fue del dicho pósito y por ellos obligue a los propios de esta Ciudad y rentas de ella a pagarlos dentro de un año. Ponga el dinero en la tienda de Pedro Toledo.

Mayo 20.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Jerónimo de Villegas, alcalde de la alhóndiga, de y entregue luego a Diego de Cabrera, mayordomo de propios, 600 pesos de oro común en reales de lo procedido de los derechos de la alhóndiga, a fin de que el correo mayor pueda terminar los vestidos.

Mayo 26.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Don Francisco de Trejo Carvajal compre el caballo blanco del marqués de Salinas, que aparece ser el más adecuado para la entrada de su ilustrísima a esta ciudad, y de por él la cantidad en que su excelencia lo compró y menos lo que se concertase.

Mayo 27.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Se de a los porteros que han de ir acompañando a la Ciudad con sus mazas el día que entrare su señoría ilustrísima, calzones de terciopelado de China, botas blancas de Córdoba y mangas de raso de China. Comisión a Diego de Cabrera, mayordomo, para que cobre a los corredores de lonja lo corrido del arrendamiento por el primer tercio del año y para cobrar todo el arrendamiento de este año de las Mesillas, a fin de suplir los 3,000 pesos de oro común para el gasto del recibimiento del arzobispo.

Mayo 30.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. El mayordomo cumpla las libranzas hasta 800 pesos, en lugar de los 700 pesos que se habían acordado, a fin de que Baltasar de Herrera Guillén pueda terminar el palio para el recibimiento del arzobispo virrey. Francisco de Trejo gaste lo que sea necesario en el caballo y aderezo para la entrada de su ilustrísima a esta ciudad, sin la limitación de los 800 pesos acordados.

Junio 6.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. El correo mayor mande hacer vestuario a Leonel de Cervantes, regidor de esta Ciudad que está ausente, pues escribió que vendría para hallarse presente en dicho recibimiento. Diego de Cabrera compre dos arrobas de pólvora y las entregue al comisario Francisco de Solís y Barraza para las salvas que se han de hacer a la entrada de su ilustrísima.

Junio 10.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY.

Baltasar de Herrera Guillén dijo que el palio estará terminado para el domingo 12 de este mes. Francisco de Trejo informó que el caballo está comprado y el aderezo estará acabado para el domingo 12. Francisco de Solís y Barraza, comisario para las salvas y fuegos, dijo que para el domingo 12 estará acabado y prevenido todo lo de su cargo y comisión. Juan de Torres Loranza, que para el domingo 12 estará acabado el arco de todo punto.

Junio 14.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Francisco de Trejo Carvajal compre el caballo que tiene Bernaldino de Paredes y que llaman el bizarro y dé por él los mil pesos que pide. El dinero se tome de la paga que debe del portal al pósito y se obliguen los propios al pósito del maíz para pagar en cuatro meses.

Junio 17.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Los obreros mayores Luis Maldonado y Álvaro de Castillo manden aderezar todo el distrito que hay desde Santiago a las casas reales y particularmente el paso donde la Ciudad se apea en Santa Ana y desde el arco a las casas reales. Acudan a Pedro de Otalora para que de indios para este menester.

Agosto 5.

RECIBIMIENTO DEL ARZOBISPO VIRREY. Diego de Cabrera, mayordomo de propios, traiga dentro de ocho días las cuentas del gasto que se hizo en este recibimiento para poder proveer en la petición de Juan de Torres Loranza sobre el gasto que hizo en el arco.

   Como hemos podido observar, la infraestructura para el “recibimiento del arzobispo virrey” fue de suyo impresionante, como impresionantes fueron otras tantas, con mayor o menor ostentación, pero al fin y al cabo, muchas de ellas tuvieron esa marca tan peculiar, hasta que poco a poco fueron perdiendo dimensión.

SUCESOS DE D. FRAI GARCIA GUERRA...

   Sobre Fray García Guerra falta un estudio más completo, donde podamos encontrar diversos documentos que vengan a consolidar sus muy particulares comportamientos que expliquen por sí mismos las actitudes caprichosas que manifestó abierta y retadoramente contra los principios de religión que conocía a la perfección. Sin embargo, todo parece indicar que la soberbia lo llevó a cometer esos desacatos, que no quedaron impunes. Una serie de avisos provenientes del infortunio siempre estuvieron cumpliéndose como pesada sentencia, hasta que llegó el último de ellos. Esto ocurre al fallecer el 22 de febrero de 1612, a causa de un golpe que recibió al caer de su coche algún tiempo antes.


Nota del autor: Por razones obvias, omito por el momento, el contenido de todas las notas a pie de página que se citan, salvo las dos primeras, que refieren las principales fuentes consultadas.

[1] Artemio de Valle-Arizpe: Del tiempo pasado. 3ª ed. México, Editorial Patria, S.A., 1958. 251 p. (Tradiciones, leyendas y sucedidos del México Virreinal, XIV)., p. 121.

[2] Mateo Alemán: Sucesos de D. Frai García Guerra, Arzobispo de México, a cuyo cargo estuvo el gobierno de la Nueva España. A Antonio de Salazar Canónigo de la Santa Iglesia de México, mayordomo y administrador general de los diezmos y rentas de ella: Por el Contador Mateo Alemán, criado del rey nuestro señor. Con licencia en México. En la imprenta de la Viuda de Pedro Balli. Por C. Adriano César. Año de 1613.

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SAN HIPÓLITO. 13 DE AGOSTO.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

[PASAJE Nº 32]: SAN HIPÓLITO. 13 DE AGOSTO.

   Hoy, es 13 de agosto de 2014. Día para conmemorar, venerar o recordar al santo patrono de la ciudad de México. Día de encontradas condiciones históricas, pues lo mismo se rememora la capitulación de la ciudad de México-Tenochtitlan, que el triunfo español y sus aliados, con lo que en tal fecha comenzaba un largo periodo para muchos de sumisión, coloniaje y esclavitud. Para otros, de una esperanzadora condición de cambio que devino entre otras cosas mestizaje, el cual, en tres siglos pasó por diversos estados de comportamiento. Ya en el siglo XIX, y superada esa etapa, hubo suficientes condiciones para la emancipación, dolorosa también, pero que dejó como consecuencia, la creación de un nuevo estado-nación que hoy, afortunadamente sigue llamándose México.

    Tomado de mi libro (inédito): “Artemio de Valle-Arizpe y los toros”, México, Centro de Estudios Taurinos de México, A.C., 598 págs. Ils., fots., grabs., facs., este PASAJE N° 32, corresponde a las notas que, previamente fueron recogidas del libro Por la vieja calzada de Tlacopan,[1] en cuyos interiores se encuentra un capítulo dedicado a “San Hipólito”.

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POR LA VIEJA CALZADA DE TLACOPAN

    Al ocuparse de la iglesia del mismo nombre, en donde a partir de 1585 se estableció la orden hospitalaria de los Hermanos de la Caridad de San Hipólito con ese mismo fin, luego de varios malos funcionarios y otras peores temporadas que afectaron su objetivo, siguió con esa noble función. Así, por ejemplo, en 1847 fue Hospital Militar; Hospital Municipal en 1850 y hasta sirvió como escuela de medicina entre 1850 y 1853. Allí se atendían a enfermos, ancianos y locos y poco después, sólo para atender a estos desgraciados. Fue éste el primero que se creó en América para dementes. Duró desde 1566 en que lo fundó el pío Bernardino Álvarez, hasta el año de 1904 en que lo derribaron en su mayor parte…, como apunta A de V-A. En cuanto a la iglesia, ésta se dedicó al santo en cuestión, con motivo y recuerdo del día 13 de agosto, fecha en que se registra la capitulación de la ciudad México-Tenochtitlan. Fue desde el 22 de julio de 1547 que Carlos V mandó que “en aquella iglesia en cada año se hiciese conmemoración de las ánimas de los que allí y en la conquista de la tierra habían muerto”. Alrededor de dicho edificio, pero también de la emblemática fecha, se registraron durante un buen número de años las famosas fiestas del “Pendón”, entre 1528 y 1812. En el libro ahora revisado, existe una amplia reseña que conviene recoger, para luego entre líneas, realizar las anotaciones más convenientes al respecto.

   Dice don Artemio:

 Para recordar a la ciudad la toma del México gentílico se celebraba todos los años, el citado 13 de agosto, una solemne y lucida función que era, a la vez, religiosa y civil. Se mandó que se solemnizara mucho ese día, que hubiera luminarias, se corrieran toros, se jugaran cañas, y que cabalgasen todos los que tuvieran caballo, pena de crecida multa si no lo hacían. Esta ceremonia se llamaba el Paseo del Pendón y la celebraban también en otras ciudades de las Indias, y señaladamente en Lima el día de la Epifanía. El orden que debía guardarse en el paseo fue materia de varias disposiciones reales, con las que se formó una de las Leyes de Indias, la 56, título XV, del libro III. En el Libro Primero del Próximo Evangélico exemplificado en la vida del V. Bernardino Álvarez… compuesto por D. Juan Díaz de Arce, se narra con toda minuciosidad cómo se llevaba a cabo en México. Dice así:

SAN HIPÓLITO_GRABADO

Iglesia de San Hipólito.

    Tiene ya esta fiesta tan gran descaecimiento (1615) como otras muchas cosas insignes que había en México, y aunque uno u otro año, por la diligencia e industria del regidor que saca el estandarte real, se adelanta mucho, en ninguna manera puede llegar a lo que antiguamente, aunque se pudieran nombrar algunos regidores que en esta era han gastado más de ventidós mil pesos en adelantar y celebrar por su parte esta festividad. Mas para que se crea lo que fue cuando se vea lo que es al presente, será bien traer a la memoria algo de la descripción que a lo retórico hizo el P. Fray Diego de Valadés en la parte IV, capítulo 23, de su Retórica Cristiana, que vio en México lo que algunos años después escribió en Roma en Latín, año de 1578. Dice lo siguiente:

    En el año de nuestra redención humana de 1521, el mismo día de S. Hipólito, 13 de Agosto, fue rendida la ciudad de México, y en memoria de esta hazaña feliz y grande victoria, los ciudadanos celebran fiesta y rogativa aniversaria en la cual llevan el pendón con que se ganó la ciudad. Sale esta procesión de la Casa de Cabildo hasta un lucido templo que está fuera de los muros de la ciudad de México, cerca de las huertas, edificado en honra del dicho santo, a donde se está agora edificando un hospital. En aquel día son tantos los espectáculos festivos y los juegos, que no hay cosa que allí llegue (ut nilil supra): juéganse toros, cañas, alcancías, en que hacen entradas y escaramuzas todos los nobles mexicanos: sacan sus libreas y vestidos, que en riqueza y gala son de todo el mundo preciosísimos, así en cuanto son adornos de hombres y mujeres, como en cuanto doseles y toda diferencia de colgaduras y alfombras con que se adornan las casas y calles.[2] Cuanto a lo primero, le tocaba a uno de los regidores cada año sacar el Pendón en nombre del regimiento y ciudad, a cuyo cargo está el disponer las cosas. Este alférez real va en medio del virrey, que lleva la diestra, y del presidente que va a la mano siniestra. Van por su orden los oidores, regidores y alguaciles, y casi todos los nobles y hombres buenos. Va el alférez armado de punta en blanco y su caballo a guisa de guerra, con armas resplandecientes. Todo este acompañamiento de caballería, ostentando a lo primoroso de sus riquezas y galas costosísimas, llega a S. Hipólito, donde el Arzobispo y su cabildo con preciosos ornamentos empieza las vísperas y las prosiguen los cantores en canto de órgano, con trompetas, chirimías, sacabuches y todo género de instrumentos de música.[3] Acabadas, se vuelve, en la forma que vino, el acompañamiento de la ciudad, y dejando el virrey en su palacio, se deja el Pendón en la Casa de Cabildo. Van a dejar al alférez a su casa, en la cual los del acompañamiento son abundante y exquisitamente servidos de conservas, colaciones, y de los exquisitos regalos de la tierra, abundantísima de comidas y bebidas, cada uno a su voluntad. El día siguiente, con el orden de la víspera, vuelve el acompañamiento y caballería a la dicha iglesia, donde el arzobispo mexicano celebra de pontifical la misa. Allí se predica el sermón y oración laudatoria con que se exhorta al pueblo cristiano a dar gracias a Dios, pues en aquel lugar donde murieron mil españoles, ubi millia virorum decubuere, donde fue tanta sangre derramada, allí quiso dar la victoria. Vuelve el Pendón y caballería, como la víspera antecedente. Y en casa del alférez se quedan a comer los caballeros que quieren. Y todo el día se festeja con banquetes, toros y otros entretenimientos.” Hasta aquí Valadés.

   En la víspera y día de San Hipólito se adornaba las calles y plazas desde el palacio hasta San Hipólito, por la calle de Tacuba para la ida, y por las calles de San Francisco (ahora Avenida Madero), para la vuelta, de arcos triunfales de ramos y flores, muchos sencillos y muchos con tablados y capiteles con altares e imágenes, capillas de cantores y ministriles. Sacábanse a las ventanas las más vistosas, ricas y majestuosas colgaduras, asomándose a ellas las nobles matronas, rica y exquisitamente aderezadas. Para el paseo, la nobleza y caballería sacaba hermosísimos caballos, bien impuestos y costosísimamente enjaezados: entre los más lozanos (que entonces no por centenares, sí por millares de pesos se apreciaban) salían otros no menos vistosos, aunque por lo acecinado pudieran ser osamenta y desecho de las aves, aunque se sustentaban a fuerza de industria contra naturaleza, que comían de la real caja sueldos reales por conquistadores, cuyos dueños, por salir aquel día aventajados (por retener el uso del Pendón antiguo) sacaban también sus armas, tanto más reverendas por viejas y abolladas, que pudieran ser por nuevas, bien forjadas y resplandecientes. Ostentaban multitud de lacayos, galas y libreas. Clarines, chirimías y trompetas endulzaban el aire. El repique de todas las campanas de las iglesias, que seguían las de la Catedral, hacían regocijo y concertada armonía.

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Relatos e historias en México. Año VI, N° 64, enero, 2014, p. 19

    Como esa solemnidad –dice García Icazbalceta en una de las notas que pone al Diálogo Tercero de Cervantes de Salazar-, se verificaba en lo más fuerte de la estación de lluvias, sucedía a veces que la comitiva, sorprendida por el agua, se refugiaba en los primeros zaguanes que encontraba abiertos, hasta que pasada la tormenta, continuaba su camino. Sabido por el rey, despachó una cédula en términos muy apremiantes, prohibiendo que tal cosa se hiciera, sino que a pesar de la lluvia continuase adelante la procesión, y así se cumplió.

   Por ser muy grandes los gastos que la fiesta ocasionaba al regidor encargado de llevar el pendón, el Ayuntamiento le ayudaba con tres mil pesos de sus propios. Así y todo, se negaban los regidores a sacar el pendón real. No se sabe por qué era esa formal resistencia al ejercicio de un acto honroso para la persona en quien recaía.[4] Andando el tiempo vino muy a menos el brillo de esta conmemoración anual de la Conquista, tanto, que en 1745 el virrey, don Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, por orden de la Corte, hubo de imponer una multa de quinientos pesos a todo caballero que siendo convidado dejase de concurrir sin causa justa. La ceremonia, que en sus principios fue muy lucida, con esmerada suntuosidad, vino después a ser ridícula, cuando el paseo se hacía ya en coches y no a caballo, y el pendón iba asomado por una de las portezuelas del carruaje del virrey.

   Los indios asumieron siempre una actitud altiva y digna durante el desfile de la brillante comitiva; no se veía a ninguno en las calles por donde pasaba, pues era recordarles la conquista que los sojuzgó, con sus matanzas y demás horrores.[5] El primer Paseo del Pendón se efectuó con inusitado boato en agosto de 1528; fue abolido por las Cortes españolas el 7 de enero de 1812 y de esa fecha en adelante siguieron asistiendo a San Hipólito el virrey, la Real Audiencia y las demás autoridades como a cualquiera otra función de tabla[6] y así hasta la Independencia en que, como era natural, terminó del todo esa simbólica y aparatosa solemnidad.[7]

    Para el espectáculo de los toros, dicha fiesta tuvo un especial significado. Celebrada año con año, desde 1528 y hasta 1812 en que fue abolida, la fiesta del santo patrono de la ciudad, misma que bajo la organización correspondiente de parte de los diputados de fiestas, y con la colaboración de la iglesia, los diferentes gremios, a saber: Arquitectos, Escueleros, cereros y confiteros, curtidores, tiradores de oro y plata, cobreros, tosineros, coleteros, gamuseros, loseros, entalladores, pasteleros, cerrajeros, sastres, toneleros, herreros, sombrereros, armeros, sayaleros, zapateros, pasamaneros, bordadores, sederos y gorreros; silleros, tenderos de pulpa, carpinteros, organistas, beleros, guanteros, algodoneros, figoneros, carroceros, herradores, tintoreros, fundidores, obrajeros, mesilleros, cajoncillos, surradores y un largo etcétera más, así como por el pueblo, se convirtió en una de las fiestas de mayor ámpula durante todo ese tiempo. Por supuesto, y en la mayoría de los casos, estuvieron presentes los festejos taurinos.

   Finalmente, y en términos de incluir alguna evidencia poética de la época, aparece por aquí el presbítero Arias de Villalobos, con su obra Del Mercurio (Moctezuma y Cortés), escrita y publicada hacia…

 1621

 Canción a San Hipólito, patrón de la ciudad de México.

(. . . . . . . . . .)

Asómbrase de ver las espingardas[8]

que los hijos del Sol disparan luego,

y las corvetas[9] fuertes y gallardas

que el jinete andaluz brinca entre el fuego;

en bridones de armar, sillas bastardas,

mirando al español, que de tan ciego

que piensa que es –temblando de mirallo-

centauro el caballero y el caballo.[10]

    Respecto a la Gloria de San Hipólito y de Cortés, obra del mismo Villalobos, la narración de la conquista, coronada el 13 de agosto de 1521, la clausuran triunfales aclamaciones a este patrón de la ciudad a su maestro San Lorenzo y al extremeño extremo, el discutidísimo Hernán Cortés.

 1621

 Gloria de San Hipólito y de Cortés.

 Entra Hipólito Santo, en Nueva España

y planta aquí la fe que recibiste;

que si a ti te la dio el hijo de España,

a los hijos de España la volviste.

Aquí tu capitán en nombre tuyo

abriéndole a la iglesia un paraíso.

Esposa le dio a Cristo y miembro suyo

hizo un miembro infernal, del cielo abciso;

aquí la que por dueño y propio cuyo

tuvo a Baal, por firma y compromiso,

ahora se sujeta al fuero y leyes

de un Dios de dioses y de un Rey de reyes.[11]

    De las octavas del presbítero Arias de Villalobos, encontramos posibles reminiscencias como de espuma argenta o (aunque pudiera venir de Quevedo), el Toro de Europa, estrellas escarbando en vez de barro. Y luego: Poetas, latinos y vulgares, eminentes (y callan cuando escuchan sus cantares –musas del Tormes, músicos de Henares-); sus damas con sus galas y gracias de tañer y cantar, venciendo la beldad y gentileza de Isolda (Baje cabeza aquí la reina Iseo) y sus mozos gallardos en ejercicios de armas y de amores, y tan jinetes que ellos nacer parecen en la silla y el placiente vagar de los que comen, juegan, visten y damean.[12]

      Tales ejemplos de poesía novohispana, provienen de otro libro de mi autoría, también inédito: “Tratado sobre la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”. México, Centro de Estudios Taurinos de México, A.C., 2009. 1485 p. Ils., fots., p. 42-43.


[1] Artemio de Valle-Arizpe: Por la vieja calzada de Tlacopan.. 2ª ed. México, editorial DIANA, S.A., 1980. 536 p. Ils., fots., retrs., maps.

[2] En el pasaje que Fr. Diego de Valadés menciona sobre las fiestas, llama la atención el que participara sobremanera la nobleza mexicana, representada en jóvenes o señores formados bajo la égida de un rancio estilo en el que la caballería se incorporaba con toda su parafernalia para integrarse a lo que fue jugar toros, cañas, alcancías. Pero también para hacer las entradas y escaramuzas obligadas para tal ocasión, que no era para menos. Significaba todo un arreglo supeditado, de seguro, a las normas establecidas en tratados, ejercicios de la caballería de la jineta, para torear con el rejón, lanza y espada y otras cartillas que deben haber conocido de alguna manera. Ya en su lectura, ya de oídas. Ora por la práctica que vieron en otros protagonistas, ora por la simple razón de la moda impuesta.

[3] Dicha fiesta adquirió, a lo que se ve, una resonancia como pocas en la capital de la Nueva España. La participación de virreyes, arzobispos, cabildo y otros funcionarios de diversa estatura marcaban perfectamente la estratificación que seguían ceremonias como la de la toma de mando del nuevo Virrey en turno, o por noticias de la casa real (con buenos o malos augurios); mismas que originaban movilizaciones sin precedentes y hasta más de alguna discusión; por el hecho de que los personajes aquí citados y otros muchos que se incorporaban a los desfiles y procesiones se sintieran desplazados o no ocuparan el lugar que ciertas normas o la costumbre fueron marcando.

[4] Probablemente encontremos la respuesta en las mismas líneas trazadas por Valle-Arizpe cuando apunta:

Para el paseo, la nobleza y caballería sacaba hermosísimos caballos, bien impuestos y costosísimamente enjaezados: entre los más lozanos (que entonces no por centenares, sí por millares de pesos se apreciaban) salían otros no menos vistosos, aunque por lo acecinado pudieran ser osamenta y desecho de las aves, aunque se sustentaban a fuerza de industria contra naturaleza, que comían de la real caja sueldos reales por conquistadores, cuyos dueños, por salir aquel día aventajados (por retener el uso del Pendón antiguo) sacaban también sus armas, tanto más reverendas por viejas y abolladas, que pudieran ser por nuevas, bien forjadas y resplandecientes.

   Esto quiere decir que, probablemente hayan entrado en conflicto aquellos caballeros que sintiéndose custodios del Pendón antiguo justo en el momento en que este fue sustituido por el Pendón Real, es decir por otra pieza de nueva manufactura, pero utilizada para el mismo fin. La reacción de rechazo debe haber estado, en todo caso en aquella actitud conservadora a ultranza de nobleza y caballería que, siguiendo los viejos procedimientos, y tratando de conservarlos en su más pura integridad, mandaban arreglar sus caballos enjaezándolos en medio de un lujo desmesurado. Y esa nobleza y caballería algo más tenía que ver con el hecho de que al comer “de la real caja sueldos reales por conquistadores…”, mantenían ya una especie de pensión vitalicia, cuando los hechos aquí narrados parten de fuentes del siglo XVII. Es decir, el Libro Primero del Próximo Evangélico exemplificado en la vida del V. Bernardino Álvarez… compuesto por D. Juan Díaz de Arce (1615). Habiendo pasado casi un siglo del hecho consumado y celebrado: la conquista en su día clave, 13 de agosto, tendría que haber entre muchos de los habitantes de la capital de la Nueva España si no viejos conquistadores, sí los hijos o nietos de estos que deben haberse propuesto celebrar tal ocasión en medio de un fervoroso respeto. Y conservar el Pendón antiguo fue, o debe haber sido para ellos el último reducto de un episodio histórico con una fuerte carga de responsabilidad que no se reducía a la sola razón de fiesta. Se conservaba una especie de status quo que, para bien o para mal, y al paso de los años devino indiferencia.

   Por otro lado en: Carlos Rubén Ruiz Medrano: Fiestas y procesiones en el mundo colonial novohispano. Los conflictos de preeminencia y una sátira carnavalesca del siglo XVIII. San Luis Potosí, El Colegio de San Luis, 2001. 54 p., p. 11 nos dice:

   Durante las procesiones, la sociedad colonial era lo más parecido a un régimen de estamentos, y con una clara diferenciación corporativa. Aquí se encuentra la clave para comprender la naturaleza de las fiestas y grandes procesiones: constituían un resabio ideológico y una proclama que pretendía encuadrar la realidad social novohispana en una escala jerárquica inteligible.

   Y esto es todavía más profundo si vamos al hecho de comprender la entraña de esa separación de los estamentos en la infinidad de desfiles, procesiones, festejos y hasta corridas de toros donde la autoridad, fuese esta la que fuese, pretendía ser reconocida en función de su nivel de autoridad.

   Por eso, el propio Ruiz Medrano complementa la observación apuntando:

   Aún así, y paradójicamente, en estos actos no existía un orden rígido preestablecido. No existía un código escrito que prescribiera y sancionara el orden de las misas solemnes, las procesiones, o la asignación de asientos (en corridas de toros), como sí existía en la Península Ibérica. Aquí lo que se encuentra es un ordenamiento flexible y acomodaticio. Esta paradoja obedece a un elemento ya señalado por varios autores: la ausencia de una verdadera tradición nobiliaria, resultado del proceso de estructuración del mundo colonial y de la asimilación –desigual y ambivalente- de los diferentes sectores étnicos y de los flujos masivos de migrantes a Indias. Estos factores hicieron que los habitantes de la Nueva España, que se creían merecedores de prestigio y posición social, ajustaran los esquemas ideales de nobleza y jerarquia a través de otros sutiles definidores sociales, y fuera de un marco jurídico bien establecido; así proliferan mecanismos exteriorizadotes de la posición más ambiguos, como la exhibición ostentosa; y la procesión oficial era uno de los espacios más adecuados para ello (p. 12).

[5] La sola cita sobre los indígenas mueve a una reflexión con una fuerte carga de resistencia por parte de quienes en esas ocasiones no eran exactamente convidados a la celebración, con todo y que para el contexto temporal en que giran estos apuntes (1615), algo de aquel dolor, el dolor y el horror de la derrota deben haberse atenuado. Por naturaleza, cualquier sociedad, sobre todo cuando tiene que convivir con el enemigo es rencorosa. Desconozco que tanta dimensión en tanto “visión de los vencidos” (-León Portilla, dixit-) se pudo registrar no sólo después de la conquista misma. ¿Qué pasó años más tarde, diez, cincuenta, cien o doscientos? ¿El resentimiento fue una herida abierta o cicatrizó? La independencia, con casi tres siglos de distancia y al recordatorio, año tras año del 13 de agosto ¿se convierte en devolución acumulada de rencores? Recordemos que naturales y extranjeros convivieron, y de esa convivencia surgieron infinidad de derivaciones sumadas con la presencia de otras tantas razas. Y en esa convivencia algún grado de conciliación debe haberse dado. No todo era odio. Mucho menos mutuo, pero tampoco perpetuo.

[6] Función de tabla: se les llamaba así por estar consideradas en aquel impresionante contexto de celebraciones novohispanas. Fueron aquellas que, incrustadas en el ámbito cotidiano y por costumbre, consideraron entre otras, a la fiesta barroca concepcionista como celebración política, religiosa y cultural en Nueva España que dogmatizaban su condición.

[7] Valle-Arizpe: Por la vieja calzada de…, op. Cit., p. 185-189.

[8] Espingardas: Antiguo cañón de artillería algo mayor que el falconete y menor que la pieza de batir.

[9] Corvetas: Movimiento que se enseña al caballo, haciéndolo andar con los brazos en el aire.

[10] Alfonso Méndez Plancarte: Poetas novohispanos. Segundo siglo (1621-1721). Parte primera. Estudio, selección y notas de (…). Universidad Nacional Autónoma de México, 1944. LXXVII-191 p. (Biblioteca del Estudiante Universitario, 43)., p. 6.

[11] Op. Cit., p. 11-12.

[12] Ibidem., p. 14-17.

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 SOBRE ACONTECIMIENTOS OCURRIDOS ENTRE AGOSTO Y OCTUBRE DE 1817.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Se entiende que en esos momentos, habida cuenta de un pretexto más que notorio para efectuar entre otras fastuosas celebraciones, corridas de toros, la Junta de la Ciudad, de conformidad a los usos y costumbres establecidos en aquellas épocas, puso en práctica la convocatoria de rigor para que los asentistas e interesados pudiesen comprometerse a organizar una temporada consistente en 12 festejos, los cuales, con toda seguridad se llevaron a cabo en el nuevo espacio destinado para ello: La Real Plaza de toros de San Pablo a partir del 14 de octubre. Los datos en ese sentido, aunque escasean, dejan ver parte de aquellos preparativos, aunque se desconoce por más información buscada al respecto qué sucedió durante los mismos. De alguna forma, los siguientes registros nos permiten acercarnos al entorno administrativo en que devino aquella conmemoración, la cual considero, debe haber originado encontradas reacciones en medio de un ambiente cuyo caldo de cultivo era la independencia, sin más.

CABECERA DE LA GACETA DEL GOBIERNO DE MÉXICO

Cabecera de la Gaceta del Gobierno de México que por aquellos días daba a conocer al público lector dos acontecimientos de gran importancia y que aquí se refieren… Imagen tomada del portal de internet: HEMEROTECA NACIONAL DIGITAL DE MÉXICO. (http://www.hndm.unam.mx/)

 GACETA DEL GOBIERNO DE MÉXICO, D.F., del 02.08.1817, p. 8:

 Por acuerdo de la junta de la ciudad, celebrada el día 28 del pasado, está mandado salga a la almoneda el remate de la plaza de Toros, para las doce corridas que han de verificar el mes de octubre, en celebridad de los desposorios de nuestro augusto Soberano el Sr. D. Fernando VII y su augusto hermano el Sr. Infante D. Carlos para que los que quieran hacer postura, ocurran a la secretaría mayor de cabildo a imponerse de las condiciones con que lo han de ejecutar.

 GACETA DEL GOBIERNO DE MÉXICO, D.F., del 16.08.1817, p. 8:

 MÉXICO. La junta de ciudad en acuerdo de 8 del corriente agosto ha mandado se anuncie al público, que estando para salir a la almoneda el arrendamiento de la plaza de toros por las doce corridas que han de verificarse el mes de octubre próximo venidero, en celebridad de los Desposorios de nuestro augusto Soberano el Sr. D. Fernando VII y su augusto hermano el serenísimo Sr. Infante D. Carlos, ha dispuesto la superioridad del Exmo. Sr. Virrey que las noches de aquellos doce días haya paseo y diversiones sobresalientes, que concluirán a las diez de cada una. La persona que quisiera hacer postura ocurra a la secretaría de cabildo a tomar las instrucciones necesarias.

 GACETA DEL GOBIERNO DE MÉXICO, D.F., del 09.10.1817, p. 8:

Estando determinado que el catorce del corriente comiencen las doce tardes de corridas de toros que han de verificarse por fiestas reales, con el objeto de celebrar los desposorios de nuestro católico Monarca EL SEÑOR DON FERNANDO SÉPTIMO, y su augusto hermano el serenísimo señor infante DON CARLOS, se noticia al público por si hubiere algunos postores que quieran entrar en el arrendamiento de toda la plaza, o por partes, con el fin de que ocurran a las casas de esta Diputación por la mañana desde las nueve, y por la tarde desde las cuatro, a tratar con los señores comisionados para el efecto: entendidos de que la plaza se entregará forrada, con asientos, y pintada.

    De alguna forma, la autoridad que seguía siendo el alter ego de la monarquía en turno, permitió que la exaltación de aquel doble desposorio alcanzara niveles como los que se pueden leer en el siguiente soneto:

 Remonta el vuelo fama vocinglera

Y de FERNANDO al pie, tu trompa humilla;

Dile que en Nueva España el celo brilla

El valor triunfa, la lealtad impera.

 

Dile que aquel virey que a Dios venera

Sirve a su Rey, y al reyno maravilla:

Di que Liñan las tropas acaudilla,

Y que ORRANTIA hace, que el orgullo muera.

 

Dile que Mina: genio malhadado

Es ya el oprobio de la empresa altiva,

Que empezó en él, y en mucho ha acabado.

 

Y por fin dile, que con voz festiva

Celo, valor, y amor acrisolado

Gritan al mundo que FERNANDO viva.[1]

    Los mensajes subliminales abundan en sus catorce versos. Por aquel entonces, quien gobernaba como virrey fue Juan José Ruiz de Apodaca y Eliza,[2] quien impuso mano firme para mantener un gobierno que se desestabilizaba a cada momento, sobre todo porque la insurrección insurgente alteraba sus estructuras y ambiciones. En cuanto a D. Francisco Orrantia, Coronel y Comandante del Ejército del Norte al servicio del rey, contrainsurgente por consecuencia, se encontraba luchando en el “ojo del huracán”, es decir la actual zona de Guanajuato. Una de las batallas que le dieron lustre a dicho personaje fue precisamente la del ataque y dispersión de las gavillas unidad al “traidor” (Francisco Javier) Mina en la Hacienda de la Caxa y Valle de Santiago, ocurrida el 10 de octubre, de lo que resultó la consabida prisión del “Traidor” Mina efectuada por el propio Orrantia muy cerca de Irapuato, en el rancho del “Venadito” “cerca de la Tlachiquera” el 28 de octubre siguiente. Entre quienes también participaron en aquella acción se encontraba el mariscal de campo D. Pascual de Liñan y comandante en jefe de la división del Bajío, con lo cual se consumó “este importante servicio hecho al Rey nuestro Señor y al público”. Entre tanto, y procurando no hacer más ruido del que pudieran despertarse sospechas, uno de los actos públicos con que se rememoraba a los dos borbones en pleno casamiento, fue el de esas 12 corridas de toros que ya se ve, no faltaron para tan digna celebración.

CARLOS MARIA ISIDRO DE BORBÓN

   Pocos retratos se conocen de Carlos María Isidro Benito de Borbón y Borbón-Parma, personaje un tanto cuanto opacado por la actividad realizada por Fernando VII, su hermano. Sin embargo, esta pintura de Vicente López Portaña nos permite acercarnos a quien fue, además Infante de España:

 Disponible mayo 30, 2014 en: http://pessoasenmadrid.blogspot.mx/2013/06/maria-francisca-de-braganza.html


[1] Gaceta del Gobierno de México, del 4 de noviembre de 1817, p. 6.

[2] 61° virrey de la Nueva España, del 20 de septiembre de 1816 al 6 de julio de 1821.

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 LA AFIRMACIÓN DE LO MEXICANO EN EL TOREO A LA ESPAÑOLA.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Lo inconcebible pero terrenable al fin y al cabo fue y sigue siendo el hecho de que las corridas de toros, convertidas en herencia y fruto del contacto habido desde el momento mismo de la conquista española, con toda su carga de sinsabores y demás circunstancias, siga  en el gusto de amplios sectores populares de nuestro país, ahora que estamos en plena revisión y celebración del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución mexicanas. Ese hecho tuvo durante el periodo virreinal una importante participación que por sí sola es motivo de diversas revisiones, a cual más de importante y apasionante también. Sin embargo, lo que nos interesa en este momento es saber porqué un espectáculo como el taurino, tuvo la virtud durante buena parte del siglo XIX en aceptar o asimilar el ingrediente específico de lo mexicano como carácter esencial de su constitución, para luego, durante el desarrollo de todo el siglo XX y lo que va del XXI, se haya convertido en toda una manifestación, incluso de órdenes universales.

   El proceso de emancipación, evidentemente no fue un hecho casual. Se fue gestando en la medida en que las condiciones que privaban en una Nueva España desgastada, agobiada por diversas medidas económicas que implementó la corona (las Reformas Borbónicas), como remedio para paliar los gastos de diversas guerras, pero sobre todo del deterioro monárquico que estaba fracturando seriamente las estructuras de esa composición detentada por los borbones, a la par que se dejaban ver con fuerza inusitada los principios ilustrados[1] que ejercieron fuerte influencia entre quienes tuvieron una fe ciega por aquella doctrina. El hecho es que una de las víctimas de ese ambiente ideológico fueron los festejos taurinos, calificados de anacrónicos, salvajes, y que nada tenían que ver con el progreso establecido a la luz de las ideas del iluminismo, vertiente estimulada por importantes pensadores franceses, que luego encontró en los españoles y hasta en los novohispanos, el eco pertinente.

   Sin embargo, España seguía debatiéndose entre diversos destinos, dos de ellos ya señalados aquí: sus constantes enfrentamientos bélicos y su deterioro económico. De esa forma se encontró con el arribo del siglo XIX. Y tal circunstancia en buena medida fue causa y efecto para que su principal colonia o virreinato, México, estuviese siendo sometido a fuertes rigores impuestos en la sobreexplotación de sus metales, lo que originaba el envío de fuertes remesas de plata, lo que originó, entre otras cosas, un desequilibrio económico y el malestar social por consecuencia. Hasta aquí, sólo hemos mencionado dos, entre muchos otros factores que fueron la suma de inestabilidad que fue preparando de alguna manera el terreno de lo que unos años más tarde sería el movimiento de independencia.

   Mencionadas las “Reformas Borbónicas”, estas fueron una serie de estrategias cuyos principios estuvieron presentes en el desarrollo de los intereses materiales y el aumento de la riqueza de la monarquía mediante cambios importantes en aspectos fiscales, militares y comerciales, así como el fomento a diversas actividades productivas, según nos lo afirma de nueva cuenta Luis Jáuregui.

   Quienes implantaron aquel principio en forma que parecería demoledora, fueron los virreyes, sobre todo a partir de los que, bajo el reinado de Carlos III, expresaron su convencimiento sobre el nuevo patrón de comportamiento, y hasta llegaron algunos de ellos a aplicar medidas restrictivas en el caso de las corridas de toros, como fue el caso concreto de Carlos Francisco de Croix (25 de agosto de 1766 al 22 de septiembre de 1771); frey Antonio María de Bucareli (23 de septiembre de 1771 al 9 de abril de 1779); Martín de Mayorga (del 23 de agosto de 1779 al 28 de abril de 1783). Luego ocurrió lo mismo con Manuel Antonio Flores (del 17 de agosto de 1787 al 16 de octubre de 1789) y el más representativo de ellos: Félix Berenguer de Marquina (del 30 de abril de 1800 al 4 de enero de 1803), quien fue alter ego, en este caso de Carlos IV.

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Archivo Histórico del Distrito Federal. Diversiones públicas, Vol. 855, exp. 51: Sobre las órdenes que han de observarse para el arreglo de las corridas de toros en la plaza de Xamaica.-Fojas 7. (Enero de 1814. 24 x 16 cm).

    Circunstancias como las mencionadas en los párrafos anteriores, deben haber ocasionado la infiltración de diversos aspectos donde el carácter americano primero; mexicano después, se hicieron evidentes a la luz de una expresión que no quedaba reducida al espacio de las plazas de toros. También se articulaba en los ámbitos rurales. Dicho en otras palabras: La mayoría de aquellas expresiones taurinas surgieron desde el campo y fueron a depositarse en las plazas, en una convivencia entre lo rural y lo urbano que dio a todo ese bagaje un ritmo intenso, que disfrutaron a plenitud por los aficionados y espectadores de ese entonces.

   A la luz de aquel escenario tan particular, surgieron toreros cuyos nombres, hoy casi olvidados, fueron capaces de dejar una estela de popularidad que recuperamos en nombres tales como el Capitán: Felipe Estrada, y su segundo espada: José Antonio Rea.

   O banderilleros como: José María Ríos, José María Montesillos, Guadalupe Granados y Vicente Soria. (Supernumerarios: José Manuel Girón, José Pichardo y Basilio Quijón). Entre los picadores estaban: Javier Tenorio, Francisco Álvarez, Ramón Gandazo y José María Castillo. No podemos olvidar a los hermanos Ávila (José María, Sóstenes y Luis) quienes sostienen el andamiaje del toreo mexicano, un toreo que vive con ellos relativas transformaciones que fueron a darse entre los años de 1808 y 1857, largo período en el que son dueños de la situación.

   La figura torera nacional alcanza en aquellas épocas un significado auténtico de deslinde con los valores hispanos, al grado de quedar manifiesto un espíritu de autenticidad misma que se da en México, asumiendo significados que tienen que ver con esa nueva razón de ser, sin soslayar los principios técnicos dispersos en el ambiente. No sabemos con toda precisión el tipo de aspectos que pudieron desarrollarse en la plaza; esto es de las maneras o formas en que pusieron en práctica el ejercicio, en por lo menos la fase previa a la presencia del torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda. Debemos recordar de pasada, el todavía fresco carácter antihispano que prevalece en el ambiente. Pero después de él -a mediados del siglo XIX- va a darse una intensa actividad no solo en la plaza, también en los registros de plumas nacionales y extranjeras mismas que revisaremos más adelante. Y puede quedar constancia de ciertas formas, entendidas como la extensión de todo aquel contexto al que nos referíamos en la primera parte, cuando se hizo recuento de quehaceres taurinos y parataurinos muy en boga hacia fines del siglo XVIII. Si bien, como en España se mostraron intentos por ajustar la lidia de los toros a aspectos técnicos y reglamentarios más acordes con la realidad, en México este fenómeno va a ocurrir y seña de ello es la aplicación de un reglamento en 1822,[2] y luego en 1851 cuando sólo se pretende formalizar de nuevo la fiesta, pues el reglamento se queda en borrador.[3] Todo ello ocurre bajo una despreocupación que es lo que va a darle al espectáculo un sello de identificación muy especial, pues la fiesta[4] cae en un estado de anarquía, de desorden, pero como tales, muy legítimos, puesto que anarquía y desorden que pueden conducir al caos, no encaminaron a la diversión pública por esos senderos. De pronto el espectáculo empezó a saturarse de modalidades poco comunes que, al cabo del tiempo se aceptaron en perfecta combinación con el bagaje español. No resultó todo esto un antagonismo. Muy al contrario, se constituyó ese mestizaje que se consolidó aun más con la llegada de Bernardo Gaviño en 1835, conjugándose así una cadena cuyo último eslabón es Ponciano Díaz.

   Parece todo lo anterior una permanente confusión. Y sí, efectivamente se dio tal fenómeno, como resultado de sacudirse toda influencia hispánica, al grado de llevar a cabo representaciones del más curioso tono tales como cuadros teatrales que llevaron títulos de esta corte: “La Tarasca”, “Los hombres gordos de Europa”, “Los polvos de la Madre Celestina”, “Doña Inés y el convidado de piedra”, entre muchos otros. A esta circunstancia se agregan los hombres fenómenos, globos aerostáticos y hasta el imprescindible coleo,[5] todo ello salpicado de payasos, enanos, saltimbanquis, mujeres toreras sin faltar desde luego la “lid de los toros de muerte”. Esto es la base y el fundamento del toreo español, que finalmente no desapareció del panorama.

   Con toda la mezcla anterior -que tan solo es una parte del gran conjunto de la “fiesta”-, imaginemos la forma en que ocurrieron aquellos festejos, y la forma en que cayeron en ese desorden y esa anarquía auténticamente válidos, pues de alguna manera allí estaban logradas las pretensiones de nuestros antepasados.


[1] Luis Jáuregui: “Las Reformas Borbónicas”. En: Nueva Historia Mínima de México Ilustrada Secretaría de Educación del Gobierno del Distrito Federal, El Colegio de México, 2008. Colegio de México, 551 p. Ils., fots., maps. p. 197 y 199. Las características principales del movimiento ilustrado son la confianza en la razón humana, el descrédito de las tradiciones, la oposición a la ignorancia, la defensa del conocimiento científico y tecnológico como medio para transformar el mundo y la búsqueda, mediante la razón y no tanto la religión, de una solución a los problemas sociales. En pocas palabras, la Ilustración siguió un ideal reformista. Su aplicación fue un proceso de modernización adoptado en el siglo XVIII por prácticamente todos los monarcas europeos, de ahí la forma de gobierno conocida como “despotismo ilustrado”.

[2] El jefe superior interino de la provincia de México Luis Quintanar expidió el 6 de abril de 1822 un AVISO AL PUBLICO que pasa por ser uno de los primeros reglamentos (aunque desde 1768 y luego en 1770 ya se dispusieron medidas para el buen orden de la lidia).

[3] Archivo Histórico de la Ciudad de México. Ramo: Diversiones Públicas, Toros Leg. 856 exp. 102. Proyecto de reglamento para estas diversiones. 1851, Reglamento de toros, 5 f.

[4] Josef Pieper. Una teoría de la fiesta, p. 17. Celebrar una fiesta significa, por supuesto, hacer algo liberado de toda relación imaginable con un fin ajeno y de todo “por” y “para”.

[5] Heriberto Lanfranchi. La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. I., p. 128.

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¿CÓMO ERAN LOS FESTEJOS TAURINOS AL COMENZAR EL SIGLO XIX MEXICANO?

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    1801 fue recibido por los novohispanos en medio de apacible ambiente, aunque no sin ocultar cierta inquietud por los hechos que estaban ocurriendo en España, a raíz de que dicho imperio invadía Portugal el 16 de mayo. En tanto, de este lado del mundo, gobernaba el discutido quincuagésimo virrey don Félix Berenguer de Marquina, cuyo periodo abarcó del 30 de abril de 1800 al 4 de enero de 1803. Y lo calificamos de “discutido”, pues el bueno de don Félix era un antitaurino declarado, además de contar con otros arranques peculiares, tan atrevidos, que hasta quedaron plasmados en un famoso pasquín:

 Para perpetua memoria,

Nos dejó el virrey Marquina

Una fuente en que se orina,

Y aquí se acabó su historia.

    Obtuso que era el hombre, se negó a gastar más de lo permitido en su recepción, y en otras ocasiones más, aunque se mantiene la duda sobre si ocurrieron ciertas fiestas de toros, y más aún si las prohibió por medio de un famoso decreto. Sucede que en 1800, en ocasión del arribo del virrey Félix Berenguer de Marquina, se replanteó el tema a partir de que éste consideró pertinente cancelar las fiestas en su honor, debido a la complicada situación financiera que vivía España a causa de las constantes guerras. Ante tal proposición los regidores le recordaron que sus antecesores Pedro Castro y Figueroa y Miguel José de Azanza habían sido homenajeados con corridas de toros en 1740 y 1798, respectivamente, cuando la Corona española enfrentaba contiendas con Gran Bretaña. Tampoco se habían suspendido los festejos en 1794, a la llegada del virrey Miguel de la Grúa y Branciforte, no obstante la guerra contra Francia.

    Según los regidores, las corridas podían celebrarse aun en tiempos de guerra. Tal aprobación, por supuesto, procuraba reservar el derecho de estos funcionarios a la asignación, manejo y custodia de los fondos para la recreación. La conveniencia de las corridas y los beneficios económicos que producían para la ciudad resultaban incuestionables desde la perspectiva de los regidores. A las ganancias monetarias había que agregar los beneficios producidos por tales celebraciones, en las que cobraba un especial significado el inicio de un nuevo período gubernativo. El reino español y su colonia novohispana ratificaban su grandeza, su poderío político y económico en cada arribo de un virrey; la ocasión era propicia para fortalecer la cohesión interna y el orden social.

   La oposición del virrey Marquina contradecía otras prácticas fomentadas por sus antecesores. Las corridas de toros, bajo la égida de los regidores, podían convertirse en medios para obtener recursos para la urbanización de la capital del virreinato. Así lo pensó en 1743 el virrey Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, cuando le propuso al Ayuntamiento la celebración de una lidia anual cuyo producto se aplicaría a las obras públicas. De proceder semejante, el virrey Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, determinó en 1768, con el concurso del Ayuntamiento, la realización de una serie de corridas con el fin de recaudar fondos para el presidio de San Carlos. Los alcances económicos para ambos gobernantes resultaron totalmente opuestos; mientras en la gestión del virrey marqués de Croix las corridas produjeron 24, 324 pesos, destinados a labores de limpieza, el conde de Fuenclara enfrentó la negativa del Ayuntamiento para la realización de las lidias y la obtención de recursos aplicables en mejoras urbanas.[1]

    Las ganancias obtenidas en 1768 durante el gobierno del marqués de Croix parecen la mejor refutación a los comentarios adversos que Hipólito Villarroel formularía años más tarde.[2] Sin embargo, el éxito financiero taurino resultó impredecible: junto a las ganancias de 1768 se registraron ingresos menores, que fundamentaban las apreciaciones de Villarroel sobre el tiempo invertido y el escaso margen de beneficios. Ante evidencias tan contrastantes, la realización de corridas como parte de la presencia gubernativa en la administración de los espacios recreativos, ocupó la atención de cronistas, regidores, virreyes, consejeros y religiosos; se transitó desde las propuestas de cambio hasta las de fomento de un mayor número de corridas. La necesidad de una reforma era evidente; correspondía a la autoridad emprenderla buscando la conciliación de intereses y la preservación del orden social.[3]

   Sin afán alguno de contradecir a A de V-A, pero tampoco de quedarnos con la incógnita sobre la contundente afirmación al respecto del “decreto” que Marquina pudo haber firmado o no, están ese otro conjunto de razones ya planteadas por Vásquez Meléndez, a partir del expediente donde se le informó con acuciosidad al nuevo virrey de las otras circunstancias en que otros tantos virreyes pudieron aprobar sus recepciones estando España en momentos sociales, políticos y militares ciertamente difíciles. Félix Berenguer de Marquina, navegante reconocido, Jefe de Escuadra en la Marina Real para mayor abundamiento, es acusado de su poco sentido común no sólo en asuntos como el que se trata aquí. También en otros donde sus decisiones eran de vital importancia, pero donde solo salía a lucir un impertinente carácter obtuso y cerrado.

VIRREY MARQUINA

Félix Berenguer de Marquina.

    Es cierto, cuatro meses tenía de gobernar la Nueva España el señor Berenguer de Marquina, y ninguna señal era clara, conforme a la costumbre inveterada ya, de celebrar, entre otras razones, con fiestas de toros, la recepción del nuevo virrey. Este se rehusaba dando razones de todo tipo, con lo que entre pretexto y pretexto, se iba pronunciando más su antitaurinismo. Y es que esas razones las fundaba a su preclara idea de pensar que se sacrificaban gruesas sumas de su peculio, antes que permitirlas, afán, insisto de unos propósitos que buscaban reafirmar la posición austera en que ubicaba su gobierno.

   Tras las razones ya expuestas por varios funcionarios del ayuntamiento, quienes todavía manifestaron el “que se verifiquen las Corridas de Toros, con motivo del Recibimiento del Excelentísimo Señor Virrey Don Félix Berenguer de Marquina…, a razón de que para celebrarlas, se reintegrarían siete mil pesos “en que pudieron exceder los gastos de su recibimiento” mismo.

   Planteados, como ya se sabe los argumentos por parte de los funcionarios del Ayuntamiento sobre que en otras ocasiones, fueron recibidos entre fiestas algunos virreyes, no obstante las circunstancias bélicas enfrentadas por España, vinieron algunos más de esta índole:

 No siendo por lo mismo opuesta a las actuales circunstancias la Corrida de Toros que debe celebrarse, en obsequio de la venida de V.E., tampoco podrá pensarse ser contraria a la más buena moral. Ella es una diversión bien recibida, propia y adaptable al carácter de la Nación que la prefiere a otras muchas; se hace a la luz del día, en el Teatro más público, a la vista de la Superioridad y de todos los Magistrados, en el centro de la Ciudad, autorizada por la asistencia de todos los Tribunales Eclesiásticos y Seculares, y se toman cuantas precauciones y seguridades son necesarias y correspondientes al buen orden, a la mejor policía, a la quietud pública y a cuantos extremos puede y debe abrazar el más sano gobierno y las más acertadas providencias, sobre las que se vigila y cela con el mayor empeño, para combinar la diversión y el decoro.

   Ni menos puede temerse aumente las indigencias y necesidades del público, así porque los pobres, que son la parte que más las siente, son libres a dejar de disfrutarla por falta de proporción, o porque no les acomode; como porque, por el contrario, muchos de ellos logran la ventaja de tener en qué ocuparse, y en qué vencer los jornales que tal vez no ganarían no presentándoseles igual ocasión; causa principal porque es tan plausible y de aprecio el que cuando se padecen escaseces y necesidades, se proporcionen obras públicas en que la gente trabaje y gane algún sueldo con qué ocurrir a el socorro de sus miserias. La parte del vecindario que concurre a las funciones de Toros, es muy corta con respecto al todo de la población de esta Capital y lugares fuera de ella, de donde vienen muchas familias a lograr este desahogo, gastando gustosos el desembolso que puede inferirles, y disfrutándose con ello el que gire algún trozo de caudal que, a merced de igual diversión, se gasta y comercia, sin estarse estancado en los que sin ese motivo lo retendrían en su poder; de lo que es indudable, resulta beneficio al público, tan constante, que cuantos saben lo que es en México una Corrida de Toros, y aun la Superioridad ha conocido, que con ventajas del Común se halla un considerable comercio, sirviendo de arbitrio a muchos que con él buscan y utilizan en ese tiempo para la atención de sus obligaciones, resultando por lo mismo, que el gasto o desembolso que hacen los sujetos pudientes y de facultades, presenta a algunos la ocasión de logar las de que carecían.

   Por otra parte, es también muy digno de atención, el que estando mandado por S.M. y con particulares encargos el que se manifieste el regocijo en los recibimientos de los Excelentísimos Señores Virreyes, lo cual cede en honor y decoro del Soberano a quien representan, y sirve de que el pueblo, a quien por lo regular es necesario le entre por los ojos, con demostraciones públicas, el respecto y reconocimiento que es debido, forme concepto de la autoridad para que la venere; a que se agrega, que sobre que en la función de Toros se ostentan como en ninguna otra, el decoro y atención que se dedican al Jefe Superior del Reino, es también muy a propósito para que el público le conozca y sepa a quien debe respeta y obedecer (…) Sala Capitular de México, Septiembre 2 de 1800.[4]

    Estas son, entre muchas otras razones, las que expuso el pleno del Ayuntamiento, encabezado para esa ocasión por los siguientes señores: Antonio Méndez Prieto y Fernández, Ildefonso José Prieto de Bonilla, Ignacio de Iglesias Pablo, Antonio Rodríguez de Velasco, Juan Manuel Velázquez de la Cadena, León Ignacio Pico, Antonio Reinoso de Borja, El Marqués de Salinas y Francisco Sáez de Escobosa.

   Dichos señores, en respuesta a petición hecha por el propio Berenguer de Marquina al respecto del oficio fechado en 2 de septiembre,[5] les envía este otro, tres días después, donde

 Espero me avise a qué cantidad ascendieron los gastos de mi entrada en esta Capital, y que me remita V.S. copia de los Reales Cédulas que cita.[6]

 Y la respuesta que encontró de los comisionados fue que de los tres días del recibimiento, ocurridos el 30 de abril, 1º y 2º de mayo en su Real Palacio, se gastó la cantidad de $13,142.00 pesos… Así que, para la pretendida fiesta de recepción, incluida la lidia de toros, el tozudo Marquina les contestó a los graves señores lo siguiente:

 Sin embargo de que examinado y premeditado todo, me ocurría no poco que decir, si tratara por junto la materia, estimo preferible limitarme a manifestar que todo lo que se entiende por adorno de Palacio, o más propiamente hablando, de la habitación de los Virreyes, me fue preciso comprarlo o tomarlo en traspaso a mi antecesor, por el crecido precio que en la actualidad tienen todas las cosas (…);

 Además

 No creo que un Virrey deba procurar atraerse la voluntad y el conocimiento del público que ha de mandar, por fiestas, que, como la de Toros, originan efectivamente irreparables daños y perjuicios en lo moral y político, a pesar de cuantas reflexiones intenten minorarlos: y antes bien, me parece que producirá mayor veneración, amor y respeto a la alta dignidad que representa, el concepto que forman de sus desvelos, por el bien y felicidad común, y su conducta y proceder, integridad y pureza.[7]

    Como vamos viendo hasta ahora, las intenciones para convencer al señor Berenguer se estrellaban día con día con argumentos a favor y en contra. Pero el “Magnífico decreto” no aparece por ningún lado, a menos que todos los pronunciamientos del que fuera el quincuagésimo quinto virrey de la Nueva España vayan construyendo en sí mismos el revelamiento convertido en graciosa ocurrencia de nuestro autor.

   A todo lo anterior se agrega otra nueva razón con la que

 Me obligo a contestar a los diputados de esa N. Ciudad, cuando hicieron verbalmente en su nombre la expresada solicitud, que se difiere para cuando se hiciera la paz, y no encontrando motivos que justamente persuadan deberse variar esta determinación, me veo imposibilitado de poder complacer a V.S. accediendo a la instancia que repite en su mencionado oficio; pero, como al propio tiempo que deseo combinarlo todo, es mi ánimo y constante voluntad, no perjudicar en lo más mínimo a los vasallos del Rey Nuestro Señor ni a las rentas públicas del cargo de V.S., le remito 7,000 pesos para que con ellos se cubra el exceso de los gastos de mi entrada, sobre los 8,000 asignados, esperando que cuando V.S. haya liquidado la cuenta respectiva, me la pasará para completar lo que aun faltare, o para que se me devuelta el sobrante si hubiere.

   Cesando así la principal causa que precisaba a V.S. a reiterar y esforzar su instancia para el permiso de la Corrida de Toros, cesa por consecuencia el motivo de volver a tratar del asunto, que por ahora queda terminado con esta resolución.

   Dios, etc., 11 de septiembre de 1800.-A la Nobilísima Ciudad”.[8]

    Y por supuesto, como apunta el propio Rangel, es ocioso todo comentario que se haga a estos documentos. Su sola lectura retrata fielmente al antitaurómaco Señor Marquina. En otro asunto semejante, se encuentra su mismo comportamiento para no permitir unas corridas de toros, ocurridas en Jalapa, claro, siempre bajo difíciles estiras y aflojas.[9]

   Veamos el caso de Jalapa. Como primer punto, habrá que aclarar que fue el propio Cura párroco de Jalapa, Gregorio Fentanes quien pidió al virrey Marquina no permitiera las corridas en esa población, a pesar de la defensa que para tales festejos hiciera el abogado de aquel Ayuntamiento, Marcelo Álvarez.

 Como es de suponerse, el Virrey anti-taurómaco negó de plano que en lo sucesivo se verificaran tales fiestas sin permiso previo, no obstante que desde tiempo inmemorial se efectuaban sin ese requisito; pero se había propuesto suprimir la fiesta brava, y no importaba el pretexto que invocara a fin de lograrlo…[10]

    En el debate originado entre las tres autoridades, todavía tuvo arrestos el Ayuntamiento para plantear lo siguiente:

 Y para que ningún requisito se heche de menos, patrocinan la costumbre los de la licencia Superior de este Gobierno. Este virtualmente la tiene concedida (la autorización para las corridas de toros) en la aprobación del abasto de carnes de aquella Villa. El Señor Intendente de la Provincia, instruido de lo que se ejecuta, se decide por la continuación de un uso que no lastima, y sí consulta a la remoción de otros daños. Por todo lo cual, suplico a la prudente bondad de V. Exa., se digne mandar suspender los efectos de la Orden de diez y siete de febrero de este año (1801), concediendo su superior permiso para que en la primera venidera Pascua se lidien Toros en el modo y forma que van referidos; librándose al intento el despacho correspondiente.

   A V. Exa. suplico así lo mande, que es justicia: juro etc.-Don Felipe de Castro Palomino, (Rúbrica).-Marcelo Álvarez, (Rúbrica).

   Este ocurso tan bien razonado y un tanto irónico, pasó al Asesor General, quien dijo, que sin embargo de las reflexiones que contiene, la materia era de puro Gobierno y que la Licencia que solicitaba el Ayuntamiento de Jalapa, pendía únicamente del Virrey; que en atención al concepto que su Excelencia tenía formado de semejantes solicitudes y de los daños que por lo regular se originaban de ellas, resolviera lo que le pareciera. Y el decreto que siguió a esta consulta fue: “Habiendo respecto de Jalapa las mismas justas consideraciones que he tenido para denegar igual solicitud a esta Ciudad, no ha lugar a la instancia del Cabildo de dicha Villa.-México, Noviembre 25 de 1801. (Rúbrica del Virrey)”.[11]

    Hasta ahora, y antes de terminar con este pasaje, no hay evidencia alguna sobre lo que A de V-A afirma en una de sus tradiciones, leyendas y sucedidos del México virreinal. Sin embargo, con el propósito de apelar a la última instancia, me parece oportuno incorporar aquí lo que resultó ser una más de las minuciosas revisiones a los documentos custodiados por el Archivo General de la Nación.

   Y no sólo se dedicó a rondar por aquí y por allá, buscando qué corregir entre los males de la sociedad. También, se empeñó en prohibir, junto con el Santo Oficio lo que cierta ocasión tuvo oportunidad de apreciar, causándole incomodidad. Se trataba ni más ni menos que de una representación anónima de cierto baile que estaba tomando fuerza entre los del pueblo, y que denominaban el jarabe gatuno, que por cierto se bailaba maullando y remedando los movimientos del gato, y que por sus insinuaciones y provocaciones, le parecía bastante escandaloso, como también a los de la Inquisición, quienes llegaron a decir cosas como las que siguen:

 (…) que la gente disoluta para calmar el temor de los incautos y (para) disfrazar su diabólica intención de perder las almas redimidas por Jesucristo desfiguran o inventan de nuevo el baile y las coplas, prohibimos todo el que se le parezca y convenga, por palabras, acciones y meneos, en el objeto de provocar a lascivia, aunque se diferencie la canción, el nombre y la figura; y del mismo modo cualquiera copla de este género, a pesar de cualquier disfraz de que se valga la malicia para burlar nuestras providencias y evadir las penas impuestas en los edictos del Santo Oficio… Y mandamos que luego que este nuestro edicto llegue a vuestra noticia, o de él supiéredes de cualquiera manera, no bailéis dicho Jarabe gatuno, ni cantéis sus coplas, ni cualquiera otro y otras que se parezcan, y que traigáis y exhibáis ante Nos o ante nuestros comisarios las citadas coplas y traslados de ellas (17 y 23 de junio de 1801).

    En tanto, La Gaceta de México, daba a conocer diversas noticias, como uno de los pocos medios de difusión de la época, aunque no se olvidó de dar de vez en vez alguna de carácter taurino.

   Las plazas de toros que por entonces funcionaban eran las del Volador, la plazuela de los Pelos, Tarasquillo o la de Necatitlán. Desde finales del siglo XVIII funcionaba en otro sector de la ciudad, el barrio de San Pablo, una plaza que con el tiempo se convertiría en espacio importantísimo, al menos hasta 1864, último año del que se tiene registro. Nos referimos a la que conocemos como la Real Plaza de toros de San Pablo.

   Y entre las ganaderías, se contaba con las que siguen:

HACIENDA_DUEÑO_UBICACIÓN1

HACIENDA_DUEÑO_UBICACIÓN2

Fuente: Benjamín Flores Hernández: “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces. Un acercamiento a lo que fueron y significaron las corridas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”, México, 1976 (tesis de licenciatura, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 339 p., p. 225-7.

   En el ambiente continuaba ese aire ilustrado que por fin encontró modo de coartar las diversiones taurinas, por lo menos de 1805 a 1809 cuando no se sabe de registro alguno de fiestas en la ciudad de México. Y es que fue aplicada la Novísima Recopilación, cédula que aparece en 1805 bajo el signo de la prohibición “absolutamente en todo el reino, sin excepción de la corte, las fiestas de toros y de novillos de (sic) muerte”. En el fondo se pretendía

 Abolir unos espectáculos que, al paso que son poco favorables a la humanidad que caracteriza a los españoles, causan un perjuicio a la agricultura por el estorbo que ponen, a la ganadería vacuna y caballar, y el atraso de la industria por el lastimoso desperdicio de tiempo que ocasionaban en días que deben ocupar en sus labores.[12]

    Y bien, bajo todo este panorama, ¿qué era del toreo ya no tanto en el curso del siglo XVIII, tan ampliamente conocido; sino el que se desarrolla en el siglo XIX?

   El toreo va a mostrar una sucesión en la que los protagonistas principales que fueron los caballeros serán personajes secundarios en una diversión casi exclusiva al toreo de a pie, mismo que adquiría y asumía valores desordenados sí, pero legítimos. Es más,

 En una corrida de toros de la época, pues, tenía indiscutible cabida cualquier manera de enfrentarse el hombre con el bovino, a pie o a caballo, con tal de que significara empeño gracioso o gala de valentía. A nadie se le ocurría, entonces, pretender restar méritos a la labor del diestro si éste no se ceñía muy estrictamente a formas preestablecidas.[13]

 Hasta antes y durante el movimiento de independencia, pocos son los festejos celebrados en tiempos que ya son turbulentos. Pero la guerra dio paso al ocio y entre batalla y batalla, los más importantes caudillos encabezaban este o aquel espectáculo, siguiendo la lógica del Fiscal de la Real Hacienda quien, en noviembre de 1813 estaba de acuerdo con los espectáculos públicos, por la razón “política de llamar la atención del pueblo a objetos indiferentes, que ocurran en su consternación e impidan que su imaginación se corrompa”.

   Con la salida de los ejércitos invasores de España y la asunción al trono de Fernando VI en 1814 fue motivo para que una vez más se lidiaran toros, a pesar de que el virrey Félix Ma. Calleja no muy afecto a tales divertimentos los autorizó, encargando al cabildo del ayuntamiento la organización de los mismos. Dicha orden iba en sentido contrario a la costumbre del Ayuntamiento que se ocupaba de esto. Pero el hecho es que, al darse la orden era una forma de humillar a quienes habían apoyado las reformas liberales. Todos ellos, los criollos liberales, formaban el cuerpo oficial y representativo del corazón político de una Nueva España sumergida en la transición por la independencia. Aunque tal fue la pugna entre esto y aquel, que Calleja pronto decretó la desaparición del ayuntamiento electo, para reinstalar al anterior un grupo más nutrido de españoles, por lo que les evitó la carga molesta a que se enfrentaban.

   Lo anterior se convirtió en el soporte en que las corridas de toros y sus aderezos se desarrollaron durante el siglo XIX.

   A su vez, las fiestas en medio de ese desorden, lograron cautivar, trascender y permanecer en el gusto no sólo de un pueblo que se divertía; no sólo de los gobernantes y caudillos que hasta llegó a haber más de uno que se enfrentó a los toros. También el espíritu emancipador empujó a lograr una autenticidad taurómaca nacional. Y se ha escrito “desorden”, como resultado de un feliz comportamiento social, que resquebrajaba el viejo orden. Desorden, que es sinónimo de anarquía, resultado de comportamientos muy significativos entre fines del siglo XVIII y buena parte del XIX.

   Finalmente, ¿qué toreros estaban actuando por aquéllas épocas?

   Un rotulón de la época nos aclara el asunto:

 “…Estando próximas las corridas de toros que en celebridad de la feliz restitución de nuestro amado Soberano, el señor don Fernando VII, al trono de sus mayores, han de ejecutarse en esta capital, y debiendo observarse en ellas por parte del público, todo lo que existen el buen orden, y constituye la inocente alegría y diversión, como corresponde al alto objeto en cuyo obsequio se celebran estas funciones, y a la idea que debe formarse de un pueblo ilustrado, he resuelto que se cumpla y ejecute lo siguiente:

1.-Luego que la tropa acabe de partir la plaza, no quedarán en ella por motivo alguno sino los toreros. En el caso de que algún aficionado quisiere ejecutar alguna suerte o habilidad,  pedirá permiso, y sólo estará dentro del circo, el tiempo necesario para lucir su destreza: por consecuencia, nadie bajará a la plaza hasta después de muerto el último toro, a excepción del tiempo que dure el embolado, si lo hubiere.

2.-Los capataces de cuadrillas de toreros, antes de salir a la plaza, se presentarán con su gente al señor alcalde del primer voto, para que éste vea por sí mismo si hay alguno ebrio, en cuyo caso no le permitirá torear y lo pondrá en arresto.

3.-En las vallas ni entre barreras, no quedará paisano ni militar alguno que no esté destinado expresamente a dicho paraje.

4.-No se arrojarán absolutamente a la plaza desde las lumbreras y tendidos, cáscaras de fruta ni otras cosas, que a más de ensuciar la plaza, pueden perjudicar a los toreros. Tampoco se escupirá ni echará nada de lo referido sobre las gradas, que pueda incomodar a los que se sienten en ellas.

5.-Los espectadores no abstendrán de proferir palabras indecentes ni contra determinada clase de personas, pues además de ser contra la moral, perjudican a la buena crianza.

6.-Estar libre y expedito el tránsito de las calles del puente de Palacio, Portaceli, Universidad y Palacio, no colocándose en ellas puesto alguno de frutas ni otro efecto cualquiera, ni sentándose gentes en las banquetas y puertas de todo este círculo, y evitándose que por su ámbito se formen corrillos y queden gentes paradas a ver las que suben y bajan a los tablados, de lo que cuidarán las respectivas centinelas.

7.-Será también del cargo de ellas y de las patrullas y rondas, destinadas a los mismos parajes, impedir las entradas de coches y caballos a las inmediaciones de la plaza, sin embargo de que se pondrán vigas en las bocacalles del puente de Palacio, San Bernardo, Portaceli, rejas de Balvanera y Universidad.

8.-Acabada la corrida de la tarde, se cerrarán inmediatamente las puertas de la Plaza, y a nadie se permitirá entrar ni permanecer en ella, a excepción de los cuidadores.

9.-De ningún modo se harán tablados y se formarán sombras en las azoteas de las casas del contorno de la Plaza, sin exceptuar la Universidad, Ni el Real Palacio, si consentirá que se agolpe gente en ellas, para evitar una desgracia. De lo cual se encargarán las patrullas y rondas, avisando al vecino de la casa donde se observe este abuso, a fin de que lo remedie, y de no hacerlo, se dará parte al Sr. Alcalde de primer voto, para que tome providencia.

10.-Renuevo las prevenciones de mi bando de 13 del corriente sobre prohibición de armas, y se abstendrá de llevarla de cualquier especie, todo aquel que por su clase o destino no deba portar las permitidas.

11.-Los que puedan llevar armas de las no vedadas y estén colocados cerca del callejón de entrebarreras, sean militares o paisanos, no usarán de ellas en modo alguno contra los toros que salten la valla, ni nadie los apaleará ni atormentará, pues es contra la diversión de los demás espectadores, y es de la incumbencia de los toreros hacer salir al animal del callejón.

12.-Para evitar los robos y las violencias durante la corrida, en los demás puntos de la población, rondará en este tiempo los alcaldes menores sus respectivos cuarteles, repartiéndose entre ellos la comisión por días, de manera que en cada una anden por lo menos ocho rondas en el término del espectáculo, sin perjuicio de las patrullas que se destinarán al mismo fin.

13.-El que faltare a cualquiera de los artículos indicados, quedará sujeto a la pena corporal o pecuniaria que se le impondrá en el acto, según las circunstancias de la persona y de la falta, aplicándose las segundas a beneficio de los fondos de la Cárcel Diputación, sin que valga fuero alguno, por ser materia de policía y buen gobierno.

14.-Para el pronto castigo de los infractores, en  lo  relativo  a lo anterior de la Plaza, habrá un juzgado en ella misma, compuesto de uno de los señores alcaldes de la Real Sala del Crimen, cuyo turno arreglará el señor gobernador de ella, un escribano y un ministro ejecutor de justicia: procediendo dicho señor magistrado a la imposición de penas en el acto, según la calificación que hiciere del delito.

15.-El sargento mayor de la plaza auxiliará con la fuerza armada al señor Juez, en los casos que lo necesite, y concurrirá por su parte a que los individuos militares observen el buen orden en los mismos términos que se previene para el paisanaje, impidiendo que ningún individuo militar salga a torear.

Y para que nadie pueda alegar ignorancia, mando que publicado por bando en este capital, se remita a las autoridades que corresponda. Dado en este Real Palacio de México, a 24 de enero de 1815. Félix María Calleja. Por mandato de S.E.”.

   La cuadrilla que se encargó de la lidia de los toros fue la siguiente:

Capitán: Felipe Estrada.

Segundo espada: José Antonio Rea.

Banderilleros: José María Ríos, José María Montesillos, Guadalupe Granados y Vicente Soria. (Supernumerarios: José Manuel Girón, José Pichardo y Basilio Quijón).

Picadores: Javier Tenorio, Francisco Álvarez, Ramón Gandazo y José María Castillo.

    Como quedó dicho, fueron ocho las corridas celebradas:

 “AVISO.-Con el objeto de celebrar la feliz restitución al trono de Nto. católico monarca, el señor D. Fernando VII, han comenzado antes de ayer las ocho corridas de toros dispuestas por la Nobilísima Ciudad para los días 25, 26, 27, 28, 30 y 31 del corriente enero, y 1o. y 3 del próximo febrero”. (Diario de México, No. 27, tomo V, del viernes 27 de enero de 1815).

    ¿Y la clase de suertes que se practicaban, cuáles eran las más populares?

 EL JARABE: BAILE POPULAR MEXICANO

Por GABRIEL SALDIVAR

del Ateneo Musical Mexicano

    Llegando al XIX aparece un Jarabe que se ha hecho famoso, el Jarabe Gatuno, por haber sido objeto de prohibición de parte de las autoridades civiles, religiosas e inquisitoriales, en edictos firmados por el virrey, el arzobispo y los inquisidores mayores, respectivamente. Por la descripción que de sus movimientos y evoluciones hacen los expresados documentos, se piensa inmediatamente en las danzas de origen africano, y no sería remoto, si algún día aparece su música, que se descubra alguna influencia negra, ya que este elemento fue de gran importancia social en la época que nos ocupa.

   Por 1813, era el Jarabe una de las canciones guerreras de los insurgentes; y después transcurre un silencio hasta el año de 1839, sin que en la literatura nacional, encontrara en mis investigaciones, cita alguna de este canto vernáculo; es en este año cuando la Calderón de la Barca, acompaña a sus cartas las melodías del Jarabe Palomo, El Aforrado, Los Enanos y menciona El Canelo, El Zapatero y alguno más que no recuerda nuestra memoria, publicados en Nueva York en 1843; con la circunstancia de que ya entonces se bailaban en las canoas del Paseo de Santa Anita, el célebre paseo de tiempos remotos; y vuelven a mencionarse por Zamacois en sus versos “Un Baile Leperocrático”, publicados en el “Calendario Impolítico para 1853″, que reprodujo en “El Jarabe” (1861) y anónimo en el artículo “La China” de “Los mexicanos pintados por sí mismos”, resaltado en el “Calendario Universal para el año de 1858″; en la Opera Cómica de Barilli estrenada en 1859, y en “El Libro de mis Recuerdos”, de García Cubas que, aunque publicado en 1904, se refiere a la segunda mitad del siglo XIX, aludiéndose en todos ellos a los cantos que acompañaban al baile.

   Durante el Imperio de Maximiliano, se le da importancia a la canción mexicana del pueblo, y fue entonces cuando se hicieron muchos arreglos de los aires populares, lo cual viene a repercutir al fin del siglo con la impresión cuidadosa en cuanto a las melodías, esto es, sin modificaciones esenciales aunque sin mucha justeza en la armonización, ya por que no se tomara en cuenta la producida por los músicos del pueblo, de una riqueza contrapuntística intuitiva, pero que los investigadores que hasta ahora hemos tenido, están todavía muy lejos de estudiar concienzudamente, sin que esto quiera decir que no los haya, muy capaces, pero el caso es que si han efectuado trabajos de esa naturaleza, no los han dado a conocer debidamente; pues sólo tengo noticia del que a fines del siglo pasado, en 1897, diera a la estampa el Lic. Juan N. Cordero, aunque trata someramente el Jarabe; obra muy poco conocida de nuestros músicos y tengo a satisfacción haber sido el primero que consultara el ejemplar que existe en la Biblioteca del Conservatorio, ya que sus pliegos estaban aún cerrados, probablemente desde hacía cuarenta años.

   Entre los primeros jarabes impresos, anoto los “jarabes Mexicanos” para guitarra, de la imprenta de Murguía y Cía., incluidos en las ilustraciones; los arreglos de Julio Ituarte, medio siglo después de las Variaciones sobre el tema del jarave (sic) Mexicano de José Antonio Gómez, y la Colección de 30 jarabes y sones dispuesta por Miguel Ríos Toledano, como las más importantes que hasta la fecha hayan salido de las prensas nacionales. Después, por 1905, Castro Padilla hace la selección de los nueve aires del Jarabe Oficial, y Felipa López, maestra tapatía de baile, la de los pasos del mismo, procediendo ambos sin apegarse a la tradición, y lo que es más, haciendo a un lado el buen gusto; a lo cual sin hacer ninguna alusión, responde José de J. Martínez con su Verdadero Jarabe Tapatío, publicado en 1913 por Enrique Munguía, obra integrada por varios sones populares de Jalisco y formada según es tradicional en aquella región.


NOTAS IMPORTANTES:

Las notas aquí incluidas provienen del trabajo –inédito- de José Francisco Coello Ugalde: APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS Nº 62. “ARTEMIO DE VALLE-ARIZPE Y LOS TOROS”. 598 p. Ils., retrs., fots., grabs., facs.

Por lo tanto, me reservo el derecho de incluir las notas a pie de página, debido a la presencia de ciertos personajes que pretenden hacer suyo estos materiales, con sólo dar “clic” a sus empeños y y teclear “Supr” o “Delete” para quitar el nombre del autor original, atribuyéndose de esa forma textos que no les pertenecen.

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ESTADO DE LA GANADERÍA EN MÉXICO DURANTE LA COLONIA, EL PERIODO VIRREINAL Y EL SIGLO XIX.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Aquí se reúnen varias “efemérides”, las que pudieron ocurrir al comenzar el proceso colonial, así como el registro del que inmediatamente fue el del “virreinato”. Así como pueden verse o estimarse como “efemérides”, también pueden verse o entenderse como importantes capítulos con los que fueron integrándose las primeras unidades de producción agrícola y ganadera que se constituyeron en la Nueva España.

    Se sabe con toda seguridad que en los diversos viajes que efectuó Cristóbal Colón desde 1492 hasta 1503, las embarcaciones se convirtieron en depósitos de ganado mayor y menor cuyos puntos de entrega fueron las Antillas y la Española, sitios donde lograban recuperarse las pocas cabezas que llegaban con vida y que, al cabo de un tiempo se reproducían para crecer en cantidades importantes. Hatos ganaderos de diversa índole pasaron a Cuba desde 1517 y a México unos años después.

   Por los deseos de expansión propios de la corona española a fines del siglo XV y tras el acontecimiento mayor en el que Cristóbal Colón fue eje fundamental en 1492, se sucedió paulatinamente la ocupación de tierras americanas por aventureros, militares y misioneros quienes traían consigo su modus vivendi del que dependían para su cotidiano transcurrir.

   Fue en el segundo viaje del almirante genovés, el de 1493 y en noviembre cuando llegó a la isla de la Dominica “todo género de ganado para casta” como lo apunta Enrico Martínez en su obra Repertorio de los tiempos e historia de Nueva España (1606).

   El miércoles veinticinco de septiembre del año de 1493 se inicia en Cádiz, el segundo viaje de navegación llevado en empresa por el almirante genovés Cristóbal Colón. Concluye -felizmente- el tres de noviembre siguiente, al llegar a la isla de la Dominica, que era, y es parte del contexto de la América Insular.

   Dentro del cargamento se sabe que venían cantidades considerables de ganado “…pasaron también oficiales y labradores, embarcaron de todo género de ganado para casta…” Y el término “para casta” fue manejado con el sentido de explicar que aquel “género de ganado” serviría simple y llanamente para la reproducción.

   Establecidos los antecedentes sobre el traslado de ganado de Europa a América, pasemos ahora a observar la manera en que se fomenta el desarrollo de diversas variedades de plantas y animales, obra realizada por quienes se comenzaban a convertir más colonizadores que en conquistadores. Aunque ni una ni otra labor se olvidó.

 ¿Por qué no recordar en Cortés al pionero que introdujo desde las Antillas semillas, caña de azúcar, moreras, sarmientos y ganado para iniciar su labor ya no de conquista, sino de colonización?

 Se pregunta Sonia Corcuera.

   Hacia 1512, al fundarse en la isla de Cuba la ciudad de Baracoa, Hernán Cortés sigue, con mayor éxito que en la Española (Santo Domingo), sus pacíficas tareas de escribano y granjero. Emprende paralelamente el cultivo de la vid, cría vacas y toros, ovejas y yeguas; explota minas de oro y se entrega al comercio.

   Después de la llegada de los españoles a México, después de la conquista, de la cual ha dicho Fernando Benítez: Tenochtitlan no murió de muerte natural sino violentamente, por la espada, único final digno de una ciudad guerrera, para 1524 se encontraban establecidos algunos factores para llevar a cabo el proceso de la agricultura y el de la crianza. Así se cuenta con bestias de carga y de leche (bestias de carga y arrastre: caballo, mula y buey; de carne y de leche: vacas, cerdos, ovejas, cabras, gallinas y pavos de castilla sin contar otras especies de menor importancia), cosas tan provechosas como necesarias a la vida.

    El 24 de junio de 1526

 que fue de San Juan…, estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…”.

 se corren toros en México por primera vez.

   Entonces ¿qué se lidió al citar el término “ciertos toros”, si no había por entonces un concepto claro de la ganadería de toros bravos?

   ¿No serían cíbolos?

   Recordemos que Moctezuma contaba con un gran zoológico en Tenochtitlan y en él, además de poseer todo tipo de especies animales y otras razas exóticas, el mismo Cortés se encarga de describir a un cíbolo o bisonte en los términos de que era un “toro mexicano con pelaje de león y joroba parecida a la de los camellos”.

   El bisonte en época de la conquista ascendía a unos cincuenta millones de cabezas repartidas entre el sur de Canadá, buena parte de la extensión de Estados Unidos de Norteamérica y el actual estado de Coahuila.

   Si bien los españoles debían alimentarse -entre otros- con carnes y sus derivados, solo pudieron en un principio contar con la de puerco traída desde las Antillas. Para 1523 fue prohibida bajo pena de muerte la venta de ganado a la Nueva España, de tal forma que el Rey intervino dos años después intercediendo a favor de ese inminente crecimiento comercial, permitiendo que pronto llegaran de la Habana o de Santo Domingo ganados que dieron pie a un crecimiento y a un auge sin precedentes.

   Esta tesis de cíbolos o bisontes adquiere una dimensión especial cuando en 1555 el virrey don Luis de Velasco ordenó se dieran corridas. Y estas se enriquecieron disponiendo de 70 toros de los “chichimecas”, de que nos ocuparemos en su momento.

   Hernán Cortés nos revela un quehacer que lo coloca como el primer ganadero de México, actividad que desarrolla en el valle de Toluca mismo. En carta de 16 de septiembre de 1526, Hernán se dirige a su padre Martín Cortés indicándole de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

   Es posiblemente el valle de Toluca sitio pionero donde se llevó a cabo la revolución agrícola inicial en toda Mesoamérica. Tierras aptas para la siembra y mejor espacio para pastoreo de ganado mayor y menor. El conquistador decide instalarse de forma provisional en Coyoacán mientras la ciudad de México-Tenochtitlan es modificada sustancialmente a un nuevo entorno, propio de concepciones renacentistas. Al poco tiempo, Cortés decide salir hacia el valle de Toluca en compañía del señor de Jalatlaco Quitziltzil, su aliado; y ello ocurre aproximadamente entre 1523 y 1524, pero antes de su viaje infructuoso a las Hibueras (1524-1526).

   Nos ocuparemos ahora de Don Juan Gutiérrez Altamirano (1501-ca.1565). Era natural de la villa de Paradinas “caballero de grandísima discreción y prudencia y de grandísimo consejo”, hijo de don Hernán Gutiérrez Altamirano, quien fue alcaide de Arenas, lugar cercano a Talavera, y capitán de cien lanzas que tenía en Arévalo y Ontiveros, y de doña Teresa Carrillo. Probablemente pasó a Santo Domingo hacia 1520 y a Tierra Firme unos años después; de 1524 a 1526 fue teniente gobernador y juez de residencia en Cuba, y al año siguiente se encontraba en México. Fue recibido por vecino de la ciudad el 15 de noviembre de 1527 y el 17 de febrero de 1531 se le hizo merced del solar donde construyó su casa, que más tarde fue ocupado por sus descendientes, los condes de Santiago de Calimaya, cuya casa palacio aun existe en la esquina de Pino Suárez y El Salvador (hoy Museo de la ciudad de México).

   Casó con la metilense doña Juana Altamirano y Pizarro, prima hermana de Hernán Cortés en Texcoco, seguramente recién llegada ella en el séquito del marqués del Valle cuando regresó de Castilla en 1531.

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El conquistador nos revela un quehacer que lo coloca como el primer ganadero de México, actividad que desarrolla en el valle de Toluca mismo. En carta de 16 de septiembre de 1526, Hernán se dirige a su padre Martín Cortés indicándole de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

Fuente: Antonio Navarrete. TAUROMAQUIA MEXICANA, Lám. Nº 3. “Atenco”.

    Gutiérrez Altamirano se recibió de abogado en Salamanca y era caballero de la orden de San Juan. A la vez que primo de Cortés, fue hombre de todas sus confianzas al grado de que en el viaje que realizó el conquistador a España en 1528, quedó en compañía de Diego de Ocampo al tanto de todos sus negocios.

   Es muy común el confundir a este nuevo poblador americano, con el conquistador Juan Altamirano Al respecto dice Daniel Medina de la Serna lo siguiente:

 […]habiendo sido un personaje importante [el dicho Gutiérrez Altamirano], con influencias, y habiendo ocupado cargos señalados, primero en Santo Domingo y luego en Cuba y “no siendo dilapidador” lo lógico es que haya amasado alguna fortuna y haber contado con algunos bienes entre los que quizá haya habido algunas puntas de ganado y que al trasladarse a la Nueva España, donde su pariente era el que partía el bacalao, haya pensado en traerlos; pero no bravos, antes al contrario, mientras más pacíficos y mansuetos fueran, tanto mejor, para facilitar su traslado; pero cuyas crías, al paso del tiempo, en la soledad del monte y el ningún trato con el hombre se volverían montaraces y bravías.

    Esto es probable en la medida en que ya existía comercio de ganado para el abasto, pero  ¿qué hay sobre aquello de las reses navarras?

   Ni Carriquiri ni Zalduendo existían para entonces. Los toros navarros y su acreditada fiereza son bien reconocidos desde el siglo XIV pues no faltaban fiestas, por ejemplo en Pamplona, lugar donde se  efectuaron con frecuencia. Posibles descendientes de don Juan Gris y ascendientes del marqués de Santacara (Joaquín Beaumuont de Navarra y Azcurra Mexía) pudieron haber tenido trato con Gutiérrez Altamirano directamente en el negocio de compra-venta de los ganados aquí mencionados, y que pastaron por vez primera en tierras atenqueñas.

   Presuponen algunos que los toros navarros eran de origen celta. Gozaban de pastos salitrosos en lugares como Tudela, Arguedas, Corella y Caparroso dominados por el reino de Navarra.

   Transcurre la Edad Media, las fiestas y torneos caballerescos abarcan el panorama y nada mejor para ello que toros bravos de indudable personalidad, cuyo prestigio y fama hoy son difíciles de reconocer en medio de escasas noticias que llegan a nuestros días.

   Es cierto también que con anterioridad a los hechos de 1528, inicia todo un proceso de introducción de ganados en diversas modalidades para fomentar el abasto necesario para permitir una más de las variadas formas de vivir europeas, ahora depositadas en América.

   Se sabe que por la época del escándalo de llegada y muerte de doña Catalina Xuárez “la Marcayda” (oct.-nov. 1522) había en el palacio de Texcoco caballos y vacas de las cuales se aprovechaba su leche como alimento. El mismo Bernal Díaz del Castillo nos dice que los indios se dedicaban a la agricultura; así, antes de 1524 son

 labradores, de su naturaleza lo son antes que viniésemos a la Nueva España, y agora (ca. 1535) crían ganados de todas suertes y doman bueyes y aran las tierras.

    Con respecto a Juan Gutiérrez Altamirano (nuevo poblador americano pero no conquistador; no confundirlo con el conquistador Juan Altamirano), primo de Hernán Cortés, le fue otorgada la encomienda de Calimaya y los pueblos de Metepec y Tepemaxalco.

   Obtuvo como repartimiento y en principio el pueblo de Calimaya y sus sujetos. Las extensiones luego fueron creciendo y para 1528, año del inicio de una etapa -la de Atenco como ganadería sin más-, nos encontramos con cosas muy notables por conocer. Si bien la pretensión de Cortés fue establecer en su propiedad de Atenco la crianza de ovejas, el interés del Lic. Altamirano fue el siguiente:

 [la] estancia en término de Calimaya la hice desde el principio y cimientos para tener mis ganados mayores y menores y la poblé con ella teniéndolos en ella y un español y gente los guardase el año de mil quinientos veinte y ocho habite mío e poseído la tengo y poseo y siempre a la continua la he reparado…

 Era calpixqui o mayordomo de la mencionada propiedad, residencia a su vez de las primeras reses, un yerno de Alonso de Aguilar (gobernador de Xalatlaco), de apellido Praves.

   La declaración anterior pertenece a un documento fechado en 1557 en que se llevaron a efecto los “Autos fechos a Pedimento de D.a Catalina Pizarro hija natural de D.n Hernán Cortés Marqués del Valle contra D.a Juana de Zúñiga marquesa del Valle sobre ciertas escrituras y donación”. Tal, quedó asentado en lo que es hoy el exp. 4 del vol. 276 perteneciente al ramo VINCULOS del Archivo General de la Nación. Esta fuente es la única de que dispongo para plantear, sobre la base de sus contenidos, la idea de que ni llegó ganado procedente de Navarra, y ni eran doce pares de toros y de vacas, puesto que son afirmaciones que no concuerdan con una realidad, como es la de la llegada de ganados mayores y menores procedentes de las Antillas o de la Española, lugares que concentran -para su correspondiente reparto en el continente recién descubierto y conquistado-, mil y un elementos de la vida cotidiana que provenían de España siendo el puerto de Veracruz el punto final y receptor de toda esa travesía.

   Los “Autos fechos…” es un gran juicio de declaraciones en torno a la persona de Gutiérrez Altamirano Buena parte de los indios de la región, empleados y otros fueron cuestionados sobre la forma y manera de su relación con el dicho don Juan así como de sus propiedades y manera de usarlas y distribuirlas.

   Aquí cabe la mención a un breve, pero extraordinario trabajo realizado por Daniel Medina de la Serna que se ocupa en detalle, de todos estos acontecimientos referentes al principio misterioso que como hacienda tuvo Atenco desde el siglo XVI. Me refiero a Atenco… ¿o el mito? México, Bibliófilos Taurinos de México, A.C. 1991. 14 pp. ils. (Colección Lecturas taurinas, 12). En él encontramos toda una serie de datos e informaciones en relación al desarrollo y formación de Atenco en medio de las condiciones que se establecieron para controlar el abasto en la Nueva España y el papel que jugó en aquellos momentos el protagonista de esta historia, el Lic. Gutiérrez AltamiraNº

   Queda asentado de que para 1557 Gutiérrez Altamirano es poseedor de la estancia de Chapultepec. Pero es aún más concisa la declaración de Juan Nagualquen o Naguati, indio natural de Calimaya que sabe y proporciona datos sobre Chapultepeque:

 cabe en término del dicho pueblo de Calimaya la cual conoce desde el día que se asentó se pobló se ubicó estancia hasta cerca de hoy a más de treinta años (…) la segunda pregunta dice lo que sabe de esta pregunta es que puede haber treinta años poco más o menos a este habiendo bido (sic) que el dicho Licenciado Altamirano puso asiento la dicha estancia de Chapultepeque sitio este lugar donde al presente estamos hizo en ella las casas y corrales de que se han servido hasta el día de hoy y bido luego y las pobló de obejas y después de vacas y otros ganados y los tuvo allá que este y pacíficamente y viéndose de todo ello como cosa suya propia bido luego puso en ella un calpisque español que se decía Francisco (¿de Praves?) y es verdad y bido como dicho tienen que el dicho Licenciado Altamirano fue el primero edificador de la dicha estancia como muy cosa suya del dicho Licenciado(…).

    Con esto queda establecido el principio con el que Altamirano se fija tareas concretas de un ganadero en potencia, sin que ello permita asegurar que dichas actividades hayan tenido principios específicos de un compromiso dirigido hacia la crianza de toros bravos, aspecto que tomará visos de lo profesional a fines del siglo XIX cuando los Barbabosa tienen bajo su control la hacienda de Atenco. Desde luego, Atenco ostenta el importante crédito de ser la primera y más primitiva ganadería que se relaciona con la fiesta de toros en México; reconocida como tal incluso por España. Si bien fue hasta 1652 en que se sabe se corrieron públicamente toros de los condes de Santiago, entre 1528 y 1651 deben haber existido otros motivos de fiesta en los que el ganado de los condes se empleara en el desarrollo de diversiones y fastos propios de la época.

   A su vez, todo esto tiene una relación directa con otro factor: el del inicio y desarrollo del toreo en México, un toreo que definitivamente se diferencia del español, en el sentido de que aunque sigue las normas del dominante a caballo, no todos los mexicanos ligados al espectáculo podían ejercerlo, sobre todo tratándose de indios, a quienes se les tenía prohibido el ser jinetes. Así que con estos planteamientos no es nada difícil que hayan ocurrido cosas totalmente distintas a las desarrolladas en la península española, marcando una diferenciación en torno a estos dos sitios de explotación y desarrollo tauriNº

   Ahora nos hacemos la pregunta: ¿cómo ganado de Atenco en una determinada época comienza a manifestar características afines con las ramas de Carriquiri y Zalduendo que es en donde cabe la reflexión más cercana a la profesionalización que marcaron los dueños de la ganadería?

   El año de 1528 transcurre en condiciones en las que la llegada de ganado -generalmente para abasto- se convierte en algo cotidiano y regido por la Mesta, organismo entregado al incremento de la ganadería en la Nueva España que favoreció por mucho tiempo a los propietarios, quienes manifestaron los severos daños a movimientos fraudulentos dirigidos a los agricultores y a la propiedad territorial, siendo los indígenas el grupo más afectado. Con esto quiero reforzar la idea de que muchas otras ganaderías tuvieron un origen parecido en la Nueva España, con la salvedad de que Atenco se caracterizó por ser una ganadería encargada de distribuir toros para las constantes fiestas virreinales (aunque sea hasta el 3 de septiembre de 1652 cuando se sabe por primera vez de la lidia de toros de los condes de Calimaya), cosa que también hicieron otros señores, como Diego Suárez de Peredo, don Mateo de Molina, fr. Jerónimo de Andrada o los condes de Orizaba. El hecho de que los condes de Santiago de Calimaya estuvieran tan vinculados a este proceso seguramente los orilló a crear un perfil que por lógica demandaba buscar orígenes. ¿Cuáles fueron esos orígenes? Todo lo relacionado con su pasado hegemónico de altos vuelos, en el mayorazgo, no en el condado.

   Joaquín García Icazbalceta, respetable bibliófilo congregó una de las bibliotecas más importantes hacia fines del siglo XIX, y en la cual se encontraban documentos valiosísimos. En su trabajo OBRAS, Tomo 1, opúsculos varios 1. México, Imp. de V. Agüeros, Editor, 1896. 460 pp., nos presenta en el pasaje “El ganado vacuno en México” datos como el que sigue:

    La asombrosa multiplicación del ganado vacuno en América sería increíble, si no estuviera perfectamente comprobada con el testimonio de muchos autores y documentos irrecusables. Desde los primeros tiempos siguientes a la conquista, los indios poco acostumbrados a la vista y vecindad del ganado, padecían a causa de él, mucho daño en sus personas y sementeras, lo cual dió lugar a repetidas disposiciones de la corte, que vacilaba entre la conveniencia de que los ganados se aumentasen, y el deseo, que en ella era constante, de procurar el bien de los indios. Entre esas disposiciones es notable la relativa a la gran cerca que se labró en el valle de Toluca para encerrar el ganado de los españoles. Consta en la cédula real de 3 de Junio de 1555, que por su interés histórico y por hallarse únicamente un libro rarísimo (la Monarquía Indiana, Libro I, cap. 4), me resuelvo a copiar, a pesar de su mucha extensión. Dice así:

   El Rey-Nuestro Presidente é oidores de la Audiencia Real de la Nueva España. A Nos se ha hecho relación que D. Luis de Velasco, nuestro visorrey de esa tierra, salió a visitar el valle de Matalcingo, que está doce leguas desa ciudad de México, cerca de un lugar que se llama Toluca, que es en la cabecera del valle, é que tiene el dicho valle quince leguas de largo, é tres y cuatro y cinco de ancho en partes, y por medio una ribera, y que hay en él mas de sesenta estancias de ganados, en que dizque hay mas de ciento cincuenta mil cabezas de vacas é yeguas, y que los indios le pidieron que hiciese sacar el dicho ganado del valle, porque recibían grandes daños en sus tierras y sementeras, y haciendas, y que no las osaban labrar, ni salir de sus casas, porque los toros los corrían y mataban, y que los españoles dueños de las estancias, y el cabildo de la Iglesia mayor desa ciudad, por otra, le pidieron que no se sacase el ganado de la Iglesia, que perdía lo más sustancial de sus diezmos, y a los oidores y a la ciudad que se les quitaba de su provisión y entretenimiento lo más o lo mejor que tenían. E que visto lo que los unos y los otros decían, y mirada y tanteada toda la dicha tierra, y comunicado con ciertos religiosos y con los dichos indios principales naturales del dicho valle y todas sus comarcas, irató que se hiciese una cerca que dividiese las tierras de los indios de las de esas estancias, cada una conforme a la cantidad de ganado que tuviese; que la cerca se tasase por buenos hombres, y que la dicha cerca se hizo, la cual tiene más de diez leguas, medidas por cordel, y que los indios tienen por bien que del precio della se compre censo para tenerla reparada siempre, por estar seguros de los daños de los ganados, y que se trasó la cerca en diez y siete mil y tantos pesos de oro común, y que al tiempo del pedir la paga a los dueños de las estancias, apelaron para esa Audiencia de mandarles el dicho visorrey pagar, y que han hecho el negocio pleito, con fin de dilatarlo todo lo más que pudieren, por que los indios no sean pagados, ni la cerca no se conserve, que es lo que pretenden, y que convenía mandásemos que los que tienen ganado en el valle pagasen la cerca ó sacasen los ganados, por que con ello se contentarían los indios, aunque lo más conveniente para el sustento y conservación de la una república y de la otra era que la cerca se pague, porque el ganado se conservase sin daño de los naturales. E visto todo lo susodicho y entendido que es conveniente que la dicha cerca se conserve, envío a mandar al dicho visorrey, que en lo del pagar la dicha cerca los españoles, ejecute luego lo que en ello tiene ordenado. Por ende, yo vos mando que vosotros ayudéis é favorezcáis a la ejecución dello, sin que pongáis estorbo alguno: é si los dichos españoles ó alguno de ellos se agraviare, mandamos que se ejecute el dicho repartimiento sin embargo dello, é vosotros veréis los agravios, y haréis sobre ello, llamadas é oídas las partes a quien tocare, brevemente justicia, y avisarnos heis de lo que en ello se hiciere. Fecha en la Villa de Valladolid, a tres del mes de Junio de mil é quinientos é cincuenta é cinco años.-La Princesa.-Por mandado de su Majestad, su Alteza en su nombre, Francisco de Ledesma.

    Hasta aquí Icazbalceta. Por otro lado consideremos el crecimiento desmesurado que alcanzó el ganado durante estos primeros años del desarrollo de la ganadería en México, de tal forma que fue imposible poner control, lo cual permitió que se extendiera hasta puntos tan alejados como Zacatecas. Así por ejemplo, el año de 1587 en los reportes marítimos se anota el movimiento de 74,350 cueros tan sólo de la Nueva España, mas 35,444 de Santo Domingo, dando un total de 99,794. Ya el mismo Torquemada nos advierte que en sesenta estancias, tan sólo del valle de Toluca llegó a haber cerca de ciento cincuenta mil cabezas de ganado vacuNº ¡Una barbaridad!

   Con respecto a las diversas ordenanzas que mandó dictar el conquistador, oriundo de Medellín, tenemos el siguiente informe.

   De unas ordenanzas de 1525 (Archivo del Excmo. Sr. Duque de Terranova y Monteleone). Habla de las funciones de las carnicerías:

 Item: Que ninguna carne de la que se hubiere de pesar en la dicha carnicería se mate en ella, ni desuelle, ni abra sino que haya matadero fuera de la dicha villa en parte que la suciedad é hediondez no pueda inficionar la salud de la dicha villa, el cual dicho matadero haga el consejo verso para por cada res que el carnicero matare, ó abriere, ó desollare, en la dicha carnicería, pague dos pesos de oro aplicados la mitad para el fiel, y la mitad para las obras públicas.

Item: Que si el dicho sitio (para asentar ganado) fuere para ganado vacuno, ó ovejuno, este le sea guardado término de una legua, é que nadie le entre en el dicho término, soladicha pena.

 Item: Que todos los “traedores” de cualquier género de ganado que sea, tenga su hierro, é señal, el cual registren ante el escribano del Cabildo, é el que no tuviera el dicho hierro, e señal que pierda las reses que tuviere para herrar, o señalar. Esta instrucción se hizo en (…) del mes de (…) del año de 1525.

    Y el mismo Cortés, hace un complemento a las ordenanzas que mandó dictar en la reciente Nueva España; la que dicta desde Honduras donde establecía que

 …si alguien deseaba dedicarse a la cría de ganado, debía tener la autorización del ayuntamiento el cual le fijaba un sitio y un asiento. El dueño podía protestar la invasión en caso de que otro se adueñara sin haber llegado al diálogo. Se extendían sus dominios hasta una legua a la redonda si se trataba de vacas (…)

 y por supuesto de toros (…) Por la mezcla de diversos ganados cada dueño debía marcar sus animales con un hierro particular registrado ante el escribano del Ayuntamiento, costumbre que vino de España y sentó sus reales en América.

   La crianza del ganado implicaba un intercambio comercial muy importante, por lo que, para medir su expansión y sus excesos, se hizo expedir el 30 de junio de 1526 una cédula rubricada por

 EL REY

 Nuestros gobernadores e oficiales y otras justicias de las islas españolas, san Juan de Cuba, e Santiago, por parte de los procuradores de la Nueva España fue (h)echa relación que algunas veses, quieren sacar ganados, cavallos e lleguas e vacas, puercos e ovejas e otros ganados para la dicha tierra. Como no se podía hacer tal cosa, El Rey dice que: “Me fue suplicado, y pedido, por merced que no les pusieren impedimento en el sacar de los dichos ganados e cavallos, e yeguas para la dicha Nueva España, o como la mi merced fuese: Por ende yo voi mando, que agora de aqui adelante debeis e concintais vacas de esas dichas a cualesquier personas, para la dicha Nueva España, los cavallos, e yeguas, e puercos, e vacas, e ovejas e otros ganados que quisieren e por bien tuvieren, libre y desembargada… Se firmó en Toledo a 24 de noviembre de 1525.

    Un tema que se asocia con estas circunstancias es el de los mayores propietarios que podían repartir ganado (mayor y menor) a las carnicerías. Ellos eran:

-Indudablemente Hernán Cortés.

-Alonso de Villaseca, minero y negociante, el hombre más rico en su tiempo de la Nueva España (hacia la década de 1560)

-El doctor Santillan, oidor de México.

-Antonio de Turcios, escribano de la audiencia.

-Juan Alonso de Sosa, tesorero real.

   Se suma a esta lista un número importante de encomenderos, alcaldes de mesta, miembros del cabildo de la ciudad de México y grandes propietarios de ganado como:

-El lic. Juan Gutiérrez de Altamirano

-Jerónimo López.

-Juan Bello.

-Jerónimo Ruíz de la Mota.

-Luis Marín

-Villegas (¿Pedro de?)

-Juan Jaramillo.

-Doña Beatriz de Andrada.

-Juan de Salcedo.

    Hacia 1540 tuvo efecto un proceso de transformación muy importante. Al utilizar una infraestructura mínima para el cuidado del ganado, hubo por tanto crecidos descuidos, que dieron origen a conflictos entre los poseedores de tierras y ganados. Desgraciadamente hubo afectados, que fueron los indios “sujetos de aquellas estancias”, quienes también protestaban ante las autoridades virreinales por las invasiones reiterativas del ganado (Real Cédula del 3 de junio de 1555) sobre todo cuando este causaba estragos entre los pobladores que vivían alrededor de las estancias. Por eso en 1530 el cabildo ordenó y autorizó a los criadores de ganado un derecho de uso sobre los pastos llamado “sitio” o “asiento”, que no implicaba la posesión de la tierra. Como requisito se pedía el que se cercaran aquellas posesiones.

   Con la repartición de tierras -y esto es muy importante recalcarlo-, la ganadería se formalizó a partir de 1550. Aunque con anterioridad hayan existido concesiones que se llevaron a la práctica.

   También, al iniciarse la mitad del siglo XVI la multiplicación excesiva y asombrosa del ganado en sus diversas variedades nos conduce a pensar en que haya ocurrido una especie de agotamiento biológico o “degeneración” en el ganado, debido al hecho de que ninguna “sangre nueva” venía a injertarse en el circuito o proceso reproductivo (…)

   En 1555 se dieron corridas por orden del primer virrey don Luis de Velasco, el cual dispuso de 70 toros de los chichimecas. Como dato curioso se dice que en ellas salieron toros bravísimos y, alguno, ¡hasta de veinte años…!

 Toros no se encerraban menos de setenta y ochenta toros, que los traían de los chichimecas, escogidos, bravísimos que lo son a causa de que debe haber toro que tiene veinte años y no ha visto hombre, que son de los cimarrones, pues costaban mucho estos toros y tenían cuidado de los volver a sus querencias, de donde los traían, si no eran muertos aquel día y otros; en el campo no había más, pues la carne a los perros… Por eso el virrey don Luis de Velasco, “el lindo hombre de a caballo” como se le llamaba, “tenía de costumbre, todos los sábados ir al campo a Chapultepec, que es un bosque como está figurado (…), y allí tenía de ordinario media docena de toros bravísimos; hizo donde se corriese (un toril muy lindo).

    Tales sucesos ocurrieron en el año de 1555, 29 años después de los hechos del día de san Juan de 1526, en que por primera vez se corren “ciertos toros” en la Nueva España, registro histórico plasmado en la quinta carta-relación de Hernán Cortés.

   A fines del siglo XVI aparece el siguiente dato, justo de 1594:

 Hernando Altamirano, vecino de san Miguel Chapultepeque y posteriormente vecino de Zinacantepec vendió a Sebastián Goya mil novillos a tres pesos siete tomines cada cabeza, como mil vacas a dos pesos cuatro tomines cada cabeza y dos mil vecerros mitad machos y mitad hembras a doce tomines y cuartillo cada cabeza los cuales se entregaron en la estancia de Atenco. (Archivo de Notarías de Toluca. Notaría Nº 1, leg. Nº 3, cuad. 1 exp. 79).

    Nótese ya la designación con que es conocida la gran estancia capaz de proveer a compradores -fueren estos de abasto, o los mayordomos encargados de satisfacer las demandas en las fiestas de la capital o de las provincias de Nueva España-.

   Al adentrarse en la historia de una ganadería tan importante como Atenco, el misterio de los “doce pares de toros y de vacas” con procedencia de la provincia española de Navarra y que Nicolás Rangel lo asentó en su obra Historia del toreo en México (época colonial) 1529-1821 p. 10, simplemente no puedo aceptarla como real. El mucho ganado que llegó a la Nueva España debe haber sido reunido en la propia península luego de diversas operaciones en que se concentraban cientos, quizás miles de cabezas de ganado llegados de más de alguna provincia donde el ciclo de reproducción permitía que se efectuara el proceso de movilización al continente recién descubierto. Claro que una buena cantidad de cabezas de ganado murieron en el trayecto, lo cual debe haber originado un constante tráfico marítimo que lograra satisfacer las necesidades de principio en la América recién colonizada y posteriormente conquistada.

   De siempre ha existido la creencia de que Atenco es la ganadería más antigua. Efectivamente lo es puesto que se fundó en 1528 pero no como hacienda de toros bravos.

   Seguramente la crianza del toro per se tiene su origen en el crecimiento desmesurado de las ganaderías que hubo en la Nueva España al inicio de la colonia.

   Los primeros afectados fueron los indios y sus denuncias se basaban en la reiterativa invasión de ganados a sus tierras lo cual ocasionó varios fenómenos, a saber:

1)A partir de 1530 el cabildo de la ciudad de México concede derechos del uso de la tierra llamados “sitio” o “asiento”, lo cual garantizaba la no ocupación de parte de otros ganaderos.

2)Tanto don Antonio de Mendoza y don Luis de Velasco en 1543 y 1551 respectivamente, ordenaron que se cercaran distintos terrenos con intención de proteger a los indígenas afectados, caso que ocurrió en Atenco el año de 1551.

3)Se aplicó en gran medida el “derecho de mesta”. A causa de la gran expansión ocurrida en las haciendas, en las cuales ocurría un deslizamiento de ganados en sus distintas modalidades, mismos que ocupaban lo mismo cerros que bosques, motivando a un repliegue y al respectivo deslinde de las propiedades de unos con respecto a otros. Como se sabe la mesta -herencia del proceso medieval- fue un organismo entregado al incremento de la ganadería en la Nueva España que favoreció por mucho tiempo a los propietarios, quienes manifestaron los severos daños a movimientos fraudulentos dirigidos a los agricultores y a la propiedad territorial, siendo los indígenas los principalmente afectados.

4)Bajo estas condiciones nace por lógica de los necesarios movimientos internos de orden y registro un quehacer campirano ligado con tareas charras. Esto es, lo que hoy es una actividad de carácter netamente de entretenimiento, ayer lo fue -y sigue siéndolo- en el campo, como labor cotidiana.

   De ahí que delimitada la ganadería se diera origen involuntariamente a un primer paso de lo profesional y que Atenco, por lo tanto deje una huella a lo largo de 300 años por la abundancia de toros criollos no criados específicamente como toros de lidia, concepto este que se va a dar en México hasta fines del siglo XIX.

   La ganadería novohispana se orientó hacia el concepto del abasto y en parte, debido a la grande y rápida reproducción registrada, a una colateral de la vida cotidiana: las fiestas caballerescas. El mucho ganado existente permitió el desarrollo de infinidad de estas demostraciones no sólo en la capital, también en sus provincias y en poblaciones tan lejanas como Durango o Mérida.

   Lo que es un hecho es que la ganadería como concepto profesional y funcional se dispuso con ese carácter, y en España hacia fines del siglo XVIII. México lo alcanzará hasta un siglo después. Que el ganado embestía, era la reacción normal de su defensa; y obvio, entre tanta provocación existía un auténtico y furioso ataque de su parte.

   Ganado vacuno lo había en grandes cantidades. Su destino bien podía ser para el abasto que para ocuparlo en fiestas, donde solo puede imaginarse cierta bravuconería del toro que seguramente, nada debe haber tenido de hermoso, gallardo o apuesto como le conocemos en la actualidad (claro, cuando es hablar del TORO). Quizás eran ganados  con cierta presentación, eso sí, con muchos años y posiblemente una cornamenta extraña y espectacular.

   Su primera aparición pública data del año 1652, el martes 3 de septiembre por motivo del cumplimiento de sus años. ¿De quién? Del virrey don Luis Enríquez Guzmán, noveno conde de Alba de Liste y con toros, que se lidiaron en el parque, con tablados que se armaron, y dieron los toros los condes de Santiago de Calimaya y Orizaba y fr. Jerónimo de Andrada.

   Y dejando estas historias, llegamos a 1824, año desde el cual la ganadería de Atenco nutrió de ganado en forma por demás exagerada -quizás hasta indiscriminada- a las plazas, cercanas y las de la capital.

   Si Nicolás Rangel nos dice que los doce pares de toros y de vacas -“raíz brava para Atenco”-  fueron traídos para un fin específico: crear un pie de simiente, su aseveración está lejos de toda realidad. La profesionalización de la ganadería llegó mucho tiempo después (fines del siglo XVII y principios del XVIII en España; fines del XIX en México). En España, hacia 1732 se fue haciendo común la práctica impuesta por la Maestranza en dos vertientes: una, que sus empleados salían a buscar los toros asilvestrados o bien, encargaba a un varilarguero de su confianza la compra de reses en el circuito de abastos). En tanto el ganado que se empleaba para las fiestas poseía una cierta casta, era bravucón, y permitía en consecuencia el lucimiento de los caballeros y las habilidades de pajes y gentes de a pie. El abasto, disponiendo de la coyuntura del rastro, y la plaza  son los únicos destinos del ganado, aunque al parecer no fue posible que mediara entre ambos aspectos alguna condición particular. No había evidencia clara en la búsqueda de bravura en el toro.

   El peso específico de la ganadería brava en México va a darse formalmente a partir de 1887 año en que la fiesta asume principios profesionales concretos. Mientras tanto lo ocurrido en los siglos coloniales y buena parte del XIX no puede ser visto sino como la suma de esfuerzos por quienes hicieron posible la presencia siempre viva de la diversión taurina. Mientras un toro embistiera estaba garantizado el espectáculo. Quizás, el hecho de que las fiestas en la colonia se sustentaron con 100 toros promedio jugados durante varios días, o era por el lucimiento a alcanzar o porque era necesario que un toro entre muchos corridos en un día permitiera aprovechársele. Tomemos en cuenta que se alanceaban, es decir su presencia en el coso era efímera. Ya en el siglo XIX la presencia de decenas de ganaderías refleja el giro que va tomando la fiesta pero ningún personaje como ganadero es mencionado como criador en lo profesional. Es de tomarse en cuenta el hecho de que sus ganados estaban expuestos a degeneración si se les descuidaba por lo que, muy probablemente impusieron algún sistema de selección que los fue conduciendo por caminos correctos hasta lograr enviar a las plazas lo más adecuado al lucimiento en el espectáculo. Los concursos de ganaderías que se dieron con cierta frecuencia son el parámetro de los alcances que se propusieron y hasta hubo toro tan bravo “¡El Rey de los toros!” de la hacienda de Sajay (Xajay) que se ganó el indulto en tres ocasiones: el 1 y 11 de enero de 1852; y luego el 25 de julio, acontecimiento ocurrido en la plaza de san Pablo. La bravura, lejos de ser una simple casta que los hace embestir en natural defensa de sus vidas, fue el nuevo concepto a dominar con mayor frecuencia. En 1887 comenzó la etapa de la exportación de ganado español a México con lo que la madurez de la ganadería de bravo se consolidó en nuestro país.

   De ese modo he intentado resolver un pequeño pasaje con el que aun nos confundimos como aficionados, pues se sigue en esa creencia fabulosa y mítica de los toros navarros que llegaron a Atenco en el siglo XVI y que nos puso para bien entretenernos y complicarnos el bueno de don Nicolás Rangel.

   Aunque surge un nuevo dilema que más adelante desarrollaré en amplitud. Se trata de explicar hasta donde me sea posible la hipótesis de que Bernardo Gaviño haya sido el encargado de sugerir y hasta de traer el ganado español con el fenotipo del navarro. O lo que es lo mismo, los toros de Zalduendo o Carriquiri como un pie de simiente moderno a la hacienda de Atenco, propiedad por entonces de don José Juan Cervantes y Michaus, último conde de Santiago de Calimaya y con el que guardó profunda amistad. Asimismo no debemos descuidar otro aspecto probable, el que se relaciona con el hecho de que en 1888 los Barbabosa adquieren un semental de Zalduendo, típico de la línea navarra, poniéndolo a padrear en terrenos atenqueños.

   Ganado criollo en su mayoría fue el que pobló las riberas donde nace el Lerma, al sur del Valle de Toluca. Y Rafael Barbabosa Arzate -que la adquiere en 1878- al ser el dueño total de tierras y ganados atenqueños, debe haber seguido como los Cervantes, descendientes del condado de Santiago de Calimaya, las costumbres de seleccionar toros cerreros, cruzándolos a su vez con vacas de esas regiones. Si bien, repuesta la afición de 1887 en adelante, algunos toros navarros -ahora sí- llegaron por aquí, pero la ganadería adquirió relevancia a comienzos de nuestro siglo mezclándose con sangre de Pablo Romero, consistente en cuatro vacas y dos sementales.

   Cuando hechos del pasado se cubren con un velo difícil de retirar, es el momento de perseguir que la razón sea quien campee con sus argumentos sólidos, porque de otra forma, caemos en el riesgo de ser sometidos a engaño.

   Quedan como ejemplo de haciendas que lidiaron toros en forma regular hasta el siglo XVIII las siguientes:

 HACIENDA_DUEÑO_UBICACIÓN1

HACIENDA_DUEÑO_UBICACIÓN2

   Que más de alguna de estas haciendas comenzara durante el siglo XVIII o el XIX un proceso de modificación en su concepto de reproducción, selección y crianza de toros destinados con fines concretos a las fiestas, no ha sido posible encontrar el testimonio directo que así lo compruebe.

ORLAS

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EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS. MAYO DE 1791.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 GACETA DE MÉXICO, D.F., del 10 de mayo de 1791, p. 5: El día 3 comenzó la primera corrida de toros en la Plaza de San Diego, que continuaron hasta el día 12, haciendo alarde de su habilidad y destreza muchos Chulos y Toreros de a pie y de a caballo que de todas partes concurrieron por haberse anunciado con anticipación a las fiestas; hiciéronse estas más plausibles por la variedad de diversiones que se interpolaban con las lides: se mataron ciento y ochenta Toros, que se distribuyeron a las Cárceles, Comunidades Mendicantes y otras personas pobres; el adorno y compostura de la Plaza en pinturas y cortinaje fue singular, y no menos su iluminación por las noches, en que también se daba música hasta las diez; siendo sobre todo digno de admiración ver el innumerable gentío de a pie y a caballo que concurría todas las mañanas a la introducción del ganado, que se conducía con muchos clarines, chirimías, cajas y timbales.

   La sola nota, que es apenas un pequeño registro de las actividades allí descritas, podría resultar curiosa, interesante. Sin embargo, encierra una serie de elementos lo suficientemente atractivos como para no descuidar su contenido. Por ejemplo, el primer dato que salta a la vista es la celebración de 10 festejos, uno por cada día, desde el 3 y hasta el 10 de mayo, en una época del año que no es muy común, quizá para nuestro tiempo, aunque sí para el de aquellos días, sujeto a un calendario rigurosamente religioso, establecido en las “Fiestas de Tabla”. En todas ellas, “hicieron alarde de su habilidad y destreza muchos Chulos y Toreros de a pie y de a caballo que de todas partes concurrieron por haberse anunciado con anticipación a las fiestas, hiciéronse estas más plausibles por la variedad de diversiones que se interpolaban con las lides (…)” “Alarde” y “destreza” de “Chulos” y “Toreros de a pie y de a caballo”, esto indica el alto grado de avance por un lado. Y de aceptación por el otro en los entonces nuevos o más avanzados planteamientos que la tauromaquia estaba alcanzando por entonces, expresión que parece dar lugar al reacomodo que vino a ponerse en práctica, luego de aquel cambio de protagonismo habido entre los nobles y los lacayos, y donde estos asumieron el papel de primeros actores, en tanto que los de a caballo ya no fueron necesariamente miembros de la nobleza o de grupos estamentarios, sino otros tantos integrantes del nuevo componente que asumía la responsabilidad de aquella condición en la que iba acomodándose el toreo en plena época donde imperaban, como telón de fondo, unas ideas de avanzadas que impulsó la ilustración, cambio ideológico de progreso que tuvo fuertes discrepancias con el contenido esencial de todos los significados que emanaban del toreo, cargado de ingredientes que no se correspondían con el iluminismo del “siglo de las luces” pero que logró un buen intento de ponerse al día a la hora de recomponer esa particular puesta en escena.

   “Se mataron ciento y ochenta Toros”. Lamentablemente, a reserva de dar un día con la “Cuenta de gastos” o alguna “Relación de Sucesos”. La que más se aproxima a estos hechos, es aquella que sucedió un año antes, y que fue el certamen realizado por la Real Universidad de México a fines de 1790, conocido en prensas como OBRAS de elocüencia y poesía premiadas (…) con motivo de la exaltación al trono de (…) el Sr. D. Carlos IIII (sic) Rey de España y de las Indias. México, 1791. Hubo diversas composiciones, de la más rica métrica inspiración. Entre otras se encuentra un elogio castellano de D. Joseph Sartorio “colegial que fue del mismo Colegio de San Ildefonso, a quien se le asignó un premio de dos medallas de oro y quatro de plata”. O aquella otra, una oda sáfico-adónica en metro castellano sin rima, compuesta por el Doctor en Teología don Juan de Castañiza Colegial actual del Real y más Antiguo de San Ildefonso, a quien se le adjudicó el premio de una Medalla de oro y quatro de plata. La obra lleva el título de: RAPTO POÉTICO EN QUE SE BOSQUEJA EL REGOCIJO DE México en la proclamación (…) que comienza presentando algunos versos latinos como: Hic diez veré mihi festus atrás / Eximet curas: ego nec tumultim, / Nec mori pervim metuam, tenente / Caesare terras. (Hor. Lib. III. Od. XIV)

1791 

RAPTO POÉTICO

EN QUE SE BOSQUEJA EL REGOCIJO DE

México en la proclamación (…)

 

Lleva consigo la sabrosa almendra

que Xocohochco y que Caracas crian;

y el que Orizava y Córdova producen

fino tabaco.

 

Cargada de estos y otros muchos dones,

la leal Señora del Indiano Imperio

se postra humilde, y al Monarca nuevo

tierna saluda (…)

 

Vive imitando a Luises y Fernandos,

vive escediendo a Carlos y Felipes,

vive felice quanto amado, amante

de ambas Españas.

 

Así explicaba México su gozo

el día que a Carlos Quarto proclamaba;

lo demás que hizo su lealtad sincera

cántelo Clío.[1] 

   Dichos “toros (…), se distribuyeron a las Cárceles, Comunidades Mendicantes y otras personas pobres (…)”. En tal apunte se percibe que esos festejos tuvieron fines benéficos, extendidos a las cárceles, Comunidades Mendicantes[2] y otras personas pobres, que bien pudieron ser niños expósitos, por ejemplo.

   Finalmente: “el adorno y compostura de la Plaza en pinturas y cortinaje fue singular, y no menos su iluminación por las noches, en que también se daba música hasta las diez; siendo sobre todo digno de admiración ver el innumerable gentío de a pie y a caballo que concurría todas las mañanas a la introducción del ganado, que se conducía con muchos clarines, chirimías, cajas y timbales”.

   Dicha descripción refiere un escenario –la Plaza de San Diego-, ubicada a un costado del quemadero de la Inquisición, y también del Convento de San Diego, y que hoy se ubicaría donde se encuentra ubicado el “Laboratorio de Arte Alameda” o Antigua “Pinacoteca Virreinal”, calle de Dr. Mora, en el centro de la ciudad de México.

CombentoSanDiego_web

 Disponible marzo 19, 2014 en: http://www.urbanfreak.net/showthread.php/7352-GALER%C3%8DA-FOTOGR%C3%81FICA-El-M%C3%A9xico-de-Ayer/page55

    “Adorno y compostura de la plaza en pinturas y cortinaje”, que solo podría entenderse con la imagen que incluyo a continuación:

IMAGEN_038 Es esta una fiel representación del sabor barroco mexicano de fines del siglo XVIII, cuando el virrey Conde de Gálvez, uno de los más entusiastas taurinos de aquella época pudo admirar esta estampa, reproducida en un biombo. ”Corrida de toros”. Siglo XVIII. Col. Pedro Aspe Armella. En: ARTES DE MÉXICO. La ciudad de México I. Enero 1964/49-50.

   Con su “iluminación por las noches, en que también se daba música hasta las diez; siendo sobre todo digno de admiración ver el innumerable gentío de a pie y a caballo que concurría todas las mañanas a la introducción del ganado, que se conducía con muchos clarines, chirimías, cajas y timbales”.

   Tal circunstancia, que nos habla del bullicio que podía despertar un poder de convocatoria como aquel, deja ver que, a los ojos del cronista, existe toda una visión de condiciones gozosas, disfrutables lo mismo a pie que a caballo, sin faltar las músicas, e incluso contar con la oportunidad, sobre todo de aquellos desvelados, de observar la difícil y complicada maniobra de la introducción del ganado, mismo que arribaba a los corrales de la plaza en medio de muchos clarines, chirimías, cajas y timbales, lo cual es indicativo de aspectos relacionados con el sello distintivo que adquirían tales espectáculos, pero también la forma en que se practicaba aquella movilización, tan riesgosa para la comunidad como para los curiosos y más de algún adorador de Baco, de esos que nunca faltan…

   Pero tampoco faltaron aquellos que cuestionaron tales expresiones como un auténtico relajamiento de las costumbres, y hasta lo regularon, evitando con ello que, al amparo de la noche o de las sombras, se cometieran abusos de toda índole.

   Finalmente, con aquella plaza iluminada, espectáculo que debe haber tenido su punto de interés muy especial, nos alejamos con objeto de prepararnos para la siguiente jornada, en la que el atractivo será una más de aquellas corridas de toros, las cuales “hiciéronse estas más plausibles por la variedad de diversiones que se interpolaban con las lides (…)”, lo que significa el hecho de que fueron concebidas al amparo de mojigangas y otras amenidades como:

 -Lidia de toros “a muerte” y cuya estructura básica, convencional o tradicional pervivió a pesar del rompimiento con el esquema netamente español, luego de la independencia.

-Montes parnasos,[3] cucañas, coleadero, jaripeos, mojigangas, toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales, representaciones teatrales,[4] hombres montados en zancos, mujeres toreras. Agregado de animales como: liebres, cerdos, perros, burros y hasta la pelea de toros con osos y tigres. Benjamín Flores Hernández nos ofrece un rico panorama al respecto:

 -Lidia de toros en el Coliseo de México, desde 1762

-lidias en el matadero;

-toros que se jugaron en el palenque de gallos;

-correr astados en algunos teatros;

-junto a las comedias de santos, peleas de gallos y corridas de novillos;

-ningún elenco se consideraba completo mientras no contara con un “loco”;

-otros personajes de la brega -estos sí, a los que parece, exclusivos de la Nueva España o cuando menos de América- eran los lazadores;

-cuadrillas de mujeres toreras;

-picar montado en un burro;

-picar a un toro montado en otro toro;

-toros embolados;

-banderillas sui géneris. Por ejemplo, hacia 1815 y con motivo de la restauración del Deseado Fernando VII al trono español anunciaba el cartel que “…al quinto toro se pondrán dos mesas de merienda al medio de la plaza, para que sentados a ellas los toreros, banderilleen a un toro embolado”;

-locos y maromeros;

-asaetamiento de las reses, acoso y muerte por parte de una jauría de perros de presa;

-dominguejos (figuras de tamaño natural que puestas ex profeso en la plaza eran embestidas por el toro. Las dichas figuras recuperaban su posición original gracias al plomo o algún otro material pesado fijo en la base y que permitía el continuo balanceo);

-en los intermedios de las lidias de los toros se ofrecían regatas o, cuando menos, paseos de embarcaciones;

-diversión, no muy frecuente aunque sí muy regocijante, era la de soltar al ruedo varios cerdos que debían ser lazados por ciegos;

-la continua relación de lidia de toros en plazas de gallos;

-galgos perseguidores que podrían dar caza a algunas veloces liebres que previamente se habían soltado por el ruedo;

-persecuciones de venados acosados por perros sabuesos;

-globos aerostáticos;

-luces de artificio;

-monte carnaval, monte parnaso o pirámide;

-la cucaña, largo palo ensebado en cuyo extremo se ponía un importante premio que se llevaba quien pudiese llegar a él.

 Además encontramos hombres montados en zancos, enanos, figuras que representaban sentidos extraños y estrafalarios, de conformidad al motivo con que fueran convocadas las fiestas.


[1] Biblioteca Nacional: R / 1791 / M4UNI: OBRAS de Eloqüencia y poesía (…), 1791., p. 3-5.

[2] Según el Diccionario de la Real Academia Española: Mendicante. Se dice de las religiones que tienen por instituto pedir limosna, y de las que por privilegio gozan de ciertas inmunidades.

[3] Benjamín Flores Hernández. Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces (tesis de licenciatura), p. 101. El llamado monte carnaval, monte parnaso o pirámide, consistente en un armatoste de vigas, a veces ensebadas, en el cual se ponían buen número de objetos de todas clases que habrían de llevarse en premio las personas del público que lograban apoderarse de ellas una vez que la autoridad que presidía el festejo diera la orden de iniciar el asalto.

[4] Armando de María y Campos. Los toros en México en el siglo XIX (1810 a 1863). Dicho libro está plagado de referencias y podemos ver ejemplos como los siguientes:

Los hombres gordos de Europa;

-Los polvos de la madre Celestina;

-La Tarasca;

-El laberinto mexicano;

-El macetón variado;

-Los juegos de Sansón;

-Las Carreras de Grecia (sic);

-Sargento Marcos Bomba, todas ellas mojigangas.

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