SAN HIPÓLITO. 13 DE AGOSTO.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

[PASAJE Nº 32]: SAN HIPÓLITO. 13 DE AGOSTO.

   Hoy, es 13 de agosto de 2014. Día para conmemorar, venerar o recordar al santo patrono de la ciudad de México. Día de encontradas condiciones históricas, pues lo mismo se rememora la capitulación de la ciudad de México-Tenochtitlan, que el triunfo español y sus aliados, con lo que en tal fecha comenzaba un largo periodo para muchos de sumisión, coloniaje y esclavitud. Para otros, de una esperanzadora condición de cambio que devino entre otras cosas mestizaje, el cual, en tres siglos pasó por diversos estados de comportamiento. Ya en el siglo XIX, y superada esa etapa, hubo suficientes condiciones para la emancipación, dolorosa también, pero que dejó como consecuencia, la creación de un nuevo estado-nación que hoy, afortunadamente sigue llamándose México.

    Tomado de mi libro (inédito): “Artemio de Valle-Arizpe y los toros”, México, Centro de Estudios Taurinos de México, A.C., 598 págs. Ils., fots., grabs., facs., este PASAJE N° 32, corresponde a las notas que, previamente fueron recogidas del libro Por la vieja calzada de Tlacopan,[1] en cuyos interiores se encuentra un capítulo dedicado a “San Hipólito”.

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POR LA VIEJA CALZADA DE TLACOPAN

    Al ocuparse de la iglesia del mismo nombre, en donde a partir de 1585 se estableció la orden hospitalaria de los Hermanos de la Caridad de San Hipólito con ese mismo fin, luego de varios malos funcionarios y otras peores temporadas que afectaron su objetivo, siguió con esa noble función. Así, por ejemplo, en 1847 fue Hospital Militar; Hospital Municipal en 1850 y hasta sirvió como escuela de medicina entre 1850 y 1853. Allí se atendían a enfermos, ancianos y locos y poco después, sólo para atender a estos desgraciados. Fue éste el primero que se creó en América para dementes. Duró desde 1566 en que lo fundó el pío Bernardino Álvarez, hasta el año de 1904 en que lo derribaron en su mayor parte…, como apunta A de V-A. En cuanto a la iglesia, ésta se dedicó al santo en cuestión, con motivo y recuerdo del día 13 de agosto, fecha en que se registra la capitulación de la ciudad México-Tenochtitlan. Fue desde el 22 de julio de 1547 que Carlos V mandó que “en aquella iglesia en cada año se hiciese conmemoración de las ánimas de los que allí y en la conquista de la tierra habían muerto”. Alrededor de dicho edificio, pero también de la emblemática fecha, se registraron durante un buen número de años las famosas fiestas del “Pendón”, entre 1528 y 1812. En el libro ahora revisado, existe una amplia reseña que conviene recoger, para luego entre líneas, realizar las anotaciones más convenientes al respecto.

   Dice don Artemio:

 Para recordar a la ciudad la toma del México gentílico se celebraba todos los años, el citado 13 de agosto, una solemne y lucida función que era, a la vez, religiosa y civil. Se mandó que se solemnizara mucho ese día, que hubiera luminarias, se corrieran toros, se jugaran cañas, y que cabalgasen todos los que tuvieran caballo, pena de crecida multa si no lo hacían. Esta ceremonia se llamaba el Paseo del Pendón y la celebraban también en otras ciudades de las Indias, y señaladamente en Lima el día de la Epifanía. El orden que debía guardarse en el paseo fue materia de varias disposiciones reales, con las que se formó una de las Leyes de Indias, la 56, título XV, del libro III. En el Libro Primero del Próximo Evangélico exemplificado en la vida del V. Bernardino Álvarez… compuesto por D. Juan Díaz de Arce, se narra con toda minuciosidad cómo se llevaba a cabo en México. Dice así:

SAN HIPÓLITO_GRABADO

Iglesia de San Hipólito.

    Tiene ya esta fiesta tan gran descaecimiento (1615) como otras muchas cosas insignes que había en México, y aunque uno u otro año, por la diligencia e industria del regidor que saca el estandarte real, se adelanta mucho, en ninguna manera puede llegar a lo que antiguamente, aunque se pudieran nombrar algunos regidores que en esta era han gastado más de ventidós mil pesos en adelantar y celebrar por su parte esta festividad. Mas para que se crea lo que fue cuando se vea lo que es al presente, será bien traer a la memoria algo de la descripción que a lo retórico hizo el P. Fray Diego de Valadés en la parte IV, capítulo 23, de su Retórica Cristiana, que vio en México lo que algunos años después escribió en Roma en Latín, año de 1578. Dice lo siguiente:

    En el año de nuestra redención humana de 1521, el mismo día de S. Hipólito, 13 de Agosto, fue rendida la ciudad de México, y en memoria de esta hazaña feliz y grande victoria, los ciudadanos celebran fiesta y rogativa aniversaria en la cual llevan el pendón con que se ganó la ciudad. Sale esta procesión de la Casa de Cabildo hasta un lucido templo que está fuera de los muros de la ciudad de México, cerca de las huertas, edificado en honra del dicho santo, a donde se está agora edificando un hospital. En aquel día son tantos los espectáculos festivos y los juegos, que no hay cosa que allí llegue (ut nilil supra): juéganse toros, cañas, alcancías, en que hacen entradas y escaramuzas todos los nobles mexicanos: sacan sus libreas y vestidos, que en riqueza y gala son de todo el mundo preciosísimos, así en cuanto son adornos de hombres y mujeres, como en cuanto doseles y toda diferencia de colgaduras y alfombras con que se adornan las casas y calles.[2] Cuanto a lo primero, le tocaba a uno de los regidores cada año sacar el Pendón en nombre del regimiento y ciudad, a cuyo cargo está el disponer las cosas. Este alférez real va en medio del virrey, que lleva la diestra, y del presidente que va a la mano siniestra. Van por su orden los oidores, regidores y alguaciles, y casi todos los nobles y hombres buenos. Va el alférez armado de punta en blanco y su caballo a guisa de guerra, con armas resplandecientes. Todo este acompañamiento de caballería, ostentando a lo primoroso de sus riquezas y galas costosísimas, llega a S. Hipólito, donde el Arzobispo y su cabildo con preciosos ornamentos empieza las vísperas y las prosiguen los cantores en canto de órgano, con trompetas, chirimías, sacabuches y todo género de instrumentos de música.[3] Acabadas, se vuelve, en la forma que vino, el acompañamiento de la ciudad, y dejando el virrey en su palacio, se deja el Pendón en la Casa de Cabildo. Van a dejar al alférez a su casa, en la cual los del acompañamiento son abundante y exquisitamente servidos de conservas, colaciones, y de los exquisitos regalos de la tierra, abundantísima de comidas y bebidas, cada uno a su voluntad. El día siguiente, con el orden de la víspera, vuelve el acompañamiento y caballería a la dicha iglesia, donde el arzobispo mexicano celebra de pontifical la misa. Allí se predica el sermón y oración laudatoria con que se exhorta al pueblo cristiano a dar gracias a Dios, pues en aquel lugar donde murieron mil españoles, ubi millia virorum decubuere, donde fue tanta sangre derramada, allí quiso dar la victoria. Vuelve el Pendón y caballería, como la víspera antecedente. Y en casa del alférez se quedan a comer los caballeros que quieren. Y todo el día se festeja con banquetes, toros y otros entretenimientos.” Hasta aquí Valadés.

   En la víspera y día de San Hipólito se adornaba las calles y plazas desde el palacio hasta San Hipólito, por la calle de Tacuba para la ida, y por las calles de San Francisco (ahora Avenida Madero), para la vuelta, de arcos triunfales de ramos y flores, muchos sencillos y muchos con tablados y capiteles con altares e imágenes, capillas de cantores y ministriles. Sacábanse a las ventanas las más vistosas, ricas y majestuosas colgaduras, asomándose a ellas las nobles matronas, rica y exquisitamente aderezadas. Para el paseo, la nobleza y caballería sacaba hermosísimos caballos, bien impuestos y costosísimamente enjaezados: entre los más lozanos (que entonces no por centenares, sí por millares de pesos se apreciaban) salían otros no menos vistosos, aunque por lo acecinado pudieran ser osamenta y desecho de las aves, aunque se sustentaban a fuerza de industria contra naturaleza, que comían de la real caja sueldos reales por conquistadores, cuyos dueños, por salir aquel día aventajados (por retener el uso del Pendón antiguo) sacaban también sus armas, tanto más reverendas por viejas y abolladas, que pudieran ser por nuevas, bien forjadas y resplandecientes. Ostentaban multitud de lacayos, galas y libreas. Clarines, chirimías y trompetas endulzaban el aire. El repique de todas las campanas de las iglesias, que seguían las de la Catedral, hacían regocijo y concertada armonía.

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Relatos e historias en México. Año VI, N° 64, enero, 2014, p. 19

    Como esa solemnidad –dice García Icazbalceta en una de las notas que pone al Diálogo Tercero de Cervantes de Salazar-, se verificaba en lo más fuerte de la estación de lluvias, sucedía a veces que la comitiva, sorprendida por el agua, se refugiaba en los primeros zaguanes que encontraba abiertos, hasta que pasada la tormenta, continuaba su camino. Sabido por el rey, despachó una cédula en términos muy apremiantes, prohibiendo que tal cosa se hiciera, sino que a pesar de la lluvia continuase adelante la procesión, y así se cumplió.

   Por ser muy grandes los gastos que la fiesta ocasionaba al regidor encargado de llevar el pendón, el Ayuntamiento le ayudaba con tres mil pesos de sus propios. Así y todo, se negaban los regidores a sacar el pendón real. No se sabe por qué era esa formal resistencia al ejercicio de un acto honroso para la persona en quien recaía.[4] Andando el tiempo vino muy a menos el brillo de esta conmemoración anual de la Conquista, tanto, que en 1745 el virrey, don Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, por orden de la Corte, hubo de imponer una multa de quinientos pesos a todo caballero que siendo convidado dejase de concurrir sin causa justa. La ceremonia, que en sus principios fue muy lucida, con esmerada suntuosidad, vino después a ser ridícula, cuando el paseo se hacía ya en coches y no a caballo, y el pendón iba asomado por una de las portezuelas del carruaje del virrey.

   Los indios asumieron siempre una actitud altiva y digna durante el desfile de la brillante comitiva; no se veía a ninguno en las calles por donde pasaba, pues era recordarles la conquista que los sojuzgó, con sus matanzas y demás horrores.[5] El primer Paseo del Pendón se efectuó con inusitado boato en agosto de 1528; fue abolido por las Cortes españolas el 7 de enero de 1812 y de esa fecha en adelante siguieron asistiendo a San Hipólito el virrey, la Real Audiencia y las demás autoridades como a cualquiera otra función de tabla[6] y así hasta la Independencia en que, como era natural, terminó del todo esa simbólica y aparatosa solemnidad.[7]

    Para el espectáculo de los toros, dicha fiesta tuvo un especial significado. Celebrada año con año, desde 1528 y hasta 1812 en que fue abolida, la fiesta del santo patrono de la ciudad, misma que bajo la organización correspondiente de parte de los diputados de fiestas, y con la colaboración de la iglesia, los diferentes gremios, a saber: Arquitectos, Escueleros, cereros y confiteros, curtidores, tiradores de oro y plata, cobreros, tosineros, coleteros, gamuseros, loseros, entalladores, pasteleros, cerrajeros, sastres, toneleros, herreros, sombrereros, armeros, sayaleros, zapateros, pasamaneros, bordadores, sederos y gorreros; silleros, tenderos de pulpa, carpinteros, organistas, beleros, guanteros, algodoneros, figoneros, carroceros, herradores, tintoreros, fundidores, obrajeros, mesilleros, cajoncillos, surradores y un largo etcétera más, así como por el pueblo, se convirtió en una de las fiestas de mayor ámpula durante todo ese tiempo. Por supuesto, y en la mayoría de los casos, estuvieron presentes los festejos taurinos.

   Finalmente, y en términos de incluir alguna evidencia poética de la época, aparece por aquí el presbítero Arias de Villalobos, con su obra Del Mercurio (Moctezuma y Cortés), escrita y publicada hacia…

 1621

 Canción a San Hipólito, patrón de la ciudad de México.

(. . . . . . . . . .)

Asómbrase de ver las espingardas[8]

que los hijos del Sol disparan luego,

y las corvetas[9] fuertes y gallardas

que el jinete andaluz brinca entre el fuego;

en bridones de armar, sillas bastardas,

mirando al español, que de tan ciego

que piensa que es –temblando de mirallo-

centauro el caballero y el caballo.[10]

    Respecto a la Gloria de San Hipólito y de Cortés, obra del mismo Villalobos, la narración de la conquista, coronada el 13 de agosto de 1521, la clausuran triunfales aclamaciones a este patrón de la ciudad a su maestro San Lorenzo y al extremeño extremo, el discutidísimo Hernán Cortés.

 1621

 Gloria de San Hipólito y de Cortés.

 Entra Hipólito Santo, en Nueva España

y planta aquí la fe que recibiste;

que si a ti te la dio el hijo de España,

a los hijos de España la volviste.

Aquí tu capitán en nombre tuyo

abriéndole a la iglesia un paraíso.

Esposa le dio a Cristo y miembro suyo

hizo un miembro infernal, del cielo abciso;

aquí la que por dueño y propio cuyo

tuvo a Baal, por firma y compromiso,

ahora se sujeta al fuero y leyes

de un Dios de dioses y de un Rey de reyes.[11]

    De las octavas del presbítero Arias de Villalobos, encontramos posibles reminiscencias como de espuma argenta o (aunque pudiera venir de Quevedo), el Toro de Europa, estrellas escarbando en vez de barro. Y luego: Poetas, latinos y vulgares, eminentes (y callan cuando escuchan sus cantares –musas del Tormes, músicos de Henares-); sus damas con sus galas y gracias de tañer y cantar, venciendo la beldad y gentileza de Isolda (Baje cabeza aquí la reina Iseo) y sus mozos gallardos en ejercicios de armas y de amores, y tan jinetes que ellos nacer parecen en la silla y el placiente vagar de los que comen, juegan, visten y damean.[12]

      Tales ejemplos de poesía novohispana, provienen de otro libro de mi autoría, también inédito: “Tratado sobre la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI”. México, Centro de Estudios Taurinos de México, A.C., 2009. 1485 p. Ils., fots., p. 42-43.


[1] Artemio de Valle-Arizpe: Por la vieja calzada de Tlacopan.. 2ª ed. México, editorial DIANA, S.A., 1980. 536 p. Ils., fots., retrs., maps.

[2] En el pasaje que Fr. Diego de Valadés menciona sobre las fiestas, llama la atención el que participara sobremanera la nobleza mexicana, representada en jóvenes o señores formados bajo la égida de un rancio estilo en el que la caballería se incorporaba con toda su parafernalia para integrarse a lo que fue jugar toros, cañas, alcancías. Pero también para hacer las entradas y escaramuzas obligadas para tal ocasión, que no era para menos. Significaba todo un arreglo supeditado, de seguro, a las normas establecidas en tratados, ejercicios de la caballería de la jineta, para torear con el rejón, lanza y espada y otras cartillas que deben haber conocido de alguna manera. Ya en su lectura, ya de oídas. Ora por la práctica que vieron en otros protagonistas, ora por la simple razón de la moda impuesta.

[3] Dicha fiesta adquirió, a lo que se ve, una resonancia como pocas en la capital de la Nueva España. La participación de virreyes, arzobispos, cabildo y otros funcionarios de diversa estatura marcaban perfectamente la estratificación que seguían ceremonias como la de la toma de mando del nuevo Virrey en turno, o por noticias de la casa real (con buenos o malos augurios); mismas que originaban movilizaciones sin precedentes y hasta más de alguna discusión; por el hecho de que los personajes aquí citados y otros muchos que se incorporaban a los desfiles y procesiones se sintieran desplazados o no ocuparan el lugar que ciertas normas o la costumbre fueron marcando.

[4] Probablemente encontremos la respuesta en las mismas líneas trazadas por Valle-Arizpe cuando apunta:

Para el paseo, la nobleza y caballería sacaba hermosísimos caballos, bien impuestos y costosísimamente enjaezados: entre los más lozanos (que entonces no por centenares, sí por millares de pesos se apreciaban) salían otros no menos vistosos, aunque por lo acecinado pudieran ser osamenta y desecho de las aves, aunque se sustentaban a fuerza de industria contra naturaleza, que comían de la real caja sueldos reales por conquistadores, cuyos dueños, por salir aquel día aventajados (por retener el uso del Pendón antiguo) sacaban también sus armas, tanto más reverendas por viejas y abolladas, que pudieran ser por nuevas, bien forjadas y resplandecientes.

   Esto quiere decir que, probablemente hayan entrado en conflicto aquellos caballeros que sintiéndose custodios del Pendón antiguo justo en el momento en que este fue sustituido por el Pendón Real, es decir por otra pieza de nueva manufactura, pero utilizada para el mismo fin. La reacción de rechazo debe haber estado, en todo caso en aquella actitud conservadora a ultranza de nobleza y caballería que, siguiendo los viejos procedimientos, y tratando de conservarlos en su más pura integridad, mandaban arreglar sus caballos enjaezándolos en medio de un lujo desmesurado. Y esa nobleza y caballería algo más tenía que ver con el hecho de que al comer “de la real caja sueldos reales por conquistadores…”, mantenían ya una especie de pensión vitalicia, cuando los hechos aquí narrados parten de fuentes del siglo XVII. Es decir, el Libro Primero del Próximo Evangélico exemplificado en la vida del V. Bernardino Álvarez… compuesto por D. Juan Díaz de Arce (1615). Habiendo pasado casi un siglo del hecho consumado y celebrado: la conquista en su día clave, 13 de agosto, tendría que haber entre muchos de los habitantes de la capital de la Nueva España si no viejos conquistadores, sí los hijos o nietos de estos que deben haberse propuesto celebrar tal ocasión en medio de un fervoroso respeto. Y conservar el Pendón antiguo fue, o debe haber sido para ellos el último reducto de un episodio histórico con una fuerte carga de responsabilidad que no se reducía a la sola razón de fiesta. Se conservaba una especie de status quo que, para bien o para mal, y al paso de los años devino indiferencia.

   Por otro lado en: Carlos Rubén Ruiz Medrano: Fiestas y procesiones en el mundo colonial novohispano. Los conflictos de preeminencia y una sátira carnavalesca del siglo XVIII. San Luis Potosí, El Colegio de San Luis, 2001. 54 p., p. 11 nos dice:

   Durante las procesiones, la sociedad colonial era lo más parecido a un régimen de estamentos, y con una clara diferenciación corporativa. Aquí se encuentra la clave para comprender la naturaleza de las fiestas y grandes procesiones: constituían un resabio ideológico y una proclama que pretendía encuadrar la realidad social novohispana en una escala jerárquica inteligible.

   Y esto es todavía más profundo si vamos al hecho de comprender la entraña de esa separación de los estamentos en la infinidad de desfiles, procesiones, festejos y hasta corridas de toros donde la autoridad, fuese esta la que fuese, pretendía ser reconocida en función de su nivel de autoridad.

   Por eso, el propio Ruiz Medrano complementa la observación apuntando:

   Aún así, y paradójicamente, en estos actos no existía un orden rígido preestablecido. No existía un código escrito que prescribiera y sancionara el orden de las misas solemnes, las procesiones, o la asignación de asientos (en corridas de toros), como sí existía en la Península Ibérica. Aquí lo que se encuentra es un ordenamiento flexible y acomodaticio. Esta paradoja obedece a un elemento ya señalado por varios autores: la ausencia de una verdadera tradición nobiliaria, resultado del proceso de estructuración del mundo colonial y de la asimilación –desigual y ambivalente- de los diferentes sectores étnicos y de los flujos masivos de migrantes a Indias. Estos factores hicieron que los habitantes de la Nueva España, que se creían merecedores de prestigio y posición social, ajustaran los esquemas ideales de nobleza y jerarquia a través de otros sutiles definidores sociales, y fuera de un marco jurídico bien establecido; así proliferan mecanismos exteriorizadotes de la posición más ambiguos, como la exhibición ostentosa; y la procesión oficial era uno de los espacios más adecuados para ello (p. 12).

[5] La sola cita sobre los indígenas mueve a una reflexión con una fuerte carga de resistencia por parte de quienes en esas ocasiones no eran exactamente convidados a la celebración, con todo y que para el contexto temporal en que giran estos apuntes (1615), algo de aquel dolor, el dolor y el horror de la derrota deben haberse atenuado. Por naturaleza, cualquier sociedad, sobre todo cuando tiene que convivir con el enemigo es rencorosa. Desconozco que tanta dimensión en tanto “visión de los vencidos” (-León Portilla, dixit-) se pudo registrar no sólo después de la conquista misma. ¿Qué pasó años más tarde, diez, cincuenta, cien o doscientos? ¿El resentimiento fue una herida abierta o cicatrizó? La independencia, con casi tres siglos de distancia y al recordatorio, año tras año del 13 de agosto ¿se convierte en devolución acumulada de rencores? Recordemos que naturales y extranjeros convivieron, y de esa convivencia surgieron infinidad de derivaciones sumadas con la presencia de otras tantas razas. Y en esa convivencia algún grado de conciliación debe haberse dado. No todo era odio. Mucho menos mutuo, pero tampoco perpetuo.

[6] Función de tabla: se les llamaba así por estar consideradas en aquel impresionante contexto de celebraciones novohispanas. Fueron aquellas que, incrustadas en el ámbito cotidiano y por costumbre, consideraron entre otras, a la fiesta barroca concepcionista como celebración política, religiosa y cultural en Nueva España que dogmatizaban su condición.

[7] Valle-Arizpe: Por la vieja calzada de…, op. Cit., p. 185-189.

[8] Espingardas: Antiguo cañón de artillería algo mayor que el falconete y menor que la pieza de batir.

[9] Corvetas: Movimiento que se enseña al caballo, haciéndolo andar con los brazos en el aire.

[10] Alfonso Méndez Plancarte: Poetas novohispanos. Segundo siglo (1621-1721). Parte primera. Estudio, selección y notas de (…). Universidad Nacional Autónoma de México, 1944. LXXVII-191 p. (Biblioteca del Estudiante Universitario, 43)., p. 6.

[11] Op. Cit., p. 11-12.

[12] Ibidem., p. 14-17.

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