Archivo mensual: agosto 2015

PREVENIR EL DESASTRE.

A TORO PASADO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Un texto rescatado más, este corresponde a notas elaboradas hace siete años y que, como muchas otras publicadas en la presente categoría no han perdido actualidad, sobre todo en cuanto al tema que aquí se aborda.

   Escribir de toros en forma cotidiana, empieza a resultar un proceso difícil, en virtud de la escasez de temas, o porque algunos son ya bastante recurrentes. De seguir así, el ambiente mexicano en cuestión de meses, perderá nuevos bastiones…, ¡pero no el último reducto!

   Es aconsejable por lo tanto, que la historia, la antropología, la arqueología, la economía, la sociología y otras ramas del saber humano se intensifiquen para entender al espectáculo taurino desde otras perspectivas. La fuera y presencia de los entornos mediáticos hacen que tengamos una perspectiva unidimensional y efímera. Por eso, los recuerdos pesan terriblemente y contra la nostalgia, nada mejor que buenas dosis de ciencia y reflexión para pasar del escenario unidimensional, al tridimensional.

   Los signos vitales que hoy registra la tauromaquia mexicana nos llevan a prevenir el desastre. Leía hace unos días el texto de presentación que elaboró Alfonso Coronel de Palma Martínez-Agulló, Presidente del Patronato de la Fundación Universitaria San Pablo-CEU para un ciclo de conferencias efectuado en Madrid, y que dieron como resultado el Aula de tauromaquia II, Universidad San Pablo-CEU. Curso académico 2002-2003. Allí, Coronel de Palma, plantea el fin del toreo, como en su momento lo hizo para la historia Francis Fukuyama. Respecto a esto último, dicho proceso se mantiene inalterable, a pesar de la sentencia ilógica que pesa sobre ella. La historia es como el corazón de toda la humanidad, en ella caben todas las acciones y reacciones como resultado del complejo comportamiento registrando segundo a segundo múltiples acontecimientos.

   La ciudad de México, otrora detonante de otras tantas actividades de la provincia, no puede ser en estos momentos el parámetro confiable, cuyos dictados regían la actuación de toreros o novilleros en festejos aislados, en temporadas o ferias que hoy se confeccionan de manera distinta. Los tiempos han cambiado, las circunstancias también. El radio de influencia mediática ha quedado reducido a pequeñas notas aisladas en secciones deportivas de los diarios de gran circulación y sólo las noticias con tintes trágicos, dramáticos o con fuerte carga del tema del corazón, trascienden, por lo que el toreo se convierte en nota roja o de sociales.

   De ahí que el uso conveniente de herramientas de interpretación en compañía de las ciencias de reflexión, o las puras o las complejas, sean el elemento ideal para entender la manera en cómo el toreo ya separado en partes y dispuesto para su análisis, como en una disección, está en condiciones de ser explicado a la luz de sus distintos significados. Ya como arte, ya como expresión de sacrificio. Ora como ese complejo comportamiento no sólo como negocio sin más. También como industria. Ora desde su misteriosa condición relacionada con los ciclos agrícolas, entre otros muchos temas.

   Por eso, no basta verlo convertido en un simple tema de conversación que así como llegó, así se fue. Es preciso que se sumen a la tarea interpretativa los académicos e investigadores en su conjunto. También el público en general que seguramente podría aportar ideas valiosas de suyo. Sin embargo, el conocimiento, la reflexión intensa de múltiples lecturas, han de procurar que se incrementen las tesis, hipótesis o teorías sobre el significado que entraña en los toros no sólo como un espectáculo más entre las diversiones públicas. La problemática de su cocimiento y explicación a cada una de sus aristas, nos conduce a territorios habitados por supuestos con importantes grados de dificultad. Ahí se puede entender el comportamiento de una sociedad antigua, pero también el de la nuestra. Y puede preverse en prospectiva el posible discurso del futuro, junto a su situación que hoy vive en medio de permanentes amenazas.

   El tema de los toros se confronta con las serias críticas que hacen ecologistas y antitaurinos, sectores que han fortalecido sus planteamientos y posturas frente a un debilitado espectáculo, que parece no contar con los suficientes argumentos para explicarse así mismo y ante un conjunto de sociedades que cuestionan su permanencia. Eso por un lado. Pero son los propios taurinos, por el otro, quienes le restan importancia en medio de absurdas polémicas donde los intereses del poder están en la superficie que en las profundidades.

   ¿De qué “taurinos” hablo?

   Desde luego habrá quien en defensa de una pureza en cuanto tal, me reclamen su no participación o protagonismo en estos turbios manejos.

   Como historiador, me preocupa tremendamente la situación actual de una entrañable diversión popular como son las corridas de toros, que lo mismo entretuvieron a personajes del virreinato, el México independiente o este México moderno o postmoderno. Acudiendo al concepto que Octavio Paz propone sobre la postmodernidad, el premio Nobel apunta: “La modernidad ha sido una pasión universal. Desde 1850 ha sido nuestra diosa y nuestro demonio. En los últimos años se ha pretendido exorcizarla y se habla mucho de la “postmodernidad.” ¿Pero qué es la postmodernidad sino una modernidad aún más moderna?

   Y Coronel de Palma, ¿qué nos dice al respecto de tan traída y llevada sentencia que pesa sobre la fiesta de los toros?

   No nos equivoquemos sin embargo; al festejo taurino se le lleva augurando triste fin desde el mismo siglo XVIII, cuando a la desaparición del triunvirato formado por Pedro Romero, Joaquín Rodríguez, Costillares, y José Delgado, Pepe-Hillo, se proclamó la práctica desaparición de la corrida moderna por no haber quién, con la altura, destreza y galanura de los tres grandes diestros, recogiera la antorcha de la lidia y la mostrara engrandecida a la afición anhelante. Más adelante se volvió a presagiar su triste fin a la muerte del que parecía heredero de aquel famoso trío, Curro Guillén. Y más adelante otra vez, cuando resultó fatalmente corneado Francisco Montes Paquiro, dejándole inválido para la lidia, aunque su discípulo José Redondo, el Chiclanero, y su más directo competidor Francisco Arjona, Cúchares, desdijeran a quienes se quejaban con amargura del fin de los toros. Más tarde vinieron las grandes competencias del siglo XIX y con ellas renació la afición y se despejaron los negros y tristes nubarrones vislumbrados por tantos. Pero al desaparecer la última y más importante de ellas, la que enfrentara a Lagartijo y Frascuelo, tras la imposición universal de Rafael Guerra, Guerrita, se retomaron los negros presagios. Volvería una nueva, aunque quizá artificiosa competencia entre Bombita y Machaquito, prólogo del más famoso de los enfrentamientos: el que pondría frente a frente al rey de los lidiadores, heredero de la tauromaquia clásica, elevada al más alto de los niveles posibles, José Gómez Ortega, Joselito, con el más importante de los renovadores del siglo XX, el revolucionario forzado del toreo, el amparo y espejo de la intelectualidad taurómaca de los inicios del pasado siglo, Juan Belmonte. A la muerte del primero, acaecida en Talavera de la Reina en el fatídico 16 de Mayo –qué mes más trágico éste- de 1920, volvieron a ensombrecerse los anuncios y las profecías en torno a un espectáculo que ha sabido sobreponerse a todos ellos, y llegar, pese a sus altibajos y transformaciones, a los albores del siglo XXI.[1]

   “…los anuncios y las profecías” hoy día se modifican por factores de distinta y ajena procedencia a los apuntados aquí por el Presidente del Patronato de la Fundación Universitaria San Pablo-CEU. Tienen que ver con los nuevos síntomas de repudio manifestados por ecologistas y antitaurinos unidos en pequeñas células que poco a poco comienzan a tener efecto debido a los aspectos planteados. No el balde, la declaración de ciudad antitaurina que se le ha designado a Barcelona sea un primer aviso de algo que no podemos perder de vista. El efecto puede cundir sin ninguna consideración en otras plazas y otras ciudades, incluso en otros países. México no es la excepción. Y si hoy día no padecemos de lleno esas amenazas, mañana el escenario podría cambiar radicalmente. Los permanentes enfrentamientos que sostienen empresas y autoridades a las cuales se unen partidarios en uno y otro bando, parecen no tener fin. Mientras tanto, el efecto de esas disputas se da con una baja considerable de festejos, cierre de plazas, retiro de publicidad de grandes empresas, aborto de interesantes prospectos novilleriles que deben someterse a pruebas harto desagradables; pocos festejos con matadores de toros ya no se diga de los de primer nivel, que son de los pocos con oportunidades garantizadas. Para el resto de otros diestros con alternativa, esas opciones están prácticamente canceladas.

   En fin, creo una vez más que es necesario el acercamiento con ramas del saber humano con las que, al menos, tendremos oportunidad de explicarnos la permanencia o no de este espectáculo, por lo menos en nuestro país.

10.08.2004.


[1] Aula de tauromaquia II. Universidad San Pablo-CEU. Curso académico 2002-2003. Madrid, Universidad San Pablo-CEU, Gráficas Alberdi, S.A., 2004. 201 p. Ils., p. 6.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo A TORO PASADO

LOS TOROS, A DEBATE. SEGUNDA Y ÚLTIMA DE DOS.

EDITORIAL 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

II

   Quien se considere taurino, -¡y vaya que el calificativo en estos momentos está adquiriendo una connotación muy especial!-, tendrá que sumarse a las brigadas de defensa que deberán formarse muy pronto, con objeto de atrincherarse y de planear estratégicamente los objetivos para defendernos de los posibles ataques perfectamente trazados por ecologistas y antitaurinos que, aprovechándose de la vulnerabilidad por la que pasa en estos precisos momentos el espectáculo, articulan y preparan un discurso cada vez más convincente.

2

Disponible en internet, agosto 29, 2015 en: http://torear.blogspot.mx/2014/05/larraga-navarra-ano-1950.html

   En estos momentos podríamos cuestionar el desempeño de quienes juegan un papel protagónico, sobre todo en lo administrativo, y en muchos de los casos, a quienes se encargan de su interpretación y difusión mediática. Sin embargo, es otro y más profundo el argumento que se somete a discusión. El cuestionamiento de los opositores va en el sentido de considerar si es lícita la permanencia de una “diversión” donde el maltrato, la barbarie y el lento sufrimiento con el que se causa la muerte del toro, tiene sentido en esta época en la que hemos llegado a ese poco más allá de la postmodernidad,[1] donde el aporte tecnológico avanza con tal rapidez que por esa sola razón convierte muchos de los acontecimientos en episodios efímeros que por tanto no nos sorprenden como ocurría hace poco más de treinta años, cuando el hombre llegó a la luna, por ejemplo.

   El “Yo acuso” planteado por ecologistas y antitaurinos es un discurso falto de elementos de carácter histórico o antropológico, pero sobre todo de esa carga de elementos cuyos sustento es la sola defensa del animal bajo cualquier circunstancia donde por supuesto encuentran motivos más que suficientes en el toreo y sus diversos “métodos de exterminio” para atacar con todo.

GRABADO_MANUEL MANILLA_INVERTIDO

Grabado de Manuel Manilla.

   El pasado mes de abril (del ya lejano 2004), Barcelona fue declarada ciudad antitaurina. Por tal motivo, en sendos artículos publicados por aquel entonces en EL PAÍS aparece la postura de dos filósofos: Víctor Gómez Pín y Jesús Mosterín. Por su importancia, parece conveniente la reproducción de una y otra para luego hacer algunos balances acompañados por el posicionamiento del reconocido periodista José Carlos Arévalo y los de este servidor.

EL PAÍS, domingo 25 de abril de 2004.                       DEBATE        OPINIÓN/13

¿Abolir las corridas de toros?

La declaración de Barcelona como ciudad antitaurina, aprobada por mayoría en un reciente pleno municipal, ha reactivado la polémica entre partidarios y detractores de las corridas de toros, desatando encontrados pronunciamientos sobre la fiesta. Aunque esta declaración municipal, propuesta por varias entidades de defensa de los animales, no tiene efecto legal, el Gobierno catalán –que tiene competencias en el asunto- creará una comisión para estudiar y decidir el futuro de las corridas de toros. Aquí se reflejan dos posturas opuestas sobre la cuestión.

   REPUDIO. Víctor Gómez Pín.[2]

   “No estigmatizar ni a los que están en contra ni a los que están a favor, sea cual sea su idioma su origen”. El alcalde Barcelona efectuaba esta declaración tras el pleno del Ayuntamiento que el martes 6 de abril aprobó, en votación secreta, un alegato para convertir a Barcelona en ciudad antitaurina. No está, desde luego, el señor alcalde a favor de que ese sello con hierro candente al que remite la palabra estigma se imprima, como marca de infamia, ni siquiera en las almas de aquellos que por “su idioma o su origen” serían mayormente susceptibles de abrigar vergonzosos sentimientos de empatía con lo que significa la fiesta de los toros.

   Con sus palabras el alcalde alude obviamente a los protagonistas de aquella penuria que, en los años de la tiniebla franquista, forzó al exilio a miles de hijos de la España olvidada. No ignora el señor Clos que los mismos fueron entonces víctimas del desdén que, en toda Europa, las sociedades fabriles reservaban para los hijos de las sociedades agrarias. Ciertamente, en el caso de Cataluña, tal disparidad era canallescamente manipulada por la política franquista que aspiraba cínicamente a que una multiplicación de castellanohablantes disminuyera objetivamente las posibilidades de que la lengua y la cultura catalanas recuperaran la presencia social que se les había arrancado. En consecuencia, aquella generación de los llamados (a veces con exceso de retórica) “altres catalans” fue en ocasiones tachada a la vez de indigente y de opresora; infamia que difícilmente puede no haber sellado sus mentes e incluso la de sus hijos.

   Hoy, aquellos inmigrantes son parte incuestionada del tejido social y cultural de Cataluña, y probablemente han apoyado en su mayoría a los partidos constitutivos del llamado Tripartito. La recíproca es, en general, cierta. Pero todos los fantasmas no están cerrados y por ello, al referirse a los valores culturales de unos y otros, hay que hacer uso de un escrupuloso tacto. ¿No quedábamos en que la nueva Cataluña –soberana y eventualmente independiente- se forjaría como crisol integrador de la diversidad de culturas y lenguas de los que en ella habitan? Por ejemplo, una crítica del fenómeno taurino debe hacerse como mínimo a partir de un esfuerzo por comprender las razones subyacentes por las que, desde la Camarga francesa a los Andes, millones de personas (obviamente no todas ellas sádicas, alienadas o admiradoras de la más rancia concepción de lo “hispano”) consideran a la tauromaquia como expresión de una exigencia vital con connotaciones artísticas. En suma: aproximación antropológica y no mera proyección de prejuicios.

   Es poco discutible que los animales están dotados “de sensibilidad psíquica además de física” y en ello se basan las leyes de protección animal. No obstante, la cuestión de determinar si la noción de derechos es aplicable a seres a los que se considera exentos de obligaciones es mucho más peliaguda y no está en absoluto elucidada, ni científica ni filosóficamente, de ahí la prudencia habitual de los juristas al respecto. No obstante, Imma Mayol (hablando, no en nombre propio sino de Iniciativa per Catalunya, partido heredero de lo que el franquismo fue la izquierda más consecuente) cree tener autoridad para considerar que la cuestión sí está resuelta y declara tras el plano: “Se debe revisar la cultura que va contra los derechos de los animales”.

   Pues bien, otorguemos por un momento que Imma Mayol no expresa un prejuicio sino una convicción científica y filosóficamente asentada, ¿están los ediles barceloneses dispuestos a ser consecuentes con tal postulado? Obviamente no, entre otras cosas porque la generalización de tal actitud consecuente situaría a la especie humana en una contradicción entre eticidad y exigencia de supervivencia: ningún ser al que se considere sujeto de derecho ha de ser vejado, pero desde luego aún es menos ético zampárselo, salvo quizás en caso de necesidad imperiosa, que no puede argüir el que para acompañar una copa de cava exige una ostra viva.

   Si la flexibilidad de posiciones respecto al problema es obligada norma, ¿de dónde viene este rigorismo tratándose de la tauromaquia? Parece obvio que la empatía con los animales es aquí más bien pretexto para un ajuste de cuentas de otro orden. Y no se trata tanto de abolir la fiesta de los toros en Barcelona (apuesto a que no se dará objetivamente ese paso que supondría un coste político real) como de elevar la propia imagen de los ediles, posicionándose (¡a precio nulo!) contra un espectáculo en el que a su juicio sólo se reconocería un sector ciudadano minoritario y en declive.

   Por desgracia para los taurinos, la moción fue rechazada por un edil del Partido Popular con el extravagante argumento siguiente: “Nuestra fiesta es denigrada por culturas opresoras, por el imperialismo germano y anglosajón”. ¿Se refería el señor Basso a ese mismo imperialismo anglosajón que su partido apoyó fervientemente en la carnicería de Irak? Sus rivales bienpensantes se sintieron seguramente reconfortados por estas palabras que sirven objetivamente su intento de reducir la tauromaquia a expresión violenta de una patriotería delirantemente castiza.

   Pues bien: esta reducción es simplemente injusta, ofensiva y susceptible de generar gratuitamente el sentimiento de ser objeto de repudio, no sólo en una fracción de la población catalana, sino también en la de espacios geográficos muy próximos tanto afectiva como cultural y lingüísticamente. Piénsese que la vecina Valencia, tan reivindicada por los partidarios de la pancatalinidad, es quizás el lugar del mundo con mayor apego de la población a la fiesta de los toros. ¿Creen realmente nuestros ediles barceloneses que no se les hiere identificando tal fiesta a un ritual de antropófagos que encubrirían sus infrahumanas prácticas bajo el rimbombante título de arte? Y respecto a las urgencias de Cataluña: ¿era realmente oportuno el reavivar tales fantasmas?; ¿es realmente la fiesta de los toros lo que amenaza la integridad social y cultural de Cataluña, hasta el punto de lapidar simbólicamente a la minoría que reconoce en ella un patrimonio propio?; ¿era, en suma, necesaria esta ofensa?

LA VERÓNICA

Fotograma de “La vie et la passion de Jésus Christi” (1905). Disponible en internet agosto 29, 2015 en:https://cinessilentemexicano.wordpress.com/tag/carlos-mongrand/

LA TORTURA COMO ESPECTÁCULO. Jesús Mosterín.[3]

   Nada repugna tanto al sentido moral como la tortura, el dolor atroz infligido de un modo intencional e innecesario. El no ser torturado constituye el único derecho humano al que la declaración de la ONU no reconoce excepciones y el derecho animal que más adhesiones suscita. El hacer de la tortura pública de pacíficos rumiantes un espectáculo de la crueldad, autorizado y presidido por la autoridad gubernativa, es una anomalía moral intolerable.

   Los espectáculos de la crueldad con animales humanos (herejes, brujas, delincuentes) y no humanos (toros, osos, perros, gallos) eran habituales en toda Europa, hasta que la Ilustración acabó con ellos. En la España dieciochesca, mientras los aristócratas abandonaban el alanceamiento de los toros a caballo, sus peones introdujeron la variedad plebeya o a pie del toreo, fomentada luego por Fernando VII, creador de las escuelas taurinas e impulsor de la tauromaquia plebeya o a pie. España había perdido el tren de la Ilustración: “¡Vivan las cadenas!”. En las últimas décadas nuestro país ha progresado mucho, pero hemos sido incapaces de eliminar las bolsas de crueldad que todavía quedan entre nosotros, como el maltrato a las mujeres y la tauromaquia.

   Ante la desidia o complicidad del Gobierno central, los municipios han empezado a tomar la iniciativa de abolir esta anacrónica lacra moral. Algunos ayuntamientos, como el de Tossa de Mar o el de Colsada, ya se habían declarado antitaurinos. El 5 de abril el Ayuntamiento de Barcelona se ha manifestado oficialmente en contra de la continuación de las corridas de toros, asumiendo así un papel de vanguardia espiritual y de servicio a los valores universales. Ojalá la Generalitat de Cataluña, que es la que tiene competencia para ello, se decida a prohibir las corridas, como desean la mayoría de los catalanes. Desde luego, nos haría un gran favor a todos los españoles, ayudándonos a superar de una vez la sórdida herencia de la España negra.

image19

   Son partidario de la máxima libertad en todas las interacciones voluntarias (comerciales, lingüísticas, sexuales, etcétera) entre ciudadanos. Soy contrario a todo prohibicionismo, excepto en los casos extremos, como la violación de niños o la tortura de animales. Pero es que las corridas de toros son un caso extremo. Por muy liberales que seamos, si no tenemos completamente embotada nuestra sensibilidad moral y nuestra capacidad de compasión, tenemos que exigir el final de esta salvajada.

   No existe argumento alguno para mantener las corridas de toros. En su defensa se alternan las chorradas ampulosas (como que el hombre necesita torturar al toro para autoafirmarse como hombre, y supongo que necesita maltratar a la mujer y apalear al inmigrante para autoafirmarse como macho y como patriota) con la crasa apelación al interés de los toreros, que necesitan ganarse la vida. También el atracador de la sucursal bancaria de Alicante recientemente pedía comprensión, pues era atracador de oficio y atracar era su manera de ganarse la vida.

   Además de su cursilería estética y de su abyección moral, toda la huera y relamida retórica taurina se basa en una sarta de mitos y falsedades incompatibles con la ciencia más elemental. No, el toro de lidia no constituye una especie aparte, sino que pertenece a la misma especie y subespecie (Bos primigenius taurus –sic-) que el resto de los toros, bueyes y vacas, aunque no haya sido sometido a los extremos de selección artificial que han sufrido las vacas lecheras, por lo que conserva un aspecto relativamente parecido al del toro salvaje. Convendría que la abolición de la tauromaquia fuese acompañada de la creación de un gran Parque Nacional de las Dehesas en Extremadura, que incluyera manadas de toros en libertad.

   Sí, el toro sí sufre. Tiene un sistema límbico muy parecido al nuestro y segrega los mismos neurotransmisores que nosotros cuando se le causa dolor. No, el llamado toro bravo no es bravo, no es una fiera agresiva, sino un apacible rumiante, más proclive a la huida que al ataque. Dos no pelean si uno no quiere, y el toro nunca quiere pelear. Como la corrida de toros es un simulacro de combate y los toros no quieren combatir, el espectáculo taurino resultaría imposible, a no ser por toda la panoplia de torturas (los golpes previos en riñones y testículos, el doble arpón de la divisa al salir al ruedo, la tremenda garrocha del picador, las banderillas sobre las heridas que manan sangre a borbotones) a las que se somete al pacífico bovino, a fin de irritarlo, lacerarlo y volverlo loco de dolor, a ver si de una vez se decide a pelear. A pesar de los terribles puyazos, con frecuencia el toro se queda quieto y “no cumple” con las expectativas del público. Antes como “castigo” se le ponían banderillas de fuego, es decir, cartuchos de pólvora y petardos, que estallaban en su interior, quemándole las carnes y exasperando aún más su dolor, a ver si así se decidía a embestir. Más tarde las banderillas de fuego fueron suprimidas, sobre todo para no horrorizar a los turistas, a los que se suponía una sensibilidad menos embotada que a los encallecidos aficionados hispanos. De todos modos, el actual reglamento taurino prevé que sigan empleándose banderillas negras o de “castigo” con arpones todavía más lacerantes para castigar aún más al pobre bovino, “culpable” de mansedumbre y de no simular ser el animal feroz que no es.

   En cuanto a la opinión de José Carlos Arévalo, apunta en su Editorial:

Un profesor pintoresco.

Todo aficionado sabe que torear es, en términos técnicos, recibir la embestida, fijarla y conducirla, y que, dramáticamente, al torear, el torero asume toda la violencia del toro. Esa violencia, de la que es actor un ser cuya identidad taurómaca consiste en emitir peligro, en poner al hombre en peligro, al semejante con el cual se identifican los humanos presentes en la plaza, hace francamente difícil admitir que la lidia del toro sea un acto de tortura, como afirma el profesor de filosofía Jesús Mosterín en un artículo publicado en el diario El País el domingo 25 de abril.

   La tortura exige una víctima pasiva, receptora indefensa de la violencia, lo que confiere a quien la practica o la contempla una actitud repugnante: la crueldad. Pero la práctica o contemplación del toreo no depara, ni por asomo, tan deleznable sentimiento. Todo lo contrario. La lidia impone a los contendientes una permuta identitaria: que el verdugo, por eso llamado matador, asuma el papel de la víctima, haciéndose receptor de toda la violencia del toro, mientras que éste asume a lo largo de toda la lidia ese papel de verdugo. No hay suerte ni lance realizado por el torero que se pueda ejecutar impunemente, que no exija al hombre el precio del peligro, siendo la suerte de matar la que más riesgo entraña de cuantas el torero practica.

J.C.OROZCO_TIRANDO DEL TORO

“Tirando del toro”. Tinta de José Clemente Orozco. Col. del autor.

   La crueldad no es un sentimiento que sirva para definir el toreo. Sencillamente, el hombre es incapaz de sentirla mientras está embargado por otra sensación más honda, la del miedo provocado por la situación de peligro en que incurre mientras torea, o, en el caso del espectador, mientras se identifica con su semejante, inmerso en la cerrada situación de peligro impuesta por el toreo. Un profesor de filosofía debería ser más riguroso al manejar lo que las palabras significan. A la fiesta de toros sí puede definirla otro vocablo, cuya valoración no siempre es descalificadora: la violencia. En efecto, la violencia puede ser mala, necesaria, buena, incluso amoral. Mala violencia es la del asesino, necesaria la del cirujano, amoral, ni buena ni mala, al margen de la ley humana, la del animal que ataca. Eso lo sabe quien toreo o quien degusta el toreo. Nadie juzga culpable al toro que hiere o mata al torero, como nadie acusa a la naturaleza por un terremoto, y por eso, en su día, Voltaire escribió una carta a Dios, y no a la Madre Naturaleza, reprochándole el terremoto de Lisboa. Pero la contemplación de la violencia tampoco es el polo que vertebra la afición a la lidia de toros. Es más, podemos afirmar que todo lo contrario. Pues cuando la violencia se hace presente, con la entrada del toro en el ruedo, el objeto del toreo estriba en saber dominarla, acompasarla a las órdenes del toro, someterla a la ley, a cánones de belleza; de ahí que los aficionados cataloguen el toreo como un arte.

   Esa violencia, que en el toro se manifiesta como expresión de pura naturaleza, Jesús Mosterín dice que no es propia del toro bravo. Más aún, afirma que “el llamado toro bravo no es bravo, no es una fiera agresiva, sino un apacible rumiante, más proclive a la huida que al ataque. Dos no pelean si uno no quiere, y el toro nunca quiere pelear. Como la corrida de toros es un simulacro de combate y los toros no quieren combatir, el espectáculo taurino resultaría imposible, a no ser por toda la panoplia de torturas (los golpes previos en riñones y testículos o clavarle la divisa.

   Resulta pasmoso que un “intelectual” se permita mentir para dar fuerza a sus argumentos, en el caso de los golpes a riñones y testículos, o que la implantación de una divisa, algo mucho menos doloroso que el herraje de reses, lo considere como tortura.

   Me extraña sin embargo que el antitaurino profesor no se haya detenido en el trabajo genético de los ganaderos, acusándolos de diabólica manipulación, pues han sido capaces de transformar la agresividad intrínseca del toro ibérico en brava embestida. Tal vez temería el argumento, porque podría compararse a la manipulación genética que dio lugar al caballo de carreras, hallazgo que no niega el hecho de que todos los caballos corran.

   La verdad es que los toros de Iberia embisten y por eso al habitante de la Península se le ocurrió torearlos. Luego los seleccionó para que embistieran mejor. Lo hicieron los más bravos. O sea, los que se crecían al castigo y embestían al toreo. Como estas cosas no deben interesarle, afirma el profesor Mosterín que el toro sufre, pues tiene un sistema límbico parecido al nuestro y genera los mismos neurotransmisores que nosotros cuando se le causa dolor. Pero no dice que el hiperexcitable sistema nervioso del toro le inhibe considerablemente del dolor, generando sustancias endorfinas que le anestesian, que neutralizan su instinto de muerte, al contrario que en los mataderos industriales, y que, en todo aso, dicho dolor no es suficiente para desmovilizar su combate. Sería interesante que los zoólogos estudiaran el carácter psicosomático específico del dolor animal, al menos para que pintorescos profesores de filosofía no lo identificaran con el dolor humano y, de paso, dejaran de decir tantas tonterías.[4]

   Las tres opiniones merecen revisión por separado.

   En primera instancia, el conjunto –a mi parecer- es en cada una de sus posiciones poco consistente. Es cierto, están analizando un acontecimiento reciente, que apenas da para formular unos cuantos párrafos. Pero el hecho que con un pasado rico en argumentos se tienen infinidad de posibilidades para salir en defensa no solo del espectáculo en cuanto tal. También de su peculiar circunstancia ligada con el rito y el sacrificio, dos razones entre muchas que separan del mundo convencional a las corridas de toros, convertidas hoy en tema de discusión y debate.

   En todo caso, los dos profesores, respetables filósofos y cada quien en defensa de posiciones encontradas, han logrado separar –en un primer trabajo quirúrgico- las razones que han despertado a una ciudad como Barcelona con la noticia de que se declara “antitaurina”. Quienes invocan esa conquista, lo hacen en nombre de la “violencia”, de la “barbarie” y otros tantos desacatos cometidos en contra del toro, olvidando que para eso, también hay otros filósofos[5] que han estudiado las calladas raíces y el discreto desarrollo de un espíritu ritual que emerge y trasciende a lo largo de siglos y siglos de andar metido entre los anhelos del hombre primitivo, pero también del que se integró a sociedades mejor establecidas con sus connotaciones de carácter místico que concluyeron en el necesario sacrificio para reforzar los ciclos agrícolas con que se explicaba el feliz o desastroso balance de una cosecha.

   La opinión de mi amigo José Carlos Arévalo es una excelente apreciación proporcionada por un periodista, quizá el más inteligente, centrado y razonado de los que hoy día cuentan con tribuna para manifestar sus reflexiones. Sin embargo, no es la suya, sino un mero reflejo mediático que se reduce a importante señal de focos rojos sobre el destino mediato de la fiesta de toros. Lo que suceda en adelante es tarea de conjunto, de teoría y praxis constantes no solo de aficionados concientes. También de académicos y pensadores que tendrán que realizar un esfuerzo más allá de lo convencional para convencer no sólo a tirios y troyanos. También a esa masa a veces concordante, aunque casi siempre discordante que es la del planeta de los toros. Masa socialmente reducida a sectores aislados o poco afines entre unos y otros.

   Sin embargo, lo que ha escrito Arévalo me parece una opinión justa, como un reactivo necesario a todos los componentes que se vienen moviendo de forma encontrada en este medio que necesita integrarse. Corremos el peligro de convertirnos en ciudadanos poseedores de una extraña inclinación y afecto a los toros como espectáculo dentro de un territorio específico amenazado por la decadencia.

   Por otro lado, los actuales patrones de comportamiento manifestados por la humanidad en su conjunto, están creando con más frecuencia señales y focos rojos, pretendiendo evitar la desforestación de los bosques, la extinción de especies animales terriblemente amenazadas por el hombre. El crecimiento de manchas urbanas, la polución industrial que se concentra en ese hoyo de ozono. Todo ello, al sumarse a otros desequilibrios ecológicos viene alterando el clima a nivel mundial.

   Asuntos de esa naturaleza preocupan a los habitantes de este planeta llamado “Tierra”.


[1] En el discurso pronunciado por Octavio Paz ante la Real Academia Sueca en reconocimiento de haber recibido el Premio Nobel de literatura 1990, afirmaba: “La modernidad ha sido una pasión universal. Desde 1850 ha sido nuestra diosa y nuestro demonio. En los últimos años se ha pretendido exorcizarla y se habla mucho de la “postmodernidad.” ¿Pero qué es la postmodernidad sino una modernidad aún más moderna?

[2] Es catedrático de la Universitat Autónoma de Barcelona y miembro de Iniciativa per Catalunya.

[3] Es profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC.

[4] 6TOROS6, Nº 514, del 4 al 10 de mayo de 2004, p. 3.

[5] Allí están: Ángel Álvarez de Miranda, Francisco J. Flores Arroyuelo y Ramón Grande del Brío, entre otros.

Deja un comentario

Archivado bajo EDITORIALES 2015

LOS TOROS, A DEBATE.

EDITORIAL 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hace unos días se daba a conocer en la prensa cultural la noticia de que este 28 de agosto y hasta finales de septiembre, podrá apreciarse en el museo Franz Mayer la nueva muestra del World Press Photo 2014. En la nota que publicó La Jornada (disponible en internet, agosto 28, 2015 en: http://www.jornada.unam.mx/2015/08/27/cultura/a05n1cul) se incluye una imagen que deja pasmado a cualquiera. Obsérvenla por favor:

WORD PRESS EN EL MAYER_27.08.2015_2

   Apreciamos en toda su dimensión no solo la tortura. También el sufrimiento evidenciado en el rostro de ese chimpancé que aparece encadenado a una bicicleta que de seguro su dueño y domador a la vez obliga a que conduzca. De no ser así, se las tendrá que entender con el acoso y castigo de un látigo que lleva en la mano derecha.

   La atribución de tortura y sufrimiento en el espectáculo taurino incomoda a los que se oponen a esta representación. Nosotros, los taurinos reconocemos que existen estos elementos, mismos que se desarrollan a lo largo de esa puesta en escena. Se trata del sacrificio y muerte de un toro. Evidentemente sacrificio y muerte significan el acto previo a la muerte misma. Y el “acto previo” como tal, es un procedimiento cercano a la cacería más primitiva, la cual se practicaba en tiempos donde el hombre comenzó a domesticar animales y vegetales, e incluso tuvo que desarrollar métodos perfectamente dirigidos a la creación de rituales específicos con los cuales justificó esa intensa representación.

   Ahora bien, me valgo de algunas opiniones que provienen precisamente de un libro que no es de toros. Se trata de la novela El último encuentro[1], escrita por Sándor Márai. La distancia de 41 años hace que se recupere en términos no muy gratos la profunda amistad de tres personajes esenciales, dos militares y una tercera, ausente, pero que influyó en buena medida sobre el destino de aquellos dos jóvenes que construyeron unos lazos entrañables los cuales, por azares del destino se dispersaron misteriosamente. No contaré la historia de un maravilloso trabajo. Los invito a que hagan la gozosa lectura.

   Avanzada esta, encontré varias razones que explican algunos aspectos en los cuales hoy se encuentra muy activa la polémica, más en contra que a favor de los toros, pero que los elementos allí tratados, sirven para justificar muchos de los significados del espectáculo.

   Nos dice Márai que reunidos Konrád y su esposa Kirsztina en Egipto, donde pasaban su luna de miel, fueron alojados en la casa de una familia árabe. En cierto momento, al llegar unas visitas “todos hombres, señores con sus criados” el ambiente de aquel hogar cambió radicalmente.

   Todos nos sentamos alrededor del fuego sin decir palabra. Krisztina era la única mujer entre nosotros. A continuación, trajeron un cordero, un cordero blanco; el anfitrión sacó un cuchillo y lo mató con un movimiento imposible de olvidar… Ese movimiento no se puede aprender; ese movimiento oriental todavía conserva algo del sentido simbólico y religioso del acto de matar, del tiempo en que ese acto significaba una unión con algo esencial, con la víctima. Con ese movimiento levantó su cuchillo Abraham contra Isaac en el momento del sacrificio; con ese movimiento se sacrificaba a los animales en los altares de los templos antiguos, delante de la imagen de los ídolos y deidades; con ese movimiento se cortó también la cabeza a san Juan Bautista… Es un movimiento ancestral. Todos los hombres de Oriente lo llevan en la mano. Quizás el hombre haya nacido con ese movimiento al separarse de aquel ser intermedio que fue, de aquel ser entre animal y hombre… según algunos antropólogos, el hombre nació con la capacidad de doblar el pulgar y así pudo empuñar un arma o una herramienta. Bueno, quizás empezara por el alma, y no por el dedo pulgar, yo no lo puedo saber (afirma Konrád). El hecho es que aquel árabe mató el cordero, y de anciano de capa blanca e inmaculada se convirtió en sacerdote oriental que hace un sacrificio. Sus ojos brillaron, rejuveneció de repente, y se hizo un silencio mortal a su alrededor. Estábamos sentados en torno del fuego, mirando aquel movimiento de matar, el brillo del cuchillo, el cuerpo agonizante del cordero, la sangre que manaba a chorros, y todos teníamos el mismo resplandor en los ojos. Entonces comprendí que aquellos hombres viven todavía cercanos al acto de matar: la sangre es una cosa conocida para ellos, el brillo del cuchillo es un fenómeno tan natural como la sonrisa de una mujer o la lluvia. Aquella noche comprendimos (creo que Krisztina también lo comprendió, porque estaba muy callada en aquellos momentos, se había puesto colorada y luego pálida, respiraba con dificultad y volvió la cabeza hacia un lado, como si estuviera contemplando sin querer una escena apasionada y sensual), comprendimos que en Oriente todavía se conoce el sentido sagrado y simbólico de matar, y también su significado oculto y sensual. Porque todos sonreían, todos aquellos hombres con rostro de piel oscura, de rasgos nobles, todos entreabrían los labios y miraban con una expresión de éxtasis y arrobamiento, como si matar fuera algo cálido, algo bueno, algo parecido a besar. Es extraño, pero en húngaro, estas dos palabras, matanza y besos, ölés y ólelés, son parecidas y tienen la misma raíz…

   Ahora bien, sorprende una afirmación que Konrád, en la pluma de Márai, plantea la visión que me parece no es de rechazo, sino de clara comprensión del hecho presenciado que analiza en estos términos:

   Somos occidentales, o por lo menos llegados hasta aquí e instalados. Para nosotros, matar es una cuestión jurídica y moral, o una cuestión médica, un acto permitido o prohibido, un fenómeno limitado dentro de un sistema definido tanto desde un punto de vista jurídico como moral. Nosotros también matamos, pero lo hacemos de una forma más complicada; matamos según prescribe y permite la ley. Matamos en nombre de elevados ideales y en defensa de preciados bienes, matamos para salvaguardar el orden de la convivencia humana. No se puede matar de otra manera. Somos cristianos, poseemos sentimiento de culpa, hemos sido educados en la cultura occidental. Nuestra historia, antigua y reciente, está llena de matanzas colectivas, pero bajamos la voz y la cabeza, y hablamos de ello con sermones y con reprimendas, no podemos evitarlo, éste es el papel que nos toca desempeñar. Además está la caza y sólo la caza. En las cacerías también respetamos ciertas leyes caballerescas y prácticas, respetamos a los animales salvajes, hasta donde lo exijan las costumbres del lugar, pero la caza sigue siendo un sacrificio, o sea, el vestigio deformado y ritual de un acto religioso ancestral, de un acto primigenio de la era del nacimiento de los humanos. Porque no es verdad que el cazador mate para obtener su presa. Nunca se ha matado solamente por eso, ni siquiera en los tiempos del hombre primitivo, aunque éste se alimentara exclusivamente de lo que cazaba. A la caza la acompañaba siempre un ritual tribal y religioso. El buen cazador era siempre el primer hombre de la tribu, una especie de sacerdote. Claro, todo esto perdió fuerza con el paso del tiempo. Sin embargo, quedaron los rituales, aunque debilitados.

   Finalmente, y para el propósito de esta recomendación que ya se ve, trae bastante sustancia para la reflexión, aparece un importante párrafo que amplía los significados de la caza, como sigue:

Los pájaros se ponen a cantar, un cervatillo corre por el sendero, lejos, a unos trescientos pasos de distancia, y tú te escondes entre los arbustos y pones allí toda tu atención. Has traído el perro, no puede perseguir al venado… el animal se detiene, no ve, no huele nada, porque el viento viene de frente, pero sabe que su final está cerca; levanta la cabeza, vuelve el cuello tierno, su cuerpo se tensa, se mantiene así durante algunos segundos, en una postura magnífica, delante de ti, como paralizado, como el hombre que se queda inmóvil ante su destino, impasible, sabiendo que el destino no es casualidad ni accidente, sino el resultado natural de unos acontecimientos encadenados, imprevisibles y difícilmente inteligibles. En ese instante lamentas no haber traído tu mejor arma de fuego. Tú también te detienes en medio de los arbustos, te paralizas, tú también, el cazador. Sientes en tus manos un temblor ancestral, tan antiguo como el hombre mismo, la disposición para matar, la atracción cargada de prohibiciones, la pasión más fuerte, un impulso que no es ni bueno ni malo, el impulso secreto, el más poderoso de todos; ser más fuerte que el otro, más hábil, ser un maestro, no fallar. Es lo que siente el leopardo cuando se prepara para saltar, la serpiente cuando se yergue entre las rocas, el cóndor cuando desciende de las alturas, y el hombre cuando contempla su presa.

   Hasta aquí con estas consideraciones que permiten un fiel de la balanza para entender cómo, desde una visión ajena, que no necesariamente se acerca a explicar lo soterrado del toreo, nos lo aclara a partir de estos pasajes que a mí me han parecido claves en esta obra para traerlos hasta aquí, ponerlos a la consideración de los lectores para que ustedes también puedan realizar el mismo ejercicio de análisis. No importa si son aficionados a los toros o contrarios a este espectáculo. Me permito sugerir que se trata de poner en práctica algo tan sencillo que se llama “sentido común” de las cosas, para tratar de entender lo que ha sido el papel de la humanidad desde los tiempos más primitivos en el que el hombre, ya consciente de sus actos, con el raciocinio de por medio, comenzó a definir el destino de lo que hoy somos. Y el hombre, enfrentado a sus necesidades tuvo que desarrollar y practicar la caza con el objeto preciso de la “disposición para matar” (“la disposición a la muerte” que decía José Alameda). Por eso tuvo que matar, y no para cometer un acto indebido, sino para materializar el “sentido sagrado y simbólico de matar” –como ocurre entre los hombres de Oriente-, mientras que para el hombre occidental “matar es una cuestión jurídica y moral, o una cuestión médica, un acto permitido o prohibido, un fenómeno limitado dentro de un sistema definido tanto desde un punto de vista jurídico como moral”. Entramos pues en un territorio que otras culturas han cuestionado en uno u otro sentido, lo que ha provocado una polarización o deformación del significado original que ha producido las reacciones encontradas de nuestros días.

   Me parece que la oportuna lectura de Sándor Márai viene en un buen momento para mostrar razones y no desvaríos o simples impulsos pasionales e irracionales que no siempre traen por consecuencia buenos resultados. Es preciso que usted, lector, traslade las circunstancias relatadas en El último encuentro y las deposite en el ámbito taurino. Encontrará semejanzas representativas que no son ajenas al texto de nuestro autor. Enfrentadas dos sociedades, pero también integradas en el devenir que la humanidad ha mostrado en el curso de muchos años, permite entender que el entrecruzamiento cultural habido siglos atrás, nos deja ver el múltiple mestizaje que hoy somos como sociedades modernas. No hacerlo nos condena a vivir ajenos a esa circunstancia.

   Ya entramos por el sendero en el que las partes en el debate tienen que ponerse de acuerdo, evitando lo que cuestiona Fernando Savater en su último libro dedicado a los toros: Tauroética. El autor hispano recalca el hecho de que

   “En cuanto a la retórica sublime que tanto encandila entre quienes están a favor o en contra de la fiesta (“la tauromaquia es la expresión del alma española y por eso nunca podrá ser erradicada de nuestro país”, “las corridas de toros son formas de sadismo colectivo, anticuado y fanático, que disfruta con el sufrimiento de seres inocentes”, así como sus diversas variantes) reconozco que me aburren soberanamente. Me pasa lo mismo que al admirable Monsier Teste de Valéry: “la bêtise n´est pas mon fort”.[2]

CONTINUARÁ.


[1] Sándor Márai: El último encuentro. Barcelona, 2ª edición. Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A., 2010. 187 p. (Letras de Bolsillo, 97), p. 110-114.

[2] Savater: Tauroética…, op. Cit., p. 14-15.

Deja un comentario

Archivado bajo EDITORIALES 2015

LA PROHIBICIÓN TAURINA EN COAHUILA: VENGANZA POLÍTICA.

EDITORIAL 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Una cada vez más incomprendida tauromaquia, se juega el destino en estos tiempos donde la postmodernidad avasallante, se ha posicionado con su natural toque de soberbia. Es como la actitud altanera del joven frente al padre que intenta desplazarlo o hacerlo polvo por el solo hecho de que “quieren comerse el mundo a puñados”. Y así lo está logrando este fenómeno en el que la humanidad toda se ha dejado fascinar –o someter también-, a los dictados de una filosofía neoliberal que pretende ser la que se imponga en forma contundente de aquí en adelante, y hasta que la humanidad misma reaccione o se convenza de sus efectos. En ese sentido, llama la atención como el Estado Islamico, en su afán por imponer un nuevo califato, acaban de difundir imágenes de la destrucción de un monasterio cristiano del siglo V en Siria, bajo el pretexto de que la gente adora a un dios que no es Dios. Es decir, en la medida en que se niega un fundamento esencial como es el pasado, hoy un buen número de componentes de la sociedad lo niega, y pretende irse por la vida sin ese contrapeso. Ya lo decía el eminente historiador Edmundo O´Gorman: “El pasado nos constituye”. Así que sin pasado es imposible comprender aquello que configuró, al paso de siglos o de generaciones, nuestra forma de ser, en lo individual o como sociedad.

   En ese pasado que hoy comienzan a negar, los toros se están convirtiendo en asunto incorrecto. El activismo de grupos que rechazan esta práctica ancestral va a la alza. Entre sus correligionarios ya nadie quiere valorar los profundos significados de un alto valor ritual que luego, con los siglos se encontró en posibilidades de insertarse en el territorio, no solo de la vida cotidiana en infinidad de pueblos, sino en aquellas dinámicas de los usos y costumbres, hasta convertirse en una expresión cargada de elementos técnicos y estéticos, concentrada en lo fundamental en una plaza de toros, espacio abierto donde cada celebración se convierte en un auténtico ritual en el cual se consuma el sacrificio y muerte de un toro. Sacrificio y muerte de un toro, culminación inherente a un antiguo y complejo dilema en el que dos fuerzas, racional e irracional se enfrentan en una representación primitiva de la cacería, condimentada de todos aquellos pasos que permitan alcanzar el profundo desenlace: la muerte del toro.

   En ese sentido, la reciente exploración de Manuel Rivas en el último número de El País semanal (N° 2030, del domingo 23 de agosto de 2015) vuelve a ser la mirada puesta al día sobre “La hora de la verdad”, momento que en lo taurino significa alcanzar la frontera donde la vida y la muerte se enfrentan, hasta resolverlo todo en apenas nada. Pero Rivas, analiza también otra serie de expresiones parataurinas que ya no convergen en el mundo actual. Allí está el reciente escopetazo en Coria, donde el hermoso Guapetón cayó asesinado, lo que ya no significa necesariamente cumplir con un arraigo, con una tradición secular o milenaria, sino que, a los ojos de la modernidad, o la postmodernidad, esto resulta un anacronismo cargado de violencia, como si la postmodernidad misma fuera incapaz de producir o generar violencia. ¿No le bastará con el solo cambio climático, en el que además se suma la depredación humana que está llevando las cosas a extremos verdaderamente riesgosos? Evidentemente, quien va a responder en forma violenta no es el hombre, sino la naturaleza que, aunque sabia, se ha visto controlada o manipulada por el hombre moderno, cuyo pensamiento está orientado hacia un consumismo irracional, alterando los ecosistemas en forma irreversible.

   También, casos tan recientes como el de Coahuila (en México concretamente), donde el Congreso del Estado acaba de prohibir las corridas de toros, se estima que tal medida no fue producto de una valoración o un análisis de fondo, sino por simples razones políticas, en las que para los hermanos Humberto y Rubén Moreira, estos encontraron o se encontraron con la incómoda presencia del empresario Armando Guadiana que denunció la grave deuda del estado durante su gestión entre otros casos de corrupción. Guadiana es empresario y un aficionado taurino reconocido acusado también de actos ilícitos. Sin embargo, habiéndose defendido no han encontrado elementos para su detención o encarcelamiento, lo que orilló a un conflicto entre este personaje y los gobernadores más recientes que llevan el apellido Moreira. Todo parece indicar que la venganza política se consumó arteramente en la persona de Guadiana, a quien además, se le impidió celebrar como a muchos otros ganaderos de la región las labores de tienta en sus ganaderías. Es esta, una clara muestra de hasta dónde puede llegar la imposición de un decreto que pretende controlar la propiedad privada, cuando legalmente esto sería absolutamente imposible, siempre y cuando se viva en un país que ha construido, al paso de los siglos una legislación coherente y convincente.

   Los taurinos estamos frente a un dilema, y es que cada día transcurrido se convierte en una limitante. El tiempo se está consumiendo y tenemos que ser capaces de hacer una defensa cada vez más clara y legítima. Los lugares comunes estorban, y los argumentos insostenibles porque no tienen validez deben evitarse para que sigan descalificándonos, descalificaciones que se fabrican desde esa nueva forma de ser y de pensar que ya no solo es esa postura contestataria, sino que en su plena creencia alcanza el ensoberbecimiento dogmático de imponer ideas y principios frontales capaces de terminar o exterminar con algo que les parece “históricamente” incorrecto.

   Apenas el 10 de agosto pasado, circulaba una nueva arenga, impulsada por la Asociación Internacional de Tauromaquia, donde el imperativo es continuar con la lucha y defensa de la tauromaquia. Recalcan que

    Lo primero que tenemos que tener presente es que estamos enfrentando un enemigo trasnacional con aliados en cada uno de nuestros países taurinos, que está haciendo uso de las nuevas tecnologías de la información, gastando cuantiosos recursos financieros que provienen de países desarrollados, con intereses tan difusos como perversos, para tratar de vaciar de contenido una parte de nuestra cultura iberoamericana.

   Los aficionados ya tienen demostrado su aporte y solidaridad, con la asistencia a las plazas y con el trabajo en defensa de la Tauromaquia. Por tal razón, los estamentos profesionales del sector taurino deben considerar seriamente invertir en la defensa de la Fiesta de los Toros, máxime cuando son ellos los que obtienen sustento a través de ella.

   El descuido de los estamentos al no actuar en este preciso momento, hará que lo que tengan que asumir económicamente en un futuro pueda ser aún más costoso por no poder desarrollar con libertad su actividad económica. Una cosa es defender la Fiesta celebrándose corridas y festejos con flujo de caja, y otra muy distinta será defenderla en una situación de prohibición.

   Tampoco excluimos de esta responsabilidad a los poderes públicos, que le es atribuida tanto por la Constitución como por la ley.

   Queda poco tiempo para escoger: El camino de la vergüenza, o el de levantarnos con indignación y sacar esto adelante.

   Esa última advertencia, la de que “Queda poco tiempo para escoger” la entendemos como el momento en que culminarán todos aquellos esfuerzos encaminados a buscar, por parte de la UNESCO el reconocimiento que sobre este legado pueda otorgarse o no para considerar a la tauromaquia como un patrimonio cultural inmaterial y cultural de la humanidad, lo que no es poca cosa, se los aseguro.

 23 de agosto de 2015.

Deja un comentario

Archivado bajo EDITORIALES 2015

APRECIACIONES A LA OBRA DE DOMINGO IBARRA: HISTORIA DEL TOREO EN MÉXICO (IX, SEGUNDA PARTE).

RECOMENDACIONES y LITERATURA. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

IX

   Como puede observarse, además de lo ya apuntado por la prensa, las observaciones complementarias de Ibarra, nos dejan con la idea de que asistió al festejo, pues incluye datos nos proporcionados por aquel sector noticioso. Una abierta crítica o censura fluyen permanentemente en diversos párrafos de su trabajo, y esto en alguna medida pudo convertirse en el mensaje de un aficionado pensante en desacuerdo permanente con aquellos pasajes cargados de violencia dentro o fuera de la plaza. Nuestro autor, como buena parte de la prensa, nos deja ver en el fondo una reacción abiertamente rebelde por parte de amplios sectores populares, los que antes de la derogación desataban tremendas broncas, como la que apenas había ocurrido el 20 de marzo anterior en la plaza de Tlalnepantla así como otros célebres escándalos en el Huisachal, por ejemplo. El orden público era insuficiente para controlar aquellos conatos de violencia, mismos que como telón de fondo, eran cuestionados por la prensa, pues tal comportamiento mostraba una abierta provocación hacia la policía o la soldadesca que eran enviados para intentar poner orden a la situación. Debe agregarse que otros detonantes en aquellos momentos eran los del acentuado patriotismo ¿o patrioterismo? que se demostraba en elogiosa actitud hacia Ponciano Díaz, representante de lo nacional, ídolo que forjó su constante presencia en las plazas, así como una leyenda que fue tejiéndose de boca en boca, hasta el punto de compararlo con la virgen de Guadalupe. De igual forma, no podemos olvidar que la gran mayoría de las plazas eran construcciones a base de madera, lo que las convertía en blanco de desmantelamiento o de incendio en forma muy rápida, de ahí que varias de ellas terminaran destruidas bajo el efecto de una bronca o levantamiento popular causado por el mal ganado o la pésima actuación de este o aquel torero, sobre todo si eran de origen español. Otro factor que no podemos olvidar es esa presencia masiva de toreros españoles que afirmaron un capítulo que he denominado como de la “reconquista vestida de luces”. A continuación detallaré ese capítulo especial.

   Treinta y cuatro años, salvo el periodo del General Manuel González (del 1º de diciembre de 1880 al 30 de noviembre de 1884), se identifican en la historia de México, entre dos siglos, el XIX y el XX como el Porfiriato, régimen que pasó del “orden y progreso” a la dictadura. Régimen que liquida la revuelta lerdista y que, en su acumulación de aciertos y desaciertos generó o alentó la difícil condición del movimiento armado que se desató en noviembre de 1910, provocando la dimisión del General Porfirio Díaz en mayo de 1911.

   Ese tercio de siglo representó para la sociedad mexicana un significativo avance, eso es innegable. El porfiriato, luego de la “restauración de la república” fue un periodo de relativa tranquilidad, en el que diversos sueños se tornaron terrenables, aunque otros tuvieron que frustrarse o modificarse para encontrar una justa adecuación en el escenario de los hechos nacionales. A tantos años de distancia, el sentido común y un juicio imparcial hacia los hechos que en él ocurrieron, es y será tarea de historiadores que hagan valer su presencia hasta encontrar el justo equilibrio de todos los actos, y un balance razonado que sirva para evitar, de aquí en adelante el argumento oficial u oficioso en el que suelen caer con frecuencia, periodos de tamaña relevancia de la historia de nuestra nación. Ya sabemos que la revisión de héroes o antihéroes como balanza maniquea es una muy buena herramienta. Pero a ello falta la tarea desmitificadora que nos deje acercarnos aún más a esos personajes de carne, hueso y espíritu que, entre aciertos y errores decidieron la vida del país en el momento tan peculiar donde nos hemos detenido para explorar a pie, con los ojos bien abiertos, y la mente clara y lúcida, los muchos acontecimientos del porfiriato.

   Diversos personajes de alto calado como presidentes de la república se acercaban a la fiesta para servirse de ella como un vehículo de propaganda o hasta como termómetro social. Allí está el caso evidente de, por lo menos quince ocasiones en que Antonio López de Santa Anna, asistió a los toros bajo la investidura de S.A.S. O los casos de Ignacio Comonfort, Félix Zuloaga, Benito Juárez, Luis G. Osollo, Juan N. Almonte y Leonardo Márquez; Maximiliano I y, desde luego Porfirio Díaz, que también van a las plazas. Y aunque extraordinario de suyo, esto era un hecho cotidiano. Sin embargo, al decretarse la Ley de Dotación… las corridas de toros fueron prohibidas en el Distrito Federal y en el año de 1867 porque no se cumplió con su art. 87, mismo que pedía se regulara el pago de impuestos, cosa que no cubrió el empresario. Los casi veinte años de ayuno taurino en la capital del país no se convirtieron en un daño irreversible para la fiesta. Más bien se introdujeron a un periodo de reposo que mantuvo la provincia mexicana, sitio a donde la fiesta encontró refugio y también continuidad, aunque esta no tuviera el ritmo que se dio en el centro neurálgico de la nación. La provincia fue un espacio importante para el desarrollo cíclico, mas no evolutivo de este fascinante espectáculo, donde se crearon feudos o monopolios territoriales donde tal o cual capitán de gladiadores o tauromáquico capitán tenía controlado esos dominios, impidiendo el ingreso de otros, a menos que fuera bajo ciertas condiciones o por competencias creadas (el caso de Lino Zamora y Jesús Villegas El Catrín en Guanajuato, allá por 1863 es evidente). Claro que hubo torero capaz de romper con esos cotos de poder, conquistarlos de alguna manera y apoderarse del mando. Ese personaje se llamó Ponciano Díaz, con quien nos encontraremos más adelante.

   Plazas como las de Puebla, Querétaro, Hidalgo, pero fundamentalmente del estado de México (Tlalnepantla, Texcoco, Cuautitlán y el Huisachal) fueron los mejores sitios para el desarrollo de esa tauromaquia aborigen, dueña de unas propiedades sumamente particulares, donde el concepto híbrido: a pie y a caballo, junto con ascensiones aerostáticas, locos, payasos, saltimbanquis, fuegos de artificio y otras cosas notables establecieron las condiciones con las que se condujo el toreo, de 1868 a 1886, antes de la etapa que llamo como la reconquista vestida de luces, la cual debe quedar entendida como ese factor que significó reconquistar espiritualmente al toreo, luego de que esta expresión vivió entre la fascinación y el relajamiento, faltándole una dirección, una ruta más definida que creó un importante factor de pasión patriotera –chauvinista si se quiere-, que defendía a ultranza lo hecho por espadas nacionales –quehacer lleno de curiosidades- aunque muy alejado de principios técnicos y estéticos que ya eran de práctica y uso común en España.

   A lo que se ve, el asunto tiene más picos que una custodia. Entre otras cosas, porque los mexicanos que hicieron suya esta manifestación, fueron fieles a la independencia taurina y esta dio pie a una libre y abierta expresión, que fue la que trascendió en México. Lo curioso es el afecto y admiración por el diestro gaditano, de ahí que considere a Bernardo Gaviño y Rueda como un español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX. En ese sentido, Gaviño fue consciente de aquel estado de cosas y apoyó a los diestros nacionales en los términos que ya quedaron dichos.

   Pasemos a un necesario desglose de hechos y circunstancias que permitirán ver un panorama más claro al respecto de lo que vengo apuntando.

 PRIMERO: Concentración masiva de diestros españoles.

   El grupo de diestros españoles que tiene aquí protagonismo central, aparece desde 1882, aunque los personajes centrales sean José Machío, Luis Mazzantini, Ramón López o Saturnino Frutos “Ojitos”, cuya llegada se va a dar entre 1882, 1885 y luego en 1887. Esa fue suma de esfuerzos que determinó una nueva ruta, afín a la que se intensificaba en España, por lo que era conveniente acelerar las acciones efectuadas en nuestro país, hasta lograr tener el mejor común denominador. Los toreros mexicanos –en tanto- no solo tuvieron que aceptar, sino adecuarse a esos mandatos para no verse desplazados, pero como resultaron tan inconsistentes, poco a poco se fueron perdiendo en el panorama. Pocos quedaron, es cierto, pero cada vez con menores oportunidades. Y Ponciano Díaz, que vino a convertirse en el último reducto de todas aquellas manifestaciones, aunque aceptó aquellos principios, no los cumplió del todo, e incluso se rebeló. Y es curioso todo el vuelco que sufrió el atenqueño, porque después de su viaje a España, a donde fue a doctorarse el 17 de octubre de 1889. Creyó que su regreso sería triunfal. No fue así. Los aficionados maduraron rápidamente en aquel aprendizaje impulsado por la prensa, y se dieron cuenta por lo tanto, de que Ponciano ya no era una pieza determinante en aquel cambio radical que dio como consecuencia la instauración del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna. Más adelante abundaré en este caso particular. 

F1162

“Silverio chico” y cuadrilla. Foto: C.B. Waite., tomada probablemente el 13 de octubre de 1895, cuando Ponciano Díaz le concede la alternativa en la plaza de “Bucareli”. “LA LIDIA. REVISTA GRÁFICA TAURINA”.

 SEGUNDO: Reanudación de las corridas de toros en el Distrito Federal a partir del 20 de febrero de 1887. Fin de la Independencia y nueva reconquista.

   Con la reanudación casi 20 años después al decreto autorizado por Juárez, sucede lo que puede considerarse como un “acto de conciencia histórica”, intuido por aquellos que lejos de la política intervinieron en la nueva circulación taurina en la capital del país. Se preocuparon por rehabilitar lo más pronto posible aquel cuadro lleno de desorden, un desorden si se quiere, legítimo, válido bajo épocas donde las modificaciones fueron mínimas. Uno de esos participantes fue el entonces popularísimo diestro Ponciano Díaz que si bien, pronto se alejó de esos principios y los traicionó, dejó sentadas las bases que luego gentes como Eduardo Noriega -dentro del periodismo-; los miembros del centro “Espada Pedro Romero” y el Dr. Carlos Cuesta Baquero, se convirtieron en representantes natos de aquella reforma que superó felizmente el crepúsculo del siglo XIX. Y Ramón López se suma a este movimiento.

 AHT24RF311

¡VA POR USTEDES! BRINDIS DE PONCIANO DÍAZ.

En: Lauro E. Rosell. Plazas de toros de México. Historia de cada una de las que han existido en la capital desde 1521 hasta 1936. Por (…) de la Sociedad Mexicana y Estadística, y del Instituto Nacional de Antropología e Historia. México, Talleres Gráficos de EXCELSIOR, 1935. 192 p., fots., retrs. ils.

 TERCERO: Inauguración inmediata –entre 1887 y 1889- de varias plazas de toros. Entre otras: San Rafael, Colón, Paseo, Coliseo, Bucareli, una en la Villa de Guadalupe. Y, aunque de menor trascendencia, en el barrio de Jamaica se instaló la plaza Bernardo Gaviño. Se sabe que hubo una más por el rumbo de Belem, sin olvidar que en Puebla, Toluca, Tlalnepantla, Cuautitlán y Texcoco, seguían dándose festejos. SINAFO_458287

Imagen tomada al interior de la plaza de toros “Bucareli”, inaugurada el 15 de enero de 1888. Funcionó hasta el mes de julio de 1988. Sistema Nacional de Fototecas. CONACULTA-INAH. N° Catálogo: 458287.

 CUARTO: Integración de un movimiento intelectual ubicado en diferentes tribunas periodísticas.

   Los comportamientos de la prensa taurina en los últimos 15 años del siglo XIX, determinaron un conjunto de decisiones con que pudieron definirse nuevos criterios que hicieron suyos los aficionados taurinos en su totalidad, tan necesitados entonces de una guía específica y doctrinaria.

   En 1884 aparece el primer periódico taurino en México: El arte de la lidia, dirigido por Julio Bonilla, quien toma partido por el toreo “nacionalista”. Bonilla es nada menos que el apoderado de Ponciano Díaz. Dicha publicación ejemplifica una crítica al toreo español. En 1887, en contraparte surge La Muleta dirigida por Eduardo Noriega quien estaba decidido a “fomentar el buen gusto por el toreo”. Un dato por demás curioso: entre 1884 y 1911 existe un registro de hasta 120 títulos de periódicos en todo el país que abordaron el tema.

   A lo anterior deben mencionarse las tareas del centro taurino “Espada Pedro Romero”, consolidado hacia los últimos diez años del siglo XIX, gracias a la integración de varios periodistas entre los que destacan: Eduardo Noriega, Carlos Cuesta Baquero, Pedro Pablo Rangel, Rafael Medina y Antonio Hoffmann, quienes, en aquel cenáculo sumaron esfuerzos y proyectaron toda la enseñanza taurina de la época. Su función esencial fue orientar a los aficionados indicándoles lo necesario que era el nuevo amanecer que se presentaba con el arribo del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, el cual desplazaba definitivamente cualquier vestigio o evidencia del toreo a la “mexicana”, reiterándoles esa necesidad a partir de los principios técnicos y estéticos que emanaban vigorosos de aquel nuevo capítulo, mismo que en pocos años se consolidó, siendo en consecuencia la estructura con la cual arribó el siglo XX en nuestro país.

 AHT24RF228

El Arte de la Lidia, primer periódico taurino publicado en México desde 1884.

Fuente: La Lidia. revista gráfica taurina Nº. 3, del 11 de diciembre de 1942. IMAGEN_035_AHT24RF230

Cabecera de la revista La Muleta, Año I, Nº 13 del 27 de noviembre de 1887.

Fuente: Colección del autor.

 QUINTO: Profesionalización de la ganadería de bravo, o cuando los hacendados se hicieron ganaderos.

   Iniciada la segunda mitad del siglo XIX, puede decirse que las primeras ganaderías sujetas ya a un esquema utilitario en el que su ganado servía para lidiar y matar, y en el que seguramente influyó poderosamente Gaviño, fueron Atenco, San Diego de los Padres, propiedades ambas de don Rafael Barbabosa Arzate, enclavadas en el valle de Toluca. En 1836 fue creada Santín, bajo la égida de José Julio Barbabosa que surtió de ganado criollo a las distintas fiestas que requerían de sus toros.

   Durante el periodo de 1867 a 1886 -tiempo en que las corridas fueron prohibidas en el Distrito Federal- y aún con la ventaja de que la fiesta continuó en el resto del país, el ganado sufrió un descuido de la selección natural hecha por los mismos criadores, por lo que para 1887 da inicio la etapa de profesionalismo entre los ganaderos de bravo, llegando procedentes de España vacas y toros gracias a la intensa labor que desarrollaron diestros como Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Fueron de Anastasio Martín, Miura, Zalduendo, Concha y Sierra, Pablo Romero, Murube y Eduardo Ibarra los primeros que llegaron por entonces.

TORO DE ATENCO

Toro de Atenco hacia los años 40 del siglo XX. Se trata ya de un toro bastante evolucionado, en el cual es posible apreciar un fenotipo alejado de lo navarro (más bien en “Pablo Romero”), como fue el caso de aquellos ejemplares lidiados, por ejemplo en 1888… de los que incluyo una imagen a continuación:

1888_ATENCO3

Cortesía del Lic. José Carmona Niño, quien administra el MUSEO TAURINO MEXICANO. En efecto, se trata de un registro fotográfico “in situ” logrado en Atenco, quizá hacia finales de 1887 o principios de 1888.

SEXTO: Último aliento poncianista y su lamentable o benéfica extinción.

   De nuevo nos reunimos en torno a la figura ya de por sí mítica de Ponciano Díaz, formada en aquellos tiempos en los que se consagró a la inconfundible condición torera sobre dos sólidos andamios: a pie y a caballo, muestra impresionante del híbrido que supo dominar con notables muestras de capacidad, llevándolo a ocupar un auténtico imperio.

   Desde que sabemos un poco más de él, lo entendemos un poco más, aunque todavía no demasiado. Nuestra perspectiva a 113 años de su desaparición hace que lo comprendamos como un hombre de carne, hueso y espíritu, dueño de virtudes y errores, como cualquiera de nosotros. Solo que él, al convertirse en una figura pública, fue blanco de elogios y ataques. Desde luego que durante un buen número de años se privilegió más con aquello que con esto. Y esos privilegios estaban fundados en una fuerte devoción popular, enriquecida con una muy favorable difusión de sus hazañas o la de su sola imagen, a partir de perfectas y bien orquestadas campañas periodísticas. De igual forma, se escribieron alrededor de él medio centenar de versos en todas sus manifestaciones: poesía mayor y menor, corridos y canciones, juguetes cómicos (en su esencia puramente literaria), etc. No faltaron diversas ilustraciones, ya en cromolitografías, ya en grabados (como los de Manilla y Posada) o la serie de albúminas que, reflejadas en tarjetas de visita se distribuyeron masivamente. Surgieron piezas musicales como canciones, alguna zarzuela, donde el famoso grito de batalla: “¡Ora Ponciano!” desafiaba entre otros asuntos, la incómoda y sorpresiva presencia de los toreros españoles que comenzaron –quien lo habría de pensar- la reconquista, desde un estricto sentido taurino, desde 1887 y que terminó dando un vuelco a las manifestaciones detentadas por Ponciano Díaz, que tanto defendió y aún, casi al finalizar el siglo XIX, cuando prácticamente había desaparecido todo aquel esquema planteado por el torero de Atenco, por lo que este se convierte asimismo, en el último reducto de unas formas que entraron en desuso, por no decir que en extinción. Muere el 15 de abril de 1899, y con él fenece también lo poco que quedaba ya de aquella manifestación anacrónica.

????????????????????????????

Retrato de Ponciano Díaz, grabado más en la línea de Manuel Manilla que de José Guadalupe Posada.

SÉPTIMO: La reconquista que no fue fruto de la guerra, sí de algunos actos violentos, como el del 16 de marzo de 1887.

   El 16 de marzo de 1887 en la plaza San Rafael se desarrolló una pésima corrida en que los toros de Santa Ana la Presa fueron malísimos. Sin embargo el sambenito de aquel desaguisado se le colgó a Luis Mazzantini, diestro español que toreó el 1º de diciembre de 1889 en El Paseo. La destrucción de la plaza, fue motivo más que suficiente que originó una nueva prohibición contra las corridas de toros. Su duración fue de cuatro años. Luis Mazzantini, tuvo que poner pies en polvorosa, y estando ya en la estación del ferrocarril, pronunció una frase rotunda que iba así: “¡De México, ni el polvo quiero!”. Claro, dijo la prensa: ¿Pero qué tal las talegas de dinero?

   Y es que aquella irrupción de toreros españoles, al principio de aquella re-volución, o re-evolución tuvo tonalidades de riesgo, las que poco a poco fueron atenuándose conforme se entendían mejor sus principios y postulados técnicos y estéticos, con los que prensa y afición terminaron aceptando de manera definitiva. Ya no había otro camino. Renovarse, o morir.

 F1383

Caricatura de “Fígaro”, donde aparecen LOS TRES REYES MAGOS DE AHORA. Es decir: Ponciano Díaz, Porfirio Díaz y Luis Mazzantini.

Fuente: El Hijo del Ahuizote. Tomo III. Ciudad de México, domingo 8 de enero de 1888. Nº 105.

 OCTAVO: Estable continuidad de aquel tránsito, donde entre fines del XIX y comienzos del XX, la presencia dominante es de españoles, inevitable o favorablemente.

   Para bien o para mal, nunca como sentido maniqueo, la presencia española en ruedos mexicanos, se consolidó como auténtica “reconquista vestida de luces”. Pocos fueron los diestros nacionales que pudieron ponerse a tono con los hispanos, por lo que tuvieron que pasar buen número de años en lo que surgía el más adelantado alumno de aquella naciente edad taurina mexicana, en la persona de Rodolfo Gaona.

AHT24RF310

Don Ponciano estrechando la mano de su banderillero Carlos Sánchez. También en la fotografía los picadores “Veneno” y Francisco Franco. Retrato tomado en Puebla, y junio de 1895. Cortesía, Guillermo Ernesto Padilla.

NOVENO Y DÉCIMO: Que ciertos personajes hispanos, como Ramón López o Saturnino Frutos, tuvieron una mirada objetiva para alentar los firmes y potenciales casos de toreros mexicanos, que se encuentran en estado embrionario. Rodolfo Gaona en escena.

????????????????????????????

   La del leonés no fue una presencia casual o espontánea. Surge de la inquietud y la preocupación manifestada por Saturnino Frutos, banderillero que perteneció a las cuadrillas de Salvador Sánchez Frascuelo y de Ponciano Díaz. Ojitos, como Ramón López decide quedarse en México al darse cuenta de que hay un caldo de cultivo cuya propiedad será terrenable con la primer gran dimensión taurina del siglo XX que campeará orgullosa desde 1908 y hasta 1925 en que Gaona decide su retirada.

RODOLFO GAONA

Rodolfo Gaona en la madurez de su juventud.

   Rodolfo Gaona, el primero gran torero universal, a decir de José Alameda, rompe con el aislamiento que la tauromaquia mexicana padeció durante el tránsito de los siglos XIX y XX. Y Gaona ya no solo es centro. Es eje y trayectoria del toreo. Por eso fueron claves sus auténticas declaraciones de guerra ante José Gómez Ortega y Juan Belmonte, otros dos importantes paradigmas de la tauromaquia en el siglo XX. 

CONTINUARÁ.

Deja un comentario

Archivado bajo RECOMENDACIONES Y LITERATURA

CON JOSÉ TOMÁS… O HASTA NO VER NO CREER. (2 de 2).

A TORO PASADO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

II

Notas dedicadas a Rosana Fautsch Fernández,

sabiendo que José Tomás es “su” torero.

   Cuando el siglo XXI ha entrado en etapa de composición (o todo lo contrario, debido a su natural aceleración) en este 2008 que avanza, la tauromaquia con su milenaria caminata ha encontrado a estas alturas del trayecto la presencia de uno de sus últimos Mesías: José Tomás. Apenas la tarde del 15 de junio y en Madrid, el que por un lado lo niega con su silencio, pero por otro se mueve en un referente clave (aunque para él sea indeseable) de todo cuanto significa la globalización, es aclamado nuevamente al conseguir trofeos que son para los niveles de la capital del oso y el madroño, que es decir a su vez, la cumbre de todas las aspiraciones, siete orejas obtenidas apenas en el corto lapso de 10 días (es de todos sabido, entre la jornada del 5 y la del 15 de junio), lo que significa haberse colocado en un sitio de plena madurez, como la que vemos en el propio espacio de nuestro tiempo, un tiempo alterado cuyo inicio histórico no ocurrió desde el primer día de 2001; sino cuando transcurría la mañana del 11 de septiembre de ese fatídico 2001. Dramático arranque de otro siglo que vive la tragedia, entre otras cosas, del cambio climático que ya padecemos. Afortunada o desafortunadamente también se intensifica con esa otra, protagonizada por el de Galapagar.

   Partir de un ejemplo que nos puede remontar a las Tragedias de Sófocles, escenificaciones teatrales de alto dramatismo y surgidas en uno de los más intensos periodos de la Grecia antigua, nos permite admirar que unas condiciones muy semejantes se acercan y parecen cruzar o andar por la misma ruta, esa, la de un dramatismo dispuesto a convocar en un espacio común tanto a la vida como a la muerte mientras transcurre una tarde de toros, donde la puesta en escena que acapara la atención mediática se llama José Tomás. Y no es para menos.

   Sucede como en el caso de otros suicidios que José Tomás planea el suyo. Lo peor de todo es no saber si ocurrirá dentro o fuera del ruedo, pero el hecho es que cada tarde muere un poco en medio de tanta entrega, entrega que ha terminado por callar la vociferación de multitud de opiniones venidas de esos coros perversos, estériles que alucinan con denostar o deformar el firme perfil de este torero que rompe esquemas y convencionalismos como pocas veces. Nos veníamos acostumbrado a estándares donde los toreros por sistema “cumplen”, “triunfan”, se tornan “héroes” efímeros pero hacía tiempo también que un martirologio así no despertara con la furia de una intensidad como la que representa José y que ningún registro era capaz de soportarlo; por cautivante y emocionante, tan de vez en vez… como cuando Manolete conmovió su época y su universo. Pasaron muchos años, más de 50 para que un caso como el presente se repitiera o al menos, se pareciera y se comportara en tonos semejantes entre Manuel Rodríguez y José Tomás.

   ¿Es Manolete el modelo a seguir por José Tomás? O ¿es José Tomás un Manolete redivivo?

   Entre dos tardes fundamentales ha cruzado un puente muy importante, dejando atrás las horas, los días de espera con sabor a angustia, de toda la desazón venida de las malas lenguas que ahora se suman estrepitosa y hasta hipócritamente al coro de elogios, del que surgen auténticos panegíricos y exaltaciones donde todavía reluce el cobre de los que se las gastan en absurdos.

   ¿En qué consiste la gracia del afortunado milagro tomista que revela, como otro tomista –Santo Tomás-, aquello de hasta no ver no creer?

   Dos razones: una de la duda, la otra del hecho, la realidad. El oficio de este torero ha llegado a tal punto de perfección que da la razón a Pepe-Hillo, Paquiro y otros tratadistas sobre la evolución que hoy día alcanza la tauromaquia como summa[1] de la técnica y el arte de lidiar o enfrentar toros bravos. Por otro lado, se encuentran la cadencia, el ritmo, el equilibrio que se pusieron al servicio de capacidades como las de José Tomás para alcanzar las cotas de un ejercicio el cual ya forma parte de la modernidad y que, por misteriosas razones, esa misma modernidad acepta compartir un valor cultural del pasado, lo cual termina siendo algo absolutamente incomprensible.

jose_tomas-hos

Disponible en internet, agosto 18, 2015 en:

http://desolysombra.com/2010/04/26/%C2%BFse-pierde-jose-tomas-la-temporada-del-2010/

   Apunta, y con razón Antonio Muñoz Molina que los toros “se van convirtiendo de verdad, para la mayor parte de la ciudadanía, en una penosa antigualla que solo sobrevive gracias a la subvención [caso muy específico de España], como cualquier otra de nuestras identidades ancestrales”.[2]

   México y el toreo mexicano en lo espiritual reclaman su formación, por lo que este país se siente partícipe de la manera en como José Tomás ha moldeado su ejercicio, por lo que no lo sentimos ajeno. Más bien, lo sentimos como uno de Los nuestros, refiriéndome al título de aquel libro donde Marcial Fernández tuvo a bien invitarme para escribirlo conjuntamente hace algunos ayeres,[3] y que, por obvias razones merece una puesta al día para recomponer el capítulo indispensable de José Tomás.

   Acostumbrados a una condición de reposo, alterada eso sí, por la otra presencia reveladora que responde al nombre de Morante de la Puebla, José Tomás es en cada tarde un detonante que arde por dentro y quema todo lo que se encuentra a su alrededor hasta pulverizarlo. Por eso, el José Tomás de una tarde no es el mismo de otra, cada aparición trae consigo el peso de un misterio a cuestas y ese es el valor agregado que tendríamos que considerar entendiendo que lo suyo no es sólo la gesta por conseguir. En sus arranques y decisiones internas se perciben los claros alcances de un destino heroico, estoico, e incluso, si me apuran, paranoico que lo hostiga por dentro.

   El recuento de todos sus lances, de todos sus pases, de todas sus reacciones frente al toro traducido en la infinidad de apuntes que en torno suyo se han hecho en dos jornadas madrileñas, donde han corrido ríos de tinta como pocas veces es nada, si lo queremos comprender desde otra perspectiva, simplemente humana, la que, por otro lado, tendría que ser capaz de entender el caos interno, la tragedia de un pensamiento o un espíritu que de tan complejos, no pueden comunicarse con el exterior. De ahí que su grito, su drama sea aquel donde el toreo se convierta justamente en el vaso comunicante con el que intenta decirnos algo… ¡Deténganme, no puedo!

17.06.2008


[1] Recordemos que summa es la reunión de experiencias que recogen el saber de una gran época.

[2] El País, 14 de junio de 2008. Babelia, p. 8.

[3] José Francisco Coello Ugalde y Marcial Fernández “Pepe Malasombra”: Los nuestros. Toreros de México desde la conquista hasta el siglo XXI. México, Ficticia, 2002. 215 p. Ils., Retrs., Fots.

Deja un comentario

Archivado bajo A TORO PASADO

¡¡¡REGRESA JOSÉ TOMÁS!!! (1 de 2).

A TORO PASADO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Hasta ahora, la opinión más centrada, al respecto de una nueva comparecencia de José Tomás, para el 31 de enero de 2016, es la que ha publicado mi buen amigo Antonio Petit Caro en su reconocido portal de internet “Taurología.com” bajo el título “31 de enero, José Tomás tiene ya cita para reaparecer en la plaza México” (véase: http://www.taurologia.com/enero-jose-tomas-tiene-cita-para-reaparecer–3774.htm). Petit Caro pone como telón de fondo, la predominancia de una muy mala gestión empresarial que hoy, se cura en salud con anuncio de tamaña dimensión. Supondríamos que el nivel de la próxima “Temporada Grande” 2015-2016 tenga que ir a la altura de esa sola contratación. Además, se adelantan algunos rumores al respecto de que dicha presentación se convierta en un “mano a mano” que si nos apuran a concertarlo, allí está “Joselito” Adame para el que quiera algo de él…

   Por ahora, además de recomendar la lectura de la excelente nota de don Antonio Petit, lograda con un ojo crítico y abierto para este lado del mundo, pretendo retomar un par de notas que elaboré entre 2007 y 2008 respectivamente, en espera de que sirvan como un sustento más en la explicación de ese extraño personaje llamado José Tomás.

I

Notas dedicadas a Rosana Fautsch Fernández,

sabiendo que José Tomás es “su” torero.

   El que un torero retorne al único espacio posible donde puede ser capaz de entregarse y hacer todo acto de declaraciones de espíritu, supone una serie de opiniones encontradas entre los diversos sectores que integran el espectáculo. Si bien, por un lado existen los casos de aquellos matadores que lo hacen cuando han llegado a una edad que llamaríamos como de no permitida y aún así responden al grado de expectación que originó su regreso. Tal es el caso en estos momentos de José Ortega Cano, quien hoy día se encuentra más allá del bien que del mal y sólo lo hace por el mero gusto de continuar en la predilección selectiva de aficionados que le ven como un icono que ha traspasado su propia época para aposentarse en esta otra como extensión perfecta de sus capacidades. Por otro lado, para un personaje como José Tomás quien ha cuidado hasta el extremo las formas de su presencia convirtiéndolas en todo un misterio, anuncia a casi cuatro años de su retirada –en plena lucidez de condiciones- que vuelve a los toros sin planes de temporadas ambiciosas. Más bien equilibradas y congruentes con ese perfil que lo lleva a no ser ordinario, a no confesarse de manera permanente ante este micrófono o aquella pluma que ansiosos uno y otra esperan para plasmar sus opiniones que se convertirían en lugar común. El anuncio de su regreso ocurre cuando la mayoría de las empresas taurinas ya han integrado sus carteles y temporadas para este 2007, salvo el caso de aquellas contingencias que habrán de ser cubiertas bajo la sentencia de que “unos las firman y otros las torean”.

   El cartel en que se reincorpora el de Galapagar se traslada hasta el mes de junio y en la emblemática y orgullosa Barcelona, esa ciudad que ha sido sacudida por el arrebato de algunos antitaurinos que quieren despojarla de su peculiar sabor taurino. Es por eso que luego de estudiada la situación con reposo y hasta con cierta deliberada intención, José Tomás y su administración deciden dar el sí acudiendo a la cita en uno de los momentos más difíciles para la fiesta, puesto que esa Barcelona cosmopolita habiendo sido declarada como “ciudad no taurina”, y con la consiguiente amenaza de que su plaza se convirtiera en blanco de la piqueta o en oferta inmobiliaria con una diferente razón a la de su creación, pues justo en ese momento del más intenso de los debates, surge la decisión de un diestro que durante cuatro años y sin haber toreado fue capaz de provocar una estela de comentarios que lo mismo recordaban las grandes gestas convertidas ya en páginas inmortales del toreo moderno que sus misteriosos silencios o sigilosos movimientos y largas estancias, sobre todo en el campo bravo mexicano, sitio por el que siente especial y entrañable afecto.

   José Tomás representa hoy día una de las fuerzas más atractivas al lado de los ya consagrados Enrique Ponce o Julián López que empiezan a ver cómo se desplazan de manera peligrosa Talavante o Cayetano. Así que su esperado retorno permitirá recuperar los aires de una batalla que permanecía pasmada. Faltaba la energía de ese frente que supo crear yo no se si bajo la personal consigna de ser un fiel seguidor del culto a “Manolete” o por fijarse la idea de crear el suyo propio que le va muy bien en todo este tiempo en que ha incursionado como la gran figura que es. Si durante su ausencia, otro de los grandes, José Antonio Morante, “Morante de la Puebla” ha hecho gala de buscar ser diferente a todos los de su gremio no sólo dentro del ruedo. También fuera de él, acusando en muchas ocasiones un afectado estilo de “lord” inglés o de señorito de la alta sociedad pero que le va de maravilla porque también es de esos personajes míticos (sucesor perfecto de “Curro” Romero y Rafael de Paula) que no se encuentran todos los días.

   Esperemos que el arribo de José Tomás sirva como aliciente, pero también como cuña perfecta para estimular las condiciones de guerra y conflicto que se viven de manera permanente en las plazas españolas. Del mismo modo, habrá de convertirse en una pieza del confuso esquema taurino mexicano, desarticulado en su mayoría, que vive de la improvisación surrealista más perfecta de que se tenga memoria. Si en su momento la despedida de Rodolfo Rodríguez “El Pana”, que en realidad se convirtió por azares del destino en gozoso retorno provocó la llegada de unos aires de refresco a la fiesta de toros en México, es entre los aficionados un abierto deseo de que este sea un síntoma capaz de permanecer el tiempo que le queda a tan polémico personaje. Para el caso de José Tomás que es muchos años más joven, diría que lo es por lo menos en la mitad de la existencia del tlaxcalteca, ojalá resulte todo un éxito en la medida de que viene soportado por una campaña mediática que ya se encargará de agitar el “cotarro” hasta el punto en que existan a cada momento motivos de provocación y arrebato en cuanto haga sus nuevos pronunciamientos de la tauromaquia “Tomista”.

1305203064_1

Disponible en internet, agosto 18, 2015 en:

http://www.elmundo.es/elmundo/2011/05/12/toros/1305203064.html

Foto: Javier Barbancho.

   Personalmente le he visto tan poco que no tengo forma de hablar o escribir sobre su estilo o concepto de torear, pero cuanto se habla de él es la manera de entender esa natural conmoción que ha despertado a medio mundo tan luego se dio la ansiada como esperada noticia. Ya celebran en España esa decisión que sirve para intensificar una temporada que se antoja emocionante en todos sentidos. Creo que José Tomás es un personaje muy inteligente que no sabiéndose infiltrar en los medios sin dar motivo para noticias escandalosas, ahora lo hace a la luz de una clara conciencia de lo que significa retomar el mando para borrar todas las especulaciones posibles así como despertar la otra conciencia, la de aquellos que piensan que el toreo es un fenómeno que pronto debe desaparecer. Y es que está ahí, incrustado en la mismísima entraña de la cultura española al grado de que ha pervivido, incluso en tiempos como los actuales, donde se debate permanentemente la conveniencia de estimular aún más su justificada tradición o cuestionarla con el consiguiente deseo de exterminio.

   Este retorno significa muchas cosas más que la simple reaparición de José Tomás en Barcelona. Tiene muchas otras razones que con el paso del tiempo servirán para reivindicar la postura estética o técnica que ha alcanzado la tauromaquia en este siglo XXI con uno de sus mejores exponentes, quiérase o no. Ante la gama de otros nombres ya mencionados aquí, se suma uno de sus representantes más emblemáticos, pero también más pertinentes para justificar todas estas razones que servirán, como ya dije, para una larga discusión, siempre tan necesaria en momentos de polarización extrema. No me quedo con las ganas de reproducir lo que a unos pocos días de este anuncio publicó el periodista Antonio Caballero en El País.

La lidia / Desde el otro lado del Atlántico.

El regreso de la tragedia.

   Vuelve a los ruedos José Tomás, a casi cinco años de su intempestiva retirada; y los tomistas no sabemos muy bien si debemos sentir entusiasmo o temor. Quiero decir: sentimos a la vez las dos cosas. Entusiasmo porque lo recordamos, y temor porque de sobra sabemos que cuando un torero retirado vuelve –y todos vuelven- no siempre vuelve bien. Ha cambiado él, han cambiado los toros y los gustos del público. Puede haber “perdido el sitio”, que es un eufemismo taurino para decir que ha perdido el valor. Así que no sabemos que esperar.

   Nos pasa, pues, exactamente lo mismo que nos pasaba hace cinco años, cuando veíamos e la plaza torear a José Tomás: no sabíamos qué esperar pues era entonces un torero que traía en el esportón, junto a los trastos de torear, la casi olvidada virtud taurina de provocar la emoción del escalofrío. Y digo taurina porque no existe en otras artes, que vemos después, en frío, cuando el peligro del triunfo o del fracaso ya ha pasado y sólo queda su huella congelada en la obra. Sólo el toreo pertenece únicamente al presente, irrepetible (o a esos sucedáneos emocionales del presente que son la memoria y la esperanza). En el toreo estoico y extático de José Tomás sentíamos el escalofrío del peligro a cada paso: a cada pase de su muleta ingrávida, a cada lance de su capote silencioso. Y cada nuevo cite era un milagro.

   Porque se ponía siempre en el sitio en que los toros cogen al torero (y muchas veces lo cogieron a él, sin que pareciera importarle). Luis Miguel Dominguín, que dijo tantas cosas, decía que en una plaza de toros el sitio de la muerte es un pequeño círculo movedizo sobre la superficie de la arena, como el disco de luz que dibuja un reflector de luz que dibuja un reflector en las tablas de un teatro. Ahí se pone el actor protagonista de la tragedia. Ahí se ponía para torear José Tomás. Por eso su toreo, al margen de sus formas hieráticas y ceremoniosas, al margen de su técnica –asombrosa según los tomistas, inexistente y debida por completo al azar en opinión de los incrédulos-, era como se dijo del de Manolete, un toreo trágico. La sociedad actual pretende ignorar u ocultar la tragedia: por eso dije antes que hoy está casi olvidada la virtud trágica por excelencia, que es la de saber provocar a la vez la admiración y el miedo. La conocen, claro está, todos los toreros, porque sobre ella descansa la verdad de su arte (y es por eso, digámoslo de pasada, que últimamente ha ganado terreno la noción ñoñamente correcta de que el toreo es un arte bárbaro); pero no son muchos los que la practican, y menos todavía los que lo hacen a menudo. Decía Antonio Ordóñez que para ser figura del toreo hay que estar dispuesto a morir cuatro veces por temporada. José Tomás, cuando toreaba, salía todas las tardes con la disposición indiferente de abandono al destino de no salir vivo del trance.

   Habría podido decir siempre (y dijo alguna vez) lo mismo que dijo el jefe sioux Toro Sentado en la mañana de su propia muerte:

   -Hoy es un buen día para morir.[1]

09.03.07

CONTINUARÁ


[1] El País (edición internacional, México). Sábado 10 de marzo de 2007, año XXXII, Nº 10, 865, p. 32.

Deja un comentario

Archivado bajo A TORO PASADO