EDITORIAL
POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.
II
Quien se considere taurino, -¡y vaya que el calificativo en estos momentos está adquiriendo una connotación muy especial!-, tendrá que sumarse a las brigadas de defensa que deberán formarse muy pronto, con objeto de atrincherarse y de planear estratégicamente los objetivos para defendernos de los posibles ataques perfectamente trazados por ecologistas y antitaurinos que, aprovechándose de la vulnerabilidad por la que pasa en estos precisos momentos el espectáculo, articulan y preparan un discurso cada vez más convincente.

Disponible en internet, agosto 29, 2015 en: http://torear.blogspot.mx/2014/05/larraga-navarra-ano-1950.html
En estos momentos podríamos cuestionar el desempeño de quienes juegan un papel protagónico, sobre todo en lo administrativo, y en muchos de los casos, a quienes se encargan de su interpretación y difusión mediática. Sin embargo, es otro y más profundo el argumento que se somete a discusión. El cuestionamiento de los opositores va en el sentido de considerar si es lícita la permanencia de una “diversión” donde el maltrato, la barbarie y el lento sufrimiento con el que se causa la muerte del toro, tiene sentido en esta época en la que hemos llegado a ese poco más allá de la postmodernidad,[1] donde el aporte tecnológico avanza con tal rapidez que por esa sola razón convierte muchos de los acontecimientos en episodios efímeros que por tanto no nos sorprenden como ocurría hace poco más de treinta años, cuando el hombre llegó a la luna, por ejemplo.
El “Yo acuso” planteado por ecologistas y antitaurinos es un discurso falto de elementos de carácter histórico o antropológico, pero sobre todo de esa carga de elementos cuyos sustento es la sola defensa del animal bajo cualquier circunstancia donde por supuesto encuentran motivos más que suficientes en el toreo y sus diversos “métodos de exterminio” para atacar con todo.

Grabado de Manuel Manilla.
El pasado mes de abril (del ya lejano 2004), Barcelona fue declarada ciudad antitaurina. Por tal motivo, en sendos artículos publicados por aquel entonces en EL PAÍS aparece la postura de dos filósofos: Víctor Gómez Pín y Jesús Mosterín. Por su importancia, parece conveniente la reproducción de una y otra para luego hacer algunos balances acompañados por el posicionamiento del reconocido periodista José Carlos Arévalo y los de este servidor.
EL PAÍS, domingo 25 de abril de 2004. DEBATE OPINIÓN/13
¿Abolir las corridas de toros?
La declaración de Barcelona como ciudad antitaurina, aprobada por mayoría en un reciente pleno municipal, ha reactivado la polémica entre partidarios y detractores de las corridas de toros, desatando encontrados pronunciamientos sobre la fiesta. Aunque esta declaración municipal, propuesta por varias entidades de defensa de los animales, no tiene efecto legal, el Gobierno catalán –que tiene competencias en el asunto- creará una comisión para estudiar y decidir el futuro de las corridas de toros. Aquí se reflejan dos posturas opuestas sobre la cuestión.
REPUDIO. Víctor Gómez Pín.[2]
“No estigmatizar ni a los que están en contra ni a los que están a favor, sea cual sea su idioma su origen”. El alcalde Barcelona efectuaba esta declaración tras el pleno del Ayuntamiento que el martes 6 de abril aprobó, en votación secreta, un alegato para convertir a Barcelona en ciudad antitaurina. No está, desde luego, el señor alcalde a favor de que ese sello con hierro candente al que remite la palabra estigma se imprima, como marca de infamia, ni siquiera en las almas de aquellos que por “su idioma o su origen” serían mayormente susceptibles de abrigar vergonzosos sentimientos de empatía con lo que significa la fiesta de los toros.
Con sus palabras el alcalde alude obviamente a los protagonistas de aquella penuria que, en los años de la tiniebla franquista, forzó al exilio a miles de hijos de la España olvidada. No ignora el señor Clos que los mismos fueron entonces víctimas del desdén que, en toda Europa, las sociedades fabriles reservaban para los hijos de las sociedades agrarias. Ciertamente, en el caso de Cataluña, tal disparidad era canallescamente manipulada por la política franquista que aspiraba cínicamente a que una multiplicación de castellanohablantes disminuyera objetivamente las posibilidades de que la lengua y la cultura catalanas recuperaran la presencia social que se les había arrancado. En consecuencia, aquella generación de los llamados (a veces con exceso de retórica) “altres catalans” fue en ocasiones tachada a la vez de indigente y de opresora; infamia que difícilmente puede no haber sellado sus mentes e incluso la de sus hijos.
Hoy, aquellos inmigrantes son parte incuestionada del tejido social y cultural de Cataluña, y probablemente han apoyado en su mayoría a los partidos constitutivos del llamado Tripartito. La recíproca es, en general, cierta. Pero todos los fantasmas no están cerrados y por ello, al referirse a los valores culturales de unos y otros, hay que hacer uso de un escrupuloso tacto. ¿No quedábamos en que la nueva Cataluña –soberana y eventualmente independiente- se forjaría como crisol integrador de la diversidad de culturas y lenguas de los que en ella habitan? Por ejemplo, una crítica del fenómeno taurino debe hacerse como mínimo a partir de un esfuerzo por comprender las razones subyacentes por las que, desde la Camarga francesa a los Andes, millones de personas (obviamente no todas ellas sádicas, alienadas o admiradoras de la más rancia concepción de lo “hispano”) consideran a la tauromaquia como expresión de una exigencia vital con connotaciones artísticas. En suma: aproximación antropológica y no mera proyección de prejuicios.
Es poco discutible que los animales están dotados “de sensibilidad psíquica además de física” y en ello se basan las leyes de protección animal. No obstante, la cuestión de determinar si la noción de derechos es aplicable a seres a los que se considera exentos de obligaciones es mucho más peliaguda y no está en absoluto elucidada, ni científica ni filosóficamente, de ahí la prudencia habitual de los juristas al respecto. No obstante, Imma Mayol (hablando, no en nombre propio sino de Iniciativa per Catalunya, partido heredero de lo que el franquismo fue la izquierda más consecuente) cree tener autoridad para considerar que la cuestión sí está resuelta y declara tras el plano: “Se debe revisar la cultura que va contra los derechos de los animales”.
Pues bien, otorguemos por un momento que Imma Mayol no expresa un prejuicio sino una convicción científica y filosóficamente asentada, ¿están los ediles barceloneses dispuestos a ser consecuentes con tal postulado? Obviamente no, entre otras cosas porque la generalización de tal actitud consecuente situaría a la especie humana en una contradicción entre eticidad y exigencia de supervivencia: ningún ser al que se considere sujeto de derecho ha de ser vejado, pero desde luego aún es menos ético zampárselo, salvo quizás en caso de necesidad imperiosa, que no puede argüir el que para acompañar una copa de cava exige una ostra viva.
Si la flexibilidad de posiciones respecto al problema es obligada norma, ¿de dónde viene este rigorismo tratándose de la tauromaquia? Parece obvio que la empatía con los animales es aquí más bien pretexto para un ajuste de cuentas de otro orden. Y no se trata tanto de abolir la fiesta de los toros en Barcelona (apuesto a que no se dará objetivamente ese paso que supondría un coste político real) como de elevar la propia imagen de los ediles, posicionándose (¡a precio nulo!) contra un espectáculo en el que a su juicio sólo se reconocería un sector ciudadano minoritario y en declive.
Por desgracia para los taurinos, la moción fue rechazada por un edil del Partido Popular con el extravagante argumento siguiente: “Nuestra fiesta es denigrada por culturas opresoras, por el imperialismo germano y anglosajón”. ¿Se refería el señor Basso a ese mismo imperialismo anglosajón que su partido apoyó fervientemente en la carnicería de Irak? Sus rivales bienpensantes se sintieron seguramente reconfortados por estas palabras que sirven objetivamente su intento de reducir la tauromaquia a expresión violenta de una patriotería delirantemente castiza.
Pues bien: esta reducción es simplemente injusta, ofensiva y susceptible de generar gratuitamente el sentimiento de ser objeto de repudio, no sólo en una fracción de la población catalana, sino también en la de espacios geográficos muy próximos tanto afectiva como cultural y lingüísticamente. Piénsese que la vecina Valencia, tan reivindicada por los partidarios de la pancatalinidad, es quizás el lugar del mundo con mayor apego de la población a la fiesta de los toros. ¿Creen realmente nuestros ediles barceloneses que no se les hiere identificando tal fiesta a un ritual de antropófagos que encubrirían sus infrahumanas prácticas bajo el rimbombante título de arte? Y respecto a las urgencias de Cataluña: ¿era realmente oportuno el reavivar tales fantasmas?; ¿es realmente la fiesta de los toros lo que amenaza la integridad social y cultural de Cataluña, hasta el punto de lapidar simbólicamente a la minoría que reconoce en ella un patrimonio propio?; ¿era, en suma, necesaria esta ofensa?

Fotograma de “La vie et la passion de Jésus Christi” (1905). Disponible en internet agosto 29, 2015 en:https://cinessilentemexicano.wordpress.com/tag/carlos-mongrand/
LA TORTURA COMO ESPECTÁCULO. Jesús Mosterín.[3]
Nada repugna tanto al sentido moral como la tortura, el dolor atroz infligido de un modo intencional e innecesario. El no ser torturado constituye el único derecho humano al que la declaración de la ONU no reconoce excepciones y el derecho animal que más adhesiones suscita. El hacer de la tortura pública de pacíficos rumiantes un espectáculo de la crueldad, autorizado y presidido por la autoridad gubernativa, es una anomalía moral intolerable.
Los espectáculos de la crueldad con animales humanos (herejes, brujas, delincuentes) y no humanos (toros, osos, perros, gallos) eran habituales en toda Europa, hasta que la Ilustración acabó con ellos. En la España dieciochesca, mientras los aristócratas abandonaban el alanceamiento de los toros a caballo, sus peones introdujeron la variedad plebeya o a pie del toreo, fomentada luego por Fernando VII, creador de las escuelas taurinas e impulsor de la tauromaquia plebeya o a pie. España había perdido el tren de la Ilustración: “¡Vivan las cadenas!”. En las últimas décadas nuestro país ha progresado mucho, pero hemos sido incapaces de eliminar las bolsas de crueldad que todavía quedan entre nosotros, como el maltrato a las mujeres y la tauromaquia.
Ante la desidia o complicidad del Gobierno central, los municipios han empezado a tomar la iniciativa de abolir esta anacrónica lacra moral. Algunos ayuntamientos, como el de Tossa de Mar o el de Colsada, ya se habían declarado antitaurinos. El 5 de abril el Ayuntamiento de Barcelona se ha manifestado oficialmente en contra de la continuación de las corridas de toros, asumiendo así un papel de vanguardia espiritual y de servicio a los valores universales. Ojalá la Generalitat de Cataluña, que es la que tiene competencia para ello, se decida a prohibir las corridas, como desean la mayoría de los catalanes. Desde luego, nos haría un gran favor a todos los españoles, ayudándonos a superar de una vez la sórdida herencia de la España negra.

Son partidario de la máxima libertad en todas las interacciones voluntarias (comerciales, lingüísticas, sexuales, etcétera) entre ciudadanos. Soy contrario a todo prohibicionismo, excepto en los casos extremos, como la violación de niños o la tortura de animales. Pero es que las corridas de toros son un caso extremo. Por muy liberales que seamos, si no tenemos completamente embotada nuestra sensibilidad moral y nuestra capacidad de compasión, tenemos que exigir el final de esta salvajada.
No existe argumento alguno para mantener las corridas de toros. En su defensa se alternan las chorradas ampulosas (como que el hombre necesita torturar al toro para autoafirmarse como hombre, y supongo que necesita maltratar a la mujer y apalear al inmigrante para autoafirmarse como macho y como patriota) con la crasa apelación al interés de los toreros, que necesitan ganarse la vida. También el atracador de la sucursal bancaria de Alicante recientemente pedía comprensión, pues era atracador de oficio y atracar era su manera de ganarse la vida.
Además de su cursilería estética y de su abyección moral, toda la huera y relamida retórica taurina se basa en una sarta de mitos y falsedades incompatibles con la ciencia más elemental. No, el toro de lidia no constituye una especie aparte, sino que pertenece a la misma especie y subespecie (Bos primigenius taurus –sic-) que el resto de los toros, bueyes y vacas, aunque no haya sido sometido a los extremos de selección artificial que han sufrido las vacas lecheras, por lo que conserva un aspecto relativamente parecido al del toro salvaje. Convendría que la abolición de la tauromaquia fuese acompañada de la creación de un gran Parque Nacional de las Dehesas en Extremadura, que incluyera manadas de toros en libertad.
Sí, el toro sí sufre. Tiene un sistema límbico muy parecido al nuestro y segrega los mismos neurotransmisores que nosotros cuando se le causa dolor. No, el llamado toro bravo no es bravo, no es una fiera agresiva, sino un apacible rumiante, más proclive a la huida que al ataque. Dos no pelean si uno no quiere, y el toro nunca quiere pelear. Como la corrida de toros es un simulacro de combate y los toros no quieren combatir, el espectáculo taurino resultaría imposible, a no ser por toda la panoplia de torturas (los golpes previos en riñones y testículos, el doble arpón de la divisa al salir al ruedo, la tremenda garrocha del picador, las banderillas sobre las heridas que manan sangre a borbotones) a las que se somete al pacífico bovino, a fin de irritarlo, lacerarlo y volverlo loco de dolor, a ver si de una vez se decide a pelear. A pesar de los terribles puyazos, con frecuencia el toro se queda quieto y “no cumple” con las expectativas del público. Antes como “castigo” se le ponían banderillas de fuego, es decir, cartuchos de pólvora y petardos, que estallaban en su interior, quemándole las carnes y exasperando aún más su dolor, a ver si así se decidía a embestir. Más tarde las banderillas de fuego fueron suprimidas, sobre todo para no horrorizar a los turistas, a los que se suponía una sensibilidad menos embotada que a los encallecidos aficionados hispanos. De todos modos, el actual reglamento taurino prevé que sigan empleándose banderillas negras o de “castigo” con arpones todavía más lacerantes para castigar aún más al pobre bovino, “culpable” de mansedumbre y de no simular ser el animal feroz que no es.
En cuanto a la opinión de José Carlos Arévalo, apunta en su Editorial:
Un profesor pintoresco.
Todo aficionado sabe que torear es, en términos técnicos, recibir la embestida, fijarla y conducirla, y que, dramáticamente, al torear, el torero asume toda la violencia del toro. Esa violencia, de la que es actor un ser cuya identidad taurómaca consiste en emitir peligro, en poner al hombre en peligro, al semejante con el cual se identifican los humanos presentes en la plaza, hace francamente difícil admitir que la lidia del toro sea un acto de tortura, como afirma el profesor de filosofía Jesús Mosterín en un artículo publicado en el diario El País el domingo 25 de abril.
La tortura exige una víctima pasiva, receptora indefensa de la violencia, lo que confiere a quien la practica o la contempla una actitud repugnante: la crueldad. Pero la práctica o contemplación del toreo no depara, ni por asomo, tan deleznable sentimiento. Todo lo contrario. La lidia impone a los contendientes una permuta identitaria: que el verdugo, por eso llamado matador, asuma el papel de la víctima, haciéndose receptor de toda la violencia del toro, mientras que éste asume a lo largo de toda la lidia ese papel de verdugo. No hay suerte ni lance realizado por el torero que se pueda ejecutar impunemente, que no exija al hombre el precio del peligro, siendo la suerte de matar la que más riesgo entraña de cuantas el torero practica.

“Tirando del toro”. Tinta de José Clemente Orozco. Col. del autor.
La crueldad no es un sentimiento que sirva para definir el toreo. Sencillamente, el hombre es incapaz de sentirla mientras está embargado por otra sensación más honda, la del miedo provocado por la situación de peligro en que incurre mientras torea, o, en el caso del espectador, mientras se identifica con su semejante, inmerso en la cerrada situación de peligro impuesta por el toreo. Un profesor de filosofía debería ser más riguroso al manejar lo que las palabras significan. A la fiesta de toros sí puede definirla otro vocablo, cuya valoración no siempre es descalificadora: la violencia. En efecto, la violencia puede ser mala, necesaria, buena, incluso amoral. Mala violencia es la del asesino, necesaria la del cirujano, amoral, ni buena ni mala, al margen de la ley humana, la del animal que ataca. Eso lo sabe quien toreo o quien degusta el toreo. Nadie juzga culpable al toro que hiere o mata al torero, como nadie acusa a la naturaleza por un terremoto, y por eso, en su día, Voltaire escribió una carta a Dios, y no a la Madre Naturaleza, reprochándole el terremoto de Lisboa. Pero la contemplación de la violencia tampoco es el polo que vertebra la afición a la lidia de toros. Es más, podemos afirmar que todo lo contrario. Pues cuando la violencia se hace presente, con la entrada del toro en el ruedo, el objeto del toreo estriba en saber dominarla, acompasarla a las órdenes del toro, someterla a la ley, a cánones de belleza; de ahí que los aficionados cataloguen el toreo como un arte.
Esa violencia, que en el toro se manifiesta como expresión de pura naturaleza, Jesús Mosterín dice que no es propia del toro bravo. Más aún, afirma que “el llamado toro bravo no es bravo, no es una fiera agresiva, sino un apacible rumiante, más proclive a la huida que al ataque. Dos no pelean si uno no quiere, y el toro nunca quiere pelear. Como la corrida de toros es un simulacro de combate y los toros no quieren combatir, el espectáculo taurino resultaría imposible, a no ser por toda la panoplia de torturas (los golpes previos en riñones y testículos o clavarle la divisa.
Resulta pasmoso que un “intelectual” se permita mentir para dar fuerza a sus argumentos, en el caso de los golpes a riñones y testículos, o que la implantación de una divisa, algo mucho menos doloroso que el herraje de reses, lo considere como tortura.
Me extraña sin embargo que el antitaurino profesor no se haya detenido en el trabajo genético de los ganaderos, acusándolos de diabólica manipulación, pues han sido capaces de transformar la agresividad intrínseca del toro ibérico en brava embestida. Tal vez temería el argumento, porque podría compararse a la manipulación genética que dio lugar al caballo de carreras, hallazgo que no niega el hecho de que todos los caballos corran.
La verdad es que los toros de Iberia embisten y por eso al habitante de la Península se le ocurrió torearlos. Luego los seleccionó para que embistieran mejor. Lo hicieron los más bravos. O sea, los que se crecían al castigo y embestían al toreo. Como estas cosas no deben interesarle, afirma el profesor Mosterín que el toro sufre, pues tiene un sistema límbico parecido al nuestro y genera los mismos neurotransmisores que nosotros cuando se le causa dolor. Pero no dice que el hiperexcitable sistema nervioso del toro le inhibe considerablemente del dolor, generando sustancias endorfinas que le anestesian, que neutralizan su instinto de muerte, al contrario que en los mataderos industriales, y que, en todo aso, dicho dolor no es suficiente para desmovilizar su combate. Sería interesante que los zoólogos estudiaran el carácter psicosomático específico del dolor animal, al menos para que pintorescos profesores de filosofía no lo identificaran con el dolor humano y, de paso, dejaran de decir tantas tonterías.[4]
Las tres opiniones merecen revisión por separado.
En primera instancia, el conjunto –a mi parecer- es en cada una de sus posiciones poco consistente. Es cierto, están analizando un acontecimiento reciente, que apenas da para formular unos cuantos párrafos. Pero el hecho que con un pasado rico en argumentos se tienen infinidad de posibilidades para salir en defensa no solo del espectáculo en cuanto tal. También de su peculiar circunstancia ligada con el rito y el sacrificio, dos razones entre muchas que separan del mundo convencional a las corridas de toros, convertidas hoy en tema de discusión y debate.
En todo caso, los dos profesores, respetables filósofos y cada quien en defensa de posiciones encontradas, han logrado separar –en un primer trabajo quirúrgico- las razones que han despertado a una ciudad como Barcelona con la noticia de que se declara “antitaurina”. Quienes invocan esa conquista, lo hacen en nombre de la “violencia”, de la “barbarie” y otros tantos desacatos cometidos en contra del toro, olvidando que para eso, también hay otros filósofos[5] que han estudiado las calladas raíces y el discreto desarrollo de un espíritu ritual que emerge y trasciende a lo largo de siglos y siglos de andar metido entre los anhelos del hombre primitivo, pero también del que se integró a sociedades mejor establecidas con sus connotaciones de carácter místico que concluyeron en el necesario sacrificio para reforzar los ciclos agrícolas con que se explicaba el feliz o desastroso balance de una cosecha.
La opinión de mi amigo José Carlos Arévalo es una excelente apreciación proporcionada por un periodista, quizá el más inteligente, centrado y razonado de los que hoy día cuentan con tribuna para manifestar sus reflexiones. Sin embargo, no es la suya, sino un mero reflejo mediático que se reduce a importante señal de focos rojos sobre el destino mediato de la fiesta de toros. Lo que suceda en adelante es tarea de conjunto, de teoría y praxis constantes no solo de aficionados concientes. También de académicos y pensadores que tendrán que realizar un esfuerzo más allá de lo convencional para convencer no sólo a tirios y troyanos. También a esa masa a veces concordante, aunque casi siempre discordante que es la del planeta de los toros. Masa socialmente reducida a sectores aislados o poco afines entre unos y otros.
Sin embargo, lo que ha escrito Arévalo me parece una opinión justa, como un reactivo necesario a todos los componentes que se vienen moviendo de forma encontrada en este medio que necesita integrarse. Corremos el peligro de convertirnos en ciudadanos poseedores de una extraña inclinación y afecto a los toros como espectáculo dentro de un territorio específico amenazado por la decadencia.
Por otro lado, los actuales patrones de comportamiento manifestados por la humanidad en su conjunto, están creando con más frecuencia señales y focos rojos, pretendiendo evitar la desforestación de los bosques, la extinción de especies animales terriblemente amenazadas por el hombre. El crecimiento de manchas urbanas, la polución industrial que se concentra en ese hoyo de ozono. Todo ello, al sumarse a otros desequilibrios ecológicos viene alterando el clima a nivel mundial.
Asuntos de esa naturaleza preocupan a los habitantes de este planeta llamado “Tierra”.
[1] En el discurso pronunciado por Octavio Paz ante la Real Academia Sueca en reconocimiento de haber recibido el Premio Nobel de literatura 1990, afirmaba: “La modernidad ha sido una pasión universal. Desde 1850 ha sido nuestra diosa y nuestro demonio. En los últimos años se ha pretendido exorcizarla y se habla mucho de la “postmodernidad.” ¿Pero qué es la postmodernidad sino una modernidad aún más moderna?
[2] Es catedrático de la Universitat Autónoma de Barcelona y miembro de Iniciativa per Catalunya.
[3] Es profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC.
[4] 6TOROS6, Nº 514, del 4 al 10 de mayo de 2004, p. 3.
[5] Allí están: Ángel Álvarez de Miranda, Francisco J. Flores Arroyuelo y Ramón Grande del Brío, entre otros.