NUEVA HISTORIA DE DOS OBSESIONES (VIII y ÚLTIMA).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

…DE NUEVO CON USTEDES.

ESA OTRA OBSESIÓN…

   Restablecida la diversión en 1887 se enriqueció con la llegada de toreros, pero también de toros españoles que muy pronto rehabilitaron el espectáculo de tal forma que muchos criterios hasta entonces no puestos en práctica, fueron cosa común en nuestro país. En todo ese proceso participaron personajes como Luis Mazzantini, Diego Prieto, Saturnino Frutos. La prensa ocupó un lugar destacado dadas sus observaciones y precisiones al respecto del cambio que se estaba gestando en aquellos momentos. Ponciano Díaz abarca en este proceso un espacio dominante también.

   Ponciano, al igual que su padre José Guadalupe Albino Díaz es un gran conocedor de los toros en la hacienda de ATENCO. Con toda seguridad, combinaron dos actividades conjuntas que tendían hacia un sólo propósito: conocer más y más los secretos del toro en relación con la fiesta misma. Puedo anotar además, que alguna influencia debió ejercer Bernardo Gaviño, al guardar amistad con los dueños de la hacienda atenqueña.

   Bernardo Gaviño arribó a México en 1835, aunque hay noticias de la misma índole respecto a que lo hizo o en 1829, pero también en 1833. Su primera actuación en la plaza de San Pablo fue el 19 de abril de ese mismo año. En 1842, el jueves 14 de abril se enfrenta por primera vez a cinco toros de Atenco en la plaza del Paseo Nuevo en Puebla, presentándose además el espectáculo de Indios Apaches y Comanches.

   Desconocemos las reacciones que pudieron darse por parte del pueblo, si de resentimiento hacia lo español apenas pasados algunos años del logro de la independencia, o de aceptación que no era más que presenciar la continuidad del espectáculo taurino. Continuidad que se dio como lógica respuesta frente a unas condiciones de recuperación puesto que la costumbre se había visto afectada primero, por el incendio de la plaza de San Pablo en 1821 (plaza que se reinauguró hasta 1833) y luego por plazas sucedáneas pero efímeras como la Nacional, la de la Alameda (en la Mariscala), o la de don Toribio. Por ese entonces dominaban el ambiente los hermanos Luis, Sóstenes y José María Avila concretamente, en medio de otros personajes tan fugaces como etéreos.

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   En ese estado de cosas, un año después España reconoce la independencia de México lo cual pudo haber abatido el carácter antihispánico de algunos nuevos y recalcitrantes partidarios del liberalismo, amén de muchos otros que sin tanto principio político de por medio, hayan impuesto su propio y natural rechazo a lo que significó el paso y el peso de tres siglos coloniales en nuestras tierras.

   Bernardo Gaviño contaba en 1835 con 23 años de edad. Gaditano de origen decidió establecerse en México luego de haber hecho un alto temporal en la isla de Cuba. En España fue contemporáneo de Francisco Montes, de Juan León “Leoncillo” y quizás hasta pudo estar muy cerca de aquella influencia que ejerció la Escuela de Tauromaquia auspiciada por Fernando VII y dirigida por Pedro Romero en coordinación con el conde de la Estrella. Allí se aplicaron muchos jóvenes toreros de entonces. El inicio que, como institución tuvo esta escuela de tauromaquia parte de 1830, cuando Bernardo cuenta con 18 años, edad más que propicia para comenzar una profesión tan arriesgada y apasionante como la de ser torero. Durante ese lustro que va de 1830 a 1835 quizá era la moda predominante, o el sitio a donde fueron aglutinándose los miembros de una generación formada bajo la égida de Pedro Romero que ya goza de principios formales de profesionalización en una primera etapa regida por principios establecidos en la Tauromaquia de José Delgado. La segunda etapa se cubrió con el alumno más destacado de Romero: Francisco Montes, quien en 1836 publica su Tauromaquia, sustento técnico que se proyectará vigoroso más de 50 años, hasta la aparición de una diversidad de doctrinales taurómacos o la Tauromaquia de “Guerrita” aparecida en el crepúsculo del siglo XIX.

   El papel que jugó el gaditano en México fue muy importante, regido por comportamientos de marcada tendencia a feudalizar o a monopolizar el control que poco a poco fue ganando y dominando. Su señorío “feudal” quedó perfectamente instalado en la capital del país, por lo que el centralismo ayudó a fortalecer su influencia convirtiéndose en cierta medida, en árbitro, en juez de las decisiones que debía tomar o ejecutar. Algo que comprueba esto es la forma en que Gaviño sumó actuaciones, convirtiéndose en primera figura por muchos años, atentando hasta con sus propios paisanos a quienes les impidió las posibilidades de actuar ante el público mexicano (claro, tanto “El Chiclanero” como “el Cúchares” que así se hacían llamar Francisco Torregosa y Antonio Duarte, eran un par de advenedizos). Los hechos ocurrieron en el invierno de 1851 y 1852.

   Sin embargo, y como lo apunto en mi libro: Bernardo Gaviño y Rueda: Español que en México hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX:

   [Sobre el total de sus actuaciones] Hasta aquí, el registro “localizado” arroja la cantidad de poco más de 700 actuaciones (exactamente 725) que, para el propósito de este trabajo se trata de una suma muy importante, la cual nos traduce a Gaviño convertido en un torero solicitado constantemente por las empresas que lo contratan, o un Gaviño que asimismo se organiza corridas “a beneficio”, como empresario, labor que realizó en compañía de sus hermanos Manuel y José Ramón Gaviño; aquel banderillero y miembro de su cuadrilla. Este, simplemente metido a dicha aventura empresarial.

   Ciudades o pueblos tales como: el Distrito Federal, Morelia, Puebla, Chihuahua, Durango, Guanajuato, Toluca, Tenango del Valle, Tenancingo, Texcoco y otras villas en nuestro país; y plazas de la Habana, Venezuela o Perú son los sitios donde actuará con mayor frecuencia. Pocos en verdad, pero pródigos en cantidad de corridas toreadas.

   Un dato como mero presupuesto complementario a todo esto es que Bernardo Gaviño en toda su trayectoria debe haber actuado en aproximadamente 1,100 o ¿2,000? festejos.[1] Dichas cifras se determinan a partir del siguiente ejemplo:

-Si Rafael González “Machaquito” toreó durante su carrera 754 corridas, y mató 1853 toros. Y tomando en cuenta el dato publicado en el periódico LA VOZ DE MÉXICO, de que Bernardo Gaviño “dio muerte a 2,756 bichos” (CASO Nº 1), así como el que proporciona EL ARTE DE LA LIDIA de “que en el ejercicio de su profesión dio muerte a más de 5,000 toros de las mejores ganaderías” (CASO Nº 2), entonces, aplicando una simple regla de tres tenemos los siguientes datos:

ESTIMACIONES BGyR

   Como vemos, el CASO Nº 2 viene a duplicar –por la lógica de Perogrullo- al CASO Nº 1 y esto origina un gran conflicto, pues de inmediato nos hacemos la pregunta: ¿a cuál de las dos cantidades creerle, si la fuente procede de hemerografía contemporánea a Gaviño; tanto LA VOZ DE MÉXICO como EL ARTE DE LA LIDIA, que se suponen bastante enteradas en cuanto a sus informes? Una respecto de la otra se incrementa casi un 100 %

   1,121 o 2,034 festejos parecen ser una cantidad por demás excesiva, ya que no era un número convencional para un matador de toros como es el caso de Gaviño, a pesar de sus 57 años en la profesión en América. Sin embargo, los números aquí registrados quedan como evidencia, luego de la localización no del todo definitiva y en un primer gran balance, de 725 festejos que van de 1835 a 1886, quedando por incluirse una de sus actuaciones, la de la Habana, en 1831.

   Sea lo que fuere, Bernardo Gaviño y Rueda tuvo incontables triunfos que se acumulan en más de medio siglo de andanzas toreras, la mayoría de ellas, en nuestro país. No se concretó ser un diestro que limitara su mando en una sola nación. También pudo lograrlo en algunas otras del continente americano y allí su nombre y su memoria quedaron grabados en la historia de la tauromaquia de este lado del mundo.

   Ante todo esto, Gaviño como se dice, tenía la sartén por el mango. Pensemos ahora que, dueño de la situación la dominaba y la conocía como el mejor por lo que no es nada difícil que su fuerza llegara a controlar a algún grupo de ganaderos. En concreto se puede apuntar que guardó fuertes relaciones con el señor José Juan Cervantes Michaus, último conde de Santiago de Calimaya y dueño de ATENCO. Mientras revisaba el ya mencionado Fondo de los Condes de Santiago de Calimaya en la Biblioteca Nacional me encontré con unos documentos de los años 1864, 1866 y 1867 (cajas 2 y 10) donde se anotan los gastos, pero también las ganancias en esas corridas. Fue muy interesante llegar hasta la parte en que se reparten el saldo a favor. Por ejemplo, si hubo $300.00, cada uno se llevaba la mitad. Esto señala la formación de una sociedad que durante muchas tardes gozó de ventajas económicas seguras. Pero también del claro y evidente acuerdo que pudo darse entre ambos, entendido como la participación directa del torero en otros conceptos propios de la hacienda atenqueña. ¿Cuáles, por ejemplo? Ser el responsable en las tientas, en la selección y elección de ganado para las muchas tardes que Gaviño enfrentó en plazas como San Pablo y Paseo Nuevo. Asimismo, conocedor de unas características propias del ganado, bien pudo darse cuenta de las condiciones y del juego que ofrecían en las corridas, los toros del conde.

   ¿Con qué ganado de Atenco se encontró Gaviño? y ¿de qué forma decidió la transformación para lograr del mismo un concepto novedoso y distinto?

   Son las preguntas difíciles que decidimos plantear para definir su participación, ¿incorporando el ganado de casta navarra a Atenco? A mitad del siglo XIX, los toros navarros gozaban de reconocimiento y popularidad en España. Era ya una casta definida y conocida, con características propias. Con este argumento es posible creer y pensar en la posibilidad de que luego de la independencia llegaran a México, bajo custodia de Bernardo Gaviño (o de sus hermanos Manuel o José Ramón) esos toros que durante siglos se atribuyeron al Lic. Juan Gutiérrez Altamirano.

   Otra posibilidad es que habiendo multitud de ganados procedentes de varias provincias españolas, en México se hayan reproducido enormemente con la alternativa que la casta navarra fuera la que, por su fenotipo, predominara en el valle de Toluca por encima de otras.

Gaviño fue dueño de una hegemonía y de un control que durante 50 años quedaron como marca de ¿dictadura? o de ¿manejo de la situación? Creo que el único torero que estuvo fuera de sus dominios fue Ponciano Díaz, mismo que, luego de su alternativa apócrifa en Puebla allá por 1879, rompe relaciones con el maestro. Por cierto, las lecciones que imparte Gaviño a Ponciano se originan bajo una normatividad técnica que el español no pudo olvidar, combinando este propósito con una muy bien cimentada idea del estilo mestizo puesto que el gaditano entendió el ambiente en que se desarrollaba, y esto fue favorable porque por muchos años, gozó de segura y fuerte popularidad, difícil para los del gremio y extraordinaria por el largo tiempo en que se mantuvo sujeto a ella.

   Bernardo Gaviño antes de muchos mexicanos fue un mandón que potenció la fiesta de los toros en México, que la hizo suya, la asimiló correctamente en beneficio y conveniencia personal para dar continuidad a su importante papel hegemónico.

   Volviendo con Ponciano Díaz, este es un gran diestro que acumula popularidad sin par entre la afición de fines del siglo XIX. Su toreo de fuerte influencia campirana se ve alterado con la presencia de otra expresión aún más poderosa: la del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna. Significó para él un atentado, pero también el momento de abrazar y hacer suya aquella manifestación. Todo parece indicar que no quiso perder una oportunidad, pero también el papel hegemónico que hasta entonces poseía. Torear a la “española” significaba traicionar sus principios, invalidar todo un camino de formación exclusivamente nacionalista, basado en expresiones del toreo a caballo en clara combinación con el quehacer de otro de a pie cuyos cimientos son de una inspiración surgida desde tiempos tan remotos como los que coinciden con la independencia y surgimiento de la nación mexicana en cuanto tal. Ponciano era el producto perfecto de todo aquel proceso y por ende se le consideró como “figura” del toreo en su momento. Incluso se ganó la titularidad de “mandón” de la fiesta, puesto que se convirtió en eje imprescindible del espectáculo, al grado de que no sólo la afición le prodigó su entrega y cariño. También fue objeto de veneración en las letras, la música, el teatro y hasta en el cine. La devoción de que fue objeto ningún otro diestro de su época la tuvo más que él.

   Ponciano era de ATENCO, Ponciano sin lugar a dudas, conocía como la palma de su mano el teje maneje de esta ganadería para entonces casi cuatro veces centenaria. Y sobre Ponciano, por fortuna han sido publicadas una buena cantidad de colaboraciones en este blog, lo que permite tener un mejor conocimiento sobre su persona y su trayectoria como torero.


[1] El arte de la lidia, año II, Nº 9 del 28 de febrero de 1886.

   Bernardo Gaviño.

(…) Él fue, como hemos dicho, no sólo el decano de los toreros en México, sino el maestro de los nacionales que bajo su acertada dirección ejercieron y aún ejercen ese peligroso arte, heredado en España de la antigua nobleza (…)

   Bernardo Gaviño, en su larga vida de torero, llegó a captarse las simpatías de todas las poblaciones donde lució su valor, destreza y grandes conocimientos en el arte; y no sólo en el redondel taurino supo hacerse querer, sino fuera de él, en su trato social, en el que siempre se condujo como un perfecto caballero, pues además de su buen trato y acrisolada honradez, jamás hizo gala de ninguno de esos vicios que aquí, al menos, parecen inherentes al ejercicio del arte entre muchos nuevos toreros.

   En cierta época llegó a reunir una fortuna de más de 50,000 pesos, ganados a fuerza de constancia y trabajo. Gustaba de vivir con comodidad, casi nunca usó en sociedad el traje andaluz, y en la lid se presentaba con lujo.

   Bernardo se había connaturalizado con nuestras costumbres y modo de ser, y amaba a México como a su propio país, que no volvió a ver…

   Es el único torero en quien, aparte de su natural gallardía, vimos reunidas las tres cualidades del diestro: cabeza, corazón y pies.

   Sus muchachos tenían ciega confianza en él, y muchos le debieron la vida y su auxilio en las lides taurinas y de fortuna.

   No siempre tuvo desahogo, pero jamás le faltaron buenos amigos en todo el país, quienes al verlo, ya anciano, arriesgar sonriendo y sereno mil veces su vida en las corridas, le aconsejaban se retirara del redondel; pero Bernardo era torero de corazón, y nunca pudo sacrificar su amor al arte.

   Como diestro y como empresario ganó grandes cantidades, tuvo temporadas en las que trabajó en más de cuarenta corridas al año, y se calcula, por datos dignos de crédito, que en el ejercicio de su profesión dio muerte a más de 5,000 toros de las mejores ganaderías.

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