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LOS CÓDICES DE LA IMAGEN: RESCATE TOTAL.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Así como el quehacer de los antropólogos ha sido rastrear, recuperar, identificar y ubicar todos aquellos documentos conocidos como códices, que recuerdan no solo la gloria de determinados personajes, sino las guerras, así como los diferentes sistemas políticos de un pueblo o su religión. También no dejan de inscribirse valores de vida cotidiana, con lo que nos acercamos a una idea más precisa de cómo se desarrollaron determinados momentos, tiempos o épocas de un pasado que parecían irrecuperables, aunque por fortuna tan inmediatos gracias a su rescate, resguardo e interpretación precisos.

   Del mismo modo, existen otra serie de testimonios que fortalecen en esa medida la circunstancia del pasado, con lo que nos es más inmediato, de ahí que lo podamos conocer un poco más, pero también un poco mejor.

   Los archivos fílmicos vienen a convertirse en invaluables acervos, colecciones y reuniones de “códices de la imagen” los cuales aglutinan y recogen todos aquellos síntomas en los que se movió determinada sociedad, documentos conocidos en nuestro país desde 1896.

LOGOTIPO FILMOTECA UNAM

   Cerca ya de cumplir 56 años de existencia, el 8 de julio de 1960, la Universidad Nacional Autónoma de México consciente del significado del cine como un instrumento de divulgación histórica, formó la FILMOTECA, como principal repositorio donde habrían de rescatarse, cuidarse, mantenerse y clasificarse -siguiendo el modelo de los antropólogos respecto a los códices- todos aquellos materiales que, en sí mismos encierran el valor de hechos y testimonios relacionados con acontecimientos históricos, sociales, artísticos, sin faltar los que comprenden aspectos de vida cotidiana. En este último apartado quedan incorporadas las corridas de toros, con imágenes que se remontan a 1895; llegan a 1975, momento en que la generación del cine es desplazada por el video pero no por ello deja de registrarse en ese nuevo formato que cada vez evoluciona y que incluso sirve para resguardar los viejos materiales sometidos al riesgo del paso del tiempo.

   Ahora bien, entre otros fines concretos de la FILMOTECA de la U.N.A.M. se encuentran los del rescate de películas de ficción. Gracias a otros documentos como los ya indicados, y que no solo provienen del trabajo de, por ejemplo: los hermanos Alva, Jesús H. Abitia, Salvador Toscano y otros plenamente reconocidos. También están los materiales logrados por diversos anónimos y personas que tuvieron, además de los recursos para realizar dicha actividad, la pasión y un sentido por el rescate de la memoria.

   Lo verdaderamente notable es que estos documentos recogen a los héroes populares, esos que se pensaban perdidos hasta que al volverse a destapar viejas latas y colocarlas en enormes proyectores retornan en el tiempo hasta nosotros, con lo que nos damos cuenta del significado que tuvieron y que tienen. Esas imágenes nos permiten entender la forma en cómo evolucionó la selección y gusto de la sociedad por diversiones como la de toros. De ahí que volvamos a fijarnos en una más de las herramientas de la antropología, unidas también al quehacer histórico y sociológico que acude para enriquecer el soporte interpretativo necesario para entender mejor el contexto resguardado en viejos nitratos.

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Entre otros, los Hermanos Alva, articularon el imaginario colectivo del cinematógrafo hacia la primera y segunda década del siglo XX mexicano.

   Por razones que se desconocen, pero que pueden ser simple y llanamente indiferencia o desinterés, muchos historiadores, intelectuales y gente de la cultura ligada al cine manifiestan su rechazo por la fiesta brava, misma que pasa a ser excluida de la historia como registro documental, lo cual mueve a concientizar a quienes se ven involucrados para que, dejando a un lado ciertos prejuicios, valoren la calidad de muchos materiales hoy sujetos al riesgo de que desaparezcan si no se atienden a tiempo y con un criterio común, tal y como se aplica para otros materiales que ya vemos no deben ser nada más las películas de ficción. Probablemente sean mucho más importantes aquellas imágenes sin argumento específico, pero que poseen uno propio inmensamente rico. Y no nos referimos exclusivamente al asunto taurino -del que se hace énfasis-, sino también de otros géneros y ámbitos cotidianos que no pueden quedar excluidos por ningún motivo.

   Por ejemplo, cabe mencionar el valioso rescate de la producción silente “¡Viva Madrid que es mi pueblo!”, donación hecha por Julio Téllez y que hizo suya la FILMOTECA de la U.N.A.M. logró sacudir conciencias, porque al llegar la copia a la Filmoteca Nacional de España y ser exhibida, causó verdadera conmoción. “Sacudir conciencias” porque la respuesta fue más contundente en España que entre nosotros, lo cual habla de que debe intensificarse la capacidad de importancia y ser equiparables al mismo entusiasmo que se proyecta en otras latitudes.

LO IMPORTANTE DE LA CONSERVACIÓN

    Así como en el ámbito taurino los libros, viejos carteles, litografías, fotografías son sumamente codiciados (no se diga de la obra pictórica que llega a ser en algunos casos inaccesible), el cine parece ir en sentido contrario, pues hoy día se conservan relativamente pocos testimonios, a pesar de que la modernidad, con todos los avances tecnológicos volcados en una infraestructura que ha evolucionado en estos 121 años de historia cinematográfica en México, no ha ofrecido -al parecer- los suficientes motivos para ser rescatado como cualquier otro gran tema de nuestra historia el último siglo de la humanidad en lo general, y de nuestro país en lo particular.

   Por lo tanto, el único propósito con que conviene terminar estas notas, es dejar claro el hecho de que al menos existe una institución en el país que, en tanto universal, hace suyo un tema y sus respectivos materiales que conservan en lo misterioso de la película como soporte, el registro de antiguas hazañas que conviene seguir recuperando en la medida de lo posible.

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¿TENEMOS IDEA DE CÓMO TOREABAN LOS ANTEPASADOS DE PONCIANO DÍAZ Y LOS CONTEMPORÁNEOS DE BERNARDO GAVIÑO?

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Estoy convencido que algunos carteles permiten conocer las formas y prácticas que usaron aquellos diestros foráneos, si nos atenemos al hecho de que la ciudad de México estuvo privada de dicha diversión entre 1868 y 1886, y de que la prensa, que no necesariamente disponía de una tribuna establecida (el Nº 1 de El Arte de la Lidia apareció hasta el domingo 9 de noviembre de 1884), apenas llegó a publicar aisladas reseñas, como la del 9 de septiembre de 1852 en El Siglo XIX. Pues entonces, lo único a donde podemos acudir es a los cuadros de costumbres que nos legaron autores mexicanos como: Antonio García Cubas, Guillermo Prieto o Luis G. Inclán que se combinaron con el testimonio de viajeros extranjeros, entre quienes podemos apuntar a: Madame Calderón de la Barca, Mathieu de Fossey, Brantz Mayer, José Zorrilla o Niceto de Zamacois, entre otros.

   Podrían resultar muy pocos. Afortunadamente cada uno de ellos, legó abundante información que hoy es posible conocer en infinidad de ediciones originales y sus reediciones respectivas.

   Desde el principio de estas notas se hizo una pregunta concreta: ¿Tenemos idea de cómo toreaban los antepasados de Ponciano Díaz y contemporáneos de Bernardo Gaviño?

   Pues vamos a contestarla.

   Para ello, dispongo de pequeños y escogidos pasajes recogidos de la obra de los autores ya mencionados y, para mejor entenderlos, agrego imágenes que habiendo sido publicadas en esas épocas, hoy las rescato para acompañar cada momento de la lidia, en un afán de reconstrucción total.

   Tal iniciativa la vengo madurando en un trabajo de mayores proporciones y que he titulado: ILUSTRADOR TAURINO, del que traigo las siguientes notas:

 INTRODUCCIÓN

 Las tauromaquias en México

no se escribieron.

Se ilustraron.

   Reconstruir cómo se daba una puesta en escena del toreo en nuestro país, durante algunas épocas bien localizadas del siglo XIX -en lo particular-, ya es posible, gracias a que una serie de pintores y grabadores (los hay de reconocida firma o los agrupados en el anonimato), dejaron su propio testimonio acerca de la forma en que percibieron el espectáculo. Un argumento perfectamente interpretado que entendió esa forma de ser y de pensar, como extensión imaginaria de “Los mexicanos pintados por sí mismos”, obra de Hesiquio Iriarte.

   Los ejemplos son ricos en cantidades y calidades, por lo que me parece indispensable primero, hacer un recuento de los artistas y luego, a partir de sus trabajos realizar la deseada aproximación para entender la manera en que se toreaba durante diversas épocas del siglo decimonónico. Mucho ayudarán algunas crónicas localizadas, así como otras tantas TAUROMAQUIAS publicadas en nuestro país, recordando que fue la de Francisco Montes la primera que se publicó con ese fin en nuestro país; editada e ilustrada por el célebre autor Luis G. Inclán, en 1864.

   Manuel Manilla y José Guadalupe Posada, cada cual en su estilo, independientemente de su gran producción, sintetizaron la tauromaquia en sendos juegos para niños. Ambas manifestaciones podremos admirarlas en el catálogo formado para esta publicación.

   Por ahora, la fotografía no tiene cabida en el presente recuento. Los pocos daguerrotipos, ambrotipos, tarjetas de visita y hasta ilustraciones estereoscópicas que han sido redescubiertas salen de este contexto, dado que rompen con el encanto de la pintura y el grabado, pero en cierta media fueron modelo para que otros tantos artistas mayores o menores se sirvieran de ellas, para enriquecer con su trabajo las publicaciones periódicas o para dar realce a algún volante de los muchos repartidos en las plazas, donde además se publicaban versos o corridos alusivos a alguna ocasión digna de memoria.

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Manuel Manilla. “La oca taurina”. Grabado. Fuente: Colección del autor.

   Sabemos que la fotografía “enfocó” a la fiesta de los toros en nuestro país desde 1864. Luego, en 1885 aproximadamente podemos mencionar tres arcaicas imágenes que nos dan una vaga idea de un probable foto-reportaje (logrado en el Huisachal), concepto que ya se va a dar en mejor medida hacia fines de 1897 cuando se han podido reunir hasta 6 fotografías que dan testimonio de una actuación de Ponciano Díaz en la plaza de Tenango del Valle, acompañado de la torera española Juana Fernández “La Guerrita”. Luego, el 26 de diciembre de ese mismo año se genera el que puede considerarse “primer gran foto-reportaje” en donde se dejó evidencia de una actuación de Luis Mazzantini y Nicanor Villa “Villita” con reses de Tepeyahualco en la plaza de Bucareli, que consta de más de 30 vistas. Ambos trabajos fueron logrados por Charles B. Waite y Winfield Scott, inquietos reporteros gráficos que además se encargaron de retratar otros tantos pasajes de la vida cotidiana de nuestro país, cuyo encanto terminó “atrapándolos”.

   Todavía en los primeros años de la Revolución y concluida esta, los grabados de Manilla y Posada se dispersaron por diferentes imprentas, mismas que usaron aquellas planchas para ilustrar el cartel encargado previamente. Pero fundamentalmente dejaron testimonio que afortunadamente fue rescatado y hoy rescatamos en esa indispensable labor ajena al olvido.

   La captura de imágenes va a ser posible, gracias a uno de mis trabajos: la Aportación Histórico Taurina Nº 24: “Registro Fotográfico”, cuyo levantamiento continua (hasta el momento de elaborar esta “introducción” llevo un registro de 1031 imágenes). Esa AHT es sustento invaluable pues da vida a los diversos apuntes, artículos, ensayos, series y libros que, por otra parte he elaborado, manteniéndose buena cantidad de ellos inéditos (o lo que es lo mismo, en un rincón).

   De Bernardo y de Ponciano, el Dr. Carlos Cuesta Baquero nos obsequió con los perfiles más completos de ambos, porque al no quedar en la marginación y el olvido dado su papel protagónico, se les puede entender a pesar del tiempo que ahora nos separa de ellos (114 y 101 años respectivamente).

   Pero también, más en contra de Díaz que de Gaviño, hubo campañas perfectamente articuladas que lo destrozaron materialmente. Veamos qué dice Eduardo Noriega “Trespicos” allá por noviembre de 1895:

 LA FILOXERA DE LA AFICIÓN

(…)la evolución ya se había impuesto, pese a unos cuantos que todavía quedan, como quedan algunas tardes nubladas cuando se aleja el estío.

   Dura fue la campaña y tenaz la fatiga; pero al fin, el progreso se ha impuesto, y aunque todavía se queman algunos cartuchos en defensa de lo atrasado, de lo malo y de lo nocivo, aunque todavía hay unos cuantos desbandados que pregonan la falsedad en el arte, y con esta bandera tratan de sofocar el gusto de la afición, ya no hay temor de que sus ideales se impongan, ni esperanza de que sus absurdos se realicen.

   El único y tenaz enemigo que hoy tiene la afición en México, es el antiguo espada y novel empresario Ponciano Díaz…

   Con esto, la prensa taurina establecida, adecuada asimismo al quehacer español que se manifestó en México con amplios poderes desde 1887, instrumentó la opinión intelectual de aquella expresión estética y técnica, liquidó el esquema autóctono y rural que durante muchos años se entronizó como forma mexicana del toreo.

   De esa manera, el último reducto del toreo a la mexicana, el diestro Ponciano Díaz, ya sólo tuvo tiempo de disiparse en desesperadas actitudes que de forma acelerada lo llevaron al fin. Tuvo tiempo de actuar en una que otra tarde aislada hasta que sobrevino su muerte, el 15 de abril de 1899.

   Como puede observarse, culminando materialmente el siglo XIX, terminó también aquel capítulo de toreo al estilo del país, con bajonazos y mete y sacas, del que han quedado secuelas en este XX que también termina.

   Así que de esa y no de otra manera, entenderemos el toreo. Crónicas, pequeños pasajes recogidos en novelas de costumbres, visiones de extranjeros y la imagen, serán nuestros más importantes sustentos para entender cómo se toreaba en el siglo XIX mexicano.

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ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL “QUITE”. (CONTINÚA).

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   El “quite” prácticamente ha desaparecido para convertirse en esa reducida intervención que tienen los matadores en el momento en que se deciden intervenir, no para concretarlo, sino para lucirse en algún lance, incluso todavía con la presencia de los piqueros en el ruedo o ya sin ellos. Y esa reducción a veces ha llegado al extremo riesgoso de chicuelinas, navarras o algunos lances combinados que, como decían José Alameda hasta en la sopa se aparecían.

   Esa desaparición va acompañada de lo limitado de una suerte que vino de ser la parte protagónica de la lidia, debido al hecho de que allí se podían apreciar, además de las sangrientas batallas entre toros y caballos, la intervención permanente de toreros, cuadrillas e incluso monosabios que tendrían que hacer una labor bastante intensa para darle sentido al primer tercio.

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INAH-SINAFO. N° de catálogo: 457984. Plaza de toros “El Toreo”. Ca. 1910.

   La imagen que acompaña estas ideas, nos permite apreciar el momento en que el toro, que ha resbalado por la fuerza de su embestida, también se ha llevado por delante a un caballo que cae a la arena, así como por el hecho de que su jinete, lanzado por allá, es levantado rápidamente por un monosabio. El diestro de la izquierda aunque espera que se incorpore el toro, ya permanece listo para intervenir en el necesario e indispensable “quite”. Más allá, otro grupo de monosabios incorpora a otro caballo al que han despojado de la silla, quizá mal herido. La escena no deja de tener su fondo de intensidad, de tensión. Por tanto, puede estimarse que ese era el común denominador en la lidia hace poco más de un siglo, ritmo que se mantuvo no solo con la aplicación del peto en 1930, sino que siguió manifestándose años más tarde. Las imágenes que aparecerán a continuación, fueron elegidas para documentar el dicho, fueron tomadas de una publicación que da cuenta del resumen gráfico-taurino de la temporada 1939-1940 ocurrido en la ciudad de México. Allí se observan aparatosos tumbos, batacazos e incluso caídas directamente al callejón, lo cual deja ver que los toros embestían desde una distancia relativamente importante, pero aún no estaban presentes las rayas concéntricas, lo que permitía alguna libertad de movimiento y decisión que debieron aplicar los “hulanos”.

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La suerte de varas, todavía en buena parte del siglo XX fue un elemento importante, hasta que sobrevino un periodo en el que el toro se fue a menos (recordemos la considerada “trinca infernal”: “Manolo” Martínez, Eloy Cavazos, “Curro” Rivera, y junto a ellos, Mariano Ramos y Antonio Lomelín). Y ese toro, fue logrado para lograr una faena a modo, de muchos pases y pocos puyazos, síntoma que ha prevalecido hasta nuestros días, sobre todo en esta temporada 2015-2016 en la que el monopuyazo, e incluso apenas un rasguño se han convertido en el denominador común. Ante ese panorama, no les queda mucho por hacer a casi todos los toreros que han participado, pues tampoco se les ve muy dispuestos a intervenir en esos momentos de lucimiento, pero no de “quite”, que es justo en lo que insisten quienes no tienen el propósito de remediar o corregir sus contemplaciones al respecto de ese eslabón perdido de la tauromaquia.

   Los actuales picadores vienen montados en un caballo que nada tiene que ver con los que han ilustrado estas dos intervenciones. Y si además agregamos el hecho de que el peto es verdaderamente espectacular, pues se entiende perfectamente hacia donde han querido llevar la suerte de varas, momento que se pierde gracias al incordio de muchos señores de la vara larga, quienes al amparo de órdenes de sus matadores pretenden castigar sin consideración alguna al ejemplar que tienen en frente, un toro o un novillo que parece estar reducido en fuerzas y casta. Además, se especula que los caballos están saliendo al ruedo sedados, lo que viene ocasionando algunos tumbos que no vienen al caso, pues lo poco que pueden empujar los toros o novillos (o más novillos que toros, precisamente en la temporada 2015-2016 de la plaza de toros “México”) hasta ver reducida la suerte de varas a una patética representación que nada tiene que ver con aquellas imágenes del pasado. Pero ni el pasado, ni aún el presente han podido resolver en buena medida el propósito de una suerte que se requiere, que forma parte del bagaje estructural de la lidia, pero que al verse reducido pareciera necesaria su desaparición. En todo caso, debe ajustarse a realidades del presente, buscando sus principales ejecutantes el lucimiento, que los toros se piquen de conformidad con los usos y costumbres que la caracterizan y que cumplan condiciones en las que el ganadero tenga una completa visión en torno al desempeño que sus pupilos tienen en el ruedo, como complemento del libro de notas que comienzan en la ganadería y hacen extensivo hasta la plaza, con objeto de que se cubran todas las expectativas planteadas por los ejemplares enviados a la plaza. A cuantos ganaderos no les gustaría que con la lidia de sus toros contaran con un análisis completo que luego puedan llevarlo de nuevo a la ganadería y con ello someterse a decisiones con vistas a consolidar el futuro de la cabaña brava de que son propietarios.

   En fin, de lo que trata todo este asunto es revalorar un par de asuntos que se encuentran en situación inestable. Por un lado, la suerte de varas que viene perdiendo esencias que le dan sentido propio de su existir, confrontada con la realidad de un espectáculo que, en su conjunto está siendo profundamente cuestionado por diversos opositores, los antitaurinos. Pero son los propios taurinos quienes también la tienen en un concepto de descalificación, y eso no conviene en momentos en que debe hacerse el ajuste más conveniente para su buen resultado. Con ello, la recuperación de los “quites” podría ser otro estímulo, aunque para el tipo de expresión minimalista que hoy se practica, en el que los diestros reducen su catálogo de participaciones a lo mínimo indispensable durante la lidia, no veo por ahora ninguna posibilidad, pero hay que seguirlo haciendo notar hasta que se den cuenta de que han eliminado una parte fundamental de la lidia, con lo que como tal ha entrado en el territorio del desuso. Es cierto, la tauromaquia, pero más aún la lidia, evolucionan, aunque dicha evolución se contraponga con los principios originales con que fue concebida la primera edad de la tauromaquia de a pie que tuvo sus mejores momentos durante el siglo XIX, y buena parte del XX, justo en el momento en que el peto aumentó de peso y dimensión, justo en el momento en que los picadores acostumbrados a un enfrentamiento despiadado, ahora se tenían que amoldar al tipo de lidia que fueron ofreciendo toros que se criaron también bajo otras modalidades, las que nuevos intereses iban exigiendo. Pero se ha llegado a tal extremo que muchos de esos valores han desaparecido y nos vemos ante una puesta en escena mutilada, sin elementos que generen esos grados de emoción que por naturaleza siempre han sido propios de la tauromaquia, pero que los nuevos tiempos, condiciones, necesidades y adaptaciones han llevado hasta el triste caso del remedo. Veremos en qué medida este conjunto de reflexiones pueden ser de utilidad o también puede estorbar, e incluso incomodar a más de uno de esos partícipes directos. Mientras tanto, es recomendable que quienes elaboren una crónica, o narren un festejo entiendan la conveniencia de separar el significado de un “quite” ante la sola y voluntariosa necesidad del torero en turno a lucirse con el capote, pero que no por ello se convierta para muchos, en el traído y llevado “quite” que, en su sentido más detallado es absolutamente otra cosa.

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ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL “QUITE”.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   En transmisiones radiofónicas, televisivas, e incluso en muchas notas o “crónicas” dichas o elaboradas al respecto de los más recientes festejos que se celebran en este país, es común escuchar o leer, justo a la hora en que se desarrolla el primer tercio, que tal o cual torero realiza un “quite”. En la literatura existente, la cual permite aclarar aspectos de tal naturaleza, encontramos en el Diccionario ilustrado de términos taurinos de Luis Nieto Manjón la definición al respecto:

Quite. Suerte que ejecuta un torero, generalmente con el capote, para librar a otro del peligro en que se halla por la acometida del toro.

   Se conoce como suerte e impropiamente tercio de quites a la suerte que los diestros realizan por turno con el capote entre puyazo y puyazo.[1]

   Lo anterior viene al caso, pues se insiste en ese aspecto como si tal ocurriera. Evidentemente no es así, o esto ocurre en contadas ocasiones. El “quite” que ya se ve, sirve o sirvió “para librar a otro del peligro en que se halla por la acometida del toro” es un paso en el desarrollo de la lidia que prácticamente se extinguió, y esto por varias razones.

   Observando las viejas fotografías de aquella otra lidia, la que se practicaba hace poco más de un siglo, se pueden tener en cuenta varias circunstancias.

SOL y SOMBRA 394

   La primera imagen seleccionada, que proviene del Sol y Sombra, año VIII, Madrid 14 de abril de 1904, N° 394, p. 9, puede observarse el momento en que el toro ha levantado en vilo a la cabalgadura, un caballo por cierto bastante mermado, que quizá era de los que se adquirían al grito de “¡Más caballos, más caballos!” , de aquellos que los viejos cronistas denominaban peyorativamente como “sardinas” y que estaba condenado a morir en forma bastante penosa, por cierto. Pues bien, a esto hay que agregar el hecho de que por aquellos años, el uso del peto todavía no estaba reglamentado, hecho que vino a darle un giro radical a aquella puesta en escena, justo a partir de 1928 (en España) y del 12 de octubre de 1930 en nuestro país, cuando se incorporó ese elemento de defensa, con lo cual se terminaba un largo capítulo de bárbaras demostraciones que hoy sería muy difícil asimilar.

   Se puede apreciar también el hecho de que en el coso de la Maestranza, como en muchos más, no se utilizaban las rayas concéntricas, lo que hace suponer que la suerte se realizaba no solo en el tercio, en la contraquerencia primero (o la querencia si fuese el caso). Los picadores iban en búsqueda de más de un toro remiso y allí los castigaban. Aquí una muestra:

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Este registro, obtenido con toda seguridad por Winfield Scott en 1897, muestra a un piquero mexicano realizando la suerte en los medios. La plaza debe ser la de Tenango del Valle, estado de México.

Fototeca INAH / SINAFO.

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Sol y Sombra, año VIII. Madrid 5 de mayo de 1904 N° 398, p. 9.

   Respecto a la tercera imagen, puede entenderse que el toro ya ha cometido un “tumbo”, mientras el caballo sale corriendo a toda prisa e incluso se lleva al picador que ha puesto pie en tierra, lo cual significaría una especie de estampida. El torero de la derecha ha logrado distraer al toro, hacerse de él con el capote y alejarlo del peligro por medio de un elemental “quite”, a base de lances de tanteo o, quizá decidido a lucirse, no dudaría en realizar la suerte que permitiese el estado en que en esos momentos se encuentra el toro. Aquellos tercios requerían más de 3 o 5 varas, mismos que se aplicaban con una puya que por su forma –la de un limoncillo- apenas causaría algún efecto en el morrillo de aquellos toros que, como diríamos en México –tiro por viaje-, ocasionaban el derrumbe estrepitoso. Así que aquellas escenas se coronaban con los restos de varios caballos que quedaban muertos en el ruedo.

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Sol y Sombra, año VIII. Madrid 17 de julio de 1904 N° 412, p. 13.

   Otro torero se ha acercado tanto como le fue posible al toro que, como puede observarse, se ha cebado en el caballo que yace en la arena. Poco más atrás se puede observar el cadáver de uno que apenas habría herido de muerte el mismo ensabanado. El picador, que ha salvado la vida, yace en forma un tanto cuanto cómica, montado en el filo de las tablas, en tanto observa que el matador en turno se dispone a hacer “el quite”, permitiendo con ello que las infanterías y monosabios remuevan con la mayor rapidez posible los restos de la batalla.

   Al paso de los años, aumentó considerablemente tamaño, espesor y peso del peto, lo que tuvo que reglamentarse, pero no vigilar que esto se convirtiera en una muralla a la que muchos toros acudían con riesgo de fracturas de cráneo o rotura de pitones. A todo lo anterior se sumaba el uso de una pica con cruceta de distintas dimensiones, mientras los toros también se iban transformando conforme pasaron los años, hasta pasar de una bravura o casta bastante marcada, a la de una nobleza o mansedumbre (o viceversa) que hoy se acentúa en esa especie de Antígona en la que sólo pasan con un puyazo, el monopuyazo, lo cual sería un impedimento para que los alternantes ya no tengan motivo para realizar el “quite”. Es más, muchos de los espadas se desentienden y dejan en manos de sus cuadrillas que hagan el resto de la labor, con lo que todavía se alejan más de la posibilidad de que su actuación sea del todo completa, habida cuenta de que el primero en el cartel, sea el “director de lidia” y que en muchas ocasiones no sepa ni siquiera que va a cumplir con ese compromiso.

   Como puede observarse, el asunto no es fácil de entender, si antes no contamos con estos telones de fondo, con el contexto necesario, del que creo que han escapado otros interesantes datos, pero que nos llevan a explorar y explicar también que el “quite” está en desuso, se ha extinguido y que cuando suelen revivirlo –los toreros- esto cae en una situación excepcional. En cuanto a los “chicos de la prensa”, deberán tener al tanto que para pronunciar el solo término de “quite” es porque este tiene su explicación. Si el propósito de los espadas es mantenerse atentos ante un posible riesgo, queda muy bien entendido el procedimiento y con ello sabremos que no pretenden dejar nada a la suerte. Incluso podrían generar o provocar un interesante “tercio de quites”, lo que ocurre con el capote entre puyazo y puyazo, pero no cuando los picadores ya se han retirado del ruedo. En todo caso, lo que sucede en esos instantes es una demostración de torería, de técnica o de arte que despliegan con todo su potencial los matadores, pero no un quite… que ya vemos es una cosa totalmente distinta que insisten en pronunciar.

   El tema da para más y creo que en otro momento regresaremos a él.

   Las imágenes de la emblemática revista Sol y Sombra provienen de la consulta realizada a la Biblioteca Digital de Castilla y León. Disponible en internet, enero 6, 2015 en:

http://bibliotecadigital.jcyl.es/bdtau/i18n/catalogo_imagenes/grupo.cmd?path=10104623


[1] Luis Nieto Manjón: DICCIONARIO ILUSTRADO DE TÉRMINOS TAURINOS. Prólogo de Camilo J. Cela. Madrid, Espasa-Calpe, 1987. 451 p. Ils., retrs., fots. (La Tauromaquia, 4)., p. 356.

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DATOS CURIOSOS E INTERESANTES SOBRE LA GANADERÍA DE ATENCO EN EL SIGLO XIX.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.

LA INTUICIÓN COMO MÉTODO DE APRECIACIÓN PARA VALORAR AL TORO BRAVO EN EL CAMPO DURANTE EL SIGLO XIX.[1] 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Llega el momento ya de reflexionar, ante la exuberancia de información que he ido encontrando en diversas jornadas de investigación, acerca de la hacienda atenqueña y lo que sus toros proyectan en la fiesta realizada a mitad del siglo antepasado. Primero he de apuntar que los años que van de 1840 a 1890 determinan buena parte del rumbo que tomó la fiesta no solo en la capital del país. También en los estados aledaños a la misma que requirieron la presencia del toro de Atenco por encima de otras tantas ganaderías, que las hay, tan importantes como: Sajay, El Cazadero, Guanamé, Huaracha, Tlahuelilpan, Del Astillero, Queréndaro, Tejustepec y Guatimapé. Sin embargo, como lo he reiterado, el encuentro con todo el cúmulo de datos sobre la hacienda del valle de Toluca me ha permitido mostrar situaciones concretas sobre su “crianza”, aspecto que se debe, en gran medida, a la intuición de los personajes involucrados en ir viendo nacer y crecer esos toros más tarde enviados a su destino final.

   Por eso, los apuntes del picador Juan Corona,[2] además de que reflejan la perspectiva de un personaje que puede entenderlos en función de su bravura y empuje, nos dejan comprender mejor cual fue la misión de una hacienda ganadera con producción permanente clasificada dentro del tipo “clásico”, es decir, como de producción tradicional. Y en aquellos años “se corrieron en muchos festejos ganado de Atenco,[3] cimentando más la fama de que ya gozaban entre los aficionados”. Sus toros también se ponían a prueba en sendas competencias con ganado de otras haciendas e incluso con osos o con tigres de gran tamaño, lo que elevaba el prestigio. Y también no podemos olvidar aquel hecho ocurrido en Tenango del Valle, en enero del año 62 que le costó nada menos al empresario Leandro Paredones los tres días de feria la friolera de cuarenta y cinco caballos que pasaron a mejor vida. Entonces trabajó como espada D. Mariano González “La Monja”.

   Por cierto, aquí tienen ustedes los famosos

APUNTES ANECDÓTICOS DE JUAN CORONA, PICADOR EN LA CUADRILLA DE BERNARDO GAVIÑO CUANDO ESTE SE ASOMABA A LA GLORIA. (1853-1888).

    Algunos datos de la ganadería de Atenco, sacados por F. Llaguno de la Biblioteca que conservaba el Sr. D. Juan Corona propietario que fue de la Plaza de Toros “Bernardo Gaviño” situada á un lado de la Calzada de la Viga, en la Ciudad de México.

   De algunos manuscritos por el mismo Corona notable picador en aquella época y otros de algunos periódicos que se publicaban entonces.

    El año 1853 en la Gran Plaza de San Pablo cuando gobernaba Su Alteza Serenísima, se corrieron en muchas corridas ganado de Atenco cimentando más la fama de que ya gozaban entre los aficionados; pero el más notable de los hechos en ese año en una de tantas corridas, fue la lucha de uno de esos toros con un tigre de gran tamaño y habiendo vencido el toro al tigre, el público entusiasmado con la bravura del toro pidió el indulto y que se sujetara y una vez amarrado fue paseado por las calles de la capital en triunfo acompañándolo la misma música que tocó en la corrida.

   Muchos hechos notables se registran en esa misma plaza de los toros de Atenco, entre ellos el de haberse suspendido en una de las corridas del mes de Abril del año 55 la suerte de varas por la razón de que el 1º y 2º toro inutilizaron á los cinco picadores después de haber matado 14 caballos. Trabajaba en esa corrida como espada Gaviño (este hecho me lo relató el mismo Corona, porque fue uno de los que ingresaron a la enfermería).

   En la Plaza del Paseo Nuevo el año de 56 se jugaron toros de Atenco en competencia con los de la afamada Hacienda del Cazadero en varias corridas y casi en todas fueron vencedores los de Atenco sobre todo en la suerte de varas.

TORO DE ATENCO...

Cabeza de un toro de Atenco que enfrentó Rodolfo Gaona la tarde del 1° de noviembre de 1921, en la plaza de toros “El Toreo” de la Condesa. Col. “Centro Cultural y de Convenciones Tres Marías”. Morelia, Michoacán.

   Esta competencia dio lugar á que se corrieran en el 58 en plaza partida las mismas ganaderías y en la segunda corrida el 2º toro de Atenco, castaño obscuro después de haber matado los cuatro caballos de los picadores que salieron rotó (sic) la barrera de la división se pasó a donde estaba jugando el toro del Cazadero y después de haber matado otro caballo de los picadores nada menos que el que montaba D. Juan Corona arremetió contra el toro del Cazadero dándole fuertes cornadas y poniéndolo en fuga. En estas corridas trabajaban como espadas Gaviño que era el que lidiaba los de Atenco y de Mariano González (á) La Monja, los del Cazadero.

   En la época del Ymperio también dejaron muchos recuerdos á los aficionados por sus hazañas esas dos ganaderías pero siempre sobresaliendo Atenco.

   Datos recogidos en Tenango.

   En los años del 60 al 72 en las corridas de feria de Tenango también son innumerables las hazañas de los toros, de esa vacada aún todavía existen algunos empresarios como son D. Leandro Perdones (sic) (probablemente sea Paredones) vecino de México el Sr. D. Cosme Sánchez actual Presidente Municipal de Tenango D. Guadalupe Gómez vecino en la actualidad de México, y otro muchos que aun viven.

   En enero del año 62 costó nada menos al empresario L.P. los tres días de feria la friolera de cuarenta y cinco caballos. Trabajó como espada D. Mariano González (á) La Monja.

   El año 64 tocó trabajar á B. Gaviño los tres días de Feria y el último día o sea la última corrida quedó sin picadores por motivo de haber ingresado á la enfermería los cuatro que traía entre ellos el famoso Cenobio Morado. 32 jamelgos.

   El 66 y 67 fueron tan notables las corridas de esos años que algunos de los que fueron testigos oculares las recuerdan con entusiasmo. En esa trabajaron Gaviño y Pablo Mendoza. El 2º toro de la última corrida cogió gravemente al picador Morado.

   Del 68 al 73 en la misma plaza fueron indultados algunos toros á petición del público por admirar la ley y bravura hubo toro que recibió 22 picas y dejó en la arena 12 caballos de arrastre. Pero el que más llamó la atención en la 2ª corrida del año 72 fue el 3er toro castaño encendido, bragao, coliblanco y cornigacho ese toro dejó muertos en el redondel 16 caballos, cuatro tantas de picadores de a cuatro salieron al redondel y cuatro veces quedaron a pie los cuatro picadores. Era espada d. José Ma. Hernández.

   Estos apuntes lo he recogido de muchas personas que presenciaron esas corridas y que aún viven en Tenango.

   Las corridas que he visto tanto en Tenango como en algunos otros redondeles del país también recuerdo algunos hechos notables de esos toros.

   No se me olvidará lo de la Plaza de Tlalnepantla el 31 de octubre de 1886 el 4º toro al clavar la divisa el torilero Miguel Ramos fue enganchado del pecho por el toro saliendo y llevándolo en el pitón derecho hasta el otro extremo del redondel. Trabajaba como espada en esa corrida Ponciano Díaz.

   En México, enero 4 de 1888, 4ª corrida de abono en la Plaza de Colón el 4º toro al ponerle un par Tomás Mazzantini hizo por el él bicho cogiéndolo en la barrera y aventándolo al tendido de sol.

   En la Plaza del Paseo (México), fue cogido el 4 de diciembre de 1887 el espada Francisco Díaz (Paco de Oro), por el 1er toro, habiéndole quitado en pedazos la chaquetilla: ostentaba un traje azul y oro, y alternaba con Hermosilla.

   El mismo Hermosilla fue cogido y volteado y enganchado de la pierna derecha en otra corrida en la misma plaza por el cuarto toro.

   Esta ganadería á sido conocida en todo el país, y sus cornúpetos han visitado desde hace muchos años, casi todos los redondeles mexicanos. Es sin duda la que ha dado más toros de lidia desde su fundación no solo para los cosos (…)

   Estas interesantes notas fueron proporcionadas por el Arq. Luis Barbabosa y Olascoaga, quien las conserva en su archivo particular, mismo que encierra un gran capítulo de historias por escribir sobre la ancestral hacienda de Atenco, sitio en que pasa buena parte de su vida, como lo hizo en su momento Bernardo Gaviño. Quiero aclarar que el arquitecto Barbabosa tiene terminado un libro el cual he tenido en mis manos, y puedo confesar que se trata de un trabajo muy importante. Su título es: ATENCO Y DON MANUEL. Agradezco el apoyo proporcionado para esta causa.

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   He mencionado la “intuición” como instrumento que permite ir conociendo mejor las posibles condiciones que tendrá el toro en la plaza, tomando en cuenta factores como el siguiente:

   Una tarea común en el llano o en el potrero era “vaquear” a los toros, labor que debe haber consistido en arrear o conducir los animales en los jaripeos para ayudar al partideño (el que comercia en partidas de ganado) en todo lo relativo a la atención y conducción de los mismos. Esta era la primer labor. La segunda “soltarlos en el corral como lo hacemos y después pastoriarlos dos días en el llano de Santa Cruz”. Sin embargo, algunos toros salían flojos en la plaza y esto se atribuye “al pastoreo que tuvieron en el potrero por cuya razón llevó Bernardo seis del llano y uno del potrero para hacer comparación en la plaza”, como ocurrió en octubre de 1855. Afortunadamente apunta Antonio Ortiz y Arvizu, administrador de la hacienda al

Sr. D. José Juan Cervantes.

   Atenco 6 de noviembre de 1855

   Muy señor mío de todo mi aprecio y respeto.

   Me he impuesto también de que la corrida de los toros del potrero fue muy buena lo que me hace confirmar mi opinión que le manifesté a Bernardo de que lo malo de la corrida anterior del potrero no era más que una de tantas rarezas que se ven en este ganado. Quedaron ayer vaqueados los toros para el próximo domingo y se ha procurado que sean de lo mejor quizás corresponderán con el empeño con que se escogieron.

   Ortiz iba convenciéndose cada vez más del hecho de tener toros separados en el potrero y en el cercado, lugar este último que no es el apropiado pues “que los vimos con motivo de haber adelgasado se ven chicos, y por lo mismo se juegan de poca edad”. Sin embargo, los del potrero se mantenían en pastos reservados logrando que se conserven “en el mismo estado y aun mejores de lo que entraron; estas circunstancias hacen creer a la vista de menos edad los toros del cercado, pero la nacencia del ganado la cuenta de los toros que se hizo cuando se amarraron los del potrero, y la ratificación de la existencia del ganado brabo, son pruebas ebidentes de que tenemos ganado para dar las corridas del que se sirve U. ablarme en su siempre grata de ayer (se refiere a la carta que envió el Sr. José Juan Cervantes desde México, el 10 de enero de 1856), y lo único que sí no debe esperarse es que los toros del cercado tengan la vista que los del potrero”.

   La producción de cabezas de ganado destinadas para la lidia era elevada, lo cual garantizaba que tanto el PASEO NUEVO como las plazas de Toluca, Tenango del Valle e incluso la misma de Santiago Tianguistenco se surtieran sin ningún problema y en cualquier momento. Ortiz y Arvizu manifiesta que:

   “Por lo que respecta a los toros que podremos tener para el año entrante sería muy difícil calcularlo ahora si para ello nos sirbiera de dato la simple vista del ganado, pero tomando en consideración la nacencia del año de 53 puede colegirse que deberemos tener de 240 a 250 toros de cuatro años, y como la separación para el potrero se ha de hacer cual corresponde y la experiencia indica, tendremos sin duda alguna mejor ganado que ahora.

   Antonio Ortiz y Arvizu (Rúbrica). Atenco, 11 de enero de 1856”.

   El hecho de “vaquear” los toros significaba que estos terminaran de aquella faena “estragadísimos” o muy estropeados, antes de ser conducidos a la plaza, camino que se efectuaba a pie, con el consiguiente riesgo de que alguno de los del grupo llegara en malas condiciones, pues bajaban de peso.

   Ahora bien, independientemente de estos aspectos propios del orden para obtener un toro que diese el mejor juego en la plaza, que no iba en proporción a la realidad que buscaban aquellos personajes poniendo a prueba un encierro y otro también, comprobamos que desde Atenco está enviándose un toro con todos los requisitos que pueden llenar el perfil que se exige en la plaza.

   De ahí que sea la más importante de aquella época, sin temor a equivocarme pues si bien, hubo algunos años verdaderamente malos por las condiciones climatológicas, por ejemplo 1858, a las que se suman la presencia de pronunciados que robaban permanentemente cabezas de ganado, esto no era impedimento para permitirse el lujo de poder ofrecer encierros a cualesquier empresa que los requiriera.

   Atenco, como ganadería de toros bravos, y en tanto crianza de los mismos en el siglo XIX fue de suyo impresionante. Por ejemplo, el 22 de enero de 1847, el administrador Román Sotero informa que “del ganado del cercado contamos hoy con 3,000 cabezas, entre ellas muchos toros buenos para el toreo”. En octubre de 1848, José Hernández reporta hasta 2,735 cabezas, “que a la fecha podían estar aumentadas”.

   Dichas condiciones de abundancia generaron diversos comportamientos. En el mismo 1847 debido a la invasión norteamericana, en la ciudad de México no hubo corridas durante ese año, por lo que en provincia debe haberse dado un comportamiento similar. Nos preguntamos: ¿qué pasaría con aquella cantidad de toros en unos momentos en que la actividad taurina se encontraba totalmente paralizada? Para 1848, el señor Francisco Javier de Heras, a la sazón, empresario en san Pablo y Necatitlán llegó a comprarle a José Juan Cervantes partidas de 200 toros, señal de que el empresario programó una importante cantidad de corridas.

   Hoy que existe un vacío en cuanto a noticias de actividad taurina en la capital del país, evocamos nuevos pasajes sobre Atenco, tema que aún nos mantendrá ocupados por algún tiempo más.

   El fenómeno de las guerras civiles también afectó el curso de la ganadería en general, aunque el aspecto particular del arrendamiento de las tierras significó para Atenco un estado de cosas que se manifestó entre épocas de bonanza y crisis. La Ley Lerdo (del 15 de junio de 1856) fue entre otros, un instrumento que poco a poco permitirá que se enajenen buena parte de las pertenencias, revirtiendo la concentración de la propiedad de bienes raíces fundamentalmente entre las corporaciones civiles y eclesiásticas. Por ejemplo el Art. Nº 4 manifiesta que:

Las fincas urbanas arrendadas directamente por las corporaciones a varios inquilinos, se adjudicarán, capitalizando la suma de arrendamientos a aquel de los actuales inquilinos que pague mayor renta, y en caso de igualdad, al más antiguo. Respecto a las rústicas que se hallan en el mismo caso, se adjudicará a cada arrendatario la parte que tenga arrendada.

   Fue así como en 1860 se presentó un caso de embargo de tierras y de cabezas de ganado, aspecto que lentamente delineará nuevos destinos para esta hacienda.

CARTEL_07.06.1874...

   Ya hemos visto la bonanza traducida en esas 3,000 cabezas reportadas en 1848, seguramente junto a un esplendorosa producción en el año agrícola correspondiente. Entendemos las crisis referidas al impacto de las heladas y los gavilleros. Y una hacienda arrendada goza del privilegio de una buena administración, traducida en lealtad y sometimiento absoluto al propietario.

   Con todo esto comprendemos que los fines del hacendado, el administrador y el personal que allí habitaba fue enaltecer pero también mantener en buen sitio las condiciones de privilegio y de orgullo para una hacienda histórica como la reseñada en medio de las condiciones ya conocidas.

   De ahí esta amplia reseña a Atenco, apenas un pequeño vistazo para la dimensión impresionante que tuvo y ha tenido este testimonio histórico de la ganadería en México. No soslayo todos estos aspectos generados en otras tantas ganaderías que se sometieron a ritmos de vida semejantes. En aquellas épocas no existían las condiciones para entender a una hacienda ganadera con el criterio “profesional” en cuanto a crianza de toros bravos se refiere. Desde mi punto de vista, dicho aspecto vino a darse en 1887 con la llegada de ganado y simiente españoles, elementos que se agregan al nuevo amanecer del toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna que sentó sus reales en nuestro país con los resultados que hoy día conocemos plenamente desarrollados.

   Pero antes de este parteaguas, las buenas intenciones y un buen sentido de la intuición permite a los encargados de este proceso enviar toros bravos a las plazas para satisfacer los propósitos del espectáculo. Los reportes que conocemos sobre el juego del toro en la plaza nos hablan de unos resultados que no se separan de la esencia de la que andan a la búsqueda los hacendados primero; los ganaderos o criadores de reses bravas después. Hacendado y ganadero están separados por un antes y un después que los distingue en cuanto a criterios de selección que cada uno establece en pos de obtener los fines establecidos.

   Ya lo decía el Dr. C. Dillmann en su MANUAL DEL GANADERO MEXICANO,[4] México, 1883: existen en esos momentos las condiciones necesarias para concebir una ganadería que pasa de un estadio primitivo a otro totalmente renovado. Insisto, la ganadería de bravo en México, hasta antes de 1887 no es primitiva, puesto que los hacendados tienen objetivos muy bien definidos. El hecho de enviar encierros a las plazas significa que están trabajando intensamente. El toro criollo por entonces vigente cumple satisfactoriamente los fines que se persiguen. Que no haya tenido el trapío de los españoles eso no es preocupante. Era un toro mexicano para el toreo que se practicaba en México.

   Atenco nos está permitiendo conocer la morfología imperante entre las haciendas dedicadas a la producción de cabezas de ganado destinadas a la lidia. Los parámetros entre esta ganadería y las demás por entonces vigentes son semejantes. De pronto, como todo proceso evolutivo, presentan condiciones que registran altibajos, lo que ocasiona inquietud entre aquellos que están cerca del ganado, que lo conocen y lo van definiendo a base de sus mejores experiencias que viven “in situ” y a diario.

   Nada de lo que hasta aquí hemos visto es fruto de la casualidad. El toreo durante el siglo XIX en México es, entre muchos factores, resultado de estas hazañas anónimas, logradas en el campo bravo, caldo de cultivo que día con día convive con las experiencias aquí señaladas.


[1] El texto seleccionado para la presente colaboración fue publicado en la revista MATADOR, año 3, No. 9 y 10, de junio y julio de 1998 respectivamente.

[2] CORONA, Juan: Algunos datos de la ganadería de Atenco, sacados por F. Llaguno de la Biblioteca que conservaba el Sr. D. Juan Corona propietario que fue de la Plaza de Toros “Bernardo Gaviño” situada á un lado de la Calzada de la Viga, en la Ciudad de México.

   De algunos manuscritos por el mismo Corona notable picador en aquella época y otros de algunos periódicos que se publicaban entonces. Manuscrito, ca. 1887.

[3] José Francisco Coello Ugalde: “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. Tesis que, para obtener el grado de Doctor en Historia presenta (…). México, Universidad Nacional Autónoma de México. Facultad de Filosofía y Letras. Colegio de Historia. 251 p. + 927 páginas (anexos). Trabajo inédito y pendiente de presentar como tesis de grado. En el anexo Nº 8: Participación del ganado bravo de Atenco durante el siglo XIX Mexicano (de 1815 a 1915), se presenta un amplio acopio de información, cuyo balance asciende a 1172 encierros, que van de 2 y hasta 12 toros por lidiados por tarde.

[4] MANUAL DEL GANADERO MEXICANO. Instrucciones para el establecimiento de las fincas ganaderas, por el Dr. C. Dillmann. Obra revisada y aumentada por el comisionado de la Secretaría de Fomento Miguel García, Médico Veterinario. México, Imprenta y Litografía Española, San Salvador el Seco núm. 11, 1883. 419 p.

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DOS APUNTES EN “IMPRESIONES DE UN ZUAVO”. (2 DE 2).

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.  

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Otras imágenes, hermosas a cual más, nos presentan el cancino escenario de la vida cotidiana, tal y como fueron recogidas por Shiving en esa amplia estancia mexicana, que va de 1857 a 1862, en su primera etapa. Quizá haya decidido quedarse más tiempo, como el que exactamente duró el efímero Segundo Imperio, para luego retornar a su patria, tal y como se mencionaba líneas atrás. Allí están escenas recogidas, seguramente en el paseo de Santa Anita, donde un entusiasta grupo de pobladores ya entró en ambiente y se disponen a bailar la pieza de moda en la mismísima embarcación…

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En: Impresiones de un Zuavo, en México 1857. Dr. Julius Shiving, Edición y Prólogo de Roberto Valles Martínez. México, Microprotecsa, 1961.

O esta otra, donde varias parejas reunidas están ya bailando alegre danza en alguna plaza pública provinciana, y donde hasta sus sombras quedan plasmadas, para gozo de los observadores…

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En: Impresiones de un Zuavo, en México 1857. Dr. Julius Shiving, Edición y Prólogo de Roberto Valles Martínez. México, Microprotecsa, 1961.

   Pero no puedo dejar de incluir esta otra estampa, donde el médico pudo observar en el ámbito rural, una escena, común denominador en ciertas haciendas donde se manejaban ganados mayores, recogiendo las suertes de lazar algunos toros criollos, lo que seguramente debe haberlo deslumbrado, gracias a la habilidad de los charros, caballerangos y demás personajes que tenían muy claro el proceder de estas prácticas rutinarias en convivencia total, en las que Luis G. Inclán se desborda para escribir Astucia, El Capadero en la Hacienda de Ayala o los Recuerdos del Chamberín… o quizá esos Placeres Campestres, del mismísimo Guillermo Prieto, de quien no me resisto a incluirlos en su totalidad:

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En: Impresiones de un Zuavo, en México 1857. Dr. Julius Shiving, Edición y Prólogo de Roberto Valles Martínez. México, Microprotecsa, 1961.

Ca. 1850-1860

PLACERES CAMPESTRES

RODEO, COLA Y CAPAZÓN

 

Entre las quiebras del monte,

Bajo el estrellado cielo,

Se oyen correr los caballos

De los traviesos rancheros;

Ya al ganado se despierta

Y ya comienza el rodeo;

Reluce de la mañana

El matutino lucero

Alegre anunciando gozos,

Feliz llamando a festejos.

Vaqueros y aficionados

Forman un círculo inmenso,

Y los toros y las vacas

Van reconociendo un centro

En donde está la parada,

Que es a la falda de un cerro,

Como desgracia espinoso,

De altos peñascos cubierto,

De enmarañados espinos

Y precipicios horrendos.

Como las sombras discurren

Tras las reses los rancheros,

Y en el oscuro horizonte

Se ven sus perfiles negros.

Inquietos braman los toros,

Audaces ladran los perros,

El ¡oh! Se percibe agudo

De caporales expertos,

Y ronco suena el bramido

Del solícito becerro;

Pero una luz blanquecina

Que oscurece los luceros,

Sobre las crestas del monte

Esparce dulces reflejos;

Se tiñen las nubes de oro,

De topacio y grana el cielo

Y brota al fin el sol puro

En el limpio firmamento.

¡oh cuadro! ¡divino cuadro!

¡Cómo halagaste mi pecho!

¡Cómo acariciar viniste

Mi mirada de extranjero!

¡Cómo en tus variadas tintas

Exaltabas el contenido!

¡Cómo disfrutado hubiera

Contigo goces sin cuento,

Si mi corazón marchito

Capaz fuera de consuelo!

Cuadro de tierna inocencia

Y de júbilo perfecto,

Abismo de luz y aromas

Para el Hacedor excelso…

Pintar no puede ese cuadro

Quien no tenga pincel diestro;

Pero mucho hace el que emprende

Y tiene el pulso resuelto.

 

RODEO

 

Tendiéndose entre montañas

Se mira apacible valle,

Que corre desde el Oriente

Hasta el Ocaso distante;

Lo ciñen montes enormes

Cubiertos de peñascales,

De tan agrupadas rocas,

De tan áridos breñales,

Que apenas entre sus grietas

Transita medroso el aire;

Son tan peladas sus piedras,

Sus picos tan desiguales,

Que apenas el pensamiento

Osa por allí treparse;

Cuelgan de entre aquellas rocas

Toscas biznagas salvajes,

Las de púas afiladas

Y los cardones punzantes.

Al lado opuesto se miran

Continuas desigualdades,

Los bajíos más risueños,

Los rastros de los raudales,

Y la arcilla colorada

Donde ni la yerba nace,

Pero do brotan cardones

Y mesquites y nopales

Y con todo esto el bajío

Tiene conjunto agradable;

Y a la luz del sol naciente

Y al manso correr del aire,

Cobraba aquella corrida

Encantos inexplicables.

Ya de muy lejos vaqueros

Disperso torete traen

En tropel alborotado,

Obligándole tenaces

A que venga a la parada,

Aunque bufe y aunque rabie.

Unos rancheros dejando

A los caballos colgarse,

Son inmóviles custodios

Del ganado que allí pace,

Otros furiosos persiguen

Al toro que se retrae;

Todos los ojos espían

La res que quiere fugarse;

Y ellos forman remolinos,

O solitarios se esparcen,

Con ¡oh! ¡jo! llenando el aire,

Sin reir ni distraerse,

Pero momento a momento

Salta el toro, inquieto vase,

Corren en tropel los buenos,

Círculos hace en el aire

La gaza extensa del lazo,

Como ellos dicen, mecate;

Se alza entonces la algazara,

Vense correr y ocultarse

Los entusiastas vaqueros

En quiebras y matorrales,

Ladran los perros corriendo,

El toro cual rayo parte,

Por fin, córtanle la vuelta

Y a la parada lo traen.

Otras veces un becerro

Logra azorado espacarse,

Y como liviana cabra

Sobre las rocas treparse;

Allí va feroz ranchero,

Compite, salta, encarámase,

Escúrrese entre las grietas

De los altos peñascales;

Nadie le dice: “Detente”,

Nadie grita: “No te mates”,

Y vuelve con su becerro

Y del pescuezo lo trae.

 

PARADA

 

Entre tanto en la parada,

En revuelto torbellino

De astas, de lomos y colas,

Se oyen amantes bramidos,

Con mayor indiferencia

Ningún héroe fue al martirio,

Ni en los asientos de amores

Vi corazones más finos,

Que se embriagan de placeres

Al borde del precipicio,

Cuando a trozar sus delicias

Va el carnicero cuchillo.

A veces se encela un toro

O hace de Otelo un torito,

Que al bravo rival emplaza

A tremendo desafío;

Y se apartan y se chocan,

Dando feroces bramidos,

Lanzando chispas sus ojos,

Lleno de espuma el hocico;

Los agudos cuernos traban,

Se alejan enfurecidos

Y tornan en rudo choque

Y permanecen unidos

Resoplando furibundos,

Topándose con ahinco.

En esos tremendos lances

Tronchan mesquites y espinos,

Y queda rastro sangriento

En donde fue el desafío.

El amor en todas partes

Hace fieros desaguisos,

Aunque no entre los cornudos,

Que siempre son mansos bichos,

Digo los de cara blanca,

No los mecos, ni los pintos.

Acabóse la parada,

Ya de marcha se dio el grito;

Llegan al corral los toros

En carreras y amoríos;

Cabe el corral, se halla el toldo;

Mas antes de ver el sitio,

A tomar un refrigerio

Nos llama el amo político,

Bajo del pajizo techo

Que prestó contento el indio,

Donde en el suelo se mira

Extendido el mantel limpio.

 

ALMUERZO

 

Venga el de tuna encendido

Y la blanda barbacoa,

Que se sienta por el suelo

Esa concurrencia toda,

Y cuando se alegra el vientre

Las lenguas están de gorja.

El tlecuil, como una hoguera,

Les da existencia a las gordas…

Muchachos! como se pueda,

Beban y gocen y coman,

Así en círculos sentados…

-Qué hombre! parece una bola,

-Si embiste con el cabrito,

Ni los huesos le perdona!

Rebosando el colorado

Vierte su linfa espumosa

Sobre los labios sedientos

Del que primero lo toma;

La cocinera contenta,

Con su faldero gibornia,

A la puerta los sirvientes

De la alegre comilona;

Allí el punzante epigrama,

Allí la confianza loca,

Allí el nácar cuentecillo,

Allí la amistosa broma,

Allí al colegial las burlas

Y al ranchero las lisonjas.

Veloces del corderito

Desaparecen las lonjas,

Y en un estanque de caldo

El chile relleno asoma.

¡On qué divina franqueza,

Oh qué holganza generosa!

¿Quién, en tu amistoso seno,

Tus convites ambiciona,

Corte, que en doradas copas

Brindas con hiel y ponzoña?

Vamos a apartar, muchachos!

Gritan, y a caballo montan,

Que ya se acerca el momento

De la carrera y la cola.

 

APARTADO, COLA Y CAPAZÓN

 

Está reunido el ganado,

Haciendo tales diabluras

Que no son para contadas

Por mi pudorosa pluma.

Es amor al viento libre…

Las campestres hermosuras

Lo miran desde la cerca

Como quien ve cosas chuscas

Y… los puntos suspensivos

Esta introducción concluyan.

Allí se opera el divorcio

Y se ven vacas viudas

Consolarse de sus penas

Con esposos de remuda;

Que estas hembras por lo menos

De la fe común no abusan,

Ni cubren sus gatuperios

Con la sombra de la tumba.

 

Apartados, al martirio

De Orígenes van los toros;

Pero antes en la carrera

Y en la cola unos tras otros

Darán pábulo al contento,

Serán objeto de holgorio.

En las trancas, frente al lienzo

Hay un valladas vistoso

Formado por los jinetes

Que están esperando al toro,

Del lienzo casi al extremo,

Que es un extremo remoto.

Se agrupan los lazadores

En caballos menos briosos,

De ancho y de carnudo encuentro,

Firmes patas y buen lomo,

Ya se nombró la parada,

Ya se apartó ardiendo un josco,

Y ua, viendo el toro un claro,

A correr se lanza bronco.

 

Retienbla el suelo al escape,

Un jinete se ampareja

Y tras el ligero toro

Veloz como el viento vuela;

Los gritos pueblan los aires,

El brioso corcel se empeña,

Brillan con el sol luciente

Su piel de oro y manchas negras;

Ya el hombre tomó la cola,

Ya diestro se valonea,

Mete cuarta, avanza fiero,

Redobla su ligereza,

Alza la pierna y estira

Y… el toro cae y da vuelta

Y la faz de aquel jinete

De gusto relampaguea.

Gritos y vivas se escuchan,

Todo tiene aire de fiesta;

Apenas el toro se alza

Los lazadores se aprestan,

Y con un tino exquisito

Lo lazan o manganean;

Brama el toro de coraje

Cayendo en tierra humillado

Y viene luego el verdugo,

Con ansia de buitre llega,

Y torpe, vil cirujano,

Con mano tosca lo opera;

Muge de dolor el toro,

Con su sangre el suelo riega…

Ya puede servir de eunuco

Y de irrisión a sus bellas…

Y se transforma en cuitada

Su hermosura naturaleza,

De buey el nombre ha tomado

Y vil coyunda lo espera.

Pero tornando a los gozos

Y a los placeres de gresca,

En cada toro de cola

Se repiten las escenas;

Ya se corrió tal jinete

Porque a la cola no llega;

Otro queda descontento

De sólo dar media vuelta;

Y en el caballo desquita

Su desdicha o su torpeza.

Sucede en tales festejos

Con desgraciada frecuencia,

Que corredores y toros

Inadvertidos tropiezan;

La fiesta se torna en duelo,

Los gritos de gozo en quejas;

¡Cuántos ayes doloridos

Y cuántas profundas penas!

Al corredor desdichado

Lo arropan y lo confiesan

Y luego en tosca zaranda

Su estropeado cuerpo llevan;

Pero en esta hermosa frasca

Ni hubo heridos ni reyertas,

Las caras de gozo llenas

Todos se miran amigos

Y huye lejos la etiqueta.

El corral quedó desierto,

Las chican dejan la cerca;

Formando nubes de polvo

Los concurrentes se alejan,

Y yo tomo fatigado

(Como acaso el lector queda)

Entre jarillas y espinos

El camino de la hacienda.

 Guillermo Prieto.[1]


[1] Luis G. Inclán. Guillermo Prieto. Reseña de Dos capaderos y algo más… Prólogo de Rosalío Conde. México, ediciones Mundo Charro, 1979. 162 p. (Colección Charrerías, 1)., pp. 145-162.

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DOS APUNTES EN “IMPRESIONES DE UN ZUAVO”. (1 DE 2).

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Pocos datos hay al respecto de los dibujos que legó el Dr. Julius Schiving en 1857, mismos que quedaron reunidos en una interesante publicación, impulsada en 1961 por el bibliófilos Roberto Valles Martínez. De esta curiosa publicación, Marco Fabrizio Ramírez publicó en su blog: “Bibliofilia novohispana. Espacio dedicado al mundo del libro” (véase: http://marcofabr.blogspot.mx/2011/12/impresiones-de-un-zuavo-en-mexico-1857.html) la interesante colaboración “Impresiones de un zuavo en México 1857. Dr. Julius Schiving”.

   Shiving, era un médico suizo quien viajó a nuestro país con objeto de desempeñarse como médico, años antes de que se consumara el Segundo Imperio (1864-1867). Como dice Marco Fabrizio, este eminente médico, probablemente haya regresado a su país de origen, donde años más tarde dejó en manos de uno de sus nietos la obra aquí mencionada, en calidad de obra inédita, misma que en el tránsito que toman muchos documentos, estos quedaron en manos de Valles Martínez, quien los adquirió en una librería norteamericana.

   Julius, probablemente conocedor de otros colegas, como el Dr. Aronssohn, que fijó su residencia en Aguascalientes y atendió, entre otros heridos, a un torero aborigen, esto en 1864, debieron dedicarse en cuerpo y alma a la atención de los enfermos. Zuavo es aquel integrante de regimientos de infanterías del ejército francés, y de los que seguramente algunos de ellos, como este médico decidieron quedarse luego de la derrota del ejército francés, con fecha del 5 de mayo de 1862. Algunos soldados zuavos deben haberse integrado al frente galo para fortalecerlo tanto entre la soldadesca como en la parte relativa al apoyo humanitario. En el libro que se editó en 1961, quedan reunidas las estampas que, a modo de apunte recoge nuestro personaje, donde destacó, en términos de vida cotidiana aspectos musicales, de baile, tauromaquia, charrería y ciertos detalles militares.

   Una de ellas, es una hermosa recreación de la suerte de banderillas a dos manos desde el caballo, y donde probablemente el personaje que aparece en la misma sea Ignacio Gadea, quien ya era conocido de los espectadores de la capital del país, al haberse presentado en la plaza del Paseo Nuevo el 25 de enero de 1853. Según los datos aportado por el “Lanfranchi”, Gadea actuó por última vez en el Distrito Federal el 4 de marzo de 1888, cercano a los 70 años de su edad. Se retiró a vivir a Puebla, donde falleció en abril de 1894”.[1] Entre otros datos sobre su presencia, comparto algunos de ellos a continuación:

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 23 de enero de 1853. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. 6 toros de Atenco.

   “Se presentará por primera vez en esta capital una notabilidad en el ARTE para BANDERILLEAR A CABALLO, el famoso IGNACIO GADEA, quien desempeñará esa suerte con el caballo ensillado, poniendo también algunas flores en la frente, y después en pelo, arrojando atrevidamente la silla, sin apearse, colocará otros pares de banderillas. Teniendo además la habilidad de COLEAR de una manera enteramente nueva y desconocida en esta capital, dará también una prueba de ella”.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Lunes 25 de abril de 1853. Segunda magnífica y extraordinaria función en honor del general D. Antonio López de Santa Anna. Nueve toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Actuación de Ignacio Gadea.

CARTEL_25.04.1853

He aquí la hermosa estampa:

IMPRESIONES DE UN ZUAVO2

En: Impresiones de un Zuavo, en México 1857. Dr. Julius Shiving, Edición y Prólogo de Roberto Valles Martínez. México, Microprotecsa, 1961.

CARTEL_21.11.1858

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 21 de noviembre de 1858. Cuadrilla de Bernardo Gaviño, alternando con Ignacio Gadea (a caballo). 5 toros de Atenco.

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 28 de noviembre de 1858. Cuadrilla de Bernardo Gaviño, alternando con Ignacio Gadea (a caballo). 5 toros de Atenco. Beneficio de Carolina Perea. Se agregó al espectáculo una ascensión aerostática.

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 27 de enero de 1860. Función monstruo. Cuadrilla de Ignacio Gadea. Cinco toros de Atenco.

 CARTEL_27.01.1860

PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO.

Función monstruo para la tarde del domingo 27 de Enero de 1860.

    Se lidiarán seis hermosos y valientes toros cuidadosamente escogidos para esta función.

   En el momento oportuno, cuando no corra viento, tendrá lugar, a petición de muchos concurrentes la ascensión aerostática de un mono.

   El segundo toro de muerte lo gineteará el mono-aeronauta.

   El toro de la lid que fuese más a propósito, será banderillado a caballo por el hábil Ignacio Gadea.

   El tercer toro lo matará el andaluz aficionado D. Nicolás Conejo.

   El intrépido Ignacio Gadea ejecutará la difícil suerte de ¡matar hincado a un toro!

   Después de muerto el tercer toro, tendrá lugar el divertido intermedio de ciegos y cochinos.

   El primer espada Ignacio Gadea banderillará a pie el cuarto toro, alternando con los picadores.

   La función finalizará con UN VALIENTE TORO EMBOLADO que llevará en la frente MONEDAS DE ORO Y PLATA.

   Precios de costumbre.[2]

PLAZA DE TOROS EN TLALNEPANTLA. Domingo 11 de abril de 1875. Cuadrilla de Ignacio Gadea, con Victoriana Robles y María Macías. Cuatro toros a muerte de la acreditada hacienda de Atenco.

CARTEL_11.04.1875

PLAZA DE TOROS EN TLALNEPANTLA. Domingo 18 de abril de 1875. Cuatro toros de San Gaspar (Atenco), otros dos para la Mojiganga y otro embolado. Banderillarán a caballo el sin rival Ignacio Gadea y Felipe Hernández.

 CARTEL_18.04.1875

 CONTINUARÁ.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots., T. II., p. 657.

[2] Op. Cit., T. I., p. 164. Además: DIARIO DE AVISOS, D.F., del 27 de enero de 1860, p. 3.

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