PREVENIR EL DESASTRE.

A TORO PASADO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Un texto rescatado más, este corresponde a notas elaboradas hace siete años y que, como muchas otras publicadas en la presente categoría no han perdido actualidad, sobre todo en cuanto al tema que aquí se aborda.

   Escribir de toros en forma cotidiana, empieza a resultar un proceso difícil, en virtud de la escasez de temas, o porque algunos son ya bastante recurrentes. De seguir así, el ambiente mexicano en cuestión de meses, perderá nuevos bastiones…, ¡pero no el último reducto!

   Es aconsejable por lo tanto, que la historia, la antropología, la arqueología, la economía, la sociología y otras ramas del saber humano se intensifiquen para entender al espectáculo taurino desde otras perspectivas. La fuera y presencia de los entornos mediáticos hacen que tengamos una perspectiva unidimensional y efímera. Por eso, los recuerdos pesan terriblemente y contra la nostalgia, nada mejor que buenas dosis de ciencia y reflexión para pasar del escenario unidimensional, al tridimensional.

   Los signos vitales que hoy registra la tauromaquia mexicana nos llevan a prevenir el desastre. Leía hace unos días el texto de presentación que elaboró Alfonso Coronel de Palma Martínez-Agulló, Presidente del Patronato de la Fundación Universitaria San Pablo-CEU para un ciclo de conferencias efectuado en Madrid, y que dieron como resultado el Aula de tauromaquia II, Universidad San Pablo-CEU. Curso académico 2002-2003. Allí, Coronel de Palma, plantea el fin del toreo, como en su momento lo hizo para la historia Francis Fukuyama. Respecto a esto último, dicho proceso se mantiene inalterable, a pesar de la sentencia ilógica que pesa sobre ella. La historia es como el corazón de toda la humanidad, en ella caben todas las acciones y reacciones como resultado del complejo comportamiento registrando segundo a segundo múltiples acontecimientos.

   La ciudad de México, otrora detonante de otras tantas actividades de la provincia, no puede ser en estos momentos el parámetro confiable, cuyos dictados regían la actuación de toreros o novilleros en festejos aislados, en temporadas o ferias que hoy se confeccionan de manera distinta. Los tiempos han cambiado, las circunstancias también. El radio de influencia mediática ha quedado reducido a pequeñas notas aisladas en secciones deportivas de los diarios de gran circulación y sólo las noticias con tintes trágicos, dramáticos o con fuerte carga del tema del corazón, trascienden, por lo que el toreo se convierte en nota roja o de sociales.

   De ahí que el uso conveniente de herramientas de interpretación en compañía de las ciencias de reflexión, o las puras o las complejas, sean el elemento ideal para entender la manera en cómo el toreo ya separado en partes y dispuesto para su análisis, como en una disección, está en condiciones de ser explicado a la luz de sus distintos significados. Ya como arte, ya como expresión de sacrificio. Ora como ese complejo comportamiento no sólo como negocio sin más. También como industria. Ora desde su misteriosa condición relacionada con los ciclos agrícolas, entre otros muchos temas.

   Por eso, no basta verlo convertido en un simple tema de conversación que así como llegó, así se fue. Es preciso que se sumen a la tarea interpretativa los académicos e investigadores en su conjunto. También el público en general que seguramente podría aportar ideas valiosas de suyo. Sin embargo, el conocimiento, la reflexión intensa de múltiples lecturas, han de procurar que se incrementen las tesis, hipótesis o teorías sobre el significado que entraña en los toros no sólo como un espectáculo más entre las diversiones públicas. La problemática de su cocimiento y explicación a cada una de sus aristas, nos conduce a territorios habitados por supuestos con importantes grados de dificultad. Ahí se puede entender el comportamiento de una sociedad antigua, pero también el de la nuestra. Y puede preverse en prospectiva el posible discurso del futuro, junto a su situación que hoy vive en medio de permanentes amenazas.

   El tema de los toros se confronta con las serias críticas que hacen ecologistas y antitaurinos, sectores que han fortalecido sus planteamientos y posturas frente a un debilitado espectáculo, que parece no contar con los suficientes argumentos para explicarse así mismo y ante un conjunto de sociedades que cuestionan su permanencia. Eso por un lado. Pero son los propios taurinos, por el otro, quienes le restan importancia en medio de absurdas polémicas donde los intereses del poder están en la superficie que en las profundidades.

   ¿De qué “taurinos” hablo?

   Desde luego habrá quien en defensa de una pureza en cuanto tal, me reclamen su no participación o protagonismo en estos turbios manejos.

   Como historiador, me preocupa tremendamente la situación actual de una entrañable diversión popular como son las corridas de toros, que lo mismo entretuvieron a personajes del virreinato, el México independiente o este México moderno o postmoderno. Acudiendo al concepto que Octavio Paz propone sobre la postmodernidad, el premio Nobel apunta: “La modernidad ha sido una pasión universal. Desde 1850 ha sido nuestra diosa y nuestro demonio. En los últimos años se ha pretendido exorcizarla y se habla mucho de la “postmodernidad.” ¿Pero qué es la postmodernidad sino una modernidad aún más moderna?

   Y Coronel de Palma, ¿qué nos dice al respecto de tan traída y llevada sentencia que pesa sobre la fiesta de los toros?

   No nos equivoquemos sin embargo; al festejo taurino se le lleva augurando triste fin desde el mismo siglo XVIII, cuando a la desaparición del triunvirato formado por Pedro Romero, Joaquín Rodríguez, Costillares, y José Delgado, Pepe-Hillo, se proclamó la práctica desaparición de la corrida moderna por no haber quién, con la altura, destreza y galanura de los tres grandes diestros, recogiera la antorcha de la lidia y la mostrara engrandecida a la afición anhelante. Más adelante se volvió a presagiar su triste fin a la muerte del que parecía heredero de aquel famoso trío, Curro Guillén. Y más adelante otra vez, cuando resultó fatalmente corneado Francisco Montes Paquiro, dejándole inválido para la lidia, aunque su discípulo José Redondo, el Chiclanero, y su más directo competidor Francisco Arjona, Cúchares, desdijeran a quienes se quejaban con amargura del fin de los toros. Más tarde vinieron las grandes competencias del siglo XIX y con ellas renació la afición y se despejaron los negros y tristes nubarrones vislumbrados por tantos. Pero al desaparecer la última y más importante de ellas, la que enfrentara a Lagartijo y Frascuelo, tras la imposición universal de Rafael Guerra, Guerrita, se retomaron los negros presagios. Volvería una nueva, aunque quizá artificiosa competencia entre Bombita y Machaquito, prólogo del más famoso de los enfrentamientos: el que pondría frente a frente al rey de los lidiadores, heredero de la tauromaquia clásica, elevada al más alto de los niveles posibles, José Gómez Ortega, Joselito, con el más importante de los renovadores del siglo XX, el revolucionario forzado del toreo, el amparo y espejo de la intelectualidad taurómaca de los inicios del pasado siglo, Juan Belmonte. A la muerte del primero, acaecida en Talavera de la Reina en el fatídico 16 de Mayo –qué mes más trágico éste- de 1920, volvieron a ensombrecerse los anuncios y las profecías en torno a un espectáculo que ha sabido sobreponerse a todos ellos, y llegar, pese a sus altibajos y transformaciones, a los albores del siglo XXI.[1]

   “…los anuncios y las profecías” hoy día se modifican por factores de distinta y ajena procedencia a los apuntados aquí por el Presidente del Patronato de la Fundación Universitaria San Pablo-CEU. Tienen que ver con los nuevos síntomas de repudio manifestados por ecologistas y antitaurinos unidos en pequeñas células que poco a poco comienzan a tener efecto debido a los aspectos planteados. No el balde, la declaración de ciudad antitaurina que se le ha designado a Barcelona sea un primer aviso de algo que no podemos perder de vista. El efecto puede cundir sin ninguna consideración en otras plazas y otras ciudades, incluso en otros países. México no es la excepción. Y si hoy día no padecemos de lleno esas amenazas, mañana el escenario podría cambiar radicalmente. Los permanentes enfrentamientos que sostienen empresas y autoridades a las cuales se unen partidarios en uno y otro bando, parecen no tener fin. Mientras tanto, el efecto de esas disputas se da con una baja considerable de festejos, cierre de plazas, retiro de publicidad de grandes empresas, aborto de interesantes prospectos novilleriles que deben someterse a pruebas harto desagradables; pocos festejos con matadores de toros ya no se diga de los de primer nivel, que son de los pocos con oportunidades garantizadas. Para el resto de otros diestros con alternativa, esas opciones están prácticamente canceladas.

   En fin, creo una vez más que es necesario el acercamiento con ramas del saber humano con las que, al menos, tendremos oportunidad de explicarnos la permanencia o no de este espectáculo, por lo menos en nuestro país.

10.08.2004.


[1] Aula de tauromaquia II. Universidad San Pablo-CEU. Curso académico 2002-2003. Madrid, Universidad San Pablo-CEU, Gráficas Alberdi, S.A., 2004. 201 p. Ils., p. 6.

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