EVOCACIÓN POR FÉLIX GUZMÁN, A 75 AÑOS DE SU MUERTE.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Félix Guzmán en su época de novillero. En La Fiesta. Semanario Gráfico Taurino. N° 10, 29 de noviembre de 1944.

En un viejo escrito, que he redescubierto hace poco, encuentro razones para evocar la figura de Félix Guzmán, que hoy hace 75 años murió a consecuencia de la cornada que le asestó Reventón, de Heriberto Rodríguez en la plaza de toros “El Toreo” de la Condesa, precisamente la tarde del 30 de mayo de 1943. El deceso sobrevino tres días después.

Uno de los médicos que lo atendió, el Dr. Javiér Rojo de la Vega, declaraba tiempo después que Félix Guzmán murió de una complicación. “¡Cuando el organismo no solo se niega a reaccionar, sino que además presenta cuatro cilindros de complicaciones o taras fisiológicas… no hay nada que hacer sino esperar el milagro! Este Félix Guzmán dio dos vueltas al ruedo estando herido. Esos movimientos musculares pudieron haber influido en la complicación que sobrevino…”

Por todos estos motivos, comparto a continuación las siguientes notas.

El toreo en sí mismo, como expresión artística, debe ser entendido también como un ejercicio espiritual sometido a lo efímero, sujeto al dogma que Lope de Vega afirmó y Pepe Luis Vázquez reafirmó: “El toreo es algo que se aposenta en el aire, y luego desaparece”.

Estamos pues ante la esencia y el significado de un arte perecedero en su presente; imperecedero desde que lo aborda el pasado. Dos magias rotundas y fascinantes desplazadas solamente por el tiempo, rango espacial que convoca a la emoción y al recuerdo. Dos condiciones, al menos que causan agitaciones colectivas en la plaza y conmoción de neuronas cuando es preciso rememorar la jornada gloriosa a través del tiempo.

El tiempo, de nuevo el tiempo, fue lo que finalmente no les alcanzó a cuatro columnas del toreo que cayeron inesperadamente…, antes de tiempo. Su vida fue demasiado para un tiempo que les cobró la factura por adelantado. Y se fueron, uno a uno apenas dieron seña de su paso contundente, arrojado y arrebatado también, porque fueron capaces de tener en un grito a la afición.

¿Inconformes por la vida?

Yo no lo creo.

¿Predestinados a morir así, antes de esperar la muerte en otras circunstancias?

Probablemente sí.

El hecho es que Félix, apenas tuvo tiempo, el suficiente tiempo para demostrar sus enormes cualidades, alteradas por ese profundo deseo de trascender, lejos de cualquier condición que no fuera la impuesta por él mismo.

Sin embargo, para la historia, los “hubieras” no existen. Están fuera de todo contexto. ¿Qué hubiera pasado si Félix no muere? Caemos en el absurdo. Es mejor hacer un análisis dentro de su heroica tragedia que nos obliga a ser cuidadosos para no empañar su trayectoria, como la de alguna estrella fugaz en el firmamento taurino.

De cualquier forma, y aunque parece demasiado sentencioso, Félix Guzmán estaba condenado a morir. Las tardes en que se le llegó a ver en la plaza capitalina, era un auténtico martirologio, debido a su ciega e incondicional posición, convirtiéndose en auténtica “carne de cañón”, toreando a su leal saber y entender diversos enemigos a los que, de tanta entrega, andaba atropellado y constantemente por los aires, sin plantear reposo y mucho menos aplomo en sus faenas. Desde luego que hay momentos donde afortunadamente tuvo la fortuna de ver pasar a este o aquel novillo por delante, sin los apuros del resto de sus actuaciones. Félix, fue un novillero que asimiló el toreo a fuerza de la violencia, retribuida por aquellos instantes en que su incipiente tauromaquia se colmaba de gloria, una gloria celebrada por multitudes que creyeron y vieron en él a la nueva figura en cierne, cuando el toreo mexicano no atravesaba por ninguna crisis de valores. Antes al contrario. En la medida en que se incrementara el número de grandes diestros, tanto mejor. Aquellos primeros años de la cuarta década del siglo XX representaban una capitalización poderosa, un rico patrimonio como pocas veces se ha visto.

Conocedor de la arquitectura de la tauromaquia, aún no estaba capacitado para las grandes obras, ni las grandes construcciones, a pesar de su desmedido empeño en lograrlas. Algo de Carmelo Pérez se depositó en él, (seguramente ni siquiera lo haya visto, como también nosotros), pero intuía ese valor espartano e ilimitado que caracterizó a Armando Pérez “El Loco”, aquel que llegó a conocerse como el “novillero que asusta” y que luego, en su hermano Silverio fue notable la antítesis, discrepancia que exige una detenida contemplación para entender dos estilos totalmente opuestos, pero que maravillaron a la afición mexicana, gracias a la difícil condición en la que ambos fueron dueños de recias personalidades, ese maravilloso don que no a todos les es dado.

Félix Guzmán proponiéndoselo o no, se fue deslizando terrible y peligrosamente a la muerte, porque no pudo superar la inmadurez, remontada solo gracias a su loco empeño por ser alguien en la fiesta.

Ha dicho Fernando Vinyes en su libro México: Diez veces llanto: “Aunque parezca una paradoja la definición, Félix era un torero de valor, pero de valor endeble. Su base de apoyo para arrimarse era la desesperación de la necesidad, que le hace tomar más riesgos de los estrictamente racionales, y la falta de recursos técnicos, lo que le tenía a merced de los novillos y de sus pitones”[1].

Al morir Félix Guzmán, hubo un acto desagradable cometido por ciertos revisteros que, sin mengua de la sensibilidad, los escrúpulos y el sentido común, acudieron con la desconsolada madre de la víctima no a extenderle sus condolencias. No. A lo que iban era a cobrar el favor que en sus notas hicieron de los avances del recién desaparecido, quien ya no pudo resolver ni arreglarse con ellos. Pero ellos tenían que dejar satisfechos sus intereses. Seguramente no lo lograron, aunque lo único que sí provocaron fue que se pronunciara el dolor maternal. Poco a poco aquella mujer se convirtió en víctima de la tristeza y la nostalgia. Comenzó a tener serios trastornos que causaron la locura. Fuera de sí, salía a las calles invocando como la “llorona”·misma al hijo desaparecido.

De aquella mujer, de delgadas facciones, que conservaba en su madurez los encantos de la juventud, ya no se supo nada después.

Lamentablemente Félix no tuvo tiempo, el suficiente para aprender a torear como era su deseo. Aquellas tardes en “El Toreo” de la Condesa, quienes más sufrían seguramente eran los aficionados, que lo consintieron tanto, al grado de pasearlo en los mismos tendidos del coso capitalino. Guzmán, por más que apelaba a los principios de la tauromaquia en su más pura esencia, era despojado de esos propósitos por sus enemigos, que le castigaron severamente. Y es que era demasiado lo que arriesgaba en cada pase el malogrado novillero. Rebasaba los límites permitidos entre los terrenos propios del torero y los que pertenecen al toro, con lo cual este tenía mayores ventajas de embestir no al engaño, sino al cuerpo.

Son apenas unas cuantas crónicas, unas pocas fotografías, o algún escaso poema por ahí que lo recuerdan. Apenas un puñado de imágenes cinematográficas, que nos dan aproximada idea de esta columna fracturada en su parte más sensible, incapaz de resistir las batallas, a pesar de que en buena parte de ellas tuviera ánimos de mantenerse en pie, demostrando con olores de tragedia su paulatina merma que acabó asaltada por la muerte.

Incluyo, para terminar, con la que quizá sea la única evidencia poética dedicada a su paso. Los versos, fueron escritos por Josefina Ferreyra Mireles:

Recuerdo de Félix Guzmán.

 No tenía porte de majo,

de flamenco ni atrevido;

no era un mozuelo rumboso,

no tenía hechuras ni tipo;

no era morena su carne,

sino blanca, como el lirio.

¡Que no parecía torero,

sino arcángel de Murillo!

Así era Félix Guzmán,

delicado y exquisito,

con la bravura en el alma,

con el arrojo escondido;

el toro hablaba por él,

vocero de su heroísmo

y no los labios del mozo,

discreto, callado y tímido.

 

Mixcoac, ¡permite a mis ojos

llorar por tu torerillo!

Hace ya casi dos años,

en tarde que yo maldigo,

se vistió con arrogancia

un terno de plata y vino,

se colocó la montera,

ciñó el capote con brío

y marchó, rumbo a la plaza…

¡Desde entonces no ha venido!…

¡Mixcoac, no enlutes tus rejas

por uno más de tus hijos!

Mejor vístelas de blanco,

adorna tus edificios,

tus alamedas y parques

báñalos de oro amarillo.

Porque Félix no se ha muerto,

porque Félix no ha caído,

tan sólo a plaza más grande

se marcha, comprometido

a torear toros celestes,

a ser de otra parte el ídolo…

¡Mixcoac, nidal de aguiluchos,

fuente de valor taurino,

ya no enlutes más tus rejas

por uno más de tus hijos!

Sigue forjando en tu Rastro,

con carne de muchachitos,

estatuas de bronce duro

para la fiesta del brillo,

de la pasión, de la raza,

del orgullo y del machismo…

 

No era morena su carne

sino blanca, como el lirio.

¡Que no parecía torero,

sino arcángel de Murillo!

Con la bravura en el alma,

con el arrojo escondido…

¡Así era Félix Guzmán!

¡Así era el “torero niño”!

 (Se publicó en La Fiesta. Semanario Gráfico Taurino. N° 10, 29 de noviembre de 1944).


[1] México: Diez veces llanto. Presentación de Manuel F. Molés. Madrid, Espasa-Calpe, 1991. 305 p. Ils., retrs., fots. (LA TAUROMAQUIA, 36), p. 158.

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