EL ARTE… ¡POR EL ARTE! (SEXTA VERÓNICA DE LA SERIE).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En el inapreciable y armónico movimiento que los grandes toreros suelen demostrarnos en eso de interpretar una de las suertes más difíciles, pero también más bellas del repertorio con el capote, ya se ha podido llegar a la sexta verónica de la serie. Y digo que es de las suertes más difíciles, puesto que por ser una de las primeras que ejecutan nada más ha salido el toro al ruedo, es porque las condiciones de fuerza en que el burel asoma al redondel son de una espectacularidad, donde demuestran toda su agilidad, sus movimientos son rápidos y contundentes… en fin que salen “crudos” como afirman algunos matadores. En ese sentido cuando el artista y el técnico al mismo tiempo, logra dominar y entender aquellas embestidas fuera de control, y de meter en la capa al toro, y luego templar, hasta el punto de conseguir verdaderas obras de arte efímero, es porque se ha producido el milagro de la verónica. Esto ha quedado como una forma convencional de ejecución, pues incluso es de enorme utilidad para los matadores, ya que en esa medida, comienzan a apreciar y a distinguir el tipo de embestida que puede ofrecer el toro en el resto de la lidia. Pero en cuanto sucede lo inesperado, cuando surge el “soplo”, o la inspiración es precisamente en esa suma interpretativa donde se crea un arte, surge una expresión difícil de codificar o decodificar. Para muchos taurinos, este es uno de esos momentos en el que pueden apreciar el “abandono” que podrían tener los artistas. Y digo “abandono” no desde un punto de vista peyorativo, sino en el preciso instante de que la creación estética se produce para entregarse plenamente a la ejecución de apenas unos cuantos lances, suficiente porción que puede convertirse en el adelanto de la consumación de una gran obra.

   Ya lo decía Carlos Septién García, en otra de sus incomparables crónicas, modelo y referencia para muchos de quienes pretendemos seguir aprendiendo, cuando aquella tarde del 31 de diciembre de 1944, volvía a repetir la “hazaña” de días atrás, el polémico y personalísimo Luis Castro “El Soldado”. Cuando Romancero de san Mateo ya estaba en la arena

    Lentamente, Luis Castro fue forjando su lenguaje. Lentamente fue desbastando sus palabras en rudos balbuceos ennoblecidos. Así en las verónicas, cuando tomó al toro muy cerrado en tablas y poco a poco fue acoplándose con él, afinando el duro trazo original del capote, asentando el temple, robusteciendo la expresión hasta cuajar el verso noble y señor de sus dos últimos lances. Sonaba aquello como a bronca voz de guerrero tercamente empeñado en pronunciar la musical asonancia de una rima romancera; versos de tónica y primitiva fragancia en los labios del propio Campeador. Así también cuando en el señoril reposo de una narración gloriosa (…)[1]

    Tanta y tan sublime ha sido la inspiración de ciertos toreros que, como El Soldado han producido a favor de la literatura, que el de Mixcoac no escapó a la posibilidad de que José Alameda le dedicara una justa, armónica y equilibrada décima que aquí reproduzco:

 LUIS CASTRO “EL SOLDADO”

 (Para Jesús Arroyo)

El tiempo ha profundizado

Tu mirada y está en ella,

Como en tu frente, la estrella

De lidiador: de soldado.

Y es también el que te ha dado

El porte de antiguo jefe,

Porque tu estampa refleje

Lo que fuiste frente al toro,

Huitzilopoztli de oro

Planta, estilo, regla y eje.[2]

    Alfonso Ramírez “Calesero”, otro intérprete inconmensurable, llegó a afirmar que la ejecución de esta suerte suponía colocarse frente al toro, de tal forma, que aquello se entendiera como si se pidiera perdón. Nada mejor expresado en la siguiente imagen, que sin corresponder necesariamente a las explicaciones iconográficas complementarias, da una idea de que en una escultura del nazareno, este pareciera –sin necesidad de capote alguno-, estar interpretando uno de esos bellos lances…

Silverio Pérez es infaltable.

En su mexicana expresión…

…hasta alcanzar la cadencia y la solemnidad…

…solemnidad que Juan Belmonte comenzaba a encontrar el colorido…

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…que luego Lorenzo Garza también supo descubrir y encumbrar en misteriosos balanceos…

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…misterio que también desveló Ricardo Torres, el torero hidalguense de inolvidable recuerdo.

El instante captado por Daniel Orduña no pudo ser mejor.

Y el cierre milagroso, cautivante, emotivo, de la “media verónica” nos lo deja el artista Robert Ryan en sus característicos movimientos de asombro pictórico sin igual:


[1] Carlos Septién García (seud. “El Tío Carlos – El Quinto”): CRÓNICAS DE TOROS. Dibujos de Carlos León. México, Editorial Jus, 1948. 398 p. Ils., p. 153-4.

 [2] Carlos Fernández Valdemoro (seud. José Alameda): azar del toreo. México, Imprenta Monterrey, S.A., 1984. 92 p. Ils., fots., p. 35.

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