DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. ENTREGA Nº 28.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Hace casi diez años escribía un texto que titulé: FUGÁCES Y EFÍMEROS: FÉLIX GUZMÁN, EDUARDO LICEAGA, “JOSELILLO” Y VALENTE ARELLANO. CUATRO COLUMNAS DEL TOREO QUE CAYERON, INESPERADAMENTE, ANTES DE TIEMPO. Hoy quiero compartirlo con los lectores y navegantes de este blog.

    El toreo en sí mismo, como expresión artística, debe ser entendido también como un ejercicio espiritual sometido a lo efímero, sujeto al dogma que Lope de Vega afirmó y Pepe Luis Vázquez reafirmó: “El toreo es algo que se aposenta en el aire, y luego desaparece”.

   Estamos pues ante la esencia y el significado de un arte perecedero en su presente; imperecedero desde que lo aborda el pasado. Dos magias rotundas y fascinantes desplazadas solamente por el tiempo, rango espacial que convoca a la emoción y al recuerdo. Dos condiciones, al menos que causan agitaciones colectivas en la plaza y conmoción de neuronas cuando es preciso rememorar la jornada gloriosa a través del tiempo.

   El tiempo, de nuevo el tiempo, fue lo que finalmente no les alcanzó a cuatro columnas del toreo que cayeron inesperadamente…, antes de tiempo. Su vida fue demasiado para un tiempo que les cobró la factura por adelantado. Y se fueron, uno a uno apenas dieron seña de su paso contundente, arrojado y arrebatado también, porque fueron capaces de tener en un grito a la afición.

   ¿Inconformes por la vida?

   Yo no lo creo.

   ¿Predestinados a morir así, antes de esperar la muerte en otras circunstancias?

   Probablemente sí.

   El hecho es que Félix, Eduardo, José y Valente apenas tuvieron tiempo, el suficiente tiempo para demostrar sus enormes cualidades, alteradas por ese profundo deseo de trascender, lejos de cualquier condición que no fuera la impuesta por ellos mismos.

   Cada quien en su espacio y su momento (su tiempo), esbozaron no esos rasgos finos, sino firmes de una tauromaquia personal, más allá de convencionalismos, capaz de rebasar horizontes que en un tiempo normal les hubiera tomado espacios quizás más largos.

   Sin embargo, para la historia, los “hubieras” no existen. Están fuera de todo contexto. ¿Qué hubiera pasado si los cuatro no mueren? Caemos en el absurdo. Mejor analicémoslos dentro de su heroica tragedia que nos obliga a ser cuidadosos para no empañar cuatro trayectorias, comportadas como cuatro estrellas fugaces en el firmamento taurino.

 PRIMER CAPÍTULO DE LA TRAGEDIA: FÉLIX GUZMÁN

    De cualquier forma, y aunque parece demasiado sentencioso, Félix Guzmán estaba condenado a morir. Las tardes en que se le llegó a ver en la plaza capitalina, era un auténtico martirologio, debido a su ciega e incondicional posición, convirtiéndose en auténtica “carne de cañón”, toreando a su leal saber y entender diversos enemigos a los que, de tanta entrega, andaba atropellado y constantemente por los aires, sin plantearse un reposo y mucho menos un aplomo en sus faenas. Desde luego que hay momentos donde afortunadamente tiene la fortuna de ver pasar a este o aquel novillo por delante, sin los apuros del resto de sus actuaciones. Félix, fue un novillero que asimiló el toreo a fuerza de la violencia, retribuida por aquellos instantes en que su incipiente tauromaquia se colmaba de gloria, una gloria celebrada por multitudes que creyeron y vieron en él a la nueva figura en cierne, cuando el toreo mexicano no atravesaba por ninguna crisis de valores. Antes al contrario. En la medida en que se incrementara el número de grandes diestros, tanto mejor. Aquellos primeros años de la cuarta década del siglo XX representaban una capitalización poderosa, un rico patrimonio como pocas veces se ha visto.

  Félix Guzmán en su época de novillero.

Guillermo Ernesto Padilla: Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots., T. II., p. 270.

 Conocedor de la arquitectura de la tauromaquia, aún no estaba capacitado para las grandes obras, ni las grandes construcciones, a pesar de su desmedido empeño en lograrlas. Algo de Carmelo Pérez se depositó en él, (seguramente ni siquiera lo haya visto, como también nosotros), pero intuía ese valor espartano e ilimitado que caracterizó a Armando Pérez “El Loco”, aquel que llegó a conocerse como el “novillero que asusta” y que luego, en su hermano Silverio tuvo la antítesis, discrepancia que exige una detenida contemplación para entender dos estilos totalmente opuestos, pero que maravillaron a la afición mexicana, gracias a la difícil condición de que ambos fueron dueños de recias personalidades, ese maravilloso don que no a todos les es dado.

   Félix Guzmán proponiéndoselo o no, se fue deslizando terrible y peligrosamente a la muerte, porque no pudo superar la inmadurez, remontada solo gracias a su loco empeño por ser alguien en la fiesta.

   Ha dicho Fernando Vinyes: “Aunque parezca una paradoja la definición, Félix era un torero de valor, pero de valor endeble. Su base de apoyo para arrimarse era la desesperación de la necesidad, que le hace tomar más riesgos de los estrictamente racionales, y la falta de recursos técnicos, lo que le tenía a merced de los novillos y de sus pitones”[1].

   Al morir Félix Guzmán, hubo un acto desagradable cometido por ciertos revisteros que, sin mengua de la sensibilidad, los escrúpulos y el sentido común, acudieron con la desconsolada madre de la víctima no a extenderle sus condolencias. No. A lo que iban era a cobrar el favor que en sus notas hicieron de los avances del recién desaparecido, quien ya no pudo resolver ni arreglarse con ellos. Pero ellos tenían que dejar satisfechos sus intereses. Seguramente no lo lograron, aunque lo único que sí provocaron fue que se pronunciara el dolor maternal. Poco a poco aquella mujer se convirtió en víctima de la tristeza y la nostalgia. Comenzó a tener serios trastornos que causaron la locura. Fuera de sí, salía a las calles invocando como la “llorona”·misma al hijo desaparecido.

   De aquella mujer, de delgadas facciones, que conservaba en su madurez los encantos de la juventud, ya no se supo nada después.

   Lamentablemente Félix no tuvo tiempo, el suficiente para aprender a torear como era su deseo. Aquellas tardes en “El Toreo” de la Condesa, quienes más sufrían seguramente eran los aficionados, que lo consintieron tanto, al grado de pasearlo en los mismos tendidos del coso capitalino. Guzmán, por más que apelaba a los principios de la tauromaquia en su más pura esencia, era despojado de esos propósitos por sus enemigos, que le castigaron severamente. Y es que era demasiado lo que arriesgaba en cada pase el malogrado novillero. Rebasaba los límites permitidos entre los terrenos propios del torero y los que pertenecen al toro, con lo cual este tenía mayores ventajas de embestir no al engaño, sino al cuerpo.

   Son apenas unas cuantas crónicas, unas pocas fotografías, y apenas un puñado de imágenes cinematográficas las que nos dan aproximada idea de esta columna fracturada en su parte más sensible, incapaz de resistir las batallas, a pesar de que en buena parte de ellas tuviera ánimos de mantenerse en pie, demostrando con olores de tragedia su paulatina merma que acabó asaltada por la muerte.

 SEGUNDO CAPÍTULO DE LA TRAGEDIA: EDUARDO LICEAGA.

 EDUARDO LICEAGA

 Era una flor su sonrisa,

Sonrisa en luz cenital.

Era una flor que fulgía

En los labios del chaval.

 

“¡Ay, Lalo, que el toro achucha!

¡Ay, Lalo, no expongas más!

¡Que ese toro es mucho toro!

¡Que es un toro de verdad

Y eres mocito que empieza

“Entoavía” a torear!”

 

Y Eduardo se sonreía:

-¡Ale, torito, a pasar!

¡Que voy a cortar tu oreja

Para prenderla en mi ojal!

 

Y la flor de su sonrisa

Se abre en luz de eternidad.

Y ríe, mientras claveles

Recoje en vuelta triunfal.

 

El perfume de tu risa

Ya nadie lo olvidará:

Era sol en que envolvías

Tu majeza al torear;

Era la sal de tus lances;

El oro de tu percal.

 

Manojo de nardos era

En el vaso de cristal

De tu pecho de mocito

Que aun no aprendiera a llorar.

 

¡Cómo la Virgen Morena,

Humilde en su Majestad,

Esperaba el homenaje

De tu risa de chaval!

 

La flor más amada era

Que florecía en su altar.

¡La flor que, después de un triunfo,

Siempre le fuiste a ofrendar!

 

¡Vengan toritos a Lalo!

¡Vengan toros a rodar

envueltos entre las luces

de su sonrisa triunfal!

 

¡Ay, Lalo! ¡como me acuerdo

-¡Quién no habría de acordar!-

Cuando, ante doce puñales,

Hubiste, en risas, triunfar!

Fotografía, colección del autor.

-¡Ale, torito, torito,

Que mañana cruzo el mar!

¡Que voy a la madre Patria

a ofrecer mi mocedad

envuelta en traje de luces

verde, de verde nopal;

Verde como la esperanza;

Verde en luces de ultramar;

Verde en aurora de estrellas;

Verde en flores de cristal!

 

Y ante el sol de Andalucía

Volvió tu risa a brillar.

Diste a Castilla la gloria

De ese claro manantial

Que brotaba de tus labios

Al ver al toro pasar.

Las flores que allá en Valencia

Nunca hubieran un rival

Se rindieron a la rosa

Que era risa en tu rosal.

 

¡Ríe, torito, que Lalo

también ríe al torear!

¿No ves cómo ríe, toro?

¡Ale, torito, a pasar!

Que si él ríe ante la Muerte,

Tú la sabes esperar.

 

¡Ay, torero de esmeraldas!

¡Ay, mi valiente chaval!

¡El de los azules giros!

¡El de los verdes-nopal!

 

¡Quien te dijera que un día

Se te habría de cuajar

La flor de aquella sonrisa

Perenne de luz astral!

 

¡Quien dijera que en San Roque,

Pueblo escaso de historial,

La rosa de tu sonrisa

Se habría de marchitar!

 

Desde San Roque a Algeciras,

Allá, frente a Gibraltar,

Un sendero de claveles

Rojos, dejaste al pasar.

 

Esos claveles, Eduardo,

Siempre frescos estarán.

¡Como aquella risa tuya

que nadie podrá olvidar!

 

¡Llora, torito, torito,

Que eduardo no ríe ya!

¡Llora, toro, que su risa

no te encelará jamás![2]

    Creo que la mejor manera de describir el paso por el toreo es este pasaje poético que condensa su ejercicio espiritual.

TERCER CAPÍTULO DE LA TRAGEDIA: “JOSELILLO”

 Joselillo, el tercero de aquel martirologio de 1947.

    Hasta el momento, la mayoría de las apreciaciones hechas para esta obra, son fruto de una contemplación imaginada, cuyo sustento es la lectura de múltiples obras, periódicos, escritos y testimonios de diversa índole. Para conformar el perfil de cada uno de los protagonistas ha sido necesaria una imparcialidad a la que se le ha marcado la sana distancia con las pasiones encontradas. Y es que un novillero como Laurentino José López Rodríguez, mejor conocido como Joselillo, fue capaz -en su corta aparición en escena-, de provocar pasiones encontradas debido al personal discurso que propuso, basado en una tauromaquia profundamente dramática, escalofriante, donde al parecer se desquiciaban todas las normas de la tauromaquia que quedaban sujetas al riesgo y a la emoción del vértigo.

Fotografía obtenida por Carlos González. De la colección del autor.

   Laurentino José López Rodríguez, había nacido en el pueblo de Nocedo de Curueño, provincia de León, España el 12 de julio de 1925. Apenas un adolescente en cierne, llega a nuestro país en el verano de 1932, quien junto con su hermano José Luis atenderían diversos negocios en una tienda de abarrotes. A finales de 1944 Laurentino viste por primera vez el traje de luces en Tepeji del Río, estado de Hidalgo, aunque fuera solo para permanecer la mayoría del tiempo detrás del burladero.

   José, seguramente quiso someter la técnica y la estética con un estilo que iba camino de la madurez, aunque para eso fuera necesario más tiempo, y no pudo ser. Tuvo que ponerse al tú por tú con una buena cantidad de novillos, a los cuales aprovechó hasta donde pudo, empleando métodos poco escolásticos pero convincentes y tanto, que la popularidad de su quehacer y su figura pronto se ganaron lugar destacado en el ambiente taurino mexicano, por el cual pasó en fugaz trayectoria entre los años de 1944 y 1947. Lamentablemente, en la mayoría de sus apariciones, sufría más de un susto o percance, de ahí que Rodolfo Gaona dijera de él: “No le he visto aunque por lo que me han dicho, parecer ser un chico muy valiente, que sin embargo está casi siempre a merced de los toros…”[3].

   Joselillo estaba absolutamente convencido de lo que quería: convertirse en una gran figura del toreo, aunque para ello le fuera la vida. Y así fue. Cada lance, cada pase elevaban la tensión ya por lo arriesgado, ya por el drama consumado en permanentes percances. Y en medio de esos vaivenes, la alternativa estaba planeándose para que Luis Procuna fuera su padrino, ocurriendo tal acontecimiento en la próxima feria del Señor de los Milagros, precisamente para el 19 de octubre de 1947 en la plaza de «Acho», en Lima, Perú. Calificado de “fenómeno” en más de una crónica, fue capaz, con su sola presencia de convocar a la afición de diversas latitudes, provocando llenos y pasiones en medio de una trayectoria cubierta de irregularidades, aunque destacando en aquellas donde el triunfo era legítimo. Pero por otro lado, “Don Martín”, escribía en el Excelsior del 22 de septiembre de 1947:

 “Para el sensacional Joselillo hay una exigencia cruel y un ambiente de hostilidad que no se justifica. A su toro lo saludó con verónicas limpias, citando desde largo, y en su faena de muleta hubo destellos de arte, de valentía, de aguante como en esos derechazos profundos y en esas manoletinas en que envolvió todo su cuerpo en caricias de la muerte. Mató de media estocada en todo lo alto y mientras la mayoría aplaudía con fervor, los eternos reventadores chillaban de lo lindo. ¡Cuántos quisieran ver al ídolo ensartado entre los cuernos como un pelele trágico! Pero Joselillo ya está aprendiendo el oficio y no quiere ser carne de enfermería”[4].

    El percance del 28 de septiembre de 1947 en la plaza «México», cuando Ovaciones de Santín le pegó una cornada fue en principio muy grave. El buen desempeño del cuerpo médico lo ponían lejos de todo peligro, aunque no los dejara tranquilo la presencia de una infección mayor. Los días de recuperación pasaron sin mayores complicaciones. Lamentablemente una complicación cardiaca segó amargamente la ilusión del toreo y de la afición en un momento que esta seguía padeciendo las tremendas sacudidas que estaban ocasionando las recientes muertes de «Manolete» y de «Carnicerito de México», presencias las dos que no era posible aceptar como ausencias de una manera tan violenta, tan rápida, sin permitir tomarse apenas un respiro, y ahora un nuevo golpe llegaba con la noticia amarga de que Joselillo también se marchaba el 14 de octubre, cerrándose de momento aquel martirologio.

   En su figura más bien delgada se agitaba no un guerrero. Más bien todo un ejército, dispuesto a mantenerse en la línea de fuego. Que una acción más rápida del enemigo obligara esa terrible derrota, pudiera parecer un acto normal en medio de lo que para muchos es simplemente la guerra.

   Joselillo, a los 55 años de su desaparición sigue siendo un icono entrañable, a pesar de lo fugaz y efímero de su presencia, y de que se convirtió -lamentablemente- en una esperanza frustrada.

JOSELILLO

 -¡Ay, rapaz! Una amapola

Yo la vide sobre el mar.

 

-No era amapola, mi padre,

Y el mar muy lejos está.

Era el sol que se escondía

Para no verte llorar

Y vertió su sangre de oro

En las platas de un cendal.

 

No llores, padre, que rosas

En mi huerto crecerán.

Una estrella va en mi hatillo,

Que para mi brillará.

 

¡Mira padre, aquel lucero!

En su espejo me verás

Cuando la noche en tus noches

Te rondará en tu velar.

 

No llores, padre, que vamos

Caminando cara al mar,

Y tras el mar, ilusiones

Mi ilusión florecerá.

Que llevo, en mi hatillo, estrellas

Envueltas en flor de azahar

Y las estrellas con flores

Aromas de luz darán.

 

¡No llores, padre, que vamos

caminando cara al mar!

 

-¡Ay, que vide una amapola!

¡Ay, que la vide, rapaz!

Mejor será que a Nocedo

Volvamos los dos en paz,

Que amapolas traen sangre

Y yo no la tengo ya

Y ha de ser tuya, mi hijo,

La sangre que correrá.

 

Y el mozo dejó a Nocedo.

Y el padre volvió al hogar.

Y el lucero llevó triunfos,

Nuncios de marcha triunfal.

Claveles rojos prendían

En el pecho del rapaz.

Oro, sedas y caireles.

Y, entre dos soles, amar.

Y rosarios de rubíes

Colgados de un alamar.

 

El sol lloraba de miedo

Viendo a José torear.

 

Pero el mozo, bello y rubio,

Jamás miraba hacia atrás;

Que frente tenía al toro,

Y detrás del toro, el mar,

Y detrás del mar, Nocedo,

Donde crecía un rosal

Que sembrara en una tarde

En que comenzó a soñar.

 

Y fue un día… un ¡ay! Quebróse

Después de un ¡olé! Triunfal.

Y en azabaches, rubíes

Comenzaron a cuajar.

 

¡Ay, que el rosal que plantares

ya nadie lo regará!

 

¡Que en Nocedo ya no hay rosas

desde que murió el rapaz!

 

¡Una amapola de sangre

florece en ese rosal:

¡La amapola que el buen padre

viera una tarde rondar!

 

Hoy, Joselillo, las rosas

Te las vengo yo a ofrendar

¡Que yo también un buen día,

camine de cara al mar![5]

 CUARTO CAPÍTULO DE LA TRAGEDIA: VALENTE ARELLANO

    Cuando mi afición a los toros se encontraba absolutamente consolidada, tuve oportunidad de ser uno más de los aficionados que disfrutaron el capítulo protagonizado por tres novilleros que le dieron al espectáculo taurino una de las etapas más brillantes en, por lo menos, los últimos 25 años del siglo XX. Me refiero a la aparición en escena de Valente Arellano, Ernesto Belmont y Manolo Mejía. De los tres, solo Manolo Mejía sobrevive, en medio de ciertas adversidades que no le han permitido lograr apuntalarse total y absolutamente en un medio que se niega a reconocerlo. Negativa que se da luego de la demostración de arrogancia que tuvo el diestro de Tacuba una noche al afirmarse como el “Nº 1” cuando no ha podido demostrarlo cabal y permanentemente en cada temporada que transcurre.

   El caso evidente de Valente Arellano se constituye como uno de esos “novilleros” que se convierten en iconos, o, para mejor entenderlo, en el caso peculiar de aristotipo, o lo que es lo mismo: en modelo de toreros. Torero para toreros, dirá más de uno cuando tenga que afirmar la forma en que Valente se identificó con una fiesta a la que se consagró en cuerpo y alma, demostrando una capacidad creativa como pocos lo habían hecho hasta ese año de 1982, cuando surge a la escena. Y así como pudo demostrar una capacidad creativa, también creó en torno suyo una capacidad de asombro y admiración que le permitieron gozar de las mieles del triunfo. Lamentablemente poco le duraría el gusto.

   En él siempre hubo una fuerza interna que permanente y constantemente lo orilló al abismo, al suicidio que, por azares del destino consiguió fuera del ruedo.

   ¿Qué era Valente Arellano en el ruedo?

   Era una summa auténtica de inquietudes, un pozo de sabiduría que, de modo interminable producía y producía, lo que ocasionó una recuperación del “tiempo perdido”, causado por otras generaciones que le antecedieron, que no deslegitimamos, pero a las que les faltó ese sello que identifica de siempre al novillero ansioso de gloria. Ya habían pasado novilleros como Rodolfo Rodríguez, César Pastor, Ángel Majano, José Lorenzo Garza, Martín Agüero, Félix Briones, Alfonso Hernández y otros que crearon un ámbito de ilusiones frente a la decisión que en esos momentos significaba la inminente desaparición de los ruedos de “Manolo” Martínez, quien, en 1982 decide “irse” por primera vez (aunque algunos años más tarde retornaría para confirmar la sentencia de que “nunca segundas partes han sido buenas”).

   Sin embargo, con Valente Arellano se articulaba una sólida posibilidad de tener al más claro sucesor de “Manolo” en cuanto a esa capacidad de “arrastre” creada por otros toreros o novilleros que también lo lograron, aunque pocos trascendieron luego como “matadores de toros”. El caso de Valente tomaba otro derrotero. Tras su alternativa, lamentablemente quiso su administración mantenerlo como “novillero”, lidiando con muchas comodidades ganado que no correspondía a la estatura a la que se propuso llegar el lagunero intrépido, por lo que devino cierto desencanto.

El Heraldo de México en aquellos días, daba cabida a la triste noticia…

   Valente Arellano tuvo en los tres tercios de la lidia suficiente territorio para la creación, para la inventiva y para la recreación de suertes que sacó materialmente del “arcón de los recuerdos”. Con él, la fiesta se mantuvo en niveles económicos favorables, porque las plazas se llenaron nuevamente (incluso, con el festejo que protagonizaron los tres novilleros más destacados de la temporada 1982, justo el 28 de noviembre de ese año, fueron capaces de llenar el coso de Insurgentes, cosa que no se había visto en muchos años).

   Valente fue “ídolo” de la afición. Pero Valente Arellano apenas si duró un suspiro en los cuernos de la gloria, luego de su trágica desaparición en accidente automovilístico, que era la obsesión que lo perseguía. Es probable que, al margen de la negativa en el seno familiar de abrazar tan arriesgada profesión, el joven novillero no solo demostrara que sí era posible conseguir lo que se proponía. En el fondo, también estaba una más complicada situación de enfrentamiento con los suyos, en cuanto al hecho de que era capaz de arriesgar la vida, de ser necesario, en caso de que no se le permitieran trascender los caprichos de su vida. Tal parece que la amenaza se cumplió puntualmente.

   Hasta hoy, pasados casi 20 años de su muerte, no había escrito algo acerca de este diestro que causó las debidas conmociones en el ambiente taurino mexicano, hasta arrancarle el letargo en que luego llega a caer la fiesta, la que, de modo permanente pide a gritos su estado de reposo, pero un reposo de dicha, con los acontecimientos palpables de grandeza que con frecuencia llega a padecer. Estamos en el año 2003, y apenas han comenzado a surgir auténticos nombres que le permiten ese deseo al espectáculo taurino. Allí están Eulalio López “El Zotoluco”, Ignacio Garibay, José María Luévano o Fermín Espínola, a quienes he hecho alternar con Valente Arellano, la ausencia más importante de este cartel que no ha de celebrarse.

   Valente Arellano, in memorian.

A VALENTE ARELLANO

 Fuiste grito de angustia

Y alarido

De triunfo al rojo vivo

En río de sangre desbordado.

 

Incontenible

En la arena de los ruedos

Nada ni nadie pudo detenerte.

 

Y los rezos y ruegos

De tu gente devota

Te pusieron a salvo en la derrota.

 

Pero náufrago eterno

En el río luminoso

Ya se cernía el invierno

Sobre tu primavera florecida

Como herida

Mortal, inclemente,

Valente Arellano.

 

Y no caíste, no,

Ante las astas

Del toro que te diera

Nombre y fortuna,

Fama y jerarquía.

 

Fuiste víctima más

Del cruel asfalto,

De la velocidad,

Del sobresalto,

De la tecnología desesperada

Que en una madrugada

Al borde y desamparo

Del Valle del Silencio

Dejó en suspenso

El tesoro más caro,

El valor más amado

De la Fiesta de Toros.

 

Y te lloramos todos

Valente Arellano,

Pero muy, mucho menos

De lo que te queremos,

De lo que te admiramos.

 

Oíste el gran reclamo

Y te apagaste, lucero

Del ruedo Nazareno.

Mas no te olvidaremos

Por hombre y por torero

De los ruedos primero

VALENTE ARELLANO…[6]

Alférez.


[1] México: Diez veces llanto. Presentación de Manuel F. Molés. Madrid, Espasa-Calpe, 1991. 305 p. Ils., retrs., fots. (LA TAUROMAQUIA, 36), p. 158.

[2] Matías Conde: Cuatro romances de toreros (E. Liceaga, Joselillo, Carnicerito y Manolete). Edición Romántica. Ilustraciones de Germán Horacio, Por (…). México, editorial Malvis 1949. Ils. 46 pp., p. 11-16.

[3] José Ramón Garmabella: Joselillo. Vida y tragedia de una leyenda. México, Panorama, 1993. 168 p. Ils., fots., p. 137.

[4] Op. cit., p. 136.

[5] Matías Conde: Cuatro romances de toreros… op. cit., p. 19-23.

[6] Juan Manuel Alférez Chavarría (Alférez): POESÍA Y RETRATOS TAURINOS de (…). Apuntes de: Cobo, Álvarez, Solleiro y José Daniel. Presentación de Roberto Diéguez Armas. Prólogo de Rafael Solana. 2º ed. México, Banco Nacional del pequeño comercio, SNC, Miguel Ángel Porrúa, 1989. 125 p. Ils., p. 113-114.

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