¡¡¡UNIDAD!!!

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Quienes participamos en forma permanente en esa labor que busca justificar no solo la presencia sino la permanencia de las corridas de toros, y con ella, todos sus aledaños o elementos parataurinos (expresiones que, a lo largo de casi 500 años se han arraigado y se han desarrollado en nuestro país), estamos convencidos de que, en la medida en que exista un solo documento concentrador, el que reúna todos los esfuerzos donde están implicados e involucrados a su vez las ocho naciones que hoy conserva esta expresión en el mundo. Pues bien, en esa medida, habrá condiciones para encontrar la razón exacta para que la UNESCO valore su decisión y designe en algún momento no muy lejano, a la tauromaquia como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

   Lo anterior no es poca cosa. Se ha requerido de muchas condiciones para hacer válido y formal tal propósito. Se han tenido que enfrentar diversas campañas que atentan y cuestionan su razón de ser. Sin embargo, es notoria esa falta de unidad y en eso hay que confesar que así somos los taurinos. Respondemos como luces de artificio…, y luego nos apagamos. Hace falta, por tanto un esfuerzo mayor y constante.

   En estos momentos, hay dos líderes clave en todo este movimiento: Williams Cárdenas y François Zumbiehl. Así como debemos confiar en su paciente como documentado trabajo, así debemos apoyarlos, dejando a un lado posibles protagonismos que solo empañan el buen recorrido que ya ha tomado más de 10 años de intensas y permanentes tareas que han servido para documentar, explicar y justificar el porqué de la permanencia del que vemos, como lo califican todos aquellos protocolos que opera la UNESCO. Es decir, se trata de un patrimonio, de un legado al que le ha tomado milenios en algunos casos; siglos en otros para su conformación, integración y preservación.

   Lamentablemente, muchas buenas intenciones se han quedado en eso, mientras avanza, en forma incontenible y con todos sus propósitos, el frente opositor el que, al vernos desunidos y desvinculados, aprovecha ese síntoma para posicionarse cada vez más y mejor en terrenos y circunstancias que pudiéramos aprovechar de mejor manera los taurinos.

   En nuestro país se nota de manera muy marcada ese separatismo en, por lo menos dos grupos que, buscando un mismo propósito, no logran unirse. Uno es protagónico a más no poder. El otro, trabaja con absoluta discreción y fundamenta con elementos de carácter académico, entre lo histórico, antropológico, sociológico, filosófico y demás contextos, pero es un grupo que de alguna manera calificaría como marginal. Si las pasiones desatadas de aquel, y las razones y equilibrios de este se juntaran en uno solo, quizá tendríamos otro panorama, pero se ve a las claras que al no hacerlo, no desean contaminarse, pero tampoco avanzar. Así que, si se dejan de lado esas locas ganas de aparecer en escena y las que mantienen un comportamiento sigiloso y prudente, evitarían el gatopardismo[1] que en nada beneficia a la fiesta.

   Sabemos de lo complicado que resulta para quienes han encarado propósitos semejantes, y que han conseguido la culminación en declaratorias que la institución internacional concede luego de una larga, larguísima deliberación entre sus integrantes. Por eso, cuando se decidió comenzar el camino con los mismos fines, con objeto de que la Tauromaquia obtenga tal reconocimiento, se debe haber tenido claro todo el cúmulo de conflictos, pero también de “tiempos muertos” que significa esa prolongada espera. Cada uno de los ocho países involucrados presenta hoy día una problemática particular, misma que viene a convertirse en telón de fondo. Si a ello agregamos la crisis de orden mundial, e incluso factores que se han acelerado tanto como el cambio climático, el uso de las tecnologías de información y comunicación (las TIC por sus siglas) o la desaceleración en términos de lo laboral, uno diría que tales fenómenos no afectan directamente esta misión. En efecto, tanto como factores que se planteen para dar razones y justificación a la tauromaquia en cuanto tal, quizás no. Pero en la realidad esos y otros problemas que se viven hoy, significan giros o cambios de comportamiento en las sociedades que también se reflejan, pareciera que no, en la tauromaquia. Por lo tanto, las estructuras por encima de la superficie, y las que son el cimiento más ancestral en las corridas de toros, se están cimbrando a cada momento, por lo que conviene, ante este escenario, llegar a un acuerdo común que, como lo indica el comienzo de estas notas, se define como UNIDAD.

   Eso esperamos todos los taurinos. Conseguir la declaratoria de la UNESCO no sólo será, en términos de que así ocurra, una casualidad o un momento para celebrar. Vendrán a continuación muchas más tareas, pero lo más importante: garantizarle al espectáculo su preservación, lo cual significa también su dignificación.

17 de junio de 2013.


[1] El gatopardismo o lo lampedusiano es un término curioso utilizado en Ciencias Políticas y en lenguaje político corriente, en general.

   El hecho o procedimiento de «cambiar algo para que nada cambie», tiene su origen en la paradoja expuesta en la novela El gatopardo, del escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957).

   La cita original expresa la siguiente contradicción aparente:

   «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie».

   «¿Y ahora qué sucederá? ¡Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado».

   «…una de esas batallas que se libran para que todo siga como está».

   Desde entonces, en Ciencias Políticas se suele llamar gatopardista o lampedusiano al político, reformista o revolucionario que cede o reforma una parte de las estructuras para conservar el todo sin que nada cambie realmente.

   El gatopardo (Il Gattopardo) es una novela escrita por Giuseppe Tomasi di Lampedusa, entre finales de 1954 y 1957. Rechazada en un principio por las editoriales Einaudi y Mondadori, fue publicada póstumamente por la editorial de Giangiacomo Feltrinelli con prólogo de Giorgio Bassani. En 1959 obtuvo el Premio Strega, y en 1963 Luchino Visconti la adaptó al cine.

   El gatopardo narra las vivencias de Don Fabrizio Corbera, Príncipe de Salina, y su familia, entre 1860 y 1910, en Sicilia (Palermo y las tierras cercanas a Agrigento de Donnafugata).

Disponible junio 17, 2013 en: http://www.avizora.com/publicaciones/que_es/textos/0036_gatopardismo_gatopardo.htm

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