EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Preocupa en verdad el balance que hasta ahora, once novilladas, se ha presentado en el que ya es posible apreciar como el final de una de las temporadas más mediocres de que se tenga memoria en la plaza de toros “México”. Salvo el caso de Juan Pablo Llaguno la tarde del 1° de septiembre, y luego algunos otros elementos aislados que no responden a la capacidad de una gran esperanza, no hay otra cosa que mencionar. ¿Este asunto le preocupará a la empresa tanto como a nosotros los aficionados? ¿Qué 500 u 800 personas metidas en el gran coso el domingo 15 de septiembre, y en una fecha por demás emblemática, no pondría a cualquiera a temblar ante el posible fracaso de un negocio?

   Lo que importa analizar aquí es porqué la empresa capitalina no alcanzó a lograr en sus propósitos de alistar a una nueva y posible generación de muchachos, futuros candidatos a ocupar puestos de privilegio en otros tantos festejos menores, sólo para confirmar o revalidar sus capacidades (e incluso para saberse o no elegidos o favorecidos estos jóvenes en una profesión que exige mucho). De igual forma, el conjunto de encierros que hasta ahora han aparecido en el ruedo (once festejos), no ha tenido la calidad ni la presentación más homogéneas que desearíamos los aficionados, mismos que cada ocho días frecuentamos la plaza de toros “México”, salvo que desde días antes, y con todo el conjunto de ingredientes que se nos ofrecen, nos quiten toda la intención y la ilusión que supone esperar esa ansiada fecha para no asistir.

   Creo que cualquier empresa metida en un negocio de esta naturaleza desearía ganar, nunca perder. Y para ganar es un hecho de que los esfuerzos deben llegar a un límite en que todos los elementos que ofrezca deben convertirse en atractivos para un sector de interesados que se encuentra en condiciones de pagar y bien, sobre todo cuando está convencido de que la materia prima está de acuerdo a unos aspectos que concuerdan con la tradición, además de que pasan por el rigor de diversos requisitos que la autoridad, siempre y cuando sea la Autoridad quien debe aprobar, como una más entre las condiciones para la celebración de un espectáculo digno. Sin embargo, cualquiera con el mínimo de sentido común entendería que los procedimientos que aquí se desarrollan no son los que corresponden a una tradición, ni tampoco a un asunto que queda sometido a un reglamento, instrumento legal cada vez más estorboso, sobre todo cuando las pretensiones absolutas son las de la autorregulación.

   Apenas un día antes y en Tlaxcala se presentaba un encierro serio, muy serio de la ganadería de De Haro, bajo el cuidado de Antonio de Haro y con menos de media plaza (lo que es de lamentar, ante el hecho de que la natural expectación producida por los TOROS no impactó entre muchos aficionados), el balance no fue el que todos deseábamos. Pero al fin y al cabo hubo TOROS y esto indica que en el campo bravo mexicano, hay toros. Por consecuencia, también hay novillos, y si para distinguir toros y novillos nos queda claro en qué aspectos morfológicos deben basarse tales distinciones, pues en ese sentido lógico tendrían que estar trabajando por ejemplo, los veedores que son, en principio una pieza más en la que confía la empresa para seleccionar ganado y mandar a la plaza lo mejor de lo mejor. Pero tal parece que no es así.

   A todo lo anterior débese agregar la rigurosa labor del sector de la prensa, encargada como lo esperamos, de orientarnos, de hacer crítica cuando debe hacerse, y darnos los instrumentos didácticos suficientes para contar con la información para saber la forma en que se desarrolló un espectáculo. Es decir, su crónica tendría que contar con los sustentos técnicos, pero también históricos, literarios y demás fortalezas para el entendimiento de la tauromaquia. Lamentablemente si una buena parte de este sector nos provee de crónicas superfluas, tendenciosas, de escasa calidad y con señales muy marcadas de parcialidad, tendremos como resultado un desastre, lo que no garantiza información de calidad, sólo un conjunto de datos epidérmicos que en nada dejan claro un panorama que requiere no sólo de conocimientos, también de sensibilidad y de mucho sentido común. Recordemos que la inteligencia y la profundidad no siempre van juntas.

   Si a todo lo anterior agregamos la correcta y honesta labor que tendrían a bien desempeñar las autoridades todas, tanto el juez de plaza, el de callejón, el inspector autoridad, los veterinarios y luego, todos ellos apoyados por la delegación “Benito Juárez” y esta, avalada por la propia jefatura de gobierno del Distrito Federal, las cosas serían totalmente distintas. Sin embargo, surgen las sospechas precisamente cuando la autoridad en su conjunto queda sujeta a instrucciones o amenazas, de ahí que al aficionado le quede un enorme peso de duda por ejemplo cuando no se tienen desde hace muchos años los datos puntuales de los exámenes post morten, con los cuales se contaría con la fortaleza de la credibilidad y no el peso de la sospecha. Quizá por todo esto, la afición “castiga” con su ausencia a las empresas que no ofrecen garantías, las cuales no están poniendo su empeño para que se realicen espectáculos de calidad.

   Por todas estas razones, y muchas otras más que se encuentran al interior de toda la infraestructura en la organización de un espectáculo es que festejos como el de ayer, 15 de septiembre, encontrara con la pobre, pobrísima entrada de entre 500 y 800 asistentes la mejor forma para entender a qué grado de desconfianza se encuentra el espectáculo taurino en una de las ciudades más habitadas del mundo. No se trata de un poblado perdido por ahí. No. Me refiero a la realidad de lo que sucede en la ciudad de México, que no es poca cosa en el panorama de unas condiciones que afectan, en gran medida todos aquellos propósitos que vienen trabajándose intensamente al respecto de darle algún día a espectáculo tan deprimido, las condiciones para fortalecerlo en términos de que se consiga, junto con lo que sucede en otros siete países, la nominación, por parte de la UNESCO, de patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. La organización taurina en este país parece estar –en estos momentos- representada en su mínima expresión, parece “puesto de pepitas”, donde priva la informalidad, la desorganización… y más bien corren tiempos en que las cosas se hacían en forma improvisada. Eso es cosa del pasado, aunque tal parece que así es como se siguen realizando las cosas y esto, en unos momentos en que la modernidad o la postmodernidad se encuentran encaramadas en aspectos donde se exige la calidad total, aunque no aplique este concepto en un espectáculo que se organiza bajo sus muy particulares condiciones, pero aún así dicho escenario, patético y deprimente se mantiene ensoberbecido, lo que ya no puede ser tolerado.

   Este es un profundo llamado de atención a los pésimos procedimientos que se ponen en práctica para organizar espectáculos taurinos en nuestro país, donde se le pierde el respeto a quien paga por sostenerlos, ofreciéndoles “sobras” que no merecemos. Lamentablemente la falta de organización y articulación de los sectores taurinos que operan en forma aislada, en células que no se integran en una sola unidad presupone el hecho de que, aunque habría protestas y reclamos, estos no llegarán a afectar los intereses de las organizaciones en donde todo parece indicar, seguirán ofreciendo su “producto” con todos los defectos aquí marcados, a un precio que no guarda ninguna proporción con su contenido. Soluciones, hay muchas y efectivas como para hacer retornar no sólo a la afición a los tendidos, sino restablecerles todo significado de confianza, y esos son procedimientos de mercadotecnia, pero también del enorme deseo por hacer y sostener una empresa que cuesta, y cuesta mucho, pero que conviene arriesgar con tal de que lo que veamos en el desarrollo de una tarde de toros sea, en principio el elemento fundamental, la materia prima que es el toro, o el novillo sin ambages de ninguna especie. Lo demás, viene por añadidura.

16 de septiembre de 2013.

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