SOBRE EL TOREO DE A CABALLO EN EL SIGLO XIX MEXICANO.

A TORO PASADO.

¿POR QUÉ EL TOREO A CABALLO ADQUIRIÓ UNA FUERZA SIN PRECEDENTES EN BUENA PARTE DEL SIGLO XIX MEXICANO, Y LUEGO DESAPARECIÓ DE MANERA POR DEMÁS MISTERIOSA?[1]

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Grandes exponentes del toreo a caballo –como Ignacio Gadea, Bernardo Gaviño, Luis G. Inclán, Ponciano Díaz, Arcadio Reyes, Agustín y Vicente Oropeza, sin olvidar a otros tantos que cobijó el anonimato-, destacaron como notables ejecutantes del toreo a caballo durante la segunda mitad del siglo XIX en nuestro país. Esto, fue el resultado de una serie de condiciones donde el quehacer eminentemente campirano pudo incorporarse en las plazas de toros y de estas iba nuevamente al campo para renovarse, en un ciclo empujado por las circunstancias mismas debido al hecho de que eran los propios toreros los que se involucraban en la elección de los ganados que habrían de lidiar días más tarde, con lo que su presencia en las haciendas era obligada. El quehacer en el que estaban inmersos no los restringía a la sola actividad taurómaca del toreo de a pie sino que el caballo se constituyó en un elemento, en herramienta fundamental para realizar aquellas tareas entonces tan comunes y cotidianas. Prácticamente se hablaban de tú con los mejores vaqueros de las haciendas, manteniéndose un diálogo y una praxis que se demostraba junto con una teoría aún no escrita, pero que era el discurso principal del que se valieron aquellos hombres para con las prácticas en el campo.

   Innumerables son los carteles donde la tauromaquia de a pie en cuanto tal, acepta y comparte escena con aquellas demostraciones tales como el coleadero, el jaripeo, o el de colocar banderillas desde el caballo, cosa que llevaron a grandes estaturas Gadea o Ponciano. Sin embargo existe un factor de desequilibrio que comenzó a ser razón de fondo para que se desestabilizara lentamente dicho quehacer, hasta que, al concluir el siglo XIX no quedó rastro de aquel esplendor.

   María del Carmen Vázquez Mantecón nos ayuda a entender parte de aquel misterio, apuntando lo siguiente:

 Mientras en España la fiesta de toros evolucionaba hasta hacer de ella “un arte regido por reglas”, en México la prohibición a las corridas en 1867 le dio un sesgo peculiar a la fiesta. Dado que el decreto no mencionó el jaripeo –lazar y jinetear la res-, ni al coleadero –derribar a un toro en plena carrera jalándole la cola con la mano- éstos se mezclaron con lo que quedaba de -“tradición española”-, muy al modo de torear que por muchos lustros impuso en México el gaditano Bernardo Gaviño. Cuando los diputados restablecieron las corridas de toros, a fines de los ochenta, se había apoderado del gusto del público capitalino mexicano una fiesta muy propia, en la que el torero se lucía como buen jinete domando reses y cuacos, vestía de charro, portaba grueso bigote, ponía banderillas a caballo, lazaba la res, y también la mataba a pie, de una manera distinta como se hacía en España. De pronto, la fiebre que despertó su reanudación, puso en juego algunos capitales para construir plazas en la ciudad de México, contratos jugosos para muchos toreros españoles que vinieron a “hacer la América” en nuevos cosos, y a miles de aficionados que, desde distintos ámbitos, manifestaron sus sentimientos de hispanofobia o hispanofilia con relación a lo taurino. Se avivó entonces un debate entre los vicios y las virtudes del toreo que hacían los mexicanos y el que traerían los españoles, que encarnaron los lidiadores Ponciano Díaz por México y Luis Mazzantini por España.[2]

FOTO Nº 31

El “charro” en el campo…

    Aquí está buen parte de las razones que originaron aquel capítulo escondido, pero tan evidente a la hora de su disfrute en las plazas de toros. De hecho, al quedar prohibidas las fiestas de toros en la capital del país, a partir del 28 de noviembre de 1867 y hasta el 20 de febrero de 1887 en que volvieron a celebrarse, la actividad en este sentido bajó considerablemente. Es un hecho que la provincia acogió tal diversión pública pero ese ámbito se polarizó en tanto los gobernadores de ciertos estados aceptaban y condescendían o no con la medida tomada durante el gobierno de Juárez. El hecho es que aquí hay un primer atenuante que le quitó un buen porcentaje de valor a la fiesta en cuanto tal. Tuvo que pasar algún tiempo para que se recuperara el ritmo, cosa que permitió entre otros a Ponciano Díaz colocarse en lugar de privilegio, razón que supo aprovechar para elevar sus bonos de popularidad mientras llegaba el tiempo e que las corridas de toros retornaran a la capital del país, centro y motor neurálgico donde se deciden buena parte de los destinos de la nación.

   El gobierno de Porfirio Díaz –salvo el periodo de la era Gonzalina, que va de 1881 a 1885-, estimuló una serie de situaciones que resultaran más favorables al avance de este país con lo que estos fueron notándose de manera evidente. Sin embargo, en ese sentido, Daniel Cosío Villegas vislumbró que

 El contenido ideológico propio del porfirismo era pobrísimo (…); pero, en cambio, la realidad nacional y la del mundo le dieron dos palabras mágicas: orden, la primera; progreso, la segunda. En la conciencia de todos los mexicanos estaba la necesidad del orden, de la paz, después de casi tres cuartos de siglo de una vida manchada de sangre y plagada de hambre y de miseria; y luego, por lo que respecta al progreso, a México no habían tocado hasta entonces siquiera las migajas de la Revolución Industrial, aquella que se inició en Inglaterra desde fines del siglo XVIII. Así, el porfirismo acabó por dispensar en México las medicinas del orden y del progreso, que habían venido aceptándose como panaceas para curar cuanto mal aquejó al mundo occidental durante todo el siglo XIX y los primeros años del XX. El porfirismo, en suma, acabó por dar al país una filosofía que el mundo occidental le impuso, y que, como toda filosofía, exaltaba unos valores en detrimento de otros. (La crisis de México).

FOTO Nº 173

…el “charro” en los espacios urbanos.

    Ya tenemos pues, un mejor escenario en el que, a partir de1884 comenzó a cambiar de tonalidad con la aparición mucho más consistente de toreros españoles. Para entonces, Bernardo Gaviño se había convertido más en una figura decorativa que de dirección, aspecto que dejó de detentar cuando la longevidad se apoderó de él. Ponciano aprovecha esa circunstancia y se instala de un golpe en la cumbre de todas las aspiraciones. Bajo ese estado de cosas, el atenqueño transitó en medio de una popularidad sin precedentes.

   Tres años después y de manera colectiva, llegó un grupo compacto, encabezado por Luis Mazzantini, Diego Prieto, Juan Moreno “El Americano” y otros que iniciaron lo que puedo llegar a calificar como la “reconquista vestida de luces”, respaldada por la prensa, que aleccionó a la nueva afición por la vía de diversos periódicos, unos prohispanistas; otros pronacionalistas. Aquellos tuvieron mejor estructura y fueron dominando el panorama hasta apoderarse del mismo.

   El otro importante grupo de toreros bigotones que deambularon por buena parte del territorio nacional, espacio cuyo foco de atención fundamentalmente fue el centro, occidente y norte del país, plantearon una tauromaquia eminentemente autóctona, la cual, a mi juicio, cayó en el peligroso síntoma del “eslabón perdido”, puesto que se separan del concepto y la norma establecida por Gaviño para manifestar algo que se parece a lo que hacía Ponciano pero sin los resultados favorables alcanzados por este. Además en ellos se agotó la posibilidad de un enriquecimiento que devino en tardes que ya no tuvieron el colorido de los tiempos pasados, por lo que o tuvieron que aceptar la nueva expresión o ir desapareciendo. Uno de ellos, Gerardo Santa Cruz Polanco incluso enfrentó a Ponciano Díaz reprochándole su negativa de subirse al carro de la modernidad, separándose de la cuadrilla del “charro y torero” pero sin lograr trascender, lo cual deja ver que a pesar de su rebeldía, perdió fuerza y presencia.

   La presencia de Lino Zamora, Jesús Villegas, Braulio Díaz, Abraham Parra, Refugio Sánchez, Felipe Hernández, Ignacio Gadea, Timoteo Rodríguez, Dionisio Vela, Juan Núñez, Rafael Corona, sirvió para reafirmar el “nacionalismo taurino” que Ponciano elevó al rango de “Escuela mexicana de Tauromaquia” con la que dejaron el primer emblema histórico, superado con creces al apoderarse del escenario Rodolfo Gaona Jiménez en pleno siglo XX.

   Aunque públicamente nunca se enfrentaron, encontramos una fuerte confrontación entre Ponciano Díaz y Luis Mazzantini, ejes y directrices de ambos estilos. Aquel, con una enorme presencia popular y este, aunque rechazado en un principio, más adelante la afición terminó haciéndolo suyo en inolvidables temporadas que llegaron hasta los primeros tres años del siglo XX, gracias a que independientemente del fracaso del 16 de abril de 1887 en la ciudad de México, el diestro de Elgoibar remontó aquellos difíciles momentos y de manera consistente recuperó el afecto de los aficionados que le vieron con bastante frecuencia en las temporadas invernales, así mismo llamadas “Temporada Mazzantini”, en las que este torero tuvo a su cargo el comprometido papel de confirmar el establecimiento –de por vida- del toreo de a pie, a la usanza española, en versión moderna en los ruedos nacionales.

   Precisamente ese aspecto y su importante magnitud es en el que radica el principal aporte de los españoles, que nuevamente se apoderaron del control del escenario, desplazando de manera definitiva ese otro quehacer taurino que alcanzó su mejor estatura con Ponciano Díaz, pero ya no era posible semejante anacronismo, puesto que hubo un momento en el que protagonistas y testigos fueron conscientes del nuevo estado de cosas, por lo que, fuera de fanatismos, pasiones o preferencias, debe reconocerse que la presencia hispana marcó –de ahí en adelante-, la dirección correcta por donde habría de seguir la ruta del toreo en nuestro país.

   Es curioso encontrarnos con que en los últimos años del siglo XIX, la plaza de toros “Bucareli” (1888-1899), construida por Ponciano Díaz, y donde seguramente se pensó que sería el teatro de las mejores hazañas de dicha figura torera y popular, terminó siendo escenario del despliegue de la nueva usanza. Ya solo verían el espectáculo una infinidad de aficionados que disfrutaron aquellas jornadas, llenas de majestuosidad, inventiva e improvisación, pero que finalmente fueron testigos del paso seguro de la tauromaquia moderna, entendida como tal –y desde nuestra perspectiva-, misma que ha venido a alcanzar su correspondiente evolución –aquí y ahora-, más de cien años después.

   Por todo lo anterior, es como podemos entender la manera en que quedó eliminado el toreo de a caballo en las plazas de toros de nuestro país, puesto que al morir Ponciano Díaz en 1899 se desvanece dicha expresión, misma que sería recuperada en diversos momentos del siglo XX por personajes como los hermanos Aparicio que le dieron definitivamente otro tratamiento, bajo la mirada postrevolucionaria que buscaba reivindicar lo mexicano.


[1] El presente es un texto (inédito) que escribí el 14 de enero de 2003.

[2] María del Carmen Vázquez Mantecón: “Charros contra “gentlemen”. Un espisodio de identidad en la historia de la tauromaquia mexicana ʽmodernaʼ”, en: Modernidad, tradición y alteridad. La ciudad de México en el cambio de siglo (XIX-XX). México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas. Elisa Speckman Guerra y Claudia Agostoni, Editoras. 340 p. (Historia moderna y contemporánea, 37). (pp. 161-193; p. 163).

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