LAS MOJIGANGAS, DIVERTIMENTOS COMPLEMENTARIOS EN LAS CORRIDAS DE TOROS. SIGLO XIX.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO EN LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL MEXICANO SIGLO XIX.

    Deseo compartir con ustedes una parte de este trabajo, cuyo nombre pretende evocar, en el uso de un lenguaje en desuso, las demostraciones populares que se describen en esta selección, misma que pertenece a un libro del mismo nombre, el cual pretendo publicar el año próximo, si para ello hubiese algún editor interesado en darlo a la luz. Ya formado, además del estudio de rigor, este viene acompañado de las respectivas imágenes, que son abundantes a lo largo de toda esa investigación, misma que tomó alrededor de 20 años de intenso trabajo de gabinete. Mientras tanto, viene a continuación parte de ese estudio que, para los interesados resultará curioso.

INTRODUCCIÓN

    Como una constante, el conjunto de manifestaciones festivas, producto de la imaginaria popular, o de la incorporación del teatro a la plaza, comúnmente llamadas “mojigangas” (que en un principio fueron una forma de protesta social), despertaron intensas con el movimiento de independencia en 1810. Si bien, desde los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX ya constituían en sí mismas un reflejo de la sociedad y búsqueda por algo que no fuera necesariamente lo cotidiano, se consolidan en el desarrollo del nuevo país, aumentando paulatinamente hasta llegar a formar un conjunto de invenciones o recreaciones, que no alcanzaba una tarde para conocerlos. Eran necesarias muchas, como fue el caso durante el siglo antepasado, y cada ocasión representaba la oportunidad de ver un programa diferente, variado, enriquecido por “sorprendentes novedades” que de tan extraordinarias, se acercaban a la expresión del circo lo cual desequilibraba en cierta forma el desarrollo de la corrida de toros misma; pues los carteles nos indican, a veces, una balanceada presencia taurina junto al entretenimiento que la empresa, o la compañía en cuestión se comprometían ofrecer. Aunque la plaza de toros se destinara para el espectáculo taurino, este de pronto, pasaba a un segundo término por la razón de que era tan basto el catálogo de mojigangas y de manifestaciones complementarias al toreo, -lo cual ocurría durante muchas tardes-, lo que para la propia tauromaquia no significaba peligro alguno de verse en cierta media relegada. O para mejor entenderlo, los toros lidiados bajo circunstancias normales se reducían a veces a dos como mínimo, en tanto que el resto de la función corría a cargo de quienes se proponían divertir al respetable.

   Desde el siglo XVIII este síntoma se deja ver, producto del relajamiento social, pero producto también de un estado de cosas que avizora el destino de libertad que comenzaron pretendiendo los novohispanos y consolidaron los nuevos mexicanos con la cuota de un cúmulo de muertes que terminaron, de alguna manera, al consumarse aquel propósito.

   El fin de este trabajo es recoger el mayor número de muestras de este tipo que se hicieron presentes en el toreo decimonónico enriqueciéndolo de forma por demás evidente. A cada uno de los datos, de las representaciones, creaciones y recreaciones se dedicará un análisis que nos acerque a entender sus propósitos para que estos nos expliquen la inquietud en que se sumergieron aquellas fascinantes invenciones.

   Durante el siglo XIX, y en las plazas de San Pablo o el Paseo Nuevo hubo festejos taurinos que se complementaban con representaciones de corte teatral y efímero al mismo tiempo. También puede decirse: en ambas plazas hubo toda una representación teatral que se redondeaba con la corrida de toros, sin faltar “el embolado”, expresión de menores rangos, pero desenlace de todo el entramado que se orquestó durante la multitud de tardes en que se mostraron estos panoramas. Ambos escenarios permitían que las mencionadas representaciones se complementaran felizmente, logrando así un conjunto total que demandaba su repetición, cosa que los empresarios Mariano Tagle, Manuel Barrera y Dueñas, Javier de las Heras, Vicente del Pozo y Jorge Arellano garantizaron permanentemente, con la salvedad de que entre un espectáculo y otro se representaran cosas distintas. Y aunque pudiera parecer que lo único que no cambiaba notablemente era el quehacer taurino, esto no fue así.

   El siglo XIX mexicano en especial, reúne un conjunto de situaciones que experimentaron cambios agresivos para el destino que pretende alcanzar la nueva nación. Ya sabemos que al liberarse el pueblo del dominio colonial de tres siglos, tuvo como costo la independencia, tan necesaria ya en 1810. Lograda esta iniciativa y consumada en 1821 pone a México en una condición difícil e incierta a la vez. ¿Qué quieren los mexicanos: ser independientes en absoluto poniendo los ojos en Estados Unidos que alcanza progresos de forma ascendente; o pretenden aferrarse a un pasado de influencia española, que les dejó hondas huellas en su manera de ser y de pensar?

   Este gran conflicto se desata principalmente en las esferas del poder, el cual todos pretenden. Así: liberales y conservadores, militares y hasta los centralistas pelean y lo poseen, aunque esto fuera temporal, efímeramente. Otra circunstancia fue la guerra del 47´, movimiento que enfrentó en gran medida el contrastante general Santa Anna, figura discutible que no sólo acumuló medallas y el cargo de presidente de la república varias veces, sino que en nuestros días es y sigue siendo tema de encontrados comentarios.

   Esa lucha por el poder y la presencia de personajes como el de Manga de Clavo fue un reflejo directo en los toros, porque a la hora en que se desarrollaba el espectáculo, las cosas se asumían si afán de ganar partido, y no se tomaban en serio lo que pasara plaza afuera, pero lo reflejaban -traducido- plaza adentro, haciendo del espectáculo un cúmulo de creaciones y recreaciones, como ya se dijo.

   Desde la antigüedad, la fiesta como entretenimiento y diversión ha sido el remedio, atenuante de crisis sociales, emocionales probablemente, y hasta existenciales (basta recordar el caso del Rey Felipe V y su encuentro con el castrato Farinelli). Y la fiesta, es un género que emerge de lejanos tiempos, siempre acompañando el devenir de las culturas como una forma de escape, espejo sintomático que no se desliga de la razón de ser del pueblo, soporte cuya esencia va definiendo a cada una de esas sociedades en cuanto tal. Como por ejemplo, recordar a la que se consolidó en el imperio romano. En la actualidad, la sociedad mexicana encuentra un abanico rico en posibilidades, donde entre sus fibras más sensibles, divertirse pasa a ser parte vital de sus rumbos cotidianos.

   En lo que a fiesta de toros se refiere, desde el siglo XVI y hasta nuestros días se nos presenta como un gran recipiente cuyo contenido nos deja admirar multitud de expresiones, unas en desuso total; otras que en el ayer se manifestaron intensas, y que hoy, evolucionadas, perfeccionadas incluso, siguen practicándose.

   Pero más allá del contenido explícito que la fiesta de toros nos da en este depósito, vemos otras manifestaciones que en su mayoría desaparecieron y algunas más, como el toreo de a caballo y a pie pero a la mexicana, muy de vez en vez solemos verlas en alguna plaza.

   De todo aquello desaparecido, pero de gran valor son las mojigangas, representaciones con tintes de teatralidad en medio de un escenario donde lo efímero daba a estos pequeños cuadros, la posibilidad de su repetición, la cual quedaba sometida también a una renovación, a un permanente cambio de interpretaciones, sujetas muchas veces a un protagonista que no se “aprendía” el guión respectivo. Me refiero al toro, a un novillo o a un becerro que sumaban a la representación.

   ¿El teatro en los toros? Efectivamente. Así como alguna vez, los toros se metieron al teatro y en aquellos limitados espacios se lidiaban reses bravas, sobre todo a finales del siglo XVIII, y luego en 1859, o en 1880; así también el teatro quiso ser partícipe directo. Para el siglo XIX el desbordamiento de estas condiciones fue un caso patente de dimensiones que no conocieron límite, caso que acumuló lo nunca imaginado. Lo veo como réplica exacta de todo aquel telúrico comportamiento político y social que se desbordó desde las inquietas condiciones que se dieron desde los tiempos que proclamaban la independencia, hasta su relativo descanso, al conseguirse la segunda independencia, en 1867.

   Ahora bien, y casualmente, el sello de todas esas manifestaciones “plaza afuera” no fueron a reflejarse “plaza adentro” (como ya lo hemos). En todo caso, era aquello que hacía comunes a la fiesta y a la pugna por el poder: lo deliberado, lo relajado, sustentos de la independencia en cuanto tal; separados, pero siguiendo cada cual su propio destino, sin yuxtaponerse.

   “Plaza adentro” el reflejo que la fiesta proyectaba para anunciar también su independencia, fueron estas condiciones que la enriquecieron. Fulguraba riqueza en medio de un respiro de aires frescos, siempre renovados; acaso reiterados, pero siempre consistentes.

   Así como el toreo se estableció en el siglo XVI bajo las más estrictas reglas de la caballería a la brida o a la jineta, para alancear y desjarretar toros, también debe haber habido un síntoma deseoso de participación por parte de muchos que sintiéndose aptos lo procuraron, atentando contra ciertas disposiciones que les negaban esa posibilidad. Sin embargo, el campo, las grandes extensiones de tierras que sirvieron al desarrollo de la ganadería debe haber permitido en medio de esa paz y de todo alejamiento a las restricciones, la enorme posibilidad que muchos criollos y naturales deseaban para desempeñar y ejecutar tareas con una competente habilidad que siendo parte de lo cotidiano, poco a poco fueron arribando a las plazas, quedándose definitivamente allí, como un permanente caldo de cultivo que daba la posibilidad de recrear y enriquecer una expresión la cual adquirió un sello más propio, más nacional, a pesar de que el control político, y social estuviera regido en el núcleo que resultaba ser la Nueva España. Esta como entidad de poder, aunque vigilada desde la vieja España manifestaba una serie de reacomodos, de adaptaciones a la vida cotidiana eminentemente necesarios en ésta América colonizada, continente cuya población conformó un carácter propio. De no ser así, la rebelión era la respuesta a ese negarse a entender el propósito del destino que se construía de este lado del mundo.

   Y si la rebelión llevada a su máxima consecuencia fue la independencia, pues es allí donde nos encontramos con la condición necesaria para el despliegue de todo aquello de que se vieron impedidos los que siendo novohispanos, además manifestaban el orgullo del criollo y todas las derivaciones -entiéndase castas-, que surgieron para enriquecer el bagaje social y aquello que los determinaba a partir del “ser”, por y para “nosotros”.

   El complejo pluriétnico era ya una realidad concreta en el México del siglo XIX. La fiesta novohispana fue portadora de un rico ajuar, cuyo vestido, en su uso diario y diferente daba colorido intenso a un espectáculo que se unía a multitud de pretextos para celebrar en “alegres demostraciones” el motivo político, social o religioso que convocaban a exaltar lo mediato e inmediato durante varias jornadas, en ritmo que siempre fue constante.

   De nuevo, y al analizar lo que ocurrió en el siglo XIX taurino mexicano, exige una revisión exhaustiva, reposada, de todo aquello más significativo para entender que la corrida, la tarde de toros no era el marco de referencia conocido en nuestros días. La lidia de toros se acompañaba, o las mojigangas solicitaban el acompañamiento de actuaciones y representaciones de compañías,  produciéndose la combinación perfecta del ”teatro en los toros”, o “los toros en el teatro”, dos circunstancias parecidas, pero diferentes a la hora de darle el peso a la validez de su representación.

   Vamos pues a reencontrarnos; a conocer lo que fueron y significaron las Mojigangas: aderezos imprescindibles y otros divertimentos de gran atractivo en las corridas de toros en el mexicano siglo XIX.

 CAPÍTULO Nº 1

    Es conocido el hecho de que Felipe V manifestó un abierto desprecio a ciertas costumbres comunes en la España que él comienza a reinar. Durante el reinado de Carlos III (esto entre 1767 y 1768), se empezaron a tomar iniciativas en España para acabar con la fiesta brava. El toreo fue víctima de aquel desaire y aunque las nobles se mantuvieron erguidos montando briosos corceles y ejecutando lo mejor que hasta ese momento era la tauromaquia de a caballo, se presentó el efecto de aquel ambiente, por lo que para 1730 aproximadamente eran ya muy pocos los caballeros que defendían una causa vigente desde siglos atrás, y una multitud de plebeyos los que arribaban al escenario poniendo en funciones el toreo de a pie, el cual partía de su expresión más primitiva pero que, al cabo de los dos siglos inmediatos, dicho quehacer, como lo vemos hoy, alcanza ya lo mejor de su manifestación, luego de que durante varias generaciones este fue motivo de constantes cambios y rutas que lograron ponerlo en el sitio que, como ya dijimos, ocupa esplendoroso hasta el día de hoy.

   Entre otros, el aspecto administrativo y de organización tomó otro sentido, el cual durante algún tiempo no se pudo controlar, por lo que de pronto los asentistas (o empresarios), lo mismo cobraban un precio alto que uno bajo.

   Estos asentistas, para lograr atraer al público que de pronto se veía impedido de asistir, comenzaron a añadir a sus espectáculos “multitud de pequeñas diversiones que le hicieron perder por completo su carácter original de ejercicio de caballería”. A esto, debe agregarse el hecho de que siendo la plaza de toros del Volador la única en que se permitían corridas para celebrar la entrada de los virreyes o por fiestas reales, aparecieron otros cosos en donde ese nuevo tipo de expresiones poco a poco fue adquiriendo fuerza y presencia. Así, surgieron plazas efímeras como: la Plaza Mayor, Chapultepec, la de Don Toribio, San Diego, San Sebastián, Santa Isabel, Santiago Tlatelolco, San Lucas, Tarasquillo, Lagunilla, Hornillo, San Antonio Abad y la Real Plaza de toros de San Pablo, escenario este, de la mayor representatividad en aquella época, que va de 1788 a 1864 con sus respectivos cortes, motivo de incendios, suspensiones, desmantelamientos o por su mal estado.

   Durante el siglo XIX, el género de la diversión taurina se hallaba provisto de una riqueza sustentada en innovaciones e invenciones que permiten verla como fuente interminable de creación cuya singularidad fue la de que aquellos espectáculos eran distintos los unos de los otros. Ello parece indicar la relación que se vino dando entre los quehaceres campiranos y los vigentes en las plazas de toros. Sociedad y también correspondencia de intensidad permanente, con su vivir implícito en la independencia, fórmula que se dispuso para el logro de una autenticidad taurómaca nacional.

  Un espectáculo taurino durante el siglo XIX, y como consecuencia de acontecimientos que provienen del XVIII, concentraba valores del siguiente jaez:

-Lidia de toros “a muerte”, como estructura básica, convencional o tradicional que pervivió a pesar del rompimiento con el esquema netamente español, luego de la independencia.

-Montes parnasos, cucañas, coleadero, jaripeos, mojigangas, toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales, representaciones teatrales, hombres montados en zancos, mujeres toreras. Agregado de animales como: liebres, cerdos, perros, burros y hasta la pelea de toros con osos y tigres. Se conocen también otras posibilidades.

   Forma esto un básico. Ese gran contexto se entremezclaba bajo cierto orden, esquemáticamente hablando. La reunión popular se encargaba de deformar ese proceso en un feliz discurrir de la fiesta como tal.

   Va a ser importante referir las maneras en que los novohispanos de fines del XVIII reciben y aplican las alternativas de la “reacción castiza” propia del pueblo español, reacción que aquí se incrementó junto a otra de similares condiciones. Me refiero a la reacción criollista, dada como resultado a los ataques de parte de ilustrados europeos entre algunos de los cuales opera un cambio de mentalidad irracional basado en la absurda idea sobre lo ínfimo en América. Buffon, Raynal, de Pauw se encargan de despreciar dicha capacidad a partir de puras muestras de inferioridad, de degeneración. Todo es nada en el Nuevo Mundo. Ese conjunto de diatribas sirve para mover al criollo a su natural malestar y a preparar respuestas que comprueben no solo igualdad sino un hondo deseo de mostrar toda su superioridad, lo cual le permite descubrirse a sí mismo.

   Ese modo de comportarse da al mexicano sellos originales de nacionalismo criollo, un nacionalismo que no se significará en cuanto tal para el toreo, aunque este va a asumir una propia y natural expresión.

   El relajamiento, fue entre otras una respuesta dispersora de la sociedad, y las fiestas en medio de ese desorden, lograban cautivar, trascender y permanecer en el gusto no sólo de un pueblo que se divertía; no sólo de los gobernantes y caudillos que hasta llegó a haber más de uno que se enfrentó a los toros. También el espíritu emancipador empujaba a lograr una autenticidad taurómaca nacional. Y se ha escrito “desorden”, resultado de un feliz comportamiento social, que resquebrajaba el viejo orden. Desorden, que es sinónimo de anarquía es resultado de comportamientos muy significativos entre fines del siglo XVIII y buena parte del XIX. Vale la pena detenernos un momento para explicar que el hecho de acudir continuamente a la expresión “anarquía”, es porque no se da y ni se va a dar bajo calificación peyorativa. Es más bien, una manera de explicar la condición del toreo cuando este asume unas características más propias, alejándose en consecuencia de los lineamientos españoles, aunque su traza arquitectónica haya quedado plasmada  de manera permanente en las distintas etapas del toreo mexicano; que también supo andar sólo. Así rebasaron la frontera del XIX y continuaron su marcha bajo sintomáticos cambios y variantes que, para la historia taurómaca se enriquece sobremanera, pues participan activamente algunos de los más  representativos personajes del momento: Hidalgo, Allende, Morelos o el jefe interino de la provincia de México Luis Quintanar. Años más tarde, las corridas de toros decayeron (un incendio en la plaza San Pablo causó larga espera, desde 1821 y hasta 1833 en que se reinauguró). Prevalecía también aquel ambiente antihispano, que tomó la cruel decisión (cruel y no, ya que no fueron en realidad tantos) de la expulsión de españoles -justo en el régimen de Gómez Pedraza, y que Vicente Guerrero, la decidió y enfrentó-. De ese grupo de numerosos hispanos avecindados en México, había comerciantes, mismos que no se podía ni debía lanzar, pues ellos constituían un soporte, un sustento de la economía cabizbaja de un México en  reciente despertar libertario. En medio de ese turbio ambiente, pocas son las referencias que se reúnen para dar una idea del trasfondo taurino en el cambio que operó en plena mexicanidad.

   Con la de nuestros antepasados era posible sostener un espectáculo que caía en la improvisación más absoluta y válida para aquel momento; alimentada por aquellos residuos de las postrimerías dieciochescas ya relatadas atrás con amplitud. Y aunque diversos cosos de vida muy corta continuaron funcionando, lentamente su ritmo se consumió hasta serle entregada la batuta del orden a la Real Plaza de San Pablo, y para 1851 a la del Paseo Nuevo. Escenarios de cambio, de nuevas opciones, pero tan de poco peso en su valor no de la búsqueda del lucimiento, que ya estaba implícito, sino en la defensa o sostenimiento de las bases auténticas de la tauromaquia.

 VERTIENTES DEL CARNAVAL QUE INFLUYEN EN EL RELAJAMIENTO TAURINO DURANTE LOS SIGLOS XVIII Y XIX.

    Para entender a la fiesta como fuente de identidad, matizado entre lo pagano y lo religioso en su amplio recorrido secular o milenario, es preciso saber que hay un origen surgido del caos, pero al que hay que regresar tan luego el orden lo controle. En un principio surgió la idea de la orgía carnavalesca, ya que debían violarse todas las reglas imperantes y desordenar el mundo por completo para simular el caos, de donde todo renacería.

   El origen a estas explicaciones surge de la antigua Roma, en la que, durante los días de carnaval, mientras imperaba el trastocamiento general del orden, los amos servían a los siervos y se borraban parcialmente las distinciones de clase.

   Carnaval, carrus navalis en el que llegaba el dios Baco a Roma, carne vale ó carrelevare significa un adiós a la carne, la aceptación de la abstinencia.

   En Veracruz, el carnaval se remonta al siglo XVIII precisamente en momentos donde el periodo colonial se encuentra maduro, aunque pasa por un severo cuestionamiento social. La población dominante en el puerto se constituye de negros, mulatos (de procedencia africana y afroantillana), criollos y mestizos, con menor presencia indígena que luego se fusionó.

   Con todos estos elementos, el sincretismo se apoderó del escenario, haciendo participar en conjunto a todos los ingredientes étnicos, quienes dieron carácter al espíritu veracruzano en particular.

   Aquí destaca algo muy importante:

   Durante la colonia, en las fiestas carnavalescas se celebraban sobre todo bailes de disfraces. Al integrarse los elementos afroantillanos con los europeos, surgieron las comparsas y mojigangas. Negros y mulatos se disfrazaban, ridiculizando a la clase dominante como forma de protesta social.

   Dicho medio de interpretación social se preservó, se extendió también a otras latitudes -claro, sin el nivel de éxito adquirido en el puerto jarocho-, pero con toda seguridad llegó a las grandes ciudades donde las connotaciones allí impresas, comenzaron a diferir, sin perder su esencia festiva.

   Creo que todo esto permeó en los toros, aunado al propio sentido del circo que se reafirmó adecuándose en las plazas o el toreo en el circo; y más bien, en el teatro. Fue así como las corridas lograron aquella articulación perfectamente concebida. El caos, el relajamiento, pero también un esquema preconcebido de creaciones y recreaciones, hizo posible el cumplimiento de un ciclo persistente, el cual arrojaba por ejemplo, la celebración del carnaval, con una corrida de toros donde las mojigangas jugaron un papel central, anunciándose, además, la presentación de otros tantos números que lograron adecuarse al relajamiento con todos sus elementos propiciatorios: el disfraz, la máscara, la parodia. Casualmente el teatro fue sitio adecuado para que las parodias alcanzaran tonos de crítica social o política.

   Al terminar la corrida, el festejo en cuanto tal, se había cumplido con retornar a un estado de la vida cotidiana, para lo cual el reinicio o camino al caos ocurría con pocos días de diferencia.

   Nuestro entorno hoy ve como excepcional aquellas diversiones. Nos sorprenden pues abrían las puertas a lo fascinante. También y aunque parezca extraño, resultaban edificantes y perniciosas al mismo tiempo.

   Bajo estas condiciones operaron muchos de los espectáculos, no solo taurinos, sino de otra índole. En el caso de los toros, entre lo cotidiano y la ruptura existieron razones de cierta complicidad, pues entre una y otra las necesidades por mantenerse, hicieron que veladamente la ruptura sometiera a lo cotidiano. Funcionaba muy bien aquella especie de complemento maniqueo donde lo sagrado perdonaba los pecados profanos y estos, al caer en tentación una vez más, forzaban a lo sagrado para continuar con su misión. Una misión interminable.

   El sacerdote y el pecador frente a frente, círculo vicioso formado entre ambos. Uno perdonando, otro cayendo en tentación. Valga tal ejemplo para entender este aspecto, que no es sino el alma de este maravilloso conflicto.

 CAPÍTULO Nº 2

    Por su parte, la independencia liberó. La independencia les abrió las puertas de par en par a los mexicanos todos donde unos, los menos era conscientes de ese nuevo giro; otros, los más no tenían idea cabal de lo que realmente sucedía. Pero se dejaban arrastrar por el incierto oleaje, al que con el paso de los años sería agitado, tempestuoso; tranquilo y sereno, pero que de nuevo rompería en estruendos haciendo poner en riesgo, una vez más, a la tripulación de ese barco llamado México.

   ¿El toreo se agotaba en sí mismo como para complementarse con aquel espectáculo itinerante, propio de los circos y de los escenarios teatrales? Considero que no. Más bien buscaban, sus organizadores, como lo hicieron también en España, maneras distintas de enriquecer un entretenimiento que día con día ganaba popularidad, en virtud de que el poder y todas las capas sociales podían asistir a la plaza para compartir con algo que los unía. Así, desde las primeras fiestas representadas durante el siglo XVI ya encontramos evidencia de lo suntuoso que podía significar la realización de la fiesta taurina, a la que se agregaban sinfín de divertimentos, las más de las veces efímeros, pero de grata invención, que, al cabo de los años se fueron refinando, hasta que nos encontramos con que ya no bastaba lidiar toros en las plazas. Había que llevarlos al teatro, rompiendo con ello la norma y costumbre establecida, consiguiendo propósitos muy claros: establecer, desde un principio, pequeños chispazos, como fruto de la novedad, lugar que daba cabida de manera generosa, como lo hizo el ruedo, cuando el teatro era una más de sus cuadros, representados deliberada y libremente con la aprobación popular que se entusiasmaba frenéticamente ante todo aquel “relajado” sentir de una fiesta armónica, la cual, finalmente no se agotó.

 UN CARTEL, CURIOSO ÉL; NOS REMONTA COMO VEO, A 1843 Y SU TOREO.

    El Exmo. Ayuntamiento organiza una corrida de toros en 1843, gracias a “su feliz restitución”.

   Como parte de  las mojigangas, surgieron diversas formas de entretenimiento. El siguiente cartel es una muestra curiosa de estas diversiones; en este caso se tomó como pretexto la restitución del ayuntamiento en 1843 para ofrecer una corrida de toros en su honor, aderezada con representaciones de tipo circense. El cartel habla por sí mismo:

AHT24RF16, 112

Archivo Histórico del Distrito Federal. Ramo “Diversiones Públicas”. Tomo 3, Inventario 798 (1843-1850), Exp. 115. Pide la asistencia del presidente municipal y capitulares en la función de toros que en su honor se efectuará en la Plaza de toros de San Pablo. 17 de marzo de 1843.

    Como puede apreciarse, las corridas de toros no estuvieron exentas del tinte político, se alabó a la autoridad en turno y a la vez se ofreció un espectáculo novedoso. Haciendo a un lado el carácter político con el que se realizó la función, veamos quienes se sumaron al acontecimiento. Allí está la compañía que efectuó el “Gran paseo de Mecos, conduciendo a la América en triunfo…” alegoría ésta de regular tamaño que llevada en andas por los diablos de la función adquiría una connotación muy especial, pues al llevar una bandera blanca con las armas nacionales y lanzar al unísono un “viva al Exmo. Ayuntamiento”, debe haber sido espectacular. ¿Qué representaba el conjunto aquel? Lo mismo pudieron ser angelitos que soldados, o una procesión de figuras mitológicas. Pero no, fueron los “mecos”, alegoría a lo faceto los que literalmente se cargaron a la América. El simbolismo de los diablos llevando a cuestas a nuestro continente no tenía lecturas negativas, se trataba de divertirse y exaltar a las autoridades municipales, el propósito era triunfar, y si el triunfo se acompañaba de las armas nacionales, tanto mejor.

   Acompañado el conjunto aquel por los acordes de una marcha militar, adquiría proporciones de una gran ceremonia, misma que concluía al colocar la América en el centro del ruedo como seña de la consumación, aquí sí, de los probables malos augurios que todavía se daban al pensar en el destino de este fuerte continente con señales continuas de libertad.

   En el momento más candente del festejo, salió un “toro embolado”, costumbre que se remonta al siglo XVIII (consistía ésta en añadir a las astas del animal bolas o fundas de cuero para que la multitud que lo esperaba en el ruedo no fuera lastimada gravemente). Y a ese toro se enfrentaron los mecos que demostraron su barbarie, imagen al fin del infierno, colocando zaetas con flechas en lugar de banderillas, para darle muerte -imagínense- con una macana de fuego. El cuadro, arrebatador en sí mismo, se acerca más a lo primitivo que a una versión civilizada, como la que se vivía en 1843. Independientemente de los prejuicios debo anotar que la espontaneidad con que se daban aquellos festejos, debe haber sido notable por las mil y una expresiones del toreo, relajadas en ocasiones, si se quiere, pero con una posición liberada al fin y al cabo.

   Se eligieron para tal ocasión “seis toros de la acreditada raza de Atenco”, hacienda de importante hegemonía por aquellas épocas, puesto que era una de las pocas capaces en surtir de ganado en forma constante y segura.

   Siguiendo con la descripción del cartel, salió la compañía de toreros que también, independientemente de sus suertes convencionales, se encargó del “salto sobre un toro”, “poner un par de banderillas parado sobre un barril”, “matar sentado en una silla”, suerte ejecutada por un tal Clavería y una más, excepcional en sí misma: “Poner con las manos un par de flores, para quitarlas con los pies”. La verdad, muy complicado el asunto pues siendo la suerte “de la rosa”, terminó con un pasaje similar a “la mamola”, nada más que la suerte referida se efectuaba “a porta de gayola”, soportando en las plantas de los pies una olla normalmente llena de ceniza o de yeso, lo cual ocasionaba que el encuentro inmediato del toro que salía al ruedo era de suyo “explosivo”.

   Pero no podemos olvidar al Exmo. Ayuntamiento que ocupó un vistosísimo palco adornado regiamente, todo lo cual dejó huella de la magna celebración. En cuanto a quienes formaron el cartel, es posible que hayan sido los hermanos Ávila: Luis, Sóstenes o José María, toreros que se encontraban en activo desde 1808 aproximadamente, pero que se mantuvieron, por lo que a noticias se refiere, hasta 1858. El diestro español Bernardo Gaviño, por aquel entonces andaba muy activo en la Puebla de los Ángeles por lo que no pudo participar en este evento

   El conjunto de toreros mexicanos, como el ya mencionado Clavería, probablemente Andrés Chávez, y las mojigangas comunes en aquellas épocas, daba sustento al espectáculo que adquirió fuerza e importancia, preparándose todavía para los tiempos en que, al estreno de una nueva plaza, la del Paseo Nuevo en 1851, la tauromaquia mexicana alcanzó lo mejor de su expresión, sin duda, también apoyada y fomentada por el ayuntamiento, institución encargada de las autorizaciones, pues “el pago de la licencia era primordial para las autoridades y en muchos sentidos lo que más le interesaba de las diversiones, aunque siempre cubierto con el velo de las buenas costumbres”.

 EL TORO EMBOLADO

    En la publicación denominada “La Familia” Año V, México, viernes 24 de febrero de 1888, aparece un delicioso texto de Federico de la Vega, quien recrea en EL EMBOLADO una situación al borde del fanatismo por parte de un aficionado, Juan de nombre, carpintero de oficio, el que tenía por los toros singular inclinación. Tanta era, que lo poco ganado con el sudor de su frente lo discutía con Chucha, su esposa a la hora de repartirlo en el gasto, por cierto miserable, mismo que daba “a cuenta gotas” para la manutención de los niños, quienes debían andar más tiempo en la calle, nada más que para distraer el hambre.

   Pero Juan no escarmentaba. Frente al llanto de la Chucha y sus reproches, en una de sus conversaciones volvió a salir el tema taurino mostrando el indino un boleto para la siguiente corrida, por cierto donde actuó Ponciano Díaz. No lo hubiera hecho, su mujer auténticamente indignada reclamó lo que Juan hacía, dejándolos a ella,  al Andrés y a la Lupe en el total desamparo yéndose tan campechánamente a los toros. Además, en esa corrida no faltó la diversión complementaria del “toro embolado”, tan añeja como que desde el siglo XVIII ya estaba metida en las corridas de toros.

   Si el festejo tuvo defecto y malos, el “embolado” no. Aunque a Juan y sus ciegos propósitos, el costo fue dar al hospital con tres costillas rotas.

   Chucha sólo se preguntaba: ¿Qué comerán mis hijos mañana?

 CORRIDA A PLAZA PARTIDA.

             Llama la atención el hecho de ciertos acontecimientos que, por su curiosidad, destacan en el panorama. La fiesta de toros, no ha sido la excepción. De siempre ha tenido la posibilidad de prestarse a la celebración de espectáculos con diversos contenidos, y el que anotaremos en las presentes notas, no deja de tener su tinte de novedad.

            Resulta que en el 1º y 2 de enero de 1887, tanto en el coso de Tlalnepantla, como en Toluca, respectivamente, se efectuaron sendas corridas a plaza partida, que resultaban, según la prensa del momento, toda una novedad. Antes de hacer comentarios al respecto, solo quiero mencionar, y de pasada, el siguiente cartel:

CARTEL_02.05.1858_PASEO NUEVO_BGyR_ATENCO y EL CAZADERO

 Aquí en detalle:

ÚLTIMA FUNCIÓN DE LA TEMPORADA,

EN LA PLAZA DEL PASEO NUEVO,

PARA EL DOMINGO 2 DE MAYO DE 1858.

DOS CORRIDAS A LA VEZ.

TOROS DE ATENCO Y EL CAZADERO.

CUADRILLA DE BERNARDO GAVIÑO.

PLAZA DIVIDIDA EN DOS.

Sumamente reconocido a las bondades del generoso público mexicano, que me ha favorecido con su asistencia en las corridas anteriores, quiero darle la última prueba en la presente temporada, del empeño con que procuro complacerle.

Sin embargo del mucho mayor costo y trabajo que demanda el presentar las dos corridas a la vez, me he decidido a verificarlo por última vez en la tarde de este día, porque he visto con satisfacción lo mucho que han agrado las anteriores.

De la misma manera se jugarán

DIEZ TOROS

siendo cinco de Atenco y cinco del Cazadero, en cuya elección he tomado el mayor empeño, para que esta última corrida en nada desmerezca de las pasadas; y lo mismo que en aquellas se presentará en cada mitad de la plaza,

UN TORO DE ATENCO Y OTRO DEL CAZADERO,

con sus divisas respectivas encarnadas y blancas, y lidiándose en el mismo orden que se ha verificado.

Para amenizar más la función, también he dispuesto que en uno de los intermedios se lidien

Dos Valientes Toros Embolados, / por dos distintas y divertidas MOJIGANGAS, siendo una de ellas compuesta de

Monos, Perros y Patos,

y la otra representará a

DON QUIJOTE Y SANCHO,

Con su Acompañamiento en Zancos.

En otro de los intermedios se echarán

DOS TOROS PARA COLA,

que disputarán en competencia su mayor habilidad los respectivos coleadores de cada lado, terminando la corrida con los

TOROS EMBOLADOS

de costumbre.

Esta es la función que tengo el gusto de ofrecer a mis favorecedores, y si logro que salgan de ella divertidos, quedarán satisfechos los deseos de

Bernardo Gaviño.

Comenzará a las cuatro y media, si el tiempo lo permite.

Tip. De M. Murguía.

             Por lo tanto, aquellas corridas no son las primeras, y seguramente, si existieran testimonios anteriores al del 2 de mayo de 1858, nos sorprenderíamos con el hecho de encontrarnos con auténticas curiosidades.

 EL 17 DE ABRIL DE 1887, LA CIUDAD DE MÉXICO FUE PLAGADA DE TAURINAS PROPUESTAS, EN LA PLAZA Y EN EL TEATRO.

    Hacía dos meses que las corridas de toros habían sido reanudadas en la ciudad de México, luego de haber superado el periodo de prohibición que por cerca de 20 años, impuso la Ley de Dotación de Fondos Municipales, aprobada, en su momento por los licenciados Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada, Presidente de la República y Secretario de Gobernación, respectivamente.

Diversos particulares pusieron especial empeño e importante capital para la pronta construcción de varias plazas, siendo la de San Rafael, la primera inaugurada; precisamente el 20 de febrero anterior, contando con el concurso de Ponciano Díaz y su cuadrilla, quienes lidiaron un encierro de Parangueo. Lo mismo ocurrió con las plazas de Colón y Paseo, recientemente estrenadas con estos interesantes carteles:

Domingo 10 de abril de 1887. Plaza de toros “Colón”. 5 toros de Atenco para Juan León “El Mestizo” y como sobresaliente, Antonio González “Frasquito”.

Plaza de toros “Paseo”. 6 toros de Cieneguilla. Diego Prieto “Cuatro dedos” y la alternativa de Juan Moreno “El Americano”.

Ese mismo auge se notó en la circulación de varias publicaciones, siendo El Arte de la Lidia una de las que ya contaban con la aceptación de los lectores que, desde 1884 ya podían enterarse de los diferentes acontecimientos ocurridos en diversas partes de la república, junto con las noticias que llegaban de España. Meses más tarde comenzarían a circular La Muleta, El Monosabio y La Verdad del Toreo entre otros.

Tal clima de efervescencia comenzaba a invadir y a ocasionar un clima sin igual en el género teatral, que se colmó del entusiasmo taurino. Todo parecía indicar que la pasión despertada en los tendidos de las plazas se desplazaba a las secciones, palcos, plateas y lunetas de los principales teatros, como el Nacional, el Principal y el Abreu.

            La sección de ESPECTÁCULOS de algunos periódicos, publicaban estas opciones, para aquel 17 de abril de 1887. Escoja usted, amable amigo lo que mejor le agrade:

 Teatro Principal.-Compañía Dramática Manuel Estrada y Cordero.-Representación del drama titulado: “La Aldea San Lorenzo”, concluyendo con la exhibición del juguete cómico en un acto, “Una corrida de toros en el Teatro Principal”.

 Plaza de Toros San Rafael.-Espadas: José Machío, Manuel Díaz Lavy, “El Habanero”, y Francisco Jiménez “Rebujina”.-Gran corrida. Muchas novedades.

 Gran Plaza de Toros de Colón.-2ª corrida. Cinco toros de Atenco. Espadas: Juan León “El Mestizo” y Antonio González “Frasquito”.

 Plaza de Toros del Paseo.-2ª corrida de la temporada. Toros de “Cieneguillas”. Espadas: Diego Prieto “Cuatrodedos” y Juan Moreno “El Americano”.

 Noche

 Gran Teatro Nacional.-Compañía de Zarzuela. Empresa Isidoro Pastor y Compañía. 5ª función de abono. “Crispín y la comadre” y “¡Ahora Ponciano!”

 Teatro Abreu. Compañía Dramática.-“Dos Fanatismos” y “Luis Mazzantini”.

             Tres corridas de toros matizadas con la actuación de siete toreros españoles, lo que significa que la penetración definitiva de la tauromaquia hispana iba en serio, fueron las que se programaron para aquella tarde primaveral de 1887, mientras que en los teatros, y con esas tres funciones, las virtudes escenográficas e histriónicas se pusieron a prueba para satisfacer las exigencias del público asistente que, religiosa y hebdomadariamente asistía a los programas ofrecidos lo mismo en el Teatro Principal, el Gran Teatro Nacional o el Abreu.

CARTEL_17.04.1887_COLÓN_JUAN LEÓN Y ANTONIO GONZÁLEZ_ATENCO

 TIMOTEO RODRÍGUEZ: DEL CIRCO A LA PLAZA.

    Este es el caso de Timoteo Rodríguez, que siendo trapecista en sus años mozos decide abrazar la tauromaquia ya en plena madurez artística.

   En 1887 Timoteo decide incorporarse de lleno al toreo mexicano, año que además carga consigo con todo un acontecimiento que tiene que ver con la llegada masiva de los toreros españoles, quienes implantaron el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna. Y así, desde ese 1887 y hasta 1895 Timoteo probó las mieles o las hieles que suele haber en el medio.

   Timoteo Rodríguez se hizo un retrato vestido de luces que nos revela a un hombre de estatura más bien baja, regordete, de rasgos indígenas característicos, y con su bigote que distinguía a los toreros mexicanos de los patilludos españoles.

   Quiero imaginar que en las muchas tardes en que vistió el terno de luces no olvidó la fuente de donde surgió y algún acto circense debe haber incluido en sus actuaciones, ya que fue una época, a fines del siglo pasado, que permitió tales libertades, aunque comenzaba a dominar el puro estilo español que llegó con una fuerza contundente a establecerse en los redondeles mexicanos, que fueron escenarios, como ya dije, de los últimos reductos de un conjunto de representaciones extrataurinas del que fue representante no solo el diestro de Atenco (Ponciano Díaz) sino también el mazatleco o leonés Timoteo Rodríguez.

   Al morir Timoteo murió también un capítulo de aquellas fascinantes expresiones, tanto que es necesario convocar a la imaginación para poder entenderlas mejor.

 ¡NOVEDAD, NOVEDAD!, SE DARÁ A UN TORO A BEBER PULQUE.

             Curiosa, como es la fiesta de los toros en México durante el siglo XIX, siempre dispuesta a mostrar a los sorprendidos aficionados un completo catálogo de invenciones y recreaciones, tuvo la “puntada” de anotarse otra de sus representaciones, cuando el 25 de abril de 1886, y en la plaza de toros de Tlalnepantla, en la que se anunció la actuación de Juan León “El Mestizo”, alternando con Francisco Jiménez “Rebujina” y Antonio González “Frasquito”, quienes se las entendieron con 4 de Atenco y uno de Trujillo. Rezaba el cartel que la novedad

 (sería) la difícil y vistosa suerte de dar de beber pulque a un toro, lo cual es completamente desconocido en nuestro país.

   Fue en el tercero, de Trujillo…

   Como estaba anunciado, con este toro se ejecutó la bonita y arriesgada suerte de darle a tomar pulque, suerte desconocida por completo en la República.

   No podía haber salido mejor. Los buenos capotazos del “Mestizo”, “Rebujina” y “Frasco”, cansan a la fiera y acto continuo, la cuadrilla de hinca de rodillas ante el toro, en cuyo oportuno momento el “Mestizo” con una bota llena de exquisito Tlamapa, le larga el líquido. El toro lo recibe con gusto, se lame, se refresca y se queda pardo como cinco minutos. El aspecto de la cuadrilla en este instante era de gran atractivo. La ovación fue ruidosa, dianas, sombreros y entusiasmo general. Esta suerte tiene que gustar mucho en México.

            Destaca, además del hecho inusitado en sí mismo, la presencia de tres diestros españoles que actuaron esa tarde, a sabiendas de que las inclinaciones apuntaban a un gusto muy especial, de parte de los aficionados de entonces a celebrar las hazañas de los espadas nacionales. Sin embargo, y analizando la frecuencia con la que se dieron los carteles más importantes en esos momentos, podemos ver que estaba bastante equilibrado, pero también la tendencia era favorable a los hispanos, como lo veremos en la próxima “Miniatura…”

 GRAN CORRIDA DE TOROS EN “EL PRINCIPAL”.

             Una costumbre que se estableció desde los tiempos coloniales, cuando las funciones en “El Coliseo” eran majestuosas, y los empresarios se atrevían a incluir en sus programas la lidia de uno o más becerros o novillos que luego eran suprimidas. Fue memorable aquella función en 1859, cuando Bernardo Gaviño fue a torear un ejemplar de Atenco al mismísimo Teatro Nacional. Entre los años de 1887 a 1890 aproximadamente, varios toreros españoles, como Luis Mazzantini, Juan Moreno “El Americano” y Diego Prieto “Cuatro dedos”, junto con Ponciano Díaz, tuvieron oportunidad de participar como actores en algunos programas preparados al efecto. También en esos momentos, diversos teatros incluyeron en sus programas –no podía ser la excepción- otras tantas funciones cuyo testimonio afortunadamente es posible confirmarlo gracias a la existencia de varios carteles que relaciono más adelante.

 CAPÍTULO Nº 3

    Esta retrospectiva quiere detener en el tiempo a los itinerantes para gozar con ellos en un mismo sitio, y donde la unidad sea el fin de todos sus “números”, por un mismo boleto. Así, toros, payasos, acróbatas, fuegos de artificio, actores, charros, el “embolado” para el pueblo y los propios toreros, daban paso a la función en medio de circunstancias de suyo especiales, incomparables, pues –y como ya lo he dicho-, eran distintas las unas de las otras.

   Es el exotismo, pero también el despliegue de las capacidades de dominio del hombre sobre la naturaleza lo que asombra al público fascinado por aquel conjunto de sorpresas, cuyo lindero con lo sobrenatural provoca la emoción, la mantiene al pendiente del mínimo de los detalles.

   Dentro de ese exotismo no escapaban las corridas de toros del siglo XIX, intercaladas perfectamente en esa unidad que logró con el conjunto de recreaciones circenses, ámbito, atmósfera de vientos siempre frescos, obra que, en conjunto era orquestada e interpretada por actores cuyo papel no se limitaba a la sola representación de su “parte en la obra”, fuese esta protagónica o secundaria. Pues lo mismo podían vestir de luces que de arlequines, como sucedió muchas tardes ya en la plaza, ya en el teatro que proporcionaban sus espacios para la representación cuya reciprocidad, simbiosis, sincretismo o efecto híbrido daba y garantizaba el espectáculo en todo su esplendor.

   Entre los antecedentes conocidos se tiene la fecha del 11 de diciembre de 1670 cuando hubo toros en la Plaza Mayor, fecha en la que participaron cirqueros, quienes lucieron en la maroma, actuación que volvemos a encontrar hasta 1742 cuando el circo se mete de nuevo a la plaza.

   En febrero de 1833, la plaza de “El Boliche”, ubicada en lo que hoy día es el cruce de Av. Hidalgo, Santa Veracruz y la calle 2 de abril, se presentó la Compañía de Circo y equitación, comandada por Mr. Green anunciando su espectáculo como función “hípico-mímico-acrobática”, con pantomima tales como: “El Soldado Borracho”, “Don Quijote y Sancho Panza”, sin que faltara el imprescindible payaso.

   Y así como Tomás Venegas “El Gachupín Toreador” se presentó en 1790 en la plaza de San Lucas para compartir su actuación con peleas de gallos, carreras de liebres, maromas, pantomima, etc., en pleno siglo XIX, fue el diestro Bernardo Gaviño, ídolo de la afición quien teniendo como escenarios las plazas de San Pablo o Paseo Nuevo se acompañaba de las compañías completas de circos instalados entonces en los barrios de la ciudad. También de toreros que interpretaban papeles propios de las mojigangas, charros habilidosos y diestros para ejecutar las suertes del coleadero, maestros de la iluminación o de la escenografía efímera que terminaron convirtiendo la expresión de las corridas de toros en una fiesta singular. Y aquí el concepto de “fiesta” proyecta distintas connotaciones concentradas en el fin de buscar como divertir, con qué medios y el fin mismo de la diversión.

   Al paso de los años aquellos espectáculos: circo y toros pervivieron. Las corridas encontraron abrigo en la provincia mientras estuvieron prohibidas en el Distrito Federal (1867-1886). Los circos, como el de Chiarini o de Buislay aprovecharon las ruinas del Paseo Nuevo. Pero con el paso de los años, uno y otro espectáculo se acomodaron en su propio espacio, y si alguna vez convivieron es porque se ha buscado que no desaparezcan. Recuerdo en la hacienda de Atenco, apenas en junio de 1999 la representación de una mojiganga, reducto de aquella grandeza que recoge varios siglos de auténtica expresión popular, que no olvidó la comunicación permanente que se tendió entre la plaza y el campo.

 APÉNDICE DOCUMENTAL. DESMENUZAMIENTO DE LA CARTELERÍA Y MUESTRARIO COMENTADO.

 Una vez más, vuelve a reafirmarse la importancia que, como documento tiene el cartel o programa, por lo que el desmenuzamiento e interpretación a buena parte de los que hasta hoy se tienen localizados (refiriéndome específicamente a los del siglo XIX), será en esta parte del trabajo de capital interés.

   Si les parece, va aquí un ejemplo.

CARTEL_02.12.1866_PASEO NUEVO_BGyR_ATENCO1

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO-NUEVO. / GRAN FUNCIÓN EXTRAORDINARIA / A BENEFICIO / DE BERNARDO GAVIÑO, / PARA EL / DOMINGO 2 DE DICIEMBRE DE 1866. / Cuadrilla del beneficiado.-Toros de muerte de la muy acreditada hacienda de Atenco.-Novillos / para coleadero, por parejas, con sus premios.-Torete para la mojiganga denominada: UN / CASAMIENTO DE INDIOS EN TEHUANTEPEC.-Banderillas a pie por el be- / neficiado, alternando con los picadores.-Banderillas a caballo.-Magní- / ficos FUEGOS ARTIFICIALES, por el hábil pirotécnico D. / Severino Jiménez.

   Siempre que llega un día como el de hoy, quiero decir, el día de mi beneficio, acudo a mi imaginación para poder confeccionar un anuncio que merezca el ser, ya que no de alguna capacidad para expresarme como hombre instruido, al menos para manifestar al respetable público de esta Capital, lo agradecido que le estoy en los largos años que me ha favorecido con su presencia, cada vez que me he presentado a trabajar en mi difícil y arriesgado arte de Tauromaquia; pero por más esfuerzos que hago para ello, no encuentro las palabras, y es tanto lo que me confundo, que me quedo sin decir nada.

   “Por la misma razón, y creyendo, de que tanto mis amigos como el público en general, a quien dedico este beneficio, habrán comprendido lo que yo no puedo explicarlo, (por lo que) pongo punto final, y pongo a continuación el siguiente programa y

ORDEN DE LA FUNCIÓN

1º.-Se dará principio a la corrida con

TRES ARROGANTES Y BRAVOS TOROS DE MUERTE

De la hacienda de ATENCO

2º.-Concluida la lid del tercer toro, se procederá al

COLEADERO DE TRES NOVILLOS

Para el efecto. Estos serán coleados por parejas y el que lograre el dar CAIDA REDONDA tendrá un PREMIO DE UNA FLOR, conteniendo su respectivo ESCUDO DE ORO.

3º.-Se procederá a la presentación de la graciosísima MOJIGANGA, denominada:

UN CASAMIENTO DE INDIOS / EN TEHUANTEPEC,

La que lidiará un BRAVO TORETE de la misma hacienda de Atenco, y el cual será matado por la Novia India.

4º.-A continuación de la conclusión de la mojiganga, se lidiarán a muerte los Toros que se puedan mientras durare la luz del día.

5º.-Cuando ya la luz del día haya terminado, SE ILUMINARÁ LA PLAZA con hermosos FUEGOS DE BENGALA, HACHONES DE VIENTO y FAROLES en los tránsitos de las lumbreras; e inmediatamente se empezarán a quemar los magníficos

FUEGOS ARTIFICIALES,

Con los que terminará la función.

   El beneficiado pide indulgencia a sus amigos y al público en general que asista a esta función, a Lumbreras y tendido de Sombra, por el aumento de dos reales en la entrada que hace en esta corrida, por motivo de haber tenido que erogar gastos muy crecidos para presentar una diversión que cree será del agrado de sus favorecedores; si lo logra, nada más le queda qué desear a

Bernardo Gaviño.

 COMENTARIOS: Con un casamiento de indios de Tehuantepec, donde además la novia daría muerte a un bravo torete; la participación del hábil pirotécnico Severino Jiménez,  coleadero de tres novillos (y para la pareja ganadora el atractivo premio de una flor con un escudo de oro), lidia de tres toros y un fabuloso remate basado en iluminación general de la plaza, con fuegos de bengala, hachones de viento y faroles. Todo esto parece señalar la llegada a la cúspide de muchos de los festejos organizados durante aquel periodo donde reinó la más absoluta de las libertades en el terreno de la creación y la recreación efímeras, representadas en la plaza de toros, como espacio donde pudieran desahogarse relajamiento, diversión o celebración al mismo tiempo. De ello fueron partícipes y actores directos estos personajes cuyo propósito era vulnerar una costumbre, pero sin afectarla. Solo someterla al caos de sus colectivas voluntades fruto del ingenio, que era demasiado, insuficiente también, pues como ya lo he expresado en otro momento, eran necesarias varias tardes para el desahogo a todo este fenómeno que parece decirnos: Señores, los demonios andan sueltos, pero al fin y a cabo demonios ajenos a cualquier sentido de maldad, demonios que llegaron para divertir y hacer gozar a los asistentes hasta el extremo de tener que buscar la excentricidad nada recurrente en estos casos.

   El cartel cuenta con un hermoso apunte que nos deja mirar apenas cuatro o cinco imágenes de lo que en la realidad pudo haber ocurrido la tarde del 2 de diciembre de 1866, en donde una vez más, Bernardo Gaviño fue el hacedor y responsable de esto que parece ser un cuento de hadas.

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