LA DESGRACIA DE CARLOS LÓPEZ “EL MANCHADO”.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Tuvo lugar en la corrida verificada en la plaza de toros de Durango, el 9 de Agosto de 1896, en el momento de entrar a banderillear un toro de la Labor de Guadalupe, que estaba entablerado y tapándose; la cogida fue tan grave que a los 2 meses o sea el 9 del corriente, el Manchado falleció en el Hospital Civil de Durango después de muchos sufrimientos, tanto físicos como morales, por la incorrecta conducta que hacia él tuvo el pésimo matador de toros (¡?) Ponciano Díaz; quien no obstante haber sido su compañero durante muchos años, le dejó abandonado sin recursos de ningún género, a tal grado, que si no hubiese sido por el banderillero Braulio Martínez, Moreno, ni para el entierro hubiese habido.

   El Manchado tenía cerca de 45 años de edad (había nacido más o menos en 1851 o 1852) y como 25 años de torero; entró a la compañía de circo de los hermanos Perea cuando aún no tenía 20 años; los Perea abandonaron los ejercicios ecuestres y se dedicaron a la tauromaquia, haciendo lo mismo Carlos López y figurando después en las cuadrillas de José de la Luz Gavidia, Antonio Díaz Laví, Bernardo Gaviño, Gerardo Santa Cruz Polanco y Ponciano Díaz.

 PONCIANO DÍAZ y CARLOS LÓPEZ_1885

La imagen original recoge a toda la cuadrilla de banderilleros y “topadores” con los que se hizo acompañar Ponciano Díaz en 1885. A la izquierda aparece Carlos López. SOL Y SOMBRA. SEMANARIO TAURINO NACIONAL del 19 de abril de 1943.

    El Manchado fue muy castigado por los toros, tenía veinticinco cogidas, de las cuales ocho fueron de importancia, en cuanto a apreciación de su trabajo.

   Dice el redactor que no publicamos su retrato porque el único que pudimos conseguir, había sido hecho hace algunos años y tenía muy poco parecido; para terminar daremos a conocer el parte facultativo de la herida que le causó la muerte.

   PARTE FACULTATIVO.-La herida está situada en el hipocondrio derecho y su trayecto es oblicuo hacia arriba y adentro; penetró a la cavidad abdominal por uno de los últimos espacios intercostales, haciendo una gran desgarradura en la parte costo-diafragmática y en el peritoneo, contundió considerablemente el epiplón y rosó la cara interior del hígado. Para hacer la sutura del peritoneo y la resección del epiplón, hubo que quitar un gran framento de costilla. La herida es sumamente grave.-Dr. Herrera.

   Una nota más, incluida en El Toreo. Semanario Ilustrado, fuente a la que me remito, dice así:

   UNA BAJA.-El banderillero Carlos López (a) el Manchado, amigo del matador de toros Ponciano Díaz, falleció el nueve de este mes en la ciudad de Durango.

   Hace algún tiempo, poco que la cuadrilla de Díaz de la que era banderillero el Manchado, fue a lidiar a la plaza de toros de Durango y en una de las primeras corridas, una res alcanzó al banderillero , al Manchado, hiriéndole tan gravemente que se dijo había muerto al siguiente día del percance. No fue así, pero el funesto desenlace se retardó solamente sin evitarse, y la cama que la caridad tiene para el enfermo, en el hospital fue el lecho mortuorio del lesionado torero.

   El olvido habría entristecido más los últimos instantes del Manchado, si sus compañeros no le hubieran prodigado, generosamente, los consuelos y atenciones de la amistad. La cuadrilla de Camaleño, reemplazó a la ausente familia del herido diestro.

   La miseria habría también asomado su repugnante cara si el altruismo del valiente torero apodado el Moreno no hubiera sufragado los gastos de entierro del finado lidiador. El Moreno le compró un lujoso ataúd y una fosa en el panteón de Durango.

 CARLOS LÓPEZ

Aquí tienen ustedes a Carlos López, retratado en peculiar tarjeta de visita de la época, y donde el gabinete fotográfico montó, como telón de fondo algún improvisado telar con el que se completaba el significado estético de la imagen. (Ca. 1885-1890). Col. del autor.

    La humanitaria conducta de el Moreno, ha demostrado una vez más que el oficio de lidiador de toros no implica la ausencia de elevados sentimientos y que la filantropía, la caridad, son propias de almas bien templadas cualquiera que sea la profesión u oficio que se ejerza.

   Por el contrario, diremos que el rasgo de el Moreno sin dejar de ser meritorio y elogiable, no es raro entre los toreros y si, por fortuna, muy frecuente. Más de una vez y sin cansarse, gastan en auxilio del compañero herido, el dinero que ganaron arriesgando la vida y si hay algunos que no proceden con esa liberalidad son menospreciados.

   Entre esas excepciones está por desgracia nuestro compatriota Ponciano Díaz. Ni un auxilio, ni un recuerdo prodigó al compañero herido, el torero mexicano; su conducta preñada de incomprensible egoísmo parece aunque no es necesario, que se propuso realzar más la noble y desinteresada de el Moreno.

   El jefe de el Manchado, el que tenía si no estricto deber más lazos de intimidad que le obligaran a socorrer al desgraciado subordinado, no volvió a recordar de él abondonándolo sin recursos pecuniarios.

   Prescindamos de mezquindades que consternan e indignan y digamos lo que fue en su vida torera el finado diestro.

   Banderillero basto, sin ningún adorno, tenía seguridad en la suerte cuando entraba al cuarteo y banderilleaba por ambos lados. Conocía la índole de las reses, y no estorbaba en el coso, corriéndolas bien y colocándolas debidamente para que entraran los compañeros. Era de gran vigor en las piernas y bregaba sin demostrar cansancio. No fue un torero de valía pero tampoco, aunque no todos lo conceden, una nulidad y su mediano valer era acrecentado por su modestia, por su cariño a los compañeros y por la humildad con que siempre acató los fallos del público.

Fuente: El Toreo. Semanario Ilustrado. México, lunes 19 de octubre de 1896, N° 3 y también el N° 4 del lunes 26 de octubre de 1896.

   José del Rivero “Fierabrás”, Director y Propietario de la publicación que ahora sirve para contar con la mayor cantidad posible de datos al respecto de este desgraciado percance, fue un furibundo antiponcianista, seguramente por el hecho de que la publicación coincide en los momentos de la mayor y más notoria decadencia del diestro de Atenco, quien además venía desarrollando una torpe actividad de empresario por esos años, que junto a su pérdida de popularidad hicieron que la fórmula de desprecio se dejara notar con fuerte carga crítica, al grado de que en todos los números de ese semanario nunca hubo una página dedicada para mostrar alguna efigie de Ponciano. Más bien, sólo se le dedicaron juicios críticos, denuestos, cuestionamientos y hasta una caricatura que daba cuenta de sus empeños que lo llevaron por el camino de la desgracia.

   La herida y muerte de Carlos López fue el detonante para desatar todos los más conceptos antiponcianistas que fueran posibles, dejando en evidencia su falta de solidaridad, y en el fondo de todo esto, aquello que Pablo Neruda decía en uno de sus célebres poemas, como si quisiera decírselo al propio Ponciano: “…estás como ausente”.

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