PEQUEÑAS JOYAS DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA EN 1886. (LA QUINTA).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 PLAZA DE TOROS EL HUISACHAL, ESTADO DE MÉXICO. Domingo 12 de septiembre de 1886. Francisco Jiménez “Rebujina” y Fernando Gutiérrez “El Niño” con toros de Santín.

   Resulta interesante acudir a los comentarios que desplegó “Un reporter” en El Diario del Hogar del 14 de septiembre de 1886, p. 2, quien elaboró larga crónica para LA PRIMERA CORRIDA DEL “NIÑO”.

 El éxito del “Niño” en la justificación de su sobrenombre, como torero, fue completo en esta vez.

   Cuando Quevedo escribió aquel soneto “A un narigudo”, que comienza con este verso:

Érase un hombre a una nariz pegado, se dijo por alguno que estaban por demás los trece versos restantes del soneto.

   Lo mismo podría decirse del resto de estas notas tomadas en la barrera durante la corrida de antier, después de haber dicho ya, repitiendo la opinión general del público de esa función, que el “Niño” justificó su sobrenombre como torero.

   Si estuviste, lector en la plaza, y eres además imparcial como pretenden serlo estos apuntes, opinarás del mismo modo; si no estuviste, es necesario que yo te de una idea del trabajo del “Niño” en dicha función, para justificar mi opinión con hechos.

030_FERNANDO GUTIÉRREZ_EL NIÑO

He aquí al célebre Fernando Gutiérrez “El Niño”, de quien se describen sus hazañas

en la presente evocación. Col. del autor.

    Además, tal vez sea oportuno dar al lector una pálida reseña de la corrida en general: por estas razones, creemos que no basta con decir que el “Niño” justificó su nombre de lidia.

   Óyeme pues, lector, y juzga como buen juez.

   El tiempo en el rancho de los Morales fue bonito, convidaba alegre a entrar cuanto antes a la plaza. Esta, a la hora fijada para el comienzo, estaba llena de gente y de animación. El público de sombra era público de gran estreno. Muchos aficionados, mucha gente de buen trapío, muchos charros de la goma, algunas españolas alegres con toilette flamenca, y casi todo el gremio abarroteril, con la alegría del paisanaje endomingado. En el sitio de los ruidos los muchachos del Tecpan, alegrando los aires, y el juez, con puntualidad señoril, haciendo sonar la obertura en el clarín de un rural, de acuerdo con la hora. Entusiasmo estruendoso en toda la plaza.

   Ábrese la puerta del corralón como forzada por todas las miradas, y aparece dando cara al sol de la tarde la cabeza de la cuadrilla, a vista de la cual resuena otro grito al unísono, como salido de la plaza hecha inmensa boca.

   Terciadas las capas de paseo, campaneando el brazo y con todo el salero toreril en las caderas, la cuadrilla avanza recta al palco presidencial, con el Niño y el coquetón Rebujina al frente. Alto; saludan; ¡bravooo! media vuelta rumbo al sol; el Niño alza su montera sobre su cabeza; ¡bravooo! y se oye algo que entra por los oídos al corazón: el toque del clarín.

   Las capas de lujo vuelan a los tendidos de sombra, se dispersan los muchachos con las de trabajo, trotan los rocinantes a tomar puesto, lanza en ristre los jinetes, y…

   ¡Eso es gloria! Una moña de seda de largos listones tricolores, cuatro patas azotando el aire y dos cuernos sobre una gruesa mancha color de tinta es lo que se ve volar hacia el centro del redondel. ¡Qué hermosa fiera!

   Un encontrón a vuela cuerno con el jaco de un piquero y cataplúm! Después al bicho le apesta la pica, o le espanta la flacura de los rocines, y huye. Clarinazo para parear al rajón.

   Felícitos (Mejía), nervioso como siempre, y de azul y oro, lo llama a grandes señas con los vistosos palos: acude a la cita, y Mejía, de frente, se los deja sembrados en el morrillo.

   ¿Quién grita? todos. ¿Qué suena? la diana. Segundo par, aprovechando; cae un palo junto a los anteriores y otro en el suelo. Tercer par, cuarteando, de manos maestras. Aplauden hasta los horteras. Diana y sombreros. Tras los nones del vítor, el toque de muerte. Gran silencio.

   El Niño de rojo y negro, saluda empuñando los trastos mortales, y cruza la arena como un caballero un salón. Lo miran hasta los ciegos. Hace alto lejos del reo, esperando que lo lleven las capas de la cuadrilla toda.

   Recíbelo en suerte, da dos pases de telón y un horrible puntazo en el esqueleto, que lo sitió todo el mundo como en los callos. El Niño lo debe haber sentido en el alma. Lluvia de frutas y de rayos de sol. El Niño agacha la cabeza y pide satisfacción al hueso entrometido. El bicho la da por su hueso, y recibe en cambio media estocada baja en buen sitio, que le hace voltear sobre sí bramando, vacilar un rato, y a poco caer y morir. Gran respiro en la sombra y gran ruido en el rincón de las dianas.

   Ya está en la arena el segundo. Pero ¡vive Dios que son hermosos estos toros de Santín! negro como el delito, fiero como la venganza, arrogante, lustroso, ligero como un gato, y unas armas… Parece todo él decir: “¡Heme aquí que vengo a vengar a mi hermano!”

   ¡Con qué furia echa las manos y las agudas astas sobre los capotes! Con el suyo, se lucen Felícitos, y el Niño, y Rebujina y Cuquito, recibiendo el primero una ovación.

   El bicho, después de unas sangrientas puyas de los de tanda, busca algo en el callejón, y sale seguido de un mastín tan negro como él, que lo persigue tenazmente. Un buen lazo lo atrapa por los cuartos traseros, y es expulsado de la arena. Bravos al can y al lazador.

   Cuquito, de morado y negro, toma los palos y clava el primer par al quiebro con todo el arte. El bicho vuelve al callejón. Cuquito, en cambio, deja el segundo par en la faz de la tierra. Al tercero, se conforma con un palo.

   El clarín pone a Rebujina, de morado y negro, armado para la muerte frente al toro. Después, de unos pases en redondo resulta el toro por tercera vez en el callejón. Al fin se encaran en la arena, y el matador de un harponazo en duro. Rechifla en el sol. Vuelve a la faena y da un metisaca sin fruto. Por tercera vez se cruzan el acero y las astas, y da Rebujina una media estocada a volapié con la misma desgracia. ¡Horror y escándalo! El lazo y el cachetero acaban el drama.

   Tercero toro, tercer Apolo de la raza. Igual color, hermosura y fiereza. En un santiamén vacía el vientre de tres solípedos, jugando con ellos a la pelota. La plaza en sus glorias, y la música en sus dianas.

   Tovalo, de morado y negro y bailando y haciendo el ciego, adorna a la fiera con dos medios pares, y el tercero bien a la media vuelta.

   Va a vindicarse el Niño.

   Vedlo esperando que la cuadrilla le ponga el toro frente a la muleta. Ya está. Entonces le da un pase y se le va a paso de banderillas, soltándole un pinchazo tal, que al mismo tiempo arranca un bramido de dolor a la fiera y una exclamación de horror al público.

   Vuelve a la faena y el encararse al bicho le da éste una embestida de ariete que lo arroja a tierra, y el Niño se salva de una muerte inminente rodando como un puro hasta la barrera. Gran emoción.

   Ya en pie, y estoque en mano, tira a su enemigo un segundo pinchazo que le acarrea un aguacero de apóstrofes y de naranjas. Lleguemos al fin. El Niño logra envainar todo su estoque en la fiera, a volapié, con el mismo resultado que si le hubiera puesto una banderilla. El lazo y la puntilla caen como un velo sobre este cuadro, y sobre el Niño caen como una lluvia los jarros, las naranjas y vociferaciones como éstas: “¡Ese Niño a la escuela! Está reciennacido! No hace más que niñadas! Aquí sólo Ponciano es el niño!”, etc.

   Sale al fin el cuarto y último de la corrida. Es en todo hermano gemelo de los anteriores, menos en libras y empuje, en lo que les aventaja.

   Entre las suertes de capa Cuquito tuvo la de no haber muerto, pues el toro en uno de los atrevimientos del diestro, le metió una llave entre las piernas echándolo al aire como rehilete. Pero no sufrió más que una buena quemadura en la parte inferior del muslo, la pérdida de los calzones y de un zapato, y el susto, no suyo, sino del público, pues siguió al bicho para hacer alarde de su serenidad y arrojo.

   También este toro dio su paseo por el callejón, y al volver al ruedo echó fuera de él dos rocinantes, después de hacerlos pelota con los jinetes.

   Candelas, de rojo y plata, pone sus tres pares allí donde el arte manda y el público aplaude en masa.

   Esto hace aparecer pronto a Rebujina armado frente al todo para la gran suerte.

   Después de unos pases en redondo, el toro se va a pasear en redondo por el callejón segunda vez. Sale, y al trastearlo se le cae la muleta. La recoge y le da después de dos buenos pases una regular estocada, dejándole envainada media espada. Tras un segundo piquete, el matador tiene que huir dejando espada y muleta en el suelo. Gran tuti de silbidos. Recobra las armas, pero no el crédito, pues da un tercer piquete, y luego un cuarto quedando desarmado, y el toro tasajeado, y por orden del juez, entregado al brazo del puntillero, que acaba con sus penas.

   La corrida no pudo ser más concurrida ni más desgraciada.

   ¡Lástima de ganado! Los dos espadas compitieron en mal éxito. En esa corrida, de la que tanto bueno se esperaba, sólo lucieron los banderilleros y el juez, a nuestro juicio muy acertado.

   Creo que merece una multa el responsable del estado de riego en que se abre al público la plaza, pues además de la vez de ella carece de la cuerda de la barrera, lo que facilita el salto de los toros, y esto puede acarrear una desgracia en el público.

 En cuanto al Niño, no riño

Por si podrá o no volver

A torear: el lo ha de ver

Si no es demasiado Niño.

 UN REPORTER DEL “DIARIO”

  PLAZA DE TOROS EN TOLUCA, EDO. DE MÉX. 26 de octubre de 1886. En El Diario del Hogar del 3 de octubre de 1886, quedó registro de un festejo celebrado en aquella plaza. Y va de crónica.

 TOROS EN TOLUCA.

    La corrida verificada el último domingo, dejó satisfechos a cuantos presenciamos el arrojo de los diestros, vamos a dar, aunque sea a vuela pluma, una ligera descripción de ella.

   La corneta anunció la presencia del juez en la lumbrera presidencial, y la cuadrilla se presentó haciendo el saludo de ordenanza; en ella descuellan la arrogante figura del NIÑO y la muy simpática del MESTIZO.

   El toril se abre, y hecho un león aparece en el redondel un bicho amarillo, de pelo bien puesto y bravo. El Niño le da cinco verónicas, muy parado y toreando de brazos, según el arte moderno, causando gran impresión con este su primer trabajo que merece grandes ovaciones. Los picadores tientan el pelo a la res más de quince veces, entra el segundo tercio de la lidia, y cumple Genovevo con tres pares; al llegar el momento de la verdad, Fernando (a) el Niño, se arma de estoque y muleta, da varios pases naturales, cita corto y resulta una estocada baja metisaca, vuelve a pasar, y estando otra vez corto, le da una magnífica por los rubios, hasta el pomo; en esta suerte y en la confianza en que el bicho estaba bien rematado, fue enganchado el Niño por la pierna y volteado sin graves consecuencias. El toro se echó y el cachetero cumplió de fórmula, pues ya no había paciente. Gran ovación al matador y muchísimas palmas por su arrojo y serenidad ante la fiera.

   Segundo animalito en el redondel, pelo josco, bonita lámina, algo flojo; mas al sentirse tocado por las garrochas, se creció al castigo; cambio de rodillas por el Mestizo, que es saludado con repetidas palmas; toma el bicho varios puntazos, mata un caballo y en seguida lo banderilla Candelas con dos y medio pares bastante buenos. El Mestizo, brinda al juez, y puesto frente al enemigo, que está bravo y en buenas condiciones, lo pasa varias veces de pecho y al natural, arranca luego y da una soberbia estocada por lo alto; nuevo pase, y con el permiso de las gentes de sol, remata al bicho instantáneamente de un magnífico descabello con la puntilla; nutridísimos aplausos al diestro.

   Tercer toro de la plaza; josco, bravo, ligero y de más relance que los anteriores; tomó diez puyazos recargando en la suerte, que dejó sin vida a un caballo. Los matadores lucieron buenos quites. El Mestizo dio un quiebro de primera, a cuerpo limpio. El Niño se apodera otra vez de los trastos del sacrificio; el público admira el arrojo y temeridad del diestro que con su natural serenidad da unos muy buenos pases ceñidos en seguida mete el pie y cuadra, dando en esta postura una magistral estocada, recibiendo muchísimos aplausos, vivas y demostraciones de admiración y simpatía; viendo que la res se defendía y no quería echarse, vuelve a dar algunos pases, rematándola de un buen metisaca. Los aplausos se repiten, pues el Niño ha cumplido con su compromiso a pesar de estar lastimado de la cogida del primer bicho.

   El cuarto y último: josco, prieto, de menos fuerza que los anteriores, pero como sus compañeros, bravo y ligero, tomó once puyazos y no perdió su ley. El Mestizo lo banderilló en la silla oyendo muchas palmadas y con dos pares buenos lo terminó Candelas. Al Mestizo le tocó empuñar la adarga taurina, y después de unos magníficos pases saludó al bicho con una buena baja; pero como pasaba el tiempo y el animalito no quería dar con su estampa en tierra, a pesar de estar ya muerto, la terrible trompeta presidencial anunció que era llegado el momento de los lazos, y el puntillero remató a la res.

 RESUMEN

    La corrida estuvo buena: los toros fueron de la hacienda de Comalco, y sobre ser bravos crecieron de los tres tercios de la lidia; si el propietario no descuida la cría, llegará a presentar bichos, si no como los navarros o Veraguas, sí de los primeros que los aficionados a los espectáculos de la lidia admirarán en la República.

   He aquí nuestra pobre opinión acerca de los matadores.

   Fernando Gutiérrez (a) El Niño, a quien vimos por primera vez el 12 del presente en la plaza del Huisachal, y a quien tratamos con dureza en nuestra revista de aquella fecha, debido a la imparcialidad con que sellamos siempre nuestros escritos, ha recuperado por completo nuestras simpatías y admiración, pues en la corrida de aquella tarde, debido a un cúmulo de circunstancias excepcionales que después hemos sabido, no pudo desarrollar en todas sus partes la escuela que practica. Fernando es un lidiador de la Escuela Verdad, es decir, de la Rondeña, y digno émulo de los Romero, Montes y Domínguez; torea de capa sin mover los pies, ejecutando solo con los brazos; a la hora suprema para y aguanta, o cita a la res, corto y por derecho, según el arte manda.

   Es poco conocida entre nosotros esta escuela, y bueno será que nuestros lectores vean de nuevo al Niño para juzgarlo cual de justicia se merece.

   Juan León (a) El Mestizo; poco diremos de este apreciable diestro, pues ya bien conocido de los aficionados. Es un buen torero de la Escuela sevillana, banderilla en todas las formas conocidas y ejecuta la suerte de matar al estilo mexicano.

   El resto de la cuadrilla cumplió, sobresaliendo Candelas como primer banderillero.

   El mal estado del tiempo, pues las nubes amenazaban echar por estas tierras cataratas de agua, hizo que la entrada estuviera floja.

   Según me informaron al poner el pie en uno de los vagones de la muy acreditada línea del Ferrocarril Mexicano, para emprender la vuelta a esta ciudad, El Niño ha recibido proposiciones para ser contratado por los empresarios de la plaza de Toluca, para torear en ella próximamente; si así fuere, de nuevo lo veremos para distraer a nuestros lectores con nuestras impresiones toreras.

 MIRELO.

    Por lo demás, creo que no es necesario agregar ni una nota más ante el completo trabajo de los señores redactores de El Diario del Hogar, a quienes ya podemos entender, eso sí, como cronistas taurinos en potencia, listos para desarrollar un trabajo periodístico que luego iría a consolidarse justo al año siguiente, es decir en 1887, cuando se dieron a conocer diversas publicaciones eminentemente taurinas, contando para ello con el antecedente de El Arte de la Lidia, cuya labor había comenzado en 1884.

 CONTINUARÁ.

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