NUEVAS NOTAS AL ESCÁNDALO DE LUIS MAZZANTINI UN 16 DE MARZO DE 1887.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Con motivo de estar preparando el nuevo “Anuario Taurino Mexicano”, correspondiente al año 1887, me parece más que apropiado traer hasta aquí algunos avances, el primero de los cuales se relaciona directamente con el triste episodio en el que se vio involucrado Luis Mazzantini, a partir de su actuación, la infausta tarde del 16 de marzo en el recién inaugurado  coso de “San Rafael” apenas un mes atrás. Los toros de Santa Ana la Presa salieron tan malos, por lo cual se produjo tremenda bronca que devino intento de linchamiento al diestro español, quien tuvo que abandonar la plaza “arropado” por la fuerza pública. No conforme con eso y durante el trayecto, buena parte de los del pueblo, ofendidos por aquel “fraude”, arrojaban piedras y denuestos a su paso, y ese “bombardeo” duró largos minutos mientras el carruaje descubierto en el que iba el “Rey del volapié” se aproximaba a la entonces cercana estación ferrocarrilera, sitio donde recuperó el habla, el color y hasta el ánimo de expresar una famosa frase, de la que me ocuparé en su momento. Pero antes, quisiera compartir también una serie de apreciaciones que divulgó la prensa en apego a principios liberales que chocaban con los conservadores. Llama la atención que lo recogido en El Abogado cristiano ilustrado es, ni más ni menos que la postura planteada por el sector católico y muy conservador de la ciudad, lo que significa que tampoco estaban de acuerdo no sólo con la reciente reanudación de las corridas de toros en la capital del país, sino que incluso cuestionaban su permanencia, luego de que en épocas pasadas, estas dos herencias, junto con el burocratismo surgido con fuerza en el reinado de Felipe II fueron las más notables presencias en buena parte de la vida cotidiana de nuestros antepasados. Los tiempos iban cambiando, las ideas también, pero nuevos acontecimientos habrían de provocar cambios ideológicos que ya no iban en consonancia con lo que aquel pasado representó no sólo para la sociedad. También para el sistema impuesto desde la corona española.

 LA PRENSA OPINA… EL ABOGADO CRISTIANO ILUSTRADO, del 15 de marzo de 1887, p. 5:

 Más sobre las plazas de toros.

    El Director del “Amigo de la Verdad”, periodiquito que ve la luz en Puebla, nos ha atacado furiosamente por motivo de algunas apreciaciones que hicimos en uno de nuestros números anteriores respecto de las plazas de toros que se están estableciendo en México, a pesar de las protestas y aún de las súplicas de todos los hombres buenos y de todos los hombres buenos y de todos aquellos que desean la felicidad y prosperidad de México. Poco caso hacemos de lo que dice el “Amigo de la Verdad”. Un periódico que aboga por el restablecimiento del Imperio, que habla de la difunta Constitución, de México, y maldice a todos los liberales en general y a la memoria de los héroes que dieron su sangre por conquistar las libertades y derechos del hombre para los mexicanos, tendrá poca influencia con personas sensatas.

   No nos referimos al periodiquillo mencionado porque sea digno de la atención de hombres serios; sino porque nos proporciona la oportunidad de decir algo más respecto de un asunto que atañe a la moral como al buen nombre de México. Vemos con placer que varios de nuestros colegas critican severamente al gobierno por el hecho de haber permitido los toros, y deploran las desastrosas consecuencias que de semejantes diversiones resultan. “El Nacional” citado por “El Monitor Republicano” del 25 del próximo pasado mes expresa exactamente nuestras opiniones de dichas diversiones. He aquí lo que dice:

   “MÁS PLAZAS DE TOROS. Se dice que próximamente comenzarán los trabajos de una gran plaza de toros que, de madera, va a construirse en esta ciudad por el rumbo de San Lázaro.

   ¡La civilización está de duelo!

   ¡Toroooo!…. –Dice El Nacional:

   “El Congreso y el Gobierno deben estar satisfechos. Ya hay toros; ya tuvo lugar la primera corrida con acompañamiento de gritos, insolencias, desvergüenzas, pleitos, riñas, puñaladas y hasta balazos de la tropa encargada de mantener el orden en un lugar de desorden.

   El pueblo bajo que salía de la plaza, ebrio de pulque y de la sangre que vio correr en el redondel, siguió por las calles vociferando blasfemias y riñendo a puñaladas. Nosotros hemos visto, en el Puente de Alvarado caer un hombre gravemente herido por otro, a las siete y media de la noche. Ambos salían de los toros. Igual resultado tuvo otra riña que ocurrió en la Avenida Juárez entre los concurrentes a los toros.

   Si se quiere ver al pueblo bajo en toda su brutalidad, ocúrrase a los toros. Allí se despiertan en él todos los instintos de la bestia feroz, allí se olvida del poco respeto que el hombre sin educación y sin principios morales puede tenerse a sí mismo y guardar a los demás, y renace el hombre primitivo brutal y feroz; allí deja rienda suelta a todas sus pasiones comprimidas, a todos sus rencores guardados, a toda su ferocidad inconsciente; allí se embriaga, allí vocifera, allí riñe, allí mata, allí deja de ser hombre para convertirse en energúmeno. De allí vuelve a su casa a dormir la mona y maltratar a su infeliz mujer y a sus pequeños hijos. Al día siguiente se levanta crudo y hace San Lunes, porque el espectáculo y la orgía de la víspera lo han predispuesto contra el trabajo, y sale de su casa a correrla en lugar de ir al taller a trabajar. El resto de la semana lo pasa en Belem, a donde lo llevó la policía que lo encontró borracho o riñendo en la calle, en la pulquería o en el lupanar; de la cárcel, en donde se contaminó entre verdaderos criminales, sale para ser más tarde ladrón o asesino. Entre tanto su mujer se prostituye y sus hijos se convierte en pilluelos.

   He aquí la civilización que traen los toros al pueblo mexicano. El cuadro que hemos descrito presenta sólo una de las fases de ella. Las otras son más horribles todavía. ¡Loor eterno a los que trajeron de nuevo los toros al país! La historia los juzgará. Entre tanto, déles las gracias el pueblo por haberle proporcionado un espectáculo salvaje y por ende caro… ¡a un peso en el sol!.-LA REDACCIÓN”.

   “Ese precio exagerado de que habla El Nacional, fue causa de que algunos individuos del pueblo careciendo del peso para comprar su boleto, decidieron entrar de balde a la plaza, para lo cual arrollaron a los soldados y obligaron al oficial de la guardia, según se asegura, a defenderse, metiéndole la espada a un individuo.

   Tenemos, pues, que con las corridas de toros acaba el poco respeto que el pueblo bajo tiene a la autoridad, y que la criminalidad aumenta. La desmoralización va a cundir rápidamente y la gente pacífica y de costumbres morigeradas no contará en lo sucesivo ni con el único paseo que tenía en la calzada de la Reforma, porque en su entrada se ha levantado una plaza de toros, que ofrecerá sin duda alguna un espectáculo horripilante no destituido de peligro. Este beneficio se lo debemos a nuestras autoridades. Dios se lo perdone, porque nosotros no se lo perdonaremos nunca”.

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La tarde del 16 de marzo de 1887 Luis Mazzantini tuvo la desgracia de apechugar con ganado muy manso. El público, airado, agredió al torero en su huida de la plaza “SAN RAFAEL” a la estación del ferrocarril. Allí, molesto declaró: ¡¡¡DE MÉXICO, NI EL POLVO…!!! (“El Monosabio” Nº. 1 del 26 de noviembre de 1887).

Fuente: Archivo General de la Nación [A.G.N.] Hemeroteca.

    Lo interesante de estas notas es que fueron publicadas la víspera del escándalo que se produjo en la plaza de toros “San Rafael”, y del que fue protagonista principal Luis Mazzantini, quien al verse envuelto en tamaño escándalo, tuvo que abandonar la plaza protegido por guardias a pie y a caballo, directamente hacia la estación del ferrocarril. Todavía vestido de luces, junto con los de su cuadrilla, en su natural y profundo malestar expresó: “¡De México, ni el polvo”! o “¡De esta tierra de salvajes, ni el polvo…!” Evidentemente, los sectores de la prensa se dividieron, y no faltó por ahí alguna observación que se hizo respecto al hecho que produjo la sentencia del guipuzcoano, la cual fue completada con el sarcasmo propio de algún reportero quien apuntaba: ¡”Pero que tal de las talegas de oro!”

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