SILVERIO PÉREZ y “TANGUITO”, SIN EUFEMISMOS. (V).

FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Toca el turno en esta ocasión al escrito que nos legó Carlos Quiroz, homónimo de aquel otro pero que llevó el remoquete de “Monosabio”,[1] quien ya para entonces era uno de los más antiguos cronistas taurinos en México. Había comenzado dicha labor a finales del siglo XIX, y pocos años después lo hizo ya como colaborador en publicaciones como el Sol y Sombra, de España. Fue director de Ratas y Mamarrachos y luego un crítico ácido, visceral que cayó en las tentaciones del “chayote”, esa institución muy mexicana, creada entre los malos periodistas que son gratificados a cambio de notas excelsas, pero falsas como moneda de dos centavos. Bajo ese perfil de descrédito, algún día fue a sentarse en una barrera de primera fila en “El Toreo” de la Condesa. La “Contraporra”, sector de aficionados que se identifica en la plaza por su homogeneidad que protesta o reclama los abusos que se cometen en contra de la tauromaquia, lograron detectarlo desde el otro lado del tendido. Poco a poco fue llegando hasta el sitio donde se encontraba “Monosabio” una paca de alfalfa, por lo que ya a su alcance, demandaron comiera de ella, levantando voz en cuello que no se trataba de un “Monosabio”…, sino de un “Monoburro”. Quiroz tuvo que salir humillado de la plaza a toda prisa.

   Además, este personaje característico, tuvo a bien gestar una “interviú” notabilísima, porque también tuvo cosas buenas, y resultado de tal ejercicio consiguió formar el muy apetecible volumen de Mis 20 años de torero. El libro íntimo de Rodolfo Gaona, de cuyas primeras ediciones se tiraron 15,000, 8,000 y 10,000 ejemplares entre 1924 y 1925 respectivamente. Todavía en 1964 hubo una cuarta edición, con lo que sigue siendo un “best seller” de la literatura taurina de nuestro país.

   Retomando el tema, nos encontramos pues con que esta nota aparece firmada por Carlos Quiroz, “Redactor de la AFICIÓN”, periódico en el que “Monosabio” también se involucra como uno de sus fundadores en 1930. Ateniéndome al hecho de que se trate solo de un homónimo, paso a dar registro de este otro testimonio que, por cierto, fue proporcionado amablemente por el joven Manuel Castilla, taurino entusiasta radicado en Texcoco, yendo a la vera de su padre, del mismo nombre y apellido, con objeto de ir presentando las más recientes ediciones de la feria de Texcoco con la mayor dignidad que les es posible.

   En el entendido de que nos encontramos con otro Carlos Quiroz, vayamos pues a su apreciación, para comprender en qué medida lo asombró el conjunto de maravillas ocurridas ese 31 de enero de 1943.

Silverio Tanguito 1bis

 LA AFICIÓN

Deportes y Toros

México D.F.

Lunes 1º de Febrero 1943 – Año XIII, Núm. 3,646

 ENORME CORRIDA DIERON SILVERIO Y “ARMILLITA”

Fermín cortó la oreja de su segundo por una faena de ¡admírense!: naturales y derechazos de los más finos. Y la gente, loquita del todo.

Silverio: una faena a su primero, que causó el delirio. Y a su segundo… Bueno, a ese le hizo lo que no se creía. Canelita en rama fue su faena. Y las dos orejas y el rabo, y dio al ruedo más vueltas que la rueda de la fortuna.

Y al lado de esos dos colosos, y con dos toros de estupenda bravura y gran nervio, Antonio Velázquez, el alternativado, despareció del todo. ¡Pobrecito!

¡Con lo buen novillero que era!

Pastejé envió una corrida superior: seis toros bravísimos, los seis de primorosa lámina.

¡Y los seis ovacionados largamente por el público!

 Crónica de CARLOS QUIROZ.

Redactor de LA AFICION.

   ¡Oiga amigo! Hágame usted el favor de darme un pellizquito en esta asentadera para saber si no he estado soñando y si fue cierto lo que hoy he visto. ¡Cosa curiosa! ¿Eh? He ido a los toros, y aquí traigo el boleto. He entrado en la plaza y prueba de ello es un traigo los fondillos de los pantalones bien empolvados, señal de que he estado sentado. Vengo más ronco que un merolico por haber gritado tanto. Prueba de que me he divertido, de que he estado en una corrida de toros. Además, me duelen las manos de tanto aplaudir, y vengo sin sombrero por haberlo arrojado al ruedo en un momento de indescriptible entusiasmo. Sin embargo, aún no puedo creer que haya sido cierto lo que vi. Con que a ver, ¿va usted a darme ese pellizco? ¡Jozú ¡Como se hace la gente del rogar! A ver usted, señor:

   Un pellizco aquí en esta asentadera. ¿Tampoco? ¡Madre mía de mi alma! ¿Quién, pues, va a sacarme de dudas?

Porque miren ustedes que haber visto una corrida de toros fenomenal, ¡y no poder tener la seguridad absoluta de que realmente haya sido fenomenal! Es una desgracia, y esto a mí me pone de los mil diablos. Quisiera en este momento saber si de verdad he sido testigo de un encuentro que tendrá que perdurar per sécula seculorum en los anales del toreo. De una pelea que me levantó los pelos de punta, que hizo que mi pobrecito corazón cesara de latir y se abandonara deliciosamente a esa emoción angustiosa del torear de Silverio, y a ese infinito placer de una faena sorprendente del señor que años atrás nació en Saltillo. Porque la ví, sí, la ví con estos ojos que me estoy tocando ahorita, pero ¿Quién me dice a mí que no estuve soñando?

   Porque aquello fué tan maravilloso, tan extraordinario, que no puedo creerlo, que mis cinco sentidos se resisten tercamente a pensar en una realidad y se inclinan con tosudez a suponer que fue una visión, una ilusión irreal, un espejismo. ¡Pero qué caray! Que espejismo, ilusión del más allá, ¡poco importa! Lo principal es que me sentí tan fuera de mí, que gocé tanto con ese espectáculo indescriptible, imponente, maravilloso, que en resumidas cuentas me importa poco saber si sucedió o si sólo fue un momento ilusorio, un delicioso instante de pensar en una, en dos, en tres faenas ideales. Pero de pensar tanto, con tan profunda atención, que esos pensamientos, confusos en un principio, llegaron a tomar forma, a manifestarse claramente circunscritos en el ruedo de “El Toreo”. Si fue realidad, ¡Qué maravilla! ¡Qué hecho portentoso se ha realizado! Si fue una mentira, si fue una ilusión solamente, no le hace. ¡Qué maravilla!

   Nunca creí que “Armillita” y Silverio pudieran darnos una tarde así. Pensaba que entre los dos toreros no podía ni imaginarse siquiera una pelea más o menos interesante. Suponía a Fermín muy comodino y a Silverio muy tímido para disputarle las palmas y la gloria al de Saltillo ¡Pero qué manera de equivocarme, señores míos! Si no lo pensaba, ahora lo pienso, y muy en serio, porque el diestro de Texcoco y “Armillita” el más chico, nos han dado una tarde enorme, han tenido una actuación en la que paso a paso, minuto a minuto, segundo a segundo, se han disputado las palmas el uno al otro, pero no es una disputa cualquiera, no, nada de esto. En una pelea en la que ninguno de los dos quiso ceder un tanto así de terreno, en la que los dos derrocharon guapeza y un nervio y una casta enormes, admirables. Silverio, aquel muchachito que no peleaba, aquel fácilmente impresionable, convertido en coloso, superado en valor al más valiente y reduciendo a su mínima expresión al más artista. “Armillita”, el frío Fermín, peleando con lo suyo, superándose a sí mismo, gozando con su toreo, con la parte buena de su toreo, y con un entusiasmo nunca visto. Los dos arrolladores, los dos enormes.

   Al lado de ellos, muy insignificante, muy verde, muy tierno, Antonio Velázquez, el último crimen del actual momento taurino. El novillero de las faenillas fáciles y emotivas, el valiente novillero, que por el afán de especulación de la actual empresa entró ayer en la plana mayor de la torería y salió instantáneamente para colocarse en ese grupo de toreros quemados, que no son ni toreros, ni novilleros, ni nada.

   ¡Cuánta lástima me dio verlo perdido en el ruedo, continuamente a merced de sus dos fieros antagonistas, queriéndose mostrar valiente, y embarullándose de continuo; queriendo portarse como un artista, y no ofreciendo a nuestra vista más que unas gaoneras, unas tristes gaoneras que no convencieron! Perdido frente a dos toros de maravillosa bravura, ideales para que un torero los hubiese aguantado y toreado con un derroche de temple y de torerismo, pero fatales para un novillero nuevo, demasiado nuevo y verde, por su misma bravura, por su codicia y por su casta.

   Pero completamente perdido, al grado de no saber por dónde andaba, de haber olvidado el uso de la muleta, de encontrase ante el peligro sin el menor recurso, ofreciendo solamente su valor, un valor ciego, peligroso, que lo hacía exponerse inútilmente a la cornada. Que se la hubiera ganado, de no haber ido porque Fermín, asumiendo su papel de primer espada, de director de lidia, anduvo convertido en su Ángel de la Guarda.

   Y empezó la tutela desde el momento en que partieron plaza las cuadrillas, y no cesó hasta que estuvo bien muerto el último toro de la tarde.

   Fué contínua la atención de “Armillita”. Y sus consejos se manifestaron hasta en el momento de la alternativa. Velázquez no sabía cómo se cambiaban los trastos y Fermín tuvo que indicarle la única manera. Vino luego ese luchar infructuoso, esa inquietud en los tendidos, ese retroceder contínuo de Velázquez, ese embarullamiento, y vino el peligro haciéndose tan palpable, fué haciéndose la cornada tan segura, que en el último toro tuvo Fermín que asumir toda la responsabilidad: él dirigió la lidia, se hizo cargo del mando de la cuadrilla y a su habilidad y experiencia, únicamente, se debió que Velázquez matara sin más pena que el mayor fracaso a ese toro que cerró una jornada de triunfo absoluto para dos toreros y de completa desilusión para uno que jamás debió aceptar la alternativa estando tan verde.

   Al terminar la corrida nos quedó una impresión triste de Velázquez. Un poquito de lástima y un mucho de coraje. ¿Porqué, teniendo tan halagüeño porvenir como novillero, quiso prematuramente convertirse en torero? Esos dos toros maravillosos que le tocaron, de Pastejé, de primorosa estampa, finos, bravísimos y encastados, pudieron haber sido el marco del triunfo de otro torero. Y él pudo evitarse ese triste momento y el derrumbe de todas sus ilusiones. ¡Qué lástima que los haya desperdiciado Velázquez! Merecían dos grande faenas, como las que tuvieron los demás. Merecían que se le torease, que se les cortase una oreja siquiera. Y se fueron completos al destazadero. ¡Qué lástima!

   No tuvieron la suerte de los de Fermín Espinosa.

   Y se prestaban para que se les torease como Silverio toreó a los suyos.

   Pero no fué posible. “Andaluz”, el primero, y “Jareto”, el último, corrieron con la peor suerte. “Armillita” no quiso lucirse con ellos. Tampoco Silverio. Y Velázquez no pudo.

   En cambio, los demás, cuatro toros seguidos, el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto, gozaron del entusiasmo de la multitud y causaron entre Silverio y “Armillita” una pelea que no tuvo cuartel, que no decreció en emotividad un solo momento y que transcurrió en medio de tanto delirio, de tanta locura, que es por eso que hoy me pregunto si no habrá sido un sueño.

   Porque Fermín empieza toreando a su manera, sin excederse. Yo lo veo con la indiferencia de siempre. Creo que trata de hacer creer que el toro, “Rondador”, carece de la bravura necesaria para hacerle faena. Lo trastea con habilidad, dándole tela por la cara, pero sin pasárselo una sola vez. Esto me disgusta, porque a mí “Armillita” no me convence, ni me convencerá jamás, toreando sólo con habilidad. Muere “Jareto”. La opinión del público se divide. Chillan unos aficionados. Otros aplauden. Yo comparto la opinión de los primeros.

Luego sale “Clarinero” y llego a pensar que Silverio va a dejarnos con un palmo de narices. Lo veo ir al encuentro del toro con un desgane, con una mandanga, que me dan ganas de gritarle: “!A dormir a tu casa, niño!”. Pero Silverio cobra las colosales dimensiones de un gigante. Plantado en la arena, se crece. Nadie puede creer que esté toreando; y sin embargo, torea. No se mueve, no cambia de postura; en su trágico despatarramiento hace que el toro le embista una y otra vez, embebido en el engaño, completamente empapado. Y aquello ya no es una ovación. Es el desbordamiento completo de toda una muchedumbre, es un ruido infernal que ensordece pero que anima a seguir gritando, sigue el entusiasmo frenético. Silverio ha hecho un quite monumental. No ha sido por chicuelinas. Las chicuelinas no pueden ser tan lentas, ni tan bellas. Y esos lances que hizo duraron una eternidad y pareció que el toro había detenido su marcha, que el diestro se inmovilizó ante el espectáculo nunca visto: el toreo ideal, divinizado.

   Viene después la faena de muleta y ese trágico toreo hiere las más hondas fibras del sentimiento humano. Todos los sentimos, a todos nos sorprende. Con entusiasmo creciente vemos que a un pase sigue otro, que el torero no se mueve, que liga lentamente, conservándose siempre en esa postura original, despatarrado, con aire de reto al toro y al público. Ya Silverio no es el torero desganado. Sus movimientos son los del triunfador, también su confianza. Y ríe. Y al reír vemos que nos ha conquistado, que ha dominado al toro, que está dentro de sus mismos terrenos, y que el peligro no le arredra. Confía en el poder de su muleta ciegamente. Creo que está inspirado. Todo le sale con la naturalidad más absoluta; él solamente es el punto intermedio entre la fuerza del toro y su inspiración pierde las orejas…

   …con su primero, iba a opacarse con una faena mejor al quinto de la tarde, llamado “Tanguito”. Un toro tan noble, tan codicioso, que por seguir el capote del Chato Guzmán, y más tarde por embestir al de Silverio, se quedó dos veces clavado con los pitones en la arena y dio dos maromas completas. Estas dos volteretas lo hicieron asentarse. Al último tercio llegó aplomadón, pero muy suave.

   Y tenemos con que el toro tarda para embestir; pero cuando lo hace, embiste lentamente. Hay que aguantarlo mucho, hay que llevarlo perfectamente toreado, si no, no podrá toreársele. Si no, habrá una cornada.

   Esto lo sabe Silverio Pérez.

   Silverio toma la muleta con las dos manos.

   Silverio se encuentra en estos momentos cerquísima de “Tanguito”.

   La arrancada del animal tarda. Esto impacienta a la gente y pone en peligro al torero. Por fin se produce. Esos pases por alto son una maravilla de lentitud, son un prodigio de belleza.

   Silverio inicia su faena toreando por alto, porque de hacerlo por abajo “Tanguito” dará otra maroma y se fastidiará, seguramente.

   El toro empieza a crecerse, Silverio ya estaba crecido. Despatarrándose increíblemente, se acerca hasta colocarse en la propia cara del animal. Adelanta la muleta, la adelanta más, y el toro responde. ¡Qué lenta embestida, parece eterna, parece no tener fin! ¡Y qué aguante! Silverio sigue igual de despatarrado, ha tomado al toro adelantado, el toro parece quedársele en la suerte, se le queda, pero la muleta vuelve a embarcarlo, el viaje continúa. Y Silverio despide a “Tanguito” hasta muy atrás de él, por dentro. ¡Media hora exactamente duró ese pase maravilloso! Y hay otro pase igual. La gente no puede contenerse más y se desborda en una ovación apoteósica, terrible, de locura, de un entusiasmo indescriptible. No hay en los tendidos quien no grite. Nadie puede permanecer impasible ante tanta grandeza.

   Es una faena derechista. Es una emoción que no puede contenerse y que llena toda la plaza, que la hace trepidar. Y es la causa tan justa, es tan maravilloso lo que vemos, tan sorprendente, que la sorpresa, el entusiasmo, la maravilla, nos hacen permanecer estupefactos. No nos damos cuenta de nada. Solamente vemos una figura en el centro del ruedo, porque no es más que una figura la que forman el toro y el torero, que se mueve al compás del latir de nuestros corazones – nuestros corazones apenas si palpitan –, y es tanta la armonía que hay en toda ella, que llega un momento en que no sabemos diferenciar hasta qué punto llega el torero y en dónde se queda el toro. Todos gritamos. Todos aplaudimos con un frenesí loco. Todos aullamos. ¡Qué faena! ¡Qué sensación, de emoción! Es dramatismo. Es sabor torero. Huele a montilla. Y la faena sigue, se prolonga, y cada pase es un choque que sentimos, es una emoción que se renueva, que crece pase a pase. Es imposible que podamos abarcarla toda. Y, sin embargo, nuestra capacidad emocional crece. La emoción la hace crecer. Y cuando llega un momento en que parece que vamos a reventar, Silverio se arma, se perfila, y tírase a matar con toda la fe y hunde el estoque en lo más alto del morrillo. “Tanguito” se resiente, pero no dobla.

   Silverio acierta al primer golpe de descabello.

   La plaza viste sus galas nupciales, se cubre de un velo blanco. Miles y miles de pañuelos ondean en el aire, en demanda del mayor premio para el matador. Silverio ha ganado las dos orejas y el rabo. La ovación dura hasta que termina la corrida. Qué corrida! ¡Qué tarde nos han ofrecido Silverio y Armillita!

   Pero, ¿fue una realidad? ¿O fue un sueño?

   Estoy por creer que la corrida ha sido estupenda de verdad.

   Porque se lucieron Abraham Juárez, “Limberg”, el “Güero” Guadalupe, Felipe Mota, Juan Aguirre, “Conejo”, entre los picadores. Entre los banderilleros, Alfredo Aguilar, que tuvo ayer la mejor actuación de su vida, tanto por lo que se refiere a las banderillas, como por la buena colocación que guardó en la brega de los toros que correspondieron a Velázquez. Se lucieron también Juan y Zenaido Espinosa. ¡Hasta “Valencia” puso pares en vez de nones!

   Fermín Espinosa “Armillita” se lució también. ¡Y se lució Silverio! El ganadero, don Eduardo de Iturbide, estuvo de perlas. El público se portó maravillosamente. El Juez de Plaza anduvo acertado.

   ¡Solamente Antonio Velázquez no se lució!

SINAFO_24957

Instituto Nacional de Antropología e Historia, Sistema Nacional de Fototecas. Silverio Pérez, en la tarde del 31 de enero de 1943. Catálogo: SINAFO-24957.

   Larga, larguísima reseña que amerita desmenuzarla, si les parece para la próxima colaboración.

CONTINUARÁ.


[1] La muerte de este personaje ocurrió el 11 de mayo de 1940.

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