500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (V).

500 AÑOS DE TAUROMAQUIA EN MÉXICO. (V). 

TRATADOS Y TAUROMAQUIAS ENTRE MÉXICO Y ESPAÑA. SIGLO XVI.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   De mi trabajo Artemio de Valle-Arizpe y los toros,[1] traigo los siguientes dos pasajes que refieren vida y obra de Juan Suárez de Peralta.

CIUDAD COLONIAL.

   Artemio de Valle-Arizpe se ocupa de Juan Suárez de Peralta, dando de dicho autor la siguiente apreciación:

Suárez de Peralta declara ser “vecino y natural de la ciudad de México” y que “no tenía sino un poco de gramática, aunque mucha afición de leer historias y tratar con personas doctas. Por lo que él cuenta se saca en claro que nació después de 1535, pero antes de 1540 (…)

   Antes del año de 1878 en que fue impresa en Madrid “Noticias Históricas de la Nueva España”, sólo era conocido Suárez de Peralta por su hoy rarísimo “Tractado de la Caballería de la Gineta y de la Brida”, y por el “Libro de Alveitería” que aún está inédito. Muestra siempre su pericia y conocimiento en todo cuanto se relaciona a la caballería y no omite en ninguna de sus obra detalle o circunstancia importante, ni aun olvida los nombres de los jinetes que más se distinguieron por su gentileza y maestría en el manejo de los corceles. Era gran sabedor de las cosas.[2]

   Como recordamos, la obra del autor saltillense fue publicada en primera edición el año de 1918 y la segunda en 1924. Fue en 1950, que José Álvarez del Villar, logró reeditar la de Suárez de Peralta,[3] gracias a la generosidad de Luis Álvarez y Álvarez, hermano del padre de Álvarez del Villar, poseedor de un ejemplar del citado libro, probablemente el único que se encontraba en México, por lo menos a mitad del siglo pasado.[4]

   Es Diego de Córdova quien justifica en 1579 dicha obra como sigue:

Siéndome ordenado por los Señores del Consejo Real de su Majestad y cometido la examinación de este libro, escrito por Don Juan Suárez de Peralta, vecino y natural de la ciudad de México en las Indias. Intitulado Tratado de la Caballería de la Jineta y de la Brida. Habiéndole visto, hallo que todo lo que en él se contiene es bueno y de provecho para los que holgaren y quieran ejercitarse en la dicha caballería y que por el provecho que cada uno, de él podrá sacar, se debe imprimir. Y por parecerme esto así, lo firmé de mi nombre. En Madrid, día de San Felipe y Santiago, primero de mayo de 1579 años.[5]

   Casualmente, es el propio Juan Suárez del que se ocupa Valle-Arizpe, páginas más adelante, precisamente al detectar en dicha obra asuntos del tema que nos congrega.

   Uno de los primeros españoles admirados del fabuloso portento que es en sí mismo el bosque de Chapultepec, fue Juan Suárez de Peralta, quien en el capítulo XII de su libro Tratado del descubrimiento de las Indias o Noticias históricas de la Nueva España,[6] donde describe el bosque de Chapultepec, así:

Chapultepec, que es un bosque que está de México media legüechela, que entiendo, si en España su Majestad le tuviera, fuera de mucho regalo y contento, porque es un cerro muy gragoso, de mucha piedra y muy alto, redondo que parece que se hizo a mano, con mucho monte, y en medio de un llano, que fuera del cerro no hallarán una piedra ni árbol. Tiene dos fuentes lindísimas de agua, y están hechas sus albercas y hay en él mucha caza de venados, liebres, conejos y volatería la quisieren. Verdad es que a mano suelen echar muchos venados los virreyes, que tienen gran cuenta con él, y tienen su alcaide, que no es mala plaza. Es muy de ver; encima del cerro, en la punta de él, estaba un cu donde Moctezuma subía y los señores de México, a sacrificar, ahora está una iglesia, que en ella se suele decir misa.[7]

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Antigua postal (Ca. 1920) que nos permite observar algún rincón de este emblemático bosque, ubicado poco más al sur del centro de la ciudad de México. Cortesía de Vicente Villanueva Rosales.

   Nos cuenta Suárez de Peralta que don Luis de Velasco, segundo virrey de la Nueva España, entre otras cosas se aficionó a la caza de volatería. Pero también, don Luis era

“muy lindo hombre de a caballo”, jugaba a las cañas, con que honraba la ciudad, que yo conocí caballeros andar, cuando sabían que el virrey había de jugar las cañas, echando mil terceros para que los metiesen en el regocijo; y el que entraba, le parecía tener un hábito en los pechos según quedaba honrado (…) Hacían de estas fiestas de ochenta de a caballo, ya digo, de lo mejor de la tierra, diez en cada cuadrilla. Jaeces y bozales de plata no hay en el mundo como allí hay otro día.[8]

   Estos entretenimientos caballerescos de la primera etapa del toreo en México, representan una viva expresión que pronto se aclimató entre los naturales de nuestras tierras quienes fueron dándole un sentido más americano al quehacer taurino que iba permeando en el gusto que fue no sólo privativo de los señores de rancio abolengo.

   El torneo y la fiesta caballeresca primero se los apropiaron conquistadores y después de esos señores de “rancio abolengo”. Personajes de otra escala social, españoles nacidos en América, mestizos, criollos o indios, estaban limitados a participar en la fiesta taurina novohispana; aunque también deseaban intervenir. Esas primeras manifestaciones estuvieron abanderadas por la rebeldía. Dicha experiencia tomaría forma durante buena parte del siglo XVI, pero alcanzaría su  dimensión profesional durante el XVIII.

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Plato. Cerámica (hacia siglo XVIII). Colección: Museo Franz Mayer.

   El padre Motolinía señala que “ya muchos indios usaran caballos y sugiere al rey que no se les diese licencia para tener animales de silla sino a los principales señores, porque si se hacen los indios a los caballos, muchos se van haciendo jinetes, y querranse igualar por tiempo a los españoles”.[9]

   Lo anterior no fue impedimento para que naturales y criollos saciaran su curiosidad. Así, enfrentaron la hostilidad básicamente en las ciudades, pero en el campo aprendieron a esquivar embestidas de todo tipo, obteniendo con tal experiencia, la posibilidad de una preparación que se depuró al cabo de los años. Esto debe haber ocurrido gracias a que comenzó a darse un inusual crecimiento del ganado vacuno en gran parte de nuestro territorio, el cual necesitaba del control no sólo del propietario, sino de sus empleados, entre los cuales había gente de a pie y de a caballo. Ejemplo evidente de estas representaciones, son los relieves de la fuente de Acámbaro (Guanajuato), que nos presentan tres pasajes. Uno de ellos muestra el empeño de a pie,[10] común en aquella época, esta forma típica, consistía en un enfrentamiento donde el caballero se apeaba de su caballo para, en el momento más adecuado, descargar su espada en el cuerpo del toro ayudándose de su capa, misma que arrojaba al toro con objeto de “engañarlo”. Dicha suerte se tornaba distinta a la que frecuentaba la plebe que echaba mano de puñales. Sin embargo esto ya es señal de que el toreo de a pie comenzaría a tomar fuerza. Otra escena de la fuente de Acámbaro nos presenta el uso de la “desjarretadera”, instrumento de corte dirigido a los tendones de los toros. En el “desjarrete” se lucían principalmente los toreros cimarrones, que habían aprendido tal ejercicio de los conquistadores españoles. Otra escena nos representa el momento en que un infortunado diestro es auxiliado por otro quien lleva una capa, dispuesto a hacer el “quite”.[11]

   En la continuación de la reseña de Suárez de Peralta se encuentra este pasaje:

   Toros no se encerraban (en Chapultepec) menos de setenta y ochenta toros, que los traían de los chichimecas, escogidos, bravísimos que lo son a causa de que debe haber toro que tiene veinte años y no ha visto hombre, que son de los cimarrones, pues costaban mucho estos toros y tenían cuidado de los volver a sus querencias, de donde los traían, si no eran muertos aquel día u otros; en el campo no había más, pues la carne a los perros. Hoy día se hace así, creo yo, porque es tanto el ganado que hay, que no se mira en pagarlo; y yo he visto, los días de fiesta, como son domingos y de guardar, tener muchos oficiales, alanos, que los hay en cantidad, por su pasatiempo salir a los ejidos a perrear toros, y no saber cuyos son ni procurarlo, sino el primero que ven a aquél le echan los perros hasta hacerle pedazos, y así le dejan sin pagarle ni aún saber cuyo es, ni se lo piden; y esto es muy ordinario en la ciudad de México y aún en toda la tierra.

Y es que don Luis de Velasco, contaba

con la más principal casa que señor la tuvo, y gastó mucho en honrar la tierra. Tenía de costumbre, todos los sábados ir al campo, a Chapultepec, y allí tenía de ordinario media docena de toros bravísimos; hizo donde se corriesen (un toril muy lindo); íbase allí acompañado de todos los principales de la ciudad, que irían con él cien hombres de a caballo, y a todos y a criados daba de comer, y el plato que hacían aquel día, era banquete; y esto hasta que murió.[12]

   Complementa la cita A de V-A haciendo eco de lo anotado por Suárez de Peralta:

Vivían todos contentos con él, que no se trataba de otra cosa sino de regocijos y fiestas, y las que lo eran de guardar, salía él en su caballo a la jineta, a la carrera, y allí la corrían los caballeros; y era de manera, que el caballo que la corría delante de él aquellos días, sólo, y la pasaba, claro, era de precio; y así todos no trataban de otra cosa sino de criar sus caballos y regalarlos para el domingo, que el Virrey le viese correr, y tener sus aderezos muy limpios. El los veía pasar su carrera; y eran tantos, que con ir temprano faltaba tiempo; y era la prisa de ir a la carrera, que llegaban cinco o seis al puesto, uno tras de otro; y pretales de cascabeles todos los llevaban de su casa, los mozos por la prisa: en verdad que creo, de ordinario los que la corrían paseada eran más de cincuenta. Tanta era la gente que iba, que no dejaban correr los caballos, ni aun pasar, si no era atropellándola; ni bastaban alguaciles, que iban con el Virrey, a apartarla. De allí se iba el Virrey a su casa, llenas las calles de hombres de a caballo, y él, en las que le parecía, llamaba a su caballerizo y corría con él un par de parejas; y esto hacía por no engendrar envidia en los caballeros, si era su compañero uno y otro no; y usaba de este término para no agraviar a nadie. Con esto los tenía a todos muy contentos y no pensaban en más de sus caballos y halcones, y en cómo dar gusto al Virrey y ellos en honrar su ciudad con estas fiestas y regocijos.[13]

   Al referirse Juan Suárez de Peralta a los “toros de los chichimecas”, nos está dando elementos para comprobar que en aquel tiempo era común traerlos desde aquellas regiones que hoy ocupan los estados de Coahuila y hasta el norte de Guanajuato. Dicho ganado no es sino el bisonte, búfalo ó cíbolo, como se le conoce al mamífero, animal cuadrúpedo, del orden de los rumiantes, llamado en Europa toro de México o mexicano, por parecerse a un toro ordinario, con la diferencia de que sus astas están echadas hacia atrás, y el pelo largo y parecido a la lana de un perro de aguas ordinario: es montaraz, poco domesticable, y andan en manadas en las espesuras de los bosques, especialmente en la provincia de Texas.[14]

FIRMA VIRREY LUIS DE VELASCO...

Disponible en internet marzo 7, 2016 en: http://www.esteticas.unam.mx/revista_imagenes/dearchivos/dearch_romero01.html

   Este tipo de ganado se “lidió” en la segunda semana de fiestas organizada en 1734 para celebrar la recepción del arzobispo-virrey Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, ocurrido en el mes de junio de aquel año. El dato que nos habla sobre aquella presencia se encuentra registrado en la “cuenta de gastos” que da fe de todo lo invertido en las mencionadas celebraciones.[15] En la foja 59 aparece el siguiente dato: “Ytt. por siete pessos que se pagaron a los Baqueros que hizieron el encierro de los Sibolos, que se traxeron del R.l Alcázar de Chapultepeque, para lidiarse en la plaza, el último día de la Segunda Semana de la lidia de Toros”.

CONTINUARÁ.


[1] José Francisco Coello Ugalde: “Artemio de Valle-Arizpe y los toros”. México, 2009. 599 p. Ils., fots., grabs. (Aportaciones Histórico Taurinas Mexicanas, 62).

[2] Artemio de Valle-Arizpe: Historia de la ciudad de México según los relatos de sus cronistas. México, 5ª ed., Editorial Jus, 1977. 531 p., p. 124.

[3] Juan Suárez de Peralta: Tractado de la Cavallería jineta y de la brida… op. Cit.

[4] Ibidem., p. 5. Dice José Álvarez del Villar que, como tratado de equitación, nos revela los métodos y procedimientos que usaron los jinetes mexicanos a fines del siglo XVI, cuando aquellos hombres de a caballo alcanzaron fama de ser los mejores del mundo, y si las técnicas han de justificarse por sus resultados, ningún elogio mejor puédese hacer de ellas.

[5] Ibid., p. 10.

[6] Juan Suárez de Peralta: Tratado del descubrimiento de las Indias… op. Cit.

[7] Ibidem., p. 54.

[8] Ibid., p. 100.

[9] José Álvarez del Villar: Orígenes del charro mexicano. México, Librería A. Pola, 1968. 173 p., p. 18.

[10] Empeño de a pie. Obligación que, según el antiguo arte de rejonear, tenía el caballero rejoneador de echar pie a tierra y estoquear al toro frente a frente, siempre que perdía alguna prenda o que la fiera maltrataba al chulo.

[11] Quite. Suerte que ejecuta un torero, generalmente con el capote, para librar a otro del peligro en que se halla por la acometida del toro.

   Se conoce como suerte e impropiamente tercio de quites a la suerte que los diestros realizan por turno con el capote entre puyazo y puyazo.

[12] Suárez de Peralta: Tratado del descubrimiento…, op. cit.

[13] Valle-Arizpe: Historia de la ciudad de México… op. Cit., p. 154.

[14] Salvador García Bolio: “Plaza de Toros que se formó en la del Volador de esta Nobilísima Ciudad: 1734. [Cuenta de gastos para el repartimiento de los cuartones de la plaza de toros, en celebridad del ascenso al virreynato de esta Nueva España del el Exmo. Sor. Don Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta]”. México, Bibliófilos Taurinos de México, 1986. XX + 67 p. Ils., facs., p. XIV: “Dies y Ocho pesos que tubo de Costo el armar Vn toril, para las Cibolas, que Se trajeron a lidiar…”, “…Síbolos, que se traxeron del R.l Alcazar de Chapultepeque, para lidiarse en la plaza, el último día dela Segunda Semana de la lidia de Toros (justo el jueves 10 de junio).

[15] Archivo Histórico del Distrito Federal (AHDF). Ramo: Diversiones Públicas, Leg. 855, exp. 6: “Repartimiento de los quartones de la plaza de toros.-Formada en la deel Bolador de esta ciudad, en zelebridad deel asçenco al Virreynato de estta Nueva España de el Exmo. Sor. Dr. Don Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, Digníssimo Arcp. de México. Y la Qventa General de Todos los Gastos Erogados, el Tiempo de estas Fiestas. Siendo Comissarios de ellas, Dn. Juan de Baeza, y Bueno, y Dn. Phelipe Cayetano de Medina, y Saravia, Regidores de esta Novilís.ma Ciudad de México”. Año de 1734.

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