AYER, APENAS AYER. 91 AÑOS DE LA DESPEDIDA DE RODOLFO GAONA.

EFEMÉRIDES TAURINAS MEXICANAS DEL SIGLO XX. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Efectivamente, ayer, apenas ayer se cumplieron nueve décadas y un año en que Rodolfo Gaona dijo adiós a los toros. Y esto fue definitivo. No hubo ningún intento que pretendiera disuadirlo de aquella decisión, con lo que el 12 de abril de 1925, Rodolfo se iba de los ruedos, dejando una estela cuyo aroma, a 91 años vista sigue produciendo efectos que no ha tenido ningún otro torero mexicano, a pesar de que Fermín Espinosa Armillita o Manolo Martínez sigan muy de cerca al leonés.

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El joven Rodolfo Gaona recién llegado a España en 1908. Comenzaba el ascenso.

Imagen incluida en Mis veinte años de torero.

   Tan luego los aficionados pudieron asimilar aquel acontecimiento, vinieron elogiosas despedidas, sentidos versos y afiligranados poemas que alentaban la nostalgia. Por aquellos días, muchos aficionados tenían clara idea de quién era Gaona, gracias a que se publicaba en un amplio tiraje en tres ediciones casi seguidas Mis veinte años de torero,[1] esa popular biografía a la que dio forma Carlos Quiroz Monosabio en amplia interviú. También, sobre el “indio grande”, daban cuenta una serie de publicaciones como The-Kila, Gaoneras o El Universal Taurino. Eran los días en que los estridentistas, encabezados por Manuel Maples Arce ya habían desplegado su famoso “Manifiesto” aquel que culminaba con la sentencia “¡Que viva el mole de Guajolote”.

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Carátula del libro cuyo autor fue Carlos Quiroz.

Ya las miradas fijas de mil espectadores / esperan hidrofóbicas la fiera astada y brava. / Por fin se abre una puerta; / salta a la arena el toro / y nótase voltaico mover / de seda y oro.

Le presenta una capa a manera de pauta / y la burla sangrienta toma sus tintes trágicos. / Mas luego estridentista se siente el indio grave / y arrodíllase impúdico ante la fiera ingrávida.

   Y esa corriente artística e intelectual, contestataria en sí misma, atrapaba a Rafael López quien escribió, en larga Oda funambulesca un elogioso testimonio a Gaona.

   Bajo ese ambiente, Rodolfo Gaona culminó su largo andar como figura del toreo con Azucarero, ejemplar que perteneció al hierro de San Diego de los Padres, prestigiada ganadería de entonces y que fundara la familia Barbabosa en 1863. Este toro se marcó con el número 20 y por el pelaje fue berrendo en cárdeno. Su trapío era de respeto, por lo que pudo decirse que se trató de un astado con arrobas, pero fino. Brillante de testuz y los ojos vivos. Recogido de pitones, bien colocados. El dorso afilado y la cola larga. Contaba con cinco años y un mes al ser lidiado.

   Su nota de tienta fue superior y la dirigieron Antonio, Rafael y Manuel Barbabosa. Lo “tentó” como picador el caporal Gumaro Recillas, quien lo condujo desde la ganadería situada en el Valle de Toluca hasta la plaza de toros.

   La reata de este burel, o sea su árbol genealógico, fue el siguiente: “Azucarero” nació del semental “Lucero” del Excelentísimo Marqués de Saltillo que en las mismas dehesas de San Diego de los Padres estaba marcado con el número 34. Era negro, morcillo, lucero, bragado, coletero y bien armado de pitones. Este magnífico ejemplar dio descendencia a toros de alcurnia y murió en 1930 a consecuencia de una infección pulmonar. Su defunción causó tristeza al ganadero, pues se le consideraba como una joya.

  Su madre fue Navarrita, negra entrepelada. Resultaron hermanos de Azucarero, algunos bureles famosos.

   En el ruedo de El Toreo, Azucarero hizo salida natural y resultó de bandera. Rodolfo Gaona así lo comprendió y lo toreo hasta empalagarse como si fuera de miel. El toro acudió con valor a los montados sobre los que recargó con gran poder. Logró tumbar a Adolfo Aguirre Conejo Grande y luego a Guadalupe Rodríguez El Güero. El quite de Gaona resultó estupendo y lo remató con una bellísima larga cordobesa. El Güero Guadalupe encorajinado montó en su cabalgadura para producir un puyazo archimonumental en lo alto del morrillo. Sin embargo, Azucarero recargó por largo tiempo, no sabiendo el público a quién aplaudir más, si al excelente varilarguero o al bravísimo astado.

   A continuación Gaona le colocó cuatro pares de banderillas que fueron de menos a más. Uno de ellos “de poder a poder” y el último un superior cuarteo.

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Era apenas la primera de muchas vueltas al ruedo en aquella tarde del 12 de abril de 1925. Fotografía: Luis Reynoso, publicada en el número extraordinario de Gaoneras. Semanario Taurino. El defensor de la afición, N° 20 del 16 de abril de 1925. Col. del autor.

   La faena de muleta resultó artística y se inició por alto. Siguieron naturales imponentes y todo tipo de adornos. Gaona se hartó de torear, terminó cogiéndole los pitones al de San Diego. Azucarero llegó aplomado a su muerte, lo que contribuyó a que Rodolfo pinchara en tres ocasiones antes de lograr la estocada en todo lo alto; a consecuencia de la misma dobló este extraordinario animal, al que debemos considerar como histórico.

   La del leonés no fue una presencia casual o espontánea. Surge de la inquietud y la preocupación manifestada por Saturnino Frutos, banderillero que perteneció a las cuadrillas de Salvador Sánchez Frascuelo y de Ponciano Díaz. Ojitos, como Ramón López decide quedarse en México al darse cuenta de que hay un caldo de cultivo cuya propiedad será terrenable con la primer gran dimensión taurina del siglo XX que campeará orgullosa desde 1908 y hasta 1925 en que Gaona decide su retirada.

   Por lo tanto, Rodolfo Gaona, es y debe ser considerado como el primero gran torero universal, a decir de José Alameda. Rompe con el aislamiento que la tauromaquia mexicana padeció durante el tránsito de los siglos XIX y XX. Y Gaona ya no solo es centro, es eje y trayectoria del toreo. Su quehacer se convirtió en modelo a seguir. Todos querían ser como él. Las grandes faenas que acumuló en México y el extranjero son clara evidencia del poderío gaonista que ganó seguidores, pero también enemigos.

   Por eso fueron claves sus auténticas declaraciones de guerra ante José Gómez Ortega y Juan Belmonte, otros dos importantes paradigmas de la tauromaquia en el siglo XX.

   Ocho días después de tan anunciada despedida, el niño Fermín Espinosa Saucedo actuaba en la plaza de toros CHAPULTEPEC, obteniendo -como becerrista- un triunfo mayor, al cortar las orejas y el rabo de un ejemplar de la ganadería de El Lobo. Uno se va el otro se queda. Sin embargo, la afición no asimila el acontecimiento y cree que al irse el “indio grande” ya nada será igual, todo habrá cambiado. Ese panorama “pesimista”, se diluyó en pocos años, justo cuando Armillita chico también se convertía en gran figura, con lo que senda y continuidad del toreo en México estaban garantizadas.

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Pase ayudado por bajo, instante cargado de estética y cuyo hacedor no podía ser otro que Rodolfo Gaona. Recreado en este estupendo óleo por “Pancho” Flores.


[1] Carlos Quiroz (Monosabio): Mis veinte años de torero. El libro íntimo de Rodolfo Gaona. México, 2ª ed. México, Talleres Linotipográficos de “El Universal”, 1924. 279 p. Ils. Fots.

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