APUNTES SOBRE EL PERIODISMO TAURINO MEXICANO.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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He aquí el ejemplar N° 1 de El Arte de la Lidia, publicado en noviembre de 1884. Con esta publicación, comienza el registro de la prensa taurina en el México moderno.

   Cronistas para menesteres taurinos, los ha habido desde tiempo inmemorial. Buenos y malos, regulares y peores. Recordamos aquí, a vuelo de pluma al mismísimo Capitán General Hernán Cortés, quien le envió recado a su majestad Carlos V, en la Quinta Carta-Relación en 1526 de un suceso taurino ocurrido el día de San Juan… Y luego, las ocurrencias descritas por el soldado Bernal Díaz del Castillo (hoy día a punto de perder su jetatura o su condición de señor feudal en lo literario, que ya de eso se ha ocupado Christian Duverger, quien hace algunos años entregó conclusiones contundentes al respecto en Crónica de la eternidad. ¿Quién escribió la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España? México, 2ª reimpr. Tauris, Santillana Ediciones Generales, S.A. de C.V., 2013. 335+XI p. Ils.) justo cuando se firmaron las paces de Aguas Muertas, en 1536. Ya en el siglo XVII, Bernardo de Balbuena nos legó en su Grandeza Mexicana un portento poético, descripción precisa de aquella ciudad que crecía, se hundía y volvía a crecer con su gente y sus bondades y su todo.

   Por fortuna, ciertos impresos virreinales dados por perdidos hoy día aparecen y el de María de Estrada Medinilla, escrito en 1640, curioso a cual más… es uno de ellos. Se trata de una joya, y me refiero a la descripción de las Fiestas de toros, juego de cañas y alcancías, que celebró la Nobilísima Ciudad de México, a 27 de noviembre de 1640, en celebración de la venida a este Reino, el Excmo. Señor Don Diego López Pacheco, Marqués de Villena, Duque de Escalona, Virrey y Capitán General de esta Nueva España. Y luego, las cosas que escribió el capitán Alonso Ramírez de Vargas, sobre todo su Romance de los rejoneadores… en 1677. Y entre las obras ya mencionadas, no podemos olvidar lo que publicaron Gregorio Martín de Guijo y Antonio de Robles, quienes hicieron del Diario de sucesos notables (1648–1664 y 1665–1703, respectivamente) la delicia de unos cuantos lectores, si para ello recordamos que los índices de legos eran bajos, como hoy día lo sigue siendo en el índice de lectores. Aquí también cabe la posibilidad de agregar la Gazeta de México, cuyo responsable fue Juan Ignacio María de Castorena Ursúa y Goyeneche entre los años de 1722, 1728 y 1742 respectivamente.

   Y luego, ya en pleno siglo XVIII obras como las de Francisco José de Isla: BUELOS de la Imperial Aguila Tetzcucana, A las radiantes Luzes, de el Luminar mayor de dos Efpheras. Nuestro Ínclito Monarca, el Catholico Rey N. Sr. D. Phelippe Qvinto [Que Dios guarde] (…) Tetzcuco, el día 26 de Junio de efte año de 1701, o la de Cayetano Cabrera y Quintero, con su Himeneo Celebrado, que dio a la luz en 1723, en ocasión de las Nupcias del Serenísimo Señor DON LUIS FERNANDO, Príncipe de las Asturias, con la Serenísima Señora Princesa de Orleáns. En 1732, entregaban a la imprenta, tanto Joseph Bernardo de Hogal como el propio Cabrera y Quintero y el bachiller Bernardino de Salvatierra y Garnica sendas obras que recordaban el buen suceso de la empresa contra los otomanos en la restauración de la plaza de Orán. Ya casi para terminar ese siglo, considerado como “el de las luces”, quien deja testimonio poético de otro suceso taurino es el misterioso Manuel Quiros y Campo Sagrado y sus Pasajes de la Diversión de la Corrida de toros por menor dedicada al Exmo. Sr. Dn. Bernardo de Gálvez, Virrey de toda la Nueva España, Capitán General, de 1786.

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José Francisco Coello Ugalde: Relaciones taurinas en la Nueva España, provincias y extramuros. Las más curiosas e inéditas, 1519-1835. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1988. 293 p. facs. (Separata del Boletín de Investigaciones Bibliográficas, segunda época, 2).

   Para el siglo XIX, plumas célebres como las de José Joaquín Fernández de Lizardi, Guillermo Prieto, Luis G. Inclán dedican parte de su obra al tema taurino. Afortunadamente comenzaron a aparecer en forma más periódica ciertas crónicas, como la que, para Heriberto Lanfranchi es la primera en términos más formales. Data de la corrida efectuada el jueves 23 de septiembre de 1852, y que apareció en El Orden Nº 50 del martes 28 de septiembre siguiente. Ello es una evidencia clara de que ya interesaba el toreo como espectáculo más organizado o más atractivo en cuanto forma de su representación.

   Surge, casi al finalizar ese siglo apasionante un capítulo que, dadas sus características de formación e integración es difícil sintetizar en estos momentos, pero trataré de hacer apretado informe.

   Es a partir de 1884 en que aparece el primer periódico taurino en México: El Arte de la Lidia, dirigido primero por Catarino Chávez y poco más adelante por Julio Bonilla, quien toma partido por el toreo “nacionalista”, puesto que Bonilla se convirtió en el representante del torero mexicano Ponciano Díaz, ídolo de la afición entre los años de 1880 y hasta 1895 aproximadamente. Dicha publicación ejemplifica una crítica al toreo español que en esos momentos están abanderando diestros como José Machío; pero también por Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López o Saturnino Frutos.

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Colección del autor.

   La participación directa de una tribuna periodística diferente y a partir de 1887, fue la encabezada por Eduardo Noriega quien estaba decidido a “fomentar el buen gusto por el toreo”. La Muleta planteó una línea peculiar, sustentada en promover y exaltar la expresión taurina recién instalada en México, convencida de que era el mejor procedimiento técnico y estético, por encima de la anarquía sostenida por todos los diestros mexicanos, la mayoría de los cuales entendió que seguir por ese camino era imposible; por lo tanto procuraron asimilar y hacer suyos todos los novedosos esquemas. Eso les tomó algún tiempo. Sin embargo pocos fueron los que se pudieron adaptar al nuevo orden de ideas, en tanto que el resto tuvo que dispersarse, dejando lugar a los convenientes reacomodos. Solo hubo uno que asumió la rebeldía: Ponciano Díaz Salinas, torero híbrido, lo mismo a pie que a caballo, cuya declaración de principios no se vio alterada, porque no lo permitió ni se permitió tampoco la valiosa oportunidad de incorporarse a ese nuevo panorama. Y La Muleta, al percibir en él esa actitud lo combatió ferozmente. Y si ya no fue La Muleta, periódico de vida muy corta (1887-1889), siguieron esa línea El Toreo Ilustrado, El Noticioso y algunos otros por nuevos senderos los que, totalizan un número cercano a los 120 títulos, entre 1884 y 1911.

   A todo este conjunto de datos, no puede faltar una pieza importante, alma fundamental de aquel movimiento, que se concentró en un solo núcleo: el centro taurino “Espada Pedro Romero”, consolidado hacia los últimos diez años del siglo XIX, gracias a la integración de varios de los más representativos elementos de aquella generación emanada de las tribunas periodísticas, y en las que no fungieron con ese oficio, puesto que se trataba –en todo caso- de aficionados que se formaron gracias a las lecturas de obras fundamentales como el Sánchez de Neira,[1] o la de Leopoldo Vázquez.[2] Me refiero a personajes de la talla de Eduardo Noriega, Carlos Cuesta Baquero, Pedro Pablo Rangel, Rafael Medina y Antonio Hoffmann, quienes, en aquel cenáculo sumaron esfuerzos y proyectaron toda la enseñanza taurina de la época. Su función esencial fue orientar a los aficionados indicándoles lo necesario que era el nuevo amanecer que se presentaba con el arribo del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, el cual desplazó cualquier vestigio o evidencia del toreo a la “mexicana”, reiterándoles esa necesidad a partir de los principios técnicos y estéticos que emanaban vigorosos de aquel nuevo capítulo, mismo que en pocos años se consolidó, siendo en consecuencia la estructura con la cual arribó el siglo XX en nuestro país.


[1] José Sánchez de Neira: El toreo. Gran diccionario tauromáquico. Comprende todas las voces técnicas conocidas en el arte; origen, historia, influencia en las costumbres, defensa y utilidad de las corridas de toros; explicación detallada del modo de ejecutar cuantas suertes antiguas y modernas se conocen, lo cual constituye el más extenso arte de torear tanto a pie como a caballo, que se ha escrito hasta el día: Biografías, semblanzas, bocetos y reseñas de escritores, artistas, lidiadores y otras personas que con sus talentos, influencias o de cualquiera manera han contribuido al fomento de nuestra fiesta nacional; ganaderías, hierros, divisas, plazas, instrumentos del toreo, etc., etc., Por (…). Madrid, Imprenta y Librería de Miguel Guijarro, Editor, 1879. 2 V. Ils.

[2] Leopoldo Vázquez y Rodríguez: Anales del toreo. Reseña histórica de la lidia de reses bravas. Galería biográfica de los principales lidiadores: razón de las primeras ganaderías españolas, sus condiciones y divisas. Obra escrita por (…) e ilustrada por reputados artistas. Madrid, Librería de Escribano y Echevarría, 1889. 317 p. Ils.

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