“JOSELILLO” EN MOCEDAD.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Joselillo en mocedad. Col. digital del autor.

    Cuando Laurentino José Rodríguez (1922-1947) acudió a la calle de Bolívar 87, sitio en el que se encontraba el gabinete fotográfico de Carlos Ysunza –el “Fotógrafo de los toreros”-, es porque este joven novillero hispano, avecindado en nuestro país años atrás, estaba convencido de que lo suyo era triunfar.

Pronto, cambió la ropa de civil que llevaba puesta para colocarse un modesto traje de torero, no de luces, sino de pasamanería -¡eso que importaba!-. Debe haberse alisado el cabello, y luego liarse, no tan bien, pero así lo hizo, el capote de paseo que lleva en su lado izquierdo, de donde hay que contener un corazón a punto de desbordarse de ese pecho toda ilusión. Y su sonrisa es sincera, ingenua acaso, de una espontaneidad pasmosa.

Ysunza lo conmina a relajarse, a abrir un poco el compás y mostrarse torero, lo que seguramente no le costaba ningún trabajo al futuro “Joselillo”, figura entre las figuras de la novillería hispano-mexicana que puso en marcha sus ilusiones desde aquellos primeros días de 1945. Y entre las sombras que se proyectan como resultado de las lámparas que utilizan los buenos fotógrafos, o más bien, como ahora debemos comprenderlo, los fotógrafos “a lo clásico”, a la antigua”, queda para la posteridad este interesante retrato.

Y hete aquí que, cuando José debió esperar algunos días y recoger aquel trabajo, en el que por fin se veía retratado, esta imagen de cuerpo entero parece haberse convertido de buenas a primeras, en el gancho publicitario con el que ese joven genial salió a conquistar el mundo, a la afición de diversas regiones del país, antes de llegar a la plaza “México”, precedido de una fama que ninguno otro alcanzó –como novillero, insisto-, en el siglo pasado.

No tengo claro si en alguna ocasión, logró torear, quizá en uno de esos “Jueves Taurinos” que organizaba Joaquín Guerra en “El Toreo” de la Condesa. Pero su presentación capitalina, la que tanto anheló y que fue el trampolín para ponerlo en lugar de privilegio ocurrió el 25 de agosto de 1946, cuando al enfrentarse al novillo “Campero” de “Chinampas”, y armar la tremolina, con un toreo de escándalo, despacioso, bajando las manos y volviendo locos a quienes asistieron aquella tarde, es porque terminó siendo llevado en hombros por los “capitalistas”, luego del corte de orejas y rabo de aquel ejemplar, mientras que a su segundo no pudo conseguir gran cosa, pues al caer la noche, la luz artificial no ayudó en nada y la gente, entusiasta ya invadía el ruedo para llevárselo en andas.

Recientemente se han ido otras dos figuras –me refiero a Amado Ramírez “El Loco”, y Alfonso Lomelí-, y que ocupaban lugar como “decanos”; eso sí, cada quien con un estilo propio, en el que destacan las genialidades o “barbaridades” que habría hecho en diversas tardes el “Loco” Amado.

Ya en nuestro país, desde varios lustros antes, se habían forjado algunos claros ejemplos de esos jóvenes que desbordan afición y son capaces de comerse al mundo. Eso sucedió en casos como los de “Carmelo” Pérez, Agustín García Barrera, José “El Negro” Muñoz, Alberto Balderas, Lorenzo Garza, Luis Castro, Silverio Pérez, el infortunado Miguel Gutiérrez y otra larga y caudalosa lista de aspirantes que se entregaron a ese disfrute de presentarse como novilleros y luego replicar sus actuaciones rodeados de una aureola especial, en donde lo único que hacía falta era verlos torear, y que en esas nuevas tardes revalidaran y confirmaran lo que el rumor venía manejando.

En muchos casos, no fue casualidad, y la afición tuvo por esas épocas una auténtica barajas de posibilidades que luego, cada quien se encargó de consolidar ya como matadores de toros, y vaya que los hubo.

Sin embargo, en el caso de “Joselillo”, el caso escala varios niveles que eran una especie de excepción, y por los que no habían transitado otros, refiriéndome a la estatura alcanzada por “Carmelo” Pérez que parece ser pudo llegar a sitios y cotas que nadie había logrado.

Entre la fecha del 25 de agosto y la del 28 de septiembre de ese mismo 1947, año que ya empezaba a mostrar un trágico balance luego de dos lamentables muertes: la de Manuel Rodríguez “Manolete” y José González “Carnicerito de México”, y que causaron conmoción en la sociedad de aquel entonces.

Así de entregado toreaba este genial novillero…

   “Joselillo” que seguía impactando con su toreo de arrojo, de ponerse ya no solo a milímetros de los pitones, sino ofrendarse como carne de cañón y verse más en los aires que en lo que era lo suyo –es decir, torear-, tuvo que someterse no sé si a sí mismo o a las desproporcionadas demandas de una afición que pudo haberlo orillado al sacrificio. Pero José, a pesar de todo, y así lo creo, quería aprender a torear, tener una técnica que fuera impidiendo los duros golpes y hacer más gozoso su ejercicio… Sin embargo, no contaba con que “Ovaciones”, novillo de Santín se le atravesaría en su camino, y en mala hora. Sin embargo, la cornada, aunque grave (fue en la ingle derecha, con sección total de la arteria femoral (…); y cuando parecía haberse salvado, falleció de una embolia pulmonar el 14 de octubre siguiente, como lo manifiesta Heriberto Lanfranchi en su célebre y ya clásico libro La fiesta brava en México y en España. 1519-1969 (T. II., 523).

En plena locura, enfundado en vendajes que impedían se escapara ya más sangre…

   Aquella inesperada embolia pulmonar puso fin a la joven promesa de un torero que, habiendo nacido en suelo español, acabó siendo tan mexicano, y que Gloria Noriega, desde el territorio de la poesía, así lo “retrató” también:

Triunfo y apoteosis de “Joselillo”.

 A José Rodríguez “Joselillo” en el

día de su presentación.

 

Nervios de plata caliente

de Federico García.

Nervios de plata que bordan

lances de milagrería.

 

¡Qué poema extraordinario

el gran gitano le haría

al capote desmayado

de tu ardiente fantasía!

Fiebre de crispadas ansias

a la tarde estremecía.

Y el lucero de la noche,

asombrado, descendía.

 

El viento frandulero

de estupor enmudecía,

y quieto quedó, tan quieto,

que un sepulcro parecía.

 

Silencio de adoraciones

a las almas recogía.

Y en tu ser alucinado,

un astro resplandecía.

 

Derechazos, naturales

sedientos de eternidad.

Lentejuelas que palpitan

sin prisa en la obscuridad.

 

Enloquecido, el tendido

la muerte pídete ya

de aquel toro, que embrujado

en tu capote se va.

 

Pero en tu frente hay promesas

y anhelos de inmensidad.

Y en tus labios hay frescura

ardiente de manantial.

 

La Virgen gitana llora

azucenas de cristal.

Y San Gabriel te protege

con el nardo de su afán.

 

Córdoba peina sus crenchas

y ya la Giralda está

aromando la corona

que tu frente ceñirá.

 

Mas no olvides que en la arena

de esta fiel Tenoxtitlán (sic)

cien mil corazones locos

tu retorno aguardarán.

En pleno martirologio.

   De otros toreros, y otras épocas, recuerden que mañana jueves platicaré sobre ello. La cita, en el auditorio “Silverio Pérez” a las 20 horas. Atlanta 133, a un lado de la plaza “México”.

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