492 AÑOS DE HISTORIA ATENQUEÑA: 1528-2020.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Atenco, como la ganadería más antigua que hoy se conserva en nuestro país, tiene muchas historias que contarnos. Así que, en ocho años más, alcanzará sus primeros 500 años.

Desde 1524, Hernán Cortés decide establecerse en el valle de Toluca y para ello entra en conversación con el señor de Xalatlaco para indicarle dichas intenciones, y lleva a cabo el proceso de fijar allí su concepto que, en tanto ganadero se tendría por entonces. En una carta del 16 de septiembre de aquel año Hernán se dirigió a su padre Martín Cortés haciendo mención de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

Dos años más tarde, y por conducto del propio Cortés, le fueron cedidos en encomienda a su primo el licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, los pueblos de Calimaya, Metepec y Tepemajalco, lugar donde luego se estableció la hacienda de Atenco, hecho que ocurrió el 19 de noviembre de 1528. Esto, como consecuencia de las sospechas que la primera audiencia, encabezada por Nuño de Guzmán fijaron sobre excesos en la posesión de tierras que integraban la que fuera esa ambiciosa extensión del marquesado del Valle que obligaron al extremeño a realizar un viaje a España, con objeto de entrevistarse personalmente con el rey Carlos V y aclarar los motivos de tal posesión.

Sobre el tipo de ganados que pastaron desde aquellos primeros años, es preciso aclarar que

Las primeras especies de ganado mayor traídas de la península pertenecían a la “serrana, cacereña, canaria y retinta”, animales de gran rendimiento cárnico y laboral. Dichas especies se reprodujeron en grandes hatos en el territorio virreinal que tuvieron buena adaptación al clima y a los terrenos más difíciles. Las primeras vacas dieron origen a las distintas clases de “razas criollas”, resultado de las diferentes cruzas entre las razas puras de origen, de las cuales se obtuvo el tipo “mestizo”.

   Aquella gran población de ganados se estableció materialmente en todo el Valle de Toluca, por lo que las comunidades indígenas se quejaban del abuso cometido por los dueños de las vacadas, quienes dejaban libres sus animales para pastar, entrando estos a las sementeras destruyendo los sembradíos. Los naturales al verse rebasados por tal circunstancia no tuvieron más remedio que alejarse de sus asentamientos, desapareciendo en consecuencia los pueblos de indios.

   Y en ese sentido era tal el volumen y multiplicación del ganado, por lo que hubo algunos propietarios que llegaron a marcar anualmente hasta treinta mil becerros, quedando fuera un buen número de cabezas que por falta de control y cuidados se hacían cerreros.

   Por eso, es difícil atribuir o establecer, como lo dijo Nicolás Rangel en su momento que Atenco se debía a un pie de simiente formado por doce pares de toros y de vacas de raza navarra. Esto lo publicó en su célebre libro Historia del toreo en México (1924), pero no nos da razón de la fuente consultada y hasta hoy, dicho documento no es visible entre la numerosa información reunida y conservada en el Archivo General de la Nación Mexicana.

Pero el hecho es que, al avanzar su historia, y contar con un territorio que pudo haber alcanzado las diez mil hectáreas, o quizá más, puesto que el condado de Santiago Calimaya fue uno de potentados de mayor riqueza y posición durante el virreinato, habría tenido suficientes condiciones para llevar a cabo en tierras específicamente destinadas para ese propósito, la crianza no solo de ganados mayores, sino de menores, en tierras francamente apropiadas, con el paso del río Lerma en buena parte de sus extensiones, lo cual también benefició la producción de otros muchos elementos con los que generar un auténtico mercado, el destinado al comercio y la distribución de diversos bienes de consumo, no solo en la región, sino los destinados a otras ciudades como la capital de la Nueva España misma.

Fue durante el largo periodo de 351 en que una sola familia, la descendencia de Gutiérrez Altamirano, que luego en 1616 obtuvo el título de condado, detentó el control de dicha unidad de producción agrícola y ganadera. En cuanto al que he considerado como principal periodo de “esplendor y permanencia”, este va de 1815 a 1915 en el que, según un balance elaborado exhaustivamente, indica que la cantidad de encierros lidiados fue de 1179, lo cual deja ver a las claras, el nivel de importancia, pero sobre todo de capacidad en cuanto al hecho de que, al margen de los tiempos que corrieron, y de las diversas circunstancias que se desarrollaron a lo largo de esa centuria; sea porque se hayan presentado tiempos favorables o desfavorables; ese espacio fue capaz de enfrentar condiciones previstas o imprevistas también. Me refiero por ejemplo al paso de los insurgentes en octubre de 1810, a las favorables condiciones de clima; a la revolución, o al reparto de aquellas casi 3 mil hectáreas que quedaron a finales del siglo XIX y que fue realizado por los integrantes de la “Sociedad Rafael Barbabosa, Sucesores”.

El hecho es que en 1879, cuando nuestra hacienda se encontraba bajo una marcada decadencia, esta fue adquirida por D. Rafael Barbabosa Arzate quien la estabilizó en poco tiempo, dada su afición y, a pesar de haber muerto en 1887, sus hijos se empeñaron en mantener aquella leyenda en realidad pura. Y no es casual el hecho cuando se lee una reseña aparecida en El Arte de la Lidia, del 4 de diciembre de 1884, en la que da cuenta de la actuación de los espadas José María Hernández El Toluqueño y Juan Jiménez Rebujina, quienes andaban haciendo ruido por Toluca, como sigue:

   Las reses que se lidiaron en la plaza de Toluca fueron de la acreditada hacienda de Atenco, y al mentar esta ganadería, no se puede decir nada de elogios, porque la verdad, la cosa está probada con hechos muy grandes. Son toros de origen de raza navarra, de buena ley, listos, valientes y de mucha gracia y renombre en la República (…)

   Los toros que se jugaron en esta corrida, fueron como vulgarmente se dice, de rompe y rasga, es decir, que se prestaron con brío, ligereza y empuje a todas las suertes de los diestros.

   Por su parte José Julio Barbabosa, primo de Rafael, anota en sus memorias:

(era la (Antigua de Atenco, mezclada con S. Diego de los padres, (y (Atenco con Navarro (ví jugar este toro, p.a mi cualquier cosa) con Miura, Saltillo, Benjumea, Concha y Sierra y con toro de Ybarra, (feo pero buen torito), además, las cruzas de estos toros con vacas de S. Diego, por tanto no bajan de tener 12 clases diferentes de toros en el repetido Atenco, ¿cuál de tantas razas será la buena? (incluyendo, evidentemente lo “navarro”. Notas escritas en noviembre de 1886).

   Finalmente, desde 1964 y hasta la fecha dicha propiedad está bajo la égida de la familia Pérez de la Fuente.

Atenco tuvo, como parte de sus métodos de crianza tres que le eran suficientemente confiables: volumen, método y eficacia. Así, la empeñosa misión de los hacendados, que dirigieron sus propósitos a la crianza de toros bravos, tuvo momentos de señalada evolución, aplicando criterios selectivos que iban de la sencilla intuición, a complejos cruzamientos que actualmente han llegado al empleo de la moderna técnica donde se utilizan factores genéticos, apoyados por la ciencia, médicos veterinarios y el uso de la computadora.

Al mediar el siglo XIX, con el abundante despliegue de encierros que Atenco envió a las diversas plazas donde eran requeridos esos toros, deben haber existido principios cuya especificidad estaba sustentada en dichas experiencias, sobre todo entre vaqueros y administradores, más de aquellos que de estos, debido al principio natural del contacto permanente y cotidiano que esos hombres del campo tuvieron, compartiéndola de seguro con el propietario, como es el caso en Atenco, pero también en haciendas inmediatas como Santín y San Diego de los Padres, en cuya historia encontramos datos de notable interés.

En buena parte del siglo XIX, la venta de ganado se concentraba en plazas como la Principal de toros de San Pablo, la del Paseo Nuevo (en la capital del país). Así como las de Puebla; Toluca, Tenancingo, Tenango de Valle, Amecameca, Santiago Tianguistenco en el estado de México o la de San Juan del Río, Querétaro, sitios a los que con frecuencia eran vendidos los lotes negociados. Imposible olvidar que algunos de esos encierros se lidiaron también fuera del país.

El volumen refleja la cantidad de ganado a atender, pero también como la condición del beneficio para la hacienda misma, cubriéndose así varios factores como adeudos, pago de raya, el propio favor para el propietario, cuenta de la aduana. Incluso, en las devoluciones se pueden notar las cantidades de toros, novillos o becerros que regresaron a la hacienda, y hasta es posible conocer la depreciación o la pérdida total si en el camino, alguno de ellos moría, como ocurrió con frecuencia.

En cuanto al método, se conocen varias situaciones, interesantes todas ellas, y que tienen que ver con las actividades ligadas al quehacer campirano, que no es exclusivo de esta hacienda, sino que se extendió en muchas que registraban a su interior comportamientos como los ocurridos en Atenco.

Empezamos por la vaqueada, acción de desplazar ganado de un sitio a otro, o el beneficio de los pastos o los potreros donde se ubicaban los ganados, siendo en buena medida circunstancial, aunque también casual para aquellos que entendían y creían en las bondades de aquellos espacios, de los que se obtenían resultados satisfactorios reflejados en la plaza. Existe incluso el lado opuesto, cuando los toros no jugaron correctamente, asunto que era motivado “o porque estuvieran enfermos, o porque se hayan traído equivocadamente sin ser de los del juego del cercado…”

Hay otro tipo de factores que tienen que ver con las condiciones de la naturaleza, que se vivían en el valle de Toluca en sentidos a veces extremos, como por ejemplo las heladas, que terminaban con cosechas o con el maltrato del pasto, lo cual obligaba a desplazar el ganado a otros potreros o, en su defecto “dejarlos con las vacas, con las que todavía están corriendo”.

A todo lo anterior, se agregan el pastoreo de los ganados, sin faltar el obligado destete, el herradero y el apartado, tareas que ocurren de manera permanente. No faltan aquí detalles sobre vacas picadas por enfermedad que, a consecuencia de ello murieron las crías o aquella otra donde el ganado sufre padecimientos como el “mal de lengua” (mal de garganta o úlcera de la boca). Un aspecto peculiar nos habla de la existencia de unos toros que, a pesar de su mal color “se puede disponer de ellos”. En Atenco predominó mucho el toro de pelaje color rojo: colorados, colorados retintos, colorados bragados u oscuros (castaño, se dice en la jerga actual). Aquel “mal color” pudo haber sido el de los toros berrendos, berrendos en castaño, berrendos en negro, (que es la combinación y predominancia de pelo blanco, con los de color rojo o negro), o también cárdenos (oscuros o claros, pelaje donde se combina el pelo negro y las tonalidades grises y blancas), sin faltar los de pelaje sardo (que llevan los tres pelos: blanco, negro y colorado).

Y por eficacia, es precisamente por el juego que ofrecían los toros en diversas plazas a donde eran lidiados, lo cual nos habla de unas extraordinarias condiciones, muy bravos, al extremo que por ejemplo, el quinto de la tarde (en el festejo ocurrido el 28 de noviembre de 1852 en la plaza de toros del Paseo Nuevo, D.F.), después de haber ocasionado serios estragos entre los picadores y sus cabalgaduras, “a vox populi lo indultaron…”

La eficacia se manifiesta con herraderos masivos de hasta 114 becerros, incluyendo 18 de media señal (dato de 1858). El conjunto era “muy bonito y grande como nunca se había hecho sin duda alguna en razón de no haberse ordeñado”.

Como va quedando claro, se buscaba que antes de que el ganado llegara a la plaza se pastoreara previamente 15 o 20 días antes de la fiesta, labor que corría por cuenta de la hacienda misma, lográndose de alguna manera que el ganado se presentara en la plaza más vigoroso y con mejor presentación, puesto que era costumbre por esos años el trasladar los encierros a pie, actividad que debe haber durado de dos a tres días. La ruta que se tomaba era: salida de la hacienda, Ocoyoacac, Cuajimalpa, Olivar de los Padres y finalmente concentrados en los corrales –si es que contaban con dicha instalación-, tanto en la plaza de San Pablo como en la del Paseo Nuevo.

Así que entre el potrero, el llano y el cercado estaba supeditada la posibilidad de mejores resultados, lo cual iba a compararse en la plaza directamente. Sin embargo, ocurrían circunstancias como la mencionada en carta del 6 de noviembre de 1855, cuando los toros que estuvieron en el potrero fueron muy buenos, a pesar de un encierro lidiado con anterioridad que no salió tan bueno en la plaza y que si embargo estuvo también en el potrero.

La hacienda de Atenco, además de dedicarse a las cuestiones eminentemente ganaderas, como una manera de complementar y diversificar sus actividades, incluía la labor agrícola: siembra de maíz, trigo, haba y en menor escala otras semillas.

Atenco era llamada también El Cercado (tal vez este nombre se originó por la cerca que levantaron para deslindar y controlar los ganados, evitando así que éstos invadieran terrenos aledaños: “En Toluca y Tepeapulco, donde se oponían densamente indígenas y ganados, se levantaron cercas para impedir la entrada de los animales en las sementeras”). También se le llamó La Principal, por ser la que ejercía el control administrativo. Tenía como Anexas las haciendas de San Antonio, Zazacuala, Tepemajalco, San Agustín (donde por cierto se dedicaba a la cría de ganado vacuno), Santiaguito, Cuautenango, San Joaquín, así como la vaquería de Santa María, y los ranchos de San José, Los Molinos y Santa María.

Tanto la hacienda Principal como las Anexas pertenecían al distrito de Tenango del Valle y a la municipalidad de Santiago Tianguistenco, del Estado de México. Debido a cambios efectuados en la organización territorial, para fines del siglo XVIII las haciendas de Atenco (pues no se diferenciaba La Principal de las Anexas) pertenecían unas a la jurisdicción de Metepec y otras a la de Tenango del Valle.

La hacienda Principal era la que ejercía el control, distribuía y vendía la producción y debía destinar cierta cantidad semanal para las rayas y gastos de las fincas. La forma de ejercer dicho control varió a lo largo del siglo XIX, en relación no solo con las necesidades existentes, sino también con relación al administrador en turno. Funcionaron en bloque hasta 1870-1875 en que debido a condiciones de arrendamiento, sociedad o mediería, cambiaron las relaciones de las Anexas con La Principal y ésta con aquellas.

El Administrador era el responsable de la buena marcha de las haciendas y quien debía mantener informado sobre las mismas al propietario, sobre todo en nuestro caso, en el que por la documentación de Atenco y Anexas aparentemente éste último no llegó a visitarlas, no obstante, su cercanía con la ciudad de México. El mismo Administrador era la máxima autoridad en las haciendas y quien resolvía los problemas que pudieran presentarse. En las Anexas era representado por el mayordomo, quien en la documentación analizada aparece que percibía un salario de 20 ps. al mes. Por su conducto se efectuaban préstamos a los gañanes. “El administrador carece de todo poder para transformar las posesiones que le son encomendadas; se limita a conservarlas en depósito como un precioso legado de cuya integridad responde ante el dueño; su función se reduce a usufructuar los haberes en beneficio ajeno”.

Entre los trabajadores permanentes podemos mencionar los siguientes: El administrador, sus dos ayudantes, el médico, los vaqueros, el carrocero, los sirvientes de casa, los mayordomos de las otras haciendas, el caudillo, los porteros, el velador, el mozo, y el caballerango. En la Vaquería había caporal, vaquero y pastero. Debe señalarse que de estos trabajadores no todos estuvieron empleados simultáneamente, pero los reportamos como permanentes porque durante un determinado período sí fueron estables.

El caudillo, los vaqueros, el velador, el carrocero, el caballerango y un caudillo jubilado figuraron de 1870 a 1875. Había cinco vaqueros y a partir de 1875 se eliminó uno. Aparte del caudillo en turno, en Atenco figura un caudillo jubilado, quien a pesar de ya no desempeñar completo su oficio, tenía asignada y se le pagaba semanalmente una cantidad inferior del sueldo real, por jubilación.

Entre los trabajadores temporales mencionamos los siguientes: el mayordomo de atajos, trojero, bueyeros, milperos, ayudantes, carretoneros, peones de a pie, colero, puerqueros, aguador, galopina, carpinteros, pastores, jornaleros, orilleros, gañanes, albañiles, techadores, herreros, peones en la ordeña, peones sueltos, en las zanjas, juntando majada y en la presa. El número de trabajadores temporales fue aumentando considerablemente.

Según un inventario de 1755, las haciendas cultivaban maíz, haba y trigo, pero a partir del siglo XIX se incluye cebada, nabo, papa, alberjón y eventualmente frijol y alfalfa.

Fue hasta 1830, luego de la recuperación de la hacienda tras el paso de los “insurgentes” en 1815, cuando La Principal se dedicó de hecho solo a la ganadería, de tal suerte que en la misma se llegó a criar un número considerable de ganado mayor y menor, del que se dotaba a las demás haciendas.

La Principal estaba integrada por los potreros Bolsa de las Trancas, Bolsa de Agua Blanca, Puentecillas, Salitre, Tomate, Tiradero, Tejocote, Tulito, San Gaspar y La Loma, en lo que en general se concentraba el ganado, mientras que en otras haciendas solo había los animales necesarios para la labranza y transporte de los productos.

Al igual que la producción de semillas, el ganado vacuno y el bravo se vendían en su mayor parte a la Ciudad de México, aunque éste también era vendido en Toluca y Tenango (1873), en Tlalnepantla, Metepec, Puebla y Tenancingo (1874). En esos años los toros muy contados, también solo se alquilaban.

De acuerdo con las cifras de los inventarios, el ganado vacuno era el que ocupaba el primer lugar en cuanto al número y comprendía desde la cría hasta la engorda. Figuraba como cerrero, manso, boyada y de más importancia el ganado bravo.

Del ganado se hacía el máximo aprovechamiento, ya que o se vendía en pie, enviándose preferentemente a México. En caso de muerte, se comercializaba su carne, las pieles y el sebo que se procesaba. También se vendía su boñiga.

Por lo que toca a la venta de ganado bravo, en la contabilidad de Atenco figuran, en una época, envíos semanales a México y Toluca, aunque además se anotan remesas a Tlalnepantla, Puebla, Cuernavaca, Tenango, Tenancingo, etc.

Las reses bravas poco se vendían en la región para su lidia, y excepcionalmente se vendían para alguna celebración, como fue el caso de la venta efectuada en mayo de 1857 de 23 toros y 3 novillos para las fiestas que se dieron en Santiago Tianguistenco y Tenango, vendidos en $956.00. Se sabe que también se efectuaban corridas a beneficio de alguna causa en especial, como se deduce de lo siguiente: “Siempre fueron, y siguen siendo, las corridas de toros recurso seguro para obtener rendimientos pecuniarios con qué atender a obras de beneficencia pública y privada, mejoras materiales o para otras erogaciones de índole diversa.

También se llevaban a cabo “corridas en beneficio de la ganadería de Atenco”, ya que según una anotación en los libros, al no concederse el resultado económico de la efectuada el 10 de enero de 1856, en el inventario de reses bravas se da salida a “8 toros remitidos a México para la corrida que se dio a beneficio de la hacienda”, cargándose a $60.00 cada uno; lo anterior debido quizá a la bravura y nobleza del ganado criado en Atenco, pues hay anotación que dice que en 1874 en Tenancingo fue indultado un toro de esta ganadería. Además dicho ganado aún era lidiado en la plaza de toros de México por los años de 1940 y hasta nuestros días, reducida su presencia hasta lo más mínimo.[1]

También se manejaba el ganado manso, en la Vaquería de Santa María donde se realizaba la ordeña. Se contaba para ello con vacas, pero también con toros padre, terneras, toretes y becerros. El ganado manso se dedicaba en su mayor parte al tiro de arados y carretas y un número limitado para engordarse y venderse como carne, puesto que se contaba con ingresos al existir varias carnicerías al interior de Atenco.

Entre otros ganados se contaba con el caballar, mular y asnal. Lanar, porcino, caprino, y desde luego el vacuno en dos variedades: manso y de lidia.

En los años de 1855, 1856 y 1874 el precio de cada toro vendido para las corridas era generalmente de $50.00 y $60.00, aunque eventualmente en el segundo año de los mencionados se llegaron a cobrar hasta $74.00. En ese mismo año las vacas bravas se vendían entre $13.00 y $18.00 y el novillo, si estaba flaco, en solo $10.00. En 1873 los toros vendidos para lidiar en Tenango se cotizaron al mismo precio que los vendidos a Toluca.

OBRAS DE CONSULTA

José Francisco Coello Ugalde, “Atenco: La ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”. Proyecto de tesis doctoral en Historia de México. UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, 2006, cuya deliberación quedó pendiente de aprobación. En él, se encuentran reunidos varios anexos que elevan la cantidad de información a poco más de mil páginas en estos momentos. Es una investigación profusamente documentada e ilustrada.

José Julio Barbabosa, “Nº 1 Orijen de la raza brava de Santín, y algunas cosas notables q.e ocurran en ella J(…) J(…) B(…). Santín Nbre 1º/(18)86”. 178 p. Ms.

Nicolás Rangel, Historia del toreo en México. Época colonial (1529-1821). México, Imp. Manuel León Sánchez, 1924. 374 p. fots.

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